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Full text of "Cronica del Emperador Carlos V."

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CR  O  NI  C  A 


DEL 


EMPERADOR    CflSüOS    V 


CRÓNICA 


DEL 


EMPERADOR  CARLOS  V 


COMPUESTA  POR 


Alonso  de  Santa  Cruz, 

SU  COSMÓGRAFO  MAYOR, 

Y  PUBLICADA  POR  ACUERDO  DE  LA  REAL  ACADEMIA  M  LA  HISTORIA 

POR  LOS  ACADÉMICOS  DE  NÚMERO 

.  Ricardo  Beltrán  y  Rózpide  y  D.  Antonio  Izpz  y  Delgado— Aguilera. 

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MADRID 

Imprenta  del  Patronato  de  Huérfanos  de  Intendencia  é  Intervención  Militan 
Caracas,  número  7. 

1923 


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OCTAVA  PARTE 

DE  LA 

Crónica  del  muy  Alto  y  muy  Poderoso  Católico  y  justo 

Príncipe  D.  Carlos,  Emperador  de  Romanos  y  Rey  de  Alemania, 

y  de  España  primero  de  este  nombre. 


CAPÍTULO  PRIMERO 

De  las  cosas  que  acontecieron  el  año  de  mil  quinientos  cuarenta 
y  siete.  Primeramente  cómo  estando  el  Emperador  en  la 
villa  de  Hala,  en  la  provincia  de  Suevia,  se  le  vino  á  rendir 
la  ciudad  de  Ulma  y  el  Duque  de  Vitemberg.  Y  cómo  Su 
Majestad  se  vino  á  Ulma,  donde  se  le  vinieron  á  dar  obe- 
diencia las  ciudades  de  Augusta  y  Argentina  y  todas  las  más 
de  Alemania  que  estaban  en  la  I-iga-  y  l&s  condiciones  con, 
que  Su  Majestad  las  recibió  en  su  gracia. 

Después  de  reducidas  al  servicio  del  Emperador  la  ciudad 
de  Rotemburg  y  las  villas  de  Norliuga  y  Bonfinguen,  los  prin- 
cipales de  la  ciudad  de  Ulma  dieron  tanta  prisa  á  reducirse  al 
servicio  de  Su  Majestad  que  en  el  mismo  tiempo  que  el  Conde 
Palatino  estaba  en  Hal,a  estaban  ellos  allí,  y  entraron  á  hablar 
á  Su  Majestad  en  su  cámara  (á  la  hora  que  les  fué  mandado), 
donde  le  hallaron  asentado  en  una  silla.  Y  estando  el  Conde 
Palatmo  delante  se  hincaron  de  rodillas  y  con  semblante  que 
mostraban  de  lo  que  tenían  en  los  ánimos,  el  principal  de  ellos 
dijo  en  suma  estas  palabras  : 


—  10  — 

Y  dos  días  después  de  estas  nuevas  vinieron  los  Burgomaes- 
tres de  la  misma  villa,  y  Su  Majestad  los  recibió  con  las  mis- 
mas condiciones  que  á  los  otros,  reservando  para  sí  lo  que  al 
bien  de  la  Germania  convenía  hacer.  Y  luego  otro  día  vinieron 
juntas  siete  ciudades,  todas  de  la  IJga,  entre  las  cuales  Memin 
guen  y  Quenten  (de  quien  ya  tengo  hecha  memoria). 

De  manera  que  antes  que  Su  Majestad  partiese  de  Briuz  ya 
todas  las  ciudades  de  Suevia,  excepto  Augusta,  estaban  redu- 
cidas á  su  obediencia,  porque  (como  tengo  dicho)  la  victoria 
del  Emperador  peleaba  en  todas  las  partes  de  Alemania. 

Y  partiendo  el  Emperador  de  Briuz  tomó  su  camino  para  la 
ciudad  de  Ulma,  pasando  por  el  Ducado  de  Vitemberg,  y  llegó 
á  ella  en  seis  jornadas,  y  ya  los  de  la  ciudad  habían  enviado 
á  los  confines  de  su  señorío  Embajadores  muy  bien  acompaña- 
dos para  recibir  al  Emperador,  los  cuales  hablaron  en  español 
por  parecerles  que  era  más  acatamiento  hablarle  en  la  lengua 
que  más  natural  le  era  y  que  más  trataba,  que  no  en  la  propia 
de  ellos.  Y  la  habla  fué  ofreciéndole  la  ciudad  y  particular- 
mente las  personas  y  haciendas  y  todo  aquello  que  unos  hom- 
bres muy  determinados  de  servir  á  su  Príncipe  podían  ofrecer. 
Y  Su  Majestad  les  respondió  en  espaiiol  dándoles  una  respuesta 
muy  humana,  tanto  que  la  gente  de  guerra  le  llamaban  ordi- 
nariamente unser  vater,  que  quiere  decir  nuestro  padre. 

Y  estando  Su  Majestad  en  una  villa  de  las  de  Ulma  vinieron 
á  él  Embajadores  de  la  ciudad  de  Augusta,  porque  les  pareció 
que  Su  Majestad  no  podía  dejar  de  ir  sobre  la  dicha  ciudad.  Y 
aunque  se  enviaron  á  rendir  al  Emperador,  era  con  condiciones 
que  Su  Majestad  no  las  aceptó  en  ninguna  manera,  porque  le 
suplicaban  que  perdonase  á  Sebastián  Jartel,  y  que  á  lo  menos 
que  si  esto  no  era  servido,  sus  castillos  los  dejase  á  sus  hijos. 
Mas  no  queriendo  Su  Majestad  conceder  ninguna  cosa  de  aques- 
tas, ellos  dijeron  que  Jartel  estaba  dentro  en  Augusta  y  que 
tenía  dos  mil  hombres  y  mucha  parte  en  el  pueblo,  y  que  aqué- 
llas eran  fuerzas  tan  grandes  que  ellos  no  bastaban  á  echarle 
de  ellas.  Y  Su  Majestad  respondió  no  se  fatigasen  por  aquéllo, 
que  él  iría  muy  presto  allá  y  le  echaría. 

Y  como  los  Embajadores  fueron  vueltos  á  Augusta  con  esta 


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última  resolución  de  Su  Majestad  fué  tanto  el  temor  del  pueblo 
que  acordaron  de  rendirse.  Y  estando  los  del  Senado  en  casa  de 
la  villa  tratando  esto  entró  Jartel  y  les  dijo  cómo  él  sabía  lo 
que  trataban,  que  era  concertarse  con  el  Emperador,  y  que 
por  él  no  lo  dejasen  de  hacer  porque  él  determinaba  de  irse, 
y  que  por  ventura  que  aquel  servicio  que  le  hacía  con  su  ida 
y  los  otros  qtie  le  pensaba  hacer  serían  parte  para  que  Su  Ma- 
jestad le  perdonase.  Y  así  se  fué  de  la  ciudad  lo  más  encubier- 
tamente que  pudo  camino  de  Suiza.  Y  los  de  Augusta  vinieron 
á  Ulma,  donde  Su  Majestad  estaba,  y  el  día  y  hora  que  les 
fué  señalado  vinieron  á  Palacio,  y  Su  Majestad  los  recibió  en 
una  sala  sentado  en  una  silla  con  todas  las  ceremonias  imperia- 
les. Y  de  esta  manera,  diciendo  primero  los  títulos  que  ordina- 
riamente se  suelen  decir  á  los  Emperadores  : 

«Tenemos  entendido  los  de  Augusta  la  grandeza  de  nuestro 
pecado  y  también  el  castigo  que  merecemos  por  él.  Mas  cono- 
ciendo por  experiencia  que  la  vuestra  grandeza  y  clemencia  es 
tanta  que  todos  aquellos  que  os  han  ofendido  si  después  de 
arrepentidos  de  sus  yerros  os  piden  misericordia  la  hallan  en 
vos,  os  osamos  suplicar  que  pues  nosotros  arrepentidos  de  los 
nuestros  y  con  ánimo  de  serviros  (mejor  que  todos) ,  venimos  á 
socorrernos  de  vuestra  clemencia  seáis  servido  que  la  que  no  os 
ha  faltado  para  con  ellos  no  falte  para  con  nosotros.  Y  pues 
nos  entregamos  á  vuestra  voluntad,  suplicamos  que  sea  de  ma- 
nera que  la  desgracia  que  merecemos  torne  en  la  gracia  que  de 
tan  piadoso  Príncipe  se  espera». 

Y  el  Emperador  les  respondió  conforme  á  los  de  Ulma,  po- 
cas palabras  más  ó  menos.  Y  después  les  mandó  levantar,  y  le 
vinieron  á  besar  la  mano  como  los  de  las  otras  ciudades  también 
lo  habían  hecho  (porque  esta  era  la  ordinaria  cortesía  de  los 
alemanes). 

Y  después  de  rendidas  Augusta,  Ulma  y  Francanfort,  envió 
Argentina  á  pedir  salvoconducto  á  Su  Majestad  para  que  sus 
Burgomaestres  pudiesen  venir  á  Ulma,  y  el  Emperador  se  lo 
dio.  Y  así  vinieron  á  poner  su  ciudad  debajo  de  su  amparo  v 
obediencia.  Y  las  condiciones  que  generalmente  Su  Majestad 
puso  al  Conde  Palatino  y  al  Duque  de  Vitemberg  y  á  todos  los 


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otros  caballeros  y  á  todas  las  ciudades  son  que  particularmente 
sean  de  Liga  perpetua  con  la  casa  de  Austria  y  den  por  nin- 
gunas todas  las  otras  Ligas  que  hasta  allí  hayan  hecho  con 
otros,  y  que  no  pudiesen  hacer  ningunas  sin  licencia  de  Su  Ma- 
jestad, y  que  se  declaren  enemigos  del  Duque  Juan  de  Jasa  v 
de  Felipe  Landgrave  de  Hesia,  y  que  castiguen  á  todos  los  sol- 
dados que  salieren  ó  hubieren  salido  de  sus  tierras  á  servir  á 
algíín  Príncipe  contra  el  Emperador  y  se  obliguen  á  recibir 
gente  de  guerra  en  los  lugares  que  Su  Majestad  la  qusisiese 
poner,  así  como  Jamburg  con  su  coronelía  en  Augusta  y  el 
Conde  Juan  de  Nasao  en  la  suya  en  Ulma  y  las  doce  compa- 
ñías que  el  Conde  de  Bura  metió  en  Francanfort.  Y  sin  esto 
les  puso  Su  Majestad  otras  condiciones,  reservando  algunas  en 
sí  para  ponerlas  á  tiempo  conveniente.  Y  después  de  hecho 
esto  Su  Majestad  quiso  descansar  en  la  ciudad  de  Ulma  algunos 
días  y  curarse  allí  de  su  gota. 


CAPÍTULO  II 

Cómo  el  Emperador,  sabiendo  que  el  Duque  de  Jasa  había  tor- 
nado á  recobrar  las  tierras  que  el  Rey  de  Romanos  y  el  Du- 
que Mauricio  le  habían  tomado  y  que  tenían  sus  inteligen- 
cias con  los  del  Reino  de  Bohemia,  determinó  de  ir  contra 
él  von  su  Ejército,  juntándose  en  el  camino  con  el  Rey  de 
Romanos  y  Duque  Mauricio,  y  con  la  gente  que  traían  fué 
sobre  el  campo  del  dicho  Duque  y  lo  venció  y  desbarató, 
tomando  su  persona  en  prisión  y  la  del  Duque  de  Brancuic. 

En  el  año  pasado  dejamos  dicho  cómo  el  Rey  de  Romanos 
y  el  Duque  Mauricio  habían  entrado  con  mucha  gente  de  .i 
pie  y  de  á  caballo  en  el  Ducado  de  Sajonia  y  tomado  al  Duque 
todas  las  ciudades  y  villas  principales  de  él.  Do  cual  como  supo 
el  Duque  que  aquel  tiempo  estaba  juntamente  con  Uandgrave 
en  campo  contra  Su  Majestad,  procuró  cómo  se  deshiciese  aquel 
Ejército  para  poder  ir  á  socorrer  á  sus  tierras.  Y  así  dijimos 
que  había   ido  componiéndose   con  las  ciudades  y  tomándoles 


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dinero  para  pagar  la  gente  de  guerra.  Y  como  fuese  en  su  Es- 
tado con  mucha  gente  de  á  pie  y  de  á  caballo  que  consigo  lle- 
vaba, tornó  á  recobrar  todos  los  lugares  y  ciudades  fuertes  que 
el  Rey  y  el  Duque  le  habían  tomado.  Y  no  sólo  recobró  su 
Estado,  pero  aun  había  ya  ocupado  algunos  lugares  en  el  Reino 
de  Bohemia  para  ponerlo  en  harto  peligro,  y  había  tomado  á 
Jacomestal  (que  es  un  valle  en  aquel  Reino  muy  principal),  de 
donde  son  todos  los  mineros  que  en  él  hay.  Y  esta  empresa 
había  sido  hecha  más  por  su  voluntad  de  los  bohemios,  los 
cuales  con  disimulaciones  fingían  el  rendirse. 

1,0  cual  como  supiese  el  Emperador,  viendo  que  la  cosa  era 
de  tanta  importancia,  informado  no  sólo  por  cartas  del  Rey 
de  Romanos  su  hermano,  mas  también  por  las  de  sus  Ministros, 
que  había  enviado  á  saber  particularmente  lo  que  pasaba,  co- 
menzó de  nuevo  á  poner  orden  en  la  empresa,  viendo  que  era 
tan  necesaria  su  persona  en  ella  como  para  la  pasada,  porque 
el  Duque  Juan  Federico  con  la  gente  que  entonces  tenía  (que 
era  4.000  de  á  caballo  y  10.000  infantes),  se  había  dado  tan 
buena  maña  que  no  tenía  por  cobrar  de  su  Estado  sino  á  Zui- 
bica,  ni  había  dejado  al  Duque  Mauricio  otra  cosa  sino  á  Tre- 
sen  y  á  Dipsia.  Y  á  la  Zuibica  guardaba  todavía  el  Duque  Mau- 
ricio con  buena  infantería. 

Por  manera  que  se  podía  decir  que  tenía  toda  la  Sajonia  ó 
Jasa  y  Bohemia  puesta  en  tales  términos  que  muy  abiertamente 
le  confesaban  por  amigo,  sin  hacer  en  esto  memoria  alguna 
del  Rey  para  no  hacer  por  el  Duque  todo  lo  que  convenía,  y 
había  llegado  la  desvergüenza  de  los  bohemios  á  tanto  que  con 
una  honesta  disimulación  tenían  detenidas  las  hijas  del  Rey  en 
el  castillo  de  Praga. 

Y  antes  que  el  Emperador  partiese  de  Ulma  había  proveído 
algunas  cosas  que  parecían  bastantes  para  excusarse  del  nuevo 
trabajo  de  su  persona,  enviando  ocho  compañías  de  Infantería 
y  ochocientos  de  á  caballo,  y  con  ellos  al  Marqués  Alberto  de 
Brandamburg,  el  cual  demás  de  esto  había  llevado  consigo  otros 
mil  de  á  caballo.  L,a  cual  gente  junta  con  la  del  Rey  y  con  la 
del  Duque  Mauricio  estaban  superiores  á  la  que  tenía  el  Duque 
Juan  de  Sajonia,  si  la  manera  del   tratar  la  guerra  fuera  con- 


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forme  á  los  aparejos  de  ella.  Pero  pasó  la  cosa  diferente  que 
al  principio  se  creía. 

Y  así  viendo  el  Emperador  que  las  cosas  del  Estado  de  Jasa 
que  todavía  tenían  necesidad  de  que  Su  Maj estad  se  hallase 
personalmente  en  la  dicha  guerra,  determinó  de  no  perdonar  á 
trabajo  ni  peligro  suyo  viendo  en  el  que  estaban  las  cosas  del 
Rey  de  Romanos  su  hermano  y  las  del  Duque  Mauricio,  y  junto 
con  esto  lo  que  de  allí  podía  resultar  para  toda  Alemania,  por- 
que dejar  que  aquel  fuego  que  estaba  encendido  fuese  más  ade- 
lante era  poner  la  victoria  pasada  en  los  términos  que  estab.í 
antes  que  se  alzase. 

Y  así  consideradas  todas  estas  cosas,  el  Emperador  partió 
de  la  ciudad  de  Ulma  á  cuatro  días  del  mes  de  Marzo,  ha- 
biendo proveído  que  la  Infantería  española  y  tudesca  partiese 
de  su  alojamiento  llevando  con  ella  alguna  artillería,  que  tomó 
de  los  de  Ulma. 

Y  el  Duque  de  Vitemberg,  que  por  su  enfermedad  no  había 
podido  venir  como  por  el  Emperador  le  había  sido  mandado, 
pero  como  ya  estuviese  bueno  vino  el  mismo  día  que  Su  Ma- 
jestad partió  de  Ulma  á  darle  la  obediencia  que  un  Príncipe 
vencido  debe  á  su  vencedor  y  señor.  Y  así  estuvo  en  la  sala  es- 
perando que  el  Emperador  acabase  de  comer  sentado  en  una 
silla  en  que  le  traían  cuatro  hombres  (porque  su  enfermedad  no 
podía  estar  de  otra  manera).  Y  Su  Majestad  salió  pasando  cabe 
él  sin  mirarle,  lo  cual  no  dejó  de  mirar  el  Duque.  Y  el  Em- 
perador se  asentó  con  aquellas  ceremonias  que  en  tales  casos 
se  solían  hacer,  estando  el  Mariscal  del  Imperio  con  la  espada 
sacada  y  puesta  en  el  hombro.  Y  el  Canciller  del  Duque  y  todos 
los  de  su  Consejo  se  hincaron  de  rodillas  quitados  los  bonetes 
(habiendo  dicho  al  Emperador  los  títulos  que  á  su  costumbre 
solían  decir),  le  dijeron  en  nombre  de  su  amo1  estas  palabras: 

«Yo  con  toda  la  humildad  que  debo  y  puedo  me  presento 
delante  de  Vuestra  Majestad  y  públicamente  confieso  que  le 
he  ofendido  gravísimamente  en  la  guerra  pasada  y  he  merecido 
toda  la  indignación  que  contra  mí  tuviere.  Por  lo  cual  yo  tengo 
todo  el  arrepentimiento  que  debo,  el  cual  es  igual  á  la  razón 
que  para  tenerle  hay.  Y  así  yo  vengo  humildemente  á  suplicar 


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á  Vuestra  Majestad,  por  la  misericordia  de  Dios  y  por.  vía  na- 
tural clemencia,  que  Vuestra  Majestad  por  su  bondad  me  per- 
done y  de  nuevo  me  reciba  en  su  gracia,  porque  á  él  solo  y  no 
á  otro  ninguno  conozco  por  supremo  Príncipe  y  natural  señor 
mío,  al  cual  prometo  que  en  cualquiera  parte  que  yo  esté 
servirle  con  todos  los  míos  como  humildísimo  príncipe  y  vasa- 
llo y  subdito  suyo,  con  toda  aquella  obediencia  y  sujeción  y 
agradecimiento  que  debo  para  obedecer  la  grandísima  gracia  que 
ahora  recibo.  Demás  de  esto  me  obligo  de  cumplir  fidelísima  - 
mente  todo  lo  que  en  los  capítulos  que  por  Su  Majestad  me 
han  dado  se  contiene». 

Y  el  Canciller  del  Emperador  y  del  Imperio  por  mandado 
de  Su  Majestad  respondió  lo  siguiente  : 

«La  Majestad  Cesárea,  nuestro  señor  clementísimo,  ha  en- 
tendido lo  que  el  Duque  Udalrico  de  Vitemberg  humildemente 
ha  propuesto,  suplicado  y  ofrecido.  Y  viendo  su  arrepenti- 
miento y  que  públicamente  confiesa  cuan  gravemente  ha  ofen- 
dido á  Su  Majestad  y  cuan  dignamente  merece  su  indignación, 
teniendo  respecto  á  que  ha  implorado  y  pedido  por  la  miseri- 
cordia de  Dios  perdón  de  todas  estas  cosas.  Su  Majestad  Cesá- 
rea por  la  honra  de  Dios  y  por  su  natural  clemencia,  especial- 
mente porque  el  pobre  pueblo  (que  no  pecó)  no  padezca,  tiene 
por  bien  de  olvidar  la  ira  é  indignación  que  contra  el  Duque 
tenía  y  perdonarle  clementísimamente,  con  condición  que  el 
Duque  cumpla  y  guarde  todas  las  cosas  á  que  se  ha  ofrecido  y 
está  obligado. 

Lo  cual  oído  por  el  Duque  de  Vitemberg  dio  grandes  gra- 
cias á  Su  Majestad  por  ello,  y  así  le  prometió  de  serle  fidelí- 
simo. Y  á  todo  esto  estaban  de  rodillas  su  Canciller  y  todos  los 
de  su  Consejo,  estando  el  Duque  asentado  en  su  silla,  quitado 
el  bonete  bajo  de  todo  el  estrado  (porque  antes  por  sus  Em- 
bajadores había  enviado  á  suplicar  á  Su  Majestad  dejarle  estar 
así,  porque  su  dolencia  no  permitía  estar  de  otra  manera  que 
fuera  razón). 

Y  pasado  esto  Su  Majestad  se  puso  á  caballo  y  prosiguió 
su  camino  y  vino  á  Guinguen,  donde  habían  estado  los  enemi- 
gos alojados  el  año  pasado.  Y  de  allí  fué  á  Norlinga,   dond¿ 


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el  tiempo  y  no  haberse  purgado  se  juntaron  con  la  gota,  la 
cual  tuvo  tan  recia  que  le  puso  en  extremada  flaqueza,  .por  lo  que 
todos  tenían  poca  esperanza  de  que  tan  presto  Su  Majestad 
convalecería.  Pero  como  él  se  diese  prisa  á  curar  con  lo  que  en 
aquel  tiempo  podía,  comenzó  á  mejorar  y  á  levantarse  de  la 
cama. 

Y  en  este  tiempo  se  le  fué  siempre  acrecentando  su  campo 
al  Duque  de  Jasa,  y  había  deshecho  al  Marqués  Alberto  y  deshé- 
chole  todo  su  campo  y  prendí  dolo,  lo  cual  fué  de  esta  manera. 
El  Marqués  Alberto  estaba  en  un  lugar  que  se  llamaba  Ro- 
quelez,  porque  los  que  gobernaban  la  guerra  contra  el  Duque 
de  Sajonia  tenían  repartida  la  gente  en  frontería  contra  él.  Y 
así  el  Rey  de  Romanos  estaba  con  su  campo  en  Tresen  y  el 
Duque  Mauricio  en  Freberg  con  el  suyo  y  el  Marqués  Alberto 
con  diez  compañías  y  mil  setecientos  de  á  caballo  en  este  lugar 
que  he  dicho.  Y  demás  de  esto  tenían  proveída  á  Coibricia  y 
á  Lipsia,  la  cual  algunos  días  antes  había  sido  combatida  por 
el  Duque  de  Jasa  ;  pero  fué  muy  bien  defendida  por  los  que 
en  ella  estaban,  y  la  villa  de  Rochelez,  donde  el  Marqués  Al- 
berto tenía  su  frontería,  era  de  una  señora  viuda  hermana  de 
Landgrave,  la  cual  entretenía  al  Marqués  Alberto  con  danzas 
y  banquetes  (que  eran  fiestas  acostumbradas  en  Alemania), 
mostrándole  tanta  amistad  que  le  hizo  estar  más  descuidado  de 
lo  que  á  un  Capitán  convenía  estar  en  la  guerra,  avisando  por 
otra  parte  al  Duque  de  Jasa,  el  cual  como  estuviese  en  Gaete, 
tres  leguas  pequeñas  de  allí,  con  muy  buena  gente  de  á  caballo 
y  treinta  compañías  de  Infantería,  amaneció  otro  día  sobre  el 
Marqués  Alberto,  el  cual  pareció  ser  bien  combatido  con  el 
Duque  en  la  campaña,  y  finalmente  fué  roto  y  él  fué  preso, 
habiendo  peleado  más  como  valiente  caballero  que  como  astuto 
Capitán ;  donde  hubo  algunas  opiniones,  porque  unos  decían 
que  el  lugar  no  se  podía  defender  y  otros  que  si  estuviera  en 
él  que  le  llegara  presto  socorro  del  Duque  Mauricio,  y  otros 
dijeron  que  quiso  guardar  que  no  fuesen  rotas  cuatro  compa- 
ñías que  alojaban  en  el  arrabal  de  la  villa,  y  que  por  eso  se 
puso  en  campaña  con  los  otros  que  estaban  dentro  de  ella.  Por 
manera  que  él  perdió  400  ó  500  de  á  caballo  entre  muertos  v 


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presos,  y  mucha  gente  de  los  otros  se  recogieron  al  Rey  de 
Romanos,  quedando  alguna  parte  de  los  demás  en  servicio  del 
Duque  dé  Jasa,  el  cual  ganó  todas  las  banderas  de  la  Infan- 
tería, de  la  cual  murieron  pocos  porque  muchos  se  recogieron 
al  Rey  y  al  Duque  Mauricio,  y  otros  que  tomó  presos  jurando 
de  no  ser  contra  él,  los  mandó  soltar. 

Y  el  Marqués  Alberto  fué  llevado  á  Gota  (un  lugar  fortí- 
simo  del  Duque),  el  cual  como  hubiese  esta  victoria,  no  cu- 
rando de  ir  contra  el  Duque  Mauricio  como  todos  pensaban  que 
lo  hiciera,  comenzó  luego  á  entender  en  las  cosas  de  Bohemia 
y  envió  á  Tumer  Hiermé  con  600  de  á  caballo  y  12  bande- 
ras, el  cual  se  señoreó  del  valle  de  Jacomistal  con  muy  buena 
voluntad  de  los  bohemios  (aunque  muy  disimuladamente),  y 
este  era  el  fundamento  de  todo  lo  que  ellos  y  el  Duque  pensa- 
ban hacer. 

Y  sabida  esta  nueva  por  el  Emperador  y  viendo  que  el  Rey 
y  el  Duque  Mauricio  sostenían  la  guerra  guardando  las  fuerzas 
principales  y  no  sacando  la  gente  de  ellas  para  tentar  otra  vez 
la  fortuna,  se  dio  prisa  á  partir  de  Xorlinga,  á  donde  pocos  días 
antes  que  partiese  le  habían  venido  los  Burgomaestres  de  Ar- 
gentina, ciudad  fortísima  y  poderosísima  (como  está  dicho),  y 
se  habían  puesto  debajo  de  la  obediencia  de  Su  Majestad,  y  él 
los  recibió  con  las  condiciones  que  le  pareció  que  se  les  debían 
de  poner,  entre  las  cuales  fué  que  le  jurasen  por  Emperador 
(lo  cual  no  habían  hecho  ningún  Emperador  pasado)  y  que  re- 
nunciasen las  Digas  que  tenían  hechas  y  jurasen  de  no  entrar 
en  ninguna  donde  la  casa  de  Austria  no  entrase  primero,  y 
que  castigasen  á  todos  los  soldados  de  su  tierra  que  habían  sido 
contra  Su  Majestad,  y  pusiesen  gravísimas  penas  á  los  que  de 
allí  adelante  saliesen  contra  él,  y  echasen  de  sus  ciudades  á 
todos  los  rebeldes  y  deservidores  de  Su  Majesta  1,  y  entre  ellos 
era  uno  Capitán  general,  llamado  el  Conde  Guillermo  de  Fus- 
temberg,  el  cual  negociaba  su  perdón  con  todas  las  diligencias 
y  justificaciones  que  él  podía.  Y  dieron  lo  que  les  fué  impuesto 
por  Su  Majestad,  y  la  artillería  y  municiones  que  les  mandó 
(como  todas  las  otras  ciudades  lo  habían  hecho),  y  sin  esto 
otras  cosas  que  yo  dejo  de  escribir  ppr  no  ser  prolijo. 


—  18  — 

Partido  el  Emperador  de  Norlinga,  tomó  el  camino  de  Nu- 
remberg,  llevando  consigo  dos  regimientos  de  los  viejos,  el  uno 
del  Marqués  de  Mariñano  y  el  otro  de  L,uiprando  Madrucho  (el 
cual  poco  antes  que  el  Emperador  partiese  de  Ulma  había  muer- 
to de  calenturas).  Perdió  el  Emperador  en  él  un  buen  servidor 
y  un  hombre  de  guerra,  de  quien  se  tenía  esperanza  que  va- 
liera mucho  en  Alemania.  Y  sin  es„tos  dos  regimientos  había 
mandado  hacer  otro  de  nuevo,  el  cual  hizo  un  caballero  de 
Suevia  llamado  Janzbalther.  Y  asimismo  llevaba  toda  la  Infan- 
tería española  y  todos  los  hombres  de  armas  de  Ñapóles  y  600 
caballos  ligeros,  y  mil  caballos  tudescos  del  Gran  Maestre  y 
del  Marqués  Juan  y  del  Archiduque  de  Austria.  Y  había  en- 
viado delante  el  Emperador  al  Duque  de  Alba,  el  cual  había 
alojado  en  torno  de  Nuremberg  este  Ejército  que  dicho  tengo, 
excepto  algunas  compañías  que  habían  quedado  para  en  guarda 
del  Emperador. 

Y  como  el  Duque  llegase  á  la  dicha  ciudad,  metió  ocho 
compañías  en  ella,  que  eran  del  regimiento  del  Marqués  de 
Mariñano.  Y  eso  se  hizo  así  porque  lo  requería  la  autoridad 
como  por  hacer  estar  á  raya  al  pueblo  común.  Y  el  Emperador 
fué  recibido  en  aquella  ciudad  con  mucha  demostración  de  pla- 
cer de  todos  los  de  ella,  alojándose  en  el  castillo  que  era  su 
acostumbrado  alojamiento,  donde  estuvo  cinco  ó  seis  días  en- 
tendiendo en  acabar  de  recoger  el  campo  y  en  su  salud,  porque 
aun  todavía  le  seguían  sus  indisposiciones. 

Y  de  allí  concertó  con  el  Rey  de  Romanos  y  el  Duque  Mau- 
ricio que  se  viniesen  á  juntar  con  él  con  su  Infantería  y  Ca- 
ballería  á  término  señalado  en  la  villa  de  Egra,  donde  él  había 
de  ir,  para  que  desde  allí  se  hiciese  la  misma  guerra.  Y  á  esta 
causa  el  Rey  de  Romanos  partió  de  Tresen,  ciudad  del  Duque 
Mauricio,  el  cual  también  partió  de  Fraiberg,  y  yendo  juntos 
entraron  en  Bohemia  por  la  Teñorez,  para  tornar  á  atravesar 
los  montes  (de  que  ella  está  rodeada)  y  juntarse  en  Egra  con 
e!  Emperador. 

Mas  los  bohemios  mostraron  en  este  tiempo  abiertamente 
su  intención  y  declararon  no  ser  vanas  las  esperanzas  que  el 
Duque  de  Jasa  tenía  en  ellos.  Los  cuales  se  ""extendieron  á  tanto 


-  19  — 

<jue  fué  causa  de  haber  muchas  opiniones,  las  cuales  no  escribo 
por  no  saberlas  averiguadamente. 

Y  en  este  tiempo  ya  Su  Majestad  había  caminado  tres  jor- 
nadas después  de  haber  partido  de  Numberga,  donde  le  vino 
un  gentilhombre  del  Rey  de  Romanos  haciéndole  saber  cómo 
después  que  habían  entrado  él  y  el  Duque  Mauricio  en  Bohe- 
mia, un  caballero  de  aquel-  Reino  había  juntado  mucha  gente 
y  cortado  los  bosques  y  atajados  los  pasos  por  donde  habían 
de  pasar  para  venir  á  Egra,  y  que  habían  probado  á  pasar  por 
dos  ó  tres  partes  y  siempre  se  les  habían  estorbado  por  el  dicho 
caballero,  por  lo  que  les  había  de  ser  forzado  de  rodear  algunas 
jornadas  para  pasar  las  montañas  por  algunos  castillos  de  al- 
gunos caballeros  de  Bohemia  que  con  él  iban  ;  enviando  á  de- 
mandar á  Su  Majestad  algunos  arcabuceros  españoles  para  que 
más  fácilmente  pudiese  ser  señor  de  aquellos  bosques.  Y  el  Em- 
perador proveyó  todo  lo  que  convenía  (aunque  después  no  fué 
necesario  que  los  españoles  llegasen  al  paso,  porque  los  caba- 
lleros bohemios  que  con  el  Rey  iban  le  sirvieron  tan  bien  que 
se  lo  tuvieron  desembarazado).  Y  aquel  caballero  bohemio  no 
llegó  con  su  gente  allí,  el  cual  había  nombre  Gaspar  Fluc,  hom- 
bre muy  principal  en  aquel  Reino  (á  quien  ya  con  mucha  razón 
el.  Rey  otra  vez  había  quitado  su  hacienda,  aunque  después  le 
había  hecho  merced  de  ella).  Por  manera  que  la  mayor  parte 
de  aquel  Reino  hizo  una  muy  ruin  demostración  contra  su  Prín- 
cipe. 

Y  estando  el  Emperador  tres  leguas  de  Egra  vino  allí  el 
Rey  de  Romanos,  su  hermano,  y  el  Duque  Mauricio  y  el  Mar- 
qués Juan  Jorge  de  Brandanburg,  hijo  del  Elector  (porque  ya 
su  padre  se  había  concertado  con  el  Rey  en  servicio  del  Em- 
perador). Y  á  esta  causa  había  enviado  á  su  hijo  al  (sic)  de 
Su  Majestad  á  esta  guerra.  La  gente  de  á  caballo  que  vino 
con  el  Rey  sería  800  caballos.  El  Duque  Mauricio  trajo  1.000  y 
el  Marqués  Juan  Jorge  400,  los  unos  y  los  otros  bien  adere- 
zados. Y  demás  de  estos  vinieron  con  el  Rey  qoo  caballos  lige- 
ros muy  buenos,  los  cuales  traían  lanzas  gruesas,  que  se  daba 
gran  encuentro  con  ellas,  y  escudos  hechos  de  madera  anchos 

ti 

abajo  y  hasta  la  mitad,  y  de  allí  íbanse  angostando  hasta  que 


—  20  — 

acababan  en  una.  punta  que  les  salía  sobre  la  cabeza,  combados- 
con  un  pavés,  en  los  cuales  ellos  traían  divisas  á  su  modo.  Y 
algunos  traían  jacos  de  malla  y  cimitarras  y  estoques  muchos, 
de  ellos  y  unos  martillos  con  astas  largas,  con  que  se  ayudaban 
muy  bien.  Y  esta  fué  la  Caballería  que  vino  con  el  Rey,  y  no 
trajo  Infantería  ninguna  porque  en  Tressen  había  dejado  cua- 
tro compañías  y  la  otra  entrando-  en  Bohemia  se  había  ido  á 
sus  casas,  quedando  solamente  con  él  una  compañía  que  des- 
pués mandó  que  se  alojase  en  Egra.  Ni  tampoco  el  Duque  Mau- 
ricio trajo  Infantería,  porque  dejó  con  ella  proveídas  á  Lipsia 
3r  Zurbica. 

Y  pues  el  Duque  de  Jasa  estaba  cerca  de  ellos  con  ocho  ó 
nueve  mil  tudescos  muy  buenos  y  otros  tantos  hechos  en  la  tie- 
rra, que  no  eran  malos,  y  tres  mil  caballos  armados,  muy  esco- 
gidos de  las  doce  compañías  y  del  resto  de  la  Caballería,  estaba 
con  Tumer  Hiermé  (como  está  dicho)  y  repartida  por  otras 
partes. 

Y  el  Emperador  partió  para  Egra,  ciudad  cristianísima  (que 
no  era  poca  maravilla  estando  cerca  de  bohemios  y  sajones), 
porque  en  los  unos  había  muy  pocos  cristianos  y  en  los  otros 
no  había  ninguno.  Y  otro  día  que  allí  el  Emperador  llegó,  que 
fué  á  cinco  días  del  mes  de  Abril,  vino  el  Rey  de  Romanos  y 
se  detuvieron  en  ella  la  Semana  Santa  y  Pascua  de  Resurrección. 

Y  en  este  tiempo  vino  el  Duque  de  Cleves  á  suplicar  ai 
Emperador  por  el  Duque  de  Sajonia,  su  cuñado.  Y  pasada  la 
fiesta  se  partieron  luego,  habiendo  enviado  al  Duque  de  iUba 
un  día  adelante  con  toda  la  Infantería  y  parte  de  la  Caballería, 
el  cual  envió  cuatro  compañías  de  Infantería  y  tres  de  caballos 
ligeros  con  D.  Antonio  de  Toledo  á  una  villa  adonde  estaban 
dos  banderas  del  Duque  de  Jasa,  con  los  cuales  hubo  una  pe- 
queña escaramuza,  y  se  rindió  la  villa  y  los  soldados  dejaron 
las  banderas  y  armas.  Y  toda  aquella  tierra  de  Jasa  que  confina 
con  la  de  Egra  es  áspera  y  llena  de  bosques  y  pantanos  hasta 
llegar  á  una  villa  llamada  Plau ;  seis  ó  siete  leguas  de  Egra 
se  comienza  á  extender  la  tierra  y  haber  muy  hermosas  cam- 
pañas y  praderías,  muy  llena  de  castillos  y  lugares,  en  los  más 
de  los  cuales  el   Duque  tenía  gente  de  guerra.  Y  juntamente 


—  21  — 

•con  esto  él  andaba   conquistando  algunos  lugares  de   los  que 
hasta  allí  no  había  ganado. 

Y  en  este  tiempo  el  Emperador  con  toda  la  diligencia  posi- 
ble caminó  la  vuelta  de  su  enemigo,  porque  ninguna  cosa  más 
deseaba  de  hallarse  con  él  con  todas  sus  fuerzas  en  la  campaña, 
y  temía  no  se  le  metiese  en  alguna  de  las  cuatro  tierras  fortí- 
simas  que  tenía,  las  cuales  eran  Bucherga,  Gotta,  Sonabualt  y 
Heladrum,  el  cual  había  ganado  de  los  Condes  de  Mansfeld 
pocos  días  había.  Y  cada  una  de  éstas  era  tan  fuerte  que  á 
meterse  dentro  el  Duque  era  dilatar  la  guerra  muchos  años. 

Por  manera  que  Su  Majestad  usando  de  mucha  diligencia 
■caminó  la  vuelta  de  Maisen,  villa  del  Duque  Mauricio,  la  cual 
la  había  tomado  en  este  tiempo  el  Duque  de  Jasa,  y  estaba  en 
ella  con  su  campo  por  ser  lugar  oportuno  para  cualquier  des- 
deñó (sic)   que  quisiese  tomar,  por  tener  puente  sobre   el  río 

i 

Albis  y  ser  cerca  de  Bohemia,  donde  esperaba  gran  socorro  de 
infantería  y  gente  á  caballo  y  también  para  irse  á  Vitemberg 
(si  conviniese) . 

Y  estando  el  Duque  de  Jasa  en  este  lugar  Su  Majestad 
prosiguió  su  camino,  viniéndosele  á  rendir  algunas  villas  que 
estaban  cerca  de  él,  y  deshaciendo  la  Infantería  que  por  aque- 
llas partes  el  Duque  de  Jasa  tenía  repartidas,  porque  un  día 
salieron  ciertas  compañías  que  el  Duque  Mauricio  tenía  en  un 
lugar  suyo  y  fueron  sobre  otro  que  estaba  junto  á  su  aloja- 
miento, donde  había^  siete  compañías  del  Duque  de  Sajonia,  y 
combatieron  el  dicho  lugar  y  lo  rindieron,  sabiendo  que  venía 
el  Ejército  del  Emperador  allí  junto,  tomando  á  los  soldados  y 
banderas  y  armas.  Y  el  Príncipe  de  Salmona  deshizo  asimismo 
tres  compañías,  que  las  trajo  á  Su  Majestad.  Y  otra  deshizo  Un 
Capitán  de  arcabuceros  español  y  algunos  húngaros.  Y  un  Ca- 
pitán de  Su  Majestad  llamado  Jorge  Espreche,  con  siete  com- 
pañías de  tudescos  y  algunos  de  á  caballo,  deshizo  siete  compa- 
ñías de  Infantería  que  el  Duque  tenía  en  un  lugar  llamado 
Jeneberg,  y  trajo  las  banderas  á  Su  jMaj estad. 

Y  así  llegó  el  Emperador  á  tres  leguas  de  Maisen  con  si 
campo,  y  queriéndolo  alojar  le  vino  nueva  que  Tumer  Hiermé 
estaba  con  su  gente  legua  y  media  de  allí.  Y  el  Emperador, 


—  22  — 

no  alterando  nada  por  ello,  proveyó  que  200  de  a  caballo  hún- 
garos por  una  parte  y  200  caballos  ligeros  por  otra  descubrie- 
sen la  campaña,  y  entretanto  reposase  todo  el  campo.  Y  los 
descubridores  llegaron  al  lugar  que  decían  que  estaban  los  ene- 
migos, y  no  solamente  no  los  hallaron,  mas  no  tuvieron  nueva 
que  aquel  día  hubiesen  parecido  por  allí  gente  de  á  caballo  ni 
soldados,  sino  unos  que  aquella  mañana  habían  prendido  cier- 
tos caballos  ligeros  españoles,  de  los  cuales  se  supo  que  el  Du- 
que de  Jasa  estaba  en  Maisen  de  la  otra  parte  del  río  Albis 
y  había  fortificado  su  alojamiento.  Y  el  Emperador  estuvo  aquel 
día  y  otro,  porque  había  diez  días  que  la  Infantería  caminaba 
desde  que  partió  de  Egra  y  estaban  ios  soldados  muy  fatigados. 

Y  teniendo  propósito  Su  Majestad  de  ir  á  Maisen  y  hacer 
allí  puente  de  barcas  para  procurar  de  pasar  de  la  otra  parte  á 
combatir  con  su  enemigo,  le  vino  nueva  cómo  se  había  levan- 
tado de  allí  y  caminado  la  vuelta  de  Vitemberg.  Y  sabida  esta 
nueva,  consideró  que  yendo  á  Maisen  con  el  campo  (que  era 
el  río  arriba)  se  perdería  tanto  tiempo  que  ya  el  Duque  de 
Jasa  por  la  otra  parte  estaría  muy  lejos  de  Vitemberg  (que  era 
el  río  abajo)  y  parecióle  que  habiendo  vado  por  allí  podría 
pasar  á  tiempo  que  alcanzase  á  su  enemigo.  E  informándose 
de  algunos  de  la  tierra  le  dijeron  que  tres  leguas  del  río  abajo 
había  dos  vados,  los  cuales  eran  hondos  y  podían  ser  defendi- 
dos de  los  que  de  la  otra  parte  estuviesen. 

Y  en  este  tiempo  llegó  el  Capitán  Aldana  con  algunos  arca- 
buceros de  á  caballo  españoles  que  por  mandado  del  Emperador 
habían  ido  á  descubrir  los  enemigos,  del  cual  se  supo  que  se 
alojaban  aquella  noche  en  Milburg  (que  era  un  lugar  de  la  otra 
banda  de  la  ribera)  tres  leguas  de  allí,  por  donde  decían  que 
había  vado,  mas  que  sus  caballos  habían  pasado  á  nado. 

Y  como  esto  oyese  el  Emperador,  pareciendo  que  no  era 
tiempo  de  dilatar  la  jornada,  envió  luego  á  llamar  al  Duque 
de  Alba  para  que  se  proveyese  de  lo  que  convenía,  diciéndole 
cómo  su  determinación  era  pasar  el  río  por  vado  ó  puente  y 
combatir  los  enemigos.  Y  fundado  sobre  esta  determinación, 
ordenó  las  cosas  conforme  á  ella,  lo  cual  parecía  á  muchos 
imposible  por  estar  los  enemigos  de  la  otra  banda  del  río  y  el 


—  23  •- 

camino  ser  largo  y  otras  cosas  que  había  que  parecía  ser  estorbo 
á  la  presteza  que  necesario  era  tenerse.  Mas  el  Emperador 
quiso  que  su  consejo  se  supiese  en  efecto.  Y  así  mandó  que  la 
artillería  y  barcas  de  la  puente  caminasen  luego  aquel  día  an- 
tes que  anocheciese,  y  en  pos  de  ella  los  tres  regimientos  tudes- 
cos y  toda  la  Caballería  en  la  orden  acostumbrada  de  los  otros 
días.  Y  aquella  mañana  hizo  una  niebla  muy  oscura,  mas  como 
llegaron  cerca  del  río  se  fué  alzando  la  oscuridad  y  lo  comen- 
zaron á  descubrir,  viendo  los  enemigos  alojados  de  la  otra 
parte  en  la  villa  llamada  Milburg,  con  6.000  infantes,  solda- 
dos viejos,  y  cerca  de  3.000  á  caballo,  porque  los  demás  tenían 
con  Tumer  Yllermé  (ó  Hiernié)  su  Capitán,  y  los  otros  se  ha- 
bían deshechado  (sic)  con  las  catorce  compañías  que  Su  Majes- 
tad de  camino  había  tomado.  Y  juntamente  tenía  21  piezas  de 
artillería,  y  él  estaba  bien  asegurado,  porque  pensaba  que  si  el' 
Emperador  iba  á  pasar  por  donde  él  estaba  en  Maisen  se  le 
tenía  gran  ventaja  para  esperar  ó  irse  donde  quisiesen,  y  que 
no  podrían  pasar  por  donde  él  estaba  por  la  anchura  y  pro- 
fundidad del  río,  por  ser  la  parte  de  la  ribera  donde  él  estaba 
muy  superior  á  la  por  donde  Su  Majestad  venía,  y  guardada 
de  una  villa  cercada  y  un  castillo.  Y  el  alojamiento  del  campo 
del  Emperador  estaba  señalado  cuando  él  llegó  y  repartidos  los 
cuarteles,  que  sería  á  las  siete  horas  de  la  mañana.  Y  mandó 
que  la  gente  de  á  caballo  estuviese  en  la  misma  orden  que 
estaban  sin  alojarse.  Y  el  sitio  del  campo  era  cercano  al  río, 
más  había  en  medio  de  él  y  el  de  los  enemigos  unas  pedre- 
rías y  bosques  (aunque  no  muy  grandes)  que  llegaban  á  par 
del  río. 

Y  á  la  hora  que  tengo  dicho  el  Emperador  y  el  Rey  de  Ro- 
manos tomaron  algunos  de  á  caballo  y  adelantáronse  á  topar  al 
Duque  de  Alba,  que  había  venido  delante  y  había  ya  recono- 
cido bien  los  enemigos.  Y  considerando  que  el  río  era  bien  de- 
fendido de  ellos,  pensaba  no  haber  medio  de  poder  pasarse. 
Y  en  esto  el  Emperador/  hablando  con  el  Rey  y  el  Duque, 
ordenó'  que  se  buscasen  algunos  de  la  tierra  que  más  particu- 
larmente supiesen  el  vado  que  se  sabía  por  la  relación  y  de  lo 
que  hasta  allí  se  tenía,  porque  le  parecía  no  ser  razón  empren- 


—  24  — 

der  cosa  tan  grande  tan  temerariamente  y  sin  saber  cómo  se 
emprendería,  en  lo  cual  se  puso  mucha  diligencia. 

Y  así  el  Duque  de  Alba  vino  al  Emperador  de  ahí  á  uu 
rato  y  le  dijo  cómo  traía  buena  nueva  de  cierto  vado  que  había, 
y  que  traía  hombre  de  la  tierra  que  lo  sabía  muy  bien.  Y  así 
Su  Majestad  fué  á  él  con  el  Rey  de  Romanos  y  el  Duque  de 
Alba  y  el  Duque  Mauricio  y  vio  que  los  enemigos  estaban  de 
la  otra  parte  del  río,  teniendo  repartida  su  arcabucería  y  arti- 
llería por  la  ribera,  y  que  estaban  puestos  á  la  defensiva  de 
dicho  paso  y  de  la  puente  que  traían  hecha  de  barcas,  la  cual 
estaba  repartida  en  tres  piezas  para  llevarla  consigo  por  el  río 
abajo  con  más  facilidad.  Y  por  aquella  parte  que  pensaba  que 
era  el  vado  tenía  el  río  300  pasos  de  ancho,  y  la  corriente, 
aunque  parecía  más,  traía  gran  ímpetu,  por  donde  hacía  más 
dificultoso  el  pasaje. 

Y  á  esta  causa  ordenó  el  Emperador  que  se  pusiesen  junte 
á  la  ribera  algunas  piezas  de  artillería  y  800  ó  1.000  arcabuce- 
ros españoles,  los  cuales  juntamente  con  la  artillería  disparasen 
en  los  enemigos  para  que  se  apartasen  y  no  fuesen  tan  señores 
de  la  ribera  y  ellos  viniesen  á  ser  señores  de  ella,  aunque  estaba 
más  descubierta  que  la  de  los  enemigos.  Dos  cuales  en  este- 
tiempo  poniendo  muchos  arcabuceros  en  sus  barcas  las  lleva- 
ban por  el  río  abajo,  por  donde  fué  necesario  que  los  arcabu- 
ceros del  campo  de  Su  Majestad  saliesen  á  la  ribera  á  evitarlo, 
lo  cual  hicieron  con  tanto  ímpetu  que  entraron  por  el  río  mu- 
chos de  ellos  hasta  los  pechos  y  comenzaron  á  dar  tanta  prisa 
de  arcabuzazos  á  los  de  la  ribera  y  á  los  de  las  barcas,  que 
matando  muchos  de  ellos  se  las  hicieron  desampaiar,  y  así  de- 
jaron de  ir  por  él  río  más  adelante.  Y  esta  arremetida  que  hi- 
cieron los  arcabuceros  fué  estando  el  Emperador  delante,  y 
juntamente  arremetió  con  ellos  hasta  el  río,  donde  se  comenzó 
la  escaramuza  de  una  ribera  á  la  otra,  tirándose  los  unos  á  los 
otros  con  mucha  arcabucería  y  artillería.  Y  los  del  campo  de 
Su  Majestad  les  dieron  tan  grande  prisa  que  se  conocía  ya 
ventaja  de  .su  parte,  tirando  los  enemigos  más  flojamente.  Por 
lo  cual  mandó  Su  Majestad  que  viniesen  otros  mil  arcabuceros 
con   Arce,  Maestre  de  campo  de  los  de  Lombardía,  para  que 


—  25  — 

fuesen  los  enemigos  más  reciamente  apretado».  Y  así  anduvo  la 
escaramuza  tan  caliente  que  de  una  parte  y  otra  parecían  muy 
á  menudo  hacer  salvas. 

Y  en  este  tiempo  la  puente  que  Su  Majestad  había  mandado 
traer  llegó  á  la  ribera,  mas  la  anchura  del  río  era  tan  grande 
que  se  vio  no  bastar  las  barcas  para  ello,  y  ¿así  fué  necesario 
que  se  pasasen  por  las  barcas  que  los  enemigos  habían  desam- 
parado de  la  otra  parte.  Los  cuales  comenzaron  á  desamparar 
la  ribera  por  los  muchos  tiros  que  los  arcabuceros  del  campo 
de  Su  Majestad  les  tiraban,  mas  no  tanto  que  no  hubiese  mu- 
chos á  la  defensa. 

Y  viendo  el  Emperador  que  era  necesario  ganarles  su  puente 
mandó  que  la  arcabucería  pusiese  toda  la  diligencia  para  que 
se  ganase.  Y  así  súbitamente  desmandaron  algunos  arcabuce- 
ros españoles,  los  cuales  nadando  con  las  espadas  en  las  bocas 
atravesadas  llegaron  á  los  dos  tercios  de  la  puente  que  los  ene- 
migos llevaban  el  r.ío  abajo  (como  dicho  habernos).  L,os  cuales 
arcabuceros  llegaron  á  las  barcas  tirándoles  los  enemigos  mu- 
chos arcabuzazos  de  la  ribera,  y  las  ganaron  matando  algunos 
que  habían  quedado  dentro.  Y  así  las  trajeron  y  así  entraron 
tres  soldados  españoles  á  caballo  armados,  de  los  cuales  se  ahogó 
el  uno  en  presencia  de  todos. 

Y  como  fuesen  ganadas  las  barcas,  estando  toda  la  arcabu- 
cería tendida  por  toda  la  ribera  y  señora  de  ella,  los  enemigos 
comenzaron  del  todo  á  perder  el  ánimo  y  la  suya.  Y  en  este 
tiempo  el  Duque  de  Alba  tornó  á  decir  á  Su  Majestad  certifi- 
cadamente cómo  el  vado  era  descubierto  y  se  podía  pasar.  Y 
así  el  Emperador  quiso  proseguir  su  determinación  y  pasar  él 
río,  porque  estaba  determinado  de  combatir  aquel  día  y  no  dar 
lugar  á  que  el  Duque  de  Jasa  ocupase  aquellas  fuerzas  (que 
dicho  tengo) .  Y  así  el  Emperador  con  muy  gran  prisa  comenzó 
á  pasar  la  Caballería  por  su  mandado  el  vado,  y  que  junta- 
mente que  de  su  puente  y  lado  los  enemigos  se  hiciese  una 
por  donde  pasase  la  Infantería  española  y  luego  los  tres  regi- 
mientos de  alemanes.  Y  con  la  diligencia  que  el  Duque  de  Alba 
había  traído  en  descubrir  el  vado  haciendo  buscar  guías  y  hom- 
bres prácticos  del  río,  halló  un  villano  muy  mancebo  al  cual  ha- 


—  26  — 

bían  tomado  los  enemigos  el  día  antes  dos  caballos,  y  poi  ven- 
ganza de  su  pérdida  se  vino  á  ofrecer  que  él  mostraría  el  vado. 

Y  venida  toda  la  Caballería  la  ribera  del  río,  Su  Majestad 
mandó  quedar  á  la  guarda  del  campo  nueve  compañías  de  ale- 
manes y  500  caballos  tudescos,  250  del  Marqués  Alberto,  que 
de  la  rota  de  su  señor  se  habían  recogido  al  Rey  de  Romanos, 
y  otros  tantos  del  Marqués  Juan  de  Brandenburg.  Y  luego 
mandó  comenzasen  á  pasar  los  caballos  húngaros,  de  los  cuales 
y  de  los  que  el  Emperador  tenía  ya  habían  comenzado  á  pasar 
antes  que  los  enemigos  hubiesen  acabado  de  salir  de  la  villa. 
Los  cuales  como  hubiesen  probado  todas  las  cosas  necesarias 
para  la  defensa  y  les  hubiesen  aprovechado  poco,  perdieron 
toda  esperanza  de  sostener  el  vado,  viendo  que  el  Emperador 
se  lo  había  combatido  y  ganado.  Y  así  determinaron  de  irse  de 
aquella  villa  á  otra  que  se  llamaba  Torgas  si  no  pudiesen  darse 
tanta  prisa  para  llegar  á  Vitemberg  ó  combatir  en  el  camino 
con  el  campo  del  Emperador,  no  teniendo  lugar  para  una  de 
estas  dos  cosas. 

Y  el  Duque  de  Alba,  por  orden  de  Su  Majestad,  mandó  que 
toda  la  Caballería  húngara  y  el  Príncipe  de  Salmona  con  sus 
caballos  ligeros  pasase  el  río,  llevando  cada  uno  un  arcabucero 
á  las  ancas.  Y  luego  pasó  con  la  gente  de  armas  de  Nápoíes, 
llevando  consigo  al  Duque  Mauricio  y  á  los  suyos.  Y  luego  el 
Emperador  y  el  Rey  de  Romanos  con  sus  escuadrones  llegaron 
á  la  ribera,  yendo  el  Emperador  en  un  caballo  castaño  oscuro, 
con  un  caparazón  de  carmesí  con  franjas  de  oro,  armado  de 
unas  armas  blancas  y  doradas,  no  llevando  sobre  ellas  otra  cosa 
sino  la  banda  muy  ancha  de  tafetán  carmesí  listada  de  oro  v 
un  morrión  tudesco  y  una  media  asta  como  venablo  en  las 
manos,  y  se  metió  á  las  aguas  siguiendo  al  villano  (que  era  la 
guía  que  dicho  tengo),  el  cual  tomó  el  vado  más  á  la  mano 
derecha  el  río  arriba  de  lo  que  los  otros  habían  guiado,  y  el 
suelo  era  bueno,  mas  la  profundidad  era  tanta  que  subía  á  las 
rodillas  de  los  caballos,  y  en  algunas  partes  nadaban  los  ca- 
ballos, mas  era  poco  estrecho.  Y  de  esta  manera  salieron  á  la 
otra  ribera,  y  el  Emperador  hizo  dar  á  su  guía  dos  caballos 
y  100  escudos. 


—  27  — 

Y  en  este  tiempo  como  fuese  acabada  de  hacer  la  puente 
pasó  la  Infantería  española,  á  la  cual  seguía  la  alemana,  poi- 
que esta  orden  había  dado  el  Emperador,  y  los  húngaros  y 
caballos  ligeros,  dejando  los  arcabuceros  que  habían  pasado  á 
las  ancas,  se  adelantaron  yendo  escaramuceando  y  entrete- 
niendo los  enemigos,  que  caminaban  con  la  mayor  orden  y 
prisa  que  podían  sin  dejar  en  la  villa  de  Milburg  ningún  sol- 
dado, lo  cual  se  había  pensado  que  hicieran.  Y  á  esta  causa 
se  habían  pasado  arcabuceros  con  los  caballos  ligeros.  Mas  el 
enemigo  con  todo  sus  campo  iba  siempre  ganando  la  ventaja 
de  la  tierra  que  podía,  repartida  su  Infantería  en  dos  escuadro- 
nes, y  nueve  estandartes  de  Caballería  repartidos  de  manera 
que  cuando  los  caballos  ligeros  húngaros  los  apretaban  volvían 
á  ellos  y  molestaban,  de  manera  que  daban  lugar  á  que  su  In- 
fantería en  este  tiempo  pudiese  caminar. 

Y  el  Emperador  con  el  -mayor  trote  que  pudo  sufrir  la  gente 
de  armas  siguió  el  camino  que  los  enemigos  llevaban  por  aque- 
lla campaña  tan  ancha  y  rasa.  Y  porque  el  polvo  que  su  van- 
guardia hacía  era  muy  grande  y  el  aire  lo  traía  á  dar  en  lo¿ 
ojos,  se  puso  Su  Majestad  sobre  la  mano  derecha  de  ella.  Y 
así  hizo  dos  cosas,  la  una  tener  la  vista  libre  para  lo  que  fuese 
necesario  y  la  otra  prevenir  para  que  los  escuadrones  fuesen 
en  la  orden  que  convenía.  Y  así  se  puso  en  parte  él  y  el  Rey 
de  Romanos,  su  hermano,  con  sus  dos  escuadrones,  para  que 
siendo  su  vanguardia  puesta  en  peligro  estuviese  á  punto  para 
socorrerla  acometiendo  á  los  enemigos,  los  cuales  iban  tan  fuer- 
tes que  era  conveniente  cosa  hacer  cualquiera  previsión. 

Y  el  Duque  de  Alba  con  la  gente  de  la  vanguardia  fué  es- 
caramuzando siempre  con  los  enemigos  tan  cerca  que  ellos  se 
pararon  y  comenzaron  á  tirar  de  su  artillería.  Y  el  Emperador 
á  esta  causa  se  dio  más  prisa  á  igualar  con  la  vanguardia.  Y 
en  este  tiempo  su  Infantería  aún  no  parecía,  ni  la  artillería 
que  con  ella  había  de  venir.  Y  esto  era  á  tres  leguas  tudescas 
del  río  Albis.  Y  el  Emperador  se  había  dado  gran  prisa  con 
la  Caballería,  porque  con  ella  sola  emprendió  de  deshacer  á 
su  enemigo,  el  cual  si  Su  Majestad  esperara  su  Infantería  tu- 
viera lugar  de  llegar  al  cabo  su  intención. 


—  28  — 

Eran  los  caballos  de  la  vanguardia  del  Emperador  400  ca- 
ballos ligeros  con  el  Príncipe  de  Salmona  y  otros  tantos  con 
D.  Antonio  de  Toledo  y  50  húngaros,  porque  300  se  habían 
enviado  aquella  mañana  á  reconocer  á  Torgas  con  100  arca- 
buceros á  caballo  españoles.  Iban  más  600  lanzas  del  Duque 
Mauricio  y  200  arcabuceros  á  caballo  y  220  lanzas  de  armas  de 
las  de  Xápoles  con  el  Diique  de  Castro  Villa.  Y  la  batalla  eran 
dos  escuadrones  del  Emperador,  que  sería  de  400  lanzas  y  300 
arcabuceros  tudescos  de  á  caballo,  y  el  del  Rey  de  Romanos  era 
de  600  lanzas  y  300  arcabuceros  de  á  caballo.  Eos  enemigos  iban 
en  la  orden  que  dicho  tengo,  que  eran  6.000  infantes  en  dos 
escuadrones  y  nueve  estandartes  de  Caballería  en  que  había  600 
caballos  y  un  guión  del  Duque  de  Sajonia  que  andaba  acompa- 
ñado de  So  ó  90  de  á  caballo,  proveyendo  por  sus  escuadrones 
lo  que  convenía.  El  cual,  como  al  principio  no  hubiese  descu- 
bierto sino  en  la  vanguardia  de  Su  Majestad  por  quitarle  la 
vista  el  polvo  de  la  batalla,  parecíale  que  fácilmente  podía  re- 
sistir aquella  Caballería,  pero  después  que  hubo  descubierto  la 
batalla  donde  el  Emperador  y  el  Rey  de  Romanos  iban,  viendo 
claramente  en  la  orden  y  en  el  caminar  su  determinación,  se 
volvió  entre  sus  escuadrones  y  determinó  con  la  mejor  orden 
que  pudo  de  ganar  un  bosque  que  estaba  en  su  camino,  porque 
le  pareció  que  con  su  Infantería  podía  estar  allí  tan  fuerte  que 
venida  la  noche  podría  irse  á  Vitemberg  (que  era  lo  que  él 
deseaba)  y  si  conviniese  combatir  hacerlo  con  más  ventaja  suya, 
porque  Torgas  no  le  había  parecido  cosa  segura  para  dejarse  en- 
cerrar en  él .  Y  ganado  aquel  bosque  (que  era  lleno  de  pantanos) 
y  caminos  estrechos,  mandó  á  su  arcabucería  de  á  pie  y  á  toda  la 
de  á  caballo  que  hiciesen  una  acometida  en  la  Caballería  ligera 
del  Emperador  para  que  más  cómodamente  su  Infantería  ganase 
el  sitio  que  él  quería,  lo  cual  hicieron  harto  vivamente. 

Y  en  este  tiempo  (como  está  dicho)  el  Emperador  se  había 
igualado  con  la  vanguardia  y  había  hablado  con  el  Duque  Mau- 
ricio muy  alegremente,  y  á  la  gente  de  armas  de  Ñapóles  animó 
para  la  batalla  con  muy  buenas  palabras,  y  dándole  el  nombre 
que  era  de  Santiago,  España,  San  Jorge  é  Imperio,  caminaron 
la  vuelta  de  los  enemigos  al  paso  que  convenía ;  yendo  así  igua- 


—  29  — 

lados  todos  los  escuadrones,  la  batalla  halló  á  su  mano  derecha 
un  arroyo,  donde  cayeron  algunos  caballos.  Y  porque  los  de- 
más no  hiciesen  lo  mismo  fué  necesario  que  la  batalla  se  estre- 
chase y  la  vanguardia  pudiese  pasar  sin  que  se  mezclase  del 
un  escuadrón  con  el  otro.  Y  á  esta  causa  la  vanguardia  que 
iba  al  lado  se  pasó  adelante  al  tiempo  que  los  enemigos  que- 
rían comenzar  la  carga  (que  tengo  dicho),  lo  cual  hicieron  en 
los  caballos  ligeros  en  muy  buena  orden. 

Y  en  este  tiempo  el  Duque  de  Alba,  conociendo  la  buena 
ocasión,  envió  á  decir  al  Emperador  que  él  se  afrontaba  con 
los  enemigos,  y  así  lo  hizo  por  una  parte  con  la  gente  de  ar- 
mas de  Ñapóles  y  el  Duque  Mauricio  con  sus  arcabuceros  por 
la  otra,  y  luego  su  gente  de  armas  y  la  batalla  de  Su  Majestad, 
que  había  tornado  á  ganar  la  mano  derecha,  movieron  contra 
los  enemigos  con  tanto  ímpetu  que  de  súbito  comenzaron  á  dar 
la  vuelta,  apretándolos  tanto  la  gente  de  guerra  del  Emperador, 
que  otra  cosa  no  les  dieron  lugar  sino  de  huir.  Y  así  comen- 
zaron á  dejar  su  Infantería,  la  cual  al  principio  había  inten- 
tado de  hacer  una  poca  de  resistencia  para  recogerse  al  bosque, 
pero  como  la  Caballería  se  revolviese  con  ella  en  un  momento 
fueron  todos  rotos,  y  los  húngaros  y  caballos  ligeros  tomando 
un  lado  acometieron  por  un  costado,  y  con  gran  presteza  co- 
menzaron á  ejecutar  la  victoria. 

Y  de  esta  manera  se  llegó  al  bosque,  por  el  cual  eran 
tantas  las  armas  derramadas  por  el  suelo  que  daban  grandísimo 
estorbo  á  los  vencedores,  donde  se  halló  muy  gran  número  de 
muertos  y  heridos  y  se  hubieron  muchos  prisioneros.  Y  el  Em- 
perador siguió  el  alcance  una  legua,  y  toda  la  Caballería  ligera 
y  mucha  parte  de  la  tudesca  y  de  los  hombres  de  armas  del 
Reino  le  siguieron  tres  leguas.  Y  el  Emperador  paró  en  un 
prado  que  estaba  en  medio  del  bosque,  donde  hizo  recoger  al- 
guna gente  de  armas,  porque  toda  estaba  tan  esparcida  que  tan 
sin  orden  andaban  los  vencedores  como  los  vencidos,  lo  cual 
fué  causa  de  asegurar  la  victoria  si  algún  inconveniente  suce- 
diera á  los  que  iban  delante. 

Y  en  este  tiempo  vino  el  Duque  de  Alba  adonde  estaba  Su 
Majestad,  el  cual  á  la  ida  había  ido  más  adelante  siguiendo  el 


—  30  — 

alcance,  armado  de  unas  armas  doradas  y  blancas  con  su  banda 
colorada  encima  de  su  caballo  bayo.  Y  el  Emperador  lo  recibió 
muy  alegremente.  Y  estando  en  esto  vinieron  á  decir  á  Su  Ma- 
jestad cómo  el  Duque  de  Jasa  era  preso,  y  en  su  prisión  pre- 
tendían ser  los  principales  dos  hombres  de  armas  españoles  de 
los  de  Ñapóles  y  tres  ó  cuatro  caballos  ligeros  españoles  é  ita- 
lianos y   un   Capitán  español   y  un  húngaro.   Y  Su  Majestad 
mandó  al  Duque  de  Alba  que  lo  trajese,  y  así  fué  traído  de- 
lante de  él,  el  cual  venía  en  un  caballo  frisón  con  una  gran 
cota  de  malla  vestida  y  encima  un  peto  negro  con  unas  correas 
que  se  ceñían  por  las  espaldas,   todo  lleno  de  sangre  de  una 
herida  ó  cuchillada  que  traía  por  el  rostro  en  el  lado  izquierdo. 
Y  así  se  presentó  al  Emperador.   Y  el  Duque  se  quiso  apear 
y  quitar  un  guante  para  tocar  la  .mano  al  Emperador   (según 
costumbre  de  Alemania),  mas  él  no  lo  consintió  lo  uno  ni  '«> 
otro  porque  él  venía  trabajado  y   fatigado   de  la   sed  y   de  la 
herida,  á  lo  cual  debió  tener  respeto  el  Emperador  más  que  á 
lo  que  él  merecía.  Y  él  se  quitó  el  chapeo  y  dijo  al  Emperador 
(según  costumbre  de  Alemania)  : 

«Poderosísimo^  y  graciosísimo  Emperador,  yo  soy  vuestro 
prisionero.  Y  el  Emperador  respondió  :  Ahora  me  ¡lamáis  Em- 
perador, diferente  nombre  es  ese  del  que  me  solíades  llamar. 
\  esto  dijo  porque  cuando  el  Duque  de  Jasa  y  Eandgrave  traían 
el  campo  de  la  Eiga  en  sus  escritos  llamaban  al  Emperador  Car- 
los de  Gante,  y  el  que  piensa  que  es  Emperador.  Y  así  los  ale- 
manes del  campo  de  Su  Majestad  cuando  aquello  oían  decii 
decían  :  Deja  hacer  á  Carlos  de  Gante,  que  él  os  mostrará  si 
es  Emperador.  Y  por  esta  causa  el  Emperador  le  respondió  esto. 
Y  después  le  dijo  que  sus  méritos  le  habían  traído  á  los  tér- 
minos en  que  estaba.  A  las  cuales  palabras  el  Duque  de  Jasa 
no  respondió  nada,  sino  alzando  los  hombros  bajó  la  cabeza, 
suspirando  tornó  á  decir  al  Emperador  que  le  suplicaba  que  le 
tratase  como  á  su  prisionero.  Y  el  Emperador  le  respondió  que 
él  sería  tratado  según  lo  merecía.  Y  mandó  al  Duque  de  Alba 
que  con  buena  guarda  le  hiciese  llevar  al  alojamiento  del  río 
(que  era  el  que  el  Emperador  había  tomado  aquel  día  mismo 
cuando  tomó  el  vado) 


—  31  — 

Y  el  Duque  Mauricio  aquel  día  yendo  y  ejecutando  la  vic- 
toria, uno  de  los  enemigos  llegó  por  detrás  y  púsole  un  arca- 
buz en  parte  que  si  acertara  á  dar  fuego  le  mataba,  el  cual  fué 
luego  hecho  pedazos  él  y  su  caballo  por  los  que  con  el  Duque 
iban. 

Fueron  muertos  de  la  Infantería  de  los  enemigos  hasta  2.000 
hombres  y  heridos  muchos,  que  dejándolos  allí  se  pudieron  sal- 
var aquella  noche,  y  otro  día  fueron  presos  800.  Y  de  los  de 
á  caballo  fueron  muertos  (según  se  pudo  estimar)  más  de  500. 
El  número  de  los  presos  fué  muy  mayor,  porque  entre  los  ale- 
manes del  campo  de  Su  Majestad  hubo  muchos,  porque  como 
la  nación  fuese  una  se  pudieron  mejor  encubrir.  Por  manera 
que  se  supo  que  se  recogieron  en  Vitemberg  de  los  de  á  pie 
y  de  los  de  á  caballo  700  hombres. 

Ganáronse  quince  piezas  de  artillería,  dos  culebrinas  largas 
y  cuatro  medias  culebrinas,  y  cuatro  medios  cañones,  y  cinco 
medios  falconetes,  y  grandísima  copia  de  munición.  Y  otro  día 
se  ganaron  otras  seis  piezas,  y  asimismo  todo  el  carruaje,  del 
cual  la  gente  de  á  caballo  hubo  gran  suma  de  ropa  y  de  dineto. 
Fueron  ganadas  17  banderas  de  Infantería  y  nueve  estandar- 
tes de  los  de  á  caballo. 

Fué  preso  el  Duque  Ernesto  de  Brancuig,  el  cual  en  la 
guerra  pasada  era  el  que  principalmente  traía  todas  las  escara- 
muzas que  los  enemigos  hacían.  Y  asimismo  fueron  presos  otros 
muchos  hombres  principales.  Y  el  hijo  mayor  del  Duque  de 
Jasa  fué  herido  en  la  mano  derecha  y  en  la  cabeza  y  derribado 
del  caballo,  y  después  de  ser  puesto  en  él  por  los  suyos  se 
salvó  y  entró  en  Vitemberg.  Y  de  los  del  campo  de  Su  Majes- 
tad murieron  hasta  50  de  á  caballo. 

El  cual  vencimiento  se  hizo  á  veinticuatro  de  Abril,  víspera 
de  San  Marcos.  Y  comenzóse  sobre  el  río  x\lbis  á  las  once  horas 
del  día,  y  acabóse  á  las  siete  de  la  tarde. 


—  32  — 

CAPÍTULO  III 

Cómo  el  Duque  de  Jasa  fué  preso  en  la  batalla  y  Su  Majestad 
le  perdonó  la.  vida  con  ciertas  condiciones  que  le  puso,  y  de 
la  partida  del  Rey  de  Romanos  para  Bohemia  con  Ejército 
de  gente  para  sojuzgar.  Y  cómo  Landgrave  se  vino  á  'ren- 
dir al  Emperador,  el  cual  lo  recibió  haciendo  con  él  ciertü; 
capitulaciones  que  había  de  guardar.  Y  cómo  finalmente  to- 
das las  ciudades  marítimas  y  las  demás  de  Alemania  vinie- 
ron  á  dar  la  obediencia  al  Emperador. 

Después  que  Su  Majestad  hubo  vencido  la  batalla  mandó 
recoger  la  gente  que  allí  estaba  y  se  volvió  á  su  alojamiento, 
donde  llegó  á  una  hora  de  la  noche.  Y  otro  día  mandó  recoger 
la  artillería  y  municiones  y  grandísimo  número  de  arma,s.  Y 
los  húngaros  y  caballos  ligeros  trajeron  muchos  prisioneros 
porque  habían  seguido  la  victoria  adelante  tres  leguas  de  donde 
había  sido  el  alcance. 

Y  el  Duque  de  Jasa  fué  dado  en  guarda  por  el  Duque  de 
Alba  á  Alonso  Vivas,  Maestre  de  campo  de  los  españoles  dei 
Reino  de  Ñapóles,  y  juntamente  el  Duque  Ernesto  de  Brancuig, 
el  cual  había  sido  preso  en  la  batalla  por  un  tudesco  vasall.) 
del  Rey  de  Romanos  y  criado  del  Duque  Mauricio. 

Y  en  este  lugar  estuvo  el  Emperador  dos  días,  en  el  cual 
tiempo  se  le  rindió  Torgas.  Y  así  determinó  de  ir  sobre  Vi- 
temberg,  cabeza  del  Estado  del  Duque  Juan  y  principal  vills 
de  las  de  la  elección.  Y  como  tierra  importante  la  tenía  el  Du- 
que muy  bien  fortificada  y  con  mucho  número  de  artillería. 
Y  de  camino  fué  por  Torgas,  donde  estaba  un  castillo  de  los 
más  hermosos  de  toda  Alemania,  donde  el  Duque  Juan  tomaba 
más  ordinariamente  su  pasatiempo. 

Y  en  este  camino  se  supo  de  los  prisioneros  cómo  el  Duque 
esperaba  á  Tumer  Yllier-me  con  la  gente  que  había  llevado  á 
Bohemia  y  20  compañías  que  los  de  aquel  Reino  le  enviaban 
y  mucha  gente  de  á  caballo  con  ellas,  mas  la  presteza  del  Em- 
perador lo  había  atajado.  El  cual  pasó  el  río  Albis  media  legua 


—  33  — 

más  abajo  de  Vitemberg,  por  puente  hecha  de  barcas,  y  se  alojó 
entre  unos  bosques  á  vista  de  la  ciudad,  y  la  cual  como  estu- 
viese el  Emperador  determinó  de  combatir  y  para  ello  hubiese 
mandado  proveer  las  cosas  necesarias.  Determinó  de  suspender 
el  dicho  combate  por  causa  del  Marqués  de  Brandamburg,  Elec- 
tor, que  era  venido  allí  á  suplicarle  por  el  Duque  Juan  de  Sa- 
jonia  por  los  mejores  medios  que  él  podía.  Y  Su  Majestad  ha- 
bía considerado  algunas  cosas,  entre  las  cuales  tuvo  muy  gran 
consideración  al  Duque  de  Cleves,  yerno  del  Rey  de  Romanos 
y  cuñado  del  Duque  de  Jasa,  que  con  grandísima  instancia  ha- 
bía procurado  salvar  la  vida  á  su  cuñado  con  aquella  parte  de  su 
Estado  que  fuese  posible,  por  donde  comenzó  á  inclinarse  más 
á  la  misericordia  que  se  debía  tener  de  un  Príncipe  puesto  en 
tan  miserable  fortuna  que  no  á  poner  en  efecto  su  primera  de- 
terminación, que  era  cortarle  la  cabeza.  Y  así  comenzó  á  tratar 
lo  que  convenía  para  que  el  Duque  Juan  quedase  castigado,  y 
junto  con  esto  no  se  dejase  ejecutar  la  clemencia  de  Su  Ma- 
jestad. Y  así,  tratando  lo  uno  y  lo  otro,  el  Emperador  se  re- 
solvió conforme  á  su  natural  condición,  que  fué  dar  la  vida 
al  Duque  Juan  de  Jasa,  con  las  condiciones  que  fueron  bastantes 
para  recompensa  de  que  muchos  le  juzgaron  que  era  digno. 

Y  estando  dentro  de  Vitemberg  la  mujer  del  Duque  y  su 
hermano  y  los  dos  hijos  menores,  y  en  Gotha  estaba  el  hijo 
mayor,  que  había  escapado  herido  de  la  batalla,  los  cuales  todos 
esperaban  el  suceso  de  lo  que  al  Duque  tocaba,  al  cual  el  Em- 
perador perdonó  la  vida  por  intercesión  de  los  que  los  tra 
taban,  y  le  fué  quitado  el  cargo  de  Elector  y  las  villas  que  so- 
lían andar  con  el  dicho  cargo,  de  las  cuales  la  principal  era 
Vitemberg  y  Torgas  y  otras  muchas,  y  le  fué  mandado  que 
entregase  toda  la  artillería  y  municiones  (que  era  un  número 
granelísimo),  porque  de  sola  Vitemberg  se  sacaron  222  piezas 
de  artillería,  sin  otras  menudas.  Y  Su  Majestad  le  dejó  en  To- 
ringia  ciertos  castillos  y  villas,  y  mandó  que  la  fortaleza  de 
Gotha  (que  era  inexpugnable)  fuese  derribada  por  el  suelo,  en 
la  cual  se  hallaron  100  piezas  de  artillería,  sin  la  menuda  y 
100.000  pelotas  y  otras  municiones.  Y  que  quedase  el  Duque 
preso   en  la   Corte  del   Emperador  ó   en  cualquiera  otra   parte 


—  34  — 

que  le  mandase  (ó  su  voluntad  fuese).  Y  le  mandó  luego  en- 
tregarlas banderas  y  estandartes  y  artillería  que  había  ganado 
al  Marqués  Alberto  (el  cual  estaba  en  Gotha),  y  Su  Majestad 
le  mandó  luego  venir  á  su  Corte.  Y  en  lo  que  tocaba  á  la  reli- 
gión, aunque  al  principio  estuvo  muy  duro  después  respondió 
tan  blando  que  por  entonces  á  Su  Majestad  le  pareció  no  ser 
menester  tratar  más  de  ello.  Y  su  hermano -perdió  una  villa, 
la  cual  Su  Majestad  dio  al  Marqués  Alberto.  Y  asimismo  mandó 
al  Duque  que  entregase  todos  los  castillos  que  tenía  usurpados 
á  los  Condes  de  Mansfelt  y  de  Quima  :  lo  de  las  iglesias  y  mo- 
nasterios de  Jasa  con  lo  usurpado  á  particulares  quedó  á  la  dis- 
posición de  Su  Majestad,  el  cual  viendo  que  lo  principal  que  él 
pretendía  (era  lo  que  tocaba  á  la  religión)  comenzaba  á  llevar 
buen  camino,  tuvo  por  bien  todas  estas  condiciones  y  no  quiso 
que  una  casa  tan  noble  y  tan  antigua  y  que  tanto  servicio  había 
hecho  á  la  suya  en  los  tiempos  pasados  quedase  tan  destruida 
y  tan  del  todo  deshecha,  que  viendo  en  esto  seguir  más  la  equi- 
dad y  mansedumbre  que  no  la  ira  y  justa  indignación  á  que  el 
dicho  Duque  le  había  incitado  en  las  dos  guerras  que  con  él  ha- 
bía traído. 

Por  manera  que  quedó  el  Duque  Juan  vivo  y  castigado  con 
un  castigo  tan  grande  que  uno  de  los  más  poderosos  Príncipes 
de  Alemania  venía  ahora  á  ser  un  caballero  privado  en  ella, 
y  los  hijos  lo  serán  más  porque  han  de  poseer  entre  todos  lo  que 
ahora  él  posee. 

Y  después  que  fué  rendida  la  ciudad  de  Vitemberg,  de  la 
cual  salieron  3.000  hombres  de  guerra,  el  Emperador  mandó 
entrar  cuatro  compañías  en  ella.  Y  á  diecinueve  días  del  mes 
de  Mayo  y  dos  días  después  que  se  rindió  la  dicha  ciudad  salió 
la  Duquesa  de  ella  á  ver  á  Su  Majestad  y  hacerle  reverencia,  y 
vino  á  la  tienda  donde  estaba  y  con  ella  el  hermano  del  Duque 
Juan  y  su  mujer,  hermana  del  Duque  Ernesto  de  Braneuig,  y 
un  hijo  del  Duque  Juan  (porque  el  otro  había  quedado  malo  en 
Vitemberg)  y  el  otro  estaba  en  Gotha.  Viniéronla  acompañando 
los  hijos  del  Rey  de  Romanos  y  el  Marqués  de  Brandamburg, 
Elector,  y  otros  señores  alemanes.  Y  ella  allegó  ai  Emperador 
con  toda   humildad  y  se  hincó  las  rodillas  delante  de  él.   Mas 


—  35  — 

Su  Majestad  la  levantó  y  recibió  con  toda  cortesía  (como  si 
estuviera  en  su  primera  fortuna),  lo  cual  á  todos  movió  á  pie- 
dad, y  suplicó  á  Su  Majestad  algunas  cosas  que  tocaban  al 
Duque,  á  todo  lo  cual  fué  respondida  clementísimamente.  Y 
así  se  volvió  por  donde  el  Duque  su  marido  estaba,  que  era 
en  el  cuartel  del  Duque  de  Alba  (entre  la  Infantería  española) 
y  le  visitó,  habiendo  pedido  primero  licencia  á  Su  Majestad. 
Y  así  se  volvió  al  castillo  de  Vitemberg. 

Y  otro  día  el  Emperador  fué  á  ver  la  ciudad  y  entró  en  el 
castillo  y  visitó  á  la  Duquesa,  lo  cual  pareció  á  todos  muy  bien, 
y  visitación  muy  semejante  á  la  que  hizo  Alejandro  á  su  mujer 
<le  Darío. 

Y  en  este  tiempo  vinieron  tres  Capitanes  de  los  confines  de 
Tartaria  y  Moscovia,  cerca  del  río  Boristenes  (que  era  llamado 
Nepor)  á  ofrecer  al  Emperador  su  servicio  con  4.000  de  á  ca- 
ballo. Y  Su  Majestad  les  respondió  agradeciéndoselo  mucho  y 
que  la  guerra  estaba  en  términos  que  ya  no  era  menester.  Y 
así  se  fueron.  Y  también  vino  un  Embajador  del  Rey  de  Túnez 
á  tratar  con  el  Emperador  ciertas  cosas  de  parte  de  su  Rey  y 
á  ofrecerle  otros  tantos  alarbes  para  la  guerra. 

Y  estando  en  estos  términos  la  guerra  de  Jasa  el  Empera- 
dor había  enviado  un  caballero  de  su  casa,  llamado  Lázaro 
Svendi,  para  que  tuviese  á  Gotha  con  dos  compañías  y  diese 
libertad  al  Marqués  Alberto  y  estuviese  en  ella  hasta  que  estu- 
viese derribada  por  el  suelo.  Lo  cual  se  hizo  así,  y  las  otras 
villas  y  fortalezas  se  rindieron  por  sus  términos. 

Por  manera  que  en  Jasa  no  quedó  cosa  que  hacer,  sólo  lo 
de  Bohemia  estaba  de  mala  manera  contra  el  Rey  de  Romanos, 
mas  los  de  aquel  Reino  enviaron  Embajadores  al  Emperador 
con  las  más  palabras  blandas  que  pudieron  y  ofrecimientos  que 
supieron.  Y  Su  Majestad  las  oyó  y  los  detuvo  hasta  despa- 
charlos cuando  á  él  pareciese. 

Y  en  estos  días  el  Duque  Enrique  de  Brancuig,  el  mancebo 
que  estaba  sobre  Brema  con  2.000  de  á  caballo  y  4.000  infantes, 
al  cual  el  Emperador  le  había  ayudado  para  aquella  empresa 
por  ser  enemigo  de  los  Duques  de  Mumburg,  luteranos  v  de 
la  Liga,  fué  desbaratado  del  Conde  de  Mansfelt,  rebelde  lute- 


—  36  — 

rano,  y  de  Tunrer  YUierme,  Capitán  del  Duque  Juan  de  Jasa, 
el  cual  con  la  parte  que  tenía  en  Bohemia  por  unos  grandísimos 
rodeos  se  juntó  con  el  Duque  de  Masfelt,  y  juntos  tenían  4.000 
de  á  caballo  y  12  ó  13.000  infantes.  Y  el  Duque  Enrique  de 
Brancuig  se  quejó  después  al  Emperador  de  un  Capitán  que 
también  hacía  guerra  en  aquellas  partes  con  comisión  de  Si: 
Majestad,  diciendo  que  no  se  había  con  él  juntado  á  tiempo 
que  convenía,  por  donde  el  Emperador  lo  mandó  prender  á  él 
y  á  otros  Capitanes  que  con  él  estaban. 

Por  manera  que  las  fuerzas  del  Duque  Juan  de  Jasa  eran 
tan  grandes  (como  él  decía  después),  si  el  Emperador  tardara 
doce  días  él  le  pudiera  salir  á  recibir  con  30.000  infantes  y 
7.000  de  á  caballo,  que  eran  fuerzas  bastantes  para  pelear 
contra  el  Ejército  del  Emperador. 

Y  luego  que  desbarataron  al  Duque  de  Brancuig  se  comen- 
zaron á  deshacer  no  sólo  éstos,  mas  Landgrave,  que  en  estos 
días  no  dejaba  de  sustentar  todas  las  cosas  que  él  pensaba  que 
le  podían  valer,  las  cuales  dejó  caer,  perdiendo  toda  la  espe- 
ranza de  sus  tramas  y  socorros  forasteros. 

Y  en  esto  se  vio  cuánto  importaba  en  Alemania  la  .persona 
del  Duque  Juan  y  su  poder,  porque  después  que  él  fué  des- 
hecho y  preso  no  tuvo  fuerza  ninguna,  él  que  pensaba  que  go- 
bernaba todas  las  de  Alemania.  Y  así  Landgrave  comenzó  luego 
por  intercesión  del  Duque  Mauricio,  que  ya  era  Elector,  á  tra- 
tar su  perdón,  y  al  principio  propuso  condiciones  harto  gran- 
des, y  entendían  en  ello  junto  con  el  Duque#Mauricio  el  Elec- 
tor de  Brandamburg,  á  los  cuales  el  Emperador  tuvo  grandí- 
simo respecto  y  por  su  contemplación  oyó  lo  que  le  proponían 
de  parte  de  Landgrave,  mas  no  por  eso  dejó  de  hacer  lo  que 
convenía,  y  así  les  respondió  lo  que  él  quería  que  hiciese,  y 
Landgrave  replicó  añadiendo  algo,  dejando  siempre  las  cosas 
que  le  convenían,  á  lo  cual  el  Emperador  respondió  resuelta- 
mente que  él  no  quería  tratar  con  Landgrave,  que  hiciese  lo 
que  le  pareciese. 

Y  como  esta  respuesta  se  diese  á  Landgrave  (el  cual  á  aque- 
lla sazón  estaba  á  ocho  leguas  del  campo  de  Su  Majestad  en 
una  villa  del  Duque  Mauricio  llamada  Álpsia),  luego  se  partió 


—  37  — 

cou  grandísima  desesperación  diciendo  que  por  ninguna  cosa 
de  este  mundo  se  pondría  á  los  pies  del  Emperador  para  soco- 
rrerse de  su  misericordia,  entregándose  á  su  voluntad.  Y  con 
esta  determinación  escribió  al  Duque  Mauricio  que  procurase 
su  venida  al  campo  del  Emperador  y  la  concertase,  y  de  su 
mano  escribió  las  capitulaciones  con  que  se  quería  entregar, 
que  eran  las  mismas  que  Su  Majestad  quería.  Y  así  se  concertó, 
y  la  conclusión  de  todo  esto  tomó  el  Emperador  en  la  villa  de 
Hala  de  Jasa,  camino  de  las  tierras  de  Eandgrave,  para  donde 
Su  Majestad  con  su  campo  caminaba.  Y  el  mismo  día  que  entró 
en  ella  (que  fué  á  diez  días  de  Junio)  llegó  el  Marqués  Al 
berto  de  Brandamburg,  á  quien  como  está  dicho  Su  Majestad 
había  dado  libertad  y  mandado  volver  los  estandartes  y  ban- 
deras y  artillería  que  había  perdido.  Y  el  Emperador  se  holgó 
en  extrema  manera  con  él,  el  cual  en  llegando  á  Su  Majestad  re- 
dijo :  Señor,  yo  doy  muchas  gracias  á  Dios  y  á  vos.  Y  no  dijo 
otra  palabra,   lo  cual  pareció  que  bastaba. 

Y  dos  días  antes  que  Su  Majestad  partiese  de  Vitemberg 
se  había  partido  el  Rey  de  Romanos  para  la  ciudad  de  Praga 
coi}  2  ó  3.000  de  á  caballo  suyos  y  del  Duque  Mauricio  y  5,0 
6.000  infantes,  con  los  que  después  el  Emperador  le  envió,  que 
era  el  regimiento  del  Marqués  de  Mariñano.  Y  ordeno  Su  Ma- 
jestad que  el  Rey  se  partiese  luego,  porque  la  calor  de  la  vic- 
toria tan  grande  acrecentaría  las  fuerzas  del  Rey  para  que  el 
Reino  de  Bohemia  que  ya  temía  tanto  las  del  Emperador  pu- 
diese con  más  facilidad  ser  traído  por  fuerzas  ó  por  voluntad 
íi  la  del  Rey  y  ser  reducido  á  su  obediencia. 

Y  un  día  antes  que  Su  Alteza  partiese,  los  Capitanes  hún- 
garos vinieron  á  besar  las  manos  del  Emperador  y  á  suplicarle 
se  acordase  de  socorrer  á  Hungría,  y  le  hicieron  una  habla  con- 
forme al  tiempo  y  á  su  fortuna.  Y  el  Emperador  les  respondió 
consolándoles,  y  escribió  á  los  Estados  de  aquel  Reino  con 
-aquellas  esperanzas  dignas  de  su  persona  y  oficio,  y  mandó  dar 
á  cada  uno  de  los  dichos  Capitanes  una  cadena  de  oro  de  valor 
de  300  escudos  y  hacer  una  paga  á  toda  la  otra  gente  suya. 
Lo  cual  ellos  tuvieron  en  mucho,  por  ser  dada  de  gracia.  Tam- 
bién Su  Majestad  dio  allí  la  investidura  de  la  elección  al  Du- 


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que  Mauricio  con  las  vilias  que  con  ella  solían  andar.  Y  porque 
entre  las  cosas  grandes  se  viese  que  tenía  memoria  de  las  pe- 
queñas, mandó  á  los  soldados  que  habían  entrado  á  nado  y 
ganado  las  barcas  un  vestido  de  terciopelo  carmesí  á  su  modo 
y  30  escudos  á  cada  uno  y  sus  ventajas  en  sus  banderas. 

Y  llegado  el  Emperador  en  Hala  de  Jasa,  que  era  una  villa 
muy  grande  del  Obispado  de  Mandamburg,  la  cual  el  Duque 
Juan  había  hecho  suya,  Su  Majestad  se  fué  á  alojar  á  las 
casas  que  solían  ser  del  Obispo.  Y  allí  determinó  después  la 
venida  de  Dandgrave  para  que  se  pusiese  en  efecto  lo  que  por 
intercesión  de  los  dichos  Electores  Su  Majestad  había  habido 
por  bien  de  concederle,  y  los  capítulos  que  sobre  ello  se  hicieron 
ponemos  en  el  capítulo  siguiente. 

Y  venido  el  día  en  que  Landgrave  había  de  ser  en  Hala  de 
Jasa  (que  era  á  18  de  Junio),  llegó  á  ella  con  100  de  á  caballo 
y  fuese  á  la  posada  de  su  yerno  el  Duque  Mauricio.  Y  otro  día 
después  de  comer,  á  la  hora  que  el  Emperador  mandó,  vino  á 
palacio  acompañado  de  los  Electores.  Y  el  Emperador  estaba 
en  una  sala  con  aquellas  ceremonias  acostumbradas  en  aque- 
llas cosas,  donde  había  muchos  señores  alemanes  y  caballeros 
que  vinieron  á  ver  lo  que  ellos  nunca  creyeron  ni  L^mdgravc 
decía  que  había  de  ser.  El  cual  llegado  delante  del  Emperador, 
quitado  el  bonete,  se  hincó  de  rodillas  y  su  Canciller  también, 
el  cual  en  nombre  de  su  señor  dijo  estas  palabras  : 

«Serenísimo  y  muy  alto  y  muy  poderoso  y  muy  victorioso  é 
invencible  Emperador  y  graciosísimo  señor  :  Habiendo  Felipe 
Langrave  de  Hesen  ofendido  en  esta  guerra  gravísimamente  á 
Vuestra  Majestad  y  dado  la  causa  de  toda  justa  indignación  in- 
duciendo á  otras  personas  á  que  cayesen  en  la  misma  falta, 
por  lo  cual  Vuestra  Majestad  podrá  usar  de  todo  rigor  en  el 
castigo  que  él.  merece,  y  el  cual  confiesa  humildísimamente  que 
con  razón  le  pesa  de  todo  su  corazón.  Y  siguiendo  los  ofreci- 
mientos que  él  ha  hecho  para  venir  delante  de  Vuestra  Ma- 
jestad, y  él  se  rinde  á  Vuestra  Majestad  de  todo  punto  y  fran- 
camente á  su  voluntad,  y  suplicando  humildemente  por  el  amor 
de  Dios  y  por  su  gran  misericordia  Vuestra  Majestad  sea  con- 
tento usando  de  su  bondad  y  clemencia  de  perdonarle  y  olvidar 


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la  dicha  ofensa  y  de  levantar  el  bando  del  Imperio  que  tan 
justamente  Vuestra  Majestad  había  declarado  contra  él,  per- 
mitiendo que  torne  á  poseer  sus  tierras  y  á  gobernar  sus  vasa- 
llos, los  cuales  suplica  á  Vuestra  Majestad  sea  servido  de  per- 
donar también  y  recibirlos  á  su  gracia.  Y  él  se  ofrece  para 
siempre  á  reconocer  á  Vuestra  Majestad  y  acatarle  por  su  solo 
derechamente  ordenado  de  Dios  Soberano  señor  y  Emperador, 
y  obedecerle  y  hacer  en  servicio  de  Vuestra  Majestad  y  del 
Sacro  Imperio  todo  aquello  que  un  Príncipe  y  vasallo  es  obli- 
gado á  hacer,  y  para  siempre  perseverará  en  esto,  y  que  no 
hará  ni  tratará  jamás  cosa  en  contrario  y  reconocerá  su  gran 
clemencia  y  el  perdón  que  de  Vuestra  Majestad  ha  alcanzado, 
para  lo  cual  él  desea  y  deseará  toda  su  vida  poder  para  servirlo 
con  aquel  agradecimiento  que  es  obligado,  de  manera  que  Vues- 
tra Majestad  conozca  por  efecto  que  Landgrave  y  los  suyos 
guardarán  y  obedecerán  todo  lo  que  son  obligados  por  los  ar- 
tículos que  Vuestra  Majestad  fué  servido  de  otorgarle». 

Las  cuales  palabras  fueron  al  pie  de  la  letra  las  que  I^and- 
grave  dijo.  Y  el  Emperador  mandó  á  uno  de  su  Consejo,  ale- 
mán, que  estaba  allí  para  responder  en  su  nombre,  dijese  lo 
siguiente  :  «Su  Majestad,  como  clementísimo  señor,  ha  enten- 
dido lo  que  Landgrave  de  Hesen  ha  dicho.  Y*  aunque  Eandgrave 
confiesa  que  le  ha  ofendido  tan  gravemente  de  suerte  que  él 
merecía  todo  castigo,  aunque  fuese  el  más  grande  (que  se  :  • 
pudiese  dar),  lo  cual  á  todo  el  mundo  es  notorio.  Mas  no  obs- 
tante esto,  teniendo  Su  Majestad  respecto  á  que  se  viene  á 
echar  á  sus  pies,  y  por  usar  de  su  acostumbrada  clemencia  y 
también  por  intercesión  de  los  Príncipes  que  por  él  han  rogado, 
es  contento  de  levantar  el  bando  que  juntamente  había  decla- 
rado contra  él  y  de  no  castigarle  cortándole  la  cabeza  (lo  cual 
él  había  merecido)  por  la  rebelión  usada  contra  Su  Majestad, 
ni  le  quería  castigar  por  prisión  perpetua  ni  menos  por  confis- 
cación de  sus  bienes  ni  privación  de  ellos  más  adelante,  lo  que 
se  contiene  en  los  artículos  que  clementemente  Su  Majestad  1: 
había  concedido,  y  que  le  recibiría  en  su  gracia  y  merced  y 
á  sus  subditos  y  criados  de  su  casa,  entendiéndose  que  cumplan 
todo  lo  contenido  en  los  dichos  artículos  y  que  no  vayan  directa 


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ni  indirectamente  en  ninguna  cosa  contra  ellos.  Y  Su  Ma- 
jestad quiere  creer  y  esperar  que  Landgrave  con  sus  subditos  le 
servirán  de  aquí  adelante  la  gran  clemencia  que  con  ellos  ha 
usado». 

Y  en  todo  este  tiempo  Land grave  estuvo  de  rodillas,  y  des- 
pués se  levantó.  Mas  Su  Majestad  no  le  tocó  lá  mano  ni  le 
hizo  ninguna  señal  de  cortesía.  Fué  cosa  muy  notable  verle  á 
él  hincado  de  rodillas  y  preso  y  junto  cabe  él  al  Duque  Enrique 
de  Brancuig  (á  quien  él  había  tenido  en  prisión)  y  con  liber- 
tad. Y  acabado  esto  el  Duque  de  Alba  allegó  á  él  y  le  dijo  que 
se  fuese  con  él  á  cenar.  Y  así  sacó  de  Palacio  á  Landgrave  y 
le  llevó  al  castillo  donde  el  Duque  posaba,  y  rogó  á  los  dos 
Electores  que  se   viniesen  con  él. 

Y  después  de  cenar  el  Duque  dio  á  Landgrave  un  aposento 
en  el  castillo,  y  mandó  á  D.  Juan  de  Guivara,  Capitán  del  Em- 
perador del  tercio  de  Lombardía,  que  lo  guardase.  Por  manera 
que  los  dos  cabezas  de  los  luteranos  que  tanto  habían  hecho 
en  el  desasosiego  de  la  cristiandad  permitió  Dios  viniesen  á 
poder  del  Emperador  con  medios  tan  honrados  para  él  como 
siempre  será  notorio  mientras  que  el   mundo  durare. 

Y  de  lo  que  de  cada  uno  de  estos  Príncipes  se  juzgaba  diré 
aquí  en  breve.  El  de  Jasa  era  hombre  de  muy  grande  ánimo  y 
muy  afable  y  discreto,  y  á  su  modo  de  buena  gracia  en  todo 
lo  que  decía  y  liberal,  por  lo  cual  era  bien  quisto  en  toda  Ale- 
mania y  más  sosegado  que  Landgrave,  por  cuyo  consejo  decían 
que  había  comenzado  la  guerra  el  año  pasado,  el  cual  era  muy 
diferente  del  Duque,  por  ser  desasosegado  en  extremo  y  muy 
amigo  de  tratos,  no  teniendo  aquella  afabilidad  en  su  conver- 
sación, antes  se  veía  tener  ingenio  levantado.  Y  cuanto  á  lo 
del  ánimo,  no  tenía  entre  la  gente  aquella  opinión  que  el 
Duque  de  Jasa,  y  como  había  sido  el  que  había  andado  más 
diligente  en  las  tramas  pasadas  y  había  sido  Capitán  gene- 
ral de  la  Liga,  había  dado  ocasión  que  se  hablase  de  él  más 
que  del  otro,  siendo  de  muy  mayor  autoridad  la  del  Duque 
de  Jasa  que  la  suya.  Y  antes  que  Landgrave  allí  viniese  había 
sucedido  en  Hala  una  pasión  entre  los  soldados  españoles  y 
tudescos,  la. cual  iba  tan  adelante  que  fué  necesario  que  el  Em- 


—.41  — 

perador  saliese  y  se  pusiese  en  medio  de  los  unos  y  de  los  otros, 
lo  cual  fué  remedio  muy  necesario  para  que  la  cosa  que  estaba 
encendida  no  pasase  adelante. 

Y  asimismo  dio  el  Emperador  licencia  á  los  Embajadores 
bohemios,  diciéndoles  en  suma  que  él  intercedería  con  el  Re\ 
para  que  si  aquel  Reino  estuviese  agraviado  en  algo  lo  desagra- 
viase. Mas  que  esto  se  había  de  entender  viniendo  ellos  primero 
á  la  obediencia  del  Rey  y  haciendo  lo  que  eran  obligados,  y 
cuando  esto  no  hiciesen  que  Su  Majestad  no  podía  dejar  de  te- 
ner las  cosas  del  Rey  su  hermano  por  propias  suyas.  Y  esto 
fué  en  breve  lo  que  el  Emperador  les  mandó  responder,  aunque 
en  sus  cartas  y  respuestas  fueron  mejor  y  más  largamente  res- 
pondidos. 

Y  en  Hala  vino  á  Su  Majestad  una  gran  congratulación  de 
la  victoria  de  parte  del  Papa,  y  un  Breve  que  le  escribió  de 
puro  renombre  de  Máximo  Perfortísimo. 

Y  acabadas  estas  cosas  el  Emperador  partió  de  Hala,  ha- 
biendo proveído  como  se  derribase  Gotha  y  se  llevase  la  arti- 
llería de  allá  á  Francanfort.  Y  también  proveyó  como  se  derri- 
basen todas  las  fuerzas  de  Landgrave,  excepto  una  que  Su  Ma- 
jestad le  dejó.  Y  que  la  artillería  y  municiones  de  todas  partes 
se  llevasen  á  Francanfort,  porque  allí  determinó  de  mandarlas 
juntas  todas,  salvo  las  100  piezas  de  artillería  de  Vitemberg, 
que  envió  50  de  ellas  á  Milán  y  las  demás  á  Ñapóles,  y  las 
200  que  se  tomaron  á  Landgrave  y  las  100  de  Gotha  quedaron 
á  las  ciudades  que  el  Emperador  había  rendido  cuando  deshizo 
el  campo  de  la  Liga,  juntándoles  allí  para  llevarlas  á  Flan- 
des.  Y  de  estas  400  piezas  acordó  que  se  enviasen  á  España  100 
con  otras  140  que  él  tenía  para  enviar  allá.  Y  asimismo  proveyó 
como  todas  estas  cosas  se  pusiesen  luego  en  efecto,  cumplién- 
dose todos  los  capítulos  que  se  dieron  al  Duque  y  á  Landgrave. 

Y  en  este  tiempo  aconteció  que  como  el  Secretario  Idiaguez 
que  iba  de  España  á  donde  estaba  Su  Majestad,  estando  una 
jornada  de  su  Corte  yendo  en  una  barca  por  un  río  abajo,  le 
salió  otra  barca  con  alguna  gente  al  encuentro  y  lo  mataron  á 
él  y  á  sus  criados.  Y  como  esto  supo  Su  Majestad,  mandó  ir 
allá  personas  que  buscasen  los  cuerpos  y  los  hiciesen  enterrar  ; 


—  42  — 

lo  cual  se  hizo  así,  y  nunca  se  supo  quién  fuesen  los  que  lo 
habían   hecho. 

Y  el  Emperador  partió  de  Nuremberg,  llevando  el  camino 
de  Bomberga  por  no  apartarse  de  Bohemia  á  causa  de  dar  calor 
á  las  cosas  del  Rey  de  Romanos.  Y  fué  por  el  camino  de  Tu- 
ringia,  tierra  fértil,  aunque  llena  de  pasos  ásperos,  los  cuales 
los  de  la  tierra  tenían  muy  bien  fortificados  esperando  el  su- 
ceso de  Alemania.  Y  el  Emperador  los  pasó  muy  bien,  porque 
al  vencedor  no  le  es  nada  dificultoso.  Y  en  este  camino  de 
Turingia  vino  á  humillarse  al  Emperador  el  hijo  mayor  del 
Duque  de  Jasa,  que  estaba  en  Gotha,  y  ratificó  todo  lo  que 
por  su  padre  se  había  otorgado.  Y  Su  Majestad  le  oyó  y  recibió 
muy  bien.  Y  después  de  haber  tratado  los  negocios  le  llamó  y 
preguntó  cómo  estaba  de  la  herida .  de  la  cabeza  y  de  la  mano, 
del   cual   favor  mostró   el  mancebo  muy  gran   cotitentamiento. 

Y  venido  el  Emperador  á  Bomberga,  recibió  allí  el  Delegado 
del  Papa.  Y  desde  allí  vino  á  Nuremberg,  donde  se  detuvo 
algunos  días  esperando  á  tener  resolución  de  la  ciudad  en  que 
se  tendría  la  Dieta,  porque  Ukna,  donde  se  pensaba  tenerla, 
no  estaba  con  la  salud  que  convenía  para  ayuntar  en  ella  a 
toda  Alemania,  pues  habían  de  venir  todos  los  principales  y 
de  todas  las  ciudades  de  ella. 

Y  en  este  tiempo  la  ciudad  de  Lubecg  se  había  venido  á 
presentar  á  Su  Majestad  y  á  mostrar  cómo  nunca  le  habían  de- 
servido, tomando  por  intercesor  al  Rey  de  Dinamarca,  el  cual 
trató  la  composición  de  ella  con  Su  Majestad,  por  ser  tan  amiga 
suya.  Bragint  y  otras  buscaron  medio  para  lo  mismo,  porque 
sabían  cuan  en  la  mano  el  Emperador  tenía  su  castigo,  porque 
no  era  menester  su  persona  y  Ejército  para  castigarlos,  sino 
mandar  á  los  señores  vecinos,  que  eran  Marqueses  de  Bran- 
damburg  y  Duques  de  Brancuig,  que  les  hiciesen  la  guerra,  lo 
cual  ellos  deseaban  como  cosa  de  que  les  podría  proceder  gran 
provecho.  Hamburg  se  vino  á  rendir  estando  el  Emperador  en 
Nuremberg.  Y  así  la  cabeza  de  las  ciudades  marítimas  fué  la 
primera  de  las  que  se  vinieron  á  rendir,  haciendo  á  Su  Majes- 
tad un  grande  servicio  de  dinero  y  poniéndose  debajo  de  la 
obediencia  imperial,  la  cual  no  reconocían  hasta  aquel  tiempo, 


—  43  — 

haciendo  otras  cosas  que  al  Emperador  pareció  que  se  debían 
de  mandar.  Y  lo  mismo  hizo  Brema,  Brancuig  é  Ylilicen.  Y 
asimismo  negociaron  sus  perdones  los  Duques  de  Posiren  y 
Lucemburg.  Y  se  vinieron  á  rendir  otros  muchos  lugares  de 
que  no  hago  mención  por  la  prolijidad. 

Y  de  esta  manera  compuso  el  Emperador  todas  las  cosas 
de  Alemania  que  estaban  en  la  cumbre  de  la  soberbia  y  pre- 
sunción sin  tener  razón,  obligando  á  todos  los  Príncipes  que 
estuviesen  por  la  determinación  de  la  Iglesia,  así  como  al  Conde 
Palatino  y  al  Duque  Mauricio,  Elector,  y  al  Marqués  de  Bran- 
damburg  y  al  Duque  de  Vitemberg  y  á  Landgrave.  La  capi- 
tulación del  cual  ponemos  aquí  como  arriba  prometimos. 


CAPÍTULO  IV 

De  las  cosas  que  Felipe  de  Landgrave  de  Hesia  prometió  cum- 
plir en  satisfacción  de  susymuchas  malas  obras  hechas  con- 
tra el  Emperador  Carlos  Quinto. 

Primeramente,  el  dicho  Landgrave  se  echó  á  los  pies  del 
Emperador  y  dio  así  ya  todas  sus  tierras  en  gracia  ó  desgracia 
de  Su  Majestad,  suplicando  á  Su  Majestad  por  su  aseguración 
y  merced.  Él  prometió  de  ser  obediente  Príncipe  y  servidor 
de  Su  Majestad,  y  queriéndole  perdonar,  que  sería  talmente 
grato  que  Su  Majestad  recibiría  contentamiento  y  satisfacción. 

Que  él  prometía  de  honrar  y  acatar  á  Su  Majestad  como  á 
su  único  señor  y  Emperador,  como  conviene  á  un  obediente 
Príncipe  y  vasallo,  y  ser  presto  siempre  á  seguirle  en  todo  lo 
que  por  unión,  derecho  y  paz  de  la  nación  alemana  Su  Majestad 
mandare. 

Prometió  asimismo  de  obedecer  y  ayudar  á  entretener  la 
cámara  del  Imperio,  según  que  por  la  orden  de  Su  Majestad 
le  cupiese. 

Otrosí  :  prometió  de  ayudar  juntamente  con  los  otros  Es- 
tados del  Imperio  contra  el  turco,  según  y  cuanto  su  poder  se 
extendiere  adelantar  la  voluntad  y  mandado  de  Su  Majestad. 


-   44  — 

Que  promete  de  quitarse  luego  de  todas  las  Ligas,  las  cua- 
les, ha  tenido  hasta  ahora,  así  en  Alemania  como  en  otra  partes, 
y  especialmente  de  la  de  Esmalkalde,  y  ser  obligado  de  notifi- 
car las  personas  particularmente  y  presentar  las  cartas  y  obli- 
gaciones de  esos  á  Su  Majestad,  y  especialmente  de  todos  los 
subditos  de  Su  Majestad,  y  del  Serenísimo  Rey  de  Romanos  ex- 
presamente, y  á  los  que  son  y  fueren  obedientes  á  Sus  Majes- 
tades. 

Que  no  hará  Liga  ni  concierto  con  persona  alguna,  salvo 
exceptuando  á  Su  Majestad  Cesárea. 

Que  él  no  consentirá  por  manera  alguna  que  los  enemigos 
de  Sus  Majestades  ni  otras  personas  por  ellos  traten  ni  tengan 
comercio  en  las  tierras  del  dicho  Landgrave ;  antes,  que  sea 
obligado  de  echarlos  y  forzarlos  á  salir  de  ellos. 

En  caso  que  Su  Majestad  Cesárea  quiera  castigar  persona 
alguna  de  cualquiera  calidad  ó  condición  que  sea,  que  el  dicho 
Landgrave  no  deba  hacérsele  adherente  ni  embarazar  el  mandado 
de  Su  Majestad.  Y  en  cualquiera  ocurrencia  dejar  el  paso  por 
sus  tierras  y  fortalezas  á  quien  Su  Majestad  mandare. 

Que  él  revocará  todos  los  vasallos  y  subditos  suyos  los  cua- 
les sirven  y  sirvieran  de  aquí,  adelante  contra  Sus  Majestades, 
y  á  todos  los  que  en  esto  fueren  desobedientes  á  tal  revocación, 
que  si  no  comparecieien  dentro  de  catorce  días  les  confisquen 
todos  sus  bienes  á  servicio  y  provecho  de  Su  Cesárea  y  Cató- 
lica Majestad  ;  pero  reservando  el  derecho  que  tendrá  el  dicho 
Landgrave  á  los  feudos  de  los  antedichos  desobedientes. 

Y  que  por  remediar  en  parte  los  castigos  (sic:  debe  ser  gas- 
ios)  que  por  su  causa  Su  Majestad  ha  hecho,  que  sea  obligado 
de  darle  150.000  florines  pagados  en  esta  ciudad  de  Hala, 
100.000  dentro  de  tres  semanas,  después  de  la  data  de  la  capi- 
tulación, y  los  demás  en  término  de  cuatro  semanas  después 
de  la  dicha  paga.  Y  aún,  según  los  grandes  daños  y  gastos  que 
él  ha  causado,  él  merecería  dar  mucho  más,  todavía  no  siendo 
en  su  poder  de  dar  mayor  suma,  suplica  á  Su  Majestad  se 
contente  de  lo  antedicho-. 

Que  el  dicho  Langrave  debe  luego  allanar  la  fortificación 
de  todas  sus  tierras  y  fuerzas  Ilecto,  Zigeon  (ó  Braniente,  Cas- 


—  45  - 

fel),  suplicando  á  Su  Majestad  le  quiera  de  las  dos  dichas  fuer- 
zas dejar  una  para  su  habitación  y  aseguración,  ofreciéndose 
y  prometiendo  de  mandar  siempre  jurar  á  los  Capitanes  y  sol- 
dados que  él  tuviere  en  la  dicha  fuerza  que  serán  en  todo  lea- 
les á  Su  Majestad.  Y  en  caso  que  el  dicho  Dandgrave  hiciese 
contra  estos  artículos  ó  en  otra  manera  contra  Su  Majestad, 
que  deban  guardar  la  dicha  fuerza  por  Su  Majestad  y  echar 
al  Landgrave  de  ella. 

ítem  :  que  no  deba  fortificar  ni  mandar  fortificar  plaza  nin- 
guna en  sus  tierras  sin  sabiduría  y  consejo  de  Su  Majestad 
Cesárea  ó  del  Rey  de  Romanos. 

Que  luego  deba  entregar  toda  la  artillería,  pólvora,  pelotas 
y  otra  cualquiera  manera  de  munición  que  él  tiene  en  su  po- 
der, de  la  cual  por  gracia  le  dejará  lo  que  le  pareciere  nece- 
sario para  la  fuerza  que  le  quedare. 

Y  que  deba  luego  entregar  y  dar  libre  al  Duque  Enrique 
de  Brancuig  y  á  su  hijo  todos  los  que  le  hubieren  prendido 
de  su  parte,  y  volver  al  dicho  Duque  todas  sus  tierras  y  con- 
certarse con  ellos  por  los  daños  recibidos,  y  librar  los  subditos 
del  juramento  que  tienen  al  dicho  L,andgrave  de  Hesia. 

Más ;  que  si  le  hubiesen  tomado  alguna  cosa  por  fuerza  al 
Administrador  ó  Gran  Maestre  de  Prusia,  ó  hecho  sin  razón  ó 
á  otras  personas,  que  sea  obligado  á  volverles  y  entregar  lo 
suyo  á  todos  y  no  agraviar  más  á  nadie. 

Y  que  el  dicho  L,andgrave  no  deba  tomar  pendencia  ni  que- 
rella contra  el  Rey  de  Dinamarca  ni  otras  personas,  las  cuales 
no  hubiesen  querido  en  estas  guerras  pasadas  de  Alemania  se- 
guir su  mal  propósito. 

Más ;  que  todos  los  presos  que  ha  preso  en  esta  guerra  ó  de 
otra  manera  tuviese  obligados  sobre  su  fe,  los  mandase  sin  nin- 
gún rescate  luego  librar. 

Que  él  debe  guardar  derecho  á  todos  los  que  á  él  ó  á  sus 
tierras  le  pretenden  tener,  de  manera  que  por  los  Comisarios 
que  Su  Majestad  para  esto  ordenase  se  pueda  amigablemente 
concertar,  ó  en  falta  de  ellos  debe  estar  á  lo  que  la  Cámara  del 
Imperio  conociere  justo. 

Su  Majestad  perdona  á  todos  los  subditos  y  criados  del  di- 


—  46  — 

cho  Eandgrave  por  sus  delitos  pasados  con  que  juren  y  se  obli- 
guen á  la  dicha  capitulación,  lo  cual  los  hijos  del  dicho  Land- 
grave  que  fueren  en  edad  conveniente  deban  también  de  rati- 
ficar y  firmar. 

Más;  que  la  nobleza  y  subditos  del  dicho  Landgrave  sean 
obligados  y  juren  tener  y  guardar  ni  más  ni  menos  que  él  la 
capitulación,  con  condición  que  cada  vez  que  el  dicho  Land- 
grave  haga  contra  los  artículos  susodichos  ó  de  otra  manera 
contra  Su  Majestad,  que  no  solamente  no  le  deban  consentir 
en  ello,  más  aún  sean  obligados  con  todo  su  poder  á  entregar 
su  persona  en  manos  de  Su  Maj estad  Cesárea. 

Los  dos  Electores  de  Sajorna  y  de  Brandamburg  y  el  Duque 
Volfgange  der  Baibrug  ( ?)  se  deben  obligar  en  razonable  forma 
que  los  antedichos  artículos  serán  guardados  y  tenidos,  y  en 
caso  que  el  dicho  Landgrave  no  le  quisiese  hacer,  que  los 
tres  susodichos  Príncipes  deban  juntamente  con  los  subditos 
y  vasallos  del  dicho  Landgrave,  con  Ejército  poderoso  y  con 
todo  su  poder,  esforzarle  y  constreñirle  á  ello  y  á  la  obediencia 
de  Su  Majestad. 

Dióse  esta  dicha  capitulación  firmada  y  sellada  de  los  dichos 
á  Su  Majestad  á  los  veinticuatro  días  de  Junio  de  1547,  en  el 
cual  día  había  venido  Landgrave  á  los  pies  de  Su  Majestad  á 
pedirle  perdón  (como  dicho  habernos),  y  cómo  perdonándole  la 
vida  le  habían  mandado  tener  preso  como  estaba  en  poder  de 
Juan  de  Guivara,  Capitán  en  el  tercio  de  Lombardía. 


CAPÍTULO  V 

Cómo  el  Rey  de  Romanos,  estando  en  la  ciudad  de  Praga,  en 
el  Reino  de  Bohemia,  tuvo  algunos  recuentros  con  los  de 
la  ciudad,  donde  como  fuesen  vencidos,  determinaron  de  ve- 
nir á  la  obediencia  del  Rey,  y  Su  Alteza  los  perdonó,  dán- 
doles ciertos  capítulos  que  cumpliesen,  lo  cual  ellos  hicieron. 

Partido  el  Rey  de  Romanos  con  su  Ejército  del  campo  del 
Emperador  fué  á  la  ciudad  de  Praga,  á  la  cual  llegó  á  tres  días 
de  Julio,  y  halló  en  ella  (que  es  en  el  Reino  de  Bohemia  la  más 


—  47  — 

principal)  á  los  ciudadanos  con  ruin  intención  y  no  poca  sober- 
bia, y  Su  Alteza  los  mandó  citar  para  que  viniesen  á  responder 
á  ciertos  capítulos  de  cosas  que  ellos  habían  hecho  contra  él 
Y  como  se  acabase  el  término  de  la  citación,  el  Rey  lo  prorrogó 
por  otros  cuatro  días,  al,  cabo  de  los  cuales  comenzaron  á  tirar 
con  arcabuces  á  los  del  campo  de  Su  Alteza,  que  estaban  de  la 
otra  parte  del  río  Albis  (que  pasa  por  medio  de  la  dicha  ciu- 
dad). Por  manera  que  les  fué  forzado  hacer  lo  mismo  y  tocar 
al  arma,  y  el  Rey  dio  orden  en  detenerlos,  porque  no  viniesen 
en  rompimiento. 

A  causa  de  no  haber  llegado  allí  el  Marqués  de  Marinan 
con  su  gente,  y  sabiendo  que  estaba  ya  á  cuatro  leguas  de  allí, 
le  envió  el  Rey  su  gentilhombre  para  que  diese  prisa  en  su 
venida. 

Y  l.os  de  la  ciudad  perseveraron  un  poco  en  su  propósito, 
y  no  contentos  del  tirar  de  los  arcabuces,  dispararon  asimismo 
algunas  piezas  de  artillería,  con  que  mataron  é  hirieron  cinco 
ó  seis  personas,  y  comenzaron  á  fortificarse  á  prisa,  haciendo 
sus  reparos,  sacando  artillería  y  poniéndola  en  ellos  y  en  la 
puerta  de  la  puente,  y  enviaron  por  mucho  socorro  á  los  luga- 
res comarcanos  á  la  otra  parte  del  río,  de  los  cuales  les  vino 
luego  mucha   gente  y  entraron   en  la   ciudad. 

Y  á  esta  causa  el  Rey  envió  un  día,  antes  que  amaneciese, 
buen  número  de  caballos  húngaros  y  á  Carlos  Jaradín  con  ellos, 
para  que  pasasen  el  río  á  vado,  y  estando  de  la  otra  parte  les 
amonestasen  primero  que  se  tornasen  á  sus  casas  y  que  estuvie 
sen  en  ellas  en  paz,  y  que  no  queriéndolo  hacer  los  matasen.  Y 
siendo  ya  de  día,  como  los  de  la  ciudad  sintiesen  la  gente  de 
á  caballo,  salieron  de  la  otra  parte  cerca  de  1.000  hombres  con 
sus  escopetas  y  otras  armas  contra  ellos  á  un  cuarto  de.  legua  ; 
y  como  los  del  Rey  les  acometiesen,  los  rompieron  á  todos  y 
fueron  matando  en  ellos  hasta  meterlos  por  las  puertas  de  la 
ciudad,  de  donde  les  tiraron  con  muchos  mosquetes  y  alguna 
artillería.  Fueron  muertos  de  los  bohemios  pasados  de  250,  y 
presos  hasta  110,  y  de  los  del  Rey  no  hubo  ningún  muerto. 

Y  con  esta  mano  que  se  les  dio,  y  con  venir  luego  al  medio 
día  el  Marqués  de  Mariñano  con  su  Infantería,  ablandaron  mu- 


—  48  — 

cho  y  prometieron  luego  de  tornar  á  quitar  la  artillería  y  dejar 
sacar  bastimentos.  Y  enviaron  á  suplicar  á  Su  Alteza  les  alar- 
gase más  el  término  para  responder  á  la  citación  que  les  había 
enviado.  Lo  cual  fué  con  astucia  y  maldad,  porque  en  aquel 
medio  pensaban  proveerse  de  gentes.  Y  así  escribieron  doce 
cartas  para  diversas  partes  pidiendo  ayuda,  y  de  ellas  enviaron 
solamente  tres,  de  las  cuales  fué  tomada  una,  aunque  después 
se  arrepintieron  y  tornaron  á  revocarlas. 

Y  el  día  que  se  había  cumplido  el  término  en  que  habían 
de  responder  á  la  citación,  fueron  al  castillo  de  la  ciudad  vieja 
y  nueva  y  del  cía  mi dente  (sic)  hasta  500  personas,  pocas  más 
ó  menos,  adonde  estando  el  Rey  sentado  en  una  sala  grande 
con  los  Obispos,  Barones  y  gentileshombres,  que  había  hecho 
venir  para  jueces,  les  mandó  decir  que  diesen  respuesta  á  la 
citación  donde  ^estaban  puestos  los  artículos  de  lo  que  habían 
hecho  contra  Su  Alteza.  Y  ellos  por  sí  y  en  nombre  de  sus  ciu- 
dades respondieron  que  conocían  haber  errado  gravemente,  y 
puestos  de  rodillas  le  suplicaron  los  quisiese  perdonar.  A  lo 
cual  el  Rey  les  mandó  responder  que  ellos  sabían  bien  lo  que 
habían  hecho  en  su  deservicio  los  días  pasados  y  en  aquel  tiem- 
po. I,o  cual  por  que  á  todos  fuese  notorio  y  manifiesto  lo  mandó 
leer  allí,  y  fué  harto  más  largo  y  más  cumplido  de  lo  que  se 
les  había  enviado  en  la  citación.  Y  acabado  de  leer,  todos  pues- 
tos de  rodillas  en  tierra,  llorando  la  mayor  parte  de  ellos,  tor- 
naron á  suplicar  á  Su  Alteza  les  perdonase,  tomando  por  roga- 
dores al  Infante  D.  Hernando,  su  hijo,  y  al  Duque  de  Augusta 
y  al  de  Tejín  y  á  los  Obispos  y  Barones  que  estaban  presentes, 
los  cuales  lo  suplicaron  al  Rey  y  él  les  mandó  responder  que 
si  tenían  alguna  cosa  que  decir  en  su  descargo  lo  hiciesen.  Y 
ellos  tornaron  á  pedir  lo  que  antes,  y  así  Su  Alteza  les  mandó 
responder  que  teniendo  consideración  á  los  que  en  su  nombre 
se  lo  rogaban  les  perdonaba  y  recibía  en  su  gracia,  y  que  él 
les  daría  algunos  capítulos  que  quería  que  se  cumpliesen,  y 
que  mientras  se  los  daba  quedasen  allí  todos  detenidos  en  una 
estufa  grande  que  estaba  en  la  misma  sala  donde  los  mandó 
meter,  los  cuales  apenas  cabían.  Y  después  de  comer  les  envió 
los  capítulos  siguientes  : 


—  49  -- 

«Primeramente,  que  quitasen  los  sellos  de  la  Liga  que  te- 
nían hecha  á  la  primera  Dieta  que  tuviéramos  del  Reino,  con 
lo  cual  nos  contentamos,  porque  entonces  nos  parece  que  será 
mejor  que  nos  den  en  nuestras  manos  todos  los  privilegios  que 
tienen  para  reformarlos  y  quitar  los  que  fuere  nuestra  volun- 
tad y  dejar  los  que  nos  pareciere,  porque  á  la  verdad  hay  al- 
gunos que  es  necesario  que  tengan. 

Que  nos  den  asimismo  todos  los  privilegios  de  los  oficios, 
que  son  muchos  á  causa  de  hartos  males  y  desórdenes. 

Que  nos  den  todas,  las  rentas,  castillos,  vasallos,  para  que 
sean   nuestros  de  aquí   adelante. 

Que  nos  otorgvten  todas  las  letras  y  escrituras  de  Ligas  y 
Confederaciones  é  inteligencias  que  tienen  hechas  con  el  Juan 
Federico  ú  otra  persona  cualquiera,  entre  las  cuales  pensamos 
hallar  algunas  que  sean  bien  á  propósito. 

Que  el  servicio  de  la  cerveza  que  nos  habían  concedido  por 
tres  años,  sea  perpetuo  para  siempre. 

Que  nos  den  toda  la  artillería  y  municiones  que  tienen  para 
traer  al  Castillo,  sin  que  les  quede  ninguna,  y  que  todas  las 
armas  que  hubiere  y  tuviere  cada  uno  (de  espada  á  fuera)  las 
pongan  en  la  casa  de  la  ciudad  para  que  hagamos  de  ellas  lo 
que  fuere  á  nuestra  voluntad  y  servicio.  Y  que  habiendo  cum- 
plido todo  esto  estaremos  contentos  de  perdonar  á  todo  el  pue- 
blo, excepto  algunas  personas  que  queremos  castigar,  porque 
era  necesario  para  la  justicia». 

Y  como  los  dichos  capítulos  fuesen  vistos  por  ellos,  aunque 
les  parecieron  muy  graves,  al  cabo  dijeron  que  los  concedían 
y  tenían  por  buenos,  pero  que  sería  menester  proponerlos  al 
pueblo,  y  para  ello  mandó  Su  Alteza  soltar  hasta  40  ó  50  per- 
sonas para  que  entendiesen  en  la  ejecución  de  ellos.  Y  como  el 
pueblo  los  viese  los  aceptó  todos  y  entregaron  sus  privilegios 
lo  más  presto  que  pudieron,  y  llevaron  asimismo  mucha  parte 
de  la  artillería,  y  se  pusieron  las  armas  de  toda  la  ciudad  en 
la  Casa,  según  Su  Alteza  les  pidió. 

Y  así  fueron  cumplidos  los  capítulos  y  sueltas  las  personas 
que  estaban  detenidas  en  el  entretanto  se  ejecutasen.  Y  des- 
pués que  todo  fué  cumplido,  acabó  Su  Alteza  de  juzgar  aquel 


—  50    - 

Reino,  y  en  los  libros  y  privilegios  que  se  hallaron  en  el  archivo 
que  estaba  en  la  ciudad  de  Praga  (que  es  la  cabeza  del  Reino), 
los  cuales  se  dieron  á  Su  Alteza.  Por  el  concierto  que  entre  ellos 
se  había  hecho  se  halló  el  fundamento  de  aquel  Reino,  y  como 
los  Reyes  sucedían  jure  hereditario  y  no  por  elección  como  los 
bohemios  pretendían  y  habían  pretendido  muchos  años  había, 
haciendo  guardar  este  privilegio  á  los  Reyes  que  ellos  elegían. 
Y  lo  mismo  había  hecho  al  Rey  de  Romanos,  el  cual  estableció 
por  virtud  de  dichos  privilegios  que  el  Reino  de  allí  en  adelante 
sucediese  á  hijos  y  herederos  del  Rey  que  fuese  de  Bohemia, 
como  antiguamente  se  hacía.  Y  arjlicó  á  su  fisco  grandes  ren- 
tas de  la  ciudad  y  de  otros  lugares  y  caballeros  del  Reino  que 
habían  sido  rebeldes. 

Y  Su  Majestad  dio  al  Rey  de  Romanos  los  mineros  de  plata 
que  tenía  el  Duque  de  Sajonia  en  los  confines  del  dicho  Reino, 
que  eran  de  mucho  valor.  Por  manera  que  acrecentó  el  Rey 
de  Romanos  y  de  Bohemia  en  el  dicho  Reino  más  de  500.000 
ducados  de  renta  cada  año,  y  mandó  hacer  justicia  de  muchos 
que  habían  sido  llamados  culpados  en  el  levantamiento  que 
habían  hecho  y  dio  á  los  bohemios  leyes  nuevas  y  manera  cómo 
habían  de  vivir  en  toda  buena  policía. 


CAPÍTULO  VI 

De  las  sesiones  y  cosas  que  en  este  año  se  hicieron  y  fueron 
determinadas  en  el  Concilio  que  se  celebró  en  la  ciudad  de 
Trento. 

Primeramente  se  celebró  el  decreto  de  la  sexta  sesión  acerca 
de  la  Justificación  á  13  de  Enero,  en  el  cual  determinó  el  Sa- 
crosanto Sínodo  que  cada  uno  conociese  y  confesase  que  como 
todos  los  hombres  hubiesen  perdido  el  estado  de  la  inocencia 
por  la  prevaricación  de  Adán  y  quedasen  sucios  y  por  natu- 
raleza hijos  de  ira  y  siervos  del  pecado  debajo  del  poderío  del 
diablo  y  de  la  muerte,  y  no  solamente  las  gentes  por  naturaleza, 
mas  aún  los  judíos  (según  lo  que  Moisés  decía)  no  podían  de 


—  51  - 

■«lio  ser  librados  ni  levantarse,  aunque  en  ello  no  se  hubiese 
perdido  el  libre  arbitrio.  Por  lo  cual  el  Padre  Celestial  había 
enviado  á  Jesucristo,  su  Hijo,  á  los  hombres,  el  cual  estaba 
declarado  y  prometido  antes  y  en  tiempo  de  la  ley  por  muchos 
Santos  Padres.  Como  viniese  la  hora  y  cumplimiento  del  tiempo 
para  que  pudiese  redimir  á  los  judíos  que  estaban  debajo  de  la 
ley  y  á  las  otras  gentes  que  no  seguían  justicia  para  que  la 
tomasen  y  recibiesen  todos  y  se  hiciesen  hijos  por  adopción. 

Y  aunque  fuese  muerto  por  todos,  no  por  eso  todos  recibían 
el  beneficio  de  su  muerte,  sino  sólo  aquellos  á  quien  era  comu- 
nicado el  mérito  de  su  pasión,  porque  como  en  la  verdad  si  los 
hombres  no  nacieran  de  la  simiente  de  Adán  no  fueran  injus- 
tos con  el  derramamiento  de  su  simiente,  y  mientras  fueron 
concebidos  por  él  contrayeron  la  justicia.  Y  así  mientras  no 
fueren  tornados  á  renacer  por  Cristo  nunca  serán  justificados, 
al  cual  le  es  atribuido  por  el  mérito  de  su  pasión  y  gracia,  con 
la  cual  se  hacían  justos. 

Con  las  cuales  palabras  de  justificación  estaba  manifiesto  lo 
que  fuese  limpio,  de  manera  que  hubiese  traslación  de  aquel 
estado  en  el  cual  nace  el  hombre  hijo  del  primer  Adán,  hasta 
■el  estado  de  la  gracia  y  adopción  de  los  hijos  de  Dios  por  el 
segundo  Adán,  Cristo  Nuestro  Salvador.  Por  lo  que  se  había 
•de  tener  venir  la  gracia  al  hombre  por  Jesucristo ;  conviene,  á 
saber  por  su  llamamiento,  por  el  cual  es  llamado,  no  por  sus 
merecimientos,  los  cuales  de  suyo  eran  contrarios  á  Dios  por 
los  pecados,  y  que  la  gracia  les  ayudase  á  convertirse  á  la  jus- 
tificación de  ellos  mismos  obrando  se  dispusiesen,  consintiendo 
y  obrando  libremente  á  la  misma  gracia,  porque  tocando  Dios 
el  corazón  de  un  hombre  con  la  lumbre  del  Espíritu  Santo,  el 
cual  no  hiciese  cosa  recibiendo  aquella  inspiración,  aunque  la 
pudiese  desechar  de  sí,'  no  por  eso  podría  sin  la  gracia  de  Dios 
moverse  á  justicia  delante  de  Él. 

Y  dispónense  á  la   dicha  justicia  mientras  son  como   Dios 
por  la  divina  gracia  por  oirle,  por  el  cual  conciben  la  fé  y  li- 
bremente son  movidos  en  Dios  creyendo  ser  verdad  lo  que  di 
finamente  les  es  revelado  y  prometido. 

La  cual  disposición  ó  preparación  conseguía  la  misma  jus- 


—  52  — 

tificación,  la  cual  no  era  sola  remisión  de  pecados,  mas  santifi- 
cación, y  renovación  del  hombre  interior  por  la  gracia  y  dones 
que  por  su  voluntad  recibía,  por  donde  hombre  injusto  se  ha- 
bía hecho  justo,  y  de  enemigo  amigo  para  ser  según  esperanza 
heredero  de  la  vida  eterna.  Y  las  causas  de  esta  justificación 
era  la  final  la  gloria  de  Dios  y  de  Cristo  y  la  vida  eterna,  y 
la  eficiente  Dios  misericordioso  que  limpiaba  de  su  propia  vo- 
luntad y  santificaba,  señalando  y  uniendo  con  santo  espíritu 
de  promisión,  que  era  la  prenda  de  nuestra  heredad,  y  la  me- 
ritoria era  Nuestro  Señor  Jesucristo  su  unigénito  hijo  por  su 
muy  gran  caridad  con  que  nos  amaba  satisfaciendo  por  nosotros 
á  Dios  Padre  con  su  santísima  pasión  en  la  Cruz,  por  donde 
había  merecido  la  justificación  satisfaciendo  aceroa  de  Dios  Pa- 
dre por  nosotros,  y  la  instrumental  era  el  sacramento  del  bau- 
tismo, que  era  sacramento  de  la  fe,  sin  la  cual  ninguno  podía 
ser  justificado.  Finalmente,  la  única  y  formal  causa  era  la  jus- 
ticia de  Dios,  no  por  la  que  Fd  era  justo,  sino  por  la  que  hacía 
justos  :  conviene  á  saber  por  la  que  después  que  Él  daba  se 
renovaba  en  el  espíritu  de  nuestras  ánimas,  y  por  la  cual  ver- 
daderamente no  solamente  nos  reputábamos,  pero  nos  llamá- 
bamos justos  y  lo  éramos  recibiendo  justicia  cada  uno  según 
su  medida,  la  cual  repartía  el  Espíritu  Santo  á  cada  uno  como 
quería  y  según  la  propia  disposición  de  cada  uno  y  según  sus 
obras,  porque  ninguno  podía  ser  justo  si  no  le  eran  comunica- 
dos los  merecimientos  de  la  pasión  de  Cristo,  la  cual  se  hacía 
en  esta  justificación  de  limpio  mientras  era  infundida  por  su 
santísima  pasión  la  caridad  de  Dios  por  el  Espíritu  Santo  en 
sus  corazones,  donde  en  la  dicha  justificación,  con  remisión  dfr 
los  pecados,  todas  estas  cosas  juntamente  infusas  tomaba  el 
hombre  por  Jesucristo,  al  cual  se  le  ingería  Fe,  Esperanza  y 
Caridad  ;  porque  la  Fe  si  no  era  con  Esperanza  y  Caridad  no 
venía  perfectamente  con  Cristo  ni  hacía  miembro  vivo  de  su. 
cuerpo,  por  lo  cual  verdaderamente  se  decía  que  la  Fe  sin  obras 
era  infructífera  y  muerta  y  que  no  valía  nada  en  Cristo  ni 
circuncisión  ni  prepucio,  sino  sola  Fe  que  obraba  por  Caridad. 
Y  acerca  de  lo  que  decía  el  Apóstol,  justificarse  el  hombre  por 
Fe  y  de  gracia  haberse  de  entender.  Que  somos  dichos  ser  jus- 


—  53  — 

tincados  por  Fe,  por  ser  la  Fe  principio  de  la  salud  humana  y 
fundamento  y  raíz  de  la  justificación,  sin  la  cual  era  imposible 
agradar  á  Dios  ni  venir  al  gremio  de  sus  hijos.  Y  que  asimismo 
decimos  ser  justificados  de  gracia,  porque  ninguna  cosa  de 
aquellas  que  precedían  á  la  justificación,  como  era  fe  y  obras, 
merecían  la  gracia  de  la  justificación,  porque  si  era  gracia  y¿ 
no  era  por  causa  de  las  obras. 

Y  aunque  era  necesario  creer  que  no  se  habían  de  remitir 
ni  nunca  fueron  jamás  remitidos  los  pecados  sino  graciosamente 
y  por  la  divina  misericordia  y  por  Cristo,  por  lo  que  ninguno 
se  había  de  jactar  ni  tener  confianza  ni  certidumbre  de  la  re- 
misión de  sus  pecados,  lo  cual  se  había  de  decir  ser  vano,  como 
los  herejes  y  cismáticos  el  día  de  hoy  tenían  contra  la  Iglesia 
católica  con  confianza  apartada  de  toda  piedad. 

Y  así  los  que  eran  justificados  y  amigos  de  Dios  y  sus  fami- 
liares eran  renovados  de  día  en  día',  yendo  de  virtud  en  virtud  ; 
con  la  fe  recibida  en  la  dicha  justicia  por  la  gracia  de  Cristo 
■crecían  en  buenas  obras  y  eran  más  justificados. 

Y  que  ninguno  había  de  pensar  (aunque  fuese  justificado) 
ser  reservado  de  guardar  los  mandamientos  ni  usar  de  aquellas 
■cosas  temerariamente  prohibidas,  debajo  de  excomunión  de 
los  Santos  Padres,  diciendo  los  preceptos  de  Dios  no  ser  posi- 
ble guardarlos  un  hombre  justificado;  porque  Dios  no  mandaba 
lo  imposible,  mas  mandando  amonestaba  á  hacer  lo  que  cada 
uno  podía,  y  á  pedir  lo  que  no  podía  y  ayudarle  para  que  pu- 
diese, y  sus  mandamientos  eran  fáciles. 

Y  que  ninguno  había  de  presumir  mientras  viviese  de  escu- 
driñar el  misterio  de  la  divina  predestinación  para  tener  ser  él 
del  número  de  los  predestinados,  como  si  fuese  verdad  que  el 
justificado  no  pudiese  pecar  de  allí  adelante,  y  si  pecase  le  ha- 
bía de  ser  concedido  el  perfecto  estado  en  que  antes  que  pecase 
estaba,  porque  sin  especial  revelación  no  se  podía  saber  los 
que  Dios  tiene  para  sí  elegidos.  Y  que  asimismo  del  don  de  la 
perseverancia,  del  cual  estaba  escrito  que  el  que  perseverase 
hasta  la  fin  sería  salvado.  Lo  cual  no  se  podía  saber  de  otro 
sino  de  aquel  que  era  poderoso  para  hacer  perseverar  en  el  es- 
tado de  perfección  á  aquel  que  en  él  estaba,  y  al  que  caía  res- 


/ 


—  54  — 

tituirlo  en  el  -mismo  estado,  y  que  no  tuviese  ninguno  certi- 
dumbre en  sí,  sino  solo  Dios. 

Y  que  si  después  de  recibida  la  gracia  de  la  justificación 
cayesen  por  el  pecado,  podrían  otra  vez  ser  justificados  ayu- 
dándoles Dios,  y  podrían  tornar  á  recuperar  la  gracia  perdida 
por  él  sacramento  de  la  penitencia  y  por  los  méritos  de  Jesu- 
cristo, porque  no  era  otra  cosa  justificación  sino  una  separación 
de  lo  que  estaba  caído. 

Y  por  esta  razón  si  los  hombres  justificados  hubiesen  con- 
servado perpetuamente  la  gracia  recibida  ó  hubiesen  recuperado 
la  perdida  se  habían  de  proponer  las  palabras  del  Apóstol,  que 
dice  :  «Si  abundáredes  en  toda  buena  obra  sabed  que  todo  vues- 
tro trabajo  no  es  en  vano  para  con  el  Señor,  porque  Dios  no 
era  injusto  para  que  se  olvidase  de  vuestra  obra  y  del  amor 
que  mostrastes  en  su  nombre,  y  no  queráis  perder  vuestra  con- 
fianza, la  cual  tendrá  grande  remuneración.  Y  por  eso  los  que 
bien  obrasen  hasta  la  fin  y  esperaren  en  Dios,  se  les  prometía 
la  vida  eterna,  así  como  gracia  concedida  misericordiosamente 
á  los  hijos  de  Dios  á  Jesucristo». 

Y  después  de  esta  católica  doctrina,  la  cual  si  alguno  fiel  y 
firmemente  no  recibiere  no  podrá  ser  justificado,  tuvo  por  bien 
el  Santo  Sínodo  de  añadir  aquí  estos  cánones  para  que  no  sola- 
mente se  sepa  lo  que  se  ha  de  tener  y  seguir,  mas  lo  que  t>e. 
ha  de  huir  y  evitar. 

CAPITULO  VII 

De  ciertos  cánones  que  en  la  sexta  sesión  fueron  aprobados 
por  el  Santo  Concilio,  los  cuales  habían  sido  determinados 
por  los  Santos  Padres  en  los  Concilios  que  habían  tenido. 

Primeramente,  si  alguno  dijese  el  hombre  poderse  justificar 
delante  de  Dios  por  sus  obras,  ahora  fuesen  hechas  según 
fuerzas  de  la  Naturaleza  humana,  ahora  por  doctrina  de  la  ley 
sin  la  divina  gracia  y  por  Jesucristo,  sea  descomulgado. 

Asimismo  si  alguno  dijese  para  esto  solo  la  divina  gracia 
ser  dada  por  Jesucristo  para  que  el  hombre  más  fácil  y  justa- 


—  55  — 

mente  pudiese  vivir  y  merecer  la  vida  eterna,  como  si  por  solo 
el  libre  albedrío,  sin  la  gracia  lo  uno  y  lo  otro,  con  trabajo 
y  dificultad  se  pudiese  alcanzar,    fuese  descomulgado. 

Si  alguno  también  dijese  el  hombre  poder  creer,  esperar, 
amar  y  tener  verdadera  contrición  <vomo  era  obligado)  para 
que  la  gracia  de  la  justificación  le  fuese  concedida,  y  esto  sin 
prevenir  inspiración  del  Espíritu  Santo  y  su  ayuda,  fuese  des- 
comulgado. Y  si  alguno  dijese  el  libre  albedrío  del  hombie 
movido  y  despertado  de  Dios  no  obrar  nada,  siendo  excitado 
y  llamado,  y  consintiendo  con  Dios,  el  cual  le  disponía  y  apa- 
rejaba para  alcanzar  la  gracia  de  la  justificación  y  no  poder 
disentir  (si  quisiese)  ni  hacer  ni  recibir  como  en  el  tiempo  que 
estaba  sin  ánima,  fuese  descomulgado.  Y  si  alguno  dijese  no 
ser  en .  poder  del  hombre  hacer  sus  carreras  malas,  mas  antes 
malas  obras,  así  como  de  Dios  era  obrarlas  buenas,  y  esto  no 
sólo  por  remisión,  mas  antes  propiamente  y  por  sí  de  manera 
que  fuese  obra  propia  suya,  no  menos  que  era  el  » perdimiento  de 
Judas  y  que  el  llama-miento  de  San  Pablo,  fuese  descomulgado. 

Y  si  alguno  también  dijese  que  todas  las  obras  que  eran 
hechas  antes  de  la  justificación  por  cualquiera  razón  ó  causa 
fuesen  hechas  verdaderamente  ser  pecados,  por  donde  mere- 
ciesen el  odio  de  Dios,  y  tanto  el  pecar  más  gravemente  cuanto 
más  vehemente  se  esforzase  á  disponerse  para  la  gracia,  fuese 
descomulgado. 

Si  alguno  dijese  ser  pecado  temer  el  infierno,  por  el  cual 
temor  ocurríamos  á  la  misericordia  de  Dios,  doliéndonos  de 
nuestros  pecados  y  apartándonos  de  ellos,  ó  hacer  á  los  peca- 
dores más  peores,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  el  impío  ser  justificado  con  solo  la  fe,  así 
que  entienda  no  ser  necesaria  otra  cosa  para  obrar  y  conseguir 
la  gracia  de  la  justificación  y  no  ser  necesario  aparejar  ni  dis- 
poner de  su  parte  y  propio  motu  de  su  voluntad,  fuese  des- 
comulgado. 

Y  si  alguno  dijese  que  los  hombres  sin  la  justicia  de  Jesu- 
cristo, por  la  cual  merecieron  ser  justificados,  ser  justos  por 
ella  misma  formalmente,  fuese  descomulgado. 

Y  si  alguno  dijese  el  hombre  justificarse  ó  por  sola  la  retri- 


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bución  de  la  justicia  de  Jesucristo  ó  por  sola  la  remisión  de  los 
pecados  sin  gracia  ni  caridad,  los  cuales  fueron  infundidos  por 
ei  Espíritu  Santo  en  sus  corazones  y  éste  en  ellos,  ó  también 
la  gracia  con  la  cual  somos  justificados  ser  tan  solamente  un 
favor  de  Dios,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  la  fe  que  nos  justificaba  no  ser  otra  cosa 
sino  confianza  de  la  divina  misericordia  que  perdona  los  peca- 
dos por  Jesucristo,  ó  solamente  ser  la  confianza  con  lo  que  era- 
•mos  justificados,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  ser  necesario  á  todo  hombre  para  conseguir 
remisión  de  los  pecados  y  creyese  cierto  y  sin  ninguna  duda 
haberle  sido  remitidos  los  pecados  por  causa  de  su  natural  fla- 
queza é  indisposición,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  el  hombre  haber  sido  absuelto  de  sus  pe- 
cados y  ser  justificado  por  razón  que  crea  de  cierto  el  ser  ab- 
suelto y  justificado  no  haber  sido  otro  justificado,  sino  el  que 
verdaderamente  hubiese  creído  el  haber  sido  justificado,  y  con 
sola  esta  fe  haber  conseguido  la  absolución  y  justificación, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  el  hombre  renacido  y  justificado  haber  sido 
obligado  por  fe  á  creer  el  haber  sido  justificado  y  cierto  en  el 
número  de  los  predestinados,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  y  tuviese  por  cierto  aquel  gran  don  inefable 
de  la  perseverancia  haberlo  tenido  él  cierto  hasta  el  fin,  y  esto 
sin  haberlo  alcanzado  sin  especial  revelación,  fuese  descomul- 
gado. 

Si  alguno  dijese  no  haber  acontecido  la  gracia  de  la  justi- 
ficación sino  á  los  predestinados  para  la  vida,  y  todos  los  otros 
restantes  que  han  sido  llamados  haber  sido  de  cierto  llamados, 
pero  no  haber  recibido  gracia  como  hombres  predestinados  por 
poderío  divino  para  mal,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  los  preceptos  de  Dios  haber  sido  imposi- 
bles de  guardarse,  no  sólo  al  hombre  justificado,  pero  al  cons- 
tituido en  gracia,   fuese  descomulgado. 

Cualquiera  que  dijese  no  habernos  sido  mandado  en  el  Evan- 
gelio otra  cosa  más  de  la  fe  y  todas  las  otras  cosas  de  más 
haber  sido  diferentes  ni  haber  sido  preceptos  ni  prohibiciones, 


—  57  — 

mas  cosas  libres  y  no  pertenecer  á  los  cristianos  los  diez  man- 
damientos,  fuese  descomulgado. 

Cualquiera  que  dijese,  por  más  justificado  y  perfecto  que 
fuese  un  hombre,  no  haber  sido  obligado  á  guardar  los  manda 
mientos  de  Dios  y  de  la  Iglesia,  mas  solamente  á  creer  como 
que  lo  que  nos  haya  sido  prometido  por  el  Evangelio  fuese  una 
promesa  desnuda  y  absoluta  de  la  vida  eterna,  sin  condición 
alguna  de  guardar  los  mandamientos,   fuese  descomulgado. 

Cualquiera  que  dijese  el  que  ha  sido  justificado  haber  po- 
dido perseverar  sin  especial  socorro  de  Dios  en  la  justicia  re  ■ 
cibida  ó  no  poder  perseverar  en  el  dicho  socorro,  fuese  desco- 
mulgado. 

Si  alguno  dijese  el  hambre  que  una  vez  había  sido  justifi- 
cado no  poder  pecar  más  ni  perder  la  gracia,  y  asimismo  que 
él  cayese  y  pecase  nunca  verdaderamente  haber  sido  justifi- 
'  cado,  ó  por  el  contrario,  haber  podido  evitar  quitar  los  pecados 
veniales  que  en  la  vida  había  cometido  sin  ayuda  especial  de 
Nuestro  Señor,  así  como  la  Santa  Madre  Iglesia  lo  tenía  de 
Nuestro  Señor,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  no  haberse  podido  conservar  la  justicia 
recibida  ni  -menos  haberse  aumentado  por  buenas  obras  hechas 
delante  de  Dios,  sino  las  obras  haber  sido  fruto  tan  solamente 
de  la  justificación  alcanzada  y  no  haber  sido  causa  de  su  au- 
mentación, fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  haber  pecado  el  justo  en  cualquiera  buena 
obra  ó  venial  ó  mortalmente,  y  por  ello  haber  merecido  penas 
eternas,  y  por  solo  esto  no  haber  sido  condenado,  porque  Dios 
aquellas  obras  no  las  había  imputado  para  su  condenación, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  los  justos  por  las  buenas  obras  que  en  el 
servicio  de  Dios  hubiesen  hecho,  haber  de  esperar  de  Dios  la 
perdurable  recompensa  por  su  misericordia  y  merecimientos 
de  Cristo,  si  hubiesen  perseverado  siempre  obrando  bien  y 
guardando  los  divinos  mandamientos  hasta  la  fin,  fuese  desco- 
-mulgado. 

Si  alguno  dijese  que  perdida  la  gracia  por  el  pecado  haberse 
asimismo  perdido  la  fe  siempre,  ó  la  fe  que  ha  quedado  no  ser 


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verdaderamente  fe,  aunque  no  haya  sido  vana,  y  también  que 
el  que  hubiese  tenido  fe  sin  caridad  no  haber  sido  cristiano, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  no  haber  ningún  pecado  mortal  sino  de 
infidelidad,  y  no  haber  otro  .más  grave  que  el  de  la  infidelidad, 
y  haberse  perdonado  el  pecado  después  de  una  vez  haber  íeci- 
bido  gracia,   fuese  descomulgado. 

Cualquiera  que  dijese  aquel  que  después  de  haber  sido  bau- 
tizado hubiese  caído  y  no  haber  podido  levantarse  del  pecado 
por  la  gracia  de  Dios,  ó  ya  que  pudiese  con  sola  la  fe  haber 
podido  recuperar  la  justicia  perdida  sin  el  sacramento  de  la 
penitencia,  así  como  lo  tenía  la  romana  y  universal  Iglesia 
instituida  por  Jesucristo  y  por  sus  Apóstoles  y  lo  ha  confesado, 
guardado  y  enseñado  hasta  ahora,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  el  justo  pecar  cuando  hubiese  obrado  por 
intento  de  haber  conseguido  la  vida  eterna,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  las  buenas  obras  del  hombre  justificado 
haber  sido  así  dones  de  Dios,  de  •manera  que  no  hayan  sido 
bienes  merecidos  del  bien  justificado  ó  el  mismo  justificado 
por  buenas  obras  que  hayan  sido  hechas  por  él  por  la  gracia 
de  Dios  y  por  méritos  de  Jesucristo,  no  haber  merecido  ver- 
daderamente aumento  de  gracia  y  vida  perdurable  y  la  con- 
secución de  la  dicha  vida  eterna  y  ta-mbién  el  aumento  de  la 
gloria,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  después  de  haber  recibido  la  gracia 
de  la  justificación  así  serle  remitida  la  culpa  á  cualquier  peca» 
dor  que  hiciese  penitencia  y  serle  quitada  la  culpa  de  la  pena 
eternal,  de  manera  que  no  quedase  ninguna  culpa  para  en  pago 
de  la  pena  temporal,  así  en  este  siglo  como  en  el  venidero,  y 
en  el  purgatorio  (pie  antes  que  subiese  al  reino  de  los  cielos, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  por  esta  doctrina  católica  de  justificación 
declarada  en  este  Santo  Sínodo  por  el  presente  decreto  haber 
sido  derogada  por  alguna  parte  la  gloria  de  Dios  por  los  mere- 
cimientos de  Jesucristo  Nuestro  Señor,  mas  antes  no  haber 
sido  ilustrada  la  verdad  de  nuestra  fe  y  también  de  Dios-  y  la 
gloria  de  Jesucristo,  fuese  descomulgado. 


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El  decreto  de  los  sacramentos  de  la  Iglesia,  que  fué  hecho  en 
el  Santo  Sínodo  en  la  siete  sesión,  á  3  de  Marzo  de  1547. 

Después  que  el  Sacrosanto  Sínodo  hubo  tratado  de  la  salu- 
dable doctrina  de  la  justificación,  le  pareció  ser  conveniente 
tratar  de  los  santísimos  sacramentos  de  la  Iglesia,  por  los  cua- 
les toda  verdadera  justicia  ó  comienza  ó  después  de  comenzada 
se  aumenta  ó  después  de  perdida  se  repara,  y  llegándose  á  la 
doctrina  de  las  sagradas  letras  y  traducciones  apostólicas  y  al 
consentimiento  de  los  otros  Concilios  y  Santos  Padres,  deter- 
minó que  fuesen  establecidos  estos  presentes  cánones,  y  que 
los  otros  que  faltaban  para  perfección  de  la  obra  saldrían  á 
luz  adelante  mediante  la  voluntad  de  Dios  Nuestro  Señor. 

Si  alguno  dijese  que  los  sacramentos  de  la  nueva  ley  no 
fueron  constituidos  por  Jesucristo  Nuestro  Señor,  ó  ser  más  ó 
menos  que  siete,  conviene  á  saber  :  bautismo,  confirmación, 
eucaristía,  penitencia,  extremaunción,  orden  y  matrimonio,  ó 
alguno  de  estos  siete  no  ser  verdadero  y  propiamente  sacra- 
mento, fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  los  sacramentos  de  la  nueva  ley  no  diferir 
de  los  sacramentos  de  la  vieja  ley,  sino  que  eran  otras  cere- 
monias y  ritos  extraños,   fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  estos  siete  sacramentos  ser  entre  sí 
iguales,  que  por  ninguna  razón  uno  fuese  más  digno  que  otro, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  los  sacramentos  de  la  nueva  ley  no  ser 
necesarios  para  la  salvación,  mas  superfluos  y  sin  ellos,  ó  por 
su  voto  por  sola  fe  poder  alcanzar  los  hombres  de  Dios  gracia 
de  justificación,  aunque  todos  y  cada  uno  de  ellos  no  fuesen 
necesarios,   fuese  descomulgado. 

Y  si  alguno  dijese  estos  sacramentos  haber  sido  instituidos 
para  aumento  de  sola  la  fe,  fuese  descomulgado. 

Y  si  alguno  dijese  los  sacramentos  de  la  nueva  ley  no  tener 
la  gracia  que  significaban,  ó  la  propia  gracia  no  traer  estorbo 
á  los  que  no  se  confesaban  y  fuesen  recibidos  casi  tanto  como 
señales  exteriores  por  fe  de  gracia  ó  de  justicia  y  como  algunas 


—  60  — 

señales  de  perfección  cristiana,  con  las  cuales  cerca  de  los  hom- 
bres fuesen  discernidos  los  fieles  de  los  infieles,  fuese  desco- 
mulgado. 

Si  alguno  dijese  no  ser  dada  gracia  siempre  y  á  todos  por 
los  dichos  sacramentos  cuanto  fuese  de  parte  de  Dios,  aunque 
los  recibiesen  según  orden  más  alguna  vez  y  algunos,  fuese 
descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  los  sacramentos  de  la  nueva  ley  no 
daban  gracia  ex  opere  opéralo,  mas  bastar  solamente  la  fe  de 
la  promisión  divina  para  alcanzar  la  gnacia,  fuese  descomul- 
gado. 

Si  alguno  dijese  que  en  los  tres  sacramentos,  conviene  ú 
saber  :  bautismo,  confirmación  y  orden,  no  ser  imprimido  el 
carácter  en  el  ánima  (que  es  cierta  señal  espiritual,  que  no  se 
puede  quitar),  los  cuales  no  se  podían  reiterar,  fuese  desco- 
mulgado. 

Si  alguno  dijese  todos  los  cristianos  tener  poder  en  la  pa- 
labra y  en  administrar  todos  los  sacramentos,  fuese  descomul- 
gado. 

Si  alguno  dijese  que  en  los  ministros  mientras  celebran  y 
dan  los  sacramentos  no  requerirse  á  lo  menos  intención  de 
hacer  en  tal  acto  lo  que  hace  la  Iglesia,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  el  ministro  estando  en  pecado  mortal, 
por  manera  que  hubiese  guardado  todas  las  cosas  esenciales  que 
pertenecen  al  celebrar  y  dar  el  sacramento,  no  aprovechar  ni 
celebrar,   fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  las  reglas  recibidas  y  aprobadas  por  la 
Iglesia  Católica  en  la  administración  solemne  de  los  sacramen- 
tos acostumbrados  á  ser  añadidos  ó  ser  menospreciados,  ó  ser 
dejados  por  voluntad  de  los  ministros  sin  pecado,  ó  poder  ser 
mudados  en  otros  nuevos  por  cualquier  prelados  de  las  iglesias, 
fuese  descomulgado. 

Acerca  del  bautismo. 

Si  alguno  dijese  el  bautismo  de  San  Juan  haber  tenido  la 
misma  fuerza  que  el  de  Cristo,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  el  agua  verdadera  y  natural  no  ser  de  ne- 


•'. 


-  61  — 

cesidad  del  bautismo,  y  que  por  esto  aquella  palabra  de  Nues- 
tro Señor  Jesucristo  :  «Si  alguno  no  fuere  renacido  del  agua 
y  del  Espíritu  Santo,  la  retorciese  á  alguna  metáfora»,  fuese 
descomulgado. 

Si  alguno  dijese  en  la  Iglesia  romana  no  ser  verdadera  la 
doctrina  del  sacramento  del  bautismo,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  el  bautismo  era  dado  por  los  heréticos 
en  el  nombre  del  Padre,  é  Hijo,  del  Espíritu  Santo,  con  inten- 
ción de  hacer  lo  que  la  Iglesia  hace,  no  ser  verdadero  bautismo, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  el  bautismo  ser  libre,  conviene  á  saber, 
no  ser  necesario  para  la  salvación,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  el  que  es  bautizado  que  no  podría, 
aunque  quisiese,  perder  la  gracia  en  cualquiera  manera  que 
pecase  cuanto  quisiese  si' no  quisiese  creer,  fuese  descomulgado. 
Si  alguno  dijese  los  bautizados  ser  hechos  deudores  por  el 
bautismo  de  tan  sola  la  fe  y  no  para  guardar  toda  la  ley  de 
Dios,   fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  los  bautizados  ser  libres  de  todos  los 
preceptos  de  la  Santa  Madre  Iglesia,  así  de  los  escritos  como 
los  que  no  fueron  traspasados,  de  manera  que  no  sean  tenidos 
de  guardarlos  si  ellos  de  su  voluntad  no  quisiesen  someterse  á 
ellos,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  así  haber  de  ser  tornados  á  llamar  otra  vez 
los  hombres  á  la  memoria  del  bautismo  recibido  y  á  todos  los 
votos  que  se  hacían  después  del  bautismo  y  entendiesen  ser  va- 
nos por  fuerza  del  procedimiento  ya  hecho  en  el  bautismo,  casi 
fuesen  apartados  por  estas  cosas  y  por  la  fe  que  profesaron 
en  el  mismo  bautismo,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  todos  los  pecados  que  fueron  hechos 
después  del  bautismo  por  la  sola  memoria  y  fe  del  bautismo 
recibido,  ó  ser  perdonados  ó  hacerse  veniales,  fuese  desco- 
mulgado. 

Si  alguno  dijese  que  el  verdadero  bautismo  dado  según 
orden  se  ha  de  reiterar  á  aquel  que  hubiese  negado  la  fe  de 
Cristo  acerca  de  los  infieles  volviéndose  á  penitencia,  fuese 
descomulgado. 


—  62  — 

Si  alguno  dijese  que  los  niños  que  no  tienen  habilidad  para 
creer  tomando  el  bautismo  no  haber  de  ser  computados  entre 
los  infieles,  por  lo  cual  cuando  viniese  á  los  años  de  discreción 
haberse  de  tornar  á  bautizar  ó  ser  necesario  dejar  su  bautismo, 
el  cual  ellos  recibieron  no  actualmente  creyendo  ser  bautizados 
en  sola  la  fe  de  la  Iglesia,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  los  dichos  niños  cuando  viniesen  á 
estado  de  mancebos  á  vez  de  ser  preguntados  si  quisiesen  tener 
por  bien  lo  que  sus  padrinos  en  sus  nombres  prometieron 
cuando  fueron  bautizados,  y  ellos  respondiesen  que  no,  se  hu- 
biese de  dejar  á  su  arbitrio,  y  no  habérseles  de  dar  otra  pena 
para  constreñirlos  á  la  vida  cristiana,  sino  que  fuesen  prohi- 
bidos de  tomar  el  sacramento  de  la  eucaristía  y  los  otros  sacra- 
mentos,  fuese  descomulgado. 

Acerca  de  la  confirmación. 

Si  alguno  dijese  la  confirmación  de  los  bautizados  ser  cere- 
monia ociosa  y  no  verdadero  y  propio  sacramento,  ó  que  en 
otro  tiempo  no  hubiese  sido  otra  cosa  que  cierta  instrucción 
con  la  cual  los  que  estaban  cercanos  á  la  adolescencia  manifes- 
taban la  razón  de  su  fe  delante  la  Iglesia,  fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  pecar  contra  el  Espíritu  Santo  aquellos  que 
atribuían  alguna  virtud  al  sagrado  cisma  de  la  confirmación, 
fuese  descomulgado. 

Si  alguno  dijese  que  el  ordinario  ministro  de  la  santa  con- 
firmación no  ser  solo  el  Obispo,  sino  cualquiera  otro  simple 
sacerdote,  fuese  descomulgado. 

Cánones  renovados  para  reformación   de  la  Iglesia. 

El  Santo  y  Sagrado  Sínodo,  entendiendo  proseguir  lo  co- 
menzado acerca  de  la  reformación  de  la  Iglesia  y  religión  cris- 
tiana, determinó  de  estatuir  los  cánones  siguientes,  salva  la  au- 
toridad de  la  Sede  Apostólica  en  todas  cosas. 

Primeramente  que  á  ninguno  sea  dado  regimiento  de  igle- 
sias catedrales  que  no  fuese  de  legítimo  matrimonio  y  de  edad 


—  03  — 

madura  y  de  letras  y  ciencia,  conforme  á  la  constitución  de 
Alejandro  III,  promulgada  en  el  Concilio  Lateranense. 

Que  ninguno  de  cualquier  dignidad,  grado  y  preeminencia 
que  fuese  presuma  de  recibir  ó  juntamente  retener  muchas  me- 
tropolitanas ó  catedrales  iglesias  en  título  ó  encomienda  ó  en 
cualquiera  otro  nombre  contra  lo  instituido  en  los  sacros  cá- 
nones, teniéndose  por  muy  dichoso  regir  una  iglesia,  bien  y 
fructuosamente  para  provecho  de  las  ánimas  que  le  son  enco- 
mendadas. 

Y  el  que  tuviere  muchas  iglesias  contra  el  tenor  del  de- 
creto reteniendo  en  sí  una  cual  él  más  quisiere,  las  demás  per- 
teneciesen á  proveerse  á  la  libre  disposición  de  la  Sede  Apos- 
tólica dentro  de  seis  meses,  y  haciendo  lo  contrario  fuesen 
tenidos  á  dejarlas  dentro  de  un  año,  y  de  otra  manera  de  las 
dichas,  excepto  la  que  últimamente  hubiese  alcanzado,  todas 
las  demás  tenga  creído  que  se  han  de  vacar. 

Y  los  beneficios  inferiores,  principalmente  los  que  tenían 
curas  de  ánimas,  se  hubiesen  de  ejercitar  por  personas  hábi- 
les y  dignas  y  que  residiesen  en  el  mismo  lugar,  y  que  ellos 
mismos  tuviesen  este  cuidado,  conforme  á  la  constitución  de 
Alejandro  III  y  á  la  de  Gregorio  X,  y  siendo  hecha  de  otra 
manera  la  colación  ó  provisión  fuese  en  sí  ninguna,  y  el  or- 
dinario que  diese  el  dicho  beneficio  supiese  que  incurría  en 
las  penas  del  Concilio  general. 

Y  cualquiera  que  de  aquí  adelante  recibiese  muchos  bene- 
ficios curados,  ó  por  otra  manera  incompatibles  beneficios 
eclesiásticos  habidos  por  vía  de  unión  por  su  vida  ó  por  enco- 
mienda perpetua  ó  por  cualquier  otro  nombre  y  título  contra 
la  forma  de  los  sacros  cánones  y  principalmente  de  la  constitu- 
ción de  Inocencio  itl  y  que  por  vigor  de  la  dicha  constitu- 
ción fuese  privado  de  ellos. 

Que  los  ordinarios  de  los  lugares  compeliesen  á  cualquiera 
que  tuviese  muchos  beneficios  curados,  ó  de  otra  manera  bene- 
ficios incompatibles  eclesiásticos,  á  que  diesen  sus  dispensa- 
ciones y  que  procediesen  conforme  á  la  constitución  de  Gre- 
gorio X.  Y  que  los  dichos  ordinarios  proveyesen  por  diputa- 
ción de  Vicarios  idóneos  y  congruente  asignación  de  la  porción 


—  64  — 

de  los  frutos.  Y  en  ninguna  manera  fuese  menospreciado  el 
cuidado  de  las  ánimas  y  los  beneficios  no  fuesen  defraudados 
de  los  debidos  oficios,  y  que  pudiesen  ser  examinados  de  los 
ordinarios,  así  como  delegados  de  la  Sede  Apostólica,  las  ape- 
laciones, privilegios  y  cualesquier  exenciones  con  especial  di- 
putación de  jueces  é  inhibiciones  de  ellos  y  uniones  perpetuas 
hechas  de  cuarenta  años  á  esta  parte.  Y  los  que  por  vía  de 
robo  y  fuerza  los  hubiesen  alcanzado  fuesen  declarados  por  nin- 
gunos. Y  las  que  constase  ser  hechas,  y  aquellas  que  de  allí 
adelante  á  instancia  de  cualquiera  se  hiciesen,  si  no  fuesen  con- 
cedidas por  causas  legítimas  ó  razonables,  llamados  delante  del 
ordinario  del  lugar  á  quien  pertenecía  la  averiguación,  se  pre- 
sumiesen ser  poseídas  subrepticiamente,  si  no  fuese  determinada 
otra  cosa  por  la  Sede  Apostólica. 

Y  cualesquier  beneficios  eclesiásticos  curados  que  se  halla- 
sen perpetuamente  anejados  á  iglesias  catedrales  ó  colegiales  ó 
otras  iglesias  ó  monasterios  ó  beneficios  ó  colegios  ó  lugares 
píos,  fuesen  visitados  cada  uno  un  año  por  los  ordinarios  de  los 
dichos  lugares,  los  cuales  solícitamente  curasen  y  proveyesen 
que  fuesen  servidos  por  Vicarios  idóneos  perpetuos,  según  pa- 
reciese convenir  para  el  buen  regimiento  de  las  dichas  iglesias, 
dándoles  la  tercera  parte  de  los  frutos  del  tal  beneficio,  ó  más 
ó  menos  conforme  al  arbitrio  de  los  ordinarios,  por  manera 
que  fuese  bien  servido,  no  obstante  cualesquier  apelaciones, 
privilegios,  exenciones  y  diputación  de  jueces  é  inhibiciones  de 
ellos. 

Y  que  los  ordinarios  de  los  lugares  fuesen  obligados  á  visi- 
tar cada  año  cualesquier  iglesias  en  cualquiera  manera  exentas 
por  la  autoridad  apostólica,  y  proveyesen  de  oportunos  reme- 
dios del  derecho  para  que  fuesen  reparadas  las  cosas  que  hu- 
biesen menester  reparación,  y  no  fuesen  defraudados  los  oficios 
necesarios  en  el  regimiento  de  las  iglesias,  excluidas  del  todo 
las  apelaciones,  privilegios,  costumbres  prescriptas  de  tiempo 
inmemorial  y  diputaciones  de  jueces  é  inhibiciones  de  ellos. 

Y  que  no  fuese  lícito  á  los  Capítulos  de  las  iglesias  (siendo 
Sede  vacante)  dar  licencia  ó  letras  dimisorias  ó  reverendas 
desde  el  día  de  la  vacatura  del  ordinario  hasta  un  año,  así  según 


—  65  — 

la  disposición  del  derecho  común  como  de  otro  privilegio,  ó  de 
costumbre  ó  fuerza,  si  no  fuesen  constreñidos  por  ocasión  de 
algún  beneficio  eclesiástico  recibido  ó  por  recibir.  Y  si  el  Ca- 
pítulo hiciese  lo  contrario,  le  fuese  puesto  entredicho  eclesiás- 
tico. Y  si  fuese  constituido  en  menores  órdenes  sin  ningún 
privilegio  clerical,  gozasen  de  la  exención  de  las  cosas  crimi- 
nales. Y  los  que  en  mayores  órdenes  constituidos  quedasen 
suspensos  en  la  ejecución  de  las  órdenes  á  la  voluntad  del  Pre- 
lado que  viniese.  Y  que  las  licencias  de  no  poder  mudar,  con- 
cedidas por  solo  un  año,  no  se  extendiesen  á  más,  salvo  en 
los  casos  declarados  por  derecho. 

Y  los  que  fuesen  presentados  ó  elegidos  ó  nombrados  por 
cualesquier  personas  eclesiásticas  (aunque  fuesen  por  Nuncios 
de  la  Sede  Apostólica)  á  cualesquier  beneficios  eclesiásticos,  no 
fuesen  instituidos  ni  confirmados  en  ellos  ni  fuesen  admitidos, 
aunque  so  color  de  algún  privilegio  ó  costumbre  prescripto  de 
inmemorial  tiempo,  si  no  fuesen  hallados  primero  idóneos  por 
los  ordinarios,  y  no  les  valiese  ninguna  apelación  para  que  no 
fuesen  examinados,  exceptos  los  presentados  y  elegidos  ó  nom- 
brados de  las  Universidades  y  Estudios  generales. 

Y  que  las  licencias  de  promover  á  cualquiera  no  valiesen 
sino  á  los  que  tuvieren  causa  legítima  declarada  en  la  dicha 
licencia,  por  lo  cual  no  pudiesen  ser  ordenados  de  los  propios 
Obispos,  y  entonces  que  se  hubiesen  de  ordenar  de  Obispo  que 
residiese  en  su  diócesis  ó  de  otra  cualquiera  que  diese  órdenes 
por  él,  habiendo  precedido  examen  riguroso. 

Y  por  que  en  las  causas  de  los  exentos  había  constitución 
del  Papa  Inocencio  III,  que  comenzaba:  «Noblentes  (?)  y  el 
vSacro  Sínodo  determinó  de  innovarla  é  innovó  añadiendo  sobre 
ello  que  en  las  causas  civiles  de  los  mercenarios  y  miserables 
personas  clérigos,  regulares  y  seglares  neceitados  que  andaban 
fuera  de  los  monasterios  en  cualquiera  manera  exentos,  aunque 
tuviesen  cierto  juez  de  su  parte  diputado  por  la  Sede  Apostó- 
lica, y  en  los  otros  si  no  tuviesen  el  dicho  juez,  fuesen  compeli- 
dos  \T  constreñidos  de  lo  que  acerca  de  su  regla  eran  obligados 
á  pagar  la  deuda  delante  de  los  ordinarios,  así  como  delegados 
de  la  Sede  Apostólica,  no  valiéndoles  en  ninguna  manera  acerca 


—  66  — 

de  lo  dicho  privilegios,  exenciones,   diputaciones  de  conserva- 
dores é  inhibiciones». 

Y  que  procurasen  los  ordinarios  que  los  hospitales  fuesen 
gobernados  diligente  y  fielmente  de  sus  administradores,  como 
quiera  que  fuesen,  exceptos  en  cualquiera  manera  por  la  cons- 
titución del  Concilio  Vienense,  la  cual  constitución  determinó 
de  innovar  el  Sínodo  y  la  innovó  con  las  derogaciones  en  ella 
contenidas. 

Decreto  de  ¡a  reformación  hecho  el  año  1547,   á  13   de  Enero. 

El  Santo  y  Sagrado  Concilio  amonestó  y  dio  por  amones- 
tados los  Patriarcas,  Primados,  Metropolitanos  é  Iglesias  ca- 
tedrales, Prefectos  y  de  cualquier  título  ó  nombre  que  fuesen, 
que  tuviesen  cuidado  y  vigilancia  de  todos  sus  subditos,  y  que 
pues  Dios  los  había  constituido  sobre  ellos  para  regir  la  Iglesia, 
la  cual  Él  había  redimido  por  su  propia  sangre,  no  destrayén- 
dose (sic)  por  cortes  de  Príncipes  eclesiásticos  y  seglares,  ó 
en  negocios  temporales,  menospreciando  el  residir  en  sus  Obis- 
pados. 

Y  tuvo  por  bien  el  Sagrado  Sínodo  de  establecer  los  antiguos 
cánones,  los  cuales  por  causa  de  los  tiempos  casi  estaban 
fuera  de  la  costumbre  acerca  de  los  que  no  residían.  Y  por  vir- 
tud del  presente  decreto  innovó,  y  para  más  firmeza  de  su  re- 
sidencia y  para  más  reformar  las  costumbres  en  la  Iglesia,  los 
estatuyeron  y   confirmaron   en  la  manera  siguiente  : 

Y  si  alguno  se  ausentase  de  su  patriarcado  ó  primado,  ó  de 
su  iglesia  metropolitana  ó  catedral  por  seis  meses  continuos  con 
cualquier  título,  causa  ó  nombre  ó  cometida  por  derecho  de 
cualquier  grado,  dignidad  y  preeminencia  que  fuese  por  legítimo 
impedimento,  no  habiendo  causas  justas  y  suficientes;  incu- 
rriesen luego  en  perdimiento  de  lia  cuarta  parte  de  los  frutos 
de  un  año,  la  cual  fuese  aplicada  por  el  superior  eclesiástico 
para  la  fábrica  de  la  iglesia  del  dicho  lugar.  Y  si  perseverasen 
por  otros  seis  meses  en  la  misma  ausencia,  perdiese  la  otra 
cuarta  parte  de  los  frutos,  aplicada  para  lo  mismo.  Y  si  cre- 
ciese su  contumacia  fuese  castigado  por  la  rigurosa  censura 
de  los  cánones. 


—  67  — 

Y  que  estando  ausente  el  Metropolitano,  el  Obispo  á  él  su- 
fragáneo más  antiguo  residiendo,  que  le  pudiese  mandar  que 
residiendo  so  pena  de  entredicho  no  entrase  en  sus  iglesias  por 
tres  meses,  y  fuese  obligado  de  denunciar  al  Papa  por  sus  le- 
tras ó  por  mensajero'  contra  los  dichos  ausentes  como  fuese  su 
mayor  ó  menor  contumacia,  para  que  por  vía  de  autoridad 
•de  la  suprema  Sede  Apostólica  pudiesen  las  iglesias  ser  pro- 
veídas de  buenos  y  provechosos  Prelados. 

Asimismo  mandó  que  los  inferiores  de  los  Obispos  que  te- 
nían beneficios,  que  requerían  personal  residencia  de  derecho 
ó  de  costumbre,  ó  por  título  ó  encomienda,  fuesen  compelidos 
por  convenientes  remedios  de  los  sacros  cánones  de  residir 
ellos  por  sus  ordinarios  como  á  ellos  pareciese  convenir 
para  el  buen  regimiento  de  la  iglesia  y  pata  aumento  del  di- 
vino culto,  considerada  la  calidad  de  los  lugares  y  personas, 
y  que  no  les  valiesen  para  eximirse  de  la  residencia  ningunos 
privilegios  ni  indultos  perpetuos  de  no  residir  ó  de  recibir  de 
los  frutos  en  ausencia,  quedando  en  su  fuerza  y  vigor  las  in- 
dulgencias y  dispensaciones  temporales  de  diversas  y  razona- 
bles causas,  concedidas  y  aprobadas  legítimamente  delante  del 
ordinario,  en  las  cuales  fuese  el  oficio  de  los  Obispos  proveer 
en  esta  parte  como  delegados  de  la  .Santa  Sede  Apostólica, 
de  manera  que  tuviesen  siempre  cuidado  de  nombrar  Vicarios 
idóneos,  dándoles  renta  suficiente  y  moderada  para  que  tuvie- 
sen cuidado  de  las  ánimas,  y  que  ninguno  se  pudiese  eximir 
por  privilegios  ni  exención  alguna. 

Y  que  los  Prelados  de  las  iglesias  entendiesen  en  corregir 
prudentemente  los  excesos  de  los  subditos,  y  á  ningún  clérigo 
singular  ó  regular  que  anduviese  mendigando  fuera  del  mo- 
nasterio (aunque  pensase  que  había  ele  estar  seguro)  so  color 
del  privilegio  de  su  orden.  El  cual  si  pecase  pudiese  ser  punido 
y  corregido,  según  los  estatutos  de  los  cánones  del  ordinario 
del  lugar,  así  como  delegado  de  la  Sede  Apostólica. 

Y  que  los  capítulos  de  las  Iglesias  catedrales  y  de  las  demás 
iglesias,  ni  las  personas  de  ellas  no  se  pudiesen  defender  con 
algunas  exenciones,  costumbres,  sentencias,  juramentos;  con- 
cordias las  cuales  tanto  obligaban  á  sus  autores  pero  no  á  los 


—  68  — 

sucesores  para  que  se  eximiesen,  que  no  fuesen  corregidos, 
visitados  ni  enmendados,  según  las  reglas  canónicas  y  auto- 
ridad apostólica,  ó  por  ellos  ó  por  otros  cuales  á  ellos  pare- 
ciese tantas  y  cuantas  veces  fuese  necesario. 

Y  que  á  ningún  Obispo  por  cualquiera  privilegio  ó  color 
sea  lícito  ejercitar  los  pontificales  en  diócesis  de  otro  Obispo 
si  no  tuviese  licencia  expresa  del  ordinario  del  lugar  y  en  per- 
sonas sujetas  solamente  al  ordinario.  Y  si  de  otra  manera  lo 
hiciese  el  dicho  Obispo  fuese  suspendido  luego  del  ejercicio 
de  los  pontificales.  Y  los  ordenados  fuesen  suspensos  en  cuanto 
á  la  ejecución  de  las  órdenes. 


Y  á  mediado  Marzo  se  deshizo  el  Concilio,  y  la  ocasión  que 
hubo  para  ello  fué  la  principal  la  voluntad  del  Papa,  que  días 
ha  había  enviado  cierto  camarero  suj^o  con  un  acompañado 
á  Trento  para  que  negociasen  con  los  delegados  para  que  tu- 
viesen manera  cómo  deshacerlo,  porque  supo  que  se  quería 
tratar  de  la  reformación  de  la  Iglesia  y  de  costumbres.  Y  asi 
comenzaron  desde  entonces  los  Legados  á  decir  cómo  había 
pestilencia  en  aquel  lugar  y  que  sería  bueno  irse  á  otra  parte. 
Y  la  pestilencia  era  cierta  enfermedad  que  en  Italia  suele  venir 
muchos  años,  que  llaman  peliche,  como  de  sarna.  E  hicieron 
que  Venecia  se  guardase  y  no  dejase  entrar  á  los  de  Trento 
(á  causa  de  que  morían  en  él).  Pero  el  Cardenal  de  Trento 
les  envió  á  decir  que  no  difamasen  su  ciudad,  sino  que  envia- 
sen á  hacer  la  pesquisa  y  hallarían  estar  sana  la  tierra.  Y  asi 
lo  hicieron,  y  desde  ahí  en  adelante  nunca  más  se  prohibieron 
de  comunicar  con  los  de  la  ciudad  de  Trento.  Pero  como  en 
este  tiempo  muriese  de  modorra  un  Obispo  italiano  llamado 
(está  en  claro)  de  Capacho,  del  Reino  de  Ñapóles,  los  Delega- 
dos procuraron  que  se  tuviese  congregación,  donde  "se  propuso 
la  traslación  del  Concilio  á  la  ciudad  de  Bolonia,  lo  cual  no 
causó  pequeñas  diferencias  entre  los  Ob'spos,  tanto  que  se 
tornó  á  hacer  congregación  otro  día  siguiente  sobre  el  mismo 
negocio,  y  tan  de  veras  y  con  tanta  instancia,  que  se  mandó 


—  69  — 

llevar  plumales  y  mitras  pfera  hacer  luego  la  traslación  y  se- 
sión ;  pero  no  fué  posible,  porque  tornó  á  haber  votes  diversos, 
y  en  allegar  causas  y  razones  de  la  una  parte  y  de  la  otra 
se  tardaron  dos  horas  después  de  medio  día.  Y  el  viernes  22  del 
dicho  mes  se  tornaron  á  juntar,  y  se  celebró  la  traslación  del 
Concilio  á  la  ciudad  de  Bolonia,  después  de  dicha  la  misa  del 
^Espíritu  Santo,  y  hechas  las  ceremonias  acostumbradas  el  Car- 
denal de  Monte,  primer  Presidente,  propuso  la  partida,  y  dijo 
las  razones  y  causas  que  le  movían  á  hacerla  lo  mejor  que  supo. 
Y  luego  se  leyeron  ciertas  informaciones  que  se  habían  tomado 
de  la  poca  salud  del  pueblo  y  pareceres  de  los  médicos.  Y  des- 
pués votaron  todos  por  su  antigüedad  como  solían.  Por  manera 
que  hubo  38  votos  que  consentían  y  aprobaban  la  traslación  > 
y  14  en  contrario,  los  cuales  protestaron  muy  reciamente  y  con 
gran  libertad  ante  Dios  y  el  Santo  Concilio,  que  no  eran  de 
voto  ni  parecer  que  se  mudase  á  otra  parte,  sino  que  se  aca- 
base en  la  dicha  ciudad,  pues  las  enfermedades  no  eran  tantas 
que  hubiesen  de  bastar  á  hacer  tan  gran  novedad  en  negocio 
tan  grave,  mayormente  estándose  Alemania  en  lo  de  la  fe 
(como  de  antes)  y  ser  Trento  lugar  elegido  y  nombrado  por 
el  Papa  y  los  Príncipes  cristianos  para  efecto  del  reducimiento 
de  los  alemanes,  y  que  primero  era  razón  que  lo  consultaran 
con  Su  Santidad  y  Majestad.  Pero  no  obstante  esto,  se  deter- 
minó la  traslación  y  celebración  del  Concilio  de  la  octava  se- 
sión en  Bolonia  para  21  de  Abril,  diciendo  que  por  causa  de 
las  enfermedades  y  dolencias  les  faltarían  en  breve  los  man- 
tenimientos, por  lo  que  los  Prelados  se  irían  poco  á  poco,  á 
cuya  causa  convenía  trasladarse  á  Bolonia.  Y  que  si  después 
fuese  necesario  para  las  cosas  de  Alemania  tornar  á  volver  á 
la  dicha  ciudad,  se  haría  fácilmente  consultando  sobre  ello  á 
Su  Santidad  y  al  Emperador. 

Y  á  23  de  Marzo,  sábado,  110  quedó  ninguno  en  lia  ciudad 
de  Trento  de  los  que  habían  votado  la  traslación  ;  solos  que- 
daron el  Cardenal,  de  Jaén  y  los  Obispos  de  Badajoz,  Calaho- 
rra y  Astorga,  Huesca,  Canaria  y  de  Cerdeña  y  el  Obispo  de 
Alguer  y  el  de  Megara  y  el  de  Callar  y  el  de  Castellamar  y 
de  Lauchano  (en  el  Reino  de  Ñapóles)  y  el  Arzobispo  de  Pa- 


—  70  -- 

lermo  y  los  Obispos  de  Fesuli  y  et  de  San  Marcos  italianos,. 
y  el  Obispo  de  Porto  en  Portugal. 

CAPÍTULO   VIII 

De  las  Corles  que  el  Emperador  mandó  hacer  en  la  ciudad  de 
Augusta,  donde  vinieron  todos  los  Electores  y  muchos  otros 
Príncipes  y  Prelados  y  Procuradores  de  las  ciudades  del 
Imperio.  Y  las  cosas  que  por  Su  Majestad  fueron  propues- 
tas en  las  dichas  Cortes. 

Arriba  dijimos  cómo  estando  el  Emperador  en  la  ciudad  de 
Nuremberg,  habiéndose  allí  compuesto  todas  las  ciudades  marí- 
timas, viendo  la  poca  salud  que  había  en  la  ciudad  de  Ulma, 
determinó  de  venirse  á  la  de  Augusta  para  tener  allí  las  Cor- 
tes que  pensaba  hacer  en  Alemania,  en  la  cual  entró  por  el 
mes  de  Agosto,  é  hizo  llamamiento  de  Cortes  á  i.°  de  Septiem- 
bre. Y  vinieron  á  ella  los  seis  Electores,  conviene  á  saber  :  de 
los  eclesiásticos  Sebastián,  Arzobispo  de  Maguncia,  y  Juan, 
Arzobispo  de  Trever ;  Adolfo,  Arzobispo  de  Colonia,  y  de  los 
seglares  Federico,  Duque  de  Baviera,  y  Mauricio,  Duque  de 
Sajonia,  y  Landgrave  de  Turingia,  y  Joaquín,  Marqués  de 
Brandamburg.  Vinieron  asimismo  otros  Príncipes  eclesiásticos 
y  seglares,  como  fueron  el  Cardenal  y  Obispo  de  Trento,  y  el 
Arzobispo  de  Salsburg,  y  los  Obispos  de  Viasburg,  Constan- 
cia y  el  de  Augusta,  y  los  Condes  de  Fustemberg  y  de  Sol- 
mes,  y  de  Brestain,  y  Guillermo  de  Balburge.  Asimismo  otros 
muchos  Obispos  que  estaban  ausentes  enviaron  sus  Embajado- 
res, y  lo  mismo  hicieron  otros  señores  de  Alemania  sujetos 
al  Imperio,  como  fueron  el  Duque  de  Vitemberg  y  el  de  Sa- 
boya,  y  el  Bulgravio  de  Misna,  y  los  Condes  de  Nasao  y  de 
Otuguen,  Regastain  y  de  Uldemburg,  y  el  Barón  de  Limburg. 
Y  de  las  ciudades  vinieron  Embajadores  de  Colonia,  Aquis- 
grán,  Maguncia,  Vormes,  Espira,  Franfordia,  Bairenburga , 
Ratisbona,  Xumberga,  Ulma  y  otras. 

Los  cuales  como  fueron  juntos  en   la  ciudad   de  Augusta , 
fué  Su  Majestad  con   ellos  un   día  á  la  Casa  de  la  ciudad,   á 


-,  71  — 

donde  estaba  aderezado  muy  ricamente  su  asiento  y  el  de  los 
Electores  y  de  los  otros  Príncipes  y  Prelados  del  Imperio,  ante 
los'' cuales  Su  Majestad  mandó  leer  la  proposición  siguiente: 

El  Emperador  hace  declarar  á  los  Estados  del  Sacro  Impe- 
rio, que  piensa  que  tendrán  memoria  de  su  paterna  afición  y 
solicitud  continua  que  ha  tenido  de  los  negocios  y  cosas  to- 
cantes á  esta  Germania  desde  el  principio  de  su  Imperio  hasta 
ahora,  y  que  siempre  ha  buscado  todas  las  vías  posibles  para 
que  en  todo  el  dicho  Imperio  hubiese  paz,  justicia,  reposo  y 
unión,  y  que  la  policía  y  buenas  ordenanzas  se  hiciesen  y  ob- 
servasen, y  que  para  esto  Su  Majestad  muchas  veces  dejando 
sus  Reinos  y  Señoríos  patrimoniales  con  riesgo  de  su  persona, 
y  no  embargante  sus  malas  indisposiciones  y  aun  grandísimos 
gastos  y  daño  de  las  dichas  sus  tierras,  Reinos  y  Señoríos  (de 
las  cuales  hay  algunos  años  que  está  ausente) ,  ha  hecho  todo 
lo  que  ha  podido  y  aún  más  para  con  expedientes  buenos  y 
amigables  medios  se  pudiese  dar  remedio  á  los  grandes  bulli- 
cios y  revueltas,  y  por  preservar  la  dicha  nación  de  inconve- 
nientes y  peligros  en  que  según  la  apariencia  podía  caer. 

V  aunque  Su  Majestad  tenía  esperanza  de  hallar  alguna 
oportunidad  y  expediente  para  que  en  fin  pudiese  librar  la  di- 
cha Germania  de  los  aparentes  peligros  é  inconvenientes  y 
reducirla'  á  buena  unión  y  concordia,  y  para  esto  había  conve- 
nido y  convocado  los  Estados  en  la  Dieta  que  últimamente  se 
celebró  en  Wormancia,  y  que  en  aquélla  no  se  pudo  tomar  re- 
solución por  algunas  importantes  causas,  señaladamente  por 
la  ausencia  de  la  mayor  parte  de  los  dichos  Estados,  había 
sido  Su  Majestad  prorrogando  la  dicha  Dieta  y  transferídola 
á  la  ciudad  de  Ratisbona,  y  nombrado  el  día  de  los  Reyes  del 
año  de  cuarenta  y  seis.  Todavía  Su  Majestad  ha  hallado  en  esta 
misma  no  menores  dificultades  que  en  la  precedente  de  Wor- 
mancia. De  manera  que  habiendo  requerido  algunos  Príncipes 
y  Electores  para  que  personalmente  se  hallasen  en  dicha  Dieta 
y  para  que  en  presencia  se  pudiesen  más  fácilmente  persuadir 
á  lo  que  convenía  para  la  buena  y  breve  dirección  de  los  nego- 
cios, y  que  también  persuadiesen  á  otros  á  lo  mismo  con  espe- 
ranza que  al  cabo  con  ser  todos  presentes  se  podía  acabar  todo 


—  72  — 

de  una  vez  y  todo  á  buena  fin  y  extirpar  las  divisiones  y  di- 
sensiones, y  que  Su  Maj estad  no  obstante  su  indisposición  llegó 
allí  primero  que  los  Estados.  Pero  con  todo  esto  no  vino  á 
ella  sino  un  solo  Elector  y  pocos  otros  Príncipes  y  Estados,  y 
aun  la  mayor  parte  de  ellos  se  fueron  de  Ratisbona  sin  esperar 
licencia  de  Su  Majestad,  y  ella  viendo  esto  que  no  se  podían 
conveniblemente  tratar  los  negocios  por  los  cuales  era  indicta 
la  dicha  Dieta  sin  presencia  ele  los  ausentes,  dio  también  li- 
cencia á  algunos  para  que  se  fuesen. 

Y  por  esto  sucedió  que  por  no  haber  comparecido  los  Elec- 
tores y  otros  Príncipes  y  Estados,  no  se  pudo  tomar  ni  tratar 
resolución  alguna  en  los  negocios  más  que  en  Vormes.  Y  así 
quedó  entonces  sin  efecto  lo  que  Su  Majestad  por  su  gran  afi- 
ción que  tiene  al  bien  público  y  reposo  y  tranquilidad  á  esta 
nación  esperaba,  y  todavía  queda  con  el  mismo  deseo  ni  tiene 
otro  más  á  pechos  que  de  buscar  vías  y  medios  y  hacer  todo 
lo  que  pudiere  para  meter  y  entretener  paz  y  justicia  en  el  Sa- 
cro Imperio. 

Viendo  Su  Majestad  que  las  dichas  Dietas  pasadas,  señala- 
damente la  de  Ratisbona,  quedaron  ilusorias  por  la  contuma- 
cia y  menosprecio  y  pláticas  intolerables  y  contrarias,  con  las 
cuales  se  nabía  puesto  y  se  tenía  la  dicha  Germania  en  turbu-. 
lencias  y  llena  de  divisiones  y  violencias  y  la  autoridad  impe- 
rial intolerablemente  ofendida  (como  todos  los  Estados  saben/, 
ella  pretendió  de  poner  remedio  en  esto,  como  lo  declaró  é  hizo 
notificar  por  sus  propios  Comisarios,  mensajeros  y  letras  á  mu- 
chos Estados,  con  declaración  general  que  hizo  de  su  intención 
y  causa  de  la  empresa  y  de  querer  tratar  amigablemente  el 
negocio  de  la  religión.  Y  pues  que  Dios  por  su  divina  bondad 
ha  dado  á  la  dicha  empresa  de  Su  Majestad  el  progreso  y  fin 
que  todos  los  Estados  saben,  de  lo  cual  le  dan  muchas  gra- 
cias, ha  hecho  convocar  la  presente  Dieta  para  tratar  el  nego- 
cio de  la  religión  y  otros  puntos  concernientes  á  la  entera  paci- 
ficación, reposo,  quietud  y  tranquilidad  del  dicho  Imperio. 

Y  porque  la  diferencia  de  la  religión  ha  sido  y  es  raíz,  fun- 
damento y  causa  de  toda  la  mala  ventura  que  es  venida  en 
esta  Germania,  y  que  cada  día  va  de  mal  en  peor,  de  manera 


—  73  — 

que  si  se  hubiese  de  arraigar  más  y  esto  se  hubiese  de  sufrir 
no  se  habría  de  esperar  jamás  firme  paz,  quietud  ni  concor- 
dia. Y  habiendo  Su  Majestad  ya  tanto  trabajado  por  atajar  este 
grandísimo  mal,  así  con  los  Estados  de  la  Germania  como  en 
procurar  el  Concilio  (el  cual  ha  sido  indicto  y  convocado  en 
Trento  en  la  nación  Germania),  según  que  los  dichos  Estados 
lo  han  suplicado,  por  ende  ella  tiene  por  bien  y  por  cosa  nece- 
saria y  está  determinada  del  todo  de  no  más  diferir  ni  remitir 
este  punto,  antes  se  entiende  que  se  reduzca  á  final  determi- 
nación por  todas  las  vías  católicas  que  para  esto,  se  podrán 
hallar.  Y  que  en  esto  se  mire  desde  ahora  y  con  esto  firmar 
paz  y  unión  y  concordia  cristiana  en  esta  Germania,  con  la 
cual  Dios  sea  servido  y  la  dicha  Germania  quede  tranquila  y 
torne  á  su  antigua  prosperidad,  como  ha  sido  y  es  siempre  la 
intención  y  deseo  de  Su  Majestad. 

Y  porque  haciendo  esto,  en  lo  demás  se  hallan  'harto  bas- 
tantes las  ordenaciones  y  constituciones  del  Landfriden,  Su 
Majestad  tiene  por  bien  dejarlo  en  los  términos  en  que  está. 
Pero  si  los  Estados  piensan  ser  necesario  de  remediar  ó  acla- 
rar alguna  cosa  en  ello,  Su  Majestad  holgará  de  entender  el 
parecer  y  aviso  de  los  Estados  y  no  dejar  de  hacer  la  provisión 
en  todo  lo  que  fuese  necesario. 

Verdad  es  que  para  la  confirmación  de  la  dicha  paz  es  nece- 
sario de  haber  común  é  igual  justicia,  y  Su  Majestad  no  en- 
tiende de  dejar  con  menosprecio  suyo  y  perjuicio  de  todos  los 
Estados  y  con  vergüenza  de  toda  la  nación  alemana  el  canter- 
gericht  más  tiempo  desproveído  y  el  mundo  sin  justicia  en 
manera  ninguna.  Pero  pues  que  la  presentación  de  los  asesores 
que  otras  veces  se  acordó  por  muchas  causas  que  intervinieron 
hasta  ahora  fué  estorbado,  y  ahora  algunos  Príncipes  y  Esta- 
dos y  Prelados  y  ciudades  acordaron  á  Su  Majestad  de  obede- 
cer á  la  justicia  que  Su  Majestad  ordenara  en  el  Imperio  y  de 
pagar  su  rata  para  el  entretenimiento  del  dicho  camergericht , 
Su  Majestad  requiere  á  todos  los  Estados  que  en  beneficio  de 
obra  tanto  necesaria  y  por  haber  más  presto  la  justicia  en  el 
Imperio,  que  los  Estados  remitan  la  disposición  del  camerge- 
richt por  esta  vez  generalmente  y  del  todo  á  Su  Majestad,  y 


—  74  — . 

tengan  por  bien  de  pagar  su  rata  para  la  sustentación  de  él. 

Y  Su  Majestad  ofrece  y  entiende  de  proveer  de  un  camerrich- 

ter  que  sea  persona  calificada  y  docta  para  hacer  honra  á  Su 

Majestad  y  al  juicio,  y  que  él  haga  su  deber.  Y  asimismo  que 

Su  Majestad  provea  de  asesores  y  de  otras  personas  calificadas 

y   suficientes,   y   les  hará   tomar   juramento   de   hacer  justicia 

t       l 
igual  y  ordinaria  á  todos. 

Y  pues  por  el  mucho  tiempo  que  el  dicho  juicio  de  la  cá- 
mara ha  sido  desproveído  se  son  acumulados  infinitos  proce- 
sos, que  el  número  ordinario  de  consejeros  y  asesores  no  será 
bastante  para  la  vista  y  definición  de  ellos,  así  de  los  viejos 
como  de  los  que  por  apelaciones  después  serán  divolutos,  y 
los  que  de  cada  día  sucederán,  parece  á  Su  Majestad  que  sería 
necesario  de  crecer  el  número  á  lo  menos  de  hasta  diez  asesores 
supernumerarios,  conforme  al  derecho,  leyes,  ordenaciones  y 
constituciones  de\  Imperio,  de  ios  cuales  diez  se  podrán  tomar 
para  henchir  los  lugares  que  como  por  semejante  causa  otra 
vez  se  hizo,  los  cuales  ayuden  á  la  decisión  de  los  dichos  pro- 
cesos, por  'muerte  ó  de  otra  manera  vacaren  de  los  ordinarios, 
reservando  para  después  á  los  Estados  que  tienen  derecho  de 
presentación  su  derecho  de  ella,  al  cual  por  esta  vez  sola  y  de 
su  consentimiento  sería  derogado. 

ítem  :  á  fin  que  los  Estados  no  vengan  á  mayor  diferencia 
y  discordia  y  pleitos,  y  por  causa  de  la  jurisdicción  y  bienes 
eclesiásticos  desposeídos  Su  Majestad  quiere  tener  por  reser- 
vado de  tratar  ahora  luego  amigablemente  entre  los  Estados, 

0 

y  en  caso  que  no  se  pudiese  hallar  concierto,  de  dar  modo  y 
orden  convenible  de  lo  que  se  ha  de  hacer  en  este  caso. 

Cuanto  á  la  ayuda  contra  el  Turco,  de  la  cual  ha  sido  tra- 
tado en  las  precedentes  Dietas,  Su  Majestad  deja  esto  hasta 
la  venida  del  Serenísimo  Rey  de  Romanos,  su  muy  caro  her- 
mano, el  cual  en  breve  llegará  aquí,  y  entonces  avisará  más 
particularmente  de  la  tregua  hecha  con  el  dicho  Turco,  y  de 
la  que  se  habrá  de  mirar  y  proveer  en  tal  caso. 

ítem  :  siendo  informado  Su  Majestad  que  sea  mirado  y 
practicado  entre  los  Estados  de  muchos  avisos  para  igualar  las 
tasas  y  contribuciones  del  Imperio  y  de  cómo  se  podría  orde- 


—  75  — 

nar  una  general  y  durable  moneda  en  él  dicho  Imperio,  y  ha- 
biendo Su  Majestad  en  las  Dietas  pasadas  de  Wormancia  y  Ra- 
tisbona  pedido  la  relación  de  lo  que  se  había  avisado  en  esta, 
no  alcanzándole  aún  á  esta  causa,  Su  Majestad  requiere  á  los 
Estados  que  le  informen  acerca  de  estos  puntos  en  qué  térmi- 
nos anda  el  negocio.  Y  Su  Majestad  tendrá  cuidado  de  proveer 
y  procurar  todo  lo  que  fuere  convenible  para  la  justificación 
de  las  tasas  y  reformación  de  la  moneda. 

Otrosí :  Su  Majestad  Cesárea  ha  mandado  que  se  miren  las 
ordenanzas  de  la  policía  que  los  Estados  entregaron,  avisaron 
y  entendieron,  y  Su  Majestad  en  breve  declara  su  voluntad  é 
intención  en  este  caso. 

Por  el  postrero,  aunque  Su  Majestad  tuvo  voluntad  en  al- 
gunas Dietas  pasadas  de  entender  y  determinar  las  diferencias 
de  la  sesión,  pero  á  causa  que  los  Estados  no  dieron  sus  títu- 
los y  documentos  y  por  otros  impedimentos  este  negocio  se  ha 
quedado  hasta  ahora,  pero  al  fin  que  las  dichas  diferencias  que 
ya  de  tanto  tiempo  acá  duran  se  determinen  ya  una  vez,  y 
para  que  haya  de  allí  en  adelante  entre  los  Estados  mejor  vo- 
luntad y  afección,  Su  Majestad  pide  y  requiere  que  los  Esta- 
dos que  tuvieren  diferencia  alguna  en  la  sesión  entreguen  luego 
todos  sus  títulos  y  razones  de  que  se  piensan  aprovechar,  y 
Su  Majestad  después  de  haberlo  visto  y  examinado  todo  pro- 
veerá y  entenderá  de  componer  amigablemente  con  aviso  de 
los  Estados  que  no  fueren  parte  las  dichas  diferencias  ó  deter- 
minarlas de  otra  manera  como  conviniere  y  sea  razón. 

Allende  de  esto,  pues  Su  Majestad  Cesárea  por  la  afección 
paternal  y  clementísima  que  tiene  á  la  nación  alemana  y  á  los 
Estados  de  ella  desea  mucho  procurar  todo  aquello  que  puede 
servir  y  para  el  bien  de  ella,  y  que  Su  Majestad  halla  que  de 
algún  tiempo  acá  contra  la  costumbre  antigua  del  Imperio  se 
han  tenido  muchos  apartados  por  algunos  Estados  entre  sí  mis- 
mos con  diversas  persuasiones,  y  de  donde  se  han  sucedido 
muchas  contrariedades  é  impedimentos,  y  muchos  han  sido  di- 
vertidos de  sus  buenas  opiniones  que  antes  tenían,  allende  de 
lo  que  no  es  lícito  en  cosas  del  Imperio  que  son  de  tanta  im- 
portancia, antes  cada  uno  ha  de  decir  y  dar  su  voto  y  aviso 


rr  /* 

íO    — 

en  el  ayuntamiento  de  todo  el  Consejo  (según  la  costumbre  an- 
tigua- de  Alemania,  y  esto  según  su  entendimiento  lo  mejor 
que  alcanzaren),  y  esto  á  fin  que  todas  las  cosas  se  puedan 
acabar  tanto  mejor  y  reducir  á  buen  concierto.  Por  esta  causa 
Su  Maj  estad  requiere  y  es  su  intención  que  los  Estados  y  cada 
uno  de  ellos  se  hayan  de  apartar  de  semejantes  particulares 
consejos  y  persuasiones,  y  cada  uno  decir  su  parecer  libre- 
mente en  ayuntamiento  de  todo  el  Consejo  y  guardar  y  espe- 
rar la  resolución  sobre  ello. 

IvO  cual  todo  Su  Majestad  ha  querido  notificar  á  los  Estados 
como  clementísimo  Emperador,  y  requerirlos  juntamente  con 
esto  otra  vez  muy  encarecidamente  que  tomen  á  pechos  todos 
los  puntos  sobredichos  y  que  los  piensen  y  examinen  con  dili- 
gencia y  cuidado  y  se  muestren  en  todo  esto  según  la  petición 
de  Su  Majestad  y  confianza  que  de  ellos  tiene,  y  que  usen  en 
esto  de  breve  tratación  con  prisa  (en  cuanto  fuere  posible),  y 
Su  Majestad  tendrá  cuidado  de  reconocer  y  agradecerlo  á  los 
Electores,  Príncipes  y  Estados,  á  todos  en  común  y  á  cada  uno 
en  particutlar,  con  toda  amicicia  y  clemencia. 


CAPITULO  IX 

De  bo  que  en  suma  respondieron  los  Príncipes,  Prelados,  Con- 
des y  Barones  del  Imperio  á  la  proposición  que  Su  Majes- 
tad les  había  hecho. 

Después  que  los  Electores,  Príncipes  y  Prelados  hubieron 
oído  lo  que  el  Emperador  les  había  propuesto,  le  respondieron 
que  ellos  lo  verían  más  despacio  y  que  responderían  á  Su  Ma- 
jestad lo  que  les  pareciese.  Y  con  esto  salieron  aquel  día  de  las 
Cortes,  en  las  cuales  se  juntaron  muchas  veces,  y  al  cabo  de- 
terminaron de  dar  á  Su  Majestad  la  siguiente  respuesta  : 

Primeramente  dieron  muchas  gracias  á  Su  Majestad  por  la 
benevolencia  que  con  ellos  había  usado,  ofreciendo  de  obedecer 
á  aquélla  en  todo  lo  que  fuese  lícito.  Y  porque  habían  diferido 
algún   tanto  la  respuesta    (aunque  no  voluntariamente)    supli- 


—  77  — 

caban  á  Su  Majestad  les  tuviese  por  excusados,  pues  no  había 
sido  por  su  culpa. 

Y  cuanto  al  primer  artículo  de  la  proposicón,  concerniente 
á  lo  de  la  religión,  decían  ser  á  todos  manifiesto  que  no  sola- 
mente tocaba  esta  controversia  á  la  Germania,  pero  aun  siendo 
común  este  negocio  de  la  religión  á  otras  naciones.  Por  lo  cual 
parecía  que  no  se   podía  remediar  sino  con  general   Concilio, 

i 

que  antes  de  ahora  había  sido  pedido  en  muchas  Cortes.  Y  final- 
mente, se  había  alcanzado  por  Su  Majestad  que  no  solamente 
se  debía  continuar  el  Concilio  convocado  en  la  ciudad  de  Tren- 
to,  pero  aun  siendo  común  este  negocio  de  la  religión,  que  los 
otros  potentados  de  la  cristiandad,  especialmente  los  Arzobis- 
pos y  Obispos  de  Alemania,  de  donde  había  nacido  esta  disen- 
sión, interviniesen  ellos  mismos  en  el  dicho  Concilio  ó  por  sus 
diputados  personas  doctas  é  idóneas,  al  cual  fuesen  también 
llamados  y  oídos  con  suficiente  seguridad  y  salvo  conducto  de 
las  órdenes  de  la  confesión  Augustana  é  inducidos  por  Su  Ma- 
jestad para  que  consintiesen  en  este  general  Concilio,  conmo- 
viéndoles á  que  se  sometiesen  y  obedeciesen  á  la  determina- 
ción de  él,  con  condición  que  si  algunos  artículos  fuesen  con- 
cluidos, de  los  cuales  no  constan  fuesen  revistos.  Y  los  Estados 
de  la  dicha  Augustana  confesión  oídos  sobre  ellos  enteramente 
y  entendida  la  razón  de  su  doctrina  que  no  pareciese  haber  sido 
tratado  y  determinado  el  negocio  sin  oir  la  parte  y  con  esto 
tuviesen  causa  de  excusarse  en  algún  tiempo,  esperando  que 
Dios  Nuestro  Señor  daría  su  gracia  por  que  su  pueblo  que 
tanto  tiempo  había  que  estaba  desconsolado  y  desolado  fuese 
reducido  á  la  verdadera  doctrina. 

Cuanto  á  lo  que  tocaba  á  la  paz  pública,  porque  Su  Majes- 
tad admitía  que  se  pudiese  rever  y  mejorar  con  ofrecimiento  de 
ayudar  en  ello  de  que  le  hacían  muchas  gracias,  ofreciendo  de 
elegir  y  depurar  juntamente  con  los  Electores  algunas  personas 
para  esta  revista  como  negocio  público  y  provechoso,  y  decla- 
rar á  Su  Majestad  todo  lo  que  en  esto  pareciese  conveniente. 

Y  aunque  la  presentación  de  los  asesores  del  juicio  de  la 
Cámara  fuese  con  grandísimo  perjuicio  de  manera  que  los  Es- 
tados con  dificultad  lo  pudiesen   conceder  á  Su  Majestad   sin 


—  78  — 

disminución  de  la  autoridad  de  ellos  (atento  que  todas  las  or- 
denaciones del  Imperio  les  atribuían  este  derecho  desde  tiempo 
innumerable),  y  que  para  este  juicio  de  la  Cámara  era  necesario 
diputar  hombres  no  solamente  doctos,  mas  aun  expertos,  de 
todas  las  religiones  y  estatutos  municipales,  lo  cual  sólo  su- 
piese hacer  cómodamente  por  los  Estados  del  Imperio  y  que  la 
causa  moviente  á  Su  Majestad  á  esta  petición  suya  por  la  ma- 
yor extinta  todavía  por  mostrar  su  obediencia,  y  que  se  viese 
como  no  deseaban  sino  toda  la  paz  y  tranquilidad  del  Imperio, 
consentían  que  Su  Majestad  pudiese  diputar  á  los  asesores  del 
juicio  de  la  Cámara  con  estas  condiciones  que  se  seguían. 

Es  á  saber  :  que  el.  Emperador  por  esta  vez  pudiese  de  con- 
sentimiento de  los  Estados  á  Su  Majestad  concedido  constituir 
el  juicio  de  la  Cámara  por  personas  honestas,  hábiles  y  doctas, 
competentes,  sabias  y  calificadas  naturales  de  Alemania  y  ex- 
pertas de  las  religiones,  costumbres  y  estatutos  municipales  de 
aquélla,  con  que  las  dichas  personas  fuesen  obligadas  de  hacer 
el  debido  juramento  conforme  á  las  ordenanzas  del  juicio  de  la 
Cámara  Imperial. 

ítem  :  que  Su  Majestad  quisiese  tomar  estas  tales  personas 
de  los  círculos  del  Imperio  conforme  á  la  costumbre  que  hasta 
ahora  se  había  guardado,  nombrando  y  señalando  á  cada  círculo 
sus  asesores  para  que  faltando  alguno  de  ellos  pudiesen  los  Es- 
tados de  aquel  tal  círculo  diputar  otro  en  su  lugar. 

ítem  :  que  en  el  receso  de  esta  Dieta  se  proveyese  expresa- 
mente que  esta  concesión  ó  admisión  de  los  Estados  no  los 
perjudicase  con  ninguna  manera  á  ellos  ni  á  sus  privilegios  de 
derecho  ó  de  costumbre,  conforme  al  ofrecimiento  hecho  por 
Su  Majestad  en  la  proposición.  Y  con  esto'  pedían  también  que 
en  el  dicho  juicio  de  la  Cámara  fuese  diputado  un  juez  con- 
veniente y  natural  de  Alemania. 

Y  porque  en  el  dicho  juicio  de  la  Cámara  pendían  al  pre- 
sente muchas  causas  indecisas,  consentían  los  Estados  en  favor 
á  la  justicia  que  Su  Majestad,  demás  del  número  acostumbrado, 
pudiese  á  sus  costas  de  ellos  adjuntar  al  dicho  juicio  de  la  Cá- 
mara diez  personas  doctas  por  dos  años  y  si  necesario  fuese  por 
tres,  tan  solamente  para  la  expedición  de  los  antiguos  negocios 


—  79  — 

y  aun  de  los  otros  conforme  á  la  moderación  y  amparo  del 
juicio  de  la  Cámara,  de  manera  que  si  no  fuese  con  razonables 
causas  no  sirviesen  estas  diez  personas  para  otros  negocios 
sino  á  la  expedición  y  relación  de  las  causas  antiguas,  por  que 
los  asesores  ordinarios  no  echasen  la  carga  á  los  adjuntos  y 
fuese  causa  de  estar  ellos  ociosos  y  perezosos. 

Demás  de  esto  les  parecía  ser  necesario  que  en  la  presente 
Dieta  se  reviese  y  reformase  la  ordenación  del  juicio  de  la  Cá- 
mara por  personas  doctas  y  expertas  de  ella  para  que  se  pu- 
diese alcanzar  la  debida  justicia  en  Alemania. 

Y  aunque  no  pareciese  grave  que  Su  Majestad  entretuviese 
este  negocio  de  la  Cámara  en  todo,  á  lo  menos  por  alguna  parte 
todavía  por  conservación  de  la  justicia  y  común  tranquilidad, 
queriendo  mostrar  la  obediencia  que  tenían  á  Su  Majestad,  eran 
contentos  de  conservar  los  asesores  del  juicio  de  la  Cámara  y 
habidos  de  las  órdenes  del  Imperio,  aunque  fuese  contra  la 
costumbre  hasta  ahora  introducida,  y  no  obstante  que  hasta 
ahora  los  Estados  nunca  habían  podido  ser  inducidos  á  esto 
hasta  que  se  pudiese  hallar  algún  modo  ú  obra  con  que  el  dicho 
juicio  de  la  Cámara  se  conservase  sin  pesadumbre  de  Su  Ma- 
jestad y  de  los  Estados.  Quisieron  ofrecer  de  tratar  entre  los 
Estados  por  razón  de  la  jurisdicción  y  bienes  eclesiásticos  que 
habían  sido  quitados  y  ocupados  dándoles  gracias  por  ello, 
le  suplicaron  que  por  sí  ó  por  sus  comisarios  promoviese  este 
negocio.  Y  en  caso  que  las  partes  no  se  pudiesen  concertar  ami- 
gablemente quisiese  Su  Majestad  proveer  de  administración  de 
justicia  por  vía  ordinaria  á  cualquier  agravio. 

Cuanto  á  lo  que  tocaba  á  la  ordenación  de  la  policía,  los 
Estados  pidieron  la  respuesta  de  Su  Majestad;  pero  en  lo  que 
tocaba  al  derecho  de  la  sesión  remitieron  las  partes  que  de  ello 
tenían  diferencia  á  Su  Majestad. 

Finalmente,  dijeron  que  los  Estados  que  no  podían  encu- 
brir á  Su  Majestad  haber  sido  ellos  luego  después  de  hecha  la 
proposición  resolutos  y  aparejados  de  elegir  alguno  de  los  Es- 
tados, lo  cual  comunmente  se  llamaba  ¿a schufsmachen?, 

sobre  todos  los  artículos  del  Imperio  ;   es  á  saber  :  la  revista  de 
la  paz  pública,  ordenación  de  la  Cámara,  tasa  de  la  contribu 


—  80  — 

don  del  Imperio  y  ordenación  de  la  manera  para  que  debiesen 
proveer  el  negocio  conforme  á  la  costumbre  hasta  ahora  intro- 
ducida, y  requirieron  sobre  esto  muchas  veces  á  los  Electores; 
pero  no  lo  habían  podido  alcanzar  hasta  ahora  en  grandísima 
dilación  y  tardanza  de  todos  los  negocios  de  contra  la  costum- 
bre del  Imperio,  por  lo  cual  pidieron  á  Su  Majestad  por  utili- 
dad de  conservación  de  la  unión  entre  los  Estados  procurase 
que  los  Electores  de  aquí  adelante  no  dilatasen  los  negocios  de 
esta  manera,  sino  según  la  costumbre  antigua  del  Imperio. 
Y  para  que  aquello  se  pudiese  en  tanto  más  presto  expedir, 
consintiese  en  estos  delegados  y  de  presente  los  suyos  para 
que  estos  negocios  de  manera  se  pudiesen  conservar  unión  é 
igualdad  entre  los  Estados  y  órdenes  del  Imperio,  encomen- 
dándose con  esto  humildemente  á  Su  Majestad. 

Fecha  á  ocho  días  del  mes  de  Octubre  de  este  año. 

í 

CAPITULO  X 

Be  la  respuesta  dada  por  los  Príncipes  electores  á  la  proposi- 
ción que  Su  Majestad  les  había  mandado  proponer  en  estas 
dichas  Cortes. 

Y  en  este  mismo  día  los  Príncipes  electores  dieron  respuesta 
á  Su  Majestad  acerca  de  la  proposición  que  Su  Majestad  les 
había  propuesto  en  la  manera  siguiente  : 

Primeramente,  cuanto  á  lo  de  la  religión  dijeron  que  no 
entendían  harto  claro  la  proposición  del  Emperador,  si  Su 
Majestad  pedía  el  consejo  de  los  Electores  ó  verdaderamente 
si  ella  estaba  ya  resuelta  de  los  remedios  de  esta  disensión  y 
controversia  de  la  religión.  Por  lo  cual  no  queriéndose  anticipar 
los  dichos  Electores  al  consejo  y  parecer  de  Su  Majestad  de- 
seaban esto,  y  que  si  ella  estaba  ya  resuelta  del  modo  y  forma 
del  componer  la  dicha  disensión  y  controversia,  lo  declarase 
todo  á  los  dichos  Electores,  los  cuales  determinarían  después 
sobre  ello  y  ayudarían  de  buena  gana  cuanto  les  fuese  lícito 
y  se  pudiese  con  razón  á  determinar  en  que  la  dicha  contro- 
versia fuese  fenecida  y  acabada. 


—  81  — 

Pero  que  si  la  dicha  proposición  de  Su  Majestad  se  hubiese 
de  entender  así  que  se  requiriese  en  esto  el  consejo  y  parecer 
de  los  dichos  Electores,  estaban  aparejados  á  declarar  lo  que 
sentían  en  ello. 

Y  habiendo  en  este  punto  diversas  opiniones  entre  los  Elec- 
tores, la  una  parte  de  ellos  fué  de  parecer  que  ninguna  vía  se 
podía  proponer  mejor  que  remitir  esta  controversia  al  Concilio 
convocado  en  Trento  para  que  se  continuase  allí,  esperando 
que  por  esta  vía  ordinaria  con  el  ayuda  de  Dios  se  podría  venir 
á  verdadera  concordia.  Pero  suplicaron  á  Su  Majestad  que  en- 
tretanto hasta  que  el  Concilio  se  acabase  proveyese  de  remedios 
con  que  la  Germania  en  pacífico  regimiento  y  gobernación, 
los  cuales  remedios  de  que  les  fuesen  comunicados  consulta- 
rían sobre  ello,  ayudarían  y  proveerían  de  buena  gana  cuanto 
fuese  lícito  y  razonable,  no  pareciéndoles  necesario  tocar  nada 
por  entonces. 

El  salvoconducto  y  otras  cosas  contenidas  en  las  respuestas 
de  los  Príncipes,  que  Su  Majestad  como  católico  Empeíador  y 
abogado  de  la  Iglesia  sabría  imponer  conveniente  manera  en 
todas  estas  cosas  en  las  cuales  no  tenían  que  hacer  los  Estados. 

La  otra  parte  de  los  Electores  fué  de  parecer  que  no  se  debía 
de  anticipar  ni  adelantar  (como  arriba  está  dicho)  al  de  Su  Ma- 
jestad. Pero  rogáronle  todavía  que  la  controversia  de  la  reli- 
gión remitiese  al  Concilio  general  libre  cristiano  que  en  Trento 
ó  en  otra  parte  de  Alemania  se  celebrase  y  que  Su  Majestad 
de  su  imperial  oficio  proveyese  que  en  este  Concilio  se  prove- 
yesen todas  las  cosas  con  debida  manera,  y  que  todo  el  tratado 
y  conclusión  se  instituyese,  hiciese  y  determinase  cristiana  y 
piadosamente,  conforme  á  la  Sagrada  Escritura,  pospuestas  to- 
das pasiones  con  reformación  cristiana  ele  los  eclesiásticos  y 
seglares,  así  en  la  cabeza  como  en  los  miembros,  y  extirpación 
de  la  falsa  doctrina  y  abusos.  Y  que  el  Papa  se  sometiese  á  este 
Concilio  y  no  presidiese  en  él  y  los.  que  le  eran  obligados  con 
juramento  fuesen  libres  de  él  en  este  caso,  porque  en  otra  ma- 
nera no  sería  libre  el  Concilio. 

De  más  de  esto  Su  Majestad  hiciese  que  los  Estados  de  la 
confesión  Augustana  fuesen  llamados  al  dicho  Concilio,  y  pro- 


-  82  - 

veyese  de  su  Imperial  Majestad  y  potestad  que  éstos  con  los 
otros  íuesen  revistos  y  suficientemente  oídos,  y  consultasen  y 
concluyesen  todos  juntamente,  y  todos  en  común  fuesen  revis- 
tos los  artículos  que  se  dicen  haber  sido  determinados  por  el 
dicho  Concilio  de  Trento  sin  haber  sido  oídos  estos  Estados  y 
la  mayor  parte  de  los  otros  de  toda  la  Cristiandad. 

Y  que  como  aquellos  Estados  estuviesen  aparejados  de  en- 
viar al  dicho  Concilio  hombres  doctos,  píos  y  amadores  de  paz, 
suplicaron  á  Su  Majestad  los  recibiese  en  su  protección  y  pro- 
veyese que  pudiesen  ir,  estar  y  partir  seguramente  del  Concilio. 

Y  asimismo,  confiando  enteramente  que  Su  Majestad  se  ha- 
bría como  cristiano  Emperador  de  manera  que  el  loor  de  Dios 
y  la  doctrina  cristiana  y  la  verdad  fuesen  ensalzadas  y  susten- 
tadas, se  remitían  del  todo  al  arbitrio  de  Su  Majestad  para  que 
él  dispusiese  la  vía  y  forma  con  que  fuese  celebrado  el  cristiano 
libre  y  general  Concilio,  en  el  cual  se  hiciese  y  procediese  todo 
tratando  la  conclusión  pía  y  cristianamente  (como  dicho  es) , 
pospuestas  todas  pasiones  conforme  á  la  orden  de  la  Sagrada 
Escritura  (suplido),  juntamente  con  una  cristiana  y  útil  refor- 
mación de  la  falsa  doctrina  y  de  todos  los  abusos  (así  en  la  ca- 
beza como  en  los  pies  y  miembros) ,  esperando  sin  duda  que 
Dios  Nuestro  Señor  daría  á  Su  Majestad  como  se  tuviese  la 
manera  debida  en  esto. 

Y  asimismo,  remitieron  también  al  arbitrio  de  Su  Majestad 
que  se  prescribiese  y  estatuyese  una  cristiana  y  debida  refor- 
mación, que  en  este  medio  hasta  el-  fin  del  Concilio  la  nación 
alemana  fuese  retenida  en  pacífica  gobernación,  de  manera  que 
pudiesen  conversar  los  unos  con  los  otros  pía  y  cristianamente 
y  ninguno  fuese  agraviado  por  otro  contra  justicia. 

ítem  :  cuanto  al  artículo  de  la  paz.  Habiendo  propuesto  Su 
Majestad  ningún  remedio  ser  más  conveniente  que  la  consti- 
tución de  la  pública  paz  antiguamente  promulgada,  publicada 
y  declarada,  que  si  entretanto  los  Estados  pensasen  haberse 
de  corregir  ó  declarar  algo  cerca  de  esto,  que  Su  Majestad  los 
oyese  de  buena  gana  y  proveyese  en  ello. 

Los  Electores  discurrieron  harto  largo  en  su  respuesta  sobre 
este  artículo  en  cuántos  y  en  qué  puntos  tuviese  necesidad  la 


—  83  — 

dicha  constitución  de  enmendación  ó  declaración  (los  cuales 
dejamos  de  traducir  y  notar  aquí  por  causa  de  brevedad) ,  es- 
pecialmente no  habiendo  declarado  su  intención  en  esto  los 
Estados  de  los  Príncipes. 

ítem  :  cuanto  al  juicio  de  la  Cámara,  los  Electores,  consi- 
derando algunas  razones,  les  pareció  que  debían  advertir  en 
gran  manera  y  suplicar  á  Su  Majestad  como  en  cosa  muy  im- 
portante que  fuese  constituido  un  juez  docto,  honesto  é  idóneo 
de  la  misma  nación  alemana  y  que  supiese  bien  las  constitu- 
ciones de  la.  dicha  provincia. 

Y  en  lo  que  tocaba  á  la  accesión  de  los  asesores,  aunque 
en  esto  derogase  algún  tanto  el  derecho  antiguo  de  presenta- 
ción que  pertenecía  á  los  dichos  Estados,  todavía  eran  conten- 
tos (á  petición  de  Su  Majestad)  de  remitirle  á  su  arbitrio  por 
esta  vez  la  diputación  de  los  diversos  asesores  con  tanto  que 
sean  doctos,  suficientes  y  naturales  de  Alemania  y  prácticos 
de  las  costumbres  de  las  dichas  tierras  y  estatutos,  con  los  jura- 
mentos acostumbrados  (conforme  á  las  ordenanzas  del  Imperio) 
y  del  juicio  de  la  Cámara,  las  cuales  quedasen  enteramente  en 
su  fuerza  y  vigor,  y  que  los  dichos  asesores  se  recibiesen  según 
era  costumbre  de  los  Electores  y  círculos,  diputados  si  ahí  se 
hallasen  y  después  de  allí  en  adelante  se  nombrasen  y  dipu- 
tasen á  cada  Elector  y  círculo  sus  asesores  para  que  se  supiese 
el  que  había  de  tener  derecho  de  presentar  en  lo  venidero,  y 
cuando  faltase  alguno  de  los  dichos  asesores  que  se  proveyese 
y  declarase  en  el  receso  de  esta  Dieta  conforme  á  la  voluntad 
de  Su  Majestad  esta  diputación  no  fuese  perjudicial  al  derecho 
de  presentación  ó  pertenecer  á  los  Estados. 

Fueron  asimismo  contentos  los  Electores  que  para  expedir  la 
multitud  de  los  pleitos  y  causas  de  más  del  número  de  los  dipu- 
tados por  un  tiempo  cierto  pudiesen  ser  elegidos  otras  diez  per- 
sonas con  salarios,  los  cuales  juntamente  con  los  asesores  acos- 
tumbrados oyesen  suficientemente  las  partes  y  determinasen  las 
causas  así  viejas. como  nuevas,  según  al  juicio  de  la  Cámara  pa- 
reciese ser  necesario  la  diputación  de  las  dichas  diez  personas. 

Remitieron  asimismo  los  Electores  al  arbitrio  de  Su  Majes- 
tad con  las  condiciones  arriba  declaradas. 


—  84  — 

Y  cuanto  al  entretenimiento  del  juicio,  los  dichos  Electores 
ofrecieron  tomarlo  en  sí  juntamente  con  los  Estados  por  algu- 
nos años  y  á  lo  menos  por  tres  venideros  concertándose  entre 
ellos  de  la  tasa,  suplicando  á  Su  Majestad  que  habiendo  consi- 
deración á  los  gastos  que  hasta  aquí  habían  tenido  fuese  servido 
de  contentarse  con  esto,  y  entretanto  mirase  juntamente  con 
ellos  de  manera  que  se  pudiese  entretener  en  lo  venidero  el 
dicho  juicio  á  provecho  de  Su  Majestad  y  de  los  dichos  Esta- 
dos, 3^  que  se  declarase  el  tiempo  que  fuese  constituido  para  el 
dicho  juicio  y  cuando  comenzase,  y  que  Su  Majestad  eligiese 
por  lugar  á  Espira  como  ciudad  muy  suficiente  para  este  ne- 
gocio. 

Fueron  de  parecer  los  dichos  Electores  que  el  Procurador 
fiscal  debiese  proceder  contra  los  Estados  que  consintiesen  del 
entretenimiento  de  los  tres  años  pasados  y  que  no  habían  pa- 
gado aún  su  salario,  guardándose  igualdad  en  esto  y  en  todo 
lo  que  de  allí  se  hubiese,  sirviese  para  el  ayuda  del  entreteni- 
miento venidero. 

ítem  :  cuanto  á  los  despojos  de  la  jurisdicción  eclesiástica, 
fueron  contentos  los  Electores  que  Su  Majestad  mirase  que  se- 
compusiesen  y  concertasen  amigablemente  las  diferencias,  su- 
plicando á  Su  Majestad  que  en  caso  que  no  se  pudiese  hacer 
el  tal  concierto  fuese  servido  de  considerar  alguna  manera  y 
orden  conveniente  con  que  las  partes  ausentes  no  fuesen  agra- 
viadas y  cada  uno  pudiese  brevemente  alcanzar  su  derecho  por 
razón  de  lo  que  hubiese  sido  despojado. 

En  lo  de  la  ayuda  contra  el  Turco,  los  Electores  consintie- 
ron que  se  difiriese  el  negocio  hasta  la  venida  del  Serenísimo 
Rey  de  Romanos,  diciendo  que  habían  holgado  de  entender  la 
tregua  hecha  con  el  Turco  como  más  largamente  pensaban  ser 
informados  por  su  Real  Majestad. 

Y  cuanto  á  la  moderación  de  la  tasa  y  ordenación  de  la 
moneda,  dijeron  los  Electores  haber  sido  tratadas  y  redimidas 
por  escrito  en  las  Cortes  pasadas  muchas  cosas  sobre  esto,  las 
cuales  por  diversas  causas  no  se  habían  podido  resolver,  y  por 
esto  no  se  había  hecho  hasta  ahora  ninguna  relación  á  Su  Ma- 
jestad,   á  la  cual   suplicaban   los   tuviese   por  excusados,    ofre- 


—  85  — 

• 

ciéndose  á  estar  aparejados  á  tornar  otra  vez  con  la  primera 
ocasión  todo  lo  que  en  ello  se  hubiese  hecho  para  poder  hacer 
■entera  relación  á  Su  Majestad. 

Cuanto  á  la  policía,  los  Estados  guardaron  la  resolución  de 
Su  Majestad  sobre  ello. 

Y  en  lo  de  la  sesión,  dijeron  que  pensaban  que  los  Estados 
que  tenían  entre  sí  alguna  controversia  sobre  ella  proponían 
sus  derechos  á  Su  Majestad  para  que  finalmente  se  averiguase 
esta  diferencia. 

Y  cuanto  á  los  consejos  apartados  y  otras  cosas  anexas  y 
contenidas  en  la  proposición,  se  ofrecieron  de  obedecer  á  Su 
Majestad  como  conviniese  y  a}^udarían  y  proveerían  todos  los 
negocios  cuanto  pudiesen. 

Hecha  á  ocho  días  de  Octubre.         / 

Y  en  este  tiempo  mientras  Su  Majestad  daba  orden  en  las 
cosas  de  la  Cámara  Imperial  y  en  la  paz  pública  y  policía  que 
se  había  de  tener  en  las  ciudades,  villas  y  lugares  del  Imperio, 
determinó  antes  de  tratar  de  las  cosas  de  la  religión  escribir  á  Su 
Santidad,  suplicándole  tuviese  por  bien  de  hacer  volver  los 
Cardenales  sus  Legados  y  á  los  otros  Arzobispos  y  Obispos  qué 
estaban  en  la  ciudad  de  Bolonia  á  la  de  Trento,  donde  se  había 
comenzado  á  hacer*  el  Concilio,  dando  muchas  causas  por  que  lo 
debía  hacer. 

Y  lo  mismo  escribieron  los  Electores  eclesiásticos  que  eran 
destinados  á  Concilio,  suplicándole  á  Su  Santidad  que  pues 
aquella  provincia  que  tan  apartada  había  estado  de  la  fe  y  de 
la  obediencia  de  la  Sede  Apostólica  y  quería  ahora,  por  gracia 
de  Nuestro  Señor,  reducirse  á  todo,  que  Su  Santidad  fuese  ser- 
vido de  enviar  con  presteza  á  los  Prelados  que  habían  de  ir  á 
Trento,  pues  cuanto  más  dilación  hubiese  en  ello  más  tardaría 
el  remedio  que  esperaba  darse. 

Para  lo  cual  asimismo  había  enviado  Su  Majestad  por  Em- 
bajador á  Su  Santidad  al  Cardenal  de  Trento  para  que  en  nom- 
bre de  Su  Majestad  y  del  Serenísimo  Rey  de  Romanos  y  de 
todas  las  órdenes  del  Sacro  Imperio  suplicase  que  los  Cardena- 
les y  Obispos  que  estaban  en  Bolonia  los  mandase  volver  á 
Trento,  y  que  no  perdiese  tan  buena  ocasión  ganada  con  tantos 


—  86  — 

trabajos  y  peligros.  Y  asimismo  envió  Su  Majestad  á  D.  Diego 
de  Mendoza  (su  Embajador  en  Roma)  para  que  si  Su  Santidad 
pusiese  alguna  dilación  en  ello  y  no  quisiese  efectuar  su  justa 
demanda,  que  pública  y  secretamente  tomase  testigos  de  lo 
que  pasaba  y  que  hablase  á  todos  los  Procuradores  que  en  Bo- 
lonia estaban  para  que  si  Su  Santidad  lo  rehusase  y  ellos  pusie- 
sen alguna  dilación,  protestase  públicamente  ser  injusta  la 
traslación  del  Concilio  y  todas  las  cosas  que  allí  se  habían  he- 
cho. El  cual  requerimiento  como  fuese  hecho  por  D.  Diego  de 
Mendoza  al  Papa,  Su  Santidad  tomó  término  para  consultar 
sobre  ello  con  los  Cardenales  que  estaban  en  Bolonia,  los  cuales 
fueron  de  parecer  que  el  Concilio  estuviese  en  Bolonia  y  que 
había  sido  justamente  y  por  legítimas  causas  allí  trasladado. 
El  cual  parece  aprobó  Su  Santidad,  en  la  verdad  más  por  la 
pasión  que  tenía  por  la  muerte  tan  fresca  de  su  hijo  Pero  Luis 
Frenesio,  al  cual  habían  muerto  ciertos  caballeros  de  la  ciudad 
de  Plasencia,  como  adelante  se  dirá,  y  de  no  quererle  Su  Ma- 
jestad -mandar  restituir  la  ciudad  de  Plasencia,  que  por  no 
ver  que  no  era  lícito  lo  que  Su  Majestad  y  los  del  Sacro  Imperio 
le  pedían 

CAPITULO  XI 

* 

Cómo  el  Príncipe  Don  Felipe  fué  á  Nuestra  Señora  de  Guada- 
lupe á  estar  la  Semana  Sania.  Y  de  allí  fué  á  tener  Cortes 
á  la  villa  de  Monzón,  en  el  Reino  de  Aragón,  las  cuales 
después  de  acabadas  se  volvió  á  la  villa  de  Alcalá  de  He- 
nares. Y  de  algunas  muertes  de  Reyes  y  otros  señores  que 
en  este  año  hubo  y  mercedes  que  Su  Majestad  hizo  de 
Obispados  y  Encomiendas  y  otros  oficios.  Y  de  cosas  que 
acontecieron  en  Italia. 

Lo  que  en  este  tiempo  aconteció  en  España  fué  que  el  Prín- 
cipe Don  Felipe,  después  de  haber  estado  todo  el  año  de  cua- 
renta y  seis  y  de  este  de  cuarenta  y  siete  hasta  el  mes  de  Marzo 
en  la  villa  de  Madrid,   determinó  que  se  mudase  la  Corte,   y 


—  87  — 

porque  Su  Alteza  había  de  ir  este  año  á  la  villa  de  Monzón  á 
tener  allí  Cortes  de  los  Reinos  de  Aragón  y  de  Valencia  y  Prin- 
cipado de  Cataluña,  mandó  que  la  Corte  se  aposentase  en  la 
villa,  de  Aranda  de  Duero  para  tenerla  cerca  de  Aragón,  donde 
él  había  de  estar  para  las  cosas  que  sucediesen  en  el  Reino  de 
Castilla,  y  Su  Alteza  de  camino. 

Y  entretanto  que  la  Corte  se  aposentaba,  acordó  de  ir  á 
Nuestra  Señora  de  Guadalupe  á  tener  allí  la  Semana  Santa.  Y 
así  partió  de  Madrid,  yendo  acompañado  del  Arzobispo  de 
Toledo  D.  Juan  Martínez  Silíceo,  su  maestro,  y  del  Marqués 
de  Villena.  Y  pasando  por  la  villa  de  Tala  vera  vino  á  la  Puente 
del  Arzobispo,  y  de  allí  á  Guadalupe,  donde  como  dicho  tengo 
tuvo  la  Semana  Santa,  y  oyó  los  Oficios  divinos  y  se  confesó 
con  el  prior  de  dicho  Monasterio  y  recibió  el  Sacramento  con 
aquella  contrición  y  devoción  que  él  siempre  lo  acostumbraba 
á  hacer  y  como  el  tiempo  lo  demandaba.  Y  allí  le  vino  á  besar 
las  manos  el  Conde  de  Feria. 

Y  después  de  pasada  la  Pascua  partió  del  dicho  Monasterio 
y  volvió  á  Talavera,  donde  se  le  hicieron  muchos  regocijos  y 
fiestas  de  toros  y  juegos  de  cañas.  Y  luego  como  fuesen  acaba- 
das partió  de  allí  para  la  villa  de  Escalona  (que  es  del  Marqués 
de  Villena),  donde  le  hizo  grandes  fiestas  el  dicho  Marqués. 
Y  de  Escalona  se  partió  para  la  villa  de  Cadalso  para  una  casa 
que  el  Marqués  allí  tenía  de  placer.  Había  en  ella  mucha  caza 
de  puercos,  venados  y  conejos  y  otros  diversos  géneros  de  ani- 
males, y  de  pasatiempo.  Ea  cual  casa  y  caza  contentó  tanto  al 
Príncipe  que  ya  el  Marqués  se  había  arrepentido  de  haberlo 
llevado  á  ella. 

Y  de  allí  partió  para  Aranda  de  Duero,  donde  la  Corte  ya 
estaba  aposentada.  Y  después  de  haber  estado  en  ella  algunos 
días  partióse  por  el  mes  de  Junio  para  las  Cortes  de  Aragón, 
llevando  consigo  al  Arzobispo  de  Sevilla  y  el  Obispo  de  Eugo  y 
el  Almirante  de  Castilla  (aunque  también  para  ello  fué  llamado 
el  Duque  de  Escalona  y  lo  rehusó  poniendo  algunas  excusas) . 

Fué  el  Almirante  mucho  como  gran  señor  acompañado  de 
muchos  caballeros  y  continuos  de  su  casa,  haciendo  siempre 
plato   á  todos  los  caballeros  de  la   Corte.   Fueron   también   el 


—  88  - 

Marqués  de  Mondéjar  y  el  Conde  de  Oí  tientes  y  el  de  Fuen- 
salida,  y  á  cabo  de  algunos  días  el  Marqués  de  Cuéllar. 

Y  como  Su  Alteza  llegase  á  la  villa  de  Monzón  halló  que 
eran  ya  venidos  todos  Señores,  Caballeros,  Síndicos  y  Procu- 
radores de  aquellos  Reinos,  entre  los  cuales  vino  el  Duque  de 
Cardona  y  de  Segorbe  y  el  Duque  de  Gandía.  Y  así  se  comen- 
zaron las  Cortes,  yendo  Su  Alteza  el  primer  día  á  ellas  propo- 
niéndoles las  necesidades  que  el  Emperador  su  Señor  tenía  á 
causa  de  las  guerras  de  Alemania,  pidiéndoles  le  ayudasen  con 
alguna  suma  de  dinero  la  maj-or  que  pudiesen,  lo  cual  les  en- 
cargó que  hiciesen  con  toda  la  más  brevedad  que  pudiesen, 
porque  había  mucha  necesidad  de  su  presencia  en  los  Reinos 
de  Castilla  Y  los  Señores  y  Síndicos  de  aquellos  Reinos  res- 
pondieron al  Príncipe  que  ellos  hablarían  entre  sí  y  harían  lo 
que  Su  Alteza  les  mandaba.  La  cual  estuvo  en  Cortes  en  la 
dicha  villa  de  Monzón  lo  restante  de  este  año. 

En  el  cual  tiempo  aconteció  cierta  cuestión  entre  los  criados 
del  Almirante  de  Castilla  y  los  del  Arzobispo  de  Sevilla  (por- 
que el  uno  vivía  enfrente  del  otro) ,  y  los  criados  del  Arzobispo 
entraron  en  casa  del  Almirante  dándose  cuchilladas  con  sus 
criados.  Por  lo  que  el  Almirante  y  el  Arzobispo  estuvieron  muy 
sentidos.  Y  el  Almirante  se  quejó  al  Príncipe,  porque  parecía 
tener  alguna  razón  (y  aun  se  dijo  haber  dicho  al  Príncipe  pa- 
labras muy  recias),  diciendo  que  si  no  fuese  por  Su  Alteza  que 
entrara  en  casa  del  Arzobispo  é  hiciera  y  aconteciera. 

Y  asimismo  hubo  otro  ruido  entre  los  criados  del  Duque  de 
Cardona  con  otros,  y  porque  el  Duque  favoreció  á  sus  criados 
recibió  el  Príncipe  mucho  enojo.  Y  el  Duque  sabido  quién 
había  sido  el  culpable  lo  mandó  entregar  á  la  justicia  de  Corte 
y  así  ceso  todo  el  ruido. 

Sucedió  asimismo  que  un  D.  Alonso  Fajardo,  vecino  de  la 
ciudad  de  Murcia,  se  dejó  decir  en  público  muchas  palabras 
desacatadas  contra  el  Emperador  y  contra  los  Ministros  de  su 
justicia,  diciendo  que  no  la  hacían  ni  la  guardaban  y  otras 
cosas  así.  Y  como  el  Príncipe  lo  supiese,  mandó  que  se  hiciese 
información  de  ello,  y  sabida  la  verdad  le  mandó  prender  y 
enviar  al  castillo  de  Játiva  (que  es  en  el  Reino  de  Valencia). 


—  89  — 

Y  Su  Alteza  viendo  que  los  Síndicos  y  Caballeros  de  aque- 
llos Reinos  que  estaban  en  las  Cortes  le  ponían  dilación  en 
concluirlas  y  otorgar  el  servicio  (como  le  tenían  de  costumbre), 
les  hizo  una  habla  con  la  serenidad  y  palabras  que  convenía, 
dándoles  á  entender  la  manera  con  que  habían  de  servir  á  sus 
Príncipes  y  Reyes  y  cómo  se  habían  de  guardar  de  tratar  con 
ellos  cautelas  ni  malicias  ni  dilaciones  para  ser  bien  quistos  de 
ellos.  Y  les  dijo  otras  cosas  convenientes  y  muy  notables  á  este 
propósito.  Y  á  esta  causa  vinieron  á  concluir  las  Cortes  muy 
presto,  lo  cual  fué  tenido  á  mucho  por  ser  la  primera  cosa  que 
el  Príncipe  había  hablado  en  público  sobre  plática  pensada.  Y 
como  fueron  acabadas  se  partió  Su  Alteza  de  Monzón  y  vino 
víspera  de  Navidad  á  Alcalá  de  Henares  á  tener  las  Pascuas 
con  las  Infantas  sus  hermanas. 

Y  en  este  año  aconteció  por  el  mes  de  Mayo-  en  la  ciudad  de 
Ñapóles  un  gran  alboroto  á  causa  que  el  Delegado  de  Su  San- 
tidad y  el  Visorrey  de  Ñapóles  D.  Pedro  de  Toledo  quisieron 
poner  en  la  dicha  ciudad  inquisición  y  de  hecho  la  pusieron 
(como  en  España  estaba) .  El  cual  alboroto  fué  tan  grande  que 

si  el  Visorrey  no  se  retirara  al  castillo  de  Castilnovo  se  tuvo 
por  cierto  que  en  aquel  ímpetu  y  alteración  le  mataran.  Y  como 
fueron  pasados  algunos  días  á  cabo  de  los  cuales  pareciendo  que 
todo  estaba  sosegado  tornó  otra  vez  el  Visorrey  á  volverse  al 
castillo  acompañado  de  muchos  gentileshombres  y  caballeros 
del  Reino  de  Ñapóles  é  hizo  prender  los  cinco  más  principales 
de  ellos,  y  mandó  cortar  las  cabezas  á  los  tres  que  eran  Juan 
Cafarra,  César  Mormillo  y  á  uno  de  la  casa  Bravuoazia.  Y 
luego  la  mañana  siguiente  los  trajeron  así  muertos  y  los  pu- 
sieron en  la  plaza  de  la  ciudad  sobre  un  paño  negro  para  que 
los  viese  todo  el  pueblo. 

I^os  cuales  como  fueron  vistos  de  los  caballeros  y  ciudada- 
nos fueron  movidos  á  ponerse  en  armas,  de  tal  manera  que  en 
pocas  horas  mataron  más  de  mil  españoles  é  italianos  que 
había  en  la  ciudad  y  entre  ellos  al  Regente  del  Visorrey  y  á 
otros  muchos  napolitanos  que  se  señalaron  en  este  negocio  par- 
ciales al  Visorrey.  Y  fueron  quemadas  y  saqueadas  muchas 
casas  bien  principales  y  si  más  daño  pudieran  hacer  lo  hicie- 


—  90  — 

ran.  Y  asimismo  en  este  alboroto  se  abrieron  las  cárceles  y  se 
libraron  todos  los  presos  que  en  ellas  había,  y  se  abrieron  las 
puertas  de  la  ciudad  dejando  entrar  todos  los  desterrados  y 
bandoleros. 

En  este  tiempo  se  tiraban  del  castillo  mucha  artillería  á  los 
de  la  ciudad  (aunque  poco  aprovechó) .  Y  el  Visorrey  se  quedó 
en  el  castillo,  y  otros  decían  haberse  ido  á  Gaeta  con  los  espa- 
ñoles que  pudieron  escapar. 

Era  el  apellido  de  los  de  la  ciudad  en  este  alboroto :  ¡  Viva 
el  Rey  y  muera  el  Visorrey  y  su  mal  Consejo !  Y  todos  los  lu- 
gares comarcanos  vinieron  á  favorecer  á  los  de  la  ciudad.  Y  la 
cabeza  de  ellos  fué  el  Príncipe  de  Bismano,  que  era  el  más  prin- 
cipal y  bien  quisto  de  aquel  Reino  y  muy  amado  de  la  gente 
común. 

Y  luego  fué  avisado  Andrea  Doria  para  que  enviase  las 
galeras  á  Ñapóles  y  el  Duque  de  Florencia  sus  caballos  ligeros 
contra  los  de  la  dicha  ciudad,  los  cuales  estuvieron  amotinados 
muchos  días.  Y  los  de  la  ciudad  determinaron  de  enviar  sus 
Embajadores  al  Emperador,  suplicándole  se  moderase  en  el 
poner  de  la  inquisición  y  de  recibir  sus  disculpas.     * 

Y  Su  Majestad  los  tornó  á  remitir  al  Visorrey,  y  con  que 
ellos  se  volvieron  muy  descontentos  y  lo  hicieron  saber  á  la 
ciudad,  de  que  se  siguió  en  ella  grande  alteración  y  fué  causa 
que  otra  vez  se  alborotase.  Y  los  españoles  que  estaban  dentro 
del  castillo  de  Castilnovo  y  de  los  otros  castillos  hubieron  cierta 
refriega  con  los  de  la  ciudad  en  que  hubo  entre  muertos  y  he- 
ridos de  los  italianos  más  de  350  hombres  y  de  los  españoles 
más  de  150,  los  cuales  saqueron  una  parte  de  la  ciudad  hasta 
donde  decían  la  Rúa  Catalana  y  un  Monasterio  de  frailes  fran- 
ciscos que  llaman  Nuestra  Señora  la  Nova,  y  estando  fuertes 
los  españoles  en  él  se  lo  ganaron  los  de  la  tierra  por  ser  cosa 
que  importaba  á  causa  que  desde  allí  podían  hacer  daño  á  Cas- 
tilnovo. Hasta  que  poco  á  poco  se  fueron  reduciendo  al  servicio 
del  Emperador,  el  cual  envió  á  la  ciudad  para  que  se  hiciese 
justicia  de  los  culpados  al  Doctor  Mohedano,  Oidor  de  la  Rota 
en  Roma. 

Y  este  año  murió  el  Rey  de  Inglaterra,  el  cual  antes  de  sa 


—  91  — 

muerte  había  mandado  degollar  al  Duque  de  Neoforque  (el 
mayor  Señor  de  su  Reino,  de  edad  de  setenta  años).  Díjose 
haber  sido  la  causa  de  su  muerte  por  cartearse  con  Francia 
para  entregarles  á  Bolonia.  Y  el  Rey  de  Inglaterra  dejó  un 
hijo  de  muy  pequeña  edad,  y  en  su  vida  se  dijo  haberle  man- 
dado que  en  todo  lo  que  le  tocase  siguiese  el  consejo  del  Empe- 
rador Don  Carlos,  y  que  nunca  perdiese  su  amistad. 

Y  por  el  mes  de  Junio  hicieron  el  Emperador  y  el  Rey  de 
Romanos,  su  hermano,  treguas  con  el  Gran  Turco  por  espacio 
de  tres  años. 

Y  á  veintisiete  días  del  mes  de  Enero  murió  la  Reina  de 
Hungría  de  parto  de  una  hija,  estando  en  este  tiempo  el  Rey 
de  Romanos  su  marido  ocupado  en  la  guerra  contra  el  Duque 
de  Sajonia,  y  el  Emperador  le  envió  á  monsieur  de  Bosu,  su 
Caballerizo  -mayor,  para  que  le  consolase  de  su  parte. 

Y  el  primer  día  de  Abril  murió  el  Rey  Francisco  de  Francia 
en  un  lugar  junto  á  París  llamado  Rambuleto,  de  edad  de 
cincuenta  y  tres  años,  habiendo  reinado  treinta  y  tres.  Sus 
honras  y  enterramiento  se  hizo  en  Francia  el  más  solemne  que 
nunca  hasta  allí  se  había  hecho.  Y  por  su  muerte  fué  elegido 
por  Rey  el  Delfín,  su  hijo,  llamado  Enrique. 

Y  por  el  mes  de  Julio  murió  D.  Francisco  de  los  Cobos, 
Comendador  -mayor  de  I^eón  y  Secretario  de  Su  Majestad,  en 
la  ciudad  de  Vera  (donde  él  era  natural) ,  habiendo  ido  á  ella 
desde  Madrid  mal  dispuesto  y  con  pensamiento  que  por  ser 
su  naturaleza  pudiera  cobrar  salud  con  ella. 

Y  asimismo  murió  en  Madrid  D.  Alvaro  de  Córdoba,  tío  del 
Duque  de  Sesa,  hermano  de  su  padre,  Caballerizo  mayor  del 
Príncipe  D.  Felipe,  el  cual  era  muy  buen  caballero  y  muy 
bien  quisto  de  todos  los  de  la  Corte  y  muy  privado  de  Su 
Alteza. 


—  92  — 

CAPITULO  XII 

De  cómo  fueron  hechos  en  las  Indias  occidentales  tres  Arzobis- 
pados, y  los  del  Consejo  Real,  por  mandado  del  Emperador , 
remitieron  á  las  Cancillerías  todos  ios  pleitos  eclesiásticos  y 
otros  que  ante  ellos  pasaban  para  que  ellos  conociesen  siem* 
pre  de  ellos.   Y  oirás  muchas  cosas  que  en  este  año  pasaron. 

Y  en  este  año  el  Papa  Paulo  Tercero,  á  suplicación  de  Su 
Majestad,  hizo  en  las  Indias  occidentales  tres  Arzobispados  me- 
tropolitanos, el  de  la  ciudad  de  Santo  Domingo  (que  era  en  la 
India  española),  á  quien  dio  por  sufragáneos  los  Obispados  de 
la  isla  de  San  Juan  y  de  la  isla  de  Cuba  y  el  de  Cartagena, 
Santa  Marta  (Nuevo  Reino  de  Granada)  y  el  de  Venezuela. 
El  segundo  Arzobispado  fué  el  de  la  ciudad  de  los  Reyes  (en 
la  provincia  del  Perú),  al  cual  dio  Su  Santidad  por  sufragá- 
neos los  Obispados  del  Cuzco  y  de  los  Charcas  y  el  de  Po- 
payán  y  el  de  Panamá.  El  tercero  Arzobispado  es  el  de  la  ciu- 
dad de  Méjico  (en  la  Nueva  España),  al  cual  dio  por  sufragá- 
neos los  Obispados  de  los  Angeles,  Chiapa,  Honduras,  Gua tí- 
mala, Guajaca,  Mechuacan.  Y  las  Audiencias  que  Su  Majestad 
al  presente  tiene  en  todas  las  provincias  de  las  Indias  occiden- 
tales son  seis  y  las  siguientes  :  En  la  ciudad  de  Santo  Domingo 
(en  la  isla  Española),  y  en  la  ciudad  de  Méjico  (en  la  Nueva 
España),  otra  entre  las  provincias  de  Honduras  y  Guatimala, 
y  otra  en  la  ciudad  de  los  Reyes  (en  la  provincia  del  Perú),  y 
otra  en  el  Nuevo  Reino  de  Granada  (falta  la  6.a  ;  Nueva  Ga- 
licia ó  Guadalajara). 

Y  asimismo  aconteció  que  los  del,  Consejo,  por  mandado  dz 
Su  Majestad,  para  quedar  muy  desembarazados  y  mejor  en- 
tender en  la  gobernación  del  Reino,  remitieron  á  las  Audien- 
cias Reales  de  Valladolid  y  Granada  todos  los  pleitos  que  ante 
ellos  pendían,  especialmente  los  eclesiásticos  que  venían  á  ellos 
por  vía  de  fuerza  ó  por  derecho  de  patronazgo  del  Reino  ó 
por  cualquiera  otra  manera. 

Y  dio  Su  Majestad  nuevo  poder  á  las  Audiencias  para  que 


—  93  — 

pudiesen  librar  las  provisiones  en  aquellas  causas,  como  los 
del  Consejo  las  libraban.  Por  manera  que  los  del  Consejo  Real 
si  no  eran  pleitos  que  estaban  ante  ellos  en  grado  de  mil  qui- 
nientas doblas  ó  de  expedientes  ó  cosas  de  gobernaciones  del 
Reino  generales,  no  entendían  en  otras  cosas  de  que  ellos  da- 
ban comisión  ó  residencias  de  Corregidores  y  Justicias  del 
Reino. 

Y  por  el  mes  de  Julio  hizo  el  Papa  Consistorio  y  creó  tres 
Cardenales  :  el  uno  francés,  llamado  monsieur  de  Renes,  criado 
del  nuevo  R.ey  de  Francia  Enrique,  de  la  Casa  de  Guisa,  y  el 
otro  el  Duque  de  Sora,  hermano  del  Duque  de  Urbino,  y  el 
otro  guardó  en  su  pecho  (decían  que  para  quien  el  Emperador 
quisiere  nombrar),  y  Su  Majestad  no  quiso  importunarle  por  él, 
sino  sólo  que  tornase  el  Concilio  á  la  ciudad  de  Trento  (porque 
esto  era  lo  que  él  pretendía). 

Y  pensóse  que  estos  dos  Cardenales  había  Su  Santidad  crea- 
do por  dos  nuevos  matrimonios  que  había  hecho,  el  uno  de  la 
Victoria,  su  nieta,  con  el  Duque  Urbino,  y  porque  el  Duque 
de  Sora  renunciase  el  Ducado  á  su  hermano  el  Duque.  Y  el  de 
Francia  se  había  hecho  porque  Horacio  Frenesio,  nieto  del 
Papa,  había  casado  con  una  hija  bastarda  del  Rey  Enrique  de 
Francia . 

Y  en  este  año  murió  en  la  ciudad  de  Cuenca  D.  Sebastián 
Ramírez,  Obispo  de  la  dicha  ciudad  y  natural  de  Villaescusa, 
el  cual  se  había  retraído  á  Cuenca,  dejando  la  presidencia  de 
Valladolid  por  hacer  lo  que  convenía  á  su  Obispado.  Proveyó 
Su  Majestad  aquel  Obispado  al  Licenciado  Muñoz,  Obispo  de 
Tuy  y  Presidente  de  la  Cancillería  de  Valladolid.  Y  el  Obis- 
pado de  Tuy  proveyó  Su  Majestad  al  Maestro  San  Millán,  Ca- 
tedrático de  propiedad  en  la  ciudad  de  Salamanca,  persona  de 
perfecta  vida  y  gran  doctrina.  Dio  asimismo  el  Obispado  de 
Ciudad  Rodrigo  al  Doctor  Aceves,  Canónigo  de  Burgos. 

Murió  en  este  año  el  Conde  de  Castro  (Visorrey  que  era  de 
Navarra),  y  el  Príncipe  D.  Felipe  estando  en  las  Cortes  de 
Monzón  proveyó  el  dicho  cargo  á  D.  Luis  de  Velasco,  Veedor 
de  los  Continuos,  mientras  que  el  Emperador  mandaba  otra 
cosa.   Proveyó  Su  Majestad  el   Obispado   de  Popayán    (que  es 


—  94  - 

en  la  provincia  del  Perú  en  las  Indias  occidentales)  al  Maestro 
Valle,  Catedrático  de  metafísica  en  Salamanca, 

Y  el  Emperador,  estando  en  las  Cortes  de  Augusta,  hizo 
en  ella  consulta  de  .mercedes  á  muchos  señores  y  caballeros  de 
su  corte  y  casa,  y  de  muchas  encomiendas,  tenencias,  fortalezas, 
oficios  que  estaban  vacos  en  España.  Entre  los  cuales  hizo 
merced  al  Marqués  de  Vélez  del  Adelantamiento  del  Reino 
de  Murcia  y  tenencia  de  la  ciudad  de  Lorca  (que  estaba  vaco 
por  muerte  de  su  padre  D.  Pedro  Fajardo).  Y  al  Marqués  dc- 
Poza  hizo  merced  de  la  Capitanía  de  hombre  de  armas  y  de 
otras  cosas  que  estaban  vacas  por  la  muerte  de  D.  Sancho  de 
Rojas  su  hijo.  Hizo  merced  á  Doña  María  de  Mendoza,  mujer 
que  había  sido  del  Comendador  mayor  de  León  D.  Francisco 
de  los  Cobos,  de  un  cuento  de  renta  de  juro  cada  año  por  su 
vida.  Y  asimismo  hizo  merced  de  la  Encomienda  nuryor  de 
León  á  su  hijo  D.  Diego  de  los  Cobos,  Marqués  de  Camarasa. 
Y  en  el  oficio  de  Secretario  sucedió  Juan  Vázquez  de  Molina, 
su  sobrino,  que  antes  era  Secretario  del  Consejo  de  la  Guerra  y 
había  estado  en  Alemania  por  Secretario  de  Su  Majestad  en 
lugar  del  Comendador  'mayor  de  León.  Y  en  el  oficio  de  Se- 
cretario del  Consejo  de  la  Guerra  sucedió  Francisco  de  Ledes- 
ma,  Oficial  del  Secretario  D.  Francisco  de  los  Cobos,  Comen- 
dador mayor  de  León  (ya  dicho). 

Y  en  este  año  murió  el  Conde  de  Monteagudo  D (está 

en  claro).  Y  asimismo  murió  el  Conde  de  C*oruña,  D.  Alvarez 
de  Mendoza. 

CAPITULO  XIII 

Cómo  el  Conde  de  Flisco  se  quiso  alzar  en  la  ciudad  de  Ge- 
nova en  nombre  del  Rey  de  Francia,  y  no  habiendo  efecto 
su  intención  fué  ahogado  en  la  mar,  retrayéndose  á  sus  ga- 
leras, saltando  de  una  á  otra  para  irse  con  ellas  á  ponerse 
en  salvo,  y  la  justicia  que  la  Señoría  hizo  de  los  que  habían 
sido  participantes  en   la  traición  con  el  dicho  Conde. 

Al  principio  de  este  año  aconteció  en  Genova  que  el  Conde 
de  Flisco  (como  hubiese  mercado  del  Papa  cuatro  galeras  so  co- 


—  95  — 

lor  de  quererlas  armar  para  enviarlas  á  la  mar)  puso  en  público 
y  en  secreto  muchos  soldados  en  la  ciudad.  En  la  cual  como 
se  murmurase  de  la  estada  de  aquella  gente  fué  el  ¿hcho  Conde 
en  persona  á  disculparse  con  el  Príncipe  Doria  y  le  dio  tantas 
satisfacciones  que  le  aseguró  bien  y  le  convidó  á  comer  para 
el  primer  día  del  año  en  un  gran  banquete  que  tenía  determi- 
nado de  hacer,  y  lo  mismo  hizo  al  Capitán  Juanetín  Doria  y  á 
su  mujer,  y  á  D.  Centurión  y  á  su  hijo  y  á  otros  parientes 
principales  3^  muy  cercanos  á  los  sobredichos,  todos  los  cuales 
tenía  pensado  hacer  matar  aquella  noche  y  luego  salir  con  sus 
soldados  y  otros  sus  consortes  y  apoderarse  de  la  ciudad. 

Y  quiso  Dios  salvar  al  dicho  Príncipe  y  á  todos  los  demás 
con  darle  el  mal  de  gota  que  nunca  antes  había  tenido,  y  con 
la  gran  pena  que  tenía  no  quiso  ir  al  banquete.  Y  á  esta  causa 
no  fueron  los  otros.  Y  otro  día  siguiente,  á  los  dos  de  Enero, 
puso  por  obra  su  mala  intención  por  otra  vía,  y  fué  convi- 
dando á  cenar  hasta  veinticinco  ó  treinta  mancebos  de  los  más 
principales  de  la  ciudad  (los  cuales  á  él  parecía  que  consenti- 
rían fácilmente  á  su  maldad).  Y  al  cabo  de  la  cena  hizo  enten- 
der á  todos  lo  que  tenía  pensado,  que  era  quererse  alzar  con  la 
ciudad,  y  con  el  favor  de  Francia  echar  fuera  al  Príncipe  Doria 
y  á  Juanetín  Doria  (del  cual  decía  que  le  había  querido  matar 
muchas  veces),  y  que  por  todas  las  vías  que  podía  ser  procuraba 
hacer  gran  señor  y  que  mostraba  ánimo  de  hacerse  tirano  n 
todos  los  que  le  siguiesen,  y  por  esto  era  bien  atajarle  los 
pasos. 

Y  con  estas  razones  ú  otras  amonestó  á  todos  los  que  le 
siguiesen  en  la  empresa,  dándoles  á  entender  que  al  que  no  le 
siguiese  no  le  iría  bien  de  ello.  Y  así  salieron  todos  con  él 
(salvo  dos  que  lo  rehusaron),  y  de  los  que  salieron  con  él  le 
desampararon  luego  muchos  y  se  fueron  á  sus  casas.  Y  los  que 
le  siguieron  con  todos  los  soldados  fueron  para  el  arsenal  adonde 
estaban  las  galeras  del  Príncipe  Doria,  y  á  la  boca  del  dicho 
arsenal  hizo  echar  á  fondo  una  galera  por  que  no  pudiesen 
las  otras  salir.  Y  con  su  favor  se  amotinaron  todos  los  forza- 
dos y  esclavos  de  las  dichas  galeras. 

Y  como  el  ruido  de  todo  esto  fuese  sentido  en  casa  del  Ca- 


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pitan  Juanetín  Doria,  envió  dos  criados  suyos,  uno  en  pos  da 
otro,  á  saber  la  causa  del  ruido.  Y  como  ninguno  de  ellos  vol- 
viese con  respuesta,  porque  en  llegando  los  mataba  la  gente 
del  Conde,  á  la  fin  hubo  de  salir  el  dicho  Juanetín  Doria  con 
un  solo  criado  á  ver  qué  era  el  ruido  y  socorrer  con  su  presen- 
cia lo  que  pudiese.  Y  dio  luego  con  la  gente  del  Conde  y  le 
preguntaron  quién  era,  y  como  él  respondiese  que  era  Juanetín 
Doria,  le  dijeron  que  él  era  á  quien  buscaban,  y  le  dieron  una 
cuchillada  por  la  cara  y  le  pasaron  con  dos  arcabnzazos  que  le 
tiraron,   de  que  luego  cayó  muerto,  y  á  par  de  él  su  criado. 

Y  por  otra  parte  fué  un  hermano  del,  Conde  con  alguna  de  la 
gente  y  se  apoderó  de  las  puertas  de  la  ciudad,  y  anduvo  por 
mucha  parte  de  ella  donde  vivía  la  gente  baja,  apellidando  á 
voces  :  «¡  libertad  !»  y  «¡  Flisco,  Flisco  y  Francia  !»,  y  «¡  Viva 
el  populo!»,  y  «¡Fuera  nobles!».  Pensando  que  con  tal  ape- 
llido se  moviera  el  pueblo  á  seguirle,  y  le  salió  muy  al  revés, 
porque  no  le  siguió  nadie,  sino  la  gente  noble  que  como  fuese 
ya  el  alba  salieron  de  Palacio  con  los  soldados  de  la  plaza  y  le 
apretaron  tan  reciamente,  maltratando  á  él  y  á  los  suyos,  que 
le  fué  forzado  retirarse  para  donde  tenía  sus  galeras,  y  ai  subir 
en  la  una  de  ellas,  queriendo  después  saltar  en  otra,  cayó  en  la 
mar,  y  como  estaba  armado  se  fué  luego  á  fondo  y  se  ahogó. 

Y  su  hermano  y   los  demás  sabida   la  desorden  se   fueron 
huyendo,  pero  no  obstante  esto  fueron  muchos  de  ellos  presos. 

Y  el  Príncipe  Doria  salió  luego  de  la  ciudad  para  cobrar  sus 
esclavos  forzados,  el  cual  después  de  haber  recocido  los  más 
que  pudo  se  volvió  á  la  ciudad,  donde  fué  bien  recibido.  Y 
luego  se  apaciguó  todo  y  se  formaron  las  cosas  del  Señorío,  acre- 
centando mayor  número  de  soldados  para  guarda  de  Palacio. 

Y  el  cuerpo  del  Conde  de  Flisco  estuvo  debajo  del  agua 
que  no  se  supo  de  él  ocho  días  ó  diez,  al  cabo  de  los  cuales 
lo  hallaron  debajo  de  la  popa  de  una  galera  (habiéndolo  man- 
dado buscar  el  Príncipe).  Y  como  lo  sacaron  del  agua  fué  con- 
sultado* con  la  señoría  qué  se  haría  de  él,  y  .mandaron  que  se 
volviese  á  echar  al  agua  dos  leguas  de  donde  lo  habían  hallado 
con  unas  pesas  al  pescuezo,  diciendo  no  ser  razón  privarle  do 
la  sepultura  que  Dios  le  había  dado. 


-   97  — 

Y  al  cabo  de  algunos  días  la  Señoría  de  Genova  hizo  justi- 
cia de  los  malhechores  y  personas  que  habían  sido  rebeldes 
(entre  los  cuales  fueron  los  cuatro  hermanos  del  Conde  Flisco, 
llamados  Juan  Albris  (sic),  Juan  Labio,  Octobono  y  Cornelio, 
los  cuales  fueron  desterrados  perpetuamente  y  desolada  su  casa 
de  palacio  y  sembrada  sal  en  ella,  y  las  cosas  que  tenían  en 
Genova  quedaron  á  discreción  de  la  Señoría  ;  y  Rafael  Saco 
de  Zabona  y  Vicente  Carcayo,  su  camarero,  y  Jacomete  Conté, 
fueron  desterrados  perpetuamente  y  desoladas  sus  casas  y  sem- 
bradas de  sal!.  Y  Juan  Bautista  Fresco,  Verino  y  Cipión  del 
Carreto,  Domingo  Gacilopo,  Jerónimo  Gajavento  y  Desiderio 
Cambialancia  y  Tomás  Varze,  todos  seis  fueron  desterrados  per- 
petuamente y  confiscados  sus  bienes  y  casas  á  la  discreción  de 
la  Señoría.  Y  Bautista  Imperial  Valiano,  Jerónimo  Use  de  Mar- 
meloyo,  Gaspar  Frescoboto  Cir  ejido  y  Julio  Fragoso,  todos  es- 
tos ocho  fueron  desterrados  por  cincuenta  años  y  confiscados 
los  bienes  de  los  cuatro  primeros.  Y  asimismo  fueron  otros  des- 
terrados por  diez  años  y  otros  por  menos. 


CAPITULO  XIV 

Cómo  fué  muerto  á  puñaladas  el  Duque  de  Piasencia  Pero 
Luis  Frenesio  por  ciertos  caballeros  de  la  dicha  ciudad,  la 
cual  fué  entregada  á  D.  Hernando  de  Gonzaga,  Capitán 
general  y  Gobernador  del  Estado  de  Milán,  debajo  de  cierta- 
capitulación  que  con  él  hicieron  en  nombre  de  Su  Majestad. 

Había  tres  ó  cuatro  años  que  el  Papa  había  dado  á  Pero 
Luis  Frenesio,  su  hijo,  las  ciudades  de  Parma  y  Piasencia  (que 
tenía  la  Iglesia),  á  la  cual  en  recompensa  dio  el  Ducado  de 
Camarino. 

Y  como  Pero  Luis  tuviese  las  dichas  ciudades  por  suyas, 
se  fué  á  ellas  y  las  fortificó  lo  mejor  que  pudo,  viviendo  mal 
y  muy  tiránicamente,  haciendo  grandes  agravios  á  los  morado- 
res de  las  dichas  ciudades  y  sus  tierras.  Y  entre  otros  fué  uno 
el  Conde  Palavesino,  que  estando  en  uno  de  sus  castillos  fuertes 


—  98  - 

(donde  tenía  su  continua  habitación)  le  mandó  venir  á  residir 
á  la.  ciudad  de  Plasencia,  y  como  no  viniese  tan  presto  como 
él  lo  había  mandado  envió  bastante  gente  y  artillería  contra 
él,  y  el  Conde  le  huyó.  Y  á  esta  causa  le  mandó  tomar  los 
castillos  y  fuera  traída  su  mujer  á  Plasencia,  sin  dar  orden  para 
que  fuese  restituida  á  su  marido  (puesto  que  muchas  veces  se 
lo  suplicaron). 

Y  en  el  tiempo  que  había  guerra  en  Francia  dejó  pasar 
por  su  Estado  á  Pero  Estroci  con  más  de  4.000  italianos  que 
llevaba  en  servicio  del  Rey  de  Francia,  y  cuando  por  allí  fue- 
ron otros  que  enviaba  Juan  de  Vega  (Embajador  del  Empera- 
dor en  Roma)  en  servicio  de  Su  Majestad,  dejaron  y  maltra- 
taron á  muchos  de  ellos,  de  lo  cual  Juan  de  Vega  se  enojó 
mucho  y  escribió  al  Emperador  lo  que  pasaba,  dándole  á  en- 
tender cuan  francés  era  el  dicho  Duque  de  Plasencia.  Y  no 
obstante  esto  se  tuvo  por  cierto  que  había  sido  en  la  Liga  el 
Conde  de  Flisco  para  que  intentase  lo  que  hizo  (lo  cual  se  supo 
por  cartas  que  se  hallaron  en  poder  del  dicho  Conde  después  de 
muerto).  Y  Su  Majestad  lo  envió  á  llamar  para  que  se  discul- 
pase de  esto,  y  él  se  excusó  con  decir  que  era  enfermo.  Y 
visto  esto  le  mandó  que  se  fuese  á  disculpar  á  Milán  delante 
de  su  Consejo,  y  tampoco  lo  quiso  hacer,  por  lo  que  se  hacía 
proceso  contra  él. 

Y  en  este  tiempo  como  el  Conde  de  Palavesino  fuese  de 
gran  ingenio  y  muy  bien  emparentado  en  la  ciudad  de  Plasen- 
cia y  valeroso,  se  tuvo  por  cierto  haber  dado  industria  y  ánimo 
para  que  ciertos  caballeros  (que  asimismo  estaban  muy  senti- 
dos del  mal  tratamiento  del  dicho  Duque)  lo  procurasen  de 
•matar.  Los  cuales  después  de  haber  consultado  entre  sí  muy 
secretamente  la  manera  que  en  ello  se  debía  tener,  efectuaron 
sr.  propósito,  hallando  oportunidad  un  sábado  á  10  de  Septiem- 
bre, habiendo  ido  el  dicho  Duque  á  comer  con  Segismundo 
(camarero  suyo),  y  los  dichos  caballeros  entraron  donde  él  es- 
taba. Los  cuales  eran  el  Conde  Juan  Angisola,  Juan  Luis  (Al- 
férez de  Plasencia),  Alejandro  Palavesino  y  Camilo  y  Cipión 
sus  hermanos,  con  jacos  de  malla,  y  el  Conde  Agustín  Lando, 
en  esta  orden  :   el  Conde  Juan  Angisola  con  cinco  hombres  ai- 


—  99   - 

mados  muy  bien  con  espadas,  capas  y  malla  fueron  á  la  ante- 
cámara del  Duque  y  se  arrimaron  á  las  ventanas,  y  Juan  Luis, 
Alférez,  con  otros  cinco  hombres,  se  fueron  á  pasear  á  una 
lonja  delante  de  cierta  sa^a  (á  la  guarda  de  la  cual  estaban 
cuatro  tudescos),  y  Alejandro  Palavesino  y  sus  hermanos  se 
comenzaron  á  pasear  por  el  palacio  de  la  fortaleza. 

Y  de  esta  manera  estuvieron  todos  los  dichos  esperando  al 
Conde  Agustín  Lando  para  que  luego  como  lo  viesen  entrar 
-en  la  fortaleza  comenzasen  á  hacer  según  la  orden  que  entre 
ellos  había  sido  dada.  Y  así  lo  pusieron  por  obra,  porque 
•entrando  el  Conde  Agustín  á  caballo  con  cuatro  mozos  de  espue- 
las bien  aderezados,  tomando  las  alabardas  de  la  primera  guar- 
dia de  los  tudescos  los  mataron  á  todos,  y  al  -mismo  punto,  si- 
guiendo cada  uno  la  parte  de  lo  que  le  era  encomendado,  el 
Alférez  mató  los  cuatro  tudescos  que  estaban  en  la  sala  de 
guardia,  donde  fué  herido  en  un  brazo  Alejandro  Palavesino, 
y  el  Conde  Juan  Angisola  mató  al  Duque  con  sus  propias  ma- 
nos, y  uno  de  los  del  Conde  dio  una  herida  á  Camilo  de  Fo- 
jano,  que  estaba  hablando  con  el  Duque.  Y  fué  asimismo  he- 
rido el  Doctor  Julio  Copulato  (que  estaba  allí). 

Y  hecho  esto  cerraron  el  castillo,  poniendo  artillería  y  arca- 
buces á  las  puertas  y  ventanas.  Y  como  estuviese  una  pieza 
de  artillería  en  la  plaza,  enviaron  allá  uno  del  castillo  y  la  en- 
clavó. Y  luego  como  se  extendió  el  ruido  por  la  ciudad  se  puso 
en  orden  la  Infantería  y  fueron  contra  el  castillo,  y  el  Conde 
Juan  Angisola,  por  desviarlos  del  propósito  que  llevaban, 
"hizo  tomar  el  cuerpo  del  Duque  por  una  pierna  y  lo  mostró 
fuera  de  una  ventana  á  la  gente  diciendo:  «¡Oh,  Patria  mía, 
Patria  dulce!  Amados  hombres  y  soldados,  ¿qué  queréis  ha- 
cer ?  ¿  No  me  conocéis,  compañeros  y  hermanos  míos  ?  Veis 
aquí  el  traidor  que  nos  quería  destruir  v  matar.  Veis  aquí, 
señores  ciudadanos,  el  que  nos  había  puesto  la  viga  y  yugo  al 
pescuezo,  aquel  que  no  se  apacentaba  de  buena  voluntad  de  otra 

cosa  sino  de  nuestra  sangre  é  injurias.  Dejad  las  armas  y  vol- 
veros á  dar  gracias  á  Dios  que  os  ha  restaurado  de  un  tan  gran 
cautiverio  y  os  ha  puesto  en  libertad».  Y  dicho  esto  y  otras  mu- 
chas buenas  palabras,  se  apaciguaron.  Y  así  el  Conde  se  quitó 


—  100  — 

de  la  ventana,  dejando  caer  el  cuerpo  del  Duque  en  un  foso. 

Y  pasado  esto  lo  enviaron  á  hacer  saber  á  D.  Hernando  de 
Gonzaga  aquella  misma  noche  (que  estaba  en  Milán),  el  cual 
partió  luego  con  obra  de  500  de  á  caballo  y  vino  á  seis  millas 
de  Plasencia  á  un  lugar,  y  de  allí  hizo  sus  tratos  aquella  noche 
con  los  de  la  ciudad.  Y  otro  día  de  mañana  partió  con  toda 
su  gente  para  Plasencia,  y  antes  que  llegase  á  ella  con  una 
milla  le  salieron  á  recibir  los  matadores  con  todo  el  pueblo, 
apeUidando  :  «¡Imperio!  ¡  Imperio  !»,  con  tan  gran  contenta- 
miento y  ruido  de  campanas  que  parecía  que  habían  salido  de 
una  muy  esquiva  prisión.  Y  luego  le  entregaron  las  llaves  del 
castillo  y  ciudad,  y  él  las  recibió  en  nombre  de  Su  Majestad. 

Aunque  otros  quisieron  decir  que  después  de  la  muerte  de! 
Duque  los  matadores  habían  tirado  tres  piezas  de  artillería, 
dando  señal  á  D.  Hernando  de  Gonzaga,  Capitán  general  de 
Su  Majestad,  y  á  D.  Juan  de  L,una,  el  cual  había  hecho  llamar 
á  ciertos  de  sus  Capitanes  y  les  había  dicho  que  estuviesen  -í 
punto  y  apercibidos  para  que  todas  veces  que  sintiesen  tiros 
de  artillería  sería  necesario  ir  á  Milán,  porque  había  entendido 
que  el  Emperador  estaba  mal  dispuesto.  Y  que  así  la  noche 
siguiente  el  Alcaide  de  Cremona  había  venido  á  Plasencia  con 
su  gente  y  entrado  el  domingo  de  mañana,  y  el  lunes  adelante 
se  había  salido  á  recibir  el  Conde  Agustín  á  D.  Hernando  de 
Gonzaga  hasta  el  río  Po,  y  en  nombre  de  la  comunidad  había 
pedido  que  los  dejasen  en  el  estado  y  condición  que  solían 
debajo  del  amparo  del  Papa  Clemente,  y  le  habían  dado  los  si- 
guientes capítulos  : 

Primeramente,  que  el  Emperador  por  ningún  tiempo  pueda 
apartar  ni  empeñar  la  ciudad  de  Plasencia  ni  su  Condado  á 
persona  alguna  (aunque  sea  de  la  sangre  suya  propia),  mas 
que  siempre  la  ciudad  sea  venida  debajo  del  Estado  de  Milán. 

Y  que  110  pueda  cobrar  de  la  dicha  ciudad  y  Condado 
sino  aquellas  rentas  ordinarias  que  solían  llevar  antes  del  seño- 
río y  dominio  el  Papa  Paulo  Tercero,  cuando  no  se  imponían 
pechos  ni  otros  tributos. 

Y  si  acaeciese  á  Su  Majestad  de  poner  pechos  ó  tributos  á 
algún  Estado  de  Milán,  por  ninguna  vía  ni  en  ningún  tiempo 


—  101  — 

pudiese  ser  Plasencia  agraviada  sino  por  la  décima  parte.  V 
esto  por  los  buenos  servicios  que  ella  tiene  hechos. 

ítem  :  que  Su  Majestad  haga  gracia  y  perdone  á  todos  los 
desterrados  que  hayan  cometido  crímenes  de  lese  majestatis, 
igualmente  á  los  desterrados  de  Plasencia  y  del  Estado  de  Mi- 
lán y  á  los  que  son  desterrados  por  homicidios  y  heridas  (aun- 
que no  se  hayan  hecho  entre  ellos  paces),  como  el  caso  no  haya 
sido  pesado. 

ítem  :  que  se  restituya  los  bienes  á  todos  aquellos  que  le 
son  confiscados  y  llevados  y  están  incorporados  por  la  Cámara. 
Y  si  fuere  alguna  persona  á  quien  fueren  confiscados  y  por 
suerte  no  fuese  hábil  para  haberlos,  quiera  Su  Majestad  sean 
■dados  á  los  más  próximos  parientes  y  descendientes  de  la  tai 
línea. 

ítem  :  que  perpetuamente  envíe  un  Gobernador  ó  Presi- 
dente al  Gobierno  de  Plasencia,  que  sea  Senador  asistente  en 
el  Senado  de  Milán  con  la  misma  autoridad  que  allí  lo  tenía  el 
Presidente   de   Ciemona. 

ítem  :  que  perpetuamente  Su  Majestad  deba  elegir  un  Se- 
nador que  residiese  en  el  Senado  de  Milán,  el  cual  sea  del  Con- 
cejo de  los  Doctores  de  Plasencia. 

ítem  :  que  Su  Majestad  confirme  todos  los  estatutos,  decre- 
tos, ordenaciones  acostumbradas  que  se  guardaban  en  la  ciu- 
dad de  Plasencia  en  el  tiempo  del  Duque  de  Milán. 

ítem  :que  Su  Majestad  confirme  todos  los  privilegios  y  exen- 
ciones que  tienen  los  señores  feudatarios  de  Plasencia,  reser- 
vando siempre  el  decreto  del  mayor  maestrazgo. 

ítem  :  que  ninguna  causa  civil  que  valga  hasta  allí  de  dos 
escudos  de  renta  se  pueda  llevar  á  Milán,  antes  se  ha  de  reco- 
nocer en  Plasencia,  excepto  las  feudadas  de  mil  escudos  abajo. 

ítem  :  que  en  Plasencia  se  puedan  ejercitar  todas  las  armas 
y  artes  que  se  ejercitan  en  Milán. 

ítem  :  que  todo  ciudadano  y  caballero  pueda  estar  y  habitar 
fuera  de  Plasencia  á  su  voluntad,  no  obstante  que  haya  estatu- 
tos y  decretos  en  contrario. 

Y  que  todos  aquellos  que  tienen  feudos  y  bienes  del  Estado 
de  Plasencia  sean  obligados  á  guardar  fidelidad  y  obediencia 


—  102  — 

á  Su  Majestad  y  pagar  los  cargos  juntamente  con  la  ciudad  de 
Plaseneia,  y  en  otra  manera  sean  punidos  y  castigados. 

ítem  :  que  el  dicho  Sr.  D.  Hernando  de  Gonzaga  prometa 
que  el  Emperador  aprobará  y  rectificará  y  confirmará  los  pre- 
sentes capítulos  dentro  de  treinta  días  siguientes. 

Y  D.  Hernando  de  Gonzaga  se  contentó  de  lo  que  con  él 
por  Su  Majestad  capitulaban.  Y  con  mucho  regocijo  de  los. 
que  le  salieron  á  recibir  y  de  los  que  quedaban  en  la  ciudad 
y  castillo  entró  en  él,  y  á  la  hora  despachó  para  que  Su  Ma- 
jestad confirmase  la  dicha  capitulación. 

Y  al  cuerpo  del  Duque  que  estaba  en  el  foso,  siendo  ya 
casi  noche,  ciertos  frailes  franciscanos  movidos  de  caridad  lo 
tomaron  y  enterraron.  Y  á  la  mañana  hallaron  sobre  su  sepul- 
tura un  epitafio  que  decía  :  Hic  jacet  P.  L.  Far.  Pauli  P.  P. 
3¿t  Maximi  filio  qui  propter  nos  et  propter  nostram  salutem 
descendit  ad  infernos.  Y  el  segundo  día  dicen  que  lo  hallaron 
sobre  tierra  hecho  pedazos. 

Y  D.  Hernando  de  Gonzaga  permitió  que  se  saquease  la 
casa  de  sal  que  el  Duque  tenía,  y  el  pueblo  la  saqueó.  Y  antes 
que  la  llevasen  toda  la  .mandó  cerrar  y  vender  la  que  quedaba 
á  cuatro  cuatrines  la  libra,  disminuyendo  el  acrecentamiento 
que  antes  valía,  quitando  las  imposiciones  y  tributos  muy  gran- 
des que  el  Duque  tenía  puestos.  Asimismo  mandó  quemar  todas 
las  escrituras  criminales  en  la  plaza.  Y  los  criados  del  Duque- 
huyeron  luego,  excepto  Polliano  y  dos  médicos  y  un  secretario, 
á  los  cuales  D.  Hernando  de  Gonzaga  puso  en  mucha  guarda. 
Y  envió  gente  á  las  tierras  de  Plasencia,  que  tomaron  á  Flo- 
renzola  y  al  Burgo  de  Sanchodino  y  á  Castilguelfo,  y  combatie- 
ron la  Corte  Mayor  y  la  tomaron  y  halláiouse  en  el  castillo- 
20.000  escudos  y  100  piezas  de  plata,  las  cuales  y  la  moneda  se 
repartieron  entre  los  que  habían  sido  en  la  muerte  del  Duque. 

Y  como  el  Papa  (que  en  este  tiempo  estaba  en  Perosa)  su- 
piese la  muerte  del  Duque,  su  hijo  Pero  Luis,  la  recibió  con 
mucha  paciencia,  y  envió  al  Duque  Octavio,  su  nieto,  á  Parma 
(habiéndoselo  enviado  á  pedir  los  de  la  dicha  ciudad)  para  darle 
la  posesión  de  ella.  Y  así  fué  muy  bien  recibido  de  ellos,  por 
ser   contrarios   muchos   de   los  placentinos.    Y  asimismo   envió- 


—  103  — 

el  Papa  un  correo  al  Emperador  para  que  enviase  á  mandar 
á  D.  Hernando  de  Gonzaga  que  le  dejase  Plaseñcia  y  todo  el 
Estado  al  Duque  de  Castro,  su  nieto,  pues  era  de  su  padre, 
Pero  Luis  Frenesio,  el  cual  había  sido  muerto  sin  culpa. 


CAPITULO  XV 

De  las  cosas  que  acontecieron  el  año  154S.  Primeramente  de 
cierta  protestación  que  hizo  D.  Diego  de  Mendoza  al  Sumo 
Pontífice  Paulo  Tercero  en  nombre  del  Emperador  D.  Car- 
los,  estando  Su  Santidad  en  el  Sacro  Senado,  á  23  días  de 
Enero. 

Viendo  Su  Majestad  que  las  protestaciones  hechas  por  el 
Cardenal  de  Trento  y  por  su  Embajador  D.  Diego  de  Mendoza 
no-  habían  aprovechado  para  atraer  al  Papa  que  hiciese  volver 
los  Cardenales  y  los  otros  Prelados  que  estaban  en  la  ciudad 
de  Bolonia  á  la  de  Trento,  determinó  de  enviar  á  Roma  al  Li- 
cenciado Vargas,  Fiscal  de  su  Consejo  Real,  para  que  él  junta- 
mente con  D.  Diego  de  Mendoza  hiciesen  cierta  protestación 
donde  se  narrase  todo  lo  que  Su  Majestad  había  procurado 
para  que  el  Concilio  general  se  tornase  á  hacer  en  Trento,  y 
ahora  nuevamente  le  tornasen  á  referir  lo  mismo,  señalándole 
muchas  causas  suficientes  para  ello,  la  cual  D.  Diego  de  Men- 
doza en  nombre  de  Su  Majestad  leyó  y  protestó  á  Su  Santidad 
estando  en  Consistorio  con  los  Cardenales,  que  fué  la  siguiente  :     ' 

Santísimo  Padre  :  Como  la  república  cristiana  admirable- 
mente estuviese  levantada,  la  religión  manchada  en  gran  ma- 
nera estuviese  corrompida  y  toda  Alemania  se  dividiese  y  apar- 
tase del  gremio  de  la  Iglesia,  el  invictísimo  Carlos  Rey  de  los 
Romanos,  Emperador  siempre  augusto  (cuyo  Embajador  soy, 
y  cuyas  veces  tengo),  pidió  con  grandes  suplicaciones  al  Papa 
León  y  después  á  Adriano  y  á  Clemente,  de  santísima  me- 
moria, y  al  cabo  á  Vuestra  Santidad,  beatísimo  Paulo  Tercio, 
le  concediesen  Concilio  universal  para  todo  el  pueblo  cristiano, 
y  por  razón  de  su  dignidad  y  por  descender  á  sus  continuas 


—  104  — 

peticiones  y  por  restaurar  las  cosas  perdidas,  Vuestra  Santidad 
tuvo  por  bien  de  señalar  á  Mantua  primero  y  después  á  Vi- 
cencia  para  que  allí  fuese  convocado  todo  el  general  Concilio. 
Y  porque  ninguna  de  estas  dos  ciudades  fué  tal  para  que  eu 
ellas  cupiesen  hombres  de  tantas  y  tan  diversas  provincias  y 
donde  cómodamente  se  pudiesen  juntar  mudóse  el   propósito, 
y   al  cabo  por   voluntad   de   nuestro  Emperador,   de  consenti- 
miento de  todos  los  Príncipes  cristianos,  pidiéndolo  con  gran 
instancia  los  alemanes,  Vuestra  Santidad  por  causa  de  los  ale- 
manes «mismos,  por  los  cuales  principalmente  se  hacía  y  orde- 
naba este  Concilio,  una  ciudad  que  se  dice  Tridente,  lo  cual 
tuvieron  ellos  por  bueno,   porque  Vuestra  Santidad   así  se  le 
había  concedido  en  las  Cortes  hechas  en  Ratisbona,  que  el  Con- 
cilio se  celebraría  en  Alemania.  Este  asiento  pareció  bien  razón 
que  el  lugar  es  muy  idóneo  para  ello,  por  la  libertad,  seguri- 
dad y  oportunidad  que  tiene  por  estar  en  tal  sitio  puesta,  que 
está  tan  cerca  de  los  italianos  como  de  los  alemanes  y  no  muy 
lejos  de  los  franceses  y  españoles.  Y  por  eso  el  Obispo  de  ella, 
Cristóbal   Mandrucio,  varón  asaz  bueno,   piadoso  Príncipe  del 
Sacro  Imperio  y  muy  amigo  de  Su  Santidad.  Y  además  desto 
hay  grande  aparejo   de  las  cosas  necesarias  para  el  manteni- 
miento, según  más  largamente  declara  Vuestra  Santidad  en  la 
bula  de  la  indición. 

Ssñalóse,  pues,  el  Concilio  general  de  consentimiento  y 
aplauso  de  todos  para  la  ciudad  de  Trento,  y  fueron  enviados 
Legados  de  Vuestra  Santidad  los  reverendísimos  Cardenales  de 
Paris-mon  y  Sampolo,  los  cuales  fueron  enviados  por  Vuestra 
Santidad,  y  Embajadores  del  Emperador  el  religiosísimo  Obispo 
Atrevatense  y  el  ilustre  varón  Granvela  y  y  o  D.  Diego  de  Men- 
doza. Pero  no  le  pareció  á  Vuestra  Santidad  que  aún  era  tiempo 
para  que  se  comenzase  el  Concilio,  según  que  en  la  segunda 
bula  é  indición  más  largamente  se  dice.  Hasta  qué  después 
tornó  Vuestra  Santidad  á  enviar  Legados  Cardenales  al  reve- 
rendísimo Cardenal  de  Monte  y  al  Cardenal  de  Santa  Cruz  y 
a)  de  Sampollo,  y  Fuimos  Embajadores  del  Emperador  yo,  don 
Diego  de  Mendoza,  y  el  ilustre  varón  D.  Francisco  de  Toledo, 
ausente,   con   los  cuales  se  juntaron   algunos   Embajadores  de 


—  105  — 

otros  Príncipes  y  otros  muchos  Obispos  de  diversas  naciones 
venían  de  muy  extrañas  partes  del  .mundo  con  grandes  gastos, 
con  mucho  trabajo. 

En  fin  se  juntaron  y  comenzóse  el  Concilio  tan  deseado  y 
pedido  de  todos  los  cristianos.  Y  lo  primero  que  en  él  se  trató 
fué  las  causas  de  la  religión  y  reformación  de  las  costumbres. 
Y  á  la  sazón  traía  el  Emperador  guerra  contra  los  enemigos  y 
violadores  del  Sacro  Imperio,  en  la  cual  se  tuvo  gran  cuenta 
que  se  hiciese  principalmente  para  amparar  y  amplificar  la  re- 
ligión cristiana,  y  con  consejo  de  Vuestra  Santidad  se  hizo  que 
los  que  por  razón  no  podían  ser  sojuzgados  por  armas  fuesen 
vencidos.- 

Y  como  las  cosas  estuviesen  en  estos  términos,  y  como  dije 
lo  primero  que  se  trató  en  el  Concilio  fué  la  causa  de  la  religión 
y  reformación  de  las  costumbres,  la  cual  pedía  grandes  fuerzas 
y  consejo,  ésta  se  resfrió  en  tan  gran  manera  que  apenas  bien 
se  propuso,  puesto  que  Su  Majestad  y  los  alemanes  lo  hubiesen 
pedido  con  tanta  instancia  así  á  Vuestra  Santidad  como  á  los 
Pontífices  sus  antecesores. 

Y  como  el  Emperador  por  su  gran  esfuerzo  y  bondad  hu- 
biese apaciguado  y  allanado  á  Alemania,  en  lo  cual  no  poco 
le  importaba  á  Vuestra  Santidad  y  al  Santo  Concilio,  con  es- 
peranza y  certidumbre  de  la  venida  de  aquellos  que  hasta  allí 
habían  recusado  el  Concilio,  levantáronse  los  reverendísimos 
que  dicen  ser  Legados  de  Vuestra  Santidad  con  grande  alboroto 
y  sin  pensar,  sin  saberlo  (según  ellos  afirman)  Vuestra  Santi- 
dad, y  sin  hacérselo  saber  por  una  liviana  causa  que  por  ellos 
fué  fingida  y  mañeada,  y  trataron  de  la  traslación  del;  Concilio, 
para  lo  cual  no  dieron  espacio  para  en  ello  poder  pensar  ni 
tomar  consejo,  sino  de  tal  suerte  se  hizo  que  un  día  lo  propu- 
sieron y  otro  lo  determinaron,  y  otro  después  se  fueron  ellos 
y  otros  muchos  Padres,  personas  muy  reverendas  (que  los  si- 
guieron) . 

A  esta  determinación,  Santísimo  Padre,  contradijeron  mu- 
chos Obispos  de  grande  autoridad,  hombres  que  tenían  gran 
celo  de  la  reformación  de  las  costumbres  y  religión  cristiana, 
v  públicamente  inspirando  en  ellos  el  Espíritu  Santo  (por  cuya 


—  106  — 

causa  aquello  principalmente  se  debía  de  hacer)  condenaron  y 
tuvieron  á  mal,  así  el  propósito  de  mudar  el  Concilio  como 
el  haberse  ido  aquellos  reverendos  Cardenales  á  Bolonia.  Y 
públicamente  dijeron  y  afirmaron  aquella  traslación  del  Conci- 
lio ser  injusta,  y  por  tanto  ellos  se  querían  quedar  en  Tri- 
dento  (como  en  su  lugar  legítimo  y  señalado  para  el  Concilio). 

En  este  tiempo  nuestro  invictísimo  Emperador,  mientras 
la  congregación  de  los  Obispos  estaba  en  Bolonia,  como  hubiese 
vencido  á  su  enemigo  en  la  provincia  de  Sajonia  3^  vencido 
dos  Capitanes,  el  uno  en  batalla  y  el  otro  que  se  rindió,  y  apa- 
ciguada toda  Alemania,  habiendo  hecho  y  acabado  él  solo 
guerra  tan  ardua  y  tan  peligrosa,  nunca  dejó  su  propósito  y 
determinación  que  tema  de  que  el  Santo  Concilio  se  prosiguiese 
y  fuese  adelante.  Y  muchas  veces  envió  á  decir  á  Vuestra  San- 
tidad por  mensajeros,  especialmente  por  el  Legado  de  la  Sede 
Apostólica,  por  el  ilustre  Sr.  Juan  de  Vega,  y  también  por  don 
Diego  de  Mendoza,  Embajador  de  Su  Majestad,  con  muchos 
ruegos  antes  de  la  guerra  comenzada  y  después  de  acabada, 
que  Vuestra  Santidad  hiciese  volver  al  Concilio  aquel  los  reve- 
rendos Padres  que  estaban  en  Bolonia,  amonestándole  que  pro- 
veyese de  suerte  que  se  evitasen  muchos  escándalos  á  la  reli- 
gión cristiana  (los  cuales  cierto  se  seguirían)  si  no  se  conti- 
miase  y  acabase  el  Concilio  en  Trento. 

Entre  estas  cosas  mandó  Su  Majestad  llamar  á  Cortes  á  los 
alemanes  para  la  ciudad  de  Augusta  (en  Alemania),  las  cuales 
aún  hoy  día  se  celebran.  Y  en  ellas  se  determinó  por  voluntad 
libre  y  espontánea  de  los  alemanes  de  todo  estado  y  condición 
y  de  consentimiento  de  todas  las  ciudades,  pidiéndolo  nuestro 
Emperador,  que  todos  los  alemanes  fuesen  convocados  al  Con- 
cilio para  que  se  tratasen  aquellas  cosas  sobre  las  cuales  el 
Concilio  se  había  dado.  Y  se  decidiesen  y  determinasen  con  la 
autoridad  sacrosanta  del  Concilio.  Los  cuales  pretendieron  de  to- 
mar y  recibir  al  Santo- Concilio  de  Trento  y  que  determinada- 
mente y  sin  ninguna  contradición  lo  harían. 

El  Emperador  envió  á  Vuestra  Santidad  por  Embajador  al 
reverendísimo  é  ilustrísimo  Sr.  Cistóbal  Mandrucio,  Cardenal 
y  Príncipe  de  Trento,  para  que  en  nombre  de  la  Sacra  Majestad 


—  107  — 

y  del  Serenísimo  César  Rey  de  Romanos  y  de  todas  las  Orde- 
nes del  Sacro  Imperio  hiciese  saber  á  Vuestra  Santidad  el  Santo 
Concilio  de  Alemania  y  le  suplicase  hiciese  aquellos  Padres  que 
estaban  en  Bolonia  que  volviesen  al  Concilio  comenzado  en 
Trento,  y  no  perdiesen  tan  buena  y  tan  honestísima  ocasión 
ganada  con  tantos  trabajos  y  peligros,  y  tornada  ahora  de  nuevo 
á  restaurar  para  que  la  causa  de  la  religión  se  volviese  á  tratar 
de  general  consentimiento  de  todos  los  cristianos*  y  de  los  ale- 
manes, á  cuya  causa  se  había  constituido  el  Santo  Concilio  en 
Trento.  Y  se  tratase  con  la  grande  autoridad  de  la  Sacrosanta 
Sede  Apostólica  y  se  aumentase  y  fuese  adelante  para  gloria 
inmortal  de  Vuestra  Santidad.  Y  esto  lo  hiciese  Vuestra  San- 
tidad públicamente  delante  de  aquellos  reverendísimos  Carde- 
nales. 

Y  allende  de  esto  mandóme  á  mí,  que  había,  venido  á  Sena 
á  componer  y  ordenar  las  cosas  de  aquella  república,  que  tu- 
viese cargo  de  este  negocio  para  que  si  Vuestra  Santidad  pusiese 
en  ello  alguna  dilación  ó  excusa  y  no  quisiere  tomar  esta  oca- 
sión que  tenemos  entre  manos  de  tan  justa  demanda  de  Su 
Majestad,  con  celo  grandísimo  de  la  reformación  de  la  religión 
cristiana,  que  pública  y  secretamente  tomase  testigos  á  los  mis- 
mos reverendísimos  Cardenales  y  á  todos  los  Embajadores  de 
todos  los  Príncipes  que  en  Roma  estuviesen  de  lo  que  pasaba. 

Y  demás  de  esto,  me  mandó  que  hablase  á  todos  los  Pro- 
curadores y  á  los  consiliarios  suyos  que  en  Bolonia  esperaban 
respuesta  de  esto  de  aquellos  Padres  que  allí  estarían,  para  que 
si  ellos  y  Vuestra  Santidad  lo  rehusasen  ó  pusiesen  alguna  dila- 
ción, yo,  en  nombre  de  Su  Majestad,  en  general  ayuntamiento 
de  todos,  protestase  ser  injusta  la  traslación  del  Concilio  y  de 
todas  las  cosas  allí  hechas  y  seguidas  ser  ningunas  y  de  ningún 
valor.  Hízose,  pues,  beatísimo  Padre,  después  de  haber  sido 
requerido  secreta  y  públicamente  primero  del  reverendísimo 
Príncipe  de  Trento,  á  nueve  días  del  mes  de  Diciembre,  y  des- 
pués por  mí  á  catorce  del  mismo  mes,  á  hora  del  .medio  día,  de- 
lante del  ayuntamiento  de  los  reverendísimos  Padres,  con  la  di- 
vina humildad,  rogando  á  Vuestra  Santidad  humildemente  por 
la  sangre  de  Nuestro  Señor  Jesucristo  y  por  sus  entrañas  nos 


—  108  — 

concediese  lo  que  teníamos  pedido.  Y  Vuestra  Santidad  tomó 
término  para  consultar  y  tomar  consejos  sobre  ello  de  los  Padres 
reverendísimos  que  estaban  en  Bolonia,  los  cuales  dieron  en  esto 
su  parecer  no  menos  vano  y  engañoso  que  en  lo  pasado  y  muy 
pernicioso  para  la  religión  cristiana  y  para  escándalo  y  detri- 
mento de  toda  la  Iglesia.  El  cual  parece  en  alguna  manera  á 
Vuestra  Santidad  haber  aprobado  teniéndolo  por  bueno  aquél 
haberse  apartado  de  Trento,  aquella  congregación  hecha  en 
Bolonia  llamándola  Concilio  general,  y  dándole  tanta  autoridad 
que  escribe  al  reverendísimo  Cardenal  de  Monte,  Obispo  proe- 
nestino,  y  la  respuesta  del  Emperador  cuanto  á  los  mismos 
Obispos  por  su  propia  autoridad  se  osaron  atribuir. 

Demás  de  esto  respondió  Vuestra  Santidad  dilatando  el  ne- 
gocio, poniendo  inconvenientes  irrectos  y  mal  formados  para 
la  ocasión  que  entre  manos  teníamos,  porque  ¿qué  puede  ha- 
ber en  el  mundo  más  ajeno  de  la  verdad  que  en  un  negocio 
tan  grave  y  de  tanta  importancia  negocio  de  la  religión  cris- 
tiana y  del  Espíritu  Santo,  trastornar  y  revolver  el  negocio  de 
la  causa,  dar  sentencia  y  pronunciarse  juez  antes  que  el  juicio 
se  le  difiera  (sic)f  ¿Y  aquellos  que  estaban  enfermos  y  querían 
ser  sanos  y  que  hasta  aquí  desviaba  del  verdadero  camino  y 
ahora  pedían  religión  y  reformación  de  costumbres  y  confor- 
midad de  todas  las  disensiones,  y  que  pedían  este  Concilio  se 
hiciese  en  Trento,  y  donde  estaba  comenzado  allí  se  acabase, 
lo  cual  creían  ser  medicina  para  sus  conciencias,  se  les  dene- 
gase y  alargase  con  engaños  y  rodeos?  ¿Y  qué  mayor  incon- 
veniente sino  que  se  dé  mayor  crédito  á  aquellos  que  aun  entre 
sí  tienen  poca  concordia,  hombres  de  poca  autoridad  y  de  bajo 
suelo  que  dicen  no  haberse  de  proseguir  el  Concilio?  ¿Y  que 
no  atribuya  Vuestra  Santidad  entera  fe  á  nuestro  Emperador  \ 
Rey  de  Romanos  y  á  otros  Príncipes  y  Estados  alemanes  que 
están  juntos  en  públicas  Cortes  y  envían  á  un  reverendísimo 
Cardenal  y  Príncipe  del  Sacro  Imperio  para  que  haga  saber  á 
Vuestra  Santidad  de  tan  santo  propósito  como  los  alemanes 
tienen,  lo  cual  claramente  se  colige  de  las  respuestas  que  así 
públicamente  como  secretamente  Vuestra  Santidad  ha  dado, 
pero  yo  no  sé  qué  pedíamos  á  los  alemanes?  ¿Qué  deseábamos 


—  109  — 

de  ellos  tantas  veces  con  tantos  caminos  y  gastos  y  trabajos  en 
guerra  dudosa,  donde  tanto  se  ha  arriesgado,  sino  esto  que 
teníamos  de  ellos  ya  alcanzado? 

Perdió  Vuestra  Santidad  todos  los  trabajos  pasados  por  la 
religión  cristiana,  perdió  la  ocasión  grande  que  tenía  de  restau- 
rar y  restitiür  la  fe,  perdió  la  causa  de  la  religión,  pues  era 
amonestado  y  requerido,  pues  está  cierto  este  Concilio  general 
habiéndose  señalado  por  causas  muy  graves  y  necesarias  á 
ruego  de  nuestro  Emperador,  viniendo  en  ello  todos  los  Prín- 
cipes cristianos,  pidiéndolo  los  mismos  alemanes,  concordando 
en  ello  todos  los  Obispos  lo  en  él  comenzado  y  tratado  de  con- 
sentimiento todos  sin  causa  gravísima,  sin  consejo  de  los  Prín- 
cipes y  gran  necesidad  y  sin  guardar  la  orden  del  derecho, 
sin  consejo  de  todos  los  Padres  no  poderse  mudar  ni  solicitó 
hacerlo  ;  porque  de  aquí  viene  muchas  veces  que  estas  tales 
traslaciones  y  mudanzas  hechas  sin  causa,  sin  consejo  de  los 
Príncipes,  suelen  con  gran  peligro  de  la  religión  levantar  y 
mover  muchas  discusiones  en  la  república  cristiana,  y  algunas 
veces  los  Concilios  ya  ordenados  con  la  división  del  pueblo  cris- 
tiano se  deshacen  y  desconciertan.  Pues  la  causa  de  esta  tras- 
lación fué  ninguna,  sino  tomada  la  primera  ocasión  que  se  les 
vino  á  aquellos  reverendísimos   Cardenales. 

Hicieron,  como  tengo  dicho,  lo  que  quisieron,  diciendo  ha- 
ber no  sé  qué  calenturas  y  aires  corruptos  de  la  ciudad,  tra- 
yendo testimonio  procurado  de  algunos  sobornados  médicos, 
principalmente  de  sus  criados  y  cocineros  vilísimos.  Y  con  esta 
flor  y  poca  ocasión  se  fueron  de  Trento,  no  habiendo  entonces 
ni  después,  según  claramente  pareció,  ninguna  causa  ni  aun 
de  aquel  vano  temor  que  ellos  tenían.  Demás  de  esto  fuera  bien 
dar  parte  á  Vuestra  Santidad  de  esta  ida,  porque  tuviera  algún 
color,  pues  en  tan  breve  espacio  de  tiempo  corría  poco  riesgo 
en  esperar,  pues  la  cosa  no  era  tan  repentina,  según  que  por 
el  suceso  pareció.  Pero  ellos  mismos  confiesan  haber  sido  sin 
hacerlo  saber  á  Vuestra  Santidad,  y  así  Vuestra  Santidad  lo 
afirma  en  la  carta  que  escribió  al  reverendísimo  Cardenal  de 
Monte  y  en  la  respuesta  dada  á  nuestro  Emperador.  Las  cuales 
menoscabaron  mucho  la  autoridad  de  Vuestra  Santidad,  tanta 


—  110  — 

fué  la  prisa  de  estos  Cardenales  y  Legados  que  ni  ellos  qui- 
sieron dar  parte  á  nadie  ni  quisieron  oir  á  los  que  les  decían 
ser  bien  primero  se  diese  parte  á  Vuestra  Santidad  y  á  nues- 
tro Emperador  Carlos,   siempre  augusto. 

Y  como  nuestro  invictísimo  César  trabajase  siempre  de  am- 
parar y  amplificar  la  religión,  Ija  Iglesia  y  al  Santo  Concilio, 
no  dejó  de  amonestárselo  muchas  veces  por  sus  mensajeros, 
diciéndoles  que  no  querían  pasar  por  aquella  traslación  y  sus- 
pensión del  Concilio.  Menospreciaron  también  y  no  curaron 
de  la  orden  del  derecho  ni  guardaron  aquel  conocimiento  de 
causa  que  por  las  constituciones  sinodales  está  mandado  cerca 
de  las  traslaciones  de  los  Concilios,  haciendo  cosa  liviana  y  de 
poco  perjuicio  lo  que  en  sí  es  de  la  mayor  importancia  que 
puede  ser.  Porque  fuera  bien  que  ellos  oyeran  de  buena  gana 
las  justas  contradicciones  de  aquellos  gravísimos  Padres  que 
con  tanta  doctrina  y  buen  celo  y  pura  conciencia  no  consentían 
en  ello,  y  mirar  sus  razones  y  examinarlas,  y  no  echándoles 
por  alto  y  apenas  bien  oídas  hacer  lo  que  se  les  antojó,  pues 
con  justo  título  se  debían  preferir,  pues  más  graves  y  más 
firmes  eran  en  la  religión  cristiana.  Podrían  con  razón  los  Pa- 
dres de  muchas  naciones  impedir  esta  traslación  como  volun- 
taria y  perniciosa  á  la  república  cristiana.  Porque  dado  que 
fuera  necesaria,  fuera  razón  que  se  guardaran  los  decretos  de 
los  Sagrados  Concilios  y  fuera  por  sus  términos  conforme  á 
derecho,  escogiendo  el  lugar  más  cercano  en  Alemania  y  más 
oportuno ;  lo  cual  convenía  hacer  porque  los  alemanes  por 
cuya  causa  el  Concilio  se  hacía  pudiesen  venir  seguros.  Y  no 
hay  razón  para  poder  defender  el  haberse  ido  á  Bolonia  (que 
es  ciudad  puesta  en  medio  de  Italia,  subdita  al  Imperio  de  ]a 
Iglesia),  adonde  está  claro  que  los  alemanes  no  habían  de  que- 
rer ir. 

Escogieron,  pues,  lugar  que  todos  pudiesen  fácilmente  re- 
husar por  muchas  causas  que  al  presente  callo.  Y  esto  no  para 
proseguir  el  Concilio,  sino  para  con  muchos  detrimentos  de  los 
cristianos  y  decoloración  y  deformación  del  estado  esclesiástico 
y  de  la  república  cristiana  deshacerlo,  haciendo  que  no  pasase 
adelante.  Y  siendo  como  son  los  Concilios  estatuidos  para  qui- 


—  111  — 

tar  disensiones,  sustentar  la  religión  y  enmendar  las  costum- 
bres, esta  traslación  de  los  Padres  reverendísimos  lo  turbó  todo 
y  lo  echó  todo  á  perder. 

Pero  como  el  nuestro  invictísimo  César,  como  verdadero  y 
legítimo  Emperador  de  los  Romanos,  esté  obligado  á  aumentar 

4  ... 

y  defender  la  Iglesia,  lo  cual  ha  hecho  desde  el  principio  de 
sus  reinos  y  de  su  Imperio,  como  de  muchos  tiempos  á  esta 
parte  esté  al  cargo  de  los  Emperadores  amparar  los  Concilios 
y  conservarlos  hasta  tanto  que  todos  los  negocios  por  cuya 
causa  se  hacen  en  su  lugar  y  con  su  orden  queden  en  perfec- 
ción. Y  como  haya  pensado  de  componer  y  apaciguar  las  di- 
senciones  de  Alemania  (que  es  provincia  principal  del  Imperio), 
y  gran  miembro  de  la  Iglesia  para  restituir  la  religión  cristiana. 
Y  como  el  principal  intento  y  cuidado  de  Su  Majestad  sea 
corregir  y  enmendar  con  favor  de  Vuestra  Santidad  y  del  Santo 
Concilio  las  gentes  y  naciones  de  España  y  de  otros  Reinos  y 
Señoríos  de  donde  es  Rey  y  verdadero  señor,  lo  cual  verdade- 
ramente se  cumpliría  si  Vuestra  Santidad  el  Concilio  señalado 
para  Trento  y  comenzado  en  Trento,  en  el  mismo  Trento  lo 
prosiguiese  y  acabase. 

Viendo,  pues,  nuestro  invictísimo  Emperador  esta  Ida  de 
estos  Legados,  y  como  ellos  la  llaman  traslación  hecha  sin  or- 
den legítima  ni  fundada  por  ley  ni  por  causa  ni  razón  ni  con- 
sejo. Y  viendo  á  toda  Alemania  (á  quien  este  negocio  princi- 
palmente tocaba)  pedir  Concilio  y  prometer  de  estar  en  él  y 
recibirlo  por  Santo.  Ahora  como  bueno  y  obediente  hijo  de 
Vuestra  Santidad  y  de  la  Santa  Madre  Iglesia,  pide  v  requiere  á 
Vuestra  Santidad  por  las  llagas  de  Jesucristo  no  deje  de  la 
mano  ocasión  tan  buena  de  tanto  tiempo  y  con  tanto  trabajo 
adquirida  para  componer  y  restaurar  la  religión  cristiana,  y 
que  se  acuerde  Vuestra  Santidad  de  ayudar  y  dar  favor  á  las 
ovejas  que  Nuestro  Señor  le  dejó  encomendadas,  mandando 
á  los  que  dicen  ser  sus  Delegados  volver  luego  á  Trento,  con 
todos  los  demás  Obispos  que  con  ellos  fueron,  pues  por  Vues- 
tra Santidad  estaba  el  lugar  ya  aprobado  para  que  allí  se  hi- 
ciese el  Concilio  y  lo  comenzado  en  él  se  prosiguiese  y  aca- 
base. Lo  cual  en  ninguna  manera  podrían  rehusar  mandándolo 


—  112  — 

Vuestra  Santidad,  pues  ellos  así  lo  han  prometido  de  volver, 
viniendo  los  alemanes  al  Concilio  luego  que  aquella  falsa  sos- 
pecha de  enfermedad  se  resfriase.  Y  esto  Vuestra  Santidad  lo 
prometió  muchas  veces  á  nuestro  Emperador  por  sus  Embaja- 
dores y  llegados. 

Y  pues  así  es  y  casi  un  año  es  ya  pasado  que  aquella  pesti- 
lencia ó  mortandad  (si  alguna  hubo)  está  ya  apaciguada,  todo 
tranquilo,  quitada  toda  razón  de  temor,  pidiéndolo  los  alema- 
nes, prometiendo  ellos  mismos  de  su  libre  y  espontánea  volun- 
tad de  recibir  el  Santo  Concilio  libremente  y  sin  ninguna  con- 
dición. ¿Qué  es  la  causa  qué  no  vuelven  á  acabar  lo  comenzado  í 
¿Dónde,  de  derecho  y  razón,  se  debe  proseguir?  Y  si  Vues- 
tra Santidad  hiciese  esto  que  se  le  suplica  haciendo  tornar 
por  su  autoridad  apostólica  á  los  Legados  ya  dichos  á  lia  ciu- 
dad de  Trento  y  en  ello  no  se  pusiese  dilación  ni  dificultad, 
hará  cierto  cosa  muy  necesaria  al  pueblo  cristiano  y  muy  agra- 
dable á  la  divina  Majestad.  De  otra  suerte,  no  queriendo  Vues- 
tra Santidad  venir  en  tan  justa  petición  hecha  en  tiempo  y  en 
ocasión  tan  necesaria  como  al  presente  se  nos  ofrece,  lo  cual 
por  cierto  no  es  de  creer  de  hombre  que  tiene  á  su  cargo  toda 
la  cristiana  república  y  de  quien  tiene  las  veces  de  Nuestro 
Señor  Jesucristo. 

Yo,  D.  Diego  de  Mendoza,  en  nombre  del  piadosísimo  é  in- 
victísimo D.  Carlos,  señor  nuestro,  Emperador  de  los  Romanos, 
por  su  especial  poder  que  para  ello  tengo  y  en  nombre  de  todo 
el  Sacro  Imperio,  de  sus  Reinos  y  Señoríos,  después  de  haberle 
hecho  secreta  y  públicamente  muchas  amonestaciones  y  denun- 
ciaciones evangélicas,  y  esto  como  tengo  dicho  no  una  ni 
dos,  sino  infinitas  veces,  y  en  este  amplísimo  y  religiosísimo 
Consistorio  de  Cardenales,  día  de  miércoles,  antes  de  medio  día, 
á  14  de  Diciembre  y  en  el  mismo  lugar  después  de  martes  en 
la  tarde  á  27  de  Diciembre,  estando  presentes  los  reverendísimos 
Padres  y  los  Embajadores  de  los  Príncipes,  después  de  otia 
protestación  hecha  en  lunes,  después  de  medio  día,  á  16  de 
Enero,  por  los  Embajadores  de  nuestro  Emperador,  estando 
en  el  general  ayuntamiento  en  Bolonia,  ahora  de  nuevo  protesto 
y    digo  la   dicha   traslación   ó   ida    de   aquellos   reverendísimos 


—  113  — 

Cardenales  á  Bolonia  ser  ilegítima  y  ninguna  y  todas  las  cosas 
de  allí  seguidas  y  ejecutadas  y  las  que  de  aquí  adelante  se 
harán  y  siguieren  ser  afectas  de  ningún  valor  y  ser  ocasión  de 
engendrar  muchas  disensiones,  rijas  y  escándalos  en  la  Iglesia 
de  Dios  y  gran  pestilencia  y  peligro  al  pueblo  cristiano,  y 
ser  amenazas  para  que  la  fe  católica  y  la  universal  Iglesia  de 
Dios  esté  en  gran  peligro,  y  para  escandalizar  y  colorar  su  es- 
tado, y  para  resolver  la  entereza  y  majestad  de  Nuestra  Santa 
Madre  Iglesia.  Y  por  el  consiguiente  ser  de  ningún  momento 
y  de  ningún  efecto  y  ser  de  ninguna  fuerza  ni  adelante  tener 
vigor  ni  substancia  ni  lo  hecho  por  aquellos  Legados  y  Obispos 
que  están  en  Bolonia,  tener  aquella  autoridad  de  Vuestra  San- 
tidad que  se  requiere  para  que  en  negocio  de  tanta  importancia 
y  que  tanto  importa  á  la  universal  república  cristiana,  princi- 
palmente para  aquella  provincia  donde  poco  entienden  de  esta 
reformación  de  costumbres,  lo  por  ellos  determinado  tenga  fuer- 
za de  ley  ni  valga  cosa  alguna. 

Demás  de  esto,  en  nombre  del  invicto  Emperador  de  Roma- 
nos nuestro  señor,  y  por  su  especial  mandado  protesto  y  de- 
nuncio á  Vuestra  Santidad  que  la  respuesta  dada  por  Vuestra 
Santidad  en  este  negocio  fué  inepta  y  no  conveniente,  llena 
de  humo.  O  por  mejor  decir,  fuese  cosa  de  burla,  pues  ni  en 
razón  ni  en  derecho  se  fundaba. 

También  protesto  todos  los  daños,  alborotos,  disensiones, 
mortandades,  rencillas,  muertes,  divisiones  de  pueblos,  es- 
cándalos en  la  Iglesia  de  Dios,  peligros  en  la  religión  cristiana. 
Y  finalmente,  todo  y  cualquier  detrimento  que  se  siguiere  ó 
pudiese  seguirse,  que  todo  se  imputará  á  Vuestra  Santidad, 
pues  pudo  y  debió  poner  remedio  en  ello  y  de  forma  y  de  cien- 
cias del  Pontificado  era  obligado  á  remediarlo  hasta  poner  su 
sangre  y  su  vida. 

También  protesto  que  el  invictísimo  nuestro  Emperador 
don  Carlos  está  fuera  de  toda  culpa  y  negligencia  si  por  caso 
de  este  negocio  sucedieren  algunas  tempestades  y  tormentos 
á  la  Iglesia  de  Dios.  Y  protesta  con  todas  sus  fuerzas  de  ir 
contra  ello  y  ser  siempre  en  amparo  y  protección  de  la  Iglesia, 
y  de   hacer  todo  aquello  que  debe  á  su  dignidad,   porque  es 


—  114  — 

i 

Emperador  y  Rey  y  hará  aquello  que  el  derecho  manda,  y  lo 

que  las  leyes  y  ordenanzas  de  los  santos  Padres  hallare  que 
se  deba  guardar.  Y  protesto  todo  lo  demás  que  en  nombre  de 
nuestro  invictísimo  Emperador  por  la  mejor  vía  que  puedo  y 
debo  y  me  convenga  protestar. 

Y  asimismo  á  vosotros  reverendísimos  Cardenales  que  es 
tais  presentes,  digo  que  en  caso  que  Su  Santidad  se  descuidare 
en  lo  que  tengo  dicho  ó  por  otra  cualquiera  vía  dejare  ó  difi- 
riere la  reformación  de  las  costumbres,  la  instrucción  de  la  reli- 
gión, la  unión  y  conformidad  de  las  provincias  de  Alemania 
tal  cual  se  requería  hacer  en  el  santo  Concilio.  Y  si  vosotros 
de  la  misma  suerte  fuéredes  en  esto  negligentes,  protesto  lo 
mismo  que  he  protestado  á  Su  Santidad  del  mismo  modo  y 
orden.  Y  así  lo  protesto  en  nombre  del  piadosísimo  Emperador 
D.  Carlos,  y  digo  que  haré  esta  protestación  dos  ó  tres  veces 
y  tantas  cuantas  me  convengan  y  en  el  lugar  y  donde  me  pa- 
reciere ser  necesario.  Y  á  todos  los  presentes  tomo  por  testigos 
y  pido  y  requiero  á  los  Notarios  que  aquí  están  ó  á  cualquiera 
de  ellos  hagan  de  todo  lo  susodicho  públicos  instrumentos. 


CAPITULO  XVI 

Cómo  el  Emperador,  con  parecer  de  grandes  letrados  y  hom- 
bres de  buena  vida,  determinó  de  dar  cierta  orden  y  ma- 
nera de  vivir  así  en  la  fe  como  en  costumbres  á  la  gente 
del  Imperio,  sometiéndola  á  lo  que  en  el  general  Concilio 
se  determinase. 

Después  que  D.  Diego  de  Mendoza  hubo  leído  la  dicha  pro- 
testación, Su  Santidad  le  respondió  que  lo  vería  más  despacio, 
y  que  él  le  hablaría  sobre  ello.  En  conclusión  no  se  hizo  cosa 
de  las  que  el  Emperador  y  Electores  y  los  demás  Príncipes  del 
Imperio  y  ciudades  deseaban.  Y  así  determinó  Su  Majestad 
luego  de  mandar  hacer  en  aquellas  Cortes  cierta  reformación 
católica  para  quitar  los  abusos  y  escándalos,  para  plantar  y 
conservar  la  disciplina   católica   con  que  aquellos  Estados  pu- 


—  115  — 

diesen  vivir  y  estar  piadosa  y  pacíficamente  hasta  tanto  que  se 
hiciese  el  Concilio  general  y  hubiesen  de  tener  y  guardar  lo 
que  en   él   fuese   determinado.    Y   para    ello   mandó   juntar   el 
Emperador  muy  buenos  letrados  en  Santa  Teología  y  de  sanas 
conciencias  para  que  se  guardase  lo  que  entre  ellos  se  consti- 
tuyese, y  por  parte  de  Su  Majestad  fueron  nombrados  el  Arzo- 
bispo de  Maguncia  y  Enrique  Acoss  y  Jorge  Segismundo  Do- 
seld,  y  por  el  Rey  de  Romanos  Sandinico  Magreche,  y  por  el 
Arzobispo  de  Maguncia  el  Provisor  de  su  Iglesia;  por  el  Ar- 
zobispo de  Colonia,  Enardo  Quilich;  por  el  Arzobispo  de  Tre- 
vers,  Nicolás  de  Lain,  Canónigo;  por  el  Elector  Duque  Mauri- 
cio, Eustaquio  de  Sichleben  ;   por  el  Arzobispo  de  Salzpruque, 
Jacobo  Enríquez  Manus ;   por  el  Duque  de  Ba viera,  Leonardo 
Eque,  y  por  los  Prelados  de  toda  Alemania,  el  Abad  Bonarance ; 
por  todos  los  Condes  y  señores,  Hugo  de  Manhort ;   por  todas 
las  ciudades   francas,   Jacobo  Sturm,   Jorge   Peserer.  Y  demás 
de  las  personas  susodichas,  para  que  en  discordia  suya  pudiesen 
intervenir  á  tener  voto  en  lo  que  se  había  de  mandar  y  orde- 
nar  fueron  nombrados   por   el  Emperador   el    confesor   de   Su 
Majestad  el  Doctor  Maluenda,  el  Doctor  Julio  Fulco.  Los  cuales 
se  juntaron  muchas  veces  y  trataron  sobre  todos  los  artículos 
de  la  fe  en  que  los  luteranos  ponían  duda,  para  la  averiguación 
de  los  cuales  determinaron  tomar  la  materia  desde  la  creación 
del  mundo,  é  hicieron  este  presente  tratado  que  se  sigue : 


Del  estado  del  hombre  antes  que  pecase. 

Dios  en  el  principio  de  todas  las  cosas  crió  al  hombre  á  su 
imagen  y  le  adornó  de  gracia  é  hizo  que  fuese  recto  así  en  las 
fuerzas  del  cuerpo  como  en  las  del  ánimo,  y  que  no  fuese  per- 
turbado con  algunos  malos  movimientos,  sino  que  en  él  obede- 
ciese la  carne  al  espíritu  y  las  otras  inferiores  virtudes  del 
ánimo  á  las  superiores.  Y  como  el  ánimo  del  hombre  fuese  tan 
bien  ordenado,  dejóle  Dios  en  su  propio  albedrío  para  que  no 
tuviese  menos  fuerza  para  elegir  lo  bueno  y  lo  malo,  y  si  bien 


—  116  — 

hubiera  usado  de  esta  libertad  y  obedeciera  á  los  mandamientos 
que  Dios  le  dio,  guardara  para  sí  y  para  sus  descendientes  los 
bienes  de  justicia  que  del  Omnipotente  Dios  había  recibido  y 
no  le  faltara  nada  para  bien  aventuradamente  vivir,  ni  la  ham- 
bre, ni  la  sed,  frío  ni  calor,  ni  el  dolor,  ni  enfermedad  alguna, 
ni  la  misma  muerte  le  afligiera.  Y  finalmente  evitara  todo  pe- 
cado y  vicio,  y  ningún  pecado  pudiera  poner  en  peligro  á  él 
ni  á  sus  descendientes. 

II 

Del  estado  del  hombre  después  que  pecó. 

Empero  después  que  nuestro  primer  padre  vino  contra  el 
mandamiento  que  Dios  le  había  dado,  cayó  en  la  pena  que  Dios 
le  había  antes  puesto,  y  perdió  el  excelente  y  muy  hermoso 
don  de  la  justicia  original,  y  de  aquí  la  provocación  y  el  vicioso 
hábito  de  la  codicia,  el  cual  para  siempre  contradice  al  espíritu 
y  á  las  otras  superiores  virtudes  del  ánimo.  El  cual  pecado- 
conviene  á  saber  :  privación  de  justicia  daba  á  Dios  cuenta  jun- 
tamente con  la  concupiscencia  la  extendió  en  todos  sus  descen- 
dientes de  arte  que  con  él  naciesen  todos  los  que  venían  á  esta 
vida,  y  ninguno  pueda  vivir  sin  el  dicho  pecado  aunque  sea 
un  niño  de  un  día  nacido,  conforme  á  las  escrituras.  De  aquí 
nos  vino  aquella  llaga  de  nuestra  naturaleza  que  ningún  hom- 
bre entienda  las  cosas  que  son  del  espíritu  ni  elija  libremente 
lo  que  conviene  antes  de  la  gracia  como  aborrezca  (sic),  y 
concupiscencia  y  deseo  de  la  carne  y  las  cosas  que  en  él  seño- 
rean y  la  enemistad  sea  contra  Dios  y  contra  su  ley,  y  tanto 
más  impida  en  el  bien  cuanto  más  le  persuade  el  mal. 

Y  aun  que  el  tal  hombre  retiene  libertad  de  albedrío  (aun- 
que enferma  y  dañada),  de  la  cual  así  como  de  fuente  manan 
las  virtudes  morales  de  los  mismos  y  acciones  de  ellas,  empero 
no  puede  allegarse  á  la  justicia  que  está  delante  de  Dios  antes 
que  él  le  dé  favor  y  amparo.  Mas  antes  el  hombre  es  siervo 
del  pecado,  esclavo  de  Satanás,  enemigo  de  Dios  y  sujeto  á 
los  males  de  este  mundo,  porque  la  fatiga,  la  hambre,  sed,  frío, 


—  117  — 

calor,  dolor,  enfermedad.  Finalmente,  le  derrueca  la  muerte  :¡ 
porque  por  un  hombre  entró  el  pecado  en  este  mundo,  y  la 
muerte  por  el  pecado. 

Estas  penas  sobredichas  son  de  la  transgresión  del  mandado 
divino,  las  cuales  son  comunes  á  los  bautizados  y  de  nuevo 
nacidos,  con  los  que  pecaron.  Pero  á  los  que  de  nuevo  nacieron 
se  las  da  Dios  por  que  se  ejerciten  en  ellas,  y  á  los  injustos  y 
malos  para  que  sean  castigados  en  ellas.  A  esto  se  ha  de  aña- 
dir que  en  el  tal  hombre,  al  cual  el  pecado  original  ensució  la 
natura,  tan  solamente  está  y  se  renueva  por  la  gracia  si  no 
reina  en  él  Satán,  juntamente  con  la  mala  concupiscencia,  el 
cual  Satán  le  tiene  constreñido  con  los  lazos  de  su  servidum- 
bre y  obra  en  él  de  manera  que  viva  en  sus  deseos  haciendo 
la  voluntad  de  la  carne  y  pensamientos  y  ajunte  el  pecado  ori- 
ginal que  recibió  de  sus  padres  con  los  suyos,  y  se  haga  hijo 
de  la  ira,  como  dice  el  Apóstol.  De  arte  que  si  muriese  en  aquel 
estado  desventurado,  por  la  sentencia  de  Dios  sería  echado  en 
la  gehena  adonde  los  condenados  padecen  con  perpetua  pena, 
donde  como  dice  Isaías  :  «Ni  su  fuego  se  amatará  ni  su  gu- 
sano de  conciencia  morirá». 

III 

De  la  redención  que  Cristo  Nuestro  Señor  hizo. 

Así  que  Dios  es  rico  y  abundante  en  misericordia,  no  que- 
riendo que  pereciesen  los  que  él  había  hecho,  envió  á  su  hijo 
al  mundo  para  que  como  le  fuese  imposible  al  hombre  librarse 
tuviese  la  redención  en  Nuestro  Señor  por  su  sangre,  y  como 
■está  escrito  oor  el  Apóstol,  puso  D!os  en  verdad  sobre  su  Hijo 
más  iniquidades  para  que  en  su  cuerpo  llevase  los  pecados  á 
la  cruz,  y  enclavándolos  en  el  madero  aquesta  inocente  como 
padeciese  por  nosotros  pecadores  y  satisfaciese  nos  redimió,  y 
así  agradó  á  Dios  Padre  para  que  él  nos  librase  á  nosotros, 
-desventurados  y  ensuciados  con  los  pecados  y  nos  salvase  por 
su  sangre  y  nos  pusiese  en  gracia  con  Él,  porque  verdadera- 
mente (como  dice  San  Pablo)  Dios  estaba  en  Jesucristo  recon« 


—  118  — 

ciliando  y  allegando  así  al  mundo,  no  mirando  sus  pecados.  Y 
aunque  Dios  de  balde  y  por  su  santo  nombre  nos  es  favorable 
y  limpia  nuestras  maMades  por  sí,  empero  porque  no  pareciese 
que  perdonaba  nuestros  pecados  sin  que  hubiese  alguna  satis- 
facción para  demostrar  su  justicia,  mezcló  justicia  con  miseri- 
cordia, según  que  es  su  incomprensible  sabiduría  é  inmensa 
bondad.  Y  quiso  que  la  sangre  de  su  Hijo  fuese  puesta  por 
precio  de  nuestra  redención,  para  que  las  penas  que  nosotros, 
pecadores  habíamos  de  dar  sufriese  aquel  inocentísimo  Cordero 
en  la  Cruz  para  que  nosotros  pudiésemos  tomar  y  usurpar  el 
precio  de  nuestra  redención,  que  nos  faltaba  de  sus  llagas 
para  nuestra  salvación  y  salud.  Porque  como  benignísimo  Pa- 
dre tuviese  piedad,  de  nosotros  de  gracia,  empero  no  tuvo  mi- 
sericordia sin  que  interviniese  la  sangre  de  su  Hijo  para  que 
lo  que  aquí  á  nosotros  de  balde  nos  vino  confesemos  que  lo> 
hemos  recibido  de  los  méritos  y  justicia  de  Cristo.  Por  ma- 
nera que  cualquiera  se  huelga  y  gloría  hasta  aquesto  en  el 
Redentor  y  Salvador  nuestro,  pues  que  de  Él  lo  recibió. 


IV 


De  la  justificación  del  hombre,  que  quiere  decir  de  la  remisión 

de  los  pecados. 

Después  de  esto,  el  que  se  redime  con  la  preciosa  sangre  de 
Dios  y  á  quien  se  aplica  el  merecimiento  de  su  pasión,  aqueste 
luego  se  justifica,  que  quiere  decir  que  halla  remisión  de  sus 
pecados  y  que  se  absuelve  de  la  eterna  damnación  y  se  renueva 
por  el  Espíritu  Santo,  y  de  injusto  se  hace  justo.  Porque  Dios 
cuando  justifica  al  hombre  no  se  ha  con  él  como  hombre,  de 
arte  que  tan  solamente  le  perdone  el  pecado  libre ;  pero  aún 
le  hace  mejor  (lo  cual  los  hombres  ni  pueden  ni  suelen  hacer) , 
porque  comunica  con  él  de  su  Espíritu  Santo,  el  cual  limpia 
el  corazón  del  hombre,  y  por  la  caridad  infusa  en  el  mismo 
corazón  le  incita  á  que  desee  lo  que  es  bueno  y  justo,  y  después 
de  deseado  por  obra  lo  siga. 

Aquesta  es  aquella  verdadera  razón  de  justicia  que  se  nos 


—  119  — 

alega,  la  cual  deseaba  David  cuando  decía  :  ((Cría  en  mí,  Señor, 
limpio  corazón  y  renueva  en  mis  entrañas  espíritu  derecho». 
De  aquesta  escribe  el  Apóstol  diciendo  :  «Lavados,  santifica- 
dos y  justificados  estáis».  Y  cuando  dijo  que  Dios  nos  salvó 
según  su  misericordia  por  el  lavar  de  la  regeneración  y  renova- 
ción del  Espíritu  Santo,  al  cual  en  nosotros  infundió  abundan- 
temente por  Jesucristo  Nuestro  Salvador,  para  que  justifica- 
dos por  su  gracia  fuésemos  herederos  de  la  vida  eterna,  según 

« 
esperamos. 

Y  aunque  esta  justicia  que  nace  de  la  fuente  de  la  ley  del 
Espíritu  Santo  es  más  abundante  que  fué  la  de  los  escribas 
y  fariseos,  empero  en  aquellos  que  tienen  en  esta  ley  no  me- 
nos la  concupiscencia  repugna  al  espíritu,  mientras  que  aquí 
viven.  Y  de  aquí  viene  que  los  mismos  sirvan  á  la  ley  de  Dios 
en  el  entendimiento,  pero  con  la  carne  á  la  ley  del  pecado 
y  no  vivan  sin  él. 

Así  que  como  el  hombre  no  alcance  plena  perfección  de 
justicia  mientras  que  aquí  vive  en  verdad  de  Cristo,  que  no  es 
sabiduría,  justicia,  santificación  y  redención,  nos  socorre  en 
aquesta  parte  largamente.  De  arte  que  así  como  hizo  por  la 
comunión  de  su  justicia  la  justicia  del  hombre  que  participa 
con'  la  suya  así  la  acrecienta,  de  arte  que  se  renueve  cada  día 
más  hasta  que  se  haga  del,  todo  perfecta  en  la  morada  eterna, 
y  alcanza  al  hombre  perdón  por  el  merecimiento  de  su  sangre 
preciosa  y  justicia  perfectísima.  De  arte  que  lo  que  el  hombre 
por  su  flaqueza  menos  puede,  aquesto  se  cobre  por  la  perfec- 
:ión  del  mismo  Cristo  y  se  nos  dé.  De  aquí  viene  aquella 
consolación  de  San  Juan  :  «Hijitos,  estas  cosas  os  escribo  para 
que  no  pequéis;  si  alguno  pecare,  á  Cristo  tenemos  por  abo- 
gado acerca  del  Padre ;  Él  es  favorable  para  rogarle  por  los 
pecados» . 

Concurren  de  verdad  el  merecimiento  de  Cristo  y  justicia 
que  se  alega,  para  la  cual  somos  renovados  por  el  don  de  la 
caridad,  que  se  alega  para  que  por  ella  vivamos  en  este  siglo 
piadosa,  justa  y  templadamente,  esperando  la  esperanza  bien- 
aventurada y  advenimiento  de  la  gloria  del  gran  Dios  y  Sal- 
vador nuestro.  Empero  el  merecimiento  de  Cristo  para  que  sea 


—  120  — 

causa  de  nuestra  justicia,  para  que  como  caigamos  y  erremos 
en  muchas  cosas  que  pueden  turbar  nuestros  ánimos  y  traerlos 
á  desesperación,  respiremos  y  tomemos  alientos  en  el  mismo 
merecimiento  de  Jesucristo  y  hallemos  con  qué  podamos  resistir 
firmísimamente  y  restribar  para  la  esperanza  de  la  salud,  por- 
que todas  las  cosas  tenemos  firmísimas  y.  perfectísimas  en 
Cristo  Nuestro  Salvador,  al  cual  visten  los  piadosos,  con  el 
cual  se  les  conceden  todas  las  cosas,  según  el  Apóstol.  Todas 
las  cosas  nos  son  firmísimas  y  macizas,  perfectísimas  paia 
que  nos  sustentemos  con  ellas  para  la  viva  esperanza. 

V 

De  la  utilidad  y  fruto  de  la  justificación. 

Tienen  de  verdad  los  justificados  paz  acerca  con  Dios  por 
Nuestro  Señor  Jesucristo,  porque  Dios  les  es  aplacado,  miseri- 
cordioso y  favorable,  de  arte  que  puedan  esperar,  pues  siéndole 
enemigos  Dios  los  reconcilió  por  la  muerte  de  su  Hijo.  Mucho 
mejor  hemos  de  decir  que  siendo  reconciliados  se  salven,  usando 
las  palabras  del  Apóstol,  las  cuales  están  llenas  de  consuelo. 

Y  allende  de  esto  los  que  son  justificados  son  los  mismos 
adoptados  por  hijos  de  Dios  para  que  sean  herederos  del  Eterno 
Padre  en  los  Cielos,  y  juntamente  herederos  con  Cristo  (como 
dice  vSan  Pablo)  y  tengan  ya  derecho  de  aceptar  la  herencia 
que  es  la  vida  eterna. 

VI 

De  la  manera  que  toma  el  hombre  la  justificación. 

Y  aunque  Dios  no  justifica  al  hombre  por  las  obras  de  jus- 
ticia que  Él  hace,  sino  según  su  misericordia,  y  aquesto  de 
balde,  sin  merecerlo  í)l.  De  arte  que  si  el  hombre  se  quisiese 
jactar  y  alabar,  lo  deba  de  hacer  en  Cristo,  por  cuyo  mereci- 
miento se  redime  del  pecado  y  se  justifica,  empero  Dios  mise- 
ricordioso no  sea  con  el  hombre  en  aquesto  como  una  cosa  sin 


—  121  — 

sentido,  sino  llévale  queriéndolo  Él,  porque  en  tal  hombre 
recibe  los  beneficios  de  Cristo,  si  no  es  precediendo  la  gracia 
de  Dios,  mediante  la  cual  su  entendimiento  y  voluntad  se  mueve 
á  aborrecer  el  pecado ;  porque  como  el  pecado  haga  aparta- 
miento entre  Dios  y  nosotros  (como  dice  Isaías),  ninguno  se 
puede  allegar  á  la  gracia  y  misericordia  si  no  se  aparta  pri- 
mero por  penitencia  del  mismo  pecado.  Y  así  dijo  San  Juan  : 
«Como  aparejase  el  camino  para  el  Señor,  haced  penitencia, 
porque  se  allega  el  Reino  de  los  Cielos». 

Iviiego  la  misma  gracia  divina  mueve  el  entendimiento  del 
hombre  para  Dios,  y  este  movimiento  es  de  fe,  por  la  cual  cre- 
yendo sin  duda  á  las  Escrituras  Santas,  consiente  eu  ellas  y 
en  las  promesas  en  ellas  contenidas,  porque  el  mismo  Cristo 
luego  que  acabó  la  penitencia  buscó  la  tal  fe  diciendo  :  pues ' 
que  se  cumplió  el  tiempo  y  se  allega  el  Reino  de  Dios,  haced 
penitencia  y  creed  en, el  Evangelio. 

Y  el  que  así  cree  y  por  el  temor  de  la  divina  justicia  con 
el  cual  es  herido,  se  convierte  á  considerar  la  misericordia  de 
Dios  y  redención  por  la  sangre  de  Jesucristo,  este  tal  es  levan- 
tado, y  moviéndole  la  gracia  de  Dios  concibe  confianza  y  es- 
peranza para  que  crea  en  la  esperanza  de  la  misericordia  pro- 
metida y  no  en  la  de  su  merecimiento,  dando  gloria  á  Dios, 
y  así  es  llevado  á  la  caridad. 

Y  el  que  estriba  en  tal  fe  de  misericordia  divina  y  mereci- 
miento de  Cristo,  ése  confía  en  ella,  recibe  la  promisión  del 
Espíritu  Santo,  y  así  se  justifica  por  la  fe  en  Dios,  según  las 
Escrituras,  de  arte  que  no  solamente  se  remita  el  pecado,  pero 
aun  sea  santificado  y  sea  renovado  por  el  Espíritu  Santo.  La 
cual  fe  alcanza  el  don  del  Espíritu  Santo,  con  el  cual  se  de- 
rrama caridad  en  nuestros  corazones,  la  cual  en  cuanto  se 
allega  á  la  fe  y  esperanza  en  tanto  somos  justificados  poi1  la 
justicia  que  verdaderamente  nos  está  allegada,  y  aquesta  justi- 
cia de  tal  manera  consta  de  Fe  y  Esperana  y  Caridad  que  si  la 
nna  de  estas  virtudes  le  quitásemos  quedaría  manca. 


—  122  — 

VII 

De  la  caridad  y  buenas  obras. 

I,a  caridad,  que  es  fin  del  precepto  y  cumplimiento  de  la  ley 
luego  que  entra  en  la  justificación,  es  abundante  y  concibe  é 
incluye  dentro  de  sí  misma  las  simientes  de  todas  las  buenas 
obras,  la  cual  como  está  aparejada  para  llevar  buenos  frutos 
de  justicia,  así  los  lleva  en  los  que  están  justificados  y  cuantas 
veces  debe  y  no  se  le  quita  la  facultad  de  obrar  por  algún  im- 
pedimento, así  que  la  fe  que  por  amor  obra  no  parece  viva, 
mas  antes  estéril  y  muerta  (como  dice  Santiago),  mas  antes  el 
hombre,  aunque  tenga  grande  fe,  si  la  caridad  le  falta  queda 
muerto  (como  dice  San  Juan) .  Como  principalmente  la  caridad 
deba  ser  parte  de  la  vida  eterna  en  nosotros  comenzada  y  al 
fin  se  haya  de  acabar  por  glorificación.  Porque  aunque  la  fe 
y  esperanza  falten  cuando  hayamos  de  pasar  á  la  eterna  mo- 
rada, empero  la  caridad  quedará  y  entrará  con  nosotros,  para 
según  ella  podamos  vivir  bienaventuradamente  y  gozar  de 
Dios  y  del  siglo  perdurable,  el  cual  entonces  no  será  todas  las 
cosas.  Es  empero  la  fe,  no  obstante  esto,  verdadera,  por  la  cual 
los  cristianos  son  diferenciados  de  los  infieles  en  cuanto  "con- 
sienten á  las  Escrituras  y  cosas  reveladas  por  Dios,  aunque  la 
misma  fe  esté  apartada  de  la  caridad. 

De  aqueste  tan  gran  don  de  Dios,  que  cuanto  más  se  acre- 
cienta en  nosotros  tanto  más  la  vejez  de  nuestra  carne  se  dis- 
minuye, y  las  buenas  obras  que  manan  de  Él  como  de  fuente 
y  son  tan  necesarias  para  la  salud  de  cualquier  justificado,  de 
manera  que  el  que  no  las  hiciere  muchas  veces  pierda  la  gracia 
de  Dios  y  se  aparte  de  Cristo  como  sarmiento  inútil  y  echado 
en  el  fuego  (como  el  mismo  Cristo  lo  dice  en  el  Evangelio). 

Y  aunque  estas  obras  sean  tales  que  Dios  tenga  derecho  de 
pedírnoslas,  y  los  santos  hicieren  todas  las  cosas  que  de  ellas 
les  son  mandadas  deban  conocer  y  decir  que  son  siervos  in- 
útiles. Empero,  como  manera  de  caridad  y  de  Dios,  y  sean 
hechos  efectos  de  la  gracia  de  Dios,   según  su  voluntad  haya 


—  123  — 

prometido  muy  liberalmente  pago  á  los  que  trabajan,  tuvo  por 
bien  remunerar  á  los  que  estas  obras  hicieren  con  bienes  tem- 
porales y  eternos,  según  el  Apóstol  dice  :  «Abundad  en  toda 
buena  obra,  sabiendo  que  vuestro  trabajo  no  será  vano  en  Dios, 
porque  no  es  el  Señor  injusto  para  que  se  olvide  de  vuestra 
obra  y  amor  que  mostraste  en  su  nombre». 

Y  también  los  justificados  así  como  hechos  siervos  de  la 
justicia  dando  sus  miembros  á  la  justicia  para  la  santificación, 
obrando  la  gracia  juntamente  abundan  de  buenas  obras,  v 
cuanto  más  de  ellas  abundan  tantos  mayores  aumentos  de  la 
justicia  se  les  allegan.  De  arte  que  los  que  son  justificados  se 
hagan  más.  La  Escritura  dice  :  «No  tengas  vergüenza  de  jus- 
tificarte hasta  la  muerte».  ítem  :  «el  que  es  justo  se  justifique 
más,  y  el  que  es  muy  fructuoso  más  copioso,  como  el  mismo 
Cristo  enseña)).  Y  aquesta  es  aquella  justificación  de  la  cual 
habla  Santiago,  primo  del  Señor. 

L,o  que  queda  es  que  aunque  las  obras  que  Dios  mandó 
como  necesarias  para  la  salud  sean  principalmente  de  hacer 
conforme  á  aquello  de  Cristo  :  «Si  quisieres  entrar  en  la  vida 
guarda  los  mandamientos».  Empero  las  cosas  que  fueron  aña- 
didas por  preceptos  se  han  de  recibir  piadosa  y  honestamente 
aquéllas.  También  habernos  de  encomendar  por  que  no  discrepe- 
mos del  Espíritu  Santo  y  de  muchas  cosas  que  nos  fueron  en- 
comendadas en  las  Escrituras  Sagradas,  porque  de  otra  manera 
no  sería  útil  ni  bueno  dejar  ó  vender  el  hombre  todas  sus  cosas 
y  seguir  á  Dios  y  guardar  virginidad  y  continencia.  Mas  antes 
David  con  razón  hubiese  hecho  burla  del  Micol  cuando  bailó 
delante  del  arca  del  Señor.  Y  asimismo  San  Pablo  en  balde 
perdonara  el  salario  á  aquellos  á  quien  predicaba  la  palabra 
de  Dios. 

Brevemente  se  han  de  discernir  las  obras  sobre  la  distribu- 
ción que  se  hace  fuera  del  precepto  usando  del  dicho  de  Cri- 
sóstomo,  de  las  cuales  se  hacen  al  contrario,  porque  ésta  las 
condena  el  mismo  Cristo,  así  como  levadura  de  los  fariseos, 
y  las  demás  del  Espíritu  Santo  las  encomienda  hablando  á  las 
criaturas,  diciendo  :  «Haz,  Señor,  las  cosas  voluntarias  de  mi 
boca  bien  agradables». 


•  —  124  — 

VIII 

De  la  confianza  de  la  remisión  de  los  pecados. 

Aquí  nos  hemos  de  guardar  que  no  hagamos  á  los  hombres 
descuidados  6  muy  confiados  en  sí,  ó  los  traigamos  á  desespe- 
ración ó  congojosa  duda.  Así  que  como  San  Pablo  diga  que  el 
que  no  sabía  de  ningún  pecado  que  tuviese  más  en  aquesto  no 
ser  justificado,  porgue  el  hombre  no  puede  creer  sin  duda  de 
su  propia  enfermedad  ó  indisposición  que  los  pecados  le  son 
perdonados.  Mas  empero  si  no  debe  de  jactarse  en  sí  mismo,  no 
por  eso  se  ha  de  espantar  para  que  dude  de  las  promesas  de 
Dios  y  de  la  eficacia  de  la  muerte  de  Cristo  y  de  su  resurrec- 
ción, y  desespere  de  poder  alcanzar  su  salud  y  remisión  de  sus 
pecados.  Mas  antes  ha  de  tener  la  esperanza  y  certidumbre  en 
la  preciosa  sangre  de  Jesucristo,  que  por  nosotros  y  por  nues- 
tra salud  se  derramó,  en  el  cual  debemos  y  podemos  confiar, 
confirmándonos  con  el  Espíritu  Santo,  que  da  testimonio  á 
nuestro  espíritu  que  seamos  hijos  de  Dios. 

IX 

De  la  Iglesia. 

Ahora  hemos  de  tratar  de  la  Iglesia,  que  es  Universidad 
de  los  fieles  de  Cristo,  en  la  cual  el  Espíritu  Santo  así  ayunta 
á  los  nuevamente  nacidos  y  cristianos  que  sean  una  casa  y 
un  cuerpo  que  procede  de  un  mismo  bautismo  y  de  una  misma 
fe,  la  cual,  según  San  Pablo,  es  una  en  todos  los  cristianos. 
Así  es  que  fué  necesario  para  que  la  vida  de  los  cristianos  sea 
santa  y  buena,  para  que  se  allegue  al  perfecto  fin  adonde  la 
Iglesia  va.  Empero  ninguno  se  persuada  que  lo  ha  de  aprove- 
char en  buena  vida,  si  no  se  ayuntare  y  aplicare  á  esta  Uni- 
versidad y  comunión  de  los  fieles.  Sea,  pues,  la  Iglesia  casa 
de  Dios  vivo,  y  aquel  cuerpo  cuya  cabeza  Cristo.  Porque  se- 
gún San  Pablo  dice :  Muchos  somos  un  cuerpo  en  Cristo  por 


—  125  — 

esta  Iglesia.  Y  el  mismo  Señor  Jesucristo  se  entregó  á  los  ju- 
díos para  que  le  santificasen  limpiándola  con  lavatorio  de  agua 
en  palabra  de  vida  y  para  que  la  hiciese  gloriosa  que  no  tuviese 
mancha  ni  ruga  alguna  ni  otra  cosa  semejante,  sino  que  fuese 
santa  y  no  manchada.  Y  como  la  Iglesia  única  sea  aquella 
paloma  en  un  cuerpo  de  verdad,  á  sola  esta  sustenta  y  favo- 
rece Cristo  con  su  Espíritu,  y  así  fuera  de  ella  á  ninguno  da 
los  dones  de  su  gracia. 

Por  manera  que  el  que  está  fuera  de  la  comunión  de  este 
cuerpo  no  toma  más  vida  del  Espíritu  Santo  para  la  salud  eterna 
que  algún  miembro  natural  apartado  y  cortado  de  su  cuerpo 
para  la  vida  natural,  por  razón  que  no  es  más  vejetado  del  es- 
píritu vital  dependiente  de  una  su  cabeza.  Así  que  hemos  de 
creer  que  ninguno  que  está  fuera  de  la  Iglesia  cristiana  y  co- 
munión suya  espiritual  podrá  alcanzar  la  vida  perdurable.  Y 
la  razón  de  esta  comunión  es  porque  como  el  espíritu  de  Cristo 
descienda  de  Él  como  de  la  cabeza  en  su  cuerpo,  que  es  la 
Iglesia,  y  corra  por  todos  los  miembros,  cada  miembro  toma 
de  Él  lo  que  ha  menester  para  salud  y  el  bien  que  á  cada 
miembro  viene  esté  á  provecho  general  y  á  toda  la  dicha  Uni- 
versidad, porque  como  dice  el  Apóstol :  Crecen  los  miembros 
en  caridad  en  todas  las  cosas  en  Cristo,  que  es  cabeza,  de  la 
cual  todo  el  cuerpo  está  formado  y  trabado  para  servicio  de  i 
cada  miembro,  y  en  lo  que  cada  uno  ha  de  obrar  el  aumento  del 
cuerpo  obra  en  edificación  suya  en  caridad,  en  tal  ayuntamiento  , 
y  compañía  de  hombres  es  grande  hermandad  cuando  los  miem- 
bros, cada  uno  por  lo  que  toca,  están  solícitos  y  con  cuidado, 
y  cuando  está  en  trabajo  el  uno  de  los  miembros  todos  lo  están. 
y  si  uno  está  gozoso  todos  lo  están. 

Y  aunque  esta  Iglesia  mientras  que  consta  de  tales  miembros 
que  viven  según  caridad,  es  tan  solamente  de  los  santos  y  en 
espiritual  y  visible,  la  misma  también  es  sensible,  á  la  que  el 
mismo  Cristo  demuestra  diciendo:    «Id  á  la  Iglesia  Católica». 

A  esta  Iglesia  pertenecen  los  Obispos  que  han  de  regir  al 
pueblo  que  Cristo  adquirió  con  su  sangre,  y  también  pertene- 
cen otros  Obispos  y  Ministros,  porque  Dios  dio  así  Apóstoles 
como  Profetas  y  Evangelistas  y  otros  Pastores  y  Doctores.  A 


—  126  — 

esta  Iglesia  pertenece  la  palabra  de  Dios,  que  entra  por  las  ore- 
jas, y  á  los  sacramentos  y  llaves  de  atar  y  desatar  el  poderío 
de  apremiar  por  descomunión  y  el  derecho  de  ordenar  los  Mi- 
nistros y  el  dar  de  los  oficios  eclesiásticos  y  el  derecho  de  ha- 
cer cánones. 

Y  también  deben  las  cosas  que  pertenecen  á  la  parte  sen- 
sible y  exterior  de  la  Iglesia  de  servir  en  la  consumación  de 
los  santos  y  en  sus  oficios  y  en  edificación  del  cuerpo  de  Jesu- 
cristo. Y  ya  en  la  Iglesia  no  solamente  están  los  santos,  pero 
también  los  malos,  así  como  sus  miembros  (aunque  secos),  de 
donde  Cristo  compara  á  la  Iglesia  no  sólo  á  la  red  que  se  echa 
en  el  mar,  la  cual  comprende  así  buenos  peces  como  malos,  y 
al  campo  sembrado  que  á  las  veces  lleva  buenas  mieses  junta- 
mente con  cizaña  ;  porque  los  que  por  el  bautismo  son  hechos 
miembros  de  la  Iglesia  muchas  veces  caen  en  pecados  y  se  ha- 
cen siervos  del  pecado  y  culpados  para  la  condenación  éter  na  I, 
y  aunque  éstos  pierden  la  gracia  de  la  comunión  de  los  santos 
y  de  la  Iglesia  espiritual,  pero  no  por  eso  dejan  de  allegarse 
á  la  compañía  exterior  de  los  cristianos  y  de  la  Iglesia,  03'endo 
la  palabra  de  Dios  y  recibiendo  los  sacramentos  y  teniendo 
todas  las  otras  cosas  sensibles  comunes  á  la  Iglesia,  sacando 
si  fueren  apartados  de  ella  por  excomunión,  justa  ó  cisma  ó 
herejía  ó  por  faltar  los  de  la  fe  cristiana. 

Desventurada  es  en  verdad  la  suerte  y  estado  de  aquellos 
que  están  en  pecado  mortal  y  apartados  de  la  comunión  espi- 
ritual y  andan  en  peligro  de  perpetua  condenación  ;  mas  porque 
les  es  lícito  oir  la  palabra  de  Dios  y  usar  de  sus  sacramentos 
para  poder  más  útilmente  con  estas  cosas  así  como  instru- 
mentos de  la  gracia  divina  ser  restituidos  más  fácilmente  á  la 
comunión  de  los  santos,  principalmente  como  el  Espíritu  Santo 
por  la  obra  de  Dios  sobre  y  por  sus  sacramentos  salud  en  la 
Iglesia  exterior.  Pero  los  cismáticos  y  heréticos  y  los  que  se 
apartan  de  la  fe  cristiana,  mientras  que  están  en  este  peligroso 
estado  no  tienen  con  qué  se  puedan  ayudar  y  recrear,  porque 
no  solamente  están  apartados  de  todo  el  cuerpo  de  la  Iglesia 
interior,  mas  aún  de  la  exterior,  como  miembros  apartados  de 
toda  la  unión  de  la  Iglesia  proceden  en  perdimiento  de  sí  mis- 


—  127  — 

mos,  indignos  de  estar  en  alguna  parte  del  cuerpo  de  la  Iglesia, 
cuya  unidad  tan  feamente  y  sin  reverencia  cortan  y  despeda- 
zan. De  aquí  viene  aquello  que  dice  el  Apóstol :  Huye  del 
hombre  herético  después  que  una  ó  dos  veces  fuere  amonestado, 
pues  sabes  que  está  perdido  el  que  está  de  esta  manera  y  de- 
linque, pues  que  por  su  propio  juicio  está  condenado. 

X 

De  las  señales  de  la  verdadera  Iglesia. 

Porque  son  diversos  los  ayuntamientos  de  la  humana  com- 
pañía y  congregación,  cosa  digna  es  conocer  las  señales  con  las 
cuales  la  Iglesia  de  Dios  se  diferencia  de  las  otras  congregacio- 
nes humanas,  como  principalmente  los  cismáticos  y  heréticos 
que  de  la  verdadera  Iglesia  se  apartan  y  constituyen  sus  ayun- 
tamientos, y  no  duden  de  darles  autoridad  y  atribuir  nombre 
de  Iglesia,  y  algunos  de  ellos  digan  que  Cristo  está  en  otro 
lugar,  de  los  cuales  Cristo  nos  amonesta  que  huyamos  y  nos 
apartemos. 

Son,  pues,  señales  de  la  verdadera  Iglesia,  que  quiere  decir 
de  aquella  Gran  Casa  en  la  cual  no  solamente  hay  vasos  de  oro 
y  de  plata,  pero  aún  de  madera  y  de  barro  y  algunos  para 
honra  y  otros  para  menosprecio  ;  más  sana  doctrina  y  recto  uso 
de  los  Sacramentos,  en  los  cuales  la  Iglesia  se  aparta  de  los  ét- 
nicos y  judíos,  los  cuales  carecen  de  sana  doctrina  y  Sacra- 
mentos de  Nuevo  Testamento.  La  tercera  señal  será  la  Huma- 
nidad, la  cual  con  vínculo  de  caridad  y  paz  se  contiene,  y  así 
ajunta  los  miembros  de  la  Iglesia,  que  no  solamente  siente 
lo  mismo  que  los  Santos  y  Apóstoles  aprobaron,  pero  aún 
halle  amonestando  el  Apóstol  :  Ruégoos  por  el  nombre  de 
Jesucristo  que  lo  mismo  digáis  todos  y  no  haya  entre  vosotros 
cisma,  mas  antes  sed  perfectos  en  el  mismo  sentido  y  en  la 
misma  sentencia.  I,a  cuarta  señal  será  que  sea  católica  y  uni- 
versal para  todos  los  lugares  y  tiempos  continuada  por  los  Após- 
toles y  sus  sucesores,  dilatada  hasta  los  fines  de  la  tierra  como 
Dios  lo  prometió  diciendo :  Pídeme  y  darte  he  gentes  y  here- 


—  128  — 

dad  tuya  y  tu  posesión  y  términos  de  la  tierra.  ítem :  muchos 
vendrán  de  Occidente  y  Oriente  y  asentarse  han  en  los  Reinos 
de  los  Cielos  con  Abrahan,  Isaac,  Jacob.  ítem  :  sereisme  tes- 
tigos Jerusalén  y  en  toda  la  Judea  y  Samaría  hasta  lo  último 
de  la  tierra.  Y  lo  mismo  rogaré  al  Padre  que  os  dé  otro  espíritu 
que  siempre  esté  con  vosotros,  espíritu  de  verdad,  el  cual,  no 
puede  tomar  el  mundo. 

Estas  dos  señales  distinguen  á  la  Iglesia  de  Jesucristo  de 
los  ayuntamientos  de  los  cismáticos  y  heréticos,  los  cuales  rom- 
pen el  vínculo  de  la  paz  y  se  apartan  en  su  daño  de  la  cató- 
lica unidad  anteponiendo  su  parte  al  todo  y  á  la  universal 
Iglesia. 

XI 

De  la  autoridad  y  poderío  de  la  Iglesia. 

Aunque  la  Escritura  no  se  pueda  desatar  como  Cristo  dice, 
3^  por  eso  es  inmovible  y  mayor  que  toda  autoridad  humana, 
empero  tuvo  la  Iglesia  autoridad  de  discernir  las  Escrituras 
verdaderas  de  las  falsas,  y  por  esto  determinó  que  el  canon  de 
las  Escrituras  para  apartar  las  verdaderas  de  las  falsas,  que  se 
decían  ser  de  los  Apóstoles  la  tuvo  de  declarar  y  sacar  de  las 
mismas  Escrituras  los  preceptos  é  inteligencias,  por  cvtento  no 
le  falta  Espíritu  Santo  que  la  guíe  en  toda  verdad,  así  como 
el  mismo  Cristo  prometió.  Y  de  aquí  es  aquello  de  San  Pedro  : 
Toda  profecía  de  escritura  no  se  hace  por  propia  interpreta- 
ción, sino  inspirados  por  Espíritu  Santo  hablaron  así  los  santos 
varones.  Y  aqueste  poderío  de  interpretar  principalmente  es 
necesario  en  aquellas  cosas  que  son  difíciles  de  entender,  como 
la  cosa  lo  demuestra. 

Tiene  allende  de  esto  la  Iglesia  tradiciones  de  Cristo  y  de 
los  Apóstoles  por  mano  de  los  Obispos,  traídas  hasta  el  tiempo. 
Las  cuales  el  que  las  niega  y  arranca,  aquél  niega  ser  la  misma 
columna  y  fuerza  de  verdad.  De  este  género  son  el  bautismo 
de  líos  niños  y  otras  cosas  semejantes. 

Está  también  claro  que  la  Iglesia  tiene  poderío  de  constreñir 


—  129  — 

y  descomulgar,  y  aquesto  por  ordenanza  de  Cristo,  de  poderío 
de  ligar,  á  lo  cual  corresponde  aquello  del  Apóstol :  Quitad  el 
mal  de  vosotros. 

Tiene  también  el  poderío  de  sentenciar,  porque  á  quien 
le  compete  el  poderío  de  constreñir  de  necesidad  ha  de  tener 
el  poderío  de  sentenciar. 

Y  también  si  cuestiones  dudosas  se  levantaren  en  la  Iglesia 
ella  tiene  poderío  de  juzgar  y  discernir,  y  aquesto  le  compete 
por  el  sínodo  y  porque  está  legítimamente  ayuntada  por  el  Es- 
píritu Santo.  Y  el  mismo  Espíritu  Santo  es  visto  determinar 
según  aquello  del  Concilio  que  se  hizo  en  Jerusalén.  Pareció  al 
Espíritu  Santo  y  á  nosotros.  Así  que  ninguno  ha  de  dudar  ser 
muy  saludable  la  autoridad  de  los  Concilios. 

Y  lo  que  de  aquel  Concilio  se  entiende  tiene  también  pode- 
río de  constituir  cánones,  y  aquesto  por  la  utilidad  de  ella  cuyo 
poderío  es  para  edificar  en  ó  para  destruir. 

'      XII 

De  los  Ministros  de  ella. 

Tiene  la  Iglesia  doctrina  divinamente  enseñada  la  cual  al 
pueblo  se  le  ha  de  declarar.  Tiene  sagradas  cosas  y  no  sagra- 
das, las  cuales  cosas  saludablemente  y  con  piedad  se  han  de 
tratar  para  utilidad  de  los  cristianos.  Por  lo  cual  los  Ministros 
que  usando  oficios  necesarios  para  estas  cosas  ó  pueden  ó  de- 
ben faltar  á  la  Iglesia ;  empero  estos  oficios  no  son  comunes 
á  todos  los  cristianos,  mas  el  mismo  Dios  al  principio  dio  algu- 
nos profetas  y  otros  evangelistas  y  dio  también  otros  pastores 
y  doctores  para  el  acatamiento  de  los  santos  y  en  obra  del  ser- 
vicio y  en  la  edificación  del  cuerpo  de  Cristo.  Así  que  en  el 
tiempo  de  los  Apóstoles  no  á  todos  les  fué  dado  poderío  para 
usar  de  los  oficios  de  la  Iglesia,  sino  á  ciertos  que  para  esto 
fueron  apartados  y  elegidos.  Porque  como  Barnabas  estuviese 
en  Antioquía  y  Lucio  Manachen  y  Paulo  estando  todos  sacri- 
ficando al  Señor  y  ayunando  (como  San  Eucas  dice)  en  los 
actos  de  los  Apóstoles  les  dijo   el    Espíritu   Santo :    Apártame 


—  130  — 

á  Paulo  y  á  Barnabas  para  la  obra  para  que  los  escogí.  Así  que 
nos  hemos  de  •  guardar  que  no  confundamos  este  sacerdocio 
espiritual  que  es  común  á  todos  los  cristianos  que  el  Espíritu 
Santo  ungió,  ni  le  comuniquemos  con  el  extranjero,  porque 
no  es  de  todos  sino  de  aquellos  que  para  aquesto  son  llamados 
y  rectamente  ordenados.  Lo  cual  no  se  puede  hacer  rectamente 
sin  grave  y  perniciosa  perturbación  de  la  Iglesia. 

XIII 

Del  Sumo  Pontifica  y  Obispos. 

Y  también  porque  la  Iglesia  que  es  de  cabeza  de  un  cuerpo 
cristiano  fácilmente  se  pueda  contener  en  unidad  aunque  tenga 
muchos  Obispos,  los  cuales  rijan  su  pueblo,  al  cual  Cristo  con 
su  precio  y  su  sangre  adquirió ;  empero  para  remedio  del  cisma 
tiene  al  Sumo  Pontífice  que  tiene  mando  sobre  los  otros  todos 
con  plenitud  de  poderío.  Y  aqueste  por  la  preeminencia  que 
concedió  á  San  Pedro.  El  cual  sacerdocio  del  Sumo  Pontífice 
cuan  útil  sea  para  quitar  las  cismas  de  la  Iglesia  es  muy  claro 
a  aquellos  que  saben  que  muchas  veces  se  han  levantado  cismas 
por  haber  menospreciado  á  este  Sumo  Pontífice,  como  Cipriano 
escribe  y  la  misma  cosa  lo  afirma. 

Así  que  el  Sumo  Pontífice  que  tiene  la  cátedra  de  San 
Pedro  con  el  mismo  derecho  que  Dios  le  dio  y  concedió  di- 
ciendo :  Apacenta  mis  ovejas,  ha  de  gobernar  toda  la  Iglesia, 
de  la  cual  potestad  ha  usar  no  para  destruir,  sino  para  edificar. 
Aqueste  poderío  concedió  Dios  á  San  Pedro  y  á  sus  sucesores 
de  tal  manera  que  á  todos  los  otros  Obispos  no  quitase  parte 
del  cuidado,  sino  quiso  que  fuesen  verdaderos  Obispos  de  su 
Iglesia.  Así  que  todos  los  cristianos  deben  obedecer  al  Sumo 
Pontífice  y  cada  uno  en  particular  á  su  Obispo,  según  aquello 
del  Aposto! :  Obedeced  á  vuestros  prelados  que  velan  por  vues- 
tras ánimas. 


—  331  — 

XIV 

De  los  Sacramentos  generalmente. 

Los  Sacramentos  fueron  instituidos  principalmente  por  dos 
causas :  la  una  por  que  sean  señal  de  aquella  gran  congregación 
-que  es  la  Iglesia,  porque  los  hombres  por  ninguna  otra  manera 
-se  pueden  ayuntar  si  no  fuese  por  algún  consorcio  visible  de 
los  Sacramentos,   por  lo  cual  Nuestro  Señor  Jesucristo  ayuntó 
la   compañía  del  nuevo  pueblo  con  muy  pocos  sacramentos  y 
fáciles  de  guardar  y  de  dar  á  entender.  Conviene  á  saber  :   con 
•el  bautismo  y  confirmación,   eucaristía,  penitencia  y  extrema- 
unción, orden  y  matrimonio.  La  otra  causa  es  porque  no  sola- 
mente den  á  entender,  pero  también  signifiquen  y  den  la  gracia 
de  Dios  invisible,  no  por  virtud  de  las  cosas  de  fuera  ni  por 
méritos  del  Ministro,  sino  de  Dios  que  la  ordenó,  el  cual  obra 
secretamente  en  ellos;  así  que  aunque  conviene  que  el  Ministro 
dé  los  Sacramentos  sea  bueno,  empero  el  malo  puede  útilmente 
ministrarlos  y  tener  fuerza  y  vigor  guardando  la  intención  ne- 
cesaria. 

XV 

Del  bautismo. 

Primeramente  Cristo  instituyó  el  Sacramento  del  bautismo 
porque  le  es  necesario  al  hombre  para  la  salud  para  que  sea 
regenerador  y  renacido  en  nueva  critatura,  como  en  otra  ma- 
nera sea  hijo  de  la  ira,  para  que  este  bautismo  fuese  lavador  de 
nuestra  regeneración,  el  cual  no  menos  es  necesario  al  hombre 
para  la  vida  nueva  y  espiritual  que  la  natividad  carnal  para  la 
vida  natural,  porque  ninguno  puede  alcanzar  salud  si  no  fuere 
otra  vez  nacido  en  agua  y  en  Espíritu  Santo  (como  el  mismo 
Cristo  dice) .  Así  que  este  Sacramento  nos  lava,  santifica  y  jus- 
tifica y  hace  que  alcancemos  remisión  de  nuestros  pecados 
originales  como  actuales.   Por  manera  que  este  Sacramento  es 


-   132  — 

tan  saludable  que  al  que  lo  toma  se  viste  de  Cristo,  como  dice 
San  Pablo. 

Hácese  este  Sacramento  de  palabra  de  Dios  y  agua,  porque 
luego  que  las  palabras  se  allega  al  elemento  se  hace  Sacra- 
mento, con  cuyo  lavamiento  renacemos  y  nos  limpiamos  del 
pecado.  Así  que  todas  las  veces  que  el  agua  va  al  cuerpo  por 
de  fuera  tantas  veces  hemos  de  pensar  que  el  espíritu  que  no- 
vemos obra  más  de  dentro. 

Allende  de  esto  la  forma  de  las  palabras  sin  las  cuales  este 
Sacramento  no  se  puede  hacer,  enseñó  Cristo  á  los  Apóstoles 
cuando  les  mandó  que  bautizasen  en  nombre  del  Hijo  y  del 
Padre  y  del  Espíritu  Santo.  En  aqueste  precepto  del  Señor 
cuantas  veces  se  da  el  bautismo  estriba  la  fe  del  que  lo  recibe 
si  es  mayor,  y  si  es  infante  la  de  la  Iglesia  y  la  de  los  padrinos, 
que  le  sacan  de  pila  y  la  palabra  del  Ministro,  en  cuanto  dice  : 
Ego  te  bautizo  en  nombre  del  Padre,  del  Hijo  y  del  Espíritu 
Santo. 

A  nosotros  nos  parece  que  es  menester  para  conmover  la 
fe  y  consolación  de  los  grandes  que  se  bautizan  que  entiendan 
los  que  son  bautizados  en  el  nombre  del  Padre  y  del  Hijo  y 
del  Espíritu  Santo,  que  se  consagran,  santifican  y  reconcilian 
con  Dios,  y  que  ya  son  peculio  y  hacienda  de  Dios,  que  el 
Padre  y  el  Hijo  y  el  Espíritu  Santo  en  cuyo  amparo  ya  pasan 
y  se  ayuntan  á  Dios  con  alianza  perpetua,  porque  renuncian  al 
Diablo  y  á  sus  obras  y  prometen  que  han  de  estar  debajo  de 
la  bandera  de  Dios,  En  cuanto  toca  al  oficio  de  bautizar,  aun- 
que esto  principalmente  pertenezca  al  sacerdote,  empero  el 
lego  en  tiempo  de  necesidad  bien  lo  podrá  hacer. 

Y  últimamente  ni  aun  este  Sacramento  se  ha  de  alterar,, 
aunque  lo  haya  hecho  algún  herético,  con  tal  que  lo  haya  hecho 
en  debida  materia,  forma  é  intención ;  pues  que  aquesto  no 
conste  por  la  dignidad  del  Ministro,  sino  por  la  verdad  de  la 
palabra  divina  y  unión  del  Espíritu  Santo. 

Y  aunque  el  bautismo  quite  todas  nuestras  suciedades  se- 
gún las  Escrituras,  pero  no  quita  toda  mancha  corrupta  de 
nuestra  naturaleza  (como  arriba  decimos) ,  porque  nos  deja  la 
concupiscencia  que  es  inclinada  para  el  mal  quitada  la  pena. 


—  133  — 

La  cual  concupiscencia  no  deja  de  pelear  contra  el  buen  espí- 
ritu del  hombre  mientras  que  vivimos  en  aquesta  vida. 

En  lo  cual  la  misma  virtud  del  bautismo  no  falta,  porque 
no  solamente  quita  toda  la  culpa  del  pecado,  pero  aun  con- 
firma nuestras  fuerzas  contra  la  concupiscencia  que  nos  está 
apegada  y  moviéndonos  guerras  de  deseos.  En  el  cual  bau- 
tismo así  nos  fortalecemos  de  toda  fuerza  de  concupiscencia 
que  podamos  recibirla  3'  vencerla,  amonestándonos  el  Apóstol : 
Andad  en  espíritu  y  no  cumpliréis  los  dedeos  de  la  carne. 


XVI 

De  la  confirmación. 

Así  como  al  hombre  para  la  vida  del  cuerpo  no  solamente 
le  es  menester  nacer  y  ser,  pero  aun  crecer  y  ser  sustentado, 
así  para  la  salud  del  ánima  no  solamente  le  es  necesario  ser  re- 
generado, pero  ser  confirmado  en  lo  bueno  más  acrecentado 
por  la  virtud  del  Espíritu  Santo,  para  la  cual  cosa  fué*  insti- 
tuido el  Sacramento  de  la  confirmación,  la  cual  los  Apóstoles 
celebraron  como  pusieron  las  manos  sobre  los  samaritanos  con 
-el  útil  efecto  de  este  Sacramento,  como  está  en  los  actos  de  los» 
Apóstoles  escrito.  Y  lo  que  aquí  hicieron  los  Apóstoles  lo  hi- 
cieron en  nombre  de  Cristo.  Y  en  el  inducimiento  de  este  mis- 
terio no  menos  que  en  otras  partes  de  su  oficio  son  vistos  usar 
del  poder  de  Cristo,  porque  este  misterio  estriba  en  las  promi- 
siones de  Cristo  y  de  la  gracia  del  Espíritu  Santo  y  donde  El 
como  está  escrito  :  Yo  enviaré  la  promesa  de  mi  Padre  á  vos- 
otros, ítem :  el  Espíritu  Santo  abogado  á  quien  mi  Padre  en- 
viare en  mi  nombre  á  que  os  enseñara  todas  las  cosas. 

Y  aunque  el  Sacramento  de  la  confirmación  al  principio 
fué  celebrado  por  imposición  de  manos,  empero  la  Iglesia  luego 
después  del  tiempo  de  los  Apóstoles  añadió  la  crisma,  según 
que  los  mismos  Apóstoles  habían  enseñado  para  que  señalasen 
con  signo  exterior  la  unción  interior  del  Espíritu  Santo  por 
imposición  de  la  señal  de  la  cruz.  La  cual  costumbre  antigua 


—  134  — 

no  deja  de  aprobar  la  Iglesia  católica  y  creer  que  los  siervos 
que  Dios  regeneró  de  agua  y  espíritu  que  los  mismos  de  tal 
manera  con  este  misterio  consignados  que  tomen  al  Espíritu 
Santo  de  los  cielos  de  siete  formas,  conviene  á  saber :  espíritu 
de  sabiduría  y  de  entendimiento,  espíritu  de  consejo  y  de  for- 
taleza, espíritu  de  ciencia  y  piedad  y  temor.  Como  crea  estas 
cosas  y  la  Iglesia  católica  testifique  en  la  administración  de 
este  Sacramento,  la  cual  Iglesia  es  buena  declaradora  de  los 
misterios  de  Dios,  y  el  que  el  otra  manera  siente  niega  la  misma 
fuerza  de  la  verdad  y  firmeza. 

Así  que  la  fuerza  de  este  Sacramento  es  que  los  que  con  él 
son  confirmados  reciban  el  Espíritu  Santo,  con  el  cual  puedan 
resistir  las  tentaciones  y  asechanzas  de  la  carne,  mundo  y  del 
diablo  é  ir  adelante  en  la  vida  de  salud  y  perseverar  en  ella. 
Y  porque  los  más  de  los  que  bautizan  son  infantes  y  no  confie- 
san' por  sí  la  profesión  de  la  fe,  conviene  que  cuando  ya  sean 
grandes  é  instructos  en  religión  de  Cristo  se  lleguen  á  recibir 
el  Sacramento  de  la  confirmación  en  que  confiesen  por  su  boca 
la  fe  de  Cristo  y  obediencia  de  la  Iglesia,  y  ayunos  y  confe- 
sados  reciban  este   Sacramento   como   está   constituido   por   el 
Concilio  aurelianense.  Pero  no  por  eso  pensemos  que  los  niños 
pequeños  deban  ser  apartados  de  este  Sacramento,  pues  él  mis- 
mo Cristo  no  dudó  de  ponerles  las  manos,  porque  aquí  no  damos 
ley  á  las  iglesias.  El  Ministro  de  este  Sacramento  sea  el  Obispo, 
lo  cual   se  aprueba   por   consentimiento  de  toda   la   Iglesia   y 
Apóstoles. 

XVII 

Del  Sacramento  de  la  penitencia. 

Porque  los  hombres  que  por  el  bautismo  y  los  otros  Sacra- 
mentos son  de  nuevo  nacidos  muchas  veces  tornan  á  caer  en 
graves  pecados  instituyó  Cristo  el  Sacramento  de  la  peniten- 
cia, el  cual  después  del  bautismo  nos  sea  como  una  segunda' 
tabla  en  el  naufragio,  y  para  el  uso  de  esto  entregó  la  llave  de. 
desatar,  diciendo :  Toma  el  Espíritu  Santo  y  á  quien  perdona- 


—  135  — 

redes  los  pecados  le  serán  perdonados.  Porque  luego  que  verda- 
deramente el  pecador  le  pesare  de  sus  pecados  y  se  allegare 
con  confianza  á  la  silla  de  la  misericordia  y  creyere  que  en  este 
Sacramento  recibe  lo  que  Dios  prometió,  nácese  como  El  cree 
y  no  falta  de  este  Sacramento  lo  que  le  fué  prometido.  Porque 
así  como  los  otros  Sacramentos  tienen  fuerza  de  santificar  así 
este  Sacramento  consiste  en  la  absolución  del  sacerdote,  la  cual 
estriba  en  la  ordejianza  y  palabra  de  Dios,  el  cual  para  esto  da 
su  poder  á  los  sacerdotes,  diciendo :  Así  como  me  envió  á  mí 
mi  Padre  así  os  envío  yo  á  vosotros.  ítem :  el  Espíritu  Santo 
abogado  á  quien  mi  Padre  en  mi  nombre  enviare  á  que  os  en- 
señara todas  las  cosas. 

Y  aunque  el  Sacramento  de  la  confirmación  al  principio 
fué  celebrado  por  imposición  de  manos,  empero  la  Iglesia  des- 
pués del  tiempo  de  los  Apóstoles  añadió :  Recibid  al  Espíritu 
Santo,  á  quien  remitiereis  sus  pecados  le  serán  remitidos.  Pero 
porque  el  sacerdote  no  solamente  tiene  poder  de  remitir,  pero 
aun  de  ligar  como  entramos  le  sea  dado  divinamente,  parece 
que  en  tanto  tiene  poderío  de  juzgar  en  cuanto  recibió  este 
poder  en  entrambas  las  llaves,  y  no  le  puede  ejercitar  sino 
es  entendiendo  si  deba  de  remitir  ó  no,  y  el  tal  juicio  no  lo 
puede  tomar  otra  parte  si  no  es  de  la  confesión  de  la  boca  y 
de  la  enumeración  de  los  pecados,  porque  como  los  más  delitos 
de  los  hombres  se  cometan  sin  testigo  y  los  ocultos  pecados 
hieran  y  maten  al  hombre  y  á  su  ánima,  y  á  las  veces  sean 
más  graves  y  peligrosos  que  los  manifiestos,  el  sacerdote  de 
aquestos  no  puede  juzgar  si  no  los  cuenta  y  confiesa  el  que 
los  hizo  y  descubra  sus  llagas. 

Así  que  en  cuanto  el  remedio  de  la  penitencia  se  nos  de- 
mostró para>  sanar  los  delitos  de  los  hombres,  en  tanto  también 
la  confesión  del  penitente  con  enumeración  de  los  pecados  nos 
es  encomendada.  Por  lo  cual  el  Sacramento  de  la  penitencia, 
como  saludable  y  necesario,  se  debe  de  aprobar  del  pueblo  cris- 
tiano, así  también  la  confesión  y  enumeración  de  los  pecados 
como  no  se  ha  de  extender  así  tampoco  no  se  ha  de  estrechar* 
Porque  los  pecados,  ¿quién  los  entiende?  Así  que  se  han  de 
contar  los  pecados,  los  cuales  vienen  á  la  memoria  al  que  los 


—  136    - 

piensa,  no  con  congoja,  sino  con  diligencia  y  al  que  á  sí  mismo 
se  .sacude. 

Los  que  no  vienen  á  la  memoria  en  la  general  confesión  se 
incluyen  y  también  son  perdonados  como  si  fuesen  confesados. 
Y  porque  aquí  de  la  absolución  se  pide  perdón  no  nos  pone 
tanta  carga  la  confesión  cuanta  consolación  trae  la  absolución 

al   (palabra  ilegible),  aunque  la  satisfacción  que  limpia  la 

culpa  y  pena  eterna  á  solo  Dios  se  ha  de  atribuir;  pero  la  sa- 
tisfacción que  consiste  en  los  frutos  de  la  penitencia  y  princi- 
palmente en  el  ayuno,  limosna  y  oración,  siquiera  nosotros 
nos  las  tomemos  como  nos  sea  dada  por  los  Ministros  de  los 
Sacramentos,  aquesta  tal  si  la  hiciéramos  según  fe  y  caridad 
corta  las  causas  de  los  pecados  y  da  medicina  á  las  reliquias 
del  pecado  y  mitiga  y  quita  de  él  toda  la  parte  temporal,  y 
finalmente  se  da  para  ejemplo. 

Pero  para  que  volvamos  á  la  absolución  del  sacerdote,  en 
la  cual  consiste  la  fuerza  del  Sacramento  de  la  penitencia,  Id 
forma  y  palabra  de  ella  debe  ser  tal  que  el  que  confiesa  puede 
muy  bien  entender  que  se  le  remiten  los  pecados  por  la  virtud, 
mérito  y  beneficio  de  Cristo,  conforme  á  la  palabra  é  institución 
suya,  y  dice  :  A  quien  perdonáredes  los  pecados,  le  serán  per- 
donados. Porque  aqueste  don  es  de  Dios,  y  aunque  la  admi- 
nistración es  del  sacerdote,  como  dice  San  Ambrosio. 


XVIII 

Del  Sacramento  de  la  eucaristía. 

El  que  tornó  á  vivir  en  el  Señor  por  el  Sacramento  de  la 
penitencia  tiene  necesidad  de  ser  mantenido  y  crecer  en  el  bien 
espiritual,  y  así  instituyó  Cristo  el  Sacramento  de  la  eucaris- 
tía debajo  de  forma  de  pan  y  vino,  en  el  cual  se  nos  da  el 
verdadero  cuerpo  y  sangre  de  Cristo,  y  por  este  espiritual 
manjar  nos  ayunta  así  como  á  cabeza  y  miembros  suyos  para 
que  de  Él  seamos  criados  para  todo  bien  y  con  los  santos  y 
con  su  comunión  seamos  acrecentados  en  caridad,  porque  su 


s 


—  13?  — 

pan  y  su  cuerpo  somos  todos  los  que  de  su  pan  participamos 
(como  dice  San   Pablo). 

Iya  forma  de  este  Sacramento  son  aquellas  palabras  solem- 
nes que  Cristo  nos  dio  cuando  dijo :  Este  es  mi  cuerpo  y  el 
cáliz  de  mi  sangre.  Si  tanta  autoridad  damos  á  Cristo  cuanta 
debemos,  no  hay  duda  sino  que  luego  que  aquellas  palabras 
se  dicen  al  pan  y  vino.  De  aquesto  se  hace  verdadero  cuerpo 
y  sangre  de  Cristo,  y  el  que  niega  lo  tal  pone  duda  en  la 
potencia  de  Cristo  y  le  acusa  de  vanidad,  porque  la  substancia 
de  pan  y  vino  se  muda  en  verdadero  cuerpo  y  sangre  de  Cristo. 
Por  lo  cual  nos  hemos  de  guardar  que  no  recibamos  este  Sa- 
cramento  indignamente,  porque  está  escrito  que  el  que  indig- 
namente lo  come  y  bebe,  come  y  bebe  condenación  para  sí,  no 
juzgando  bien  del  Cuerpo  del  Señor.  Por  aquesto  muchos  entre 
vosotros  estáis  enfermos,  flacos  y  mueren  muchos.  Por  tanto 
indignamente  toma  el  Sacramento  cualquiera  que  siente  otra 
cosa  de  lo  que  conviene  ó  no  verdaderamente  tendrán  en  su 
seso,  porque  como  dice  San  Agustín :  Mude  la  vida  el  que 
quiere  tomar  la  vida,  porque  si  no  la  tomare  antes  tomará 
vida  para  condenación  y  más  se  corromperá  por  ella  que  no  se 
sanará,  y  más  se  matará  que  se  vivificará.  Así  que  aprobaise 
tiene  la  costumbre  de  la  Iglesia,  la  cual  no  lleva  al  hombre 
ül  Sacramento  de  la  eucaristía  antes  que  esté  limpio  del  Sa- 
cramento de  la  penitencia. 

Tiene  la  eucaristía  potestad  de  dar  fuerza  en  el  bien  espi- 
ritual, la  cual  cosa  no  puede  haber  lugar  si  no  procediere  pur- 
gación de  pecados.  En  la  cual  hemos  de  imitar  á  los  buenos 
médicos,  que  no  dan  las  cosas  que  confirman  al  cuerpo  hasta 
que  echen  de  él  los  malos  humores,  lo  cual  no  haciendo  no 
aprovechan  al  cuerpo,  antes  lo  dañan.  Y  cuanto  mayor  dili- 
gencia se  ha  de  poner  aquí  por  que  no  tomemos  indignamente 
este  Sacramento,  tanto  mayor  consuelo  reciben  los  que  digna- 
mente lo  reciben  y  piensan  que  comen  del  pan  enviado  de  los 
Cielos,  que  después  de  comido  da  la  vida  al  mundo,  y  de  esto 
reciben  y  entienden  verdadera  y  espiritual  fuerza  contra  todos 
los  males. 


s 


—  138  — 

XIX 

De   la  Sagrada  unción. 

Los  Sacramentos  que  arriba  pusimos  traen  grande  utilidad 
al  género  humano,  porque  le  tornan  á  engendrar  estando  caído 
por  el  pecado  de  la  carne,  y  después  de  tornado  a  engendrar ' 
le  confirman  la  gracia  que  recibió,  y  á  los  relasos  restituyen 
en  la  gracia  de  donde  cayeron  ó  ayuntan  á  Cristo  más  firme- 
mente á  los  restituidos,  en  el  cual  uso  saludable  no  falta  la 
gracia  de  Cristo  á  los  Sacramentos,  mas  antes  por  ellos  como 
por  instrumentos  se  da  á  los  hombres  la  dicha  gracia,  aunque 
el  provecho  de  estos  Sacramentos  por  toda  la  vida  esté  'mani- 
fiestamente clara. 

Empero  fué  instituida  la  Sagrada  unción  por  que  el  hombre 
cuando  estuviese  enfermo  desease  particular  remedio,  el  cual 
pudiese  fortalecer  en  tiempo  tan  peligroso  al  ánima  contra  las 
armas  de  Satanás  por  dar  remedio' á  su  cuerpo.  Y  á  esta  unción 
se  allega  la  oración  de  la  Iglesia,  y  los  primeros  que  la  ejerci- 
taron fueron  los  Apóstoles,  que  por  mandado  de  Dios,  siendo 
enviados  á  predicar  el  Evangelio,  expelían  los  demonios  y  un- 
taban con  óleo  á  muchos  enfermos  y  los  sanaban.  La  cual  un- 
ción fué  sacramental  y  figurativa  y  no  corporal,  á  la  cual  se 
seguía  al  principio  de  la  fe  una  sanidad  corporal  de  fuera  como 
señal  de  salud  interior.  Así  como  en  otros  Sacramentos  se  de- 
mostraba una  virtud  interior  para  confirmación  de  la  fe  que 
aún  no  estaba  firme.  Y  esta  dicha  virtud  se  demostraba  por 
señales  de  fuera  insensibles  y  por  milagros ;  pero  ahora  la  fe 
crecida  y  foitalecida  no  tiene  necesidad  de  las  señales  que  se 
da  aún  á  los  que  en  ella  no  están  bien  firmes.  El  Apóstol  San- 
tiago demostró  la  orden  de  esta  figurativa  en  saludable  unión 
que  Dios  instituyó,  diciendo :  Si  está  alguno  enfermo  entre 
vosotros,  lleve  para  sí  los  sacerdotes  de  la  Iglesia  para  que 
nieguen  por  él,  untándole  con  óleo  en  nombre  del  Señor.  Y  la 
oración  de  la  fe  salvará  al   enfermo  y  aliviarle  ha   el  Señor. 

¿Cuántas  cosas  hemos  de  hacer  en  la  Iglesia  del  testimonio 


—  139  — 

de  aquel  que  fué  primo  del  Señor,  y  para  qué  le  llamamos 
testimonio?,  pues  que  más  verdaderamente  se  deba  decir -man- 
damiento, al  cual  como  le  promulgó  el  Legado  apostólico  de 
Cristo,  el  mismo  Cristo  lo  tuvo  por  firme  como  hecho  de  sí 
mismo.  Así  que  el  que  menosprecia  este  Sacramento  es  visto 
menospreciar  á  Cristo  y  tener  en  poco  la  gracia  que  en  cierta 
manera  nos  dio  por  la  sacra  unión.  Y  aquesto  sería  tan  peliT 
groso  cuanto  grave  es  el  discrimen  en  el  cual  anda  el  enfermo, 
y  no  solamente  del  cuerpo,  pero  aun  del  ánima,  al  cual  le  llevan 
las  potestades  de  las  tinieblas  hasta  el  postrero  tiempo  de  la 
vida  y  lo  aportan  casi  todas  las  artes  para  matar  la  salud  del 
hombre  y  procurar  de  matar  el  ánima  con  increíbles  errores  y 
traerle  en  desesperación.  Y  el  Apóstol  Santiago  nos  manda  que 
esta  unción  se  ha  de  dar  á  solos  los  enfermos,  y  así  todos  los 
otros  Apóstoles  lo  siguieron.  Pero  no  se  ha  de  dar  á  todos  los 
enfermos,  sino  á  aquellos  que  están  en  peligro  cuando  se  teme 
el  fin  de  la  vida. 

XX 

Del  Sacramento   de   la  orden'. 

En  cuanto  toca  á  los  administradores  de  la  Iglesia,  cuanto 
mayores  con  tanto  mayor  necesidad  tienen  del  don  y  gracia 
de  Dios.  Y  aunque  todos  los  sacerdotes  son  cristianos  en  cuanto 
ofrecen  á  Dios  los  sacrificios  espirituales  y  pueden  en  todo  lu- 
gar invocar  el  nombre  de  Dios,  pero  no  todos  son  Ministros 
de  la  Iglesia.  Pero  después  del  principio  y  fundamento  de  la 
Iglesia  son  apartados  y  señalados  algunos  para  el  servicio  de 
ella  que  usaren  de  este  oficio.  Y  así  los  dividió  Dios,  que  éstos 
no  pudiesen  todas  las  cosas  por  que  no  naciese  perturbación  de 
tener  ellos  todo  el  poderío,  porque  Dios  no  es  autor  de  con- 
fusión. 

Así  que  se  instituyó  el  Sacramento  de  la  orden  con  la  señal 
de  la  imposición  de  las  manos  y  otras  ceremonias  que  convie- 
nen á  este  Sacramento,  con  el  cual  los  que  fuesen  consagrados 
tomasen  la  gracia  para  los  oficios  de  la  Iglesia,  con  la  cual  fue- 


—  140  — 

■ 

sen  convenientes  y  hábiles  para  administrar  los  mismos  oficios. 
Y.  de  aquí  viene  aquello  del  Apóstol  á  Timoteo:  No  quieras 
menospreciar  la  gracia  que  está  en  tí,  que  se  te  dio  por  la 
profecía  con  imposición  de  manos  del  oficio  de  sacerdocio. 
Aqueste  Sacramento  de  la  orden  estriba  en  palabras  de  Cristo  : 
Así  como  me  envió  á  mí  mi  Padre,  así  os  envío  yo  á  vosotros. 
Séanles  perdonados  los  pecados;  predicad  el  Evangelio  á  toda 
criatura.  ítem :  yendo  y  predicando,  enseñadas  las  gentes,  bau- 
tizándolas, ítem  :  haced  aquesto  en  mi  memoria. 

Así  que  á  los  que  los  Obispos  por  la  sucesión  de  la  Iglesia 
ponen  las  manos  para  que  sean  ordenados,  dándoles  el  poder 
de  administrar  su  oficio,  el  cual  poder  en  dos  maneras  de  orden 
y  de  jurisdicción  :  debajo  de  la  una  cae  el  ministerio  de  la  pala- 
bra divina  y  la  administración  de  los  Sacramentos  y  la  orden 
de  las  Iglesias  para  la  edificación  de  ellas;  debajo  de  la  otra, 
el  poderío  de  descomulgar  y  absolver  á  los  penitentes. 

Das  órdenes  que  la  católica  Iglesia  conoce  son  estas  siete : 
de  los  presbíteros,  diáconos,  subdiáconos,  acólitos,  lectores, 
exorcitas,  porteros.  A  los  cuales  le  son  los  oficios  distintos  y 
se  les  han  de  señalar  ó  como  necesarios  ó  como  útiles  á  las 
Iglesias.  De  arte  que  es  manifiesto  que  aquel  siente  mal  de  la 
Iglesia  cristiana  cualquiera  que  quita  ó  menosprecia  estas  ór- 
denes. 

XXI 

Del  Sacramento  del  matrimonio. 

Había  ordenado  Dios  en  el  Paraíso  el  matrimonio,  en  el 
cual  el  hombre  y  la  mujer  se  ayuntasen  para  compañía  perpe- 
tua que  no  se  pudiese  dividir,  según  la  palabra  del  Señor  : 
Dejará  el  hombre  á  su  padre  y  á  su  madre  y  allegarse  ha  á 
su  mujer,  y  serán  dos  en  una  carne.  Y  aunque  el  matrimonio 
era  instituido  por  estrecha  compañía  de  los  hombres,  empero 
debajo  de  la  ley  los  •matrimonios  de  nuestros  antepasados  en 
la  primera  institución  de  él  en  dos  maneras  se  diferenciaron 
del  verdadero  matrimonio.  Conviene  á  saber:  que  un  hombre 
se   case   con    muchas   mujeres,    y   á  la   que   casase  la   pudiese 


í  1 


—  14 

echar  de  sí  enviándole  libelo  de  repudio.  De  las  cuales  cosas 
la  primera  se  permitió  por  dispensación  divina,  y  aquello  había 
de  ser  misterio  para  las  cosas  venideras  para  que  por  muchas 
mujeres  de  un  varón  se  diese  á  entender  que  Cristo  había  de 
colegir  la  congregación  de  la  Iglesia,  así  de  la  Sinagoga  como 
de  otra  muchedumbre  de  gentes  que  tomase  esto  para  sí,  que 
con  abundancia  de  'muchas  mujeres  sirviesen  á  Cristo  Salva- 
dor, que  había  de  nacer  de  la  simiente  de  aquéllos    El  repudio 
le  prometió  Moisés  al  pueblo  por  la   dureza   del  corazón,    te- 
niendo por  cosa  más  liviana  el  marido  que  quisiese  mal  á  su 
mujer,   antes  la  echase  de  sí  que  no  la  tomase  para  que  con 
la  muerte   de   ella   tomase  ocasión   de  casarse   otra   vez.    Pero 
después  que  vino  la  plenitud  de  la  gracia  Cristo  restituyó   el 
matrimonio,  así  como  restauró  otras  cosas  que  estaban  en  el 
Cielo  y  en  la  tierra.  De  aquí  es  aquello  de  Cristo,  que  dijo  : 
El  que  hizo  al  hombre,  á  principio  hízole  macho  y  hembra, 
y  dijo  por  aquesta  dejará  el  hombre  á  su  padre  y  á  su  madre 
y  allegarse  ha  á  su  mujer  y  ser  han  dos  en  una  misma  carne. 
Y  á  los  que  Dios  ajuntó  no  los  apartase  el  hombre.   Y  poco 
más  adelante   dijo  Moisés :   Por  la   dureza   de  vuestro   corazón 
os  permitió  Dios  que  repudiásedes  á  vuestras  mujeres.  Al  prin- 
cipio no  era  así.   Por  lo  cual  el  que  deia  á  su  mujer,   si  no 
fuera  por  fornicación  y  toma  otra,  adulterio  comete.   Lo  cual 
el  Apóstol   declaró  cuando  dijo :   No  yo,  sino   Dios,    manda  á 
los  que  están  ajuntados  en  el  matrimonio,  cuando  la  -mujer  no 
sea  parte  del  marido,  lo  cual  si  hiciese  no  se  casase  ó  reconci- 
liase con  su  marido. 

Así  que  estas  condiciones  singulares  del  matrimonio  cris- 
tiano se  comprueban  con  manifiestos  testimonios  de  la  Sagrada 
Escritura.  Da  una  es  que  sea  el  matrimonio  de  dos  tan  sola- 
mente de  marido  y  mujer,  porque  dice :  Serán  dos  en  una 
carne.  Y  así  ayuntados  no  sea  lícito  defraudado  el  uno  dar 
facultad  de  su  cuerpo  al  otro  tercero,  prohibiéndolo  el  Apóstol 
y  diciendo  :  Da  mujer  no  tiene  poderío  de  su  cuerpo,  sino  el 
varón,  y  el  varón  tampoco  del  suyo,  sino  la  mujer.  La  otra 
condición  es  que  siendo  este  vínculo  del  matrimonio  una  vez 
ayuntado  con  sola  la  muerte  se  desata  y  no  con  divorcio,  por- 


—  142  — 

que  lo  que  Cristo  da  á  entender  que  por  la  fornicación  se 
puede  dejar  la  mujer,  esta  separación  divide  entre  ellos  la  con- 
versación de  la  cama  y  mesa,  pero  no  el  vínculo  del  matrimo- 
nio. Así  que  cometerá  adulterio  cualquiera  que  á  la  que  así 
hubiere  dejado  tornare. 

Porque  Cristo  por  su  misma  causa  hizo  el  matrimonio  y  le 
construyó  con  vínculo  más  estrecho,  para  que  así  como  Cristo 
es  un  esposo  de  la  Iglesia  única,  y  aquesto  con  vínculo  indi- 
soluble, así  un  marido  sea  de  una  mujer  con  ayuntamiento 
perpetuo,  así  como  Cristo  se  ayunta  con  su  Iglesia  y  esposa 
para  siempre.  Por  lo  cual  el  matrimonio  no  solamente  es  con- 
junción de  varón  y,  hembra,  pero  de  Sacramento  por  la  gracia 
de  Dios,  la  cual  nunca  le  falta,  para  que  cuando  la  mujer 
escomenzare  á  amar,  así  como  Cristo  á  la  Iglesia,  así  aquel 
varón  tenga  con  ella  sociedad  perpetua  é  individua.  De  arte 
que  con  una  se  contente  para  siempre  y  no  haga  divorcio  con- 
tra la  voluntad  de  aquesta.  Sacando  en  las  cosas  que  el  derecho 
divino  declara,  y  porque  Dios  sustenta  el  -matrimonio  por  su 
causa  y  le  aprueba  cuando  los  que  en  uno  se  ayuntan  contraen 
matrimonio,  clara  señal  se  da  para  que  esperemos  que  el  dicho 
matrimonio  ha  de  ser  bueno  y  grato  á  Dios. 

Y  aunque  el  -matrimonio  principalmente  sea  de  contraer 
por  causa  de  engendrar,  empero  el  que  lo  contrae  por  causa 
de  evitar  la  fornicación  no  peca,  porque  San  Pablo  lo  dice  : 
Tenga  cada  uno  su  mujer  por  evitar  la  fornicación.  Así  que 
la  fuerza  de  este  Sacramento  es  para  que  los  hombres  entiendan 
que  no  son  ayuntados  por  autoridad  suya  sino  divina,  y  que 
por  ella  tomaron  la  gracia  con  la  cual  el  ayuntamiento  legítimo 
no  se  le  impute  á  culpa,  con  la  cual  el  cristiano  santifique  á 
la  mujer  gentil  que  con  él  quisiere  quedar  y  engendrar  hijos 
santos  y  ofrecidos  á  Dios,  con  la  cual  conserve  perpetua  fe, 
amor  y  santificación  con  templanza.  Así  que  pueden  tener 
matrimonio  honroso,  y  en  él  puede  haber  cama  sin  pecado.  Lo 
cual  como  ignorasen  los  maniqueos  facíanos  y  encracitas  no 
dudaron  de  reprender  el  matrimonio,  la  cual  malvada  temeri- 
dad, como  doctrina  salida  de  los  demonios,  el  Apóstol  San  Pa- 
blo condena. 


—  143  — 

Y  porque  el  vínculo  del  matrimonio  es  del  todo  tal  y  tiene 
tanta  fuerza  para  aj untarse  que  no  sea  otro  vínculo  de  con- 
junción humana  que  más  constriña,  lo  cual  como  lo  entendiese 
Adán  en  el  Paraíso,  así  habló  de  la  mujer,  á  la  cual  Dios  edi- 
ficó en  la  costilla  suya,  y  dijo  :  Este  es  hueso  de  mis  huesos 
y  carne  de  mi  carne.  Y  por  aquesto  se  llamará  virago,  que 
quiere  decir  mujer  que  representa  varón,  porque  de  varón  fué 
tomada,  por  la  cual  dejará  el  hombre  á  su  padre  y  á  su  madre 
y  llegarse  ha  á  su  mujer,  y  serán  dos  en  una  misma  carne.  Así 
el  poderío  paternal  no  es  de  tanta  eficacia  como  aquesta  con- 
junción que  hay  entre  el  marido  y  la  mujer.  No  se  han  de  oir 
aquellos  que  dicen  que  en  aqueste  tiempo  se  haya  de  apartar 
el  casamiento  ó  desposorio  ó  ser  ninguno  si  no  se  allegare  el 
consentimiento  de  los  padres.  Y  no  quitamos  ninguna  cosa  de 
la  obediencia  que  los  hijos  deben  á  los  padres,  pero  no  quere- 
mos que  los  padres  tengan  poderío  de  apartar  ó  impedir  el 
matrimonio ;  pero  porque  tenemos  por  honesto  que  los  hijos 
no  se  casen  sin  consentimiento  de  sus  padres,  hánse  de  amo- 
nestar de  aquesto  por  los  predicadores  si  se  haya  de  permitir  á 
los  padres  que  castiguen  la  inobediencia  de  los  hijos  en  aqueste 
caso  con  quitarles  los  bienes  ó  darles  menos  dote,  ó  por  otra 
vía  este  cuidado  sea  de  dejar  á  los  que  tienen  la  jurisdicción 
ordinaria,  los  cuales  procederán  en  ella  conforme  á  sus  reglas 
y  derechos. 

XXII 

Del  sacrificio  de  la  misa. 

Así  como  al  derecho  natural  introdujo  la  religión,  sin  la 
cual  ninguna  gente  vive,  de  esta  manera  todas  las  gentes  y 
por  todos  los  siglos  guardaron  las  ceremonias,  sin  las  cuales 
la  religión  no  se  puede  guardar  ni  honrar  ni  suele.  Y  guarda- 
ron en  las  mismas  ceremonias  la  oblación  como  cosa  principal, 
las  cuales  gentes  aunque,  como  dice  Cipriano,  los  otros  sacri- 
ficios aborrecieron  y  temieron  la  circunscisión  como  cosa  cruel 
y  contraria  de  la  naturaleza  ;  pero  con  todo  eso  no  repudiaron, 


—  144  — 

mas  antes  siguieron  la  ley  de  natura,  perseveraron  y  retuvieron 
los  instrumentos  de  limpios  sacrificios  y  quemar  grosuras  y  de- 
rramar delante  de  Dios  ruegos  como  ofrendas,  habiendo  la  na- 
turaleza engendrado  con  los  hombres  el  culto  divino  y  limpián- 
dolo divinalmente  por  los  ánimos  de  todos.  Y  aquesto  siendo 
común  y  persuadido  á  los  -mismos  de  todos  lo  tuvieron  y  pen- 
saron que  el  culto  de  la  oblación  se  debía  á  un  solo  Dios,  por- 
que ninguno  pensó  que  había  de  honrar  con  ella  sino  á  aquel 
que  él  sabía  ó  pensaba  que  era  Dios.  La  antigüedad  del  cual 
culto  comprueban  los  sacrificios  de  dos  hermanos,  Caín  y  Abel, 
el  primero  de  los  cuales  con  sus  ofrendas  reprobó  •  Dios ;  pero 
aplacado  miró  y  recibió  la  ofrenda  del  'menor,  Abel. 

Mas  esta  manera  de  sacrificio  Dios  imprimió  en  las  ánimas 
de  los  hombres  queriendo  que  todos  se  salvasen.  Porque  como 
por  el  pecado  de  un  hombre  el  universo  género  humano  se  su- 
jetase á  la  ira  de  Dios  y  justa  damnación,  y  tanto  más  grave 
y  peligrosa  condenación  les  estuviese  aparejada  cuanto  más 
justa  ira  de  Dios  incitaban  contra  sí  acumulando  pecados  con 
pecados,  Dios  no  queriendo  que  pereciesen  los  que  Él  había 
formado,  señaló  un  medianero  y  reconciliador  para  el  género 
humano,  el.  cual  nos  reconciliase  con  nuestro  Hacedor  y  miti- 
gase la  ira  justa  de  Dios  con  la  oblación  del  sacrificio.  Asi 
que  Dios  queriéndonos  bien  envió  á  su  Hijo  al  mundo  en  carne 
humana,  el  cual  recibiendo  en  sí  nuestros  pecados  los  llevó  ú 
la  Cruz,  y  colgándose  asimismo  como  sacrificio  por  nosotros 
entrando  por  su  propia  sangre  ad  sancta  sanctos  halló  la  eterna 
redención. 

El  Padre,  mitigado  con  el  loor  de  este  precioso  sacrificio, 
remitió  la  ira  y  absolvió  á  los  hombres  que  antes  estaban  lle- 
nos de  pecados  sucios,  injustos  y  sujetos  á  condenación,  y  ahora 
lavados  con  la  sangre  de  su  Hijo  los  justificó  y  reconcilió.  Así 
la  virtud  y  eficacia  de  esta  única  oblación,  que  no  solamente 
sirvió  en  aquel  tiempo  en  el  cual  Cristo  en  carne  se  puso  en  la 
Cruz  por  sacrificio ;  pero  aun  abrazando  las  edades  de  los  si- 
glos, bastó  esta  virtud  dicha  de  este  sacrificio  para  limpiar  los 
pecados  de  todos  los  hombres  que  fueron  desde  el  origen  del 
mundo  y  nacerán  hasta  el  fin,  porque  verdaderamente  Dios  es- 


—  145  — 

taba  en  Cristo  cuando  reconcilió  para  sí  el  mundo.  Y  veis  aquí 
el  Cordero  de  Dios  que  quita  los  pecados  del  mundo  y  Él  es  el 
que  entreviene  por  nuestros  pecados,  y  no  solamente  por  los 
nuestros,  pero  aun  por  los  de  todo  el  mundo,  comprendiendo 
los_  hombres  de  todas  las  edades,  no  solamente  de  un  tiempo. 
Y  de  aquí  dice  en  el  Apocalipsis :  Se  dice  Cristo, '  cordero 
que  fué  muerto  en  la  origen  del  mundo,  porque  su  sangre  lim- 
pió los  delitos  de  todas  las  edades,  desde  el  principio  del  mundo. 
De  aquesta  oblación,  que  sola  basta  para  la  reconciliación  del 
yénero  humano,  dice  San  Pablo:  Con  una  oblación  consumió 
y  perfeccionó  para  siempre  los  santificados,  y  porque  en  el 
mismo  cordero  le  agradó  á  Dios  que  toda  la  muchedumbre  ha- 
bitase y  por  Él  todas  las  cosas  fuesen  reconciliadas  en  Él 
pacificando  por  la  sangre  de  la  Cruz  todas  las  cosas  que  es- 
tuviesen en  los  Cielos  y  en  la  tierra,  y  quiso  renovar  en  Cristo 
todas  las  cosas.  Y  en  Isaías  dice:  Yo  solo  pisé  el  lagar  por 
cuya  herida  somos  todos. 

Y  para  que  todos  los  hombres  fuesen  participantes  de  esta 
eficaz  oblación  que  plenísima  y  suficientísima  y  perfectísima- 
mente  mereció  la  salud  de  todos  los  hombres  y  pasase  en  sí 
el  fruto  de  ella,  Dios  desde  el  principio  del  mundo  y  debajo 
de  ley  de  natura  despertó  por  divina  inspiración  cierta  cos- 
tumbre de  sacrificar,  y  luego  dada  la  ley  demostró  sacrificios 
diversos,  de  los  cuales  era  uno  este  uso,  no  para  que  los  hom- 
bres se  reconciliasen  á  Dios  ni  mereciesen  la  salud,  sino  que 
por  estos  sacrificios  exteriores  se  ejercitase  en  los  ánimos  de  los 
hombres  la  memoria  del  sacrificio  que  había  de  ser,  en  el  cual 
Dios  había  prometido  la  redención  de  todos  y  se  confirmase  la 
fe,  y  el  fruto  de  él  se  aplicase  á  los  que  creían  y  esperaban 
en  la  virtud  del  sacrificio  que  había  de  ser,  3-  para  que  todas 
las  veces  que  estos  sacrificios  se  celebrasen,  los  hombres  con 
ánimos  agradecidos  se  recordasen  así  de  los  otros  beneficios 
de  Dios,  que  ellos  recibían  continuamente  por  su  benignidad 
como  de  su  salud  que  habían  de  recibir  por  el  Reconciliador 
que  les  estaba  prometido. 

Así  que  ningún  sacrificio  agraciaba  á  Dios  hecho  conforme  á 
la  ley  de  natura  ó  de  Moisés,  por  cuanto  muchas  veces  confesó 

10 


—  146  — 

que  no  tenía  necesidad  de  aquellos  sacrificios  que  se  le  ofrecían, 
diciendo:  Si  tuviere  hambre  no  te  lo  diré,  porque  mía  es  la 
redondez  de  la  tierra  y  lo  que  en  ella  está.  ¿Por  ventura  tengo 
yo  de  comer  las  carnes  de  los  toros  ó  beber  la  sangre  de  los 
cabrones  ?  Pero  en  cuanto  estos  visibles  sacramentos  eran  de 
aquel  invisible  sacrificio  que  había  de  ser  si  alguno  los  ofre- 
ciese en  la  fe  del  Reconciliador  que  Dios  había  prometido,  ha- 
ciendo aquesto  con  aquestos  sacrificios  exteriores  para  que  de- 
mostrase la  fe  de  Cristo  que  había  de  venir  y  pasase  en  sí  el 
fruto  de  este  saludable  sacrificio,  el  cual  había  concebido  con 
fe  y  esperaba  con  firme  esperanza  y  declarase  á  Dios  el  agra- 
decimiento de  su  ánimo  por  tantos  beneficios.  Tales  sacrificios 
como  estos  gratos  eran  á  Dios  y  saludables  á  los  que  los  hacían, 
porque  no  se  ofrecían  por  su  propia  virtud,  sino  del  venidero 
sacrificio,   lo  cual  aplicaban  por  fe  del  que  los  ofrecía. 

Y  para  que  se  entienda  más  singularmente  la  razón  de  los 
sacrificios,  único  es  el  sacrificio  de  los.  merecimientos,  cuya 
virtud  eficaz  para  quitar  los  pecados  de  los  hombres  reconcilió 
á  los  hombres  que  estaban  apartados  de  Dios  y  sujetos  á  su  ita 
y  condenación.  Y  mereció  aqueste  sacrificio  saludable  de  Cristo 
eterna  salud  y  redención  á  todo  el  género  de  los  hombres,  en 
la  cual  por  todos  los  delitos  de  los  hombres  se  dio  por  sacri- 
ficio en  la  Cruz  y  perfeccionó  para  siempre  los  santificados 
(cuyo  merecimiento  no  merece  aumento)  porque  es  perfecto, 
ni  se  disminuye  ni  agota  porque  es  eterno.  Por  donde  todos 
los  otros  sacrificios  ninguna  cosa  añaden  á  éste  y  ninguna  cosa 
por  sí  merecen  si  no  aplican  el  fruto  de  esta  singular  oblación 
á  los  que  creen  y  sirven  para  ejercitar  y  retener  en  los  ánimos 
de  los  hombres  la  memoria  de  esta  única  oblación  y  confirmar 
la  fe  y  declarar  el  agradecimiento  por  todos  los  beneficios  de 
Dios. 

Y  son,  pues,  los  semejantes  sacrificios  aplicatorios  y  comu- 
nes á  todas  las  leyes,  mezclada-mente  á  todos  los  hombres,  como 
es  el  sacrificio  del  corazón  contribulado  y  del  espíritu  humi- 
llado. Y  por  honrar  la  piedad  y  aflicciones  recibidas  de  la  carne 
y  el  sacrificio  de  los  labios  de  los  ruegos,  oraciones  y  dar  gra- 
cias, y  así  otros  algunos  semejantes.  Y  algunos  sacrificios  fue- 


• 


—  147  — 

ion  propios  de  cada  ley  y  propios  á  ciertos  oficios  de  hombres 
de  la  oblación,  de  los  cuales  los  otros  eran  prohibidos  por  ame- 
nazas y  penas,  como  se  contiene  en  el  primero  de  los  Reyes 
y  en  el  segundo  Paralipomenon,  y  que  ninguna  ley  ni  religión 
<de  gentes  careció  de  sacrificios,  así  como  ahora  están,  porque 
■estas  tres  cosas  son  entre  sí  tan  conjuntas  que  necesario  se 
sigue  una  de  otra  ley,  sacei  dorio,  sacrificio,  como  está  en  el 
séptimo  de  los  Hebreos.  Así  que  los  hombres  que  eran  justos 
debajo  de  natura  y  que  tenían  noticia  de  los  prometimientos 
de  Cristo,  creían  en  aquel  que  sabían  que  había  de  ser  Salva- 
dor y  le  ofrecían  sacrificios,  por  cuya  oblación  declaraban  la 
fe  y  esperanza  de  la  salud  que  había  de  ser,  y  por  ésta  demos- 
traban su  agradecimiento  y  codiciaban  ser  ayudados  con  lo-> 
merecimientos  del  saludable  sacrificio  que  esperaban(.  Y  todas 
las  otras  gentes  imitando  esta  costumbre  por  la  oculta  inspira- 
-ción  que  en  sus  ánimas  estaba  quisieron  agradar  con  sacrificios 
no  á  verdadero  Dios,  sino  á  aquel  que  pensaban  ó  fingían  ser 
Dios. 

La  ley  dada  por  Moisés,  que  se  allegaba  á  la  ley  de  natura, 
instituyó  oblaciones  exteriores,  no  para  que  la  quitase,  sino 
para  hacerla  mejor,  las  cuales  oblaciones  significasen  el  sacri- 
ficio que  había  de  ser  de  Cristo,  y  cuantas  veces  la  celebrasen 
los  judíos  se  acordasen  con  ánimos  agradecidos  de  los  otros  be- 
neficios de  Dios  y  pasasen  en  la  virtud  de  aquel  sacrificio  que 
había  de  ser  creyendo,  esperando  y  orando. 

Pero  Cristo  que  no  había  venido  á  desatar  la  ley  que  era 
natural  y  moral,  mas  antes  á  cumplirla,  trayendo  al  mundo 
su  nueva  ley,  la  cual  antes  había  prometido  por  Jeremías,  y 
por  no  dejar  á  su  ley  manca  é  imperfecta  contra  la  costumbre 
•de  las  leyes  que  habían  precedido,  la  quiso  instituir  con  par- 
ticular sacerdocio  y  sacrificio,  porque  fué  necesidad,  según  la 
sentencia  del  Apóstol,  que  sucediendo  nueva  ley  también  se 
siguiese  sacrificio  particular  y  conveniente  á  ella,  según  está 
'en  el  séptimo  capítulo  de  los  Hebreos,  y  que  fuesen  tomados 
Sacerdotes  ministros  de  este  sacrificio,  como  se  contiene  en  el 
quinto  capítulo  de  los  Hebreos. 

En  la  cual  parte  de  la  ley,  que  fué  buena  y  santa  y  pía, 


—  148  — 

el  mismo  Nuestro  Señor  Jesucristo  por  que  no  faltase  á  su  Igle- 
sia, en  la  última  cena,  dando  gracias  á  Dios,  instituyó  el  Sacra- 
mento de  su  cuerpo  y  sangre,  encomendando  dos  provechos 
de  él  para  que  se  tomase  de  los  fieles,  así  como  mantenimiento 
saludable  del  ánima,  diciendo :  Toma  y  come.  Y  para  que 
se  ofreciese  en  memoria  de  su  pasión  el  -ministerio  de  la  cual 
obligación,  dándolo  juntamente  á  los  Apóstoles  como  Sacerdo- 
tes de  la  nueva  ley,  dijo :  Haced  aquesto  en  mi  memoria. 

Así  como  ante  el  advenimiento  ele  Cristo  Dios  entregó  ciertos 
sacrificios  á  los  padres,  con  los  cuales  moviesen  en  sus  ánimos 
la  «memoria  de  este  gran  sacrificio  que  ellos  esperaban,  y  con- 
firmasen la  fe  y  aplicasen  así  el  fruto  de  él  orando  y  creyendo, 
y  se  acordasen  como  amigos  gratos  de  los  beneficios  de  Dios, 
así  Cristo  encomendó  á  su  Iglesia  la  limpia  y  saludable  obla- 
ción de  su  cuerpo  y  sangre  debajo  de  figura  de  pan  y  de  vino 
para  que  renovásemos  en  nuestros  ánimos  con  esta  oblación  la 
memoria  de  su  cuerpo,  que  por  nosootros  estuvo  en  la  Cruz,  y 
el  derramamiento  de  sangre  y  pasásemos  en  nosotros  el  fruto 
de  esta  ensangrentada  oblación,  con  la  cual  para  siempre  hizo 
perfectos  á  los  santificados  ;  aquesto  es  hacerlo  en  su  memoria, 
que  quiere  decir  tanto  como  acordarnos  de  su  muerte  como 
a-migos  gratos  y  por  la  memoria  y  merecimiento  de  su  pasión 
rogar  al  Padre  que  nos  reconcilia  así. 

Esta  es  aquella  limpia  y  saludable  oblación  de  aquel  único 
sacrificio  con  el  cual  se  compró  la  salud  de  todos,  y  no  sola- 
mente significando,  pero  comprendiendo  en  sí  la  verdad  de 
aquellas  cosas,  que  significaban  las  oblaciones  de  diversos  sacri- 
ficios antiguamente.  Este  es  el  mismo  sacrificio  del  cuerpo  y 
sangre  de  Cristo,  que  en  la  Cruz  se  ofreció  en  otro.  Este  es 
el  mismo  cordero  y  no  otro,  y  mi  Jesucristo  en  una  parte  y 
otra.  Pero  entonces  se  ofreció  pasible  y  ensangrentado,  con  la 
cual  oblación  suficientemente  impetró  remisión  de  los  pecados 
á  todos  los  que  creen.  Mas  ahora  ofrecemos  al  mismo  Cristo 
figurativamente  y  sin  sangre  y  no  pasible,  no  para  que  merez- 
camos remisión  de  los  pecados  y  salud  de  las  ánimas,  sino 
para  que  tengamos  la  memoria  de  la  pasión  de  Cristo  y  demos 
gracias  á  Dios  por  la  salud  que  se  nos  impetró  en  la  Cruz,  y 


—  149  — 

para  que  con  fe  y  devoción  apliquemos  y  apropiemos  á  nosotros 
la  remisión  y  rendención  de  los  pecados. 

Y  este  sacrificio  tan  saludable  en  el  espíritu  lo  vio  mucho 
teimpo  antes  Malaquías  cuando  dijo :  No  tengo  voluntad  en 
vosotros,  dice  el  Señor  de  los  Ejércitos,  y  no  recibiré  don  de 
vuestra  mano,  porque  desde  donde  nace  el  sol  hasta  donde  se 
pone,  grande  es  mi  nombre  en  todas  las  gentes  y  en  todo  lugar 
^e  sacrifica  y  se  ofrece  en  mi  nombre  oblación  limpia.  La  cual 
profecía  que  Malaquías  dijo  no  se  puede  entender  de  sólo  los 
sacrificios  espirituales,  los  cuales  no  son  de  ley  alguna  propia, 
antes  son  comunes  á  todos  los  tiempos  y  hombres  y  duraron 
mezclados  con  los  sacrificios  de  los  antiguos.  Antes  hemos  de 
entender  de  las  palabras  del  profeta  que  quiso  sentir  del  sacri- 
ficio que  había  de  suceder  en  lugar  de  los  antiguos  sacrificios; 
de  donde  estas  palabras  se  entienden  de  los  sacrificios  de  Cristo 
sacratísimo,  no  de  aquel  en  el  cual  se  puso  en  la  Cruz  por  nues- 
tros pecados,  porque  aquél  no  se  hizo  entre  las  gentes  ni  en 
todo  lugar  sino  en  Judea,  sino  de  aquel  que  él  ofrece  en  su 
iglesia  por  todo  el  mundo  para  la  memoria  de  su  muerte  y  para 
pasar  la  virtud  de  él  en  todos  los  que  creen.  Y  aqueste  enten- 
dimiento de  aquel  lugar  de  Jeremías  se  confirma  por  los  testi- 
monios de  nuestros  padres  (como  dice  Ireneo)  en  el  libro  4.0 
contra  los  herejes,  capítulo  32  :  Recibió  aquél  que  es  de  natura 
de  pan  y  dióle  gracias  diciendo:  Este  es  mi  cuerpo.  Y  confesó 
semejantemente  el  cáliz  de  su  sangre  y  nos  dio  enseñándonos 
nuevamente  la  oblación  del  Nuevo  -Testamento,  la  cual  Iglesia 
recibiendo  de  los  Apóstoles  la  ofrece  á  Dios  por  todo  el  mundo. 
De  lo  cual  el  Profeta  Malaquías  entendió  diciendo,  desde  donde 
nace  el  sol  hasta  donde  se  pone,  mi  nombre  se  glorifica  entre 
las  gentes  y  se  ofrece  incienso  en  todo  lugar  á  mi '  nombre  y 
sacrificio  puro.  Y  San  Agustín  dice:  Conocieron  los  que  leen 
haya  dicho  Melquisedech  cuando  bendijo  Abraham,  aunque 
■son  participantes  de  él  vén  que  tal  sacrificio  se  ofrece  á  Dios 
por  toda  la  redondez  del  mundo.  De  donde  otro  Profeta  dice : 
Aquél  que  según  la  carne  es  Israel  no  tengo  voluntad  en  vos- 
otros. Y  San  Ambrosio  dice  de  este  sacrificio  de  la  nueva  ley : 
Antes  se   ofrecería  cordero  ó  becerro  agora   á  Cristo,   como  si 


—  150  — 

recibiese  pasión,  y  ofrece  á  sí  mismo  como  sacerdote.  Crisós- 
tomo:  ¿por  ventura  no  ofrecemos  cada  día  haciendo  conmemo- 
ración de  su  muerte,  y  este  sacrificio  como  es  uno  y  muchos?, 
porque  una  vez  se  ofreció  «in  sancta  sanctos».  Este  sacrificio 
es  ejemplo  de  aquél  y  á  él  siempre  ofrecemos  y  no  ofrecemos 
hoy  uno  y  mañana  otro,  sino  siempre  el  mismo.  Anastasio  dice : 
Para  siempre  es  el  cordero  de  Cristo,  porque  cada  día  se  ofrece 
por  los  ministros  de  Dios  la  oblación  teniendo  á  Cristo  y  al 
Pontífice  y  sacrificio. 

Y  aquesta  oblación  que  Cristo  encomendó  á  la  Iglesia  en- 
conmemoración  de  su  muerte  muchos  dicen  que  él  mismo  la 
ejercitó  en  la  cena  y  que  se  ofreció  al  Padre  á  sí  mismo  en 
figura  de  pan  y  vino,  entre  los  cuales  David  llamando  á  Cristo 
sacerdote  demuestra  que  Cristo  cumplió  la  figura  del  pan  y  del 
vino,  lo  cual  había  precedido  en  el  sacerdote  Melquisedech, 
según  la  orden  del  cual  llamó  á  Cristo  sacerdote.  De  lo  cual 
Cipriano  en  el  libro  2°  en  la  Epístola  3.a  dice  :  ¿Quién  puede  ser 
más  sacerdote  del  Sumo  Dios  que  Nuestro  Señor  Jesucristo,  el 
cual  ofreció  á  Dios  Padre  el  sacrificio  que  había  ofrecido  Mel- 
quisedech,  que  es  pan  y  vino  que  quiere  decir  cuerpo  y  sangre, 
y  luego  en  el  Génesis  por  el  sacerdote  Melquisedech  bien  se 
podría  celebrar  la  bendición  cerca  de  Abraham,  procede  delante 
la  imagen  del  sacrificio  hecha  en  pan  y  vino,  lo  cual  cumpliendo 
el  Señor  y  ofreciendo  pan  y  cáliz  mezclado  con  vino  (corno- 
dice  San  Bernardo)  hablando  de  Cristo  :  Aqueste  que  por  el 
misterio  del  pan  y  del  vino  sea  hecho  sacerdote  para  siempre 
según  la  orden  de  Melquisedech  que  ofreció  pan  y  vino  á  los 
sacerdotes  mientras  que  Abraham  volviese  vencedor  del  ejér- 
cito. Damasceno  dice :  En  pan  y  en  vino  recibió  Melquisedech 
á  Abraham  el  cual  era  sacerdote  del  alto  Dios.  Aquella  mesa 
significó  esta  mesa  figurativa,  así  como  aquel  sacerdote  de  Cristo 
llevaba  delante  de  sí  la  imagen  del  verdadero  sacerdote,  di- 
ciendo :  Tú  eres  sacerdote  según  la  orden  de  Melquisedech. 
Semejantes  testimonios  se  hallarán  acerca  ele  San  Jerónimo 
,  y  San  Agustín  y  San  Crisóstomo  y  Teofilato.  Según  estas 
cosas  las  Sagradas  Escrituras  y  testimonios  de  los  Santos  Pa- 
dres la   Iglesia   Católica   conoce   dos   sacrificios   de  Cristo,    los 


—  151  — 

mismos  según  substancia,  pero  diversos  según  la  razón  y 
orden  de  ofrecer,  el  uno  ensangrentado  en  la  cruz  y  el  otro 
en  el  cual  como  sacerdote  ofreció  al  Padre  en  figura  de  pan  y 
vino  su  cuerpo  y  su  sangre  en  la  cena,  según  la  orden  de  Mel- 
quisedech  é  instituyendo  perpetuo  sacrificio  de  la  nueva  ley  y 
encomendando  á  los  Apóstoles  y  á '  sus  sucesores  que  en  su 
memoria  le  hiciesen  hasta  la  fin  del  mundo.  De  los  cuales  sa- 
crificios, así  como  el  modo  de  ofrecer  es  diverso,  así  el  provecho 
es  apartado  porque  con  el  sacrificio  ensangrentado  impetró 
Cristo  reconciliación  para  los  pecados  y  redención  de  todos  los 
hombres.  El  otro  sacrificio  se  hizo  por  la  memoria  del  de 
arriba  dicho  y  fué  encomendado  á  la  Iglesia  en  el  cual  repre- 
sentamos al  Padre  de  Cristo  en  cierta  manera  ensangrentada  no 
para  que  merezcamos  redención  de  nuevo  de  nuestros  pecados 
sino  para  que  apliquemos  á  nosotros  con  fe  y  devoción  la  re- 
dención que  se  mereció  en  la  cruz  siguiendo  el  mandamiento 
de  Cristo,  en  el  cual  nos  mandó  que  hiciésemos  aquesto  en  su 
memoria  que  quiere  decir  que  por  la  memoria  y  merecimiento 
de  su  pasión  rogásemos  á  su  Padre  por  nuestra  reconciliación 
ó  remisión  de  pecados  y  salud  de  nuestras  ánimas  por  la  guarda 
de  nuestro  cuerpos  y  haciendas. 

Hasta  aquí  hemos  demostrado  con  qué  razones  J  testimo- 
nios está  fundado  el  sacrificio  del  altar,  ahora  digamos  algunas 
cosas  acerca  de  su  costumbre. 

En  la  celebración  del  sacrificio  del  altar  se  mezclan  á  las 
veces  loores  de  Cristo,  á  las  veces  ruegos  fieles  del  pueblo  otras, 
otras  desgracias  á  las  veces  lecciones  de  Escrituras,  donde  bien 
se  llama  sacrificio  de  loores  y  gracias  y  rogarías.  En  la  cual 
manera  la  Iglesia  Católica  representa  el  ejemplo  de  Cristo,  el 
cual  derramó  muchos  ruegos  á  su  Padre  en  el  sacrificio  de  la 
cena  por  la  salud  de  la  Iglesia,  á  la  cual  había  de  dejar  en  la' 
tierra ;  y  derramó  asimismo  muchas  rogarías  al  Padre  consu- 
miendo la  cena  figurativa  con  himnos  y  dádivas  de  gracias. 
Pero  aqueste  continuo  amonestamiento  de  San  Pablo  en  el  cual 
quiere  que  primero  se  hagan  rogarías,  oraciones,  suplicaciones, 
gracias  por  todos  los  hombres  y  reyes  y  por  todos  los  que  están 
puestos  en  la  dignidad  para  que  viviésemos  vida  sosegada  en 


—  152  — 

toda  piedad  y  castidad.  Y  la  Iglesia  guarda  muy  preciosamente 
aquesto  en  la  celebración  del  aftar  según  le  parece  á  San  Agus- 
tín, las  cuales  rogarías  hace  antes  que  se  comience  á  bendecir 
aquello  que  está  en  la  mesa  del  Señor  y  las  oraciones  cuando  se 
bendice  y  se  santifica  y  las  peticiones  y  ruegos  cuando  el  pue- 
blo se  bendice  y  es  encomendado  á  la  misericordia  y  piedad  de 
Dios.  Las  cuales  cosas  acabadas  y  tomando  el  Sacramento  el  dar 
de  las  gracias  encierra  todas  las  cosas  y  vee  (sic)  á  San  x\gus- 
ti'n  en  la  epístola  59  á  Paulino,  á  donde  la  orden  del  celebrar 
muy  claro  conocerás  del  sacrificio  del  altar  el  cual  guarda  hoy 
la  Iglesia.  Pero  esta  orden  recibida  y  confirmada  como  verás 
cerca  de  otros  varones  católicos  de  todas  las  edades,  los  cuales 
mezclando  rogarias  y  gracias  en  la  celebración  de  este  sacrificio 
merecieron  un  gran  consentimiento  consagrar  la  acostumbrada 
hostia  con  rogaría  solemne  de  la  cual  Crisóstomo  ^obre  San  Ma- 
teo «Homilía»  83  y  ((De  Sacerdocio»,  libro  3,  y  el  gran  Basilio 
(De  Espíritu  Santo»  hablando,  capítulo  27,  y  Teofilato  capí- 
tulo 14  y  San  Ambrosio  «De  Sacramentis»  libro  4.0,  el  cual 
tiene  en  los  libros  que  hizo  esta  orden  de  que  ahora  usa  la 
Iglesia. 

De  la  memoria  que  se  suele  hacer  de  los  Santos  en  el  sacrificio 
del  altar,  y  de  cómo  se  pide  su  intercesión  y  cómo  se  han 
de  invocar. 

Así  que  como  en  este  sacrificio  del  altar  honremos  la  me- 
moria de  los  Santos  en  este  gran  beneficio  en  el  cual  Cristo 
se  hizo  á  sí  mismo  oblación  por  todo  su  cuerpo  místico,  conviene 
á  saber,  por  la  salud  de  todos  los  que  creen  como  allí  se  hallan 
de  derramar  ruegos  según  el  ejemplo  del  Señor  y  amonesta- 
ción del  Apóstol  por  la  salud  de  la  Iglesia  y  como  se  hayan  de 
dar  gracias  por  todos  bus  beneficios ;  porque  la  Iglesia  recoli- 
giendo en  sí  todos  sus  miembros  hace  memoria  de  los  que  hu- 
bieron salido  de  esta  vida  y  viven  acerca  de  Dios  y  principal- 
mente en  congregación  abrazando  en  sí  á  los  Santos  escogidos 
da  gracias  á  Dios  por  ellos,  el  cual  siendo  ellos  flacos  de  su 
natura  los  fortaleció  con  don  de  su  gracia  para  que  sobrepuja- 
sen á  los  vicios  de  la  carne  y  alcanzasen  del  justo  juez  corona 


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de  justicia  varonilmente,  peleando  fuesen  fuertes  contra  el  pe- 
cado y  demonio  y  muerte  y  no  por  virtud,  sino  por  la  de 
Dios.  Y  acerca  de  éste  dar  de  gracias  por  los  Santos  y  costum- 
bre divulgada  por  toda  la  Iglesia  lee  acerca  de  Dinisio  Ario- 
pagita  y  Cipriano  en  el  libro  3.°  en  la  epístola  6,  y  acerca  de 
San  Agustín  en  el  libro  8.a  «De  civitate  Dei»,  capítulo  27, 
ídem  22,  ídem  10. 

Y  no  solamente  honramos  á  los  Santos  y  rogamos  por  ellos, 
,pero  aún  pedimos  ser  fortalecidos  con  socorro  de  la  guarda 
divina,  sintiendo  derechamente  ellos  juntos  con  nosotros  en 
vínculo  de  caridad  siendo  ciudadanos  de  la  misma  comunión 
y  miembros  del  mismo  cuerpo  y  también  de  un  espíritu,  de- 
sear nuestra  salud  condoliéndose  de  nuestros  males.  Y  por 
tanto  entrevienen  acerca  del  común  Padre  que  es  Dios  por 
nuestras  necesidades  por  1  Cristo  que  es  medianero  de  todos  y 
para  haber  de  hacer  aquesto  por  nosotros  les  persuada  del  de- 
recho de  la  comunión  en  la  cual  están  ayuntados  con  nosotros 
y  el  precepto  de  Santiago  que  dice  :  Rogad  unos  por  otros  por 
que  os  salvéis.  Y  la  caridad  que  nos  tienen  les  amonesta  á  esto 
y  vive  la  facultad  que  tienen  para  con  Dios  en  la  cual  están 
seguros  de  enfermedades  y  faltas.  Y  por  manifiestos  testimo- 
nios de  la  Escritura  conocemos  que  hacen  esto  en  la  otra  vida. 
En  el  2.0  libro  de  los  Macabeos,  capítulo  15,  adonde  Onías  se 
conoce  extender  las  manos  y  rogar  por  el  pueblo.  Y  otro  varón 
admirable  del  cual  se  dice  :  Este  es  amador  de  los  hermanos  y 
del  pueblo  de  Israel,  éste  es  el  que  mucho  ruega  por  todo  el 
pueblo  y  la  ciudad  santa  de  Jerusalén.  Jeremías  profeta  y  Za- 
carías dice :  El  ángel  ruega  por  las  ciudades  de  Judea,  Señor 
de  los  ejércitos,  ¿hasta  cuándo  no  habréis  misericordia  de  Je- 
rusalén y  de  las  ciudades  de  Judea  con  las  cuales  estáis  eno- 
jado? 

Y  con  aquesta  fe  pedimos  los  ruegos  é  intercesiones  por 
nosotros  y  de  aquellos  que  viyen  en  carne  con  vosotros.  Así 
pedimos  los  ruegos  de  los  Santos  que  viven  acerca  de  Dios  para 
que  ruegen  por  nosotros  y  los  llamamos  por  su  nombre  y  no 
dudamos  sino  aquel  que  pide  todas  las  cosas  les  era  fácil  de 
hacer  que  los  Santos  denuncien  nuestras  peticiones  ó  por  los 


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ángeles  ó  por  otra  vía  que  á  ellos  parezca,  el  cual  hace  que  los 
ángeles  se  huelguen  en  el  cielo  conociendo  la  conversión  del 
pecador. 

L,os  merecimientos,  pues,  de  los  Santos  no  decimos  ser  tales 
cuales  hallamos  en  Cristo,  el  cual  poniéndose  á  sí  mismo  en  la 
cruz  por  nosotros  y  derramando  su  sangre  mereció  con  Dios 
y  ganó  al  mundo  plena  reconciliación  por  los  merecimientos 
de  los  Santos,  con  los  cuales  ellos  fueron  salvos  y  nos  ayudan 
á  nosotros.  Fueron  sacados  de  la  fuente  de  toda  la  salud  y  me- 
recimiento, conviene  á  saber,  de  la  pasión  de  Cristo ;  porque  si 
bien  queremos  mirar  el  rigor  de  la  justicia  las  obras  de  los 
Santos,  aun  muy  virtuosas  no  bastarán  para  la  salud  de  ellos, 
conforme  aquello  del  salmo  142.  Delante  de  tí  no  será  justi- 
ficado ningún  viviente.  Y  aquello  de  Cristo:  Si  hiciéredes  todas 
ias  cosas  que  os  son  mandadas  decid  que  somos  siervos  inútiles. 
Y  según  aquello  de  San  Pablo  :  No  son  dignas  las  pasiones  de 
este  mundo  de  la  gloria  venidera,  la  cual  se  revelará  en  vos- 
otros. Los  merecimientos  de  los  Santos  por  la  misericordia  y 
liberalidad  y  gracia  de  Jesucristo  no  solamente  les  aprovecha- 
rán á  ellos  para  la  salud,  pero  también  á  nosotros  para  amparo 
é  impetración  de  gracia  divina  cumpliendo  Dios  en  ellos  mi- 
sericordiosamente lo  que  verdaderamente  prometió  cuando  di.jp : 
Yo  soy  tu  Dios,  fuerte  celador  y  visitador  de  las  maldades  de 
los  hijos  hasta  la  tercera  edad  y  cuarta  de  aquellos  que  me 
aborrecieron  y  haré  misericordia  en  mil  cosas  á  aquellos  que 
me  aman  y  guardan  mis  preceptos. 

Así  los  merecimientos  de  Abraham  difunto  aprovecharon  á 
su  hijo  Isaac  y  Jacob  en  aquesta  religión  enseñando  á  sus  nie- 
tos les  mandó  que  invocasen  á  su  nombre  y  al  de  sus  padres, 
lo  cual  Moisés  con  gran  confianza  hizo  diciendo :  Descanse  tu 
ira  y  se  aplaque  sobre  la  maldad  de  tu  pueblo,  acuérdate  de 
Abraham,  Isaac  y  siervos  tuyos  de  Israel.  Y  así  David  por  la 
gracia  (con  la  cual  pudo  mucho  acerca  de  Dios)  siendo  varón 
agradable  á  Dios  hizo  que  sus  descendientes  sintiesen  en  su 
provecho  el  perdón  de  Dios  muchas  veces  en  el  libro  tercero 
de  los  Reyes,  capítulo  12,  y  en  el  cuarto,  capítulo  19,  é  Isaías 
27  y  Ezequiel  14. 


—  155  — 

Be  la  memoria  de  los  difuntos  en  Cristo. 

Nuestro  Señor  Jesucristo,  según  la  voluntad  de  su  Padre, 
poniéndose  en  la  cruz  para  salvar  á  los  hombres  coligió  dentro 
de  sí  mismo  como  miembros  suyos  todos  aquellos  que  creyesen 
que  este  sacrificio  estaba  aparejado  desde  el  principio  del  mundo 
para  salvar  los  hombres,  previniendo  con  fe  y  voto  y  en  los 
tiempos  venideros  los  hubiesen  de  tener  por  fe  queriendo  que 
el  fruto  de  su  pasión  viniese  juntamente. á  todos  aquellos  que 
habían  de  ser  miembros  de  su  cuerpo.  De  donde  de  la  Iglesia 
común  honrando  la  memoria  de  este  sacrificio  debe  llamar  á 
todos  sus  miembros  juntamente  y  no  excluir  á  ninguno  de 
aquellos  que  fuesen  capaces  de  la  utilidad  de  este  sacrificio, 
según  la  liberal  voluntad  de  Dios,  así  como  primero  se  metía 
la  memoria  de  los  Santos,  así  después  se  metía  la  de  los  cris- 
tianos cerca  del  sacrificio  del  altar,  los  cuales  cristianos  se  cree 
que  se  apartaron  de  esta  vida  en  la  fe  de  Cristo,  aunque  no  se 
tenga  certidumbre  de  ello  si  se  hallan  apartados  limpios  y  pur- 
gados. Pero  diversa  es  la  memoria  que  se  guarda  de  los  San- 
tos y  de  los  otros,  porque  la  memoria  que  tiene  de  los  Santos 
no  es  porque  roguemos  por  ellos,  sino  para  que  elfos  nieguen 
por  nosotros  y  para  que  mejor  nos  alleguemos  á  sus  pisadas. 
La  memoria  que  tiene  de  los  otros  es  para  que  roguemos  á 
Dios  por  ellos  y  para  que  tenga  por  bien  de  darles  lugar  de 
refrigerio,  luz  y  pan  por  Nuestro  Señor  Jesucristo. 

Y  la  razón  de  la  comunión  nos  demanda  la  cual  confesamos 
con  todos  los  Santos,  demanda  que  no  apartemos  de  nuestras 
oraciones  aquellos  que  fueron  delante  de  nosotros  en  señal  de 
la  fe;  los  cuales  después  de  muertos  nos  están  ayuntando  con 
ios  vínculos  espirituales  y  están  tan  allegados  con  nosotros  como 
un  cuerpo  espíritu  con  sus  miembros  y  de  un  mismo  vínculo 
de  caridad  que  la  muerte  corporal  no  los  puede  apartar  del 
ayuntamiento  del  cuerpo  místico  de  Cristo. 

Así  que  como  Dios  nos  haya  demostrado  esta  forma  de  orar 
y  que  ninguno  haya  de  rogar  solamente  por  su  provecho  sino 
por  el  de  toda  la  comunión  y  lo  mande  por  el  Apóstol   que 


—  156  — 

roguemos  unos  por  otros  para  que  nos  salvemos,  muy  crudo 
sería  contra  sus  amigos  J  aliados  y  temerario  contra  Dios  el 
que  apartase  de  la. comunión  de  las  oraciones  á  los  difuntos  en 
Cristo,  lo  cual  veda  la  razón  de^  la  comunión  espiritual  y  las 
Escrituras  divinas. 

Y  esta  certidumbre  divulgada  por  toda  la  Iglesia  de  Cristo, 
,en  la  cual  es  añadida  la  memoria  de  los  difuntos  cerca  de  la  cual 
confesamos  con  todos  los  Santos  como  claramente  se  puede  ver 
haber  dependido  por  el  mandamiento  apostólico  de  grandes  tes- 
timonios y  dignos  de  fe,  como  dice  Dionisio  Ariopagita  en  el 
libro  de  la  Eclesiástica  Jerarquía,  capítulo  y.°,  acerca  de  las 
rogarías  que  se  han  de  hacer  por  los  difuntos,  la  cual  vino  á 
nosotros  por  preceptos  de  los  Apóstoles  y  declararon  diciendo : 
Ruego  aquella  oración  á  la  divina  clemencia  que  perdone  todos 
los  pecados  al  difunto,  que  fueron  hechos  por  su  humana  fra- 
gilidad y  los  lleve  á  la  gloria.  Y  San  Crisóstomo  al  pueblo  de 
Antioquía,  homilía  69,  dice :  No  sin  causa  estas  cosas  fueron 
ordenadas  de  los  Apóstoles  para  que  en  los  misterios  temero- 
sos se  haga  conmemoración  de  lo  difuntos,  porque  saben  los 
Apóstoles  que  de  allí  les  viene  á  los  difuntos  mucho  provecho, 
como  se  pone  al  pueblo  extendidas  las  manos  y  se  ponga  aquel 
sacrificio  horrible,   ¿por  qué  razón  para  alcanzarles  perdón? 

Damasceno  dice  que  los  Apóstoles,  discípulos  del  Señor  y 
Salvador,  peregrinaron  por  el  mundo  predicando  la  palabra  de 
vida  la  cual  habían  visto  por  sus  ojos,  y  dijeron  que  se  había 
de  tener  memoria  en  los  Sacramentos  de  aquellos  que  ya  ha- 
bían salido  de  esta  vida,  la  cual  hasta  agora  firme  y  sin  contro- 
versia alguna  guarda  la  Católica  Iglesia  de  Cristo  y  de  Dios 
desde  los  postreros  hombres  de  todo  el  mundo  desde  aquel 
tiempo  hasta  el  presente  y  hasta  el  fin  del  mundo.  Agustino 
también  dice  que  no  se  ha  de  negar  que  las  ánimas  de  los  di- 
funtos sean  relevadas  de  los  pecados  con  la  piedad  de  los  suyos 
que  viven  cuando  ofrecen  por  ellos  en  la  iglesia  ó  dan  li- 
mosna. Pero  estas  cosas  aprovechan  á  aquellos  que  estando 
vivos  merecieron  que  les  aprovechasen,  y  lo  semejante  á  esto 
se  podrá  ver  acerca  de  Epifanio,  libro  3.0,  contra  los  herejes, 
y  en  Tertuliano,  en  el  libro  que  escribe  «Ad  uxorem  de  corona 


—  157  — 

militis»,  y  Ambrosio  en  la  Oración  por  el  Emperador  Teodosio 
de  la  muerte  de  su  hermano,  y  en  el  libro  2.a  de  las  Epístolas 
«Ad  Faustum»,  y  Cipriano  en  el  libro  i.°  de  las  Epístolas,  y 
Bernardo  en  el  cántico  i.°  «Sermo  68». 

Después  de  esta  memoria  de  los  difuntos  y  cuando  ya  otra 
vez  la  Iglesia  encomendó  al  clementísimo  Señor  la  comunión 
y  salud  de  los  que  vivían,  todos  los  otros  ruegos  se  refieren 
para  la  digna  preparación  del  recibimiento  de  la  sacrosanta 
eucaristía,  la  cual  parte  de  la  misa  es  provechosa  para  los  pre- 
sentes y  para  los  que  toman  la  eucaristía  sacramentalmente 
ó  á  lo  menos  espiritualmente  y  verdaderamente  para  otros  no 
sirve,  pues  que  uno  por  otro  no  puede  ser  bautizado  así  no 
puede  para  su  provecho  tomar  este  Sacramento.  Pero  habiendo 
el  Sacramento  tomado  y  hechas  ya  las  otras  cosas  por  orden 
el  de  dar  las  gracias  incluye  todas  las  otras  cosas,  como  dice 
San  Agustín. 

De  la  comunión  que  se  ha  de  ayuntar  con  el  sacrificio. 

Aquí  en  esta  parte  convendrá  cuando  se  ofrece  aquel  sin- 
gular y  verdadero  sacrificio  revocar  la  vieja  costumbre  de  la 
Iglesia  en  el  cual  sacrificio  mandaban  los  santos  cánones  que  no 
sólo  interviniesen  no  solamente  el  que  sacrifica,  pero  aun  los 
diáconos  y  otros  ministros  de  la  Iglesia,  los  cuales  en  los  días 
de  fiesta  como  testigos  de  tan  gran  sacrificio  y  adjuctores  del 
servicio  necesario  fuesen  participantes  del  ^recibimiento  del 
cuerpo  y  sangre  de  Jesucristo,  pero  también  todos  los  fieles 
para  honrar  la  muerte  de  Jesucristo,  y  á  representar  la  memo- 
ria de  .nuestra  redención  juntándose  al  sacrificio  de  nuestro 
mediador  han  de  ser  amonestados  para  que  tomen  la  gracia  de 
la  santa  comunión,  estando  antes  confesados  y  absueltos  y  para 
que  continuamente  con  el  sacerdote  la  participación  de  la  di- 
vinísima eucaristía. 

De  las   ceremonias  y   uso   de   los  Sacramentos. 

Las  ceremonias  viejas  que  se  añadían  en  el  Sacramento  del 
bautismo  no  se  han  de  dejar,  conviene  á  saber:  el  exorcismo 


—  158  — 

y  la  abrenunciación  y  la  profesión  de  la  fe  y  la  crisma  y  otras 
cosas  que  pertenecen  para  alumbrar  y  significar  la  eficacia  de 
este  Sacramento.  Allende  de  esto  que  en  las  ceremonias  anti- 
guas que  se  añaden  á  la  misa  en  la  Iglesia  Católica  ninguna 
cosa  se  mude,  porque  todas  parecen  muy  convenientes  para 
lo  que  se  trata  en  la  misa.  Y  cuanto  lo  que  toca  al  uso  de 
este  sacrificio  se  han  de  decir  en  cada  ciudad  y  en  cada  iglesia 
de  ellas  que  tenga  propios  sacerdotes  y  que  sean  más  frecuen- 
tadas aunque  haya  en  la  tal  ciudad  otras  muchas,  hanse  de  ce- 
lebrar á  lo  menos  dos  misas  al  día,  la  una  á  la  mañana  para  que 
los  que  han  de  ganar  de  comer  con  sus  manos  comuniquen  de 
la  eucaristía  y  se  encomienden  piadosamente  á  Dios,  y  la  otra 
misa  se  diga  con  más  solemnidad  la  cual  se  cante  á  la  hora 
octava  antes  de  medio  día  para  que  en  ella  se  hallen  presentes 
„  los  que  quisieren  encomendarse  á  Dios  ó  participar  de  la  eu- 
caristía. 

Y  que  en  las  aldeas  pequeñas  se  diga  á  lo  menos  una  misa 
los  días  del  domingo  y  los  de  fiesta  y  para  que  el  pueblo  sea 
traído  al  uso  de  las  misas  provechosamente  los  predicadores  han 
de  amonestar  al  pueblo  según  que  arriba  se  dijo,  y  que  al 
pueblo  se  le  enseñen  ciertas  oraciones  convenientes  á  cada 
parte  de  la  misa,  y  antes  del  Prefacio  el  clérigo  ó  diácono  de- 
clare el  provecho  verdadero  de  la  misa  y  encomiéndele  al  pue- 
blo según  que  arriba  se  ha  declarado. 

Y  que  en  el  canon  en  el  cual  ninguna  cosa  se  mude  tenga 
asimismo  su  declaración  clara  y  sucinta  para  que  los  clérigos 
mejor  entiendan  lo  que  toca  á  su  oficio  y  lo  declaren  al  pueblo. 
Las  otras  ceremonias  de  la  Iglesia  y  Sacramentos  se  hagan 
según  que  antiguamente  estaba  determinado  acerca  del  precepto 
del  hacer  de  las  ceremonias  viejas,  de  las  cuales  si  alguno 
burlare  ó  diere  causa  ó  superstición  que  se  quite. 

Y  que  haya  en  las  iglesias  altares  y  vestimentos  de  sacerdo- 
tes, vasos,  banderas,  cruces,  candelas,  imágenes,  pero  de  tal 
manera  que  sean  para  memoria  y  no  para  que  puedan  idolatrar. 

Y  que  no  se  haga  concurso  supersticioso  á  las  imágenes  y 
estatuas  ni  la  melodía  de  cantores. 

Y  que  en  las  horas  canónicas  (lo  cual  el  Apóstol  nos  enco- 


—  159  — 

mendó  no  se  quiten  de  las  iglesias)  y  que  donde  se  hubiese 
quitado  se  restituya  principalmente  en  el  día  del  domingo  y  de 
otras  antiguas  solemnes  fiestas.  Y  las  cosas  que  se  han  añadido 
de  los  Santos,  parece  que  se  han  de  revocar. 

Las  vigilias  y  exequias  de  los  muertos  se  celebren  según  la 
costumbre  de  la  vieja  Iglesia,  porque  sería  cosa  cruel  que  en 
la  Iglesia  no  se  retuviese  alguna  memoria  de  ellos,  así  como 
si  las  ánimas  juntamente  con  los  cuerpos  se  hubiesen  muerto. 

Los  días  de  fiesta  que  están  recibidos  por  la  Iglesia  se  re- 
tengan ya  que  no  todos  á  lo  menos  los  más  señalados,  como 
los  días  del  domingo  y  Natividad  de  Nuestro  Señor,  la  Cir- 
cuncisión, Epifanía,  de  Ramos  y  de  Pascua  con  dos  días  si- 
guientes, la  Ascensión  del  Señor,  el  día  de  Pentecostés  con  dos 
días  siguientes,  el  día  del  Corpus  Cristi,  y  los  días  de  fiesta  de 
Nuestra  Señora  y  de  los  Apóstoles  San  Juan  Bautista  y  de 
María  Magdalena,  San  Sebastián,  San  Lorenzo,  San  Martín, 
San  Miguel  y  Todos  los  Santos.  Y  cerca  de  cada  iglesia  se  guar- 
dan las  fiestas  de  aquellos  Santos  que  fueron  allí  patrones  para 
que  en  las  fiestas  de  aquellos  Santos  honremos  á  Dios  y  de- 
seemos ser  librados  con  sus  oraciones  y  ser  compañeros  en  sus 
merecimientos.  Y  también  los  días  de  las  rogaciones  antes  de 
la  Ascensión  del  Señor  y  la  Letanía  en  el  día  de  San  Marcos. 
Y  también  las  procesiones  acostumbradas  por  año  según  la  cos- 
tumbre antigua  y  semejantemente  en  la  Semana  Santa  se  guar- 
den las  solemnidades  debidas  acerca  de  las  festividades  de  la 
Iglesia  y  que  en  la  vigilia  de  la  Pascua  y  Pentecostés  se  apareje 
el  agua  del  bautismo  con  bendición  solemne  en  todas  las  igle- 
sias parroquiales. 

Y  como  la  abstinencia  de  las  carnes  no  se  tome  por  abomi- 
nación sino  por  causa  de  temprancia  como  sea  buena  para  sí 
para  castigar  la  carne  y  también  el  derecho  común  lo  mande 
que  nos  apartemos  de  comer  carnes  porque  de  otra  manera  no 
podrían  abastar  los  ganados  si  siempre  se  comiesen.  Y  que  en 
esta  abstinencia  se  guarde  la  costumbre  de  la  Iglesia  antigua 
y  que  no  se  coma  carne  el  día  del  viernes  y  sábado.  Y  aunque 
esta  abstinencia  la  Iglesia  no  la  tomó  por  alguna  superstición 
por  algunos  tiempos  de  los  manjares   (pues  que  sabía  que  todas 


—  160  — 

las  cosas  eran  limpias  como  los  pies  y  que  ninguna  cosa  que 
entrase  por  la  boca  podría  ensuciar  al  hombre) ,  pero  recibiólo 
para  domar  á  la  carne  y  para  que  el  ánima  mejor  se  humillase 
y  apartase  de  malas  codicias.  Y  principalmente  la  introdujo  el 
día  del  viernes  y  sábado  para  que  los  hombres  estuviesen  con 
estos  dos  días  de  abstinencia  más  aparejados  y  más  dignos  para 
recibir  el  Sacramento  de  la  eucaristía  y  para  oir  la  palabra  de 
Cristo,  la  cual  se  guardaba  en  otro  tiempo  más  frecuentemente 
en  los  días  del  domingo.  Y  también  para  que  los  hombres  sa- 
crificasen, su  carne  con  aqueste  voluntario  castigo  juntamente 
con  Cristo,  la  memoria  de  la  pasión  del  cual  principalmente 
en  estos  dos  días  es  muy  honrada  de  los  fieles.  Y  que  se  guar- 
den los  ayunos  acostumbrados  de  la  Iglesia,  pero  de  tal  ma- 
nera que  á  esto  noxsean  obligados  los  que  excusa  la  necesidad, 
como  son  los  que  tienen  grandes  trabajos  y  los  peregrinantes 
y  mujeres  preñadas  y  los  niños  que  maman  y  los  viejos  y  en- 
fermos. 

Ni  se  repruebe  la  bendición  de  aquellas  cosas  las  cuales  se 
hacen  para  el  provecho  de  los  hombres  con  exorcismos  y  otras 
oraciones,  con  tal  condición  que  las  operadoras  que  de  allí  na- 
cen no  se  atribuyan  á  las  mismas  cosas  sino  á  la  virtud  divina. 
Y  que  se  tenga  aviso  que  las  mismas  cosas  no  se  pasen  á  algún 
género  de  encantación  ó  superstición. 

Y  aunque  hemos  de  sentir  con  el  Apóstol  que  aquel  que  es 
soltero  tiene  cuidado  de  las  cosas  del  Señor  y  que  por  aquello 
hemos  de  desear  que  haya  muchos  clérigos  los  cuales  como 
estén  sin  mujer  verdaderamente  son  continentes;  empero  como 
muchos  clérigos  ahora  estén  casados  en  muchos  lugares  y  no 
quieran  dejar  las  mujeres  que  hasta  aquí,  y  sobre  aquesto  haya 
sentencia  del  Concilio  general,  por  haber  mudanza  en  aque- 
llas cosas  no  se  podría  hacer  sin  gran  perturbación,  según  que 
ahora  son  los  tiempos,  no  se  manda  otra, cosa. 

Y  que  aquello  no  hemos  de  negar,  aunque  el  matrimonio 
sea  por  sí  honroso  (según  la  Escritura  Sagrada) ,  mas  que  aquel 
que  no  tomó  mujer  y  verdaderamente  es  continente  hace  me- 
jor, según  la  Escritura. 

Y  que  la  misma  razón  es  del  uso  de  la  eucaristía  debajo  de 


—  161  — 

'entrambas  epecies,  á  lo  cual  muchos  están  acostumbrados  y  no 
pueden  ser  apartados  de  ello  en  este  tiempo  sin  gran  perturba- 
ción y  movimiento  de  cosas.  Y  porque  el  Concilio  general  al 
cual  se  sometieron  todos  los  Estados  del  Imperio  tiene  gran 
diligencia  y  cuidado,  que  en  aqueste  caso  se  provea  á  las  con- 
ciencias de  muchos  y  al  sosiego  público  los  que  hasta  aquí  han 
recibido  aquel  uso  de  la  eucaristía  debajo  de  dos  formas  y  no 
le  quieren  dejar,  sobre  el  cual  negocio  también  esperan  la 
deliberación  y  sentencia  del  Concilio.  Pero  aquellos  que  abra- 
zan con  el  uso  de  entrambas  á  dos  maneras  no  deben  de  re- 
prender la  costumbre  antigua  de  comunicar  debajo  de  una 
forma  ni  han  de  perturbar  los  unos  á  los  otros  hasta  que  sobre 
aquello  determine  el  Concilio  general. 

Y  aunque  el  Sacramento  de  la  eucaristía  se  instituyó  de- 
bajo de  dos  formas  no  hemos  de  entender  que  Cristo  es  divi- 
dido en  carne  contra  lo  que  las  Escrituras  divinamente  ense- 
ñan, sino  que  está  entero  debajo  de  cada  forma.  Y  porque  en 
el  Sacramento  de  la  eucaristía  está  el  verdadero  cuerpo  y 
sangre  de  Cristo,  en  aqueste  Sacramento  con  razón  se  debe 
adorar  á  Jesucristo.  ítem  :  el  Sacramento  de  la  eucaristía  que 
una  vez  con  palabras  se  consagra,  aunque  esté  así  mucho  tiem- 
po, pero  todavía  queda  Sacramento  y  cuerpo  y  sangre  de  Je- 
sucristo hasta  que  se  tome. 

Las  cosas  que  pertenecen  á  la  disciplina  de  la  clericia  y 
pueblo  parecen  muy  necesarias  para  quitar  los  escándalos  de 
las  Iglesias  y  dan  gran  ocasión  á  la  pertubación  de  estos  tiem- 
pos. Así  que  si  la  Majestad  Cesárea  procurare  alguna  reforma- 
ción útil  á  las  Iglesias  no  solamente  el  que  es  deseoso  de  la 
santa  fe  y  religión  y  de  la  pública  tranquilidad  no  la  ha  de 
querer  repudiar,  pero  aun  todos  han  de  suplicar  á  Su  Majestad 
humildemente  que  presto  la  lleve  á  efecto. 


ii 


—  162 


CAPITULO  XVII 

Cómo  ei  Emperador  en  estas  Cortes  mandó  hacer  cierta  paz 
pública  entre  los  Electores  y  Príncipes  del  Imperio.  Y  dio 
cierta  instrucción  que  habían  de  guardar  acerca  de  la  po- 
licía de  las  ciudades  de  Alemania  y  de  la  reformación  del 
juicio  de  la  Cámara  Imperial. 

Y  después  que  Su  Majestad  hubo  dado  orden  en  las  cosas 
de  la  fe,  determinó  para  concluir  lo  que  tanto  deseaba  de  dar 
cierta  reformación  en  las  cosas  de  la  paz  y  polícia  de  Cámara.  Y 
en  cuanto  á  lo  de  la  paz,  la  cual  fué  hecha  entre  todos  los 
Príncipes  Electores  del  Imperio  y  los  otros,  así  eclesiásticos 
como  seglares,  so  pena  que  quien  la  quebrantase  pagase  mil 
marcos  de  oro,  la  mitad  para  la  Cámara  del  Emperador  y  la  otra 
para  el  que  le  fuese  quitada  la  hacienda  ó  hecha  injuria  por  el 
tal  quebrantador  de  paz,  ó  prohibiese  asimismo  que  ninguno 
de  ellos  se  sustentase  bandoleros  ni  malhechores  ni  salteadores 
en  sus  casas  y  lugares,  ni  les  ayudase  para  poderse  sustentar 
ni  ellos  los  sustentasen,  so  pena  que  el  que  lo  contrario  hiciese 
allende  de  la  pena  en  tales  casos  por  derecho  establecida  pu- 
diese proceder  el  riscal  como  contra  persona  que  había  incu- 
rrido en  crimen  lese  magestatis,  y  le  pudiese  excomulgar  y 
ponerle  otras  muy  más  graves  penas  como  transgresór  de  la  paz 
pública. 

Y  que  cualquiera  de  ellos  que  hiciese  mal  al  otro,  el  dicho 
fiscal  pudiese  tratar  el  pleito  contra  él  á  su  costa  y  mandarle 
pagar  todas  las  costas  que  hubiese  hecho  con  la  gente  que  hu- 
biese traído  contra  él  ó  lo  que  más  hubiese  gastado.  Y  que 
si  matase  al  delincuente,  no  pudiéndolo  prender  ó  defendién- 
dose, no  obstante  la  muerte,  fuesen  obligados  sus  herederos  á 
pagar,  más  las  costas  que  hubiese  hecho  el  matador. 

Y  que  si  alguno  hubiese  comprado  hacienda  de  malhechor 
fuese  obligado  á  perderla.   Y  que  los  Príncipes  y  Señores  no 


—  163  — 

recibiesen  haciendas  ni  castillos  de  .malhechores  para  tenerlos 
como  tutores. 

Y  cuanto  á  la  policía,  fueron  determinados  por  el  Empera- 
dor muchos  artículos  concernientes  al  bien  y  utilidad  del  Im- 
perio y  nación  germánica,  que  no  se  habían  podido  determinar 
en  muchas  Dietas  pasadas,  de  los  cuales  diremos  aquí  algunos. 

Primeramente,  que  el  que  dijere  pese  á  Dios,  ó  descreo  de 
Dios,  ó  voto  á  Dios,  ó  no  haber  poder  en  Dios  ú  otras  cosas 
•semejantes,  que  perdiese  la  vida  ó  algunos  miembros  de  su 
cuerpo,  conforme  como  á  la  justicia  pareciese. 

Y  si  fuesen  soldados  ó  criados  de  señores,  se  les  quitase 
del  salario  lo  que  pareciese  á  la  justicia,  y  se  diese  á  los  pobres 
ó  á  mujeres  huérfanas  para  casarse.  Y  si  fuese  señor  sujeto  al 
Imperio  fuese  el  fiscal  contra  él  y  lo  hiciese  castigar. 

Otrosí :  que  en  tiempo  de  guerra  los  soldados  no  pudiesen 
robar  los  templos  é  iglesias  ni  las  cosas  benditas  de  ellas  ni  á 
los  monaterios  de  frailes  ni  monjas  ó  personas  de  gran  edad  ó 
enfermas  ni  á  los  aldeanos  ni  mujeres  preñadas  ni  á  doncellas, 
so  pena  de  la  vida  y  perdimiento  de  los  bienes. 

Y  si  anduviesen  algunos  soldados  ú  otras  gentes  homicida- 
juntas  robando  algunas  casa  públicas  y  privadas  y  pueblos,  se 
juntasen  las  comunidades,  los  echasen  del  Reino  y  si  hubiesen 
hecho  algún  daño  hiciesen  de  ellos  justicia. 

Y  cerca  de  los  vestidos  mandó  el  Emperador  á  cada  regi- 
miento y  cabildo  de  las  ciudades  que  so  pena  de  dos  marcos 
de  oro  hiciesen  dentro  de  un  año  cierta  pragmática  para  que 
la  gente  común  de  su  ciudad  anduviesen  honestamente  vesti- 
dos. Y  si  los  cabildos  no  la  hiciesen,  que  procediese  el  fiscal 
imperial  contra  ellos  y  los  ejecutase  en  la  pena  susodicha. 

Y  que  los  caballeros  y  personas  nobles  de  sangre  no  pudie- 
sen traer  sayos  de  terciopelo  ni  de  raso  carmesí  si  no  fuese  dé 
damasco  ú  otras  sedas,  con  condición  que  fuesen  guarnecidos 
con  seis  varas  de  terciopelo  y  pudiesen  traer  anillos  y  cofias 
de  oro  que  pesasen  doscientos  florines  á  lo  más,  y  forros  de 
martas.  Y  si  fuese  Canciller  ó  Camarero  ó  Mayordomo  de  algún 
gran  Príncipe  ó  Señor,  pudiese  aunque  fuese  noble  traer  él  y 
sus  hijos  las  vestiduras  dichas. 


—  164  — 

Y  que  las  mujeres  de  estas  personas  pudiesen  tener  cuatro- 
sayas,  la  una  de  terciopelo  y  las  demás  de  damasco  ó  sedas,  y 
no  tuviesen  alguna  tela  de  oro  ni  de  plata.  Y  si  quisiesen  guar- 
necer las  sayas  fuese  con  perlas  y  plata  labrada  ú  oro,  y  esta 
guarnición  fuese  en  los  sayuelos,  siendo  la  guarnición  de  media 
cuarta  de  una  vara.  Y  que  pudiesen  traer  gorras  y  cofias  de 
oro  que  tuviese  de  costa  cada  una  de  éstas  de  oro  cuarenta  flo- 
rines. Y  que  pudiesen  traer  collares  de  hasta  doscientos  florines 
y  cintas  para  ceñirse  que  tuviesen  de  costa  cuarenta  florines. 

Y  los  Doctores  y  sus  mujeres  é  hijos  pudiesen  traer  vestidos, 
guarnecidos  y  cadenas  y  anillos  de  oro  y  otras  cosas  semejan- 
tes, conforme  á  su  estado.  Y  los  Condes  y  grandes  señores  no 
pudiesen  traer  vestidos  de  tela  de  oro  y  de  plata,  sino  de  ter- 
ciopelo y  de  carmesí  y  otras  sedas,  con  que  no  fuesen  guarne- 
cidos con  hilo  de  oro  ó  plata,  y  pudiesen  traer  cadenas  de  hasta 
quinientos  florines  y  forros  de  martas  con  que  fuesen  cebelinas, 
y  sus  mujeres  pudiesen  traer  vestidos  de  seda  guarnecidos  con 
tela  de  oro  y  plata,  y  no  vestido  de  oro  y  plata  entero,  y  pu- 
diesen traer  cadenas  de  oro  de  hasta  seiscientos  florines. 

Y  acerca  de  las  guarniciones  de  caballo,  que  ninguno  que 
fuese  Conde,  Caballero,  Barón  ó  escudero  pud.ese  traer  guarni- 
ciones de  caballo  de  terciopelo  ó  de  tela  de  seda  ó  de  oro  c 
plata  ó  que  tuviese  oro  ó  plata,  si  no  fuesen  Archiduques,  Du- 
ques y  semejantes  Príncipes;  los  cuales  pudiesen  traer  guarni- 
ción de  cabMllo  hasta  valor  y  costa  de  tres  florines  y  no  más,  y 
no  las  pudiesen  guarnecer  con  oro  ni  latón,  salvo  si  no  fuesen 
ciertos  géneros  de  Barones  que  llaman  en  Alemania  rittcr.  Y 
esto  no  se  había  de  entender  en  caballos  cuando  estuviesen 
armados  de  guerra. 

Y  que  no  se  pudiesen  hacer  contratos  logreros,  so  pena  que 
el  que  los  hiciese  perdiese  la  cuarta  parte  de  sus  bienes  para 
el  propio  de  la  ciudad. 

Y  que  no  se  pudiesen  hacer  monipodios  ni  juntas  de  perso- 
nas que  juntamente  mercasen  cosas  para  tornar  á  vender  des- 
pués más  caro,  so  pena  de  perdimiento  de  sus  bienes  para  los 
propios  de  la  ciudad. 

Otrosí :    que  ninguno  mercase  trigo  ni  otra  semilla  ó  cosa 


—  165  — 

que  estuviese  por  coger,  so  pena  de  perdimiento  de  todos  sus 
bienes. 

Y  que  ningún  señor  pudiese  tener  en  sus  tierras  judíos, 
si  no  fuese  teniendo  privilegio  para  ello  del  Imperio,  y  que 
los  dichos  judíos  no  pudiesen  mercar  vestidos  ni  otras  ropas 
que  fuesen  robadas  ó  hurtadas  y  que  las  que  mercasen  no  las 
deshiciesen,  sino  que  las  tuviesen  puestas  en  sus  tiendas  que 
todos  las  viesen  ciertos  días. 

Asimismo  que  no  se  vendiese  paño  que  no  fuese  mojado  y 
tundido,  y  que  los  paños  enteros  fuesen  primero  que  se  ven- 
-diesen  muy  mojados  y  no  fuesen  tirados,  so  pena  de  perder 
el  paño. 

Otrosí  :  que  los  mercaderes  que  se  alzaban  los  sacasen  do 
las  iglesias  y  les  hiciesen  pagar  lo  que  debían,  á  los  cuales 
aunque  tornasen  á  estar  ricos  no  les  fuesen  dadas  dignidades 
ni  oficios  ;  pero  á  los  que  se  alzasen  habiéndose  perdido  con 
justo  título  pudiesen  tener  oficios  y  dignidades  y  concertarse 
con  sus  acreedores. 

Y  sobre  los  pobres  y  vagabundos  mandó  Su  Majestad  que 
las  ciudades  tomasen  los  hijos  de  los  dichos  hombres  pobres 
y  los  sustentasen  á  su  costa,  y  los  pusiesen  á  oficios  á  que 
ellos  fuesen  inclinados,  y  á  los  mayordo-mos  de  hospitales  donde 
estuviesen  les  fuese  tomada  cuenta  cada  año.  Y  que  los  gitanos 
no  pudiesen  andar  por  las  ciudades  ni  por  los  otros  lugares. 
y  si  anduviesen  fuesen  castigados. 

Otrosí :  que  los  Procuradores  y  Jueces  no  sostuviesen  plei- 
tos de  poca  importancia  ni  consintiesen  que  las  parte  en  sus 
dichos  dijesen  cosas  afrentosas  ni  apooad.iq.  llamándose  de 
bellacos  ú  otras  palabras  injuriosas. 

Y  acerca  de  los  boticarios  mandó  Su  Majestad  que  fuesen 
visitados  en  cada  ciudad  para  que  las  aguas  y  otros  simples 
los  tuviesen  recién  hechos  para  que  pudiesen  aprovechar  en 
los  compuestos 

Y  que  no  se  imprimiesen  coplas  ni  farsas  feas  y  deshonestas 
ni  libros  de  liviandades  ni  otras  cosas  de  aquesta  calidad,  ni 
se  dijesen  por  las  calles  pullas  ni  cantares  ni  cosas  deshonestas. 

Otrosí :    que   los   plateros   hiciesen   el   marco   de   plata   que 


—  166  — 

fuese  de  catorce  onzas,  y  antes  que  fuese  labrado  lo  llevasen 
á  los  ensayadores  para  que  le  pusiesen  el  sello  de  la  ciudad. 
Las  cuales  dichas  cosas  y  otras  muchas  que  Su  Majestad 
inandó  hacer  para  la  buena  policía  de  las  ciudades  de  Alema- 
nia mandó  á  sus  Jueces  y  Justicias  en  ellas  se  guardasen  é 
hiciesen  guardar  á  todos  so  graves  penas. 

Y  en  lo  del  juicio  de  la  Cámara,  Su  Majestad  eligió  para  ello 
personas  doctas  y  de  buena  conciencia  y  avisados  de  las  cosas 
de  Alemania  y  naturales  de  la  misma  tierra,  y  sin  éstas  eligió 
otras  diez  personas  para  que  por  un  año  ó  dos  despachasen  jun- 
ta-mente con  ellos  los  muchos  pleitos  y  negocios  que  había  en 
el  Imperio. 

Y  asimismo  otorgaron  todos  los  Estados  una  contribución 
general  de  24.000  infantes  y  4.000  de  á  caballo,  pagados  por 
seis  meses,  para  emplearlos  contra  cualquiera  que  así  fuera  del 
Imperio  como  dentro  de  él  quisiese  mover  contra  Su  Majestad 
alguna  cosa,  ó  contra  algún  miembro  de  los  dichos  Estados.  Y 
los  dineros  para  la  paga  necesarios  se  depositaran  y  guardaran 
para  cuando  fuese  menester  servirse  de  ellos,  con  intención  de 
crecer  la  djcha  suma  de  un  tiempo  á  otro,  para  que  siendo  au- 
mentada se  pudiese  mejor  efectuar  lo  que  dicho  tengo. 

Y  allende  de  esto  concedieron  los  Estados  al  Serenísimo  Rey 
de  Romanos  para  sostenimiento  de  sus  fronteras  y  fortificación 
de  ellas  (quedándoles  á  pagar  entretanto  que  duraba  la  tregua 
hecha  por  cinco  años  con  el  Turco).  Y  en  caso  que  no  se  rom- 
piese durante  la  dicha  tregua  pasados  los  cinco  años  de  ella, 
otorgaron  una  décima  (que  á  su  uso  se  llama  común  dinero) 
para  defensión  de  la  Germania,  el  cual  junto  podía  llegar  á 
cerca  de  dos  millones  de  florines. 

Otrosí  :  trató  Su  Majestad  confederación  perpetua  entre  to- 
dos los  Estados  del  Imperio  y  todas  las  tierras  altas  y  bajas  y 
Condado  de  Borgoña  para  sostenimiento  y  defensión  de  ellas, 
ni  más  ni  menos  como  si  fueran  miembros  del  Imperio. 


—  167  — 


CAPÍTULO  XVIII 

Cómo  el  Emperador  D.  Carlos  dio  la  investidura  de  Elector  y 
de  otros  Estados  á  Mauricio,  Duque  y  Conde  Palatino  de  Sa- 
jorna. Y  las  solemnidades  que  en  el  tal  acto  se  hicieron. 

Y  en  este  tiempo,  estando  e1  Emperador  en  la  ciudad  de 
Augusta  teniendo  Cortes  á  veinticuatro  días  del  mes  de  Febrero, 
el  Duque  Mauricio,  Elector  y  Archimariscal  del  Sacro  Impe- 
rio, Duque  y  Conde  Palatino  de  Sajonia,  L,andgravio  de  Tu- 
ringia,  Marqués  de  Misniaburg,  Gravio  de  Mademburga  y  Al- 
demburga,  Conde  de  Viena,  Barón  de  Pleisa  y  en  el  Reino  de 
Bohemia  Duque  de  Sagano,  etc.,  recibió  la  investidura  de  la 
dignidad  de  Elector  y  de  los  dichos  Principados  y  Señoríos  por 
el  Emperador  D.  Carlos,  sobre  un  cadalso  que  estaba  en  la 
Plaza  Mayor  de  la  dicha  ciudad,  delante  de  Su  Majestad,  en 
esta  manera  : 

Salió  el  Emperador  de  Palacio  con  los  Electores  y  subió  en 
el  dicho  cadalso,  pasando  por  medio  de  la  Casa  de  las  Danzas, 
que  allí  junto  estaba,  para  vestirse  del  hábito  que  convenía 
para  celebrar  la  dicha  fiesta  con  la  corona  imperial.  Y  allí  se 
vistió  por  mano  del  Elector  de  Brandemburgo,  su  Camarero 
mayor.  Y  juntamente  se  vistieron  los  Electores  de  su  hábito 
electoral,  y  acompañado  de  ellos  se  subió  Su  Majestad  al  ca- 
dalso y  se  asentó  debajo  de  un  palio  de  oro  en  una  silla  real 
cubierta  de  terciopelo  carmesí,  estando  cubierto  el  asiento  de 
paños  de  brocado  y  cojines  de  lo  mismo. 

Iba  vestido  el  Emperador  como  acostumbraban  los  Pontí- 
fices vestirse  cuando  quieren  decir  misa,  significando  que  el 
Emperador  de  Romanos  ha  de  ser  en  todas  las  partes  vengador 
y  defensor  de  la  religión  cristiana,  y  el  hábito  desde  el  más 
pequeño  hasta  el  mayor  era  de  esta  manera  : 

Primeramente  las  calzas,  llamadas  brusequinas,  que  le  su- 
ben poco  más  de  la  rodilla,  de  carmesí,  y  los  zapatos  de  grana 
con  perlas  y  piedras  preciosas.  I„a  segunda  era  una  vestidura 


—  168  — 

larga  y  ancha  abierta  por  delante,  de  carmesí,  con  mangas  y  con 
una  faja  pequeña  por  abajo  y  por  arriba  de  grana.  La  tercera 
el  humeral   (que  dicen),   de  lienzo  blanco  y  delgado  adornado 
con   piedras   preciosas  y  diamantes  por   detrás.   El   cuarto  era 
el  alba,   que  es  una  vestidura   de  lienzo  blanco  por  detrás  y 
por   delante,   sobre   el   borde  y   sobre  las   mangas  una    vuelta 
grande  adornada  de  oro  y  perlas  preciosas.  La  quinta  era  una 
cintura  blanca   de  seda  con  un  nudo  grueso   á  los  cabos   con 
puntas  de  oro,  que  pendían  diferenciadas  con  piedras  preciosas 
grandes  y  redondas  con  su  orden  todas  y  extendidas.  La  sexta 
era  una  estola  de  hilo  de  oro  retorcida  y  seda  amarilla  bordada, 
con  una  cruz  á  los  cabos  de  la  una  y  de  la  otra  parte  de  piedras 
preciosas  con  bordaduras  de   oro.    La   séptima   era  una  túnica 
primera  de  hilo  de  oro  y  amarillo  bordada,  y  á  los  largos  de 
las  orillas  de  las  -mangas  unas  fajas  de  perlas  chapeadas  de  oro, 
forradas  en  carmesí,  cerrada  por  detrás  y  por  delante.  La  oc- 
tava era  una  túnica  segunda,  hecha  de  la  misma  manera,  con 
mayor  copia  de  perlas,   con  el  collar  tejido  de  lo  «mismo.    La 
nona  era  el  manípulo  tejido  de  oro  forrado  en  carmesí,  con  cru- 
ces compuestas  de  oro  y  perlas.  La  décima,  la  capa  (que  dicen) 
de  oro,   tejida   de  puro  hilo   de  oro  con  el   águila  partida,  la 
cabeza  de  seda  negra  tejida  encuna  con  una   faja  á  los  lados 
muy  larga,  de  perlas  grandes  y  redondas  y  diamantes  y  esme- 
raldas y  zafiros  y  rubíes  grandes  (que  llaman  balajes) ,  y  encima 
la  capilla  que  colgaba  de  la  cerviz  entre  las  espaldas,  diferen- 
ciada de  perlas  de  gran  valor,  con  el  rostro  del  Emperador  Cario 
Magno.  Encima  de  la  cual  estaba  la   imagen  de  Dios  Padre, 
de  perlas  y  piedras  preciosas.   Las  cuales  dos  imágenes  de  la 
una  y  de  la  otra  parte  tenían  las  columnas  de  Hércules,  entre 
las  cuales  pasaba  el  mar  Océano,  que  iba  por  el  estrecho  á  dai 
en  el  mar  Mediterráneo,  y  delante  de  la  entrada  de  él,  en  el 
mismo  mar  Océano,  estaban  unas  ballenas  nadando  y  vaciando 
por  la  boca  como  tempestad  esmeraldas  y  rubíes  grandes  y  otras 
piedras  preciosas.  En  lo  más  alto  de  la  capilla  estaba  un  nudo 
de  oro  tejido  con  hilo  de  oro  y  en  medio  un  gran  zafiro.   La 
oncena  era  la  corona  imperial,  que  subía  hacia  arriba  en  dos 
cuernos  como  mitra  obispal.  Esta  corona  tenía  en  la  delantera 


—  169  — 

una  cruz  de  cinco  diamantes,  muy  grande  y  muy  ricamente 
figurada,  y  por  detrás  dos  vendas  pendientes,  de  oro  y  carmesí, 
con  los  bordes  de  hilo  de  oro.  Toda  la  corona,  con  la  mitra 
que  había  dentro  de  sí,  era  de  oro  puro  y  alrededor  con  mu- 
chas piedras  preciosas  muy  ricas,  como  rubíes  grandes  y  dia- 
mantes y  esmeraldas  y  perlas  que  relucían  -mucho  y  que  tenían 
un  medio  círculo  que  cercaba  toda  la  mitra  á  manera  de  asa 
retorcida  de  ambas  partes.  La  docena  eran  los  guantes  tejidos 
de  puro  oro,  adornados  con  perlas  y  nudos  de  hilo  atados. 

El  hábito  de  los  Electores  era  una  vestidura  larga  y  ancha 
hasta  los  pies,  cerrada  por  todas  partes;  vestíase  por  la  cabeza, 
con  mangas  largas  y  apartadas  de  ella,  que  se  apretaban  con  una 
faja  por  detrás  debajo  de  la  vestidura  y  estola,  con  las  mangas 
forradas  de  armiños  preciosos  y  las  vueltas  de  ellas  de  las  mis- 
mas pieles  y  de  una  muceta  redonda  de  las  mismas  con  los 
pelos  hacia  afuera,  con  muchas  colas-  de  las  mismas  pieles  pen- 
dientes asimismo  por  la  cabeza,  la  cual  llegaba  hasta  el  pecho 
y  sobre  los  hombros,  de  la  cual  salía  una  faja  larga  de  la  misma 
manera  que  la  vestidura  y  forrada  en  las  -mismas  pieles  con  sus 
bordes  de  lo  mismo.  Y  este  hábito  era  vario,  según  el  estado 
y  diferencia  de  los  Electores,  con  la  substancia  y  calidad,  por- 
que en  la  color  y  hechura  no  lo  era,  porque  los  eclesiásticos  lo 
traían  de  grana  y  los  seglares  de  terciopelo  carmesí.  El  bonete 
era  largo  y  ancho,  forrado  en  las  mismas  pieles,  y  lo  alto  era 
de  una  parte  de  las  mismas  pieles  de  la  misma  manera,  y  la 
vestidura  diferenciada  para  los  eclesiásticos  de  grana  y  los  se- 
glares de  carmesí.  Y  los  jubones  y  calzas  y  zapatos  tienen  de 
grana  ó  de  terciopelo  carmesí  los  seglares,  y  los  eclesiásticos 
de  paño  negro. 

Y  cuando  el  Emperador  salió  de  Palacio  iban  delante  de  él 
dos  escuderos  que  llevaban  las  columnas  de  Hércules,  que  era 
la  divisa  del  Emperador,  y  después  iban  algunos  Príncipes,  como 
eran  Maximiliano,  Archiduque  de  Austria  ;  Filiberto  Manuel, 
Príncipe  de  Piamonte ;  Guillermo,  Duque  de  Julier ;  Ernesto, 
Arzobispo  de  Salsburg  ;  Bolfgango,  Maestre  de  los  Caballeros 
teutónicos  de  la  Alta  Alemania ;  Melchor,  Obispo  Herbipoli- 
tano;  Mauricio,  Obispo  Cistense;  Julio  Pflugo,  Obispo  Num- 


—  170  — 

burgense;  Juan,  Obispo  Misnense;  Valentino,  Obispo  Hildes- 
hemense;  Maximiliano,  Conde  de  Bura ;  Joaquín,  Señor  de 
Ri,  Capitán  de  la  guarda  del  Emperador ;  Filiberto,  Barón  de 
Monfalconet,  y  D.  Juan  Manrique  de  Lara,  Mayordomos  del 
Emperador. 

Tras  éstos  iba  el  Arzobispo  de  Trever,  Elector,  porque 
los  reyes  de  armas  que  solían  ir  ante  el  Arzobispo  de  Trever 
no  estaban  presentes  sino  cuando  el  Emperador  estaba  vestido 
con  los  Electores,  y  cuando  salía  de  la  Casa  de  las  Danzas  para 
ii  al  cadalso,  y  después  acabada  la  solemnidad  se  tornaba  á 
Palacio,  aquellos  reyes  de  armas  iban  delante  en  su  lugar. 

Y  después  del  Arzobispo  de  Trever  iban  los  Electores  se- 
glares, conviene  á  saber  :  el  Conde  Palatino  del  Rhin,  que  lle- 
vaba la  Manzana  del  mundo,  y  el  Marqués  de  Branda-mburg, 
que  llevaba  el  cetro,  en  medio  de  los  cuales  era  el  lugar  del 
Duque  de  Sajonia,  que  había  de  llevar  la  espada,  que  era  el 
que  entonces  pedía  (sic)  la  dignidad  de  Elector.  Después  de 
de  esto  y  delante  del  Emperador  iba  el  Mariscal  del  Imperio, 
que  llevaba  la  espada  del  Emperador,  porque  el  Rey  de  Bohe- 
mia no  estaba  allí  cuyo  es  el  primer  lugar  delante  del  Empe- 
rador ó  del  Rey  de  Romanos.  Y  después  del  Mariscal  Menor, 
el  Mariscal  de  Sajonia,  Elector  estuviese  ausente,  porque  el 
•mismo  Rey  de  Romanos  era  ahora  el  de  Bohemia.  Tras  el  Ma- 
riscal Menor  venían  luego  dos  Electores  eclesiásticos,  el  Arzo- 
bispo de  Maguncia  y  el  Arzobispo  de  Colonia,  próximos  y  pos- 
treros. 

Y  la  orden  con  que  se  sentaron  fué  la  siguiente  :  A  la  mano 
derecha,  junto  al  Emperador,  estaba  sentado  Sebastián,  Arzo- 
bispo de  Maguncia,  Elector  y  Archicanciller  de  Alemania. 
Después,  en  el  segundo  lugar,  estaba  vacuo  para  el  Rey  de  Bo- 
hemia, coronado  y  elegido  Archicopero,  que  estaba  ausente 
porque  ni  su  lugarteniente  Cario,  Barón  de  Linaburge,  Copero 
menor,  hereditario  del  Imperio  y  Sacro  Romano,  tampoco  es- 
taba presente. 

Y  después  de  este  lugar  estaba  sentado  Federico,  Conde 
Palatino,  Archimaestresala,  cuyo  lugarteniente  era  Guillermo, 
Barón  de   Walturg,   Maestresala   menor,   hereditario  del  Sacro 


—  171  — 

Romano  Imperio.  A  la  mano  siniestra  estaba  sentado  Adolfo, 
Arzobispo  de  Colonia,  Elector  y  Archieaneiller  de  Italia.  Des- 
pués de  él,  Joaquín,  Marqués  del  Brandamburg,  Elector,  Ar- 
chicamarero,  que  daba  aguamanos  al  Emperador,  ó  á  la  Real 
Majestad  á  la  mesa,  teniendo  las  fuentes  y  echando  agua,  cuyo 
lugarteniente  era  Carlos,  Conde  de  Zolnera,  Camarero  menor 
hereditario  del  Sacro  Romano  Imperio.  Porque  el  lugar  de  en- 
tremedias de  los  dos  estaba  vacuo  para  Mauricio,  Duque  de  Sa- 
jorna, Mariscal,  que  pedía  entonces  la  investidura,  y  cuyo  lu- 
garteniente era  Espandolío  de  Papenhaima,  Mariscal  .menor  he- 
reditario del,  Sacro  Imperio  Romano.  Frontero  del  Emperador 
estaba  sentado  solo  en  una  silla  Juan,  Arzobispo  de  Trever, 
Elector  y  Canciller  mayor  de  Francia  y  del  Reino  de  Arélate. 
La  ciudad  de  Arélate  es  en  Francia  cabe  la  ribera  de  Roma, 
entre  Marsella  que  tiene  al  Oriente  y  el  mar  Mediterráneo  á 
Mediodía,  y  las  Aguas  Muertas  al  Occidente,  y  Aviñón  á  Sep- 
tentrión. Y  de  esta  villa  tomó  nombre  el  Reino  de  Arélate,  que 
antiguamente  fué  muy  grande,  porque  estaba  repartido  en  siete 
provincias  en  Marsella,  y  en  la  otra  que  pasó  después  en  el 
Ducado  de  Saboya,  y  en  la  que  tomó  nombre  del  Delfinazgo, 
que  en  tiempo  del  Emperador  Carlos  Cuarto  fué  pasado  del 
Imperio  por  venta  al  Rey  de  Francia,  y  en  la  que  tiene  nombre 
la  una  y  la  otra  Borgoña,  y  en  la  de  Loteringia  y  en  parte  de 
Soisons.  Y  contenía  debajo  de  sí  en  nombres  antiguos  los  pue- 
blos de  los  Alobrojes,  Hedos,  Boamitios,  Secuano  y  Suizos.  Y 
era  extendido  desde  el  mar  Mediterráneo  hasta  los  de  Trever  y 
la  selva  de  Ardenas. 

Y  volviendo  al  lugar  de  los  Electores  y  demás  Príncipes 
eclesiásticos  y  seglares,  detrás  del  Emperador  estaban  sobre  un 
colgadizo  los  trompetas  de  Su  Majestad  y  atabaleros  á  caballo, 
que  á  la  salida  del  Emperador  de  Palacio  y  á  la  subida  de  él 
con  los  Electores  al  cadalso  y  cuando  corrían  los  caballeros, 
sonaban  las  trompetas  y  tañían  los  tambores  en  la  plaza  de  i  a 
i:na  parte  y  de  la  otra. 

Había  dos  banderas  cabe  el  cadalso  de  infantería  de  ale- 
manes y  muchos  millares  de  hombres  que  miraban  desde  la 
plaza  y  ventanas  y  tejados. 


—  172  — 

Y  después  que  todos  estuvieron  sentados  hizo  señal  el 
tr.opeta  que  estaba  entre  los  caballeros  que  habían  de  correr 
delante  del  cadalso  que  estaban  esperando  en  una  calle  para 
venir  á  correr  alrededor  del  cadalso  donde  se  hacía  el  acto.  Y 
así  tocando  la  trompeta  corría  delante,  al  cual  seguía  todo  d 
escuadrón  de  caballeros  corriendo  de  tres  en  tres,  entre  los  cua- 
les tras  la  sexta  bandera  venía  la  bandera  colorada  (que  llaman 
sangrienta)  sin  ninguna  pintura  de  armas  en  ella,  la  cual  traía 
Cristóbal  de  Ragevitz. 

Eran  los  caballeros  que  corrían  ciento,  poco  más  ó  menos, 
entre  los  cuales  el  Elector  Palatino  tenía  cuatro  bandas  de  ca- 
balleros, y  el  Elector  de  Brandamburg,  cinco.  Los  nobles  de  li 
corte  del  Duque  Mauricio  eran  cerca  de  treinta,  vestidos  de 
terciopelo.  Comunmente  todos  estos  caballeros  llevaban  unas 
banderitas  coloradas,  con  las  armas  de  la  dignidad  electoral  y 
de  Sajonia  puestas  en  los  bonetes.  Y  asimismo  los  caballos  en 
que  iban  llevaban  las  mismas  banderitas  alzadas  entre  las  orejas, 
y  plumas  blancas  y  coloradas  en  la  cabeza  y  en  las  ancas  pues- 
tas. Y  al  correr  de  estos  caballeros  los  trompetas  tocaban  las 
trompetas  y  lo  mismo  los  atabaleros  sus  atabales. 

Y  entre  tanto  que  el  Duque  Mauricio  Elector  estaba  en  otra 
calle  frontero  del  cadalso  al  cabo  de  la  plaza  con  su  escuadrón 
de  caballeros  en  que  había  120  pocos  más  ó  menos,  y  todos 
éstos  eran  Príncipes,  Condes,  Barones,  Señores,  Caballeros  de 
espuela  dorada  y  Nobles  que  le  honraban ;  entre  los  cuales  el 
Elector  de  Maguncia  tenía  tres  banderas  de  á  tres  y  el  de  Tre- 
ver  cuatro  y  el  de  Colonia  cuatro  J  el  Cardenal  de  Trento 
cinco  y  el  Cardenal  de  Augusta  tres,  y  Enrique,  Duque  de 
Branscuig,  dos,  y  la  Landgravia  y  Bolfgango,  Conde  Palatino, 
tres.  Eos  nombres  de  los  cuales  dejamos  de  poner  por  evitar 
prolijidad. 

Y  después  que  el  escuadrón  de  los  caballeros  hubo  corrido 
tres  veces  alrededor  del  cadalso,  salieron  de  este  postrero  es- 
cuadrón del  Duque  Mauricio  tres  Príncipes,  es  á  saber  :  ¿\lberto, 
Duque  de  Ba viera,  y  Enrique  de  Branscuig,  que  iba  á  su  mano 
derecha,  y  Bolfgango,  Conde  Palatino  del  Rhin,  de  las  dos 
puentes  que  iba  á  su  mano  siniestra. 


—  173  — 

Y  así  á  caballo  vinieron  hasta  llegar  al  cadalso  y  al  pie  de 
él  se  apearon  y  subieron  al  cadalso,  haciendo  la  reverencia  á 
menudo  cuando  subían  y  después  se  hincaron  de  rodillas  de- 
lante del  Emperador,  así  como  Embajadores  que  venían  á  pedir 
la  dignidad  del  Elector  é  insignias  Reales  para  el  Duque  Mau- 
ricio. Y  Enrique,  Duque  de  Branscuig,  comenzó  su  razona- 
miento en  esta  manera : 

Pues  que  así  es  que  la  Sacra  Católica  y  Cesárea  Majestad 
del  Emperador  ha  dado  á  Mauricio,  Duque  de  Sajonia,  la  digni- 
dad de  Elector  con  algunos  Señoríos  que  antes  poseía  Juan 
Federico,  Duque  de  Sajonia,  y  lev  había  señalado  este  día  para 
que  pareciese  á  recibir  la  investidura  de  ella.  Por  tanto  que  él 
parecía  allí  presente  en  su  nombre  y  la  pedía  humildemente 
por  ende  que  su  Majestad,  por  su  benignidad  y  clemencia,  se 
la  quisiese  dar  y  las  insignias  reales  de  la  dignidad  y  de  todos 
los  otros  Señoríos.  Y  para  así  merecerlo  acerca  de  Su  Majes- 
tad y  del  Sacro  Romano  Imperio  él  se  ofrecía  siempre  presto  y 
aparejado  á  toda  obediencia  y  servicio. 

Y  acabado  su  razonamiento  de  esta  manera  el  Emperador 
habló  al  Arzobispo  de  Maguncia,  el  cual  levantándose  llamó 
juntamente  á  todos  los  Electores,  y  estando  todos  en  pie  delante 
del  Emperador  juntando  entre  sí  las  cabezas  calladamente  lo 
consultaron  delante  del  Emperador.  Y  después  cuando  fué  de- 
terminada y  concluida  la  consulta,  el  Arzobispo  de  Maguncia 
con  alta  voz  respondió  á  la  petición  del  Duque  de  Branscuig 
en  esta  manera  : 

Que  Su  Majestad  Cesárea,  pensados  y  considerados  los  ser- 
vicios que  el  Duque  Mauricio  y  su  hermano  el  Duque  Augusto 
habían  hecho  á  Su  Majestad  y  al  Sacro  Imperio,  estaba  presto 
y  aparejado  de  darle  lo  que  pedía  con  tal  que  el  Duque  Mau- 
ricio estuviese  presente  á  pedir. 

Oída  aquesta  respuesta,  aquellos  tres  Embajadores,  haciendo 
las  gracias  á  Su  Majestad  con  mucha  humildad  y  reverencia 
en  nombre  del  Duque  Mauricio  por  tan  clemente  favorable  vo- 
luntad, levantándose  del  cadalso  descendieron  de  él  y  tornando 
á  subir  en-  sus  caballos  se  fueron  para  el  Duque  Mauricio  que 
estaba  lejos  del  cadalso  á  caballo  en  hábito  de  Elector,  con  el 


—  174  — 

cual  había  venido  desde  su  posada,  y  le  dieron  la  respuesta  que 
el  Emperador  les  había  mandado  dar.  La  cual  después  de  sabida 
por  él  corrió  luego  con  su  escuadrón  precediéndole  12  trom- 
petas suyos  y  un  atabal  á  caballo  y  10  banderas  coloradas  con 
las  banderas  de  las  armas  de  la  dignidad  de  Elector  y  de  todos 
los  otros  señoríos  de  su  ditado  (sic),  las  cuales  todas  iban 
delante  de  él  hasta  llegar  al  cadalso. 

Y  descendiendo  del  caballo  juntamente  con  aquellos  tres 
Príncipes  que  habían  primero  venido  con  la  Embajada  y  tor- 
nado con  la  respuesta  y  algunos  otros  Duques  3*-  Condes  y  Se- 
ñores, los  cuales  traían  las  banderas  de  la  dignidad  electoral  y 
de  los  Señoríos,  y  subió  al  cadalso  precediéndoles  las  dichas 
10  banderas,  y  tras  él  los  dichos  tres  Príncipes.  Subieron  hasta 
donde  el  Emperador  estaba  y  se  hincó  tres  veces  de  rodillas 
delante  de  Su  Majestad,  haciéndole  acatamiento ;  y  llegando  el 
Duque  Mauricio  se  le  puso  un  cojín  de  brocado  delante  de  Su 

i 

Majestad.  Mas  el  Duque  Mauricio  antes  que  llegase  él  se  hincó 
de  rodillas  en  el  palio  de  brocado  que  estaba  tendido;  y  jun- 
tamente con  él  á  la  mano  derecha  Enrique,  Duque  de  Brans- 
cuig,  y  á  la  siniestra  Juan  Hoyert,  Conde  de  Mansfelt,  en  nom- 
bre del  Duque  Augusto,  hermano  del  Duque  Mauricio,  que 
había  de  recibir  juntamente  las  insignias  reales.  Y  detrás  de 
los  Príncipes  que  habían  venido  antes  con  el  mismo  Duque  de 
Branscuig  para  pedir  las  insignias  reales,  todos  hincados  de 
rodillas.  Y  tras  éstos  estaban  otros  tres  Caballeros  consejeros, 
Cristóbal  de  Taubenhain  y  Conrado  de  Bemelberg  y  Mauricio 
de  Felich.  Y  de  la  una  parte  y  de  la  otra  á  los  lados  estaban 
aquellos  que  tenían  las  banderas. 

Y  entonces  Enrique,  Duque  de  Branscuig,  hizo  casi  el 
mismo  razonamiento  que  arriba  había  hecho  por  el  Duque  Mau- 
ricio, pidiendo  lo  mismo  para  el  que  estaba  allí  presente,  el 
cual  así  acabado  el  Emperador  mandó  al  Arzobispo  de  Magun- 
cia que  estaba  allí  presente  levantado  en  pie  que  le  respondiese 
que  Su  Majestad  vistos  y  considerados  los  muchos  y  leales  y 
diligentes  servicios  del  Duque  Mauricio  y  de  su  hermano  el 
Duque  Augusto  que  le  habían  hecho  y  al  Sacro  Romano  Im- 
perio, que  Su  Majestad  estaba  movido  é  inclinado  para  darles 


—  175  — 

y  otorgarles  por  su  clemencia  lo  que  pedían,  con  tal  que  hi- 
ciesen el  juramento  acostumbrado. 

Las  cuales  palabras  el  Arzobispo  de  Maguncia  llamando  á 
los  otros  Electores  se  las  puso  delante.  Y  entonces  el  Duque 
Mauricio,  levantándose  se  llegó  más  cerca  é  hincóse  de  rodi- 
llas en  el  cojín  que  estaba  delante  del  Emperador,  y  Marcuar- 
dos  de  la  Piedra,  prepósito  de  Maguncia,  dio  un  libro  de  los 
Evangelios  cubierto  de  grana  al  Elector  Arzobispo  de  Magun- 
cia, el  cual  lo  puso  abierto  en  el  regazo  del  Emperador,  y 
tornándose  á  sentar  en  su  lugar  leyó  al  dicho  Duque  Mau- 
ricio Elector  la  forma  de  juramento   (como  tenía  en  su  papel) . 

Y  así  le  hizo  al  Emperador  y  al  Sacro  Imperio  el  Duque  Mau- 
ricio el  juramento  acostumbrado,  por  aquellas  mismas  palabras 
y  de  la  misma  manera  que  se  acostumbraba  poner  en  los  usos 
de  los  feudos. 

Y  después  Pandolfo  de  Panpenhaima,  Mariscal  menor  del 
Imperio,  dio  al  Emperador  en  sus  manos  la  espada,  el  cual  dio 
á  besar  los  cabos  de  ella  al  dicho  Duque  Mauricio,  y  se  la  dio 
luego  en  las  manos  así  como  Archimariscal  del  Sacro  Romano 
Imperio  y  él  la  tornó  á  dar  á  Panpenhaima  (su  Mariscal) .  El 
pomo  de  esta  espada  con  los  otros  cabos  de  la  cruz  y  el  nudo 
son  de  oro  fino  labrados  con  piedras  preciosas,  así  como  esme- 
raldas, zafíes,  rubíes  y  perlas  compuestas  y  relucientes. 

Y  después  de  hecho  esto  aquellas  diez  banderas  que  allí 
estaban  por  orden  fueron  dadas  por  orden  al  Emperador  en 
sus  manos  por  cada  uno  de  aquellos  que  las  tenían,  comen- 
zando desde  la  que  tenía  las  armas  de  la  dignidad  de  Elector. 
El  cual  por  orden  como  le  fueron  dadas  las  tomó  por  encima 
con  la  mano  y  las  dio  juntamente  al  dicho  Duque  Mauricio  y 
al  dicho  Conde  de  Mansfelt  en  nombre  del  Duque  Augusto 
para  que  tomase  con  su  mano  por  abajo.  Dándoles  juntamente 
con  ellas  á  ellos  las  tierras  y  señoríos  de  aquellas  insignias 
que  antes  tenía  y  poseía  Juan  Federico,  Duque  de  Sajonia. 

Y  luego  las  dio  y  entregó  á  aquellos  que  las  habían  traído. 

Y  entonces  tornó  á  dar  el  Mariscal  la  espada  á  Su  Majestad, 
el  cual  la  entregó  al  Elector  Mauricio  en  las  manos,  el  cual  la 
recibió  haciéndole  muchas  gracias  con  gran  acatamiento  y  re- 


—  176  — 

verenda  á  Su  Majestad  y  al  Sacro  Romano  Imperio.  Se  levantó 
y  se  sentó  en  medio  del  Arzobispo  de  Colonia  y  del  Marqués 
de  Brandamburg  Electores,  en  su  lugar  el  cual  le  era  debido 
de  uso  y  costumbre. 

Los  nombres  de  las  banderas  eran  los  siguientes.  Y  las  que 
estaban  á  la  mano  derecha  cuando  el  Duque  estaba  ele  rodillas : 
La  primera  bandera  era  de  la  dignidad  de  Elector,  la  cual  traía 
Enrique,  Duque  de  Branscuig.  La  segunda  era  del  landgra- 
viado  de  Turingia  que  es  Principado,  llevábala  Carlos  Víctor, 
Duque  de  Branscuig.  La  tercera,  del  burggraviado  de  Magdem- 
burg,  la  cual  llevava  Enrique,  Conde  de  Leiningen.  La  cuarta, 
del  Condado  de  Viena,  llevábala  Bertoldo,  Señor  de  Leipa,  en 
Cromania,  Mariscal  del  Reino  de  Bohemia.  La  quinta,  del  burg- 
graviado de  Aldenburg,  la  cual  llevava  Echio,  Conde  de  Sal- 
mia.  Y  las  que  estaban  á  la  mano  siniestra  eran  la  bandera  del 
Ducado  y  Principado  de  Sajonia,  llevábala  Felipe,  Duque  de 
Branscuig.  La  segunda  era  del  Marquesado  de  Misnia,  que  era 
también  Principado,  traíala  Ernesto,  Conde  de  Regastain.  La 
tercera,  del  Palatinado  de  Sajonia,  la  cual  llevaba  Juan,  Conde 
de  Ortemburg.  La  cuarta  era  de  la  Baronía  de  Pleisa,  la  cual 
traía  Guillermo,  Señor  de  Leipa,  en  Cromania.  La  quinta  era 
ia  bandera  colorada  (que  llamaban  sangrienta) ,  sin  ningunas 
armas,  la  cual  llevaba  Cristóbal  de  Raguevitz  (como  de  antes 
está  dicho) . 

Y  el  Ducado  de  Sagona  no  dio  Su  Majestad  la  investidura 
al  dicho  Duque  Mauricio,  porque  ya  la  había  recibido  del  Rey 
de  Romanos,  como  Rey  de  Bohemia,  al  cual  el  dicho  Ducado 
de  Sagona  está  sujeto. 

Y  después  de  esto  el  Elector  de  Sajonia  habiéndose  sentado 
en  su  lugar  como  Mariscal  mayor  con  la  espada,  Austria,  rey 
de  armas  del  Emperador,  tomó  todas  las  banderas  de  la  mano 
de  los  que  las  traían  cada  uno  por  sí,  comenzando  de  la  que 
tenía  las  armas  de  la  dignidad  de  Elector,  J  después  pasando 
á  la  bandera  de  Sajonia  y  á  la  de  Turingia  y  á  la  de  Misnia  y  á 
la  del  burggraviado  de  Magdemburg,  etc.  Las  cuales  mostró 
y  presentó  á  Su  Majestad  con  reverencia  caídas  hacia  abajo, 
y  después  las  echó  todas  del  cadalso  abajo  por  dos  partes  sem- 


—  177  — 

brandólas  entre  la  gente  para  que  las  llevase  quien  quisiese. 

Lo  cual  así  hecho  el  Emperador  y  los  Electores,  levantán- 
dose del  cadalso,  se  entró  en  la  Casa  de  las  Danzas  á  quitarse 
los  vestidos.  Y  el  Elector  de  Sajonia  iba  delante  de  sí  como 
Mariscal  mayor  con  la  espada.  Y  poco  después  el  mismo  con 
el  vestido  de  Elector  se  salió  solo  y  descendió  del  cadalso,  y 
subiendo  en  su  caballo  juntamente  con  todos  los  Príncipes, 
Condes,  Barones,  Señores,  Caballeros  y  Nobles  que  le  habían 
honrado  en  aquella  fiesta  se  tornó  á  su  posada. 

Y  después  el  Emperador  con  los  otros  Electores,  quitado 
el  vestido  de  aquella  solemnidad,  se  salió,  precediendo  por  su 
orden  los  que  llevaban  las  columnas  y  los  hombres  de  armas  y 
Panpenhaima,  Mariscal  menor  del  Imperio,  con  la  espada  des- 
cendió del  cadalso  y  se  fué  á  su  Palacio  Real. 


CAPÍTULO  XIX 

De  las  fiestas  que  se  hicieron  en  Alcalá  de  Henares,  estando 
allí  el  Principe  D.  Felipe.  Y  cómo  Su  Alteza  hizo  llama- 
miento de  Cortes  para  Valladolid,  donde  mandó  mudar  la 
Corte.  Y  la  venida  del  Duque  de  Alba  en  postas  desde  Ale- 
mania á  la  dicha  villa. 

Después  que  el  Príncipe  D.  Felipe  vino  á  Alcalá  de  He- 
nares, todo  el  tiempo  que  estuvo  en  la  dicha  villa  se  fué  en 
muchas  fiestas  y  regocijos  que  allí  se  hicieron,  y  entre  ellas 
fué  un  torneo  de  á  caballo  donde  entró  Su  Alteza  y  lo  hizo  muy 
bien.  Y  se  hicieron  otros  muchos  torneos  de  á  pie  y  muchas 
justas,  sortijas,  toros  y  juegos  de  cañas. 

Y  vino  este  tiempo  de  Alemania  Rui  Gómez  de  Silva, 
criado  del  Príncipe,  el  cual'  había  enviado  Su  Alteza  desde 
Monzón  á  visitar  al  Emperador  á  Alemania  cuando  Su  Majes- 
tad estuvo  muy  malo.  Y  asimismo  vino  el  Duque  de  Alba  con 
la  nueva  de  cómo  Su  Majestad  mandaba  ir  al  Príncipe  D.  Fe- 
lipe y  á  la  Infanta  Doña  María  á  Alemania  para  casarla  con 
el  Príncipe   Maximiliano,   hijo   del   Rey   de  Romanos.    Y   que 

12 


—  178  — 

para  la  ida  Su  Altezza  ordenase  su  casa  al  uso  de  Borgoña. 

Y  como  se  viniese  la  Semana  Santa,  determinó  el  Príncipe 
de  ir  á  tenerla  en  el  Monasterio  de  La  Mejorada,  junto  á  Ol- 
medo, habiendo  hecho  primero  llamar  á  Cortes  para  la  ciudad 
de  Segovia,  donde  pensaba  ir. 

Y  después  de  venido  á  Alcalá  el  Duque  por  la  posta  con  las 
nuevas  que  dicho  tengo,  hizo  con  el  Príncipe  que  se  llamase 
para  Valladolid,  diciendo  á  Su  Alteza  que  habiendo  de  hacer 
jornada  tan  larga  no  tenían  sus  criados  donde  aparejarse .  no 
tan  barato  como  en  la  dicha  villa. 

Y  como  fué  pasada  la  Pascua  se  partió  para  la  villa  de  Va- 
lladolid, donde  ya  había  llegado  la  mayor  parte  de  la  Corte, 
y  el  Duque  de  Alba  estaba  aguardando  (el  cual  había  venido 
de  Alba  de  visitar  á  la  Duquesa  su  mujer,  habiendo  estado 
con  ella  algunos  días) . 

Y  antes  que  Su  Alteza  viniese  á  ella  se  hizo  un  pasquín  ó 
libelo  infamatorio  diciendo  mal  de  cuantos  había  en  la  villa 
como  contra  los  que  habían  entrado  de  la  Corte  (digo  de  los 
caballeros  y  personas  principales  y  entre  ellos  cupo  la  suya 
al  Duque  de  Alba  que  estaba  ya  dentro  como  dicho  tengo) . 
Este  pasquín  es  el  segundo  provincial,  porque  el  primero  se 
hizo  en  tiempo  del  Rey  D.  Enrique  el  cuarto. 

La  copia  del  Duque  de  Alba  decía : 

A  fray  Duque  Gravedad 
y  nuestro  mayordomo, 
no  sé  por  dónde  ni  cómo 
se  ha  sabido  la  verdad ; 
pero  dígoos  sin  dudar 
que  el  provincial  ha  jurado 
cuando  llegó  el  mes  logrado 
nunca  vos  podréis  llegar   (i) . 

Y  los  Alcaldes  de  la  Cancillería,  por  no  estar  allí  los  de  la 
Corte,    prendieron   sobre   sospecha   á   algunas  gentes,    y   entre 


(1)  Desde  «Este  pasquín,  etc.»,  es  una  apostilla  con  la  indica- 
ción del  sitio  á  interpolar.  Es  de  letra  diferente,  pero  contemporá- 
nea y  de  igual   tinta. 


.    .  __  179  — 

•ellos  á  un  caballero  natural  de  Valladolid  que  se  llamaba  don 
Diego  de  Acuña.  Y  como  no  hallaron  probanzas  bastantes  con- 
denaron á  muchos  á  destierro,  y  á  D.  Diego  de  Acuña  conde- 
naron por  los  indicios  que  contra  él  había  en  diez  años  de 
destierro  del  Reino. 

Y  después  de  entrado  el  Príncipe  en  Valladolid,  habiendo 
estado  algunos  días  se  supo  la  determinación  del  Emperador, 
que  era  que  no  fuese  su  hija  Doña  María  en  Alemania,  sino 
-que  el  Príncipe  Maximiliano  vendría  á  Castilla  á  casarse  con 
ella  y  á  quedar  por  Gobernador.  Y  con  esta  nueva  dejaron  mu- 
chas gentes  de  adivinar  de  quién  había  de  quedar  por  Go- 
bernador, pues  el  Príncipe  y  la  Infanta  Doña  María  se  iban, 
de  que  no  poco  murmullo  hubo  en  el  Reino  sobre  ello,  diciendo 
unos  que  el  Condestable  y  otros  que  el  Duque  de  Calabria, 
otros  que  el  Arzobispo  de  Sevilla  y  el  Patriarca  juntos. 

Y  á  la  partida  de  Monzón  se  juntaron  algunos  grandes  de 
Castilla  en  Medina  de  Rioseco,  como  fueron  el  Almirante  y  el 
Conde  de  Benavente,  su  cuñado,  el  Condestable  J  Duque  de 
Nájera.  La  cual  junta  siendo  en  tiempo  que  se  decía  que  al 
Príncipe  querían  sacar  de  estos  Reinos,  no  sonó  bien  en  Aranda 
donde  estaban  los  Consejos,  aunque  aquellos  señores  no  estu- 
vieron allí  sino  siete  ú  ocho  días  holgándose  y  tomando  placer. 
Entre  los  cuales  se  dijo  haberse  tratado  de  enviar  á  suplicar 
á  Su  Majestad  que  en  ninguna  manera  fuese  servido  de  sacar 
al  Príncipe  de  España,  porque  en  ello  no  hubiese  peligro  que 
"había  muchos.  Bastaba  dar  muy  gran  desconsuelo  y  orfandad 
á  todos  los  de  estos  Reinos.  Aunque  otros  dijeron  que  esta 
junta  se  había  hecho  allí  -por  pensar  que  el  Duque  de  Alba 
había  de  quedar  porv  Gobernador,  y  que  si  aquello  fuese  se 
declarasen  en  enviar  grandes  supl'caciones  á  Su  Majestad  sobre 
ello,  para  que  no  lo  permitiese ;  porque  en  la  verdad  era  muy 
envidiado  por  razón  de  su  privanza  y  otras  cosas. 

Y  después  de  venidos  los  Procuradores  de  Cortes  á  Valla- 
dolid, que  fué  después  de  las  ochavas  de  Pascua  de  la  Ascen- 
sión, se  juntaron  todos  en  el  Monasterio  de  San  Pablo,  donde 
el  Príncipe  D.  Felipe  les  comenzó  á  hacer  la  plática  diciendo 
cómo  les  había  mandado  juntar  3'  que  el  Secretario  Juan.. Yaz- 


—  180  — 

quez  les  diría  el  para  qué  y  lo  demás.  Y  luego  Juan  Yázquez 
hizo  la  habla  proponiéndoles  las  necesidades  de  Su  Majestad  y 
allende  de  las  ordinarias  las  guerras  que  había  tenido  en  Ale- 
mania, por  donde  estaba  más  alcanzado  que  nunca  estuvo  ;  y 
tiue  así  era  menester  que  le  hiciesen  el  socorro  mayor  que 
hasta  allí  habían  hecho. 

Y  por  parte  de  los  Procuradores  les  fué  respondido  que  be- 
saban las  manos  de  Su  Majestad  por  las  mercedes  qu^  les  ha- 
cía en  darles  parte  de  sus  cosas  y  que  ellos  se  juntarían  y  ha- 
blarían sobre  lo  que  les  era  mandado  y  darían  la  respuesta. 
Y  así  se  juntaron  muchas  veces  en  el  dicho  Monasterio  y 
cuando  era  menester  el  Patriarca  y  el  Secretario  Juan  Yázquez: 
y  las  más  veces  el  Dr.  Escudero,  del  Consejo  Real  y  de  la 
Cámara  de  Su  Majestad,  á  la  cual  se  determinaron  de  servir 
allende  del  servicio  ordinario  que  eran  300  (está  en  claro  y 
más  150  cuentos  de  extraordinario.  Y  suplicaron  á  Su  Majestad 
que  por  cuanto  ellos  traían  algunos  capítulos  de  sus  ciudades 
de  cosas  cumplideras  al  servicio  de  Su  Majestad  y  al  bien  de 
sus  Reinos,  tuviese  por  bien  de  mandarlos  ver  y  responder  á 
ellos  lo  que  más  viese  que  conviniese  al  servicio  de  Dios  y  pro- 
vecho de  sus  Reinos.  Los  cuales  capítulos  en  substancia  fueron 
los  siguientes. 

CAPÍTULO  XX 

De  las  peticiones  que  los  Procuradores  de  Cortes  dieron  á  Su 
Majestad  de  cosas  cumplideras  al  servicio  de  Dios  y  de  estos 
Reinos.  Y  lo  que  Su  Majestad  respondió  á  las  dichas  peti- 
ciones  ó  capítulos. 

Primeramente  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  las 
leyes  de  estos  Reinos  que  por  su  mandado  había  recopilado  el 
Doctor  Pero  López,  y  al  presente  entendían  que  las  corregía 
y  enmendaba  el  Doctor  Escudero,  de  su  Consejo  Real  y  Cá- 
mara, se  imprimiesen  y  publicasen  para  que  viniesen  á  noticia 
de  todos. 


—  181  — 

Otrosí  :  Su  Majestad  mandase  á  los  Contadores  mayores  no 
se  entremetiesen  en  ad-ministrar  la  hacienda  de  las  rentas  rea- 
les, sino  que  dejasen  hacer  libremente  sus  oficios  á  los  diputa- 
dos del  Reino,  excepto  en  ser  jueces  entre  partes  ó  entre  los 
diputados  ó  algunos  pueblos  ó  personas  particulares.  Y  que 
cuando  los  dichos  diputados  pudiesen  y  quisiesen  alguna  razón 
de  cosa  tocante  al  dicho  encabezamiento  general  que  estuviese 
en  los  libros  se  la  diesen,  y  que  se  juntasen  con  los  dichos 
diputados  cuando  ellos  viesen  que  convenía  para  platicar  algu- 
nas dudas  que  incurriesen  en  el  despacho  de  los  negocios  del 
dicho  encabezamiento  general. 

Otrosí  :  hacían  saber  á  Su  Majestad  que  en  muchas  ciuda- 
des, villas  y  lugares  de  sus  Reinos  había  Escribanos  que  no  eran 
del  número  ni  de  los  Ayunta-mientos  ante  quien  pasaban  escri- 
turas importantes,  y  no  las  sacaban  las  partes.  Y  muriendo  los 
tales  Escribanos,  quedaban  los  registros  en  poder  de  los  here- 
deros, y  como  no  sucedía  nadie  en  el  oficio  se  perdían  los  tales 
registros,  lo  cual  era  gran  daño  para  muchos.  Suplicaron  á  Su 
Majestad  mandase  que  cuando  los  tales  Escribanos  muriesen 
sin  suceder  otro  Escribano  en  los  tales  registros,  mandase  que 
se  diesen  al  Escribano  de  Ayuntamiento  donde  lo  tal  acae- 
ciese para  guardarlos  por  inventario,  porque  las  partes  los  pu- 
diesen hallar. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  lo  mismo  que  habían  su- 
plicado en  las  Cortes  de  Madrid,  mandase  dar  arancel  -moderado 
.á  los  Contadores  mayores  y  sus  oficiales. 

ítem  :  suplicaron  mandase  que  se  ejecutase  la  ley  que  maii- 
'daba  que  no  se  diese  oficio  á  letrado  sin  que  hubiese  estudiado 
diez  años  en  Universidades. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  que  de  allí  en  adelante 
ningún  teniente  de  merinos  en  los  lugares  donde  los  merinos 
mayores  tenían  la  vara  de  merced,  cuando  hubiese  hecho  resi- 
dencia una  vez  su  teniente  no  pudiese  tornar  á  ser  merino  por 
el  tiempo  que  fuese  Juez  ó  Corregidor  el  que  le  tomase  la  re- 
sidencia. 

Y  asimismo  suplicaron  á  Su  Majestad  que  los  Corregidores 
y  Jueces  de  residencia  no  pudiesen  tomar  ni  tener  por  sus  ofi- 


—  Í82  — 

cíales  de  Alcaldes  ma3rores  ni  alguaciles  del  campo  ni  carceleros 
á  los  oficiales  y  alguaciles  que  han  tenido  los  Jueces  á  quien. 
tomasen  la  residencia,  porque  sabiendo  los  pueblos  y  vecinos 
que  han  de  ser  tornados  á  proveer  en  los  dichos  cargos  no  osa- 
ran de  temor  pedir  ni  denunciar  cosa  contra  ellos  en  la  resi- 
dencia que  se  les  tomaba. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  que  las  sentencias  que 
se  diesen  en  las  Cancillerías  Reales  de  estos  Reinos  se  ordenasen 
todas  en  el  acuerdo  y  por  los  mismos  Oidores  y  no  se  encomen- 
dasen á  los  Relatores  ni  Secretarios  que  las  ordenasen  diciéndoles 
la  substancia  de  ellas.  Y  primero  que  se  pronunciasen  se  leyesen 
en  el  dicho  acuerdo,  porque  muchas  veces  acontecía  que  los  Se- 
cretarios ó  Relatores  que  las  hacían  por  no  ser  letrados  poner 
en  ellas  algunas  palabras  que  causaban  más  dificultades  y  plei- 
tos de  los  que  en  el  pleito  había  antes  de  la  sentencia. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  Alcaldes 
de  su  Corte  diesen  traslado  de  las  comisiones  que  llevasen  á 
las  personas  que  se  las  pidiesen,  siendo  de  los  que  ante  ellos, 
litigasen  y  contra  quien  procediesen  para  allegar  de  su  justicia. 

Otrosí  :  le  suplicaron  fuese  servido  que  luego  que  hubiese 
vacantes  en  el  Consejo  y  Audiencias  Reales  se  proveyesen  sin 
dilación  y  á  personas  que  conviniesen  para  los  dichos  oficios 
que  tuviesen  letras  y  conciencia  y  experiencia,  por  el  mucho- 
daño  que  recibían  sus  Reinos  en  diferir  las  provisiones. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  proveer  que  se 
visitasen  las  Audiencias  de  Cancillerías  de  tres  en  tres  años, 
y  que  lo  mismo  se  hiciese  en  las  Audiencias  de  los  grados  de 
Sevilla  y  de  Galicia,  y  las  visitas  que  se  hiciesen  se  viesen  y 
determinasen  después  de  hechas  con  toda  brevedad,  porque 
así  convenía  al  servicio  de  Dios  y  de  Su  Majestad  y  bien  de 
estos  Reinos,  y  que  las  visitaciones  se  hiciesen  por  uno  de  stt 
Consejo  Real  ó  persona  de  conciencia  y  experiencia,  porque 
así  convenía  en  su  gobierno  y  bien  de  estos  Reinos. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  se  hiciese  la  recopilación  de 
las  leyes  de  las  alcabalas  y  tercias  y  de  otras  leyes  y  cuadernos 
con  que  se  arrendaban  todas  las  rentas  reales,  por  la  gran  con- 
fusión que  había,  de  la  que  resultaban  muchos  achaques. 


—  1S3  — 

Asimismo  suplicaban  á  Su  Majestad  mandase  que  los  ropa- 
vejeros no  pudiesen  tornar  á  vender  ni  deshacer  ropa  ninguna 
que  hubiesen  comprado  sin  tenerla  colgada  á  su  puerta  á  lo 
menos  por  tiempo  de  diez  días,  donde  manifiestamente  se  pu- 
diese ver  por  todos,  poniéndoseles  alguna  pena  corporal,  porque 
de  esta  manera  se  descubrirían  los  hurtos  que  en  los  lugares 
donde  había  ropavejeros  se  hacían  en  confianza  de  la  venta 
que  allí  podían  haber  y  que  no  se  habían  de  descubrir  los  di- 
chos hurtos,  porque  los  ropavejeros  del  barato  que  de  ellos 
hacían  entendiendo  que  eran  hurtados  los  deshacían  y  desba- 
rataban. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  proveer  como  se  quitasen  y 
evitasen  los  estancos  é  imposiciones  que  había  en  muchos  luga- 
res de  señoríos  de  estos  Reinos,  principalmente  en  el  de  Gra- 
nada y  Sevilla  y  en  todas  las  ciudades,  villas  y  lugares  de  An- 
dalucía generalmente,  y  en  otras  muchas  partes  de  estos  Reinos 

Otrosí:  suplicaron  á  Su  Majestad  por  evitar  pleitos  y  mo- 
lestias y  costas  mandase  que  los  hijosdalgo  fuesen  admitidos  á 
oficios  de  Alcaldes  y  Regidores  y  otros  oficios  de  sus  Ayunta- 
mientos, sin  embargo  de  cualquiera  suplicación  que  interpusie- 
sen los  tales  Concejos,  á  los  cuales  quedase  su  derecho  á  salvo 
para  seguir  su  justicia  si  quisiesen. 

Otrosí :   -suplicaron   á  Su  Majestad  no   diese   licencia    para 

traer  armas,  y  si  se  diese  fuere  obedecida  y  cumplida,  pues  se 

daban  á  título  de  enemistados,   y  que  se  las  pudiesen   tomar 

andando  la  queda,  pues  á  la  tal  hora  el  que  tuviese  enemigos 

era  razón  que  estuviese  en  su  casa  y  no  por  las  calles  ni  en 

otros  deshonestos  lugares.  Y  que  cuando  presentasen  la  cédula 

i 
de  licencia  ante  la  justicia  diesen  información  de  la  enemistad, 

y  que  esto  mismo  se  entendiese  para  las  que  estaban  dadas  an- 
tes de  ahorss  y  los  de  la  Inquisición  las  daban  á  personas  que 
habían  resumido  corona. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  todos  los  Escribanos  de 
estos  Reinos,  así  del  Consejo  como  de  Cancillerías  y  Concejos 
y  Ayuntamientos  y  otros  cualesquier  Escribanos,  diesen  cartas 
de  pago  de  los  derechos  que  les  llevasen  de  los  procesos,  así 
criminales  como  civiles.  Y  finalmente  que  Su  Majestad  -mandase 


—  184  — 

proveer  la  petición  que  sobre  este  caso  se  había  dado  en  las 
Cortes  de  Segovia. 

A  15  cual  Su  Majestad  respondió  que  se  guardase  y  ejecu- 
tase lo  respondido  en  las  Cortes  de  Segovia,  excepto  lo  de  los 
mandamientos,  en  los  cuales  bastaba  que  se  pusiesen  los  dere- 
chos de  ellos. 

Otrosí :  le  suplicaron  que  pues  las  tercias  de  estos  Reinos 
eran  de  patrimonio  Real  libres  de  toda  retribución  y  pecho 
eclesiástico,  que  mandase  que  el  Comisario  general  no  permi- 
tiese que  se  repartiese  subsidio  alguno  sobre  las  tales  tercias 
ni  sobre  los  juros  situados  en  ellas  ni  se  hiciesen  sobre  ello 
molestias  á  personas  que  los  tenían  por  privilegio  de  Su  Ma- 
jestad. 

Y  asimismo  le  suplicaron  que  mandase  no  se  repartiese 
subsidio  ni  otra  contribución  alguna  á  los  monasterios  de  mon- 
jas observantes  ni  hospitales,  porque  como  eran  pobres  eran 
gran  cargo  para  ellos. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  á  los  -médicos  y 
cirujanos  que  después  que  hubiesen  visitado  al  doliente  la  se- 
gunda vez  de  enfermedad  alguna,  no  le  pudiesen  visitar  la 
tercera  sin  que  le  amonestasen  que  se  confesase,  porque  se  ha- 
bía visto  por  experiencia  morir  muchos  sin  confesión,  porque 
también  sería  causa  que  sabiendo  los  enfermos  que  los  médicos 
lo  dicen  por  la  pena  que  tienen  no  se  escandalizarían  ni  congo- 
jarían de  ello. 

Y  asimismo  suplicaron  mandase  que  en  su  Corte  y  en  todas 
las  ciudades,  villas  y  lugares  de  estos  Reinos  á  las  mujeres 
conocidamente  -malas  que  llamaban  rameras  y  mujeres  enamo- 
radas ó  cantoneras  estuviesen  en  lugares  apartados  de  la  con- 
versación de  las  mujeres  honestas.  Y  que  en  la  Corte  sus  Al- 
caldes diputasen  lugar  conveniente  para  las  dichas  mujeres,  sin 
que  se  pudiesen  mezclar  con  mujeres  casadas  y  honestas,  y  en 
las  otras  ciudades,  villas  y  lugares  lo  proveyesen  las  justicias 
de  Su  Majestad.  Y  cuanto  á  los  cantares  sucios  y  pullas  y  des- 
honestidades que  se  decían  y  cantaban  por  las  calles  y  en  otros 
lugares,  -mandase  debajo  de  alguna  pena  que  no  se  dijesen  y 
que  no  se  imprimiesen  coplas  ni  farsas  de  cosas  deshonestas, 


\ 


—  185  — 

porque  los  niños  se  vezaban  á  leerlas  y  les  quedaba  en  la  cabeza 
lo  malo  de  ellas. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  se  labrase 
moneda  de  vellón  en  las  Casas  de  la  .moneda,  que  fuese  de  ley 
y  condición  que  todos  holgasen  de  usarla,  por  la  mucha  falta 
que  había  en  sus  Reinos  de  ella. 

ítem  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  en  ninguna 
manera  hubiese  regatones  de  pan  ni  de  carne  ni  de  pescado 
fresco  ni  salado  ni  de  otros  -mantenimientos  por  el  gran  daño 
que  de  ello  venía  á  estos  Reinos,  porque  aunque  los  años  eran 
abundantes  luego  los  regatones  encarecían  el  pan  y  otros  man- 
tenimientos. 

Otrosí :  suplicaban  á  Su  Majestad  mandase  á  los  Corregido- 
res, so  graves  penas,  tuviesen  especial  cuidado  acerca  del  plan- 
tar de  los  montes  y  las  riberas  y  conservar  los  montes  viejos 
como  les  estaba  -mandado  por  sus  instrucciones,  las  cuales  ellos 
no  cumplían  ni  ejecutaban,  á  cuya  causa  el  Reino  padecía  gran 
necesidad  de  leña  y  los  pastos  se  habían  disminuido  por  ha- 
berse rompido  muchos  montes  viejos. 

'  Otrosí :  le  suplicaron  -mandase  que  se  guardase  la  instruc- 
ción que  estaba  dada  sobre  la  orden  de  la  cobranza  de  las  bu- 
las y  que  no  se  pudiese  poner  pena  de  excomunión  sobre  ello, 
y  que  los  Comisarios  de  la  Cruzada  no  se  entremetiesen  en  los 
testamentos  de  los  difuntos. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  se  guardase 
la  pragmática  del  Reino  en  la  forma  del  elegir  caballos  gara- 
ñones para  las  yeguas,  de  manera  que  en  la  elección  de  los  di- 
chos garañones  hubiese  personas  diputadas  de  cada  Concejo 
juntamente  con  el  Gobernador  ó  Justicia,  y  que  hiciesen  el  pre- 
cio de  los  caballos  y  el  número  de  yeguas  que  cada  caballo 
había  de  traer,  y  que  aquéllas  se  echasen  no  á  más,  porque  así 
convenía. 

ítem  :  dijeron  que  por  cuanto  -muchas  ciudades,  villas  y  lu- 
gares que  eran  en  algunos  partidos  de  estos  Reinos,  especial- 
mente en  el  Marquesado  de  Villena,  tenían  costumbre  que  las 
Gobernadores  y  Jueces  de  residencia  y  sus  tenientes  y  Alcaldes 
mayores  abocasen  así  el  conocimiento  de  las  causas  civiles  y 


—  186  — 

criminales  que  de  primera  instancia  conocían  los  Alcaldes  or- 
dinarios en  cada  ciudad,  villa  y  lugar  de  los  dichos  partidos, 
suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  susodichos  dejasen 
usar  libremente  sus  oficios  á  los  Alcaldes  ordinarios  de  primera 
instancia. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  que  en  las  causas  civiles 
y  criminales  que  pendiesen  de  primera  instancia  ante  los  Go- 
bernadores y  sus  tenientes,  estando  en  los  pueblos  y  saliendo 
de  ellos  y  de  la  jurisdicción  de  cada  un  pueblo,  los  Alcaldes  or- 
dinarios tomasen  el  conocimiento  de  las  tales  causas  civiles  y 
criminales  en  el  estado  que  el  Gobernador  y  Justicias  mayores 
los  dejasen  y  los  feneciesen  y  acabasen  como  hallasen  por  jus- 
ticia, sin  que  las  Justicias  mayores  se  lo  pudiesen  impedir  ni 
perturbar. 

Otrosí :  que  los  Gobernadores  y  Jueces  de  residencia  y  Al- 
caldes mayores  de  los  dichos  partidos  estando  en  un  pueblo 
no  pudiesen  traer  á  los  vecinos  de  otro  pueblo  donde  las  Jus- 
ticias mayores  estuviesen  de  primera  instancia  en  las  causas 
civiles  y  criminales  á  pedimento  de  parte  ni  de  oficio,  sino  que 
cada  vecino  fuese  convenido  y  juzgado  en  el  pueblo  donde  era 
vecino,  como  siempre  se  había  hecho. 

ítem  :  le  suplicaron  mandase  á  los  de  su  Consejo  Real  guar- 
dasen y  cumpliesen  lo  que  les  estaba  mandado,  que  era  que  re- 
mitiesen los  pleitos  eclesiásticos  á  las  Cancillerías,  desocupán- 
dose de  ellos,  por  que  tuviesen  tiempo  para  otros  negocios, 
pues  á  su  oficio  competía  propiamente  la  gobernación  de  estos 
Reinos,  y  no  entendiesen  en  los  pleitos  ordinarios  ni  eclesiás- 
ticos. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  despa- 
chos que  se  hubiesen  de  dar  en  respuesta  de  estos  capítulos  ó 
de  los  de  las  Cortes  pasadas,  se  diesen  y  entregasen  á  los  di- 
putados que  residían  y  adelante  residiesen  en  esta  Corte  por  el 
Reino  tocante  al  encabezamiento  general,  para  que  ellos  los 
enviasen  para  quien  perteneciesen. 

A  las  cuales  peticiones  Su  Majestad  respondió  que  se  hiciese 
en  ellas  como  se  lo  suplicaban,  y  que  los  del  Consejo  diesen 
las  provisiones  necesarias  para  el  cumplimiento  de  ellas.  Y  asi- 


—  187  — 

mismo  dieron  otras  peticiones,  que  por  ser  las  respuestas  de 
un  tenor  como  de  las  pasadas  las  pondremos  aquí  juntas. 

Suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  Escribanos  hi- 
ciesen residencia,  que  aunque  estaba  proveído  no  se  guardaba 
ni  se  ejecutaba,  y  que  el  Escribano  que  fuese  condenado  en 
la  residencia  ó  en  cualquiera  cosa  tocante  á  su  oficio  no  le  pu- 
diese usar  ni  usase  hasta  tanto  que  por  los  de  su  Consejo  Real 
fuese  vista  su  residencia  y  determinado  lo  que  se  hubiese  de 
hacer  sobre  ello. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  Jueces 
tomasen  las  confesiones  y  testigos  por  sus  mismas  personas 
en  los  casos  que  las  leyes  disponían,  y  en  los  otros  casos  los 
tomasen  los  Escribanos  principales  de  los  oficios  y  no  sus  ofi- 
ciales, aunque  tuviesen  títulos  de  Escribanos,  so  graves  penas. 
Y  asimismo  que  las  querellas  se  diesen  ante  los  Jueces  y  no 
ante  los  Escribanos,  so  las  dichas  penas. 

ítem :  le  suplicaron  que  ningún  Escribano  pudiese  poner  ni 
pusiese  por  testigo  á  ninguna  escritura  ni  auto  que  hiciese 
criado  ni  escribiente  ni  deudo  suyo  dentro  del  cuarto  grado  de 
consanguinidad  ni  afinidad,  ni  otro  algún  Escribano,  so  pena 
que  el  que  lo  hiciese  fuese  habido  y  tenido  por  falsario  y  no 
pudiese  usar  más  del  dicho  oficio. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  que  el  Escribano  público 
que  tuviese  hijo  ó  yerno  ó  hermano  letrado,  no  pagasen  ante 
ellos  las  causas  en  que  abogasen  los  tales  letrados,  hijos,  yer- 
nos y  hermanos  de  los  dichos  Escribanos.  Y  lo  mismo  se  enten- 
diese en  los  Procuradores  que  tenían  hijos  ó  deudos  Escribanos. 

ítem  :  le  suplicaron  mandase  que  en  cada  lugar  del  Reino 
hubiese  dos  Escribanos  públicos,  donde  los  Escribanos  públicos 
tuviesen  sus  escrituras,  porque  no  se  perdiese  ninguna. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  al  tiempo 
que  su  Corte  y  Consejo  se  mudase  de  un  lugar  á  otro  se  tuviese 
gran  «miramiento  y  cuidado  en  las  carretas  y  bestias  de  guía 
que  se  daban,  porque  era  mucho  daño  que  los  labradores  reci- 
bían en  ello.  Y  mandase  que  de  aquí  adelante  no  se  diesen  ca- 
rretas ni  bestias  de  guía  si  no  fuese  para  llevar  la  recámara  de 
Su  Majestad  y  de  Su  Alteza  y  de  las  otras  personas  Reales,  y 


—  188  — 

para  los  oficiales  de  sus  casas  que  tenían  en  ellas  salarios  y 
quitaciones,  y  se  tasasen  y  moderasen  las  carretas  y  bestias  de 
guía  de  que  se  hubiesen  de  dar  á  los  de  los  Consejos  y  Casa 
Real. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Maj estad  mandase  los  Jueces  de  co- 
misión siendo  recusados  tomasen  al  ordinario  por  acompañado, 
y  que  no  fuesen  á  costa  de  los  culpados.  Y  que  los  Jueces  de 
términos  hiciesen  residencia,  y  que  cumplido  el  trayecto  (pone 
tr.°)  de  sus  oficios  fuese  un  receptor  de  la  Cancillería  de  su 
partido  á  saber  si  había  algunas  quejas  contra  ellos  é  hiciese 
información  sobre  ellos  y  la  llevase  á  la  Cancillería  para  que 
en  ella  se  proveyese  contra  él. 

Otrosí :  le  suplicaron  que  los  Jueces  de  comisión  no  hiciesen 
diversos  procesos  en  un  delito,  y  que  lo  mismo  hiciesen  los 
Jueces  ordinarios  de  estos  Reinos. 

ítem  :  le  suplicaron  que  los  Corregidores  por  ninguna  vía 
que  fuese  no  hiciesen  concierto  con  sus  tenientes  ni  Alcaldes 
sobre  el  salario  ni  derechos  que  hubiesen  de  llevar,  so  graves 
penas,  y  que  jurasen  de  guardarlo  y  hacerlo  así,  y  lo  mismo 
jurasen  sus  tenientes  y  Alcaldes  al  tiempo  que  fuesen  recibidos. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  se  efectuase  lo  que  se  ha- 
bía respondido  en  las  Cortes  de  Segovia  acerca  de  lo  que  tocaba 
á  las  medidas  de  pan  y  aceite,  para  que  fuesen  iguales  en  todo 
el  Reino,  lo  cual  convenía  que  se  hiciese  con  toda  brevedad. 

ítem  :  le  suplicaron  mandase  que  los  arrendadores  de  las 
salinas  ó  dueños  de  ellas  no  pudiesen  poner  precio  por  la  sal, 
de  lo  que  podían  y  debían  llevar  por  ella  conforme  al  cuaderno 
de  ellas,  y  que  no  sacasen  la  sal  fuera  de  las  dichas  salinas  para 
revenderla  al  mayor  precio  que  pudiesen. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  -mandase  proveer  general- 
mente y  por  ley  lo  que  tenía  prometido  á  las  ciudades  y  villas 
de  estos  Reinos  por  sus  cédulas  y  provisiones  Reales  acerca  del 
acrecentar  de  los  oficios,  para  que  se  fuesen  consumiendo  como 
se  fuese  acabando  por  muerte  ó  privación  hasta  que  quedasen 
en  el  número  antiguo,  y  que  no  se  pudiesen  acrecentar  más  de 
ahí  adelante. 

Asimismo  le  suplicaron  que  la  misma  pena  que  las  leyes 


—  189  — 

daban  á  los  que  se  alzaban  se  diese  á  los  que  decían  que  que- 
braban, constando  que  en  las  negociaciones  y  contractaciones 
que  habían  hecho  había  habido  algún  engaño  ó  malicia. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  se  guardasen  y  ejecutasen 
las  leyes  y  pragmáticas  de  estos  Reinos  que  disponían  que  los 
que  diesen  á  usura  fuesen  castigados,  de  lo  cual  tuviesen  ex- 
preso cuidado  los  Corregidores,  y  en  las  residencias  se  les  hi- 
ciese cargo  de  ello. 

Asimismo  mandase  tasar  y  moderar  los  intereses  de  los  cam- 
biadores 'y  cambios  y  mercaderes,  de  tal  manera  que  no  pudie- 
sen exceder  ni  llevar- más  de  al  respeto  de  10  por  ioo  al  año,  y 
que  cuando  hiciesen  lo  contrario  incurriesen  en  pena  de  muerte 
y  perdimiento  de  todos  sus  bienes. 

Otrosí :  que  Su  Majestad  mandase  que  las  rentas  de  los  pro- 
pios de  las  ciudades,  villas  y  lugares  de  estos  Reinos,  por  ser 
rentas  menudas  se  cobrasen  de  los  arrendadores  y  otras  perso- 
nas que  las  debían,  como  se  cobraban  y  podían  cobrar  las  ren- 
tas reales  de  Su  Majestad. 

Otrosí :  por  cuanto  Su  Majestad  había  respondido  en  las 
Cortes  de  Segovia  que  declarando  las  partes  de  estos  Reinos 
donde  se  llevaba  el  diezmo  lo  mandaría  proveer  habida  infor- 
mación de  la  costumbre,  declaraban  que  se  llevaba  el  dicho 
rediezmo  en  los  Arzobispados  de  Toledo  y  Sevilla  y  Obispados 
de  Córdoba,  Jaén,  Avila  y  Ciudad  Rodrigo  y  Ecija  y  otras  par- 
tes de  estos  Reinos,  suplicaron  á  Su  Majestad  proveyese  de  ahí 
en  adelante  no  se  llevasen. 

Suplicaron  asimismo  á  Su  Majestad  que  de  allí  en  adelante 
que  no  se  pagasen  diezmo  de  dinero,  porque  se  arrendaban  las 
tierras  de  las  yerbas  viejas  que  nunca  se  habían  rompido  ni 
labrado,  para  lo  cual  Su  Majestad  mandase  á  los  de  su  Consejo 
se  informasen  de  la  costumbre  que  en  ello  había  y  de  todo  lo 
demás  que  conviniese,  y  que  entretanto  no  se  pudiese  pedir  el 
dicho  diezmo. 

Otrosí  :  mandase  que  la  moneda  forera  no  se  pudiese  cobrar 
de  cinco  en  cinco  años,  sino  de  siete  en  siete,  como  era  uso 
y  costumbre,  porque  de  otra  manera  estos  Reinos  recibirfen 
notorio  daño. 


—  190  — 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  .mandase  que  los  lugares 
de  las  behetrías  que  antiguamente  solían  pagar  galeotes  de  ca- 
torce en  catorce  años,  ó  de  siete  en  siete,  los  cuales  no  solían 
pagar  servicios  y  ahora  los  pagan,  no  pagasen  los  dichos  galeo- 
tes, porque  andaban  muy  cargados  y  no  k>  podían  sufrir. 

Asimismo  suplicaron  mandase  que  los  Jueces  guardasen  á 
los  caballeros  hijosdalgo  las  libertades  que  tenían  de  no  ser 
puestos  á  cuestión  de  tormentos,  so  graves  penas.  Y  que  los 
tales  hijosdalgo  no  fuesen  presos  por  deudas,  conforme  á  las 
leyes. 

Otrosí;  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  minis- 
tros de'  la  Santa  Inquisición  tuviesen  sus  salarios  situados  y  no 
fuesen  pagados  de  las  penas  y  confiscaciones  de  los  delincuentes 
y  sus  bienes,  y  que  los  inquisidores  no  conociesen  de  los  delitos 
de  sus  oficiales,  especialmente  de  familia,  si  no  fuesen  contra 
los  que  impidiesen  el  ejercicio  de  sus  oficios,  y  que  los  dichos 
inquisidores  no  conociesen  de  los  dichos  delitos  que  come- 
tiesen los  penitenciados,  fuera  de  lo  que  tocaba  á  su  penitencia 
y  casos  en  que  cometieran  herejías,  y  que  no  conociesen  sino 
de  los  casos  permitidos  en  derecho,  sin  entremeterse  en  otro 
delito  alguno  de  los  que  las  Justicias  eclesiásticas  y  seglares 
debía  y  podían  conocer. 

Asimismo  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  limitar  tiempo 
de  tres  años  en  que  se  exigiesen  á  los  católicos  los  bienes  que 
hubiesen  habido  de  los  condenados  para  la  Inquisición,  porque 
pasado  aquel  tiempo  no  se  les  pudiese  pedir,  y  que  las  dotes 
no  se  pudiesen  pedir  ni  confiscar,  siendo  católicas  las  dotadas. 

Suplicaron  asi-mismo  á  Su  Majestad  fuese  servido  de  man- 
dar que  ningún  mercader  ni  otra  persona  que  fuese  tratante- 
pudiese  ser  monedero,  y  si  lo  fuese  que  no  pudiese  gozar  de 
los  privilegios  ni  exenciones  de  monedero  contra  sus  acreedo- 
res, que  el  número  de  los  monederos  fuese  moderado. 

Otrosí  :  que  los  -médicos  no  recetasen  en  las  boticas  de  sus 
hijos  y  yernos  y  hermanos,  y  que  recetasen  en  romance,  y  que 
los  boticarios  no  pudiesen  vender  solimán  ni  cosa  ponzoñosa 
sin  licencia  de  médico. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  visitar  los  Estu- 


—  191  — 

dios  de  Salamanca,  Alcalá  y  Valladolid  por  personas  de  expe- 
riencia y  doctrina  como  los  había  en  su  Real  Consejo,  y  dar 
orden  que  no  hubiese  cátedras  de  propiedad,  sino  que  vacasen 
de  tres  en  tres  años  ó  de  cuatro  en  cuatro,  porque  es  cosa  más 
provechosa  para  los  estudiantes. 

Asimismo  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  guardar  y  eje- 
cutar las  leyes  que  hablaban  sobre  los  juegos,  y  que  si  por  causa 
alguno  jugase,  que  no  fuese  sobre  palabras,  porque  sobre  la 
cobranza  habían  sucedido  en  estos  Reinos  muchos  alborotos  y 
muertes  y  pérdidas  de  hacienda,  y  que  plateros  ni  mercaderes  ni 
otras  personas  trajesen  joyas  ni  otras  mercaderías  á  rifar  donde 
hubiese  juegos,  porque  allí  se  vendía  al  doble  de  lo  que  valía 
cada  cosa,   de  donde  redundaba  mucho  daño  en  la  república. 

Otrosí :  suplicaron  mandase  que  los  extranjeros  no  tuviesen 
trato  en  las  Indias,  por  ser  como  era  en  perjuicio  de  estos  Rei- 
nos y  para  más  fácilmente  sacar  los  dineros  de  ellos. 

Otrosí  :  le  suplicaron  mandase  que  las  sentencias  que  se 
diesen  por  los  Jueces  de  los  Ayuntamientos  de  seis  ( sic)  mara- 
vedíes abajo  las  ejecutase  la  Justicia,  so  pena  si  no  lo  hiciesen 
no  obstante  que  los  Corregidores  ó  sus  tenientes  no  las  quisie- 
sen firmar  ni  juntarse  con  los  dichos  Jueces. 

Otrosí :  que  Su  Majestad  mandase  que  los  Jueces  de  estos 
Reinos  por  sus  personas  pronunciasen  las  sentencias  definitivas 
de  trance  y  remate,  como  lo  hacían  los  Oidores  de  las  Canci- 
llerías Reales. 

Asimismo  le  suplicaron  que  las  Justicias  de  estos  Reinos  no 
ejecutasen  obligación  ni  contrato  alguno  sin  que  primero  las 
viese  y  examinase.  Y  que  los  Escribanos  no  pudiesen  dar  man- 
damientos ejecutorios  sin  que  el  Corregidor  ó  Justicia  en  las 
espaldas  de  la  dicha  obligación  ó  contrato  dijese  ó  firmase  de 
su  nombre  como  había  sido  vista  y  examinada. 

Otrosí :  que  por  cuanto  estaba  mandado  por  los  capítulos 
de  Corregidores  que  las  condenaciones  que  se  hiciesen  á  los  Jue- 
ces de  residencia  de  tres  mil  maravedíes  abajo  las  pagasen  siu 
embargo  de  apelación,  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  la 
ley  se  extendiese  á  seis  mil  maravedíes,  lo  cual  se  ejecutase 
conforme  á  la  lev. 


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Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  ningún  alguacil  ejecu- 
tase conocimiento  reconocido,  sino  que  volviese  al  Juez  para 
que  le  diese  mandamiento  para  hacer  la  dicha  ejecución. 

Y  asimismo  le  suplicaron  fuese  servido  de  mandar  que  los 
alguaciles  de  su  Corte  no  partiesen  de  la  dicha  ciudad  ó  villa 
donde  estuviesen  sin  dejar  allí  las  prendas  que  tuviesen  sacadas 
por  deudas  ó  por  sus  derechos  ó  las  vendiesen,  notificándolo  á 
las  partes  cuyas  eran  para  que  las  viniesen  á  quitar  ó  desem- 
peñar. 

Asimismo  le  suplicaron  que  los  Corregidores  y  Jueces  de  re- 
sidencia ni  sus  oficiales  ganasen  salario  hasta  que  diesen  las 
fianzas  (como  eran  obligados). 

Otrosí :  le  suplicaron  -mandase  que  los  señores  y  caballeros 
de  estos  Reinos  en  sus  tierras  no  arrendasen  las  merindades  ni 
alguacilazgos,  y  lo  mismo  se  hiciese  en  todo  el  Reino  por  el 
gran  daño  que  se  recibía  de  ello. 

Otrosí :  mandase  que  los  Jueces  visitasen  los  términos  de  su 
jurisdicción  y  los  montes,  y  pusiesen  de  allí  en  adelante  por 
capítulo  de  Corregidores  y  lo  de-más  que  pareciese  para  la  buena 
gobernación. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  ninguno 
vendiese  sus  bienes  raíces  á  iglesias  ni  monasterios  ni  cofradías 
ni  á  personas  eclesiásticas,  mandando  que  los  contratos  que  así 
se  hiciesen  fuesen  ningunos  y  el  comprador  perdiese  el  precio 
para  la  Cámara,  y  la  posesión  volviese  al  pariente  más  cercano 
del  vendedor,  y  que  ningún  Escribano  tomase  ni  hiciese  escri- 
tura de  las  tales  ventas,  y  si  la  hiciese  por  el  mismo  hecho  per- 
diese el  oficio.  Y  si  algunas  iglesias  y  monasterios  ó  cofradías 
heredasen  algunos  bienes  ó  raíces,  fuesen  obligados  á  vender- 
los dentro  de  un  año. 

Y  asimismo  Su  Majestad  pusiese  por  ley  que  si  desde  allí 
adelante  algún  hijo,  hija,  nieto,  nieta  se  casase  ó  metiese  en 
religión  sin  licencia  de  sus  padres  y  abuelos,  siendo  menor  de 
veinticinco  años,  el  que  lo  tal  hiciese  y  el  monasterio  en  que 
fuese  recibido-  no  pudiese  heredar  ninguna  parte  de  los  bienes 
de  sus  padres  y  abuelos  por  ninguna  vía  que  fuese. 

Otrosí :    suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  lo  mismo 


—  193  — 

pudiesen  acusar  los  hermanos,  muertos  los  padres,  y  si  no  tu- 
viesen hermanos  los  pudiesen  acusar  los  curadores. 

Otrosí :  le  suplicaron  que  declarase  por  ley  la  costumbre 
general  de  estos  Reinos,  que  era  que  los  parientes  más  propin- 
cuos heredasen  abintestato  á  los  clérigos,  como  ellos  heredaban 
á  los  tales  parientes. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  arren- 
dadores y  Corregidores  de  los  votos  de  Santiago  demandasen 
lo  que  hubiesen  de  haber  dentro  de  cuatro  -meses  después  de 
llegado  el  plazo,  é  hiciesen  diligencias  sobre  ello,  y  que  si  en 
el  dicho  tiempo  no  lo  pidiesen  ni  hiciesen  diligencia,  que  aquél 
pasado  no  lo  pudiesen  pedir  ni  demandar  en  ningún  tiempo. 

Otrosí :  Su  Majestad  mandase  dar  libertad  á  los  oficiales  que 
viniesen  á  vivir  á  estos  Reinos  para  hacer  en  ellos  armas  y  ta- 
picería, pues  había  en  ellos  tantos  mejores  aparejos  que  en 
otros  Reinos  extraños  si  hubiese  oficiales  para  ello,  y  se  enno- 
blecerían estos  Reinos  y  no  se  sacaría  tanto  dinero  de  ellos. 

Y  asimismo  le  suplicaron  mandase  con  todo  rigor  se  guar- 
dasen las  leyes  que  hablaban  acerca  del  sacar  de  la  moneda  y 
oro  y  plata  fuera  de  estos  Reinos,  porque  allende  de  la  que  se 
sacaba  para  Su  Majestad,  llevaban  los  que  iban  en  su  servicio 
muy  gran  cantidad  por  otras  vías,  así  de  negociación  como 
de  ganancia  que  en  ella  sentían. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  en  todos 
estos  Reinos  se  guardase  la  pragmática  que  estaba  hecha  acerca 
del  .medir  de  los  paños  sobre  tabla,  y  que  no  se  midiesen  con 
pulgada,  porque  de  ello  se  recibía  mucho  daño. 

Y  que  Su  Majestad  mandase  que  no  se  batiese  oro  ni  plata 
en  estos  Reinos  para  guardamecies,  so  graves  penas,  y  que  se 
guardase  y  ejecutase  la  pragmática  de  estos  Reinos  que  hablaba 
sobre  lo  dorado. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  no  se  cazase 
en  ningún  tiempo  del  año  con  redes  ni  perros  ni  con  perdigones 
ni  reclamos,  porque  era  grande  inconveniente  y  se  destruía  la 
caza,  y  que  las  ciudades  de  estos  Reinos  pudiesen  hacer  orde- 
nanzas cuales  pareciesen  convenientes  par.a  la  dicha  guarda,  po- 
niendo en  ellas  las  penas  que  fuesen  justas. 

13 


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Otrosí :  mandase  que  ninguno  comprase  el  jabón  por  junto, 
por  el  mucho  daño  que  venía  á  estos  Reinos  de  ello. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  obreros 
y  jornaleros  saliesen  á  trabajar  cuando  saliese  el  sol  y  volviesen 
cuando  se  pusiese,  y  no  fuesen  á  trabajar  á  otras  partes  sino 
aquellas  para  donde  fuesen  alquilados  y  cogidos  á  jornal. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  no  hubiese 
Procuradores  de  bulas,  sino  que  las  leyesen  y  publicasen  los 
curas  y  clérigos  de  las  parroquias  y  lugares  por  la  gran  desor- 
den que  en  esto  había. 

Asimismo  le  suplicaron  mandase  declarar  algunas  dudas  que 
había  en  las  Leyes  de  Toro,  por  no  estar  tan  declarado  lo  en 
ellas  contenido  como  convenía,  la  cual  declaración  importaba 
mucho  en  estos  Reinos. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  proveer  que  los 
caballeros  cuantiosos  (sic)  hiciesen  un  alarde  solo  en  un  año 
por  el  mes  de  Marzo  ó  por  Septiembre  y  que  cumpliese  el  tal 
caballero  con  presentar  en  el  alarde  un  caballo  suficiente,  aun- 
que -no  fuese  el  del  alarde  pasado,  porque  de  esta  manera  cesa- 
rían muchos  perjuicios  y  fraudes  que  en  esto  había. 

Otrosí :  le  suplicaron  -mandase  que  los  Gobernadores  y  Jue- 
ces de  residencia  y  sus  Alcaldes  mayores  de  los  dichos  partidos 
no  llamasen  ni  sacasen  á  los  oficiales  ni  Alcaldes  ni  mayordo- 
mos de  Concejo  ni  receptores  de  unos  lugares  á  otros  para  to- 
marles las  cuentas  de  los  propios  de  los  Concejos  y  penas  de  su 
Cámara  Real  y  obras  públicas  y  gastos  de  justicia,  pues  de 
derecho  no  se  podía  hacer. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  á  las  Justicias 
de  los  puertos  que  no  consintiesen  que  se  vendiesen  naos  á  los 
extranjeros,  y  que  al  tiempo  que  sus  dueños  saliesen  con  ellas 
de  los  dichos  puertos  diesen  fianzas  que  las  volverían  y  traerían 
testimonio  de  lo  que  de  ellas  hicieron. 

Otrosí;  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  las  escrituras 
de  ventas  y  bienes  raíces,  censos,  truecos  J  cambios  no  se 
pudiesen  hacer  sino  ante  los  Escribanos  del  número  de  la  villa 
de  Valladolid,  y  si  algunas  pasasen  y  se  otorgasen  ante  los 
Escribanos   reales  ó    Notarios   apostólicos  que    no    fuesen    del 


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número,  que  las  tales  escrituras  no  hiciesen  fe  ni  fuesen  nin- 
gunas. 

A  todas  las  cuales  peticiones  respondió  Su  Majestad  que 
lo  que  en  ellas  le  suplicaban  lo  tenía  ya  proveído  por  leyes  y 
pragmáticas  de  estos  Reinos,  las  cuales  mandaba  que  se  guar- 
dasen y  ejecutasen. 

Y  asimismo  se  dieron  otras  peticiones  que  por  ser  diferen- 
tes respuestas  se  pondrán  aquí  abajo  cada  una  por  sí. 

Primeramente  suplicaron  á  Su  Majestad  fuese  servido  de 
dar  orden  como  con  toda  brevedad  volviese  á  estos  Reinos  de 
Castilla  y  residiese  en  ellos  como  en  Reinos  tan  principales, 
porque  sería  hacerles  gran  merced  y  darles  gran  contentamiento, 
y  para  que  esto  se  pudiese  hacer  le  suplicaron  tuviese  paz  con 
los  Reyes  y  Príncipes  cristianos,  pudiéndolo  buenamente  hacer. 

Otrosí :  le  suplicaron  fuese  servido  de  mandar  que  el  Prín- 
cipe nuestro  Señor  no  saliese  de  España,  pues  sería  notorio 
daño  de  estos  Reinos.  Y  si  Su  Majestad  era  servido  que  Su 
Alteza  pasase  á  visitar  los  Reinos  y  Señoríos  que  Su  Majestad 
tenía  en  aquellas  partes,  fuese  después  de  la  venida  de  Su 
Majestad  á  estos  Reinos,  como  lo  tenían  escrito  por  carta  á 
Su  Majestad  con  Juan  Pérez  de  Cabrera,  Procurador  de  Cor- 
tes de  la  ciudad,  de  Cuenca,  y  que  se  entendiese  luego  en  que 
Su  Alteza  se  casase  en  estas  partes  de  España,  pues  su  edad 
lo  requería  y  estos  Reinos  recibirían  gran  bien  por  el  bene- 
ficio que  conseguirían  en  que  su  Real  persona  hubiese  más 
generación. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  antes  que  determinase 
la  ida  del  Príncipe  su  hijo  había  mirado  lo  que  le  suplicaban 
y  que  por  convenir  tanto  lo  había  mandado  poner  en  ejecu- 
ción, para  que  habiendo  visitado  los  Estados  que  tiene  en 
aquellas  partes,  y  entendiendo  la  gobernación  y  costumbre  de 
ellas,  pudiese  volver  á  estos  Reinos. 

Otrosí :  dijeron  "que  por  cuanto  en  las  Cortes  pasadas  des- 
pués que  Su  Majestad  las  había  mandado  celebrar  en  la  ciu- 
dad de  Segovia  el  año  de  1532  hasta  las  que  se  habían  celebrado 
el  año  de  1544,  los  Procuradores  que  en  las  dichas  Cortes  ha- 
bían recibido  suplicaron  á  Su  Majestad  y  al  bien  pro  común  de 


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er.tos  Reinos,   según  se  contiene  en  la  suplicación  que  por  los 
dichos  Procuradores  fueron  hechas  en  las  dichas  Cortes. 

Y  Su  Majestad  había  mandado  responder  á  los  dichos  capí- 
tulos que  mandaría  platicar  y  entender  en  ello  á  los  de  su  Con- 
sejo, y  á  otros  respondió  que  se  escribiría  sobre  ello  á  Su 
Santidad,  lo  cual  hasta  allí  sabían  que  se  había  entendido  en 
ello  ni  cumplido  ni  efectuado  cosa  alguna  de  ello,  suplicaron 
á  Su  Majestad  que  los  dichos  capítulos  que  así  habían  que- 
dado por  determinar  se  efectuasen  y  cumpliesen,  pues  eran 
provechosos  para  estos  Reinos  y  buena  gobernación  de  ellos. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  él  había  mandada 
ver  á  los  de  su  Consejo  que  viesen  los  capítulos  de  las  Cortes 
pasadas  de  que  ellos  hacían  memoria,  y  que  aquéllos  y  éstos 
que  ahora  daba  mandaría  responder  con  brevedad  lo  que  con- 
viniese. 

ítem  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  ser  servido  de  oir 
personalmente  todos  los  capítulos  generales  que  los  Procura- 
dores del  Reino  daban  y  diesen  de  allí  en  adelante  y  los  par- 
ticulares de  los  lugares  y  provincias,  y  que  esto  hiciese  en 
presencia  de  los  Procuradores  de  Cortes  que  los  hubiesen  he- 
cho y  fuesen  diputados  para  él,  por  que  pudiesen  informar  de 
palabra  las  dudas  que  en  ello  hubiese,  para  que  Su  Majestad 
los  proveyese  con  acuerdo  de  los  de  su  Consejo  como  cum- 
pliese al  bien  de  estos  Reinos. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  lo  que  le  suplicaban 
había  mandado  hacer  y  se  había  hecho  en  éstas  lo  que  en  las 
otras  pasadas  se  había  acostumbrado  á  hacer. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  fuese  servido  por  hacer 
bien  y  merced  á  estos  sus  Reinos  de  quitar  la  pragmática  de 
las  muías,  porque  por  experiencia  se  habían  visto  los  grandes 
daños,  peligros,  vejaciones  y  costas  que  por  razón  de  ella  se 
han  seguido  á  los  naturales  de  ellos,  especialmente  ahora  que 
andaban  muchos  á  ínula  por  las  licencias  que  tenían,  siendo 
mancebos  y  sanos  y  pudiendo  andar  á  caballo,  y  los  viejos  y 
enfermos  y  personas  de  letras  destruían  los  caballos  J  los  en- 
carecían, lo  cual  parecía  muy  feo  y  muy  desigual. 

A  lo  cual  Su  Majestad   respondió  que   había   por  bien  por 


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el  bien  público  de  estos  Reinos  de  moderar  la  dicha  pragmá- 
tica, permitiendo  y  dando  licencia  á  todos  y  á  cualquier  per- 
sona para  que  libremente  pudiesen  andar  de  campo  en  muías 
y  en  otras  cualesquier  bestias  caballares,  aunque  no  fuesen  de 
cualquier  tamaño  y  medida  que  fuesen  sin  embargo  de  la  dicha 
pragmática. 

Y  asimismo  le  suplicaron  hiciese  merced  á  estos  sus  Reinos 
■de  darles  el  encabezamiento  perpetuo,  pues  á  Su  Majestad  y 
á  los  Reinos  estaba  bien  ó  á  lo  menos  se  lo  mandase  Su  Ma- 
jestad prorrogar  por  otros  diez  años,  después  de  cumplido  el 
tiempo  del  encabezamiento  que  ahora  corría. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  cuando  fuese  tiempo 
•de  tratar  lo  que  se  le  suplicaba  mandaría  mirar  lo  que  convi- 
niese á  su  servicio  y  bien  del  Reino. 

Otrosí :  le  suplicaron  á  Su  Majestad  se  efectuase  lo  que  se 
había  respondido  en  las  Cortes  de  Segovia  el  año  de  1532 
sobre  llevar  los  derechos  de  las  vistas  de  los  procesos  los  Es- 
cribanos de  las  Audiencias,  para  que  el  Presidente  y  Oidores 
de  las  Cancillerías  enviasen  su  parecer  cerca  de  ello.  Y  si  lo 
habían  enviado  lo  viesen  de  su  Consejo  y  determinasen  breve- 
mente lo  que  convenía. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  estaba  tomada  resolu- 
ción en  su  Consejo  acerca  de  lo  contenido  en  su  petición  y 
dado  arancel,  el  cual  mandaba  que  se  guardase  y  efectuase. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  hubiese 
arancel  para  los  derechos  que  los  Alcaldes  de  la  hermandad 
habían  de  llevar,  porque  en  no  hacerse  redundaba  mucho  daño 
y  perjuicio. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  se  guardase  lo  que 
estaba  proveído  por  las  leyes  de  la  hermandad,  y  lo  que  no 
estuviese  determinado  los  Alcaldes  llevasen  los  derechos  con- 
forme á  su  arancel  Real  del  Reino,  sin  embargo  de  otra  cos- 
tumbre que  tuviesen  en  contrario. 

Asimismo  le  suplicaron  mandase  proveer  lo  contenido  en 
las  Cortes  de  Segovia  sobre  el  llevar  de  los  derechos  los  Jueces 
eclesiásticos  para  que  los  Prelados  moderasen  sus  aranceles 
conforme  al  Real. 


—  198  — 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  se  guardase  lo  que 
acerca  de  ello  estaba  proveído  en  las  Cortes  de  Toledo  y  que  los 
Corregidores  y  Jueces  de  residencia  tuviesen  cuidado  de  que  se 
guardase  entretanto  que  se  escribía  á  Su  Santidad  sobre  ello. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  Provi- 
sores hiciesen  residencia  como  lo  hacían  las  otras  Justicias  de 
estos  Reinos  y  que  ningún  Provisor  pudiese  tener  el  oficio  más 
de  dos  años.  Y  asimismo  hiciesen  residencia  los  Notarios  y 
oficiales  de  los  dichos  Provisores. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  en  cuanto  á  los  Pro- 
visores y  Jueces  eclesiásticos  mandaba  que  se  efectuase  lo  con- 
tenido y  proveído  en  las  Cortes  de  Segovia.  Y  cuanto  á  los 
jueces  de  los  Prelados  y  personas  eclesiásticas  mandaba  que  se 
guardasen  las  leyes  de  estos  Reinos. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  proveer  lo  con- 
tenido en  las  Cortes  de  Segovia  sobre  los  aposentos  de  la 
Corte,  y  que  el  aposentador  mayor  fuese  caballero  natural  de 
estos  Reinos,  y  que  la  nómina  de  los  que  se  hubiesen  de  apo- 
sentar se  presentase  ante  el  Concejo  y  Justicia  y  Regidores  de 
la  ciudad  ó  villa  donde  se  hubiese  de  hacer  el  aposento,  y  como 
fuese  acabado  de  hacer  el  aposento  mandase  Su  Majestad  que 
uno  de  su  Real  Consejo  ó  Alcalde  de  su  Corte  juntamente  con 
dos  Regidores  de  la  dicha  c'udad  visitasen  el  dicho  aposento 
y  viesen  si  estaba  hecho  conforme  á  la  dicha  nómina  y  leyes 
de  estos  Reinos  y  á  lo  que  convenía. 

Y  Su  Majestad  respondió  que  para  la  orden  del  aposento 
estaba  muy  bien  proveído  lo  que  convenía,  y  para  la  desorden 
que  decían  que  había,  tenía  por  bien  y  le  placía  que  cuando 
conviniese  se  visitase  el  aposento. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  no  se  trajese  ropa  de 
las  aldeas  para  la  Corte  y  Consejo  de  Su  Majestad,  y  que  lo 
mismo  se  entendiese  en  la  Corte  de  la  Reina  Doña  Juana  nues- 
tra Señora. 

Y  Su  Majestad  respondió  que  en  cuanto  al  traer  la  ropa  de 
las  aldeas  tenía  por  bien  que  lo  proveído  en  las  Cortes  pasadas 
se  prorrogase  por  otros  tres  años.  Y  en  lo  de  la  casa  de  la  Reina 
nuestra  Señora  mandaba  que  no  se  hiciese  novedad. 


—  199  — 

Asimismo  le  suplicaron  que  mandase  que  en  los  casos  que 
el  Juez  procediese  de  su  oficio  y  condenase  en  algunas  penas, 
que  no  pudiese  llevar  parte  el  denunciador,  sino  que  su  parte 
se  aplicase  á  la  Cámara,  y  lo  que  se  condenase  por  las  orde- 
nanzas se  aplicase  para  los  propios  de  las  ciudades  y  villas. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  le  placía  que  cuando 
el  Juez  procediese  de  su  oficio  no  llevase  la  parte  que  se  había 
de  dar  al  denunciador,  y  en  lo  demás  mandaba  que  se  guardasen 
las  leyes  de  sus  Reinos. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  en  denun- 
ciaciones de  blasfemias  que  no  se  pudiesen  tomar  por  testigos 
los  criados  de  los  alguaciles  ni  hombres  de  justicias,  y  si  algu- 
nos tomasen  no  hiciesen  fe. 

A  lo  cual  respondió  Su  Majestad  que  los  Jueces  ante  quien 
se  denunciasen  semejantes  casos  hiciesen  lo  que  fuese  justicia, 
teniendo  respeto  á  la  calidad  de  la  persona  y  testigos. 

ítem :  le  suplicaron  mandase  que  se  guardase  lo  que  se 
había  respondido  en  las  Cortes  de  Segovia  para  que  los  Jueces 
del  vino  y  montazgo  presentasen  sus  poderes  antes  que  usasen 
de  sus  cargos.  Y  que  lo  mismo  se  entendiese  é  hiciesen  lo  mismo 
los  Alcaldes  de  las  salinas  y  seda  y  puertos  secos  y  almojari- 
fazgos. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  tenía  por  bien  que  lo 
proveído  en  las  Cortes  de  Segovia  acerca  del  servicio  y  mon- 
tazgo y  moneda  forera  se  extendiese  á  los  ¿Alcaldes  de  las  sa- 
linas y  seda  y  puertos  secos  y  almojarifazgos.  Y  cuanto  á  lo 
de  las  instrucciones  y  provisiones,  que  se  vería  en  su  Consejo. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  ladrones 
por  el  primer  hurto  fuesen  señalados  en  las  mejillas  de  la 
cara  de  una  escalera  y  por  el  segundo  hurto  los  echasen  á  las 
galeras  perpetuamente  ó  los  ahorcasen,  porque  eran  muchos 
ios  ladrones  que  había. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  de  su  Consejo  y 
Audiencias  platicarían  lo  que  convenía  que  se  hiciese  sobre  ello 
y  enviasen  sus  pareceres  á  su  Consejo  para  que  proveyesen  lo 
que  más  conviniese. 

Otrosí :    suplicaron    á    Su    Majestad    que    si   las   sentencias 


—  200  —     . 

dadas  por  los  Jueces  ordinarios  del  Reino  se  confirmaban  en 
las  Cancillerías,  que  las  tales  sentencias  como  la  ejecución  de 
ellas  se  hubiesen  de  remitir  al  Juez  ordinario  para  que  las 
penas  de  la  Cámara  las  cobrase  el  receptor  de  la  ciudad  ó 
villa  y  la  parte  que  perteneciese  al  Juez  la  pudiese  el  mismo 
Juez  cobrar. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  las  probanzas  de  los 
hijosdalgo  que  estaban  hechas  hasta  el  día  de  hoy  se  les  die- 
sen á  los  hijosdalgo  signadas  de  Escribano  de  los  hijosdalgo 
ante  quien  pasaron  y  firmadas  y  signadas  de  los  dichos  Alcaldes 
y  Notarios  conforme  á  derecho,  porque  á  muchos  se  les  tenían 
retenidas ;  y  lo  mismo  se  hiciese  de  ahí  en  adelante,  por  que  los 
dichos  hijosdalgo  las  tuviesen  y  guardasen  y  pusiesen  en  re- 
caudo como  cosas  en  que  les  iba  su  libertad. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  las  Audiencias  platica- 
sen sobre  ello  y  enviasen  su  parecer  á  los  de  su  Consejo  para 
que  se  proveyese  lo  que  más  conviniese. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  ver  las  averiguaciones  y 
razones  que  daban  y  habían  presentado  los  pueblos  que  decían 
que  no  habían  de  pagar  servicio,  para  que  siendo  justicia  se 
repartiese  sobre  ellos  los  otros  pechos  del  Reino. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  nombraría  personas 
de  su  Consejo  para  que  juntamente  con  los  Contadores  viesen 
los  procesos  é  informaciones  que  sobre  ello  había  é  hiciese  jus- 
ticia. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  proveer  acerca 
de  lo  contenido  en  las  Cortes  de  Segovia  para  que  se  acrecentase 
la  pena  á  los  que  se  casasen  dos  veces,  porque  así  convenía 
según  la  frecuencia  del  delito. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  mandando  que  las  Justicias 
tuviesen  especial  cuidado  de  ejecutar  en  ellos  las  penas  esta- 
blecidas por  derecho  y  leyes  de  estos  Reinos,  y  que  la  pena 
de  destierro  de  cinco  años  que  la  ley  les  daba  de  partida  se 
entendiese  para  sus  galeras.  Y  que  por  esto  no  se  entendiese 
disminuirse  la  dicha  pena  que  según  derecho  y  leyes  de  estos 
Reinos  se  debiese  de  dar. 

Otrosí :    suplicaron    á   Su   Majestad    mandase  que    en   cada 


—  201  — 

pueblo  grande  se  pusiese  una  persona  que  fuese  tasador  á  quien 
se  llevasen  las  escrituras  y  procesos  civiles  y  criminales  á  tasar 
para  que  los  Escribanos  llevasen  los  derechos  de  ellas  conforme 
á  la  tasación  J  no  más. 

A  lo  cual  Su  Mai estad  respondió  que  se  guardasen  las  leyes 
del  Reino  y  las  Justicias  tuviesen  el  cuidado  que  eran  obligados 
en  la  tasación  para  que  no  se  llevasen  derechos  demasiados. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  en  estos  Reinos  no  hu- 
biese protomédicos  ni  protoalbéitares  por  ser  de  ningún  pro- 
vecho, porque  reprobaban  á  los  hábiles  y  suficientes  dando 
título  á  los  inhábiles  por  dineros,  y  se  entremetían  en  otras 
cosas  muy  diferentes  á  su  oficios,  y  mandase  á  las  Justicias 
ordinarias  guardasen  las  leyes  acerca  del  visitar  de  las  boticas 
y  otros  oficios. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  de  su  Consejo 
viesen  las  leyes  y  pragmáticas  y  cédulas  que  sobre  (ello)  esta- 
ban dadas  y  platicasen  en  ello  y  se  lo  consultasen  para  que 
proveyese  lo  que  más  conviniese. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  efectuar  lo  con- 
tenido en  la  respuesta  de  la  petición  que  se  dio  en  las  Cortes 
de  Segovia  para  que  se  redujesen  los  hospitales  que  hubiese 
en  cada  pueblo  á  uno  general  ó  dos,  dejando  en  pie  las  memo- 
rias de  los  hospitales,  en  lo  cual,  allende  de  hacer  servicio  á 
Dios,  se  quitarían  muchos  inconvenientes. 

Y  Su  Majestad  respondió  que  se  diesen  provisiones  nece- 
sarias conforme  á  lo  respondido  en  las  Cortes  de  Segovia,  para 
que  se  proveyese  lo  que  conviniese. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  escribir  á  Su  Santidad,  como 
estaba  pedido  en  las  Cortes  de  Madrid  en  el  año  de  34,  acerca 
de  los  entredichos  que  en  estos  Reinos  se  ponían,  y  que  los 
conservadores  no  citasen  de  una  dieta  en  adelante,  y  que  los 
priores,  comendadores  y  religiosos  no  aceptasen  oficios  de  con- 
servadores. Y  que  los  que  tenían  dignidades,  canongías  y  be- 
neficios curazgos  en  las  iglesias  de  estos  Reinos  y  estuviesen 
fuera  de  ellos  los  viniesen  á^residir,  y  que  hubiese  dos  Prelados, 
uno  de  los  puertos  á  aquella  parte  y  otro  de  los  puertos  á  esta 
parte  para  que  conociesen  de  las  apelaciones  que  se  interpusie- 


—  202  — 

sen  de  los  Jueces  delegados  y  conservadores  de  Su  Santidad. 

A  todo  lo  cual  respondió  Su  Majestad  que  visto  lo  que  en 
el  Concilio  se  proveía  y  ordenaba  en  las  cosas  contenidas  en 
este  capítulo  miraría  lo  que  se  pudiese  y  debiese  proveer  acerca 
de  ello. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  proveer  que 
cuando  se  hiciesen  repartimientos  del  subsidio  se  tuviese  el 
miramiento  y  cuidado  que  convenía  para  que  se  hiciese  bien 
conforme  al  verdadero  valor,  y  que  el  Comisario  mandase  de- 
clarar los  verdaderos  valores. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  se  platicaría  con  el 
Comisario  general  para  que  se  diese  la  orden  que  en  ello  se 
debiese  tener. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  proveer  para  que  el  pan  que 
los  pueblos  hubiesen  de  dar,  demás  el  precio  del  encabeza- 
miento general,  lo  diesen  en  dinero  y  no  en  pan  tasado  á 
precio  moderado.  Y  lo  mismo  hiciesen  con  el  pan  situado  que 
había  en  algunas  ciudades  y  villas  del  Reino,  porque  pagándolo 
en  pan  se  recibía  notorio  daño,  y  Su  Majestad  señalase  día  en 
que  el  Reino  se  obligase  para  la  paga  de  ello. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  de  su  Consejo 
juntamente  con  los  Contadores  platicasen  lo  contenido  en  su 
petición  y  consultasen  con  él  la  resolución  que  en  ello  tomasen 
para  que  vista  se  proveyese  lo  que  más  conviniese  á  su  servicio 
y  bien  del  Reino. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  todas  las  Justicias  de 
estos  Reinos  guardasen  la  pragmática  de  los  trajes  y  que  no 
se  echase  guarnición  ninguna  en  sayos,  ni  capas,  ni  calzas,  ni 
jubones,  ni  hubiesen  pespuntes  en  los  dichos  vestidos.  Y  lo 
mismo  se  hiciese  y  guardase  en  los  vestidos  de  las  mujeres  de 
cualquiera  calidad  y  condición  que  fuesen,  y  mandase  que  nin- 
gún sastre  pudiese  hacer  los  tales  vestidos  con  guarnición 
alguna. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  se  guardase  la  prag- 
mática hecha  por  él,  y  en  lo  demás  contenido  en  su  suplicación 
los  de  su  Consejo  lo  platicasen  con  las  personas  que  les  pa- 
reciese que  conviniese  y  tomasen  resolución,  la  cual  consulta- 


—  203  — 

sen  con  él  para  que  mandase  proveer  lo  que  más  conviniese  al 
bien  de  estos  Reinos. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  los  Reinos  de  Aragón 
y  Valencia  bajasen  la  moneda  de  oro  al  precio  que  valía  en 
estos  Reinos,  porque  con  ello  no  se  sacaría  de  ellos  la  moneda 
de  oro  para  los  Reinos  de  Aragón  y  Valencia. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  lo  mismo  que  en  la  peti- 
ción pasada. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  ningún  mercader  ni 
otras  peronas  pudiesen  sacar  de  estos  Reinos  cordobanes  la- 
brados ni  por  labrar  ni  en  los  borceguíes  ni  en  guantes  para 
otros  Reinos  extraños. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  no  se  sacasen  cordoba- 
nes de  estos  Reinos,  curtidos  ni  en  otra  manera,  so  pena  que  el 
que  lo  hiciese  por  la  primera  vez  perdiese  los  cordobanes  con  el 
doblo  y  por  la  segunda  los  cordobanes  y  la  mitad  de  sus  bienes 
y  por  la  tercera  incurriesen  en  pena  de  muerte  y  en  perdi- 
miento de  todos  sus  bienes. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  se  ejecutasen  las  leyes  que 
hablaban  en  prohibir  la  saca  de  las  carnes  de  estos  Reinos  y 
que  no  se  diese  licencia  á  los  arrendadores  de  los  puertos  secos 
para  dejarlas  sacar  pagando  el  diezmo  de  ellas,  ni  en  otra  ma- 
nera ;  y  que  mandase  no  se  matase  en  estos  Reinos  ningún  ter- 
nero, ternera,  cordero  ni  cordera,  y  que  los  ejidos  que  los 
Concejos  habían  rompido  por  licencia  de  Su  Majestad  mandase 
que  los  dejasen  luego,  y  que  de  allí  en  adelante  no  los  arasen 
por  la  falta  que  había  de  dehesas  para  los  ganados.  Y  Su  Ma- 
jestad mandase  asimismo  que  en  estos  Reinos  no  entrasen  ga- 
nados de  Portugal  y  que  so  graves  penas  prohibiese  que  ninguna 
persona  pudiese  comprar  ningún  ganado  para  tornar  á  reven- 
der, excepto  las  personas  que  fuesen  á  carnicerías  de  pueblo. 
A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  mandando  que  la  pragmá- 
tica por  él  hecha  acerca  de  que  no  se  matasen  terneras  se  eje- 
cutase y  que  se  extendiese  á  los  terneros.  Y  en  cuanto  al  ve- 
damiento de  la  saca  de  las  carnes  y  á  lo  que  decían  de  los  puer- 
tos, sus  Contadores  lo  viesen  y  le  enviasen  su  parecer,  para  que 
viéndolo  con  los  de  su  Consejo  lo  mandase  proveer.   Y  en  lo 


—  204  — 

de  los  ejidos  que  decían  que  estaban  ajenados  y  rompidos  y 
vendidos  se  informasen  los  de  su  Consejo  de  ello  y  diesen  las 
provisiones  necesarias  para  que  se  quitasen  y  redujesen  á  los 
Concejos  cuyos  eran. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  oficiales 
de  los  Regimientos  y  Cabildos  que  tuviesen  tiendas  ó  tratos  pú- 
blicos los  dejasen,  y  que  de  allí  en  adelante  no  pudiesen  tener 
los  dichos  tratantes  los  tales  oficios,  si  no  fuesen  los  que  sir- 
viesen las  Casas  Reales. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  cuando  se  proveyesen 
los  oficios  que  decían  tendría  advertencia  que  se  proveyesen 
á  personas  cuales  conviniese.  Y  mandó  que  cuando  se  tomasen 
las  residencias  los  Corregidores  y  Jueces  se  informasen  de  lá 
calidad  de  los. Regidores  y  tratantes  y  de  sus  tratos  é  inconve-* 
nientes  que  se  seguían  de  ello,  y  diesen  noticia  de  ello,  al  Con- 
sejo para  que  proveyese  lo  que  conviniese. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  que  por  cuanto  algunas 
personas  tenían  por  trato  de  comprar  por  vía  de  recatonia  to- 
das las  mercaderías  de  paños  y  sedas  y  otras  provisiones  y  man- 
tenimientos que  venían  á  las  ferias  de  Medina  y  Villalón  para 
tornarlos  á  vender  en  las  mismas  ferias  y  otros  mercados  para 
la  provisión  de  las  villas  y  lugares  de  estos  Reinos,  por  lo 
cual  y  porque  había  más  de  una  venta  en  las  dichas  mercade- 
rías se  encarecía  mucho  el  precio  de  ellas,  suplicaron  á  Su  Ma- 
jestad mandase  remediar  como  no  hubiese  semejantes  recato- 
nes en  las  dichas  ferias  J  mercados. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  de  su  Consejo 
platicasen  en  ello  para  que  se  proveyese  lo  que  conviniese  al 
bien  del  Reino. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  en  los  pue- 
blos donde  hubiese  obraje  de  paños  hubiese  casa  de  veedoría, 
porque  de  no  haberla  recibían  los  Reinos  gran  perjuicio,  por- 
que los  paños  que  en  él  se  labraban  tenían  grandes  defectos. 

A  la  cual  petición  respondió  Su  Majestad  lo  que  en  la 
pasada. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  ver  las  pragmá- 
ticas hechas  sobre  el  obraje  de  los  paños  y  las  modificaciones 


—  205  — 

que  después  se  hicieron  de  ellas  en  el  año  1529  y  cierta  pro- 
visión que  se  dio  en  el  año  de  1532  y  todo  lo  demás  que  con- 
viniere verse  y  se  platicase  en  su  Real  Consejo  con  hombres 
de  experiencia  del  dicho  obraje,  y  visto  lo  uno  y  lo  otro  man- 
dase proveer  lo  que  más  conviniese. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  lo  mismo  que  en  las  dos 
pasadas. 

Otrosí :  le  suplicaron  mandase  que  los  tundidores  no  car- 
dasen los  enveses  de  los  paños  con  carda  viva  ni  frisasen  los 
paños  con  trementina,  porque  era  grande  el  perjuicio  que  los 
paños  recibían. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  lo  mismo  que  en  las  tres 
pasadas. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  el  zapa- 
tero no  fuese  curtidor,  por  los  muchos  inconvenientes  que  de 
ello  se  seguían,  que  fueron  declarados  en  las  Cortes  de  Valla- 
dolid  del  28. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  se  diese  noticia  á  los 
de  su  Consejo  de  los  lugares  donde  aquello  se  hacía,  y  que  se 
proveería  lo  que  más  conviniese. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  platicar  en  su 
Consejo  con  hombres  de  experiencia  la  orden  que  se  podría 
tener  para  que  se  vistiese  más  barato  la  gente  llana  y  ciuda- 
dana, por  el  gran  daño  que  recibían  de  no  poderse  vestir  sino 
de  paños  finos  ó  de  otros  que  á  lo  menos  costaban  á  20  y  22 
reales  la  vara,  ó  si  sería  bien  que  á  falta  de  no  hacerse  en  el 
Reino  que  entrasen  paños  forasteros,  sin  embargo  que  tuvie- 
viesen  aquella  cuenta  que  el  obraje  de  los  paños  hablaba  con 
que  el  mercader  que  los  trajese  ó  vendiese  declarase  al  que  los 
vendiese  que  aquel  tal  paño  era  extranjero. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  de  allí  en  adelante  se 
pudiesen  traer  y  vender  en  estos  Reinos  paños  de  extranjeros, 
aunque  no  tuviesen  la  cuenta  de  los  paños  de  ellos,  y  que  los 
mercaderes  de  vara  los  pudiesen  vender  declarando  como  eran 
extranjeros  y  habiéndolos  primero  mojado  á  todo  mojar,  so 
pena  de  10.000  maravedíes,  repartido  á  la  Cámara,  Juez  y  acu- 
sador. 


—  206  — 

Otrosí:  suplicaron  mandase  que  ninguna  persona  arren- 
dase el  pan  de  las  rentas  de  los  maestrazgos  ni  otras  rentas 
de  iglesias  y  monasterios,  ni  Obispados,  ni  beneficios,  ni  Es- 
tados de  señores  ni  caballeros,  ni  encomiendas  á  dinero,  pues 
ellas  eran  rentas  de  pan,  porque  con  hacerse  así  los  Prelados 
y  señores  y  caballeros  cogerían  los  frutos  que  les  pertenecían 
y  habían  de  haberse  de  sus  diezmos  y  rentas  y  venderlos  á  un 
precio  que  las  gentes  los  pudiesen  comprar,  y  el  dinero  que 
por  ellos  les  diesen  se  quedaría  y  gastaría  en  estos  Reinos,  que 
era  gran  beneficio  de  ellos. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  había  por  bien  y  man- 
daba que  la  pragmática  hecha  por  él  contra  los  revendedores 
de  pan  se  extendiese  y  entendiese  asimismo  á  los  arrendadores 
que  vendiesen  pan  de  lo  que  hubiesen  habido  de  los  tales 
arrendamientos  y  se  ejecutase  así  en  los  unos  y  en  los  otros. 

Otrosí  :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  pueblos 
eligiesen  todos  y  cualesquiér  oficios  públicos  y  de  Consejos 
que  solían  y  acostumbraban  elegir  los  Regidores  conforme  á  las 
leyes  de  estos  Reinos,  como  generalmente  se  hacía .  en  ellos 
por  votos,  que  era  donde  la  mayor  parte  de  los  Regidores  vo- 
taban, y  en  ello  se  excusarían  muchas  discordias  y  debates  y 
pasiones  y  perjuros. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  de  su  Consejo 
habían  mandado  tomar  cierta  información  de  las  ordenanzas 
acerca  de  lo  que  suplicaban,  y  vista  proveería  lo  que  en  tal  caso 
conviniese. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  fuese  servido  de  mandar 
señalar  los  puertos  donde  se  servíase  á  la  entrada  del  ganado 
ó  si  fuese  á  la  salida  se  serviase  por  las  que  estuviesen  vivas 
y  pagase  al  serviciador  la  costa  (y)  yerba  del  ganado  que  ser- 
viase, pues  llevaría  ovejas  con  carneros. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  eme  los  de  su  Consejo  oídos 
los  Contadores  platicasen  y  viesen  la  orden  que  se  podía  tener 
para  que  cesasen  los  inconvenientes  que  decían  y  la  consulta- 
sen con  él  para  que  mandase  lo  que  conviniese. 

Otrosí :  le  suplicaron  permitiese  que  los  que  vivían  en  las 
costas  de  mar  y  en  los  confines  de  Reinos  como  era  Galicia, 


—  207  — 

pudiesen  traer  todo  género  de  armas,  porque  así  convenía  á 
todo  género  de  defensión  de  Su  Majestad  J  Reinos,  y'  que  se 
entendiese  que  las  pudiesen  traer  tres  leguas  en  rededor  de  los 
dichos  puertos  y  no  más. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  habida  información 
del  Gobierno  y  Alcaldes  mayores  de  aquel  Reino,  por  los  de 
su  Consejo  proveyesen  lo  que  convenía. 

Asimismo  hicieron  saber  á  Su  Majestad  que  en  muchas  ciu- 
dades, villas  y  lugares  de  estos  Reinos  que  eran  de  las  Ordenes 
de  Santiago,  Alcántara  y  Calatrava  y  otras  partes  había  muy 
grandes  bandos  y  diferencias  á  causa  que  las  Escribanías  públi- 
cas y  las  de  los  Gobernadores  de  las  dichas  provincias  y  Ordenes 
andaban  por  arrendamientos,  y  unos  años  las  arrendaban  en  un 
bando  dando  por  ellas  cuatro  ó  cinco  veces  más  de  lo  que  valían 
y  otro  año  las  tornaban  á  pujar  los  contrarios  por  vengarse  unos 
de  otros  sus  injurias  y  rencores,  suplicaban  á  Su  Majestad 
mandase  poner  el  remedio  que  conviniese. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  declarando  en  su 
Consejo  los  lugares  é  inconvenientes  se  proveería  lo  que  con- 
viniese. 

Otrosí :  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  que 
hubiesen  cortado  madera  en  las  provincias  de  Vizcaya  y  Gui- 
púzcoa de  diez  años  á  esta  parte  plantasen  de  robles  todas  las 
tierras  en  que  habían  cortado  árboles,  y  que  de  allí  en  adelante 
mandase  que  ninguno  pudiese  cortar  árbol  sin  que  plantase 
dos  de  roble  por  él. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  de  su  Consejo 
proveyesen  como  los  Corregidores  de  aquellas  provincias  hu- 
biesen especial  cuidado  del  remedio  y  provisión  de  ello. 

Otrosí :  hacían  saber  á  Su  Majestad  que  en  el  Reino  de 
Galicia  y  en  muchas  partes  de  estos  Reinos  y  Señoríos  que 
eran  de  montañas  había  y  se  criaba  en  ellos  mucho  número  de 
fieras  grandes  como  eran  osos,  lobos,  puercos,  jabalíes  y  ve- 
nados que  hacían  gran  daño  en  los  panes  y  en  otros  sembrados 
y  en  todo  género  de  ganados  de  que  se  sustentaban  y  mante- 
nían los  labradores  que  cerca  de  allí  habitaban,  por  causa  que 
muchos  Grandes  y  caballeros  sustentaban  que  no  los  corriesen 


—  208  — 

y  matasen  por  su  pasatiempo  y  recreación,  y  si  algún  labrador. 
lo  intentaba  hacer  lo  maltrataban  poniéndole  gran  miedo  y 
amenazas,  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  remediar  lo  que 
conviniese  á  su  servicio. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  el  Gobernador  y  Al- 
calde mayores  del  Reino  de  Galicia  informasen  á  su  Consejo 
de  ello  para  que  visto  se  consultase  con  él. 

Asimismo  suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  proveer  que 
el  Comisario  general  de  la  Cruzada  ni  sus  delegados  no  diesen 
impetras  ni  licencias  para  pedir  ni  hacer  padrones,  pues  no 
era  necesaria  ni  ellos  la  podían  ni  debían  dar  ni  competía  á 
sus  oficios  darlas,  y  mandase  que  se  revocasen  las  que  estaban 
dadas,  y  si  algunas  se  diesen  fuese  por  término  limitado,  por 
que  demás  del  daño  que  recibían  los  pueblos  se  introducía  en 
la  república  una  nueva  manera  de  vagabundos  y  gente  perdida, 
los  cuales  decían  muchas  falsedades  y  mentiras  y  hacían  en- 
tender á  la  gente  simple  muchas  cosas  contra  nuestra  fe  ca- 
tólica. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  lugares  donde 
aquello  se  hacía  ocurriesen  á  su  Consejo,  donde  se  proveería 
lo  que  conviniese  para  el  remedio  de  lo  que  decían. 

Otrosí :  hicieron  saber  á  Su  Majestad  que  á  causa  de  pasar 
tantas  mercaderías  como  pasaban  á  las  Indias,  no  solamente 
estos  Reinos,  mas  las  dichas  Indias  eran  gravemente  perjudi- 
cados, porque  las  más  de  las  cosas  que  llevaban  tenían  de  ellas 
provimiento  bastante  (si  usasen  de  él) ,  porque  tenían  mucha 
lana  y  muy  buena  con  que  podían  hacer  muy  buenos  paños  en 
gran  cantidad  de  algodón.  Y  en  algunas  provincias  de  las  dir- 
chas  Indias  había  mucha  seda  de  que  se  podían  hacer  muy 
buenos  rasos  y  terciopelos  y  en  ellas  había  mucha  corambre 
para  hacer  calzado  de  que  se  proveían  otras  provincias,  lo 
cual  todo  dejaban  de  hacer  á  causa  de  llevárselo  hecho  de  estos 
Reinos,  y  los  naturales  de  ellos  que  vivían  en  aquellas  partes 
no  tenían  cuidado  de  trabajar,  y  con  la  riqueza  de  ellos  había 
tanto  exceso  en  los  vestidos  de  los  hombres  y  mujeres  que  ellos 
residían  que  no  daban  lugar  á  que  los  de  estos  Reinos  de 
Castilla  pudiésemos  vivir  por  ocasión  de  las  grandes  ganancias 


—  209  — 

que  los  mercaderes  que  trataban  en  las  dichas  Indias  hacían. 
Por  manera  que  aquellas  tierras  y  éstas  están  muy  damnificadas. 
Suplicaron  á  Su  Majestad  mandase  que  los  del  Consejo  de  las 
Indias  se  juntasen  con  los  de  su  Consejo  Real  y  tratasen  y 
platicasen  el  remedio  del  dicho  daño. 

A  lo  cual  Su  Majestad  respondió  que  los  del  Consejo  de  las 
Indias  se  juntasen  con  los  del  Consejo  Real  y  platicasen  sobre 
su  suplicación  y  se  resolviese  en  lo  que  pareciese  que  convenía 
proveerse,  y  le  avisasen  de  la  resolución  que  tomasen  para  que 
vista  pudiese  mejor  determinar  lo  que  su  servicio  fuese. 

Asimismo  se  dieron  otras  muchas  peticiones  cerca  de  otras 
muchas  cosas  tocantes  al  servicio  y  buen  gobierno  de  la  re- 
pública, de  las  cuales  por  no  haberse  proveído  cosa  en  ellas 
no  hacemos  al  presente  mención. 

Y  mandó  Su  Majestad  á  todos  los  Corregidores  y  Justicias 
de  su  Reino  viesen  las  dichas  peticiones  y  respuestas  dadas 
por  Su  Majestad  á  ellas,  y  las  guardasen,  cumpliesen  y  ejecu- 
tasen, y  las  hiciesen  cumplir  y  ejecutar  en  todo  y  por  todo 
según  en  ellas  se  contenía,  como  le  Tes  y  pragmáticas  suyas  y 
por  él  hechas  y  promulgadas  en  Cortes,  y  contra  la  forma  de 
ellas  no  fuesen  ni  consintiesen  ir  ni  pasar  ahora  ni  en  ningún 
tiempo  so  la  pena  en  que  caían  é  incurrían  los  que  quebranta- 
ban cartas  de  sus  Re3^es  y  Señores  naturales,  so  pena  de  su 
merced  y  de  10.000  maravedíes  para  su  Cámara  á  cada  uno  que 
lo  contrario  hiciese.  Y  por  que  lo  susodicho  fuese  público  y 
notorio  mandaba  fuese  pregonado  públicamente  en  su  Corte 
para  que  viniese  á  noticia  de  todos.  Dada  en  la  villa  de  Colibre, 
que  es  en  el  Principado  de  Cataluña,  á  ocho  días  de  Noviembre. 

Y  lo  que  trajo  Juan  Pérez  de  Cabrera,  Procurador  de  la 
ciudad  de  Cuenca,  á  quien  los  Procuradores  de  Cortes  habían 
enviado  á  Su  Majestad  á  Alemania  suplicándole  que  fuese  ser- 
vido que  el  Príncipe  D.  Felipe  su  hijo  no  saliese  de  España, 
y  que  si  fuese  necesaria  su  salida  no  se  partiese  hasta  que  Su 
Majestad  tuviese  por  bien  de  venir  á  estas  partes,  y  que  el 
Príncipe  se  casase.  A  todo  lo  cual  Su  Majestad  respondió  di- 
ciendo que  les  agradecía  su  buena  voluntad  y  se  lo  tenía  en 
servicio,  y  que  cuanto  á  la  ida  del  Príncipe  no  se  podía  excu- 

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—  210  — 

sar,  porque  habiendo  de  suceder  en  tantos  Reinos  fuera  de  los 
de  España  era  razón  que  todos  ellos  lo  viesen  y  conociesen, 
pues  había  de  ser  su  Señor.  Y  en  cuanto  á  lo  demás,  él  tenía 
bien  entendido  la  necesidad  que  había  que  el  Príncipe  se  ca- 
case, para  más  asegurar  la  sucesión,  y  que  él  tenía  determinado 
de  entender  en  ello  como  convenía  al  servicio  de  Dios..  Y 
cuanto  á  lo  de  su  venida  á  España  que  él  les  tenía  en  señalada 
gracia  y  servicio  el  deseo  que  de  verle  tenían  y  que  él  espe- 
raba en  Dios  que  le  daría  orden  como  en  las  cosas  de  aquellas 
partes,  especialmente  en  las  que  tocaban  á  la  fe  y  religión,  se 
asentasen,  lo  cual  como  hubiese  hecho  se  desembarazaría  para 
venir  á  España. 


CAPITULO  XXI 

Cómo  el  Príncipe  D.  Felipe  fué  por  las  Infantas  sus  hermanas, 
que  estaban  en  Alcalá  de  Henares,  y  las  trajo  á  Valladolid. 

Y  de  otras  cosas  que  acontecieron  á  señores  de  estos  Reinos 
y  provisiones  que  Su  Majestad  hizo  de  Obispados. 

Sabida  por  el  Príncipe  D.  Felipe  la  determinación  de  Su 
Majestad,  que  era  que  el  Príncipe  Maximiliano  viniese  á  Es- 
paña á  casarse  con  la  Infanta  Doña  María  y  que  ambos  gober- 
nasen el  Reino,  determinó  de  ir  por  las  Infantas  sus  hermanas, 
que  estaban  en  Alcalá  de  Henares,  y  traerlas  á  Valladolid,  para 
que  allí  -más  cómodamente  se  pudiese  hacer  la  fiesta. 

Y  así  se  partió  de  Valladolid  con  algunos  caballeros  de  la 
Corte  v  fué  á  Madrid  y  á  Alcalá  de  Henares,  donde  procuró 
que  las  Infantas  se  pusiesen  en  orden  con  toda  su  casa  con 
mucha   brevedad. 

Y  después  de  estar  todo  á  punto  las  sacó  de  la  dicha  villa 
y  las  trajo  á  la  de  Valladolid  y  á  su  posada,  que  eran  las  casas 
del  Conde  de  Benavente,  por  no  querer  posar  en  las  del  Comen- 
dador mayor.de  León  por  causa  de  haberse  allí  muerto  la  Prin- 
cesa Doña  María,  su  mujer. 

Y  en  este  año  aconteció  que  como  el  Marqués  de  Monte- 


—  211  — 

mayor  íué  casado  con  una  hermana  de  Juan  de  Vega,  Visonxy 
de  Sicilia,  en  la  cual  entre  otros  hijos  tenía  dos  hijas  muy  her- 
mosas, de  una  de  las  cuales  (quisieron  decir)  que  el  Marqués 
su  padre  se  había  enamorado  y  que  le  hacía  todas  las  demostra- 
ciones y  tratos  (quitado  aparte  el  carnal)  que  suelen  hacer  los 
hombres  á  las  mujeres  de  quien  se  quieren  aprovechar. 

Y  la  madre  celosa  de  ver  esto  dicen  que  escribió  á  su  her- 
mano Juan  de  Vega  este  negocio,  y  que  Juan  de  Vega  lo  escri- 
bió al  Emperador,  el  cual  envió  á  mandar  que  uno  de  los  de  su 
Consejo  fuese  á  la  ciudad  de  Toledo  y  secretamente  hubiese  la 
información  de  lo  que  sobre  el  tal  caso  pasaba,  y  que  el  Mar- 
qués fuese  castigado  si  se  hallase  culpado  en  el  tal  delito,  y  si 
no,  no  fuese  publicada  tan  fea  cosa. 

A  lo  cual  fué  el  Licenciado  Hernando  de  Montalvo,  del  Con- 
sejo Real,  yendo  con  ocasión  de  ir  á  entender  en  ciertos  tér- 
minos entre  Toledo  y  otra  villa  allí  vecina.  Y  estando  enten- 
diendo en  los  dichos  términos  tomó  él  solo  sin  Escribano  la 
información,  tomando  el  dicho  á  las  mujeres  familiares  y  á  hi- 
jas y  al  mismo  Marqués  y  á  la  Marquesa  su  -mujer.  Y  por  muy 
secreto  que  Montalvo  lo  quiso  hacer  fué  luego  publicado  en 
Toledo  y  en  la  Corte  y  en  el  Reino.  Y  si  en  la  información 
halló  culpa  al  Marqués,  no  se  supo  más  que  le  sacó  á  su  mujer 
é  hijas  de  su  casa.  Y  por  mandado  de  los  del  Consejo  se  de- 
positaron en  un  monasterio  de  monjas  de  Santa  Clara,  de  la 
Orden  de  San  Francisco  (que  está  junto  á  Avila).  Y  el  provin- 
cial de  San  Francisco  de  la  dicha  nrovinHa  determinó  que  no 
se  recibiesen  en  el  dicho  monasterio,  diciendo  que  las  monjas 
de  Santa  Clara  tenían  una  bula  que  ningunas  mujeres  legas 
pudiesen  dormir  en  los  dichos  monasterios.  Y  los  del  Consejo 
le  tornaron  á  -mandar  que  sin  embargo  de  la  dicha  bula  diese 
licencia  á  las  dichas  monjas  que  las  tuviesen  en  el  dicho  mo- 
nasterio. A  lo  cual  tornó  á  replicar  el  provincial  que  no  lo  haría 
sin  una  bula  del  Papa  por  donde  lo  permitiese.  Y  tornando  á 
replicar  los  del  Consejo  le  pusieron  penas  de  perder  la  natuia- 
leza  de  estos  Reinos  y  que  fuese  habido  por  extraño  de  ellos. 
Y  como  el  provincial  estuviese  todavía  en  su  pertinacia,  fué 
mandado  salir  del  Reino,  el  cual  lo  hizo  así  y  se  fué  á  Portugal 


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Y  el  Consejo  mandó  á  las  -monjas  que  abriesen  el  monasterio  y 
que  recibiesen  á  la  Marquesa  y  á  sus  hijas,  las  cuales  lo  hicie- 
ron así. 

Y  aconteció  asimismo  que  como  D.  Antonio  de  Luna,  señor 
de  Fuentidueña,  trajese  pleito  con  el  Duque  de  Escalona  sobre 
el  Condado  de  Santisteban,  porque  pretendía  que  no  había  he- 
redero del  señor  de  Fuentidueña,  sino  él  que  era  su  sobrino „ 
y  así  era  la  verdad  que  no  quedaron  hijos  del  tío,  y  por  eso 
había  heredado  á  Fuentidueña  y  el  derecho  del  Condado  de 
Santisteban.  Pero  aunque  no  hubo  hijos  tuvo  una  hija,  que 
había  metido  monja  en  Zamora  más  había  de  quince  años  que 
había  hecho  profesión. 

Y  como  el  Duque  viese  que  el  pleito  estaba  ya  para  senten- 
ciarse, concertó  secretamente  con  esta  monja  que  dijese  que  la 
habían  metido  -monja  por  fuerza,  para  que  ella  pidiese  el  dere- 
cho que  D.  Antonio  pedía  y  tenía,  lo  cual  era  comenzar  el 
pleito  de  nuevo  á  cabo  de  más  de  treinta  años. 

Y  como  esta  monja  estando  en  el  monasterio  no  podía  dar 
poder  para  el  pleito  sin  licencia  de  superiores,  fué  tratado  entre 
el  Duque  y  el  Conde  de  Alba  de  Liste  y  sus  hijos  cómo  sacasen 
esta  monja.  Y  así  la  sacó  del  monasterio  un  hijo  del  Conde  de 
Alba  llamado  D.  Enrique,  y  no  la  supieron  poner  en  cobro,, 
porque  á  cabo  de  cuatro  días  la  halló  el  Corregidor  en  la  ciudad 
de  Zamora,  y  fué  depositada  por  mandado  de  los  del  Conseja 
en  un  monasterio  en  Sala-manca. 

Y  enviaron  contra  el  delincuente  y  contra  los  demás  á  Za- 
mora un  Alcalde  de  la  Cancillería,  el  cual  tuvo  presa  á  la  Con- 
desa de  Alba  ciertos  días  en  su  casa,  la  cual  decían  que  había 
impuesto  en  esto  á  su  alnado  D.  Enrique,  el  cual  trajo  preso» 
el  Alcalde  á  la  fortaleza  de  Simancas,  donde  estuvo  muchos 
días  con  un  Capitán  y  veinte  hombres  que  le  guardaban.  Y  ve- 
nido el  Príncipe  á  Yalladolid,  por  ruegos  del  Duque  de  Alba 
le  alargaron  las  prisiones  y  vino  á  la  Corte. 

Y  en  este  tiempo  los  de  las  Cancillerías  de  Yalladolid  y 
Granada  quitaron  las  jurisdicciones  á  los  señores,  dando  por 
ningunas  todas  las  sentencias  que  sus  Corregidores  y  Justicias 
habían  dado  de  que  iban  apeladas  ante  ellos  en  los  procesos  por 


—  213  — 

defecto  de  no  tener  jurisdicción.  Y  é[  Príncipe  D.  Felipe  antes 
<ie  su  partida  quiso  remediar  esto,  diciendo  á  los  Oidores  de  las 
Cancillerías  que  no  hiciesen  novedad  en  tal  cosa,  pero  ellos  le 
respondieron  que  si  Su  Alteza  tuviera  más  edad  no  se  pusiera 
en  mandarles  lo  tal,  porque  aquello  convenía  á  su  Estado  y  pre- 
eminencias de  sus  Reinos  que  así  se  hiciese.  Y  como  Su  Alteza 
viese,  que  no  lo  podía  estorbar  les  -mandó  que  no  pronunciasen 
las  tales  sentencias  hasta  que  él  fuese  partido.  Y  así  se  hizo, 
porque  después,  en  tiempo  del  Príncipe  Maximiliano  (después 
de  partido  Su  Alteza)  mandó  que  no  se  hiciese  novedad  en 
aquello. 

Y  en  este  tiempo  aconteció  en  Italia  que  D.  Hernando  de 
Gonzaga,  Capitán  general  por  Su  Majestad  en  Italia,  mandó 
prender  á  un  Conde  llamado  Julio  Cibo,  que  tenía  su  Estado 
en  las  montañas  de  Genova,  y  fué  preso  porque  D.  Hernando 
alcanzó  á  saber  que  andaba  en  cierto  trato  de  entregar  él  y 
■otros  amigos  parciales  la  ciudad  de  Genova  al  Rey  de  Francia. 
Y  como  fuese  llevado  á  Milán,  donde  confesó  todo  lo  que  pa- 
saba, le  mandaron  allí  cortar  la  cabeza. 

Y  en  este  año  dio  Su  Majestad  el  Obispado  de  Guadix  á 
v.n  D.  Martín  de  Ayala,  fraile  de  la  Orden  de  Santiago,  por 
fio  haberlo  querido  aceptar  un  (está  en  claro)  de  Contreras 
(como  dicho  habernos) ,  que  murió  en  la  ciudad  de  Sevilla  este 
año.  En  el  cual  y  en  la  misma  ciudad  murió  asimismo  D.  Her- 
nando Cortés,  Marqués,  del  Valle,  de  quien  habernos  dicho  que 
descubrió  la  provincia  de  la  Nueva'  España  en  las  Indias  y 
conquistado  la  ciudad  de  Tenuxtithan,  Méjico.  Fué  depositado 
su  cuerpo  en  el  monasterio  de  Santo  Isidro,  de  la  Orden  de 
los  Jerónimos,  fuera  de  la  ciudad.  Heredó  su  casa  D.  Martín 
Cortés,  su  hijo,  el  cual  casó  luego  con  una  hija  del  Conde  de 
Aguilar  D.   (está  en  claro)  de  Arellano. 


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CAPITULO  XXII 

De  lo  que  el  Emperador  hizo  en  la  ciudad  de  Augusta  después 
que  fueron  acabadas  las  Cortes  y  reformadas  las  cosas  de 
la  fe  y  de  la  policía  de  las  ciudades  del  Imperio  (i). 

Ya  tenemos  dicho  de  todas  las  más  cosas  que  se  determina- 
ron en  la  Dieta  ó  Cortes  de  Augusta,  las  cuales  como  fueron 
concluidas  Su  Majestad  determinó  de  reformar  la  gobernación 
de  la  tierras  y  Estado  que  se  tomaron  del  Duque  Otabrich, 
sobrino  del  Conde  Palatino  Elector,  y  mandó  que  íe  prosiguiese 
la  guerra  contra  la  ciudad  de  Argentina,  porque  aún  en  este 
tiempo  no  se*  había  dado  á  la  obediencia  de  Su  Majestad.  Lo 
cual  se  hizo  así  y  al  cabo  se  concluyó,  y  sirvieron  á  Su  Majes- 
tad con  gran  suma  de  dinero.  Y  asimismo  se  prosiguió  la 
guerra  por  mandado  del  Emperador  contra  la  ciudad  de  Cons- 
tancia y  le  quemaron  los  arrabales  con  gran  daño  de  las  gen- 
tes, y  allí  murió  el  Maestre  de  campo  Alonso  Vivas,  que  fué 
á  quemar  aquella  tierra  con  la  infantería  española. 

Y  en  este  tiempo  se  trató  la  pacificación  3^  reducción  á  la 
obediencia  del  Imperio  de  las  ciudades  de  la  costa  septentrio- 
nal y  (mar  ?)  germánico,  que  antes  tenía  muy  poco  reconoci- 
miento al  Imperio  que  arriba  dijimos,  que  porque  Su  Majestad 
no  enviase  gente  contra  ellos  se  habían  venido  á  dar ;  y  Su  Ma- 
jestad los  había  aceptado  con  condición  de  ponerles  leyes  é 
imposiciones  cuales  conviniesen  á  su  servicio  y  al  bien  del 
Imperio.  Lo  cual  como  fuese  todo  acabado,  el  Emperador  de- 
terminó de  partirse  para  Brabante  á  la  ciudad  de  Bruselas  para 
esperar  allí  al  Príncipe  D.  Felipe  su  hijo. 

Y  antes  de  su  partida  había  venido  á  Augusta  el  Rey  de 
Romanos  su  hermano  á  tratar  el  casamiento  del  Príncipe  Ma- 


(1)     Este  capítulo  figura  en  el  original  mucho  después;  pero  hay 
en    él   ima   apostilla    de    letra   de   Alonso    de    Santa    Cruz    que    dice: 
aEste  capítulo  se  ha  de  poner  antes  que  el  Príncipe   D.  Felipe  pen- 
sase reformar  su  casa».  Y  así  se  pone. 


—  215  — 

¿similiano  su  hijo,  Archiduque  de  Austria,  con  la  Infanta  Doña 
María  hija  de  Su  Majestad ;  y  allí  habían  determinado  que  el 
Príncipe  viniese  á  España  á  hacer  el  dicho  casamiento  y  que 
fuese  Gobernador  de  los  Reinos  de  Castilla  y  de  León  junta- 
mente con  la  Princesa  Doña  María  su  mujer.  Y  esta  determi- 
nación es  la  que  arriba  tenemos  escrito.  Que  Su  Majestad  envió 
á  Valladqlid,  por  lo  que  fué  necesario  que  el  Príncipe  D.  Fe- 
lipe fuese  por,  las  Infantas  sus  hermanas  á  Alcalá  de  Henares 
y  las  trajese  á  Valladolid,  para  que  allí  con  ma3^or  aparejo  se 
pudiese  celebrar  el  casamiento. 

(Hay  un  claro  de  cuatro  ó  cinco  líneas) . 

Partido  que  fué  el  Príncipe  de  la  ciudad  de  Trento  con  su 
Corte  comenzó  á  caminar  por  tierra  de  Friol  hasta  llegar  á  las 
de  los  Duques  de  Baviera. 

(Hay  un  claro  ele  cuatro  ó  cinco  líneas) . 

Y  á  los  21  de  Febrero  llegó  Su  Alteza  á  la  ciudad  de 
Augusta  y  saliéronle  á  recibir  los  más  principales  de  la  tierra. 
Y  á  24  del  dicho  mes  dijo  misa  á  Su  Alteza  el  Cardenal  de 
Augusta  en  su  iglesia,  y  después  se  fué  á  comer  á  la  casa  del 
Obispado  y  comieron  con  el  Príncipe  el  Cardenal  y  el  Elector 
Mauricio.  Y  después  de  comer  el  Cardenal  llevó  á  Su  Alteza 
á  su  guardarropa  y  le  dio  una  mesa  de  piedra  labrada  de  imá- 
genes de  relieve  todas  doradas,  las  cuales  eran  toda  la  descen- 
dencia de  la  casa  de  Austria,  y  la  cubierta  de  la  dicha  mesa 
era  de  terciopelo  carmesí  con  las  armas  de  Su  Alteza  y  las  del 
Cardenal  más  abajo.  Y  le  dio  asimismo  un  escritorio  de  madera 
muy  artificialmente  labrado  dentro  del  cual  estaban  tres  libros 
de  mano,  el  uno  de  la  genealogía  de  la  casa  de  Austria  y  los 
otros  de  las  vidas  de  los  Emperadores  y  de  algunos  Príncipes 
de  la  misma  casa.  Y  encima  del  dicho  escritorio  estaba  un 
reloj  grande  con  todos  los  planetas  y  cursos  celestiales;  tenía 
las  horas,  medias  y  cuartos,  que  era  cosa  mucho  de  ver. 

Y  de  la  ciudad  de  Augusta  partió  el  Príncipe  para  la  de 
Ulma,  donde  allegó  á  26  de  Febrero,  y  en  tres  días  que  allí  es- 
tuvo se  le  hicieron  algunas  fiestas  y  servicios,  á  cabo  de  los 
cuales  se  partió  para  Bruselas  por  tierras  del  Duque  Vitemberg. 

Y  á  los  4  de  dicho  mes  le  salió  á  recibir  al  camino  el  Gran 


-  216  — 

Maestre  de  Prusia  con  ioo  caballeros  de  su  casa.  Y  asimismo 
salieron  al  camino  400  soldados  españoles  que  hicieron  una 
escaramuza  con  300  caballos  ligeros,  los  200  de  la  guarda  de 
Su  Alteza  y  100  que  traía  el  Maestre  de  campo  Arce ;  y  todos 
io  hicieron  muy  bien,  y  fué  una  fiesta  muy  buena,  y  á  tres  que 
salieron  heridos  les  mandó  Su  Alteza  dar  á  cada  uno  50  ducados 
para  curarse. 

Yendo  por  su  camino  á  vista  del  castillo  de  Esperg,  que  era 
muy  fuerte  y  uno  de  los  cuatro  que  tenían  tomados  al  Duque 
de  Vitemberg,  del  cual  le  fué  hecha  muy  gran  salva  con  el 
artillería,  porque  el  Alcaide  que  era  Luis  Quijada  tenía  con- 
sigo 300  soldados  españoles,  toda  muy  buena  gente. 

Y  á  los  8  de  Marzo  llegó  el  Príncipe  á  la  ciudad  de  Espira, 
donde  le  estaba  esperando  el  Duque  Arezcot  con  1.800  hombres 
de  armas  para  acompañar  a  Su  Alteza. hasta  Bruselas,  donde 
el  Emperador  estaba. 

(Hay  en  blanco  casi  todo  un  folio) . 


CAPITULO  XXIII 

Cómo  el  Príncipe  ordenó  su  casa  por  mandado  del  Emperador 
su  padre  al  uso  de  Borgoña,  nombrando  chamarlanes  y  ma- 
yordomos y  gentileshombres  y  todos  los  otros  oficios  de  su 
casa. 

Y  en  este  tiempo  que  el  Príncipe  D.  Felipe  tenía  estas  Cor- 
tes en  la  villa  de  Valladolid,  procuró  por  la  instrucción  que  el 
Emperador  de  Flandes  le  había  enviado,  con  lo  que  más  Su 
Alteza  acordó  con  el  parecer  del  Duque  de  Alba,  de  ordenar  su 
casa  al  uso  de  Borgoña,  nombrando  los  chamarlanes,  mayor- 
domos, gentileshombres  de  la  boca  y  los  de  su  casa. 

Y  así  fueron  nombrados  por  chamarlanes  ó  sumilleres  (que 
así  se  llaman  en  Borgoña)  lo  que  en  España  camareros,  D.  An- 
tonio de  Rojas  por  sumiller  de  corps,  que  antes  también  lo  era, 
v  por  segundo  sumiller  fué  nombrado  Ruy  Gómez  de  Silva, 
caballero  portugués  que  había  venido  de  Portugal  por  paje  de 


—  217  — 

la  Emperatriz  nuestra  señora  de  gloriosa  memoria.. Y  por  ma- 
yordomos fueron  nombrados  D.  Pedro  de  Avila,  Marqués  de  las 
Navas,  y  D.  Pedro  de  Guzmán,  Conde  de  Olivares,  y  Gutierre 
López  de  Padilla  (vecino  de  la  ciudad  de  Toledo,  hermano  de 
Juan  de  Padilla,  Capitán  general  que  había  sido  de  la  comu- 
nidad),  y  D.  Diego  de  Acevedo,  vecino  de  Salamanca,  hijo  del 
Arzobispo  de  Toledo  D.  Alonso  de  Fonseca.  Y  por  gentileshom- 
bres  de  la  boca  fueron  nombrados  por  Su  Alteza  el  Marqués 
de  Falces,  Conde  de  Jelves  ;  D.  Pedro  de  Avila,  hijo  del  Mar- 
qués de  las  Navas;  D.  Diego  de  Acevedo,  hijo  del  Conde  de 
Monterrey;  D.  Gabriel  de  la  Cueva,  D.  Bernardino  de  Mendoza, 
D.  Alonso  de  Tovar,  D.  Diego  de  Córdova,  D.  Pedro  Manuel, 
D.  Luis  de  Carvajal,  D.  Antonio  de  Velasco,  D.  Diego  de 
Acuña,  D.  Alonso  de  Silva,  D.  Alonso  Osorio,  D.  Francisco 
de  Mendoza,  D.  Rodrigo  Manuel,  D.  Juan  de  Acuña  y  de  Pa- 
dilla, D.  Fadrique  Knríquez,  D.  Bernardino  Manrique  de.Lara, 
D.  Juan  de  Saavedra,  D.  Pedro  Velasco,  D.  Miguel  de  Luna. 
D.  Diego  Hurtado  de  Mendoza,  D.  Luis  de  Córdova,  D.  Gómez 
Juárez  de  Figueroa,  D.  Hernando  de  Silva,  D.  Alonso  de  Cór- 
doba, D.  Iñigo  de  Mendoza,  D.  Hernando  de  Aragón,  D.  Juan 
de  Silva,  D.  Rodrigo  de  Moscoso,  D.  Fadrique  Enríquez,  hijo 
del  Conde  de  Alba;  D.  Estéfano  Doria,  D.  Juan  Tavera,  don 
Alonso  de  la  Cueva,  D.  Hernando  Carrillo  y  D.  Alvaro  de 
Mendoza. 

Fueron  asimismo  nombrados  por  caballerizos  D.  Antonio  de 
Toledo,  caballerizo  mayor,  y  Diego  López  de  Medrano  por  su 
teniente,  y  por  contralor,  que  es  como  veedor  en  Castilla,  á 
Francisco  Flores,  vecino  de  Logroño,  que  antes  era  teniente- 
de  Mayordomo  mayor  de  Su  Alteza  por  D.  Juan  de  Zúñiga,  su 
ayo  y  Mayordomo  mayor. 

Y  por  genileshombres  de  la  casa  D.  Pedro  de  Quintana, 
D.  Pedro  de  Castilla,  D.  Bernardino  Manrique,  D.  Iñigo  de 
Córdoba,  D.  Diego  de  Haro,  Perafán  de  Rivera,  D.  Juan  de 
Avellaneda,  Mansimo,  D.  Juan  de  Toledo,  D.  Gómez  Manri- 
que, D.  Juan  de  Lanuza,  D.  Luis  de  Toledo,  D.  Diego  López 
Mejía,  Ochoa  de  Salazar,  D.  Juan  de  Mendoza,  D.  Juan  Niño 
de  Valladolid,  D.  Juan  de  Avila,  D.  Francisco  de  Velasco,  don 


—  218  — 

Pedro  de  las  Roelas,  D.  Pedro  de  Velázquez,  D.  Antonio  de 
Luna,  D.  Luis  de  Mendoza  de  Haro,  D.  Rodrigo  Bazán,  don 
Iñigo  de  Alvarez  Pacheco,  D.  García  Sarmiento,  D.  Juan  Niño 
de  Rojas,  D.  Iñigo  de  Avila,  D.  Bernardino  de  Avala,  D.  Ga- 
briel Zapata,  D.  Lope  Zapata;  Garcilaso,  hermano  del  Conde 
de  Palma;  D.  Luis  de  la  Cerda,  D.  Tristán  de  Leguizamo, 
D.  Rodrigo  de  Benavides,  D.  Juan  de  Castilla,  D.  Carlos  de 
Luna,  D.  Diego  de  Leiva,  D.  Carlos  de  Saavedra  é  Iñigo  López 
de  Zúñiga. 

Fueron  asimismo  nombrados  31  pajes,  y  Cristóbal  de  Es- 
tella  por  maestro  de  ellos,  y  Felipe  de  Valencia  por  su  Cape- 
llán, y  por  ayo  Francisco  de  Olmedo. 

Y  de  la  capilla  no  hizo  Su  Alteza  mudanza  ninguna  de  la 
que  antes  tenía,  salvo  que  nombró  por  su  Capellán  mayor  á 
D.  Pedro  de  Castro,  Obispo  de  Salamanca.  Y  por  sumilleres 
del  oratorio  á  D.  Francisco  Enríquez  y  á  D\  Luprescio  de  Qui- 
ñones, y  á  D.  Antonio  Bravo  por  sacristán  mayor,  y  por  pre- 
dicadores fueron  nombrados  el  maestro  Constantino  y  Fray 
Alonso  Muñoz,  de  la  Orden  de  San  Francisco,  y  por  Capellán 
Francisco  de  Portugalete.  Y  sin  éstos  llevó  en  su  capilla  .mu- 
chos cantores,  entre  líos  cuales  fueron  tres  contrabajos  y  cuatro 
contraltos  y  tres  tenores  y  cinco  tiples  y  cinco  mozos  de  capi- 
lla. Y  por  músicos  de  tecla  á  Antonio  Cabezón  Ciego  y  á  Juan 
de  Cabeza,  su  hermano,  y  á  Narváez  por  maestro  de  los  niños. 

Y  fué  nombrado  por  Su  Alteza  por  gentilhombre  de  su 
cámara  D.  Juan  de  Benavides,  y  por  guardajoyas  Gil  Sánchez 
de  Bazán,  con  dos  ayudas.  Y  por  médico  mayor  el  Doctor  Mo- 
reno, y  por  médicos  de  su  casa  el  Doctor  del  Águila  y  el  Li- 
cenciado Almazán.  Y  por  grafier  ó  Contador  á  Francisco  de 
España. 

Y  asimismo  nombró  1S11  Alteza  seis  criados  para  la  ayuda 
de  su  cámara,  y  á  Miguel  de  Paredes  por  ugier  de  cámara,  con 
una  ayuda.  Y  á  Bernardino  de  Vaste  aposentador  de  Palacio, 
con  tres  ayudas,  y  un  guardarropa  con  una  ayuda.  Por  apo- 
sentadores fueron  nombrados  D.  Miguel  de  Velasco,  aposenta- 
dor mayor  (como  antes  lo  era)  con  otros  once  aposentadores. 
Y  por  acemilero  mayor  Cristóbal  de  Ortega  (como  antes  lo  era) , 


—  219  — 

y  á  Diego  López  por  su  teniente,  con  cuatro  ayudas  en  el  dicho 
oficio. 

Y  en  la  panatería  fueron  nombrados  Vicente  Alvarez,  por 
sumiller,  que  es  en  castellano  guarda,  y  Jorge  de  Lima  por 
ugier  de  sala,  que  va  siempre  delante  de  los  que  llevan  el  man- 
jar, con  dos  ayudas.  Asimismo  fueron  nombrados  frutero  y 
suplicacionero. 

Y  en  la  chanzonería,  que  en  España  se  llama  botillería,  fué 
nombrado  Hernando  de  Medina  por  sumiller,  con  tres  ayudas. 

Y  en  la  cocina  Diego  Maldonado  por  escuyer,  que  es  como 
veedor  en  Castilla,  y  Perichin  Falset  cocinero  mayor,  con  dos 
ayudas.  Y  asimismo  fué  nombrado  un  portero  de  cocina  y  un 
pastelero  y  un  pota j ero  y  un  bugier  y  un  cocinero  sumiller 
de  corps. 

En  la  salsería  fué  nombrado  por  salsier  Pedro  de  Vargas, 
con  dos  ayudas,  y  un  mayordomo  de  estrado  y  un  mozo  de 
limosna. 

Y  por  guarda  mangier  fué  nombrado  Francisco  Romero  por 
comprador,  con  dos  ayudas  para  escribir  y  guardar  las  cosas 
de  la  despensa. 

Y  en  la  caballeriza  fueron  nombrados  dos  caballerizos  é  im- 
ponedores de  caballos,  y  dos  maceros,  y  un  rey  de  armas,  y 
diez  trompetas,  y  un  arcabucero,  y  un  pintor,  y  dos  armeros,  y 
un  furrier  con  una  ayuda,  y  un  sastre,  y  un  dorador,  dos  co- 
rreos, dos  mozos  de  fiambreras  y  doce  lacayos. 

Y  fué  nombrado  por  cerero  mayor  Francisco  Benavides,  y 
Juan  Díaz  por  tapicero  mayor  con  dos  ayudas,  y  Juan  López 
por  boticario  con  una  ayuda,  Juan  de  Astorga  por  barbero  con 
dos  ayudas. 

Y  asimismo  fueron  nombrados  otros  oficiales  de  la  casa, 
como  calcetero,  pellejero,  zapatero,  platero  de  oro  y  platero 
de  plata,  entallador,  portero  de  Palacio  con  una  ayuda  y 
maestro  de  ropa  de  camas  y  de  cordones,  y  una  costurera  y 
dos  lavanderas. 

Y  los  salarios  de  los  chamarlanes  y  mayordomos  eran  cada 
día  48  plazas,  y  cada  plaza  en  Castilla  son  diez  maravedíes,  y 
el  de  los  gentileshombres  de  la  boca  es  de  36  plazas,  y  el  de  los 


—  220  — 

gentileshombres  de  la  oasa  24,  y  otras  tantas  tenían  otros  ofi- 
ciales mayores,  y  algo  •más  ó  menos.  Y  de  los  oficiales  menores 
á  12  plazas  y  á  menos.  Esto  se  entiende  sin  raciones  y  otras 
ayudas  de  costas  y  percances  que  tenían  por  sus  oficios. 


CAPITULO  XXIV 

Be  las  otdenanzas  que  el  Príncipe  D.  Felipe  mandó  hacer  para 
que  fuesen  guardadas  de  los  oficiales  de  su  Casa  Real,  so 
las  penas  en  ellas  contenidas. 

Que  cada  sumiller  ú  otro  oficial  principal  de  cada  oficio  de 
la  casa  de  Su  Alteza  tenga  gran  cuidado  de  mandar  cerrar  la 
puerta  de  su  oficio  sin  dejar  entrar  á  ninguna  persona  extran- 
jera ni  á  otras,  sino  á  los  «jue  tienen  hecho  el  sacramento  (sic) 
á  Su  Alteza  como  criados  suyos. 

Asimismo  que  no  dejen  comer  en  los  dichos  oficios  sino  á 
los  que  está  ordenado  que  han  de  comer  en  ellos. 

Que  no  dejen  entrar  en  sus  oficios  para  comer  ni  para  otra 
cosa  á  sus  criados  ni  otros  ningunos,  y  que  cuando  vinieren  por 
las  raciones  de  comer  para  sus  amos,  se  las  den  por  la  ventana, 
que  estará  hecha  en  la  puerta  para  ello,  conforme  al  estiquite 
(sic)  que  se  dará  á  cada  uno  de  los  dichos  oficiales  principales. 

ítem  :  que  el  cocinero  mayor  tenga  el  mismo  cuidado  en 
lo  que  toca  á  la  cocina  de  no  dejar  entrar  á  nadie,  sino  á  los 
que  está  ordenado  que  puedan  entrar. 

Que  los  dichos  oficiales  principales  de  cada  oficio  no  puedan 
admitir  ningún  mozo  para  sus  oficios  sin  primero  presentarle 
al  mayordomo  mayor  ó  al  mayordomo  que  sirviere. 

Asimismo  que  cada  principal  oficial  sirva  á  Su  Alteza  á  las 
horas  ordenadas  por  sus  personas,  y  no  las  ayudas  que  sirven 
por  ellos,  si  no  fuere  estando  malo  ó  teniendo  otra  legítima 
causa,  de  la  cual  ha  de  ser  obligado  á  advertir  al  mayordomo 
mayor  ó  al,  mayordomo  que  sirviere. 

Asimismo  que  el  pastelero  sea  obligado  á  llevar  él  mismo 
á  la  cocina  de  Su  Alteza  los  pasteles  y  las  otras  cosas  que  tocan 


—  221  — 

á  su  oficio  de  hacer  para  la  boca  de  Su  Alteza,  y  no  enviarlos  con 
criados  suyos  ni  con  otra  ninguna  persona.  Y  asimismo  se  manda 
al  cocinero  mayor  no  los  reciba  de  mano  de  otro  ninguno. 

Que  el  escudero  de  cocina,  que  es  el  despensero  mayor, 
tenga  cuidado  de  hacer  proveer  el  guardamangier  de  lo  que 
fuere  necesario  para  el  plato  de  Su  Alteza  cada  día,  y  para  el 
plato  de  los  mayordomos  y  raciones  de  los  oficiales,  conforme 
á  la  orden  que  para  ello  está  dada. 

Que  el  escudero  de  cocina  mande  proveer  la  cocina  de  lo  or- 
dinario del  plato  de  Su  Alteza  y  de  los  mayordomos,  y  que 
cuando  se  sirviere  de  la  cocina  esté  presente  y  vea  si  se  sirve 
todo  lo  que  se  le  había  dado  cada  día,  y  que  cuando  hallara- 
falta  en  ello  avise  al  mayordomo  que  sirviere. 

Y  que  de  cualquiera  cosa  que  se  presentare,  como  son  ve- 
nados, aves  y  otras  cualesquier  cosa  tocante  á  este  oficio,  no 
sirva  ninguna  cosa  de  ello  sin  avisar  al  mayordomo  que  sirviere 
para  que  sepa  de  Su  Alteza  si  se  ha  de  servir  de  ello  ó  no. 

Lo  mismo  guardarán  todos  los  otros  oficiales  en  lo  que  se 
podría  presentar  á  Su  Alteza  tocante  á  sus  oficios. 

Que  ningún  oficial  compre  por  sí  mismo  ningunas  cosas 
nuevas  tocante  á  su  oficio  sin  avisar  al  contralor,  el  cual  to- 
mará la  razón  para  hacer  lo  que  le  mandaren  los  mayordomos, 
para  que  ellos  -manden  proveer  lo  que  fuere  necesario. 

Que  todas  las  cosas  nuevas  que  se  hubieren  de  comprar  por 
los  dichos  oficiales,  el  dicho  contralor  haga  los  precios  de  ellas, 
y  que  por  la  fe  que  de  ello  diere  las  pague  el  grefier  ó  la  per- 
sona que  tuviere  cargo  de  pagar  el  gasto  de  la  casa. 

Y  que  ningún  oficial  pueda  dar  ninguna  cosa  fuera  de  lo 
que  les  es  mandado  por  los  estiques  (sic)  y  ordinario  que  para 
ello  tienen. 

Y  que  el  grafier  no  asiente  en  su  libro  ninguna  partida  de 
gasto  si  no  fuere  vista  y  señalada  por  el  contralor,  entiéndese 
el  gasto  ordinario. 

Que  los  mayordomos  tengan  bureo  dos  veces  en  la  semana, 
es  á  saber :  el  lunes  para  contar  la  despensa  ó  gajes,  y  el  viernes 
para  oir  las  quejas  de  los  oficiales  y  proveer  las  otras  cosas  de 
la  casa  que  se  ofrecieren. 


—  222  — 

Que  á  cada  bureo  se  hallen  los  oficiales  que  tienen  cargo 
cíe  gastos  con  sus  libros  en  que  van  asentados  los  tales  gastos. 

Y  que  el  ujier  de  la  sala  sea  obligado  á  avisar  á  los  tales 
oficiales  los  días  del  bureo  para  que  vengan  allí. 

Y  que  el  contralor  tenga  registro  de  todas  las  cosas  que 
hubiere  en  todos  los  oficios,  como  plata,  manteles  y  otras  cua- 
lesquier  cosas,  y  haga  cargo  de  ellas  á  los  tales  oficiales  mayo- 
res de  cada  oficio,  los  cuales  sean  obligados  á  dar  cuenta  de 
las  tales  cosas  que  son  á  su  cargo  en  el  bureo,  siempre  que  el 
mayordomo  que  sirviese  lo  pidiere. 

Y  que  el  dicho  contralor  vaya  cada  día  á  la  plaza  para  in- 
formarse de  los  precios  como  valen  las  cosas  que  se  hubieren 
de  comprar  para  la  provisión  del  guardamangier,  para  que  con- 
forme á  aquello  asiente  los  precios  en  el  libro  del  guardaman- 
gier y  del  comprador. 

Y  que  el  dicho  contralor  tenga  cuenta  con  el  especiero  de" 
las  especias  que  se  dieren  al  cocinero  -mayor  para  el  servicio 
de  Su  Alteza  en  su  cocina. 

Que  el  dicho  contralor  tenga  cuidado  del  pan  que  se  diere 
en  la  panatería  tenga  el  peso  que  está  ordenado,  es  á  saber: 
el  pan  de  boca  catorce  onzas  y  el  pequeño  siete. 

Asimismo  hará  el  precio  el  dicho  contralor  del  vino,  cera  ó 
manteles  y  otras  cosas  de  provisión  que  se  compren  para  la 
casa  y  servicio  de  Su  Alteza  en  sus  oficios. 

Que  no  se  den  de  la  cerería  ningunas  hachas  grandes  ni 
pequeñas  á  los  que  las  han  de  haber  sin  que  primeramente  las 
vea  pesar  el  dicho  contralor  y  las  marque  de  la  marca  acos- 
tumbrada. Y  que. el  cerero  mayor  ó  sus  oficiales  no  puedan  dar 
hacha  á  nadie  sin  que  vuelva  los  cabos  de  las  que  primero 
llevó,  salvo  si  no  fuere  por  mandado  del  mayordomo,  porque 
en  el  bureo  no  se  las  pasarán  ningunas  hachas  que  hayan  dado 
si  no  mostraren  los  cabos  de  ellas. 

Que  siempre  que  Su  Alteza  caminare,  el  contralor  sea  obli- 
gado á  ver  las  cargas  de  las  acémilas,  y  que  se  asegure  que  lo 
que  llevan  en  ellas  son  cosas  de  los  oficios  y  servicio  de  Su  Al- 
teza y  no  de  otras  personas  algunas. 

I^as  cuales  dichas   ordenanzas,   según   que  arriba   están  de- 


—  223  — 

claradas,  manda  Su  Alteza  se  guarden  y  cumplan  por  todos  los 
oficiales,  cada  uno  en  su  oficio,  sin  ir  contra  ninguna  de  ellas, 
so  pena  que  por  la  primera  vez  sea  rayado  un  -mes  de  sus  pa- 
ga jes,  y  por  la  segunda  de  tres  y  por  la  tercera  sea  suspendido 
de  su  oficio  á  voluntad  de  Su  Alteza.  Y  por  que  todos  los  ofi- 
ciales lo  sepan  y  no  pretendan  ignorancia  se  manda  al  grefier 
que  á  cada  uno  de  los  principales  oficiales  dé  un  traslado  de 
las  dichas  ordenanzas. 


CAPITULO  XXV 

De  la  venida  del  Príncipe  Maximiliano  á  España,  y  cómo  lo 
salió  á  recibir  el  Condestable  de  Castilla  dos  jornadas  de  la 
villa  de  Valiadolid,  y  el  casamiento  que  se  hizo  entre  el 
dicho  Príncipe  y  la  Infanta  Doña  María,  hija  del  Emperador 
Don  Carlos.  Y  de  la  partida  del  Príncipe  D.  Felipe  á  Bar- 
celona.  Y  de  otras  cosas  que  pasaron  en  la  dicha  villa. 

En  este  tiempo  se  embarcó  en  la  ciudad  de  Genova  el  Prín- 
cipe Maximiliano,  hijo  del  Rey  de  Romanos  y  sobrino  del  Em- 
perador, el  cual  venía  á  España  por  su  mandado  para  casar  con 
la  Infanta  Doña  María,  su  hija.  Y  llegado  á  la  ciudad  de  Bar- 
celona por  el  mes  de  Agosto  y  malo  de  cuartanas,  las  cuales 
le  tomaron  en  el  mar.  Y  luego  que  fué  desembarcado  fuele  á 
visitar  de  parte  del  Príncipe  D.  Felipe  D.  Diego  de  Córdoba, 
criado  de  Su  Alteza,  hijo  de  Doña  María  de  Córdoba,  guarda 
mayor  que  había  sido  de  las  damas  de  la  Emperatriz,  que  Dios 
tenía  en  su  gloria. 

Y  el  Condestable  de  Castilla  D.  Pero  Fernández  de  Velasco, 
como  en  estos  días  estuviese  determinado  por  cartas  del  Em- 
perador de  ir  á  recibirlo  hasta  la  raya  de  Aragón  (porque  hasta 
allí  había  de  venir  con  el  Visorrey  de  Aragón),  para  lo  cual 
tuvo  el  Condestable  aderezados  grandes  gastos,  habiendo  hecho 
grande  llamamiento  de  señores  y  parientes  suyos  y  de  otros 
caballeros  y  servidores. 

Y  en  cada  jornada  de  las  que  el  Príncipe  Maximiliano  ha- 


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bía  de  hacer  tenía  puestos  muchos  mantenimientos  para  todos 
los  que  con  él  venían,  y  otros  aderezos  y  suntuosidades  muy 
grandes.  Y  después  por  venir  el  Príncipe  doliente  de  sus  cuar- 
tanas y  muy  mohino  para  recibir  fiestas  y  regocijos,  cesó  todo. 
Y  después  fué  determinado  que  saliese  hasta  la  villa  de  Aranda 
de  Duero,  diez  y  seis  leguas  de  Valladolid,  aunque  también  esto 
cesó.  Y  Su  Alteza  le  dio  sólo  licencia  para  que  saliese  hasta  la 
villa  de  Olivares,  cinco  leguas  de  Valladolid. 

Y  en  este  tiempo  el  Príncipe  Maximiliano  había  salido  del 
Reino  de  Aragón  y  venido  á  Aranda  de  Duero,  donde  el  Prín- 
cipe D.  Felipe  le  envió  á  visitar  con  Ruy  Gómez  de  Silva,  su 
segundo  camarero. 

Y  el  Condestable  salió  de  Yralladolid  una  tarde  y  con  él  mu- 
chos grandes  y  caballeros,  como  fueron  el  Duque  de  Alburquer- 
que  y  el  Marqués  de  Astorga,  y  el  Conde  de  Salinas,  y  el  Mar- 
qués de  Cogolludo,  y  el  Mariscal  de  Fromesta  D.  Alvaro  Bazán ; 
D.  Diego  de  la  Cueva,  hermano  del  Duque  de  Alburquerque ; 
D.  Diego  de  Acevedo,  mayordomo  del  Príncipe  D.  Felipe,  y 
el  Adelantado  de  Canarias  y  otros  muchos  caballeros.  Por  ma- 
nera que  llevaría  más  de  200  cabalgaduras,  dejando  aparte  los 
que  salieron  con  él  para  volverse  aquella  noche  á  Valladolid, 
que  fué  el  Duque  de  Alburquerque  y  el  Marqués  de  Astorga, 
que  lo  llevaban  en  medio. 

Y  llevaría  hasta  200  acémilas,  pocas  más  ó  menos,  con  sus 
reposteros,  y  la  en  que  iba  su  cama  llevaba  un  repostero  de 
terciopelo  muy  rico  bordado  todo  de  oro,  y  la  acémila  muy 
ricamente  aderezada.  Y  sin  las  acémilas  dichas  llevaba  otras 
150  sin  resposteros,  cargadas  de  muchas  provisiones  y  mante- 
nimientos, y  otros  20  carros  cargados  de  lo  mismo.  Y  fué  aque- 
lla noche  á  dormir  á  Tudela  y  otro  día  á  Olivares. 

Y  luego  el  día  siguiente  vino  allí  el  Príncipe  Maximiliano  \ 
lo  salió  á  recibir  el  Condestable  una  legua,  donde  puso  grandes 
tiendas  con  mesas  puestas  llenas  de  mantenimientos  para  todos 
los  que  con  él  venían.  Y  otro  tanto  hizo  después  de  venidos 
aquella  noche  al  lugar.  Venían  con  el  Príncipe  Maximiliano 
desde  Alemania  el  Cardenal  de  Trento  y  el  Duque  de  Bran- 
cuig, 


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Y  otro  día  partieron  el  Príncipe  Maximiliano  y  el  Condes- 
table de  Olivares  y  vinieron  á  Tudela,  tres  leguas  de  Valla- 
dolid,  donde  el  Príncipe  D.  Felipe  vino  á  ver  por  la  posta, 
acompañado  del  Duque  de  Escalona  y  del  Duque  de  Alba  y 
del  Duque  de  Sesa  y  de  otros  caballeros.  Y  llegó  buen  rato  de 
la  noche  y  á  tiempo  que  el  Príncipe  Maximiliano  se  entraba 
en  la  cama,  y  estuvo  con  él  hasta  una  hora  y  se  volvió  á  Va- 
lladolid  á  media  noche. 

Y  el  día  siguiente  estuvo  el  Príncipe  Maximiliano  por  ser 
día  de  la  cuartana,  y  otro  día  adelante  entró  en  Valladolid  y 
le  salió  á  recibir  el  Príncipe  D.  Felipe  con  todos  los  grandes 
y  caballeros  de  la  Corte.  Y  no  salieron  los  Consejos  porque 
acordaron  que  pues  que  no  era  Rey  de  España  ni  ninguno  de 
sus  hijos,  no  era  razón  de  salir.  Y  el  Condestable  que  con  él 
venía  entró  delante  de  todos  los  del  recibimiento  con  una  ropa 
de  brocado  al  uso  antiguo,  á  la  manera  que  la  traían  los  per- 
tigueros en  las  iglesias,  llevando  en  ella  mucha  pedrería  y  per- 
las y  otros  aderezos  riquísimos.  Delante  de  él  iban  muchos  ins- 
trumentos de  música,  y  luego  venía  toda  la  gente  cortesana  y 
la  del  Príncipe  Maximiliano,  viniendo  Su  Alteza  á  la  postre. 
Traíanlo  en  medio  el  Príncipe  D.  Felipe  y  el  Cardenal  de 
Trento. 

Y  así  llegaron  hasta  Palacio  y  el  Condestable  solo  sacó  de 
la  manga  (sic)  á  la  Princesa  Doña  María  para  desposarse,  y 
los  desposó  el  Cardenal  de  Trento.  Y  aquella  noche  no  se  acos- 
taron hasta  cerca  del  día,  porque  se  velaron  antes  asimismo 
por  mano  del  dicho  Cardenal,  el  cual  dijo  la  misa.  Y  fueron 
sus  padrinos  el  Príncipe  D.  Felipe  nuestro  señor  y  la  Infanta 
Doña  Juana. 

Y  luego  otro  día  siguiente  en  la  tarde  el  Príncipe  D.  Felipe 
hizo  llamar  á  los  del  Consejo,  y  delante  del  Príncipe  Maximi- 
liano y  de  la  Princesa  Doña  María  su  mujer,  les  hizo  una  habla 
diciéndoles  cómo  la  voluntad  del  Emperador  su  señor  era  que 
obedeciesen  al  Príncipe  Maximiliano  y  á  la  Princesa  su  mujer, 
y  los  tuviesen  el  mismo  cuento  que  á  su  misma  persona.  Y  les 
habló  otras  cosas  acerca  de  esto,  encargándoles  la  justicia  y  la 
buena  gobernación  de  estos  Reinos.  Y  acabada  la  habla  el  Pa- 
ís 


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triarca  Presidente  y  los  del  Consejo  quisieron  como  por  gracia* 
de  lo  dicho  besar  la  mano  al  Príncipe  D.  Felipe  y  él  dijo  que 
la  besasen  á  los  que  quedaban,  y  Maximiliano  no  se  la  quiso 
dar,  y  la  Princesa  la  dio  á  todos. 

E  hiciéronse  pocas  fiestas  á  su  casamiento  (aunque  estaban 
aparejadas  muchas)  por  causa  de  la  indisposición  del  Príncipe 
Maximiliano,  pero  todavía  se  corrieron  algunas  veces  toros,  y 
los  de  la  villa  vinieron  delante  los  de  Palacio  con  hachas  en- 
cendidas de  noche,  corriendo  con  ciertos  carros  de  fuego  y  otras 
cosas  de  placer. 

Y  el  Cardenal  de  Trento  hizo  á  todos  los  grandes  de  la 
Corte  un  banquete,  el  más  soberbio  que  se  vio  en  España,  por- 
que se  dijo  de  cierto  haber  habido  en  él  cerca  de  370  diversida- 
des de  manjares,  habiendo  traído  para  ello  de  Italia  más  de 
3c  cocineros.  Hízose  el  banquete  con  gran  silencio  y  el  servi- 
cio con  muy  gran  concierto,  que  parecía  que  los  manjares  se 
hallaban  en  las  mesas  sin  que  nadie  los  hubiese  puesto,  tanto 
que  se  afirmó  y  el  Condestable  lo  dijo  á  todos  los  señores  y 
caballeros  que  allí  estaban  que  todos  juntos  que  quisieran  hacer 
otro  tal  no  pudieran,  no  por  falta  de  posibilidad,  sino  de  la 
orden  y  de  las  otras  circunstancias  que  tuvo.  Halláronse  en  el 
dicho  banquete  veintiséis  señores  de  salva,  sin  otros  muchos 
caballeros. 

Y  después  de  llegado  el  Príncipe  Maximiliano  estuvo  el  Prín- 
cipe D.  Felipe  en  Valladolid  veinte  días  poco  más  ó  ¿menos, 
porque  se  decía  que  no  había  dineros  para  poder  hacer  su  ca- 
mino, y  hubieron  de  tomar  los  que  habían  traído  las  hijas  del 
Marqués  del  Valle,  prometiendo  Su  Alteza  de  hacérselo  volver 
dentro  de  cierto  tiempo. 

Y  todos  los  grandes  y  caballeros  que  habían  de  ir  con  el 
Príncipe  D.  Felipe  vistieron  á  sus  criados  de  los  colores  que  el 
Príncipe  había  vestido  á  los  suyos,  que  eran  amarillo  y  blanco 
y  encarnado.  Pero  cada  señor  y  caballero  los  llevaba  de  varias 
hechuras  y  diferentemente  mezcladas  y  matizadas. 

Y  aconteció  en  este  tiempo  que  como  el  Príncipe  D.  Felipe- 
hubiese  señalado  por  gentilhombre  de  su  casa  á  D.  Juan  Niño, 
hijo  del  Alguacil  mayor  de  Valladolid,   y  como  le.  mandasen 


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llamar  por  el  portero  para  que  viniese  á  jurar  á  casa  del  ma- 
yordomo mayor  las  ordenanzas  conforme  á  las  costumbres  de 
P>orgoña,  el  portero  engañado  con  la  semejanza  del  nombre 
llamó  á  un  -mancebo  que  se  decía  también  D.  Juan  Niño,  na- 
tural de  la  misma  villa  de  Valladolid.  El  cual  (aunque  espan- 
tado que  para  aquello  le  llamasen)  no  por  eso  dejó  de  ir  allá. 
Y  estando  en  aquel  acto  de  la  jura  el  grefier  como  le  conoció 
que  no  era  el  que  llamaban  díjole  que  se  fuese,  porque  no  era 
él  el  que  se  había  de  llamar.  Y  pareciendo  al  Príncipe  que  dicho 
mancebo  quedaría  corrido  é  informado  que  era  caballero,  dijo 
que  pues  su  ventura  había  sido  aquella  que  él  no  se  la  quitaría, 
y  mandó  que  en  aquel  cargo  quedasen  en  su  servicio  el  uno  y 
el  otro. 

Y  antes  que  Su  Alteza  se  partiese  había  enviado  quince  días 
había  su  recámara  adelante,  al  cabo  de  los  cuales  se  partió  de 
Valladolid  un  día  antes  que  amaneciese  con  gran  llanto  de  la 
Princesa  y  de  la  Infanta  sus  hermanas  y  de  todas  las  damas.  Y 
vino  á  juntarse  con  su  recámara  en  una  villa  tres  leguas  antes  de 
Nuestra  Señora  de  Monserrate,  casi  al  fin  del  mes  de  Septiem 
bre,  y  de  allí  fué  á  Barcelona,  donde  estuvo  algunos  días  ade- 
rezando las  cosas  de  su  partida. 

Y  otro  día  después  de  partido  Su  Alteza  murió  D.  García 
de  Toledo,  hijo  mayor  del  Duque  de  Alba,  al,  cual  su  padre  al 
tiempo  de  la  partida  con  Su  Alteza  había  dejado  desahuciado 
x\e  los  médicos,  la  cual  .muerte  fué  muy  sentida  por  la  casa  de 
Toledo,  por  ser  la  primera  aldabada  que  la  fortuna  daba  á  la 
puerta  del  Duque. 

Y  en  todo  el  tiempo  que  el,  Príncipe  D.  Felipe  estuvo  en 
España  nunca  el  Príncipe  Maximiliano  ni  la  Princesa  su  mujer 
qiiisieron  firmar  ni  que  se  les  consultase  negocio  alguno  hasta 
que  fué  embarcado.  Y  así  para  firmar  las  libranzas  y  consultas 
de  negocios  se  enviaban  con  negocios  (sic)  á  Barcelona  y  á 
Palamós  y  á  Colibre,  que  son  lugares  del  Principado  de  Ca- 
taluña. 


—  22S  — 

CAPITULO  XXVI 

Cómo- el  Principe  D.  Felipe  partió  de  la  ciudad  de  Barcelona 
y  de  allí  fué  á  Castellón  y  á  Rojas  y  á  Colibre,  puertos  de 
España,  y  á  la  villa  de  Perpiñán,  y  de  allí  pasando  el  golfo- 
de  Narbona  fué  á  Aguas  Muertas,  lugar  dé  Francia,  donde 
estuvo  algunos  días  por  no  hacerle  tiempo  para  su  viaje, 
al  cabo  de  los  cuales  se  partió  y  llegó  á  la  ciudad  de  Ge- 
nova, pasando  por  cerca  de  Marsella  y  por  Saoyta. 

Después  que  el  Príncipe  D.  Felipe  hubo  estado  algunos  días- 
en  la  ciudad  de  Barcelona  y  hubiesen  venido  las  galeras  que 
había  Su  Alteza  de  llevar  y  estuviesen  todas  las  cosas  nece- 
sarias para  su  viaje  proveídas,  determinó  de  embarcarse,  yendo 
con  el  Cardenal  de  Trento  y  el  Duque  de  Brauscuig  y  el  Al- 
mirante de  Castilla  y  el  Duque  de  Alba  y  el  Duque  de  Sesa 
y  el  Marqués  de  Astorga,  sin  muchos  caballeros  así  de  su  casa 
como  otros  de  estos  Reinos  que  por  servirle  fueron  con  Su  Al- 
teza en  aquella  jornada.  Por  manera  que  irían  hasta  500  de  á 
caballo  y  sus  mayordomos  el  Marqués  de  las  Navas  y  el  Conde- 
de  Olivares  y  D.  Diego  de  Acevedo  y  Gutierre  L,ópez  de  Pa- 
dilla y  el  Marqués  de  Falces  y  el  Conde  de  Jelves,  gentiles- 
hombres  de  Su  Alteza,  y  cerca  de  ocho  mil  infantes. 

Y  el  día  que  se  embarcó  dijo  la  misa  cantada  el  CardenaF 
de  Trento,  el  cual  después  de  haber  dado  su  bendición  á  todos 
y  bendecido  el  estandarte  Real  se  fué  el  Príncipe  á  embarcar 
y  se  embarcó  en  la  galera  capitana,  tirándose  en  aquel  tiempo 
mucha  artillería  de  todas  las  galeras,  las  cuales  serían  hasta 
cerca  de  60,  pocas  más  ó  menos,  entre  las  de  España  y  Genova 
y  Ñapóles  y  Sicilia,  todas  llenas  de  estandartes  y  banderas  de 
seda  de  muchos  colores  que  era  cosa  de  ver,  de  las  cuales  era 
Capitán  general  el  Príncipe  Andrea  Doria. 

Y  partió  la  Armada  de  la  playa  de  Barcelona  á  20  días  del 
mes  de  Octubre  y  fué  hasta  Castellón,  donde  estuvo  algunos 
días  por  correr  vientos  contrarios  á  su  viaje.  Y  de  allí  salió  el 
primero  día  de  Noviembre,  y  aquel  día  llegó  al  puerto  de  Rosas 


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y  le  fué  hecha  gran  salva,  así  del  castillo  como  de  las  galeras 
y  navios  de  la  Armada.  Y  en  llegando  Su  Alteza  al  dicho  puerto 
desembarcó  luego  y  fué  á  ver  la  fortaleza  y  mandó  que  se  cum- 
pliesen algunas  faltas  que  en  ella  había.  Y  otro  día  se  tornó  á 
-embarcar  y  fué  aquella  noche  á  Cadaqués,  donde  Su  Alteza 
-salió  de  la  galera  y  cenó  y  durmió  en  tierra  aquella  noche.  Y 
otro  día  3  de  Noviembre  partió  de  Cadaqués  con  la  Armada 
y  fué  á  Portovenefe  y  saltó  Su  Alteza  en  tierra  con  la  mayor 
parte  de  señores  y  sé  fué  por  tierra  hasta  Colibre,  donde  dur- 
mió aquella  noche  y  estuvo  otro  día  siguiente  hasta  después  de 
medio  día  que  se  embarcó,  habiendo  firmado  allí  las  Cortes  que 
se  habían  hecho  en  Valladolid  y  otras  provisiones  de  los  Reinos. 

Y  como  saliese  á  la  mar  hasta  25  ó  30  millas  queriéndose 
engolfar  tornó  á  volver  viento  contrario,  pero  fué  necesario  vol- 
ver á  Portovenere  y  á  Colibre,  donde  durmió  aquella  noche 
en  la  fortaleza.  Y  otro  día  determinó  Su  Alteza  de  ir  á  Perpi- 
ñán  mientras  hacía  tiempo  para  embarcarse. 

Y  fueron  con  su  Alteza  el  Duque  de  Alba  y  el  de  Sesa  y  el 
Almirante  y  el  Marqués  de  Astorga  y  el  de  Pescara  y  el  Mar- 
qués de  las  Navas  y  el  Conde  de  Olivares  y  D.  Diego  de  Ace- 
vedo  y  D.  Antonio  de  Rojas,  su  camarero  mayor,  y  el  caballe- 
rizo -mayor  y  otros  señores  y  caballeros.  Y  llegado  á  Perpiñái. 
fué  muy  bien  recibido  de  los  de  la  villa. 

Y  otro  día  volvió  á  Colibre,  pasando  por  la  ciudad  de 
Elma,  donde  le  fué  hecha  muy  gran  salva  de  artillería.  Y 
estuvo  Su  Alteza  en  Colibre  hasta  nueve  días  que  partió  la  Ar- 
mada con  razonable  tiempo,  y  después  de  atravesado  el  golfa 
de  Narbona  llegó  la  Armada  á  Aguas  Muertas  (que  es  Francia), 
adonde  después  que  el,  Príncipe  hubo  cenado  en  la  galera  le 
vino  á  visitar  el  Capitán  Paniz  acompañado  de  seis  caballeros, 
y  ofreció  á  Su  Alteza  de  parte  del  Conde  de  Villastes,  Visorrey 
de  la  provincia  de  Languedoc,  todo  lo  que  Su  Alteza  quisiese 
Tnandar.  Y  el  Príncipe  le  respondió  con  buenas  palabras,  agra- 
deciéndole sus  ofrecimientos.  Y  los  de  Aguas  Muertas  vinieron 
á  ofrecer  á  Su  Alteza  la  villa,  trayendo  un  presente  de  venados 
y  dos  jabalíes  y  un  toro  montes,  pero  el  Príncipe  no  quiso  ir 
.á  la  villa  ni  menos  ningún  señor  de  la  Corte. 


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Y  á  1 6  de  Noviembre  partió  Su  Alteza  con  toda  la  Armada 
con  muy  buen  tiempo,  y  llegó  á  una  isla  que  se  llamaba  Las  Po*- 
medas  de  Marsella,  que  estaba  muy  cerca  de  la  ciudad  de  Mar- 
sella, donde  Su  Alteza  salió  en  tierra  y  comió..  Y  antes  que  ano- 
checiese se  volvió  á  la  galera.  Y  llegó  allí  un  caballero  de  parte 
del  Conde  de  Tienda  con  ciertos  barcos  cargados  de  manteni- 
miento en  que  venían  cinco  costales  de  pan  cocido  reciente 
blanco  -muy  bueno,  20  carneros  muy  hermosos,  30  frascos  de 
vino  y  cuatro  cabrones  y  diversos  pescados  frescos  y  otras  infi- 
nitas cosas,  las  cuales  Su  Alteza  recibió  muy  graciosamente  y 
dio  á  este  caballero  una  cadena  de  oro  que  pesaba  más  de  200 
ducados  y  roo  escudos  para  cada,  uno  de  los  barqueros. 

partió  Sil  Alteza  de  las  Pomedas  de  Marsella  á  los  16  de 
Noviembre  á  la  una  después  de  medio  día,  3^  llegó  con  muy 
buen  tiempo  á  las  islas  de  Heras  á  los  17  á  las  dos  horas 
después  de  medio*  día,  y  saltó  en  tierra  y  cenó  y  se  volvió  á 
la  galera.  Y  á  los  18  de  Noviembre  partió  Su  Alteza  de  las 
dichas  islas  con  la  Armada  á  las  tres  horas  de  la  mañana,  y  aun- 
que hacía  mal  tiempo  llegó  al  puerto  Mano  á  las  once  horas 
antes  de  medio  día,  y  luego  saltó  en  tierra,  donde  oyó  misa  y 
se  volvió  á  la  galera. 

Y  á  20  de  Noviembre  llegó  allí  una  nao  que  venía  de  Genova 
cargada  de  bizcocho  fresco  que  enviaba  el  Embajador  Figueroa^ 
que  residía  en  Genova  por  Su  Majestad,  para  refrescar  la  Ar- 
mada, donde  'venían  ¡mil  y  setecientos  quintales  de  bizcocho^ 
la  cual  nao  fué  muy  bien  recibida.  Y  el  dicho  día  á  las  cinco 
i '.oras  de  la  tarde  vino  á  visitar  á  Su  Alteza  monsieur  de  Blesis 
y  le  trajo  un  presente  muy  bueno  en  que  había  una  barca  grande 
cargada  de  pan  fresco,  vino,  muchos  .capones,  perdices,  grana- 
das y  otras  muchas  cosas,  lo  cual  todo  recibió  Su  Alteza  con 
¡mucho  placer  y  dio  100  escudos  á  cada  barquero  que  lo  traían. 
y  al  caballero  que  lo  trajo  dio  muchas  gracias. 

Y  el  dicho  día  á  las  once  horas  de  la  noche  la  Armada  toda 
se  hizo  á  la  vela  y  navegó  adelante.  Y  otro  día  que  fueron 
21  de  Noviembre  llegó  á  las  tres  horas  de  la  tarde  á  la  isla  de 
Santa  Margarita,  adonde  Su  Alteza  saltó  en  tierra  y  cenó,  y 
luego  se  volvió  á  la  galera.  Y  á  22  de  este  mes  se  partió  antes 


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que  amaneciese  y  el  castillo  de  Niza  hizo  la  salva  con  su  arti- 
llería y  la  galera  imperial  respondió,  y  andando  la  Armada 
navegando  salió  á  recibir  á  Su  Alteza  el  Capitán  Penge  y  á 
besarle  las  manos  de  parte  del  Duque  de  Saboya,  y  le  trajo 
cuatro  barcas  cargadas  de  vitualla  en  que  había  jabalíes,  vena- 
dos, terneras,  30  carneros  y  30  pipas  de  vino,  mucho  pan  fresco, 
uvas,  cidras,  limones,  naranjas,  capones,  faisanes,  perdices, 
tórtolas,  palomas,  ansarones,  lambazos,  muchas  empanadas  de 
diversas  cosas  de  caza  y  domésticas,  muchas  avellanas,  casta- 
ñas, almendras,  nueces,  camuesas,  peras,  membrillos  y  una 
arca  llena  de  confitura,  muchos  repollos  y  otras  muchas  yerbas 
y  otras  cosas,  que  cierto  fué  muy  hermoso  presente,  y  Su  Al- 
teza lo  recibió  con  mucho  placer  y  regocijo  y  mandó  dar  á 
cada  barquero  100  escudos.  Y  luego  vino  en  otra  barca  á  besar 
las  manos  de  Su  Alteza  el  Prior  de  Piamonte. 

Y  estando  en  esto  vino  una  fragata  de  Genova  y  en  ella 
unos  gentileshombres  de  aquella  ciudad  á  besar  las  manos  á  Su 
Alteza  y  á  visitarle  de  parte  de  la  Señoría. 

Este  mismo  día  estando  navegando  haciendo  lindo  sol,  el 
tiempo  muy  claro  y  muy  bueno  se  demudó  y  se  volvió  muy 
malo,  por  donde  la  Armada  pasó  gran  trabajo  tres  leguas.  Y  al- 
gunas de  las  galeras  que  no  eran  tan  buenas  veleras  hubieron 
de  recibir  unas  maromas  de  las  otras  para  que  las  ayudasen  á 
llegar  en  salvo.  Y  así  llegó  la  Armada  al  puerto  de  Araja  á  los 
2:  de  Noviembre  á  medió  día,  y  á  los  23  salió  la  Armada  de 
Araja  á  las  tres  de  la  mañana  con  buen  tiempo.  Y  el  Marqués 
de  Final  salió  al  camino  para  besar  las  manos  á  Su  Alteza,  y 
antes  que  llegase  con  buen  rato  hizo  muy  gran  salva  con  su 
artillería,  y  después  llegó  á  juntar  con  la  galera  y  besó  la  mano 
.'i  Su  Alteza,  haciéndole  muy  grandes  ^ofrecimientos.  Su  Alteza 
lo  recibió  muy  bien. 

Y  después  de  todo  esto  la  Armada  siguió  su  viaje,  y  el 
mismo  día  á  las  tres  horas  de  la  tarde  llegó  á  vista  de  Saona,  la 
cual  hizo  muy  gran  salva  con  gran  número  de  piezas  de  artille- 
ría y  la  galera  imperial  le  respondió.  Y  después  la  Ar-mada  se 
llegó  al  puerto  y  ciudad  de  Saona  y  Su  Alteza  saltó  en  tierra 
y  fué  á  posar  en  casa  de  una  señora  que  se  llamaba  Doña  Be- 


—  232  — 

nedicta,  que  era  alnada  del  Príncipe  Doria,  la  cual  hizo  aquella 
noche  banquete  á  Su  Alteza  y  á  todos  los  señores  y  caballeros 
que  con  él  iban.  Y  casi  al  cabo  de  la  cena  llegó  el  Cardenal  de 
Coria  y  D.  Hernando  de  Gonzaga  á  besar  las  manos  á  Su  Al- 
teza, los.  cuales  fueron  muy  bien  recibidos. 

Y  después  de  haber  cenado  Su  Alteza  y  todos  los  otros  se 
volvieron  á  las  galeras,  y  á  la  mañana  por  causa  que  no  hizo 
buen  tiempo  tornó  Su  Alteza  á  saltar  á  tierra  y  se  fué  á  casa 
de  esta  señora,  adonde  oyó  misa  y  comió.  Y  después  paseó  por 
Ja  ciudad,  cenó  y  durmió  esta  noche  en  la  misma  casa.  Y  otro 
día  que  fueron  25  de  Noviembre  Su  Alteza  se  tornó  á  embar- 
car y  todos  los  otros  que  estaban  en  tierra. 

Y  andando  navegando,  estando  ya  cerca  de  Genova  poco 
más  de  una  legua,  una  de  las  galeras  de  la  Arañada  en  que 
había  parte  de  la  recámara  de  ciertos  señores  de  Kspaña,  topó 
en  un  peñasco  que  estaba  cubierto,  por  causa  del  descuido  del1 
piloto  y  se  abrió  por  medio.  Y  aunque  la  mayor  parte  de  la 
ropa  se  perdió,  la  gente  toda  que  en  ella  iba  se  salvó. 

Y  así  el  mismo  día  todo  lo  demás  de  la  Armada  llegó  á 
salvamento  á  vista  de  Genova,  la  cual  hizo  tan  gran  salva  4e 
artillería  que  parecía  que  toda  la  mar  y  tierra  se  quería  hundir, 
y  las  galeras  hacían  otro  tanto  con  muchas  banderas  de  seda 
que  tenían  puestas  por  todas  las  gavias  de  diversas  colores, 
cosa  vistosa. 

Y  así  llegada  la  Armada  cerca  de  la  ciudad  vino  una  barca 
grande  toda  cubierta  de  paño  de  grana  que  tenían  aparejada, 
en  la  cual  Su  Alteza  saltó  desde  la  galera.  Y  luego  vinieron  á 
recibirle  los  Príncipes  de  la  Señoría  de  Genova  y  á  besarle  las 
manos.  Y  así  llegada  la  barca  á  tierra  salió  adonde  estaba  apa- 
rejado un  palio  de  brocado  de  plata  muy  rico.  Y  estaban  allí 
al  recibimiento  200  soldados  armados  de  punta  en  blanco  y  40 
Capitanes,  todos  vestidos  de  sedas  sobre  las  armas  y  200  hom- 
bres ancianos,  los  principales  de  la  ciudad,  vestidos  todos  de 
ropas  largas  de  terciopelo,  y  todos  los  oficios  y  Magistrados  de 
la  ciudad. 

Y  así  entrando  Su  Alteza  debajo  del  dicho  palio,  los  200 
soldados  la  -mitad   de  una   parte  y  la  mitad  de  otra  hicieron 


—  233  — 

c?.lle.  Y  visto  por  Su  Alteza  que  su  guarda  se  tardaba  á  desem- 
barcar empezó  á  caminar  por  entre  medias  de  aquellos  soldados 
y  se  fué  derecho  para  el  palacio  del  Príncipe  Doria,  acompañado 
de  todos  los  que  arriba  hemos  dicho  y  de  muchos  señores  y  d^- 
otro  gran  número  de  gentileshombres  y  gente  noble  de  la 
ciudad. 

Este  palacio  del  Príncipe  Doria  estaba  fuera  de  la  ciudad, 
y  en  mitad  del  camino  estaba  hecho  un  arco  triunfal  á  manera 
de  templo  con  muy  linda  invención  de  pinturas,  entre  las  cua- 
les estaban  figuradas  las  virtudes  imperiales  y  otras  cosas  muy 
excelentes.  Y  así  llegó  Su  Alteza  á  Palacio,  donde  estaba  apa- 
rejado de  diversos  aparatos,  todos  en  gran  manera  vistosos,  con 
gran  cantidad  de  invenciones,  todos  lindísimos.  Y  así  entrando 
Su  Alteza  en  el  palacio,  los  que  le  habían  acompañado  se  fue- 
ron para  que  Su  Alteza  pudiese  descansar  (aunque  la  mar  no 
le  tenía  ninguna  cosa  trabajado)  ,  todavía  se  retrajo  por  algún 
rato  á  reposar. 

Y  en  todo  este  camino  nunca  dejó  el  Príncipe  D.  Felipe 
cada  día  de  oir  misa  y  rezar  sus  oraciones  y  tener  mucha  con- 
versación con  todos  los  señores  que  iban  en  la  Armada,  jugando 
algunos  ratos  con  ellos  v  tomando  otros  pasatiempos  alegres  y 

m 

de  gravedad. 

Y  estando  Su  Alteza  descansando  en  el  palacio  del  Príncipe 
Doria,  por  causa  que  los  de  la  ciudad  pudiesen  acabar  los  ade- 
rezos para  el  recibimiento  que  se  había  de  hacer  en  su  entrada, 
fué  avisado  cómo  en  la  ciudad  estaba  un  caballero  español  que 
•muchos  años  había  que  había  huido  de  la  cárcel  de  la  Canci- 
llería de  Yalladolid  y  estaba  sentenciado  á  muerte  por  haber 
cometido  un  grave  delito.  Y  Su  Alteza  envió  á  rogar  á  la  Se- 
ñoría que  le  hiciese  placer  que  encarcelasen  á  aquel  caballero, 
lo  cual  luego  pusieron  por  obra,  y  fué  puesto  en  una  torre 
hasta  ver  lo  que  Su  Alteza  mandaba. 

Y  por  causa  de  querer  sacar  este  preso  para  llevarlo  á  las 
galeras  sucedió  en  la  ciudad  un  grande  alboroto  antes  que  Su 
Alteza  entrase  en  ella,  el  cual  fué  apaeiguado  por  los  Carde- 
nales de  Trento,  Coria,  Cibo  y  Doria  y  otros  muchos  señores 
y  caballeros.  Los  cuales  Cardenales  (salvo  el  de  Trento)  habían 


—  234  — 

venido  allí  desde  Roma  á  recibir  al  Príncipe.  Y  la  ciudad  envió 
cuatro  ciudadanos   de  los  más  principales  á   dar  cuenta  á  Su 
Alteza  y  disculpa  de  aquel  alboroto.  Y  -le  enviaron  el  preso  á- 
las  galeras  de  España. 

Y  á  la  ciudad  de  Genova  vinieron  dos  compañías  de  arcabu- 
ceros de  á  caballo,  cuyos  Capitanes  eran  Aguilera  y  Vargas, 
ios  cuales  había  enviado  el  Emperador  desde  Alemania  para  que 
acompañasen  al  Príncipe  por  todo  el  camino  que  había  de  ir. 
Era  cada  compañía  de  ioo  arcabuceros,  todos  muy  prácticos 
en  la  guerra. 

Y  cuando  á  Su  Alteza  le  pareció  que  estarían  acabados  los 
aderezos  que  se  hacían  para  su  entrada  y  que  todo  estaba  á 
punto,  mandó  que  algunos  grandes  de  su  Corte  dijesen  que  ya 
estaba  descansado  y  que  haría  la  entrada  cuando  ellos  quisiesen. 
Y  asimismo  mandó  dar  las  libreas  que  había  mandado  hacer 
para  sus  criados  en  España,  que  eran  de  amarillo  y  blanco  y 
encarnado. 

Y  en  la  ciudad  estaban  aparejadas  grandísimas  invenciones 
de  cosas,  así  de  arcos  triunfales  como  de  otro  edificios  y  tea- 
tros con  ricos  atavíos  y  versos  latinos  que  aquí  algunos  de  ellos 
diremos  en  romance,  todos  apropiados  á  la  gloria  y  triunfo  del 
Príncipe  B.   Felipe  nuestro   señor. 


CAPÍTULO  XXVII 

Del  muy  solemne  recibimiento  que  fué  hecho  al  Príncipe  en  la 
ciudad  de  Genova  y  los  muchos  arcos  triunfales  é  invencio- 
nes que  allí  hubo,  y  los  banquetes  y  fiestas  que  á  Su  Alteza 
fuefon  hechos  en  la  dicha  ciudad. 

Primeramente,  á  la  puerta  de  la  ciudad  (que  se  decía  la 
Puerta  de  Santo  Tomás)  estaban  puestos  dos  gigantes  con  al- 
gunas muy  lindas  pinturas,  y  en  cuadro  estaban  escritos  dos 
versos  que  decían : 

Don  Felipe,  Príncipe  grande,  mucho  se  huelga  con  vuestra 
venida  Crénova  y  sus  montes  altos  y  aguas  y  sus  edificios. 


Y  encima  de  la  puerta  de  la  dicha  ciudad  llamada  la  Puerta 
de  Vaca  estaban  pintadas  dos  mujeres  de  color  de  mármol  en 
semejanza  de  la  Fe  y  de  la  Libertad,  y  estaban  con  sus  brazos 
tendidos  la  una  hacia  la  otra  y  tenía  atados  los  dedos  pulgar 
üe  la  una  á  la  otra.  Y  encima  de  ellas  estaba  una  granada 
cerrada,  que  significaba  la  unión,  y  una  cabeza  de  Jano  que 
tenía  dos  rostros.  Y  entre  medias  de  ellos  estaban  dos  versos 
latinos  que  decían  : 

Entrad,  hijo  digno  de  tal  padre,  de  César  nunca  vencido  y 
más  alto  que  todos. 

Y  en  otro  cuadro  estaban  escritos  otros  dos  versos  que 
decían  : 

El  cielo  se  huelga  con  vuestra  venida,  la  tierra  de  Dala  os 
produce  flores,  la  diosa  Doris  se  regocija  con  su  regazo  abierto. 

Y  junto  á  San  Siró  estaban  hechos  tres  arcos  triunfales  que 
tomaban  gran  trecho  de  aquella  calle,  y  se  juntaba  el  uno  con 
el  otro.  Y  en  la  delantera  del  primero  había  cuatro  columnas 
de  bultos  grandes,  pintadas  de  colores  de  diversos  mármoles  con 
sus  basas  y  chapiteles  dorados,  y  encima  de  ellas  estaban  unos 
gestos  que  parecía  que  estaban  soplando  y  en  el  soplar  echaban 
muchas  flores  encima  de  aquellas  columnas.  Y  en  el  friso  ó 
•moldura  que  estaba  entre  medias  de  estas  columnas  estaban 
escritas  ciertas  palabras  en  latín,  que  decían  : 

A  D.  Felipe,  hijo  de  Carlos  Quinto,  muy  grande  y  siem- 
pre augusto. 

Y  encima  de  las  molduras  y  remates  de  los  dichos  árboles 
estaban  puestos  de  un  lado  Júpiter  y  del  otro  Febo.  Y  en  medio 
de  ellos  estaba  puesto  el  Príncipe  D.  Felipe  armado  encima  de 
un  caballo  y  encima  de  su  eabecera  estaba  pintada  la  Victoria. 
Y  debajo  del  arco  de  una  parte  estaba  pintada  Italia  y  de  la 
otra  la  Señoría,  que  lo  recibían  y  se  holgaban  con  su  venida. 

Y  debajo  del  arco  que  miraba  hacia  la  calle  que  decían  de 
los  Bancos  del  un  lado  estaban  árboles  de  palmas  y  entre  ellos 
algunas  doncellas  que  cortaban  de  aquéllos  ramos  y  los  subían 
arriba,  adonde  estaba  figurado  Su  Alteza.  Y  del  otro  lado  esta- 
ban laureles  y  junto  á  ellos  la  Virtud,  la  cual  no  contentándose 
de  aquellas  ramas  para  hacer  la  corona  del  Príncipe  arrebataba 


-  236  — 

del  fruto  de  aquellos  árboles  y  los  andaba  sembrando  por  los 
triunfos.  Y  en  la  delantera  del  arco  estaban  en  latín  estas  pa- 
labras : 

Otra  esperanza  de  nuevo  mundo. 

Y  encima  estaba  figurado  Su  Alteza  á  pie  y  cabe  de  él  Pro- 
moteo  (que  decían  Dios  del  mar) ,  verdadero  conocedor  de  los 
profundos  secretos  de  ella  y  de  la  tierra,  el  cual  abrazando  sus 
dos  columnas  en  Egipto  les  decía  en  latín  estas  palabras : 

Que  Su  Alteza  pasaría  allende  de  éstas  del  río  Ganges. 

Y  á  los  lados  del  dicho  arco  estaban  dos  ninfas  con  sendos 
cuernos  de  copia  en  las  manos,  que  significaban  grande  abun- 
dancia de  todas  las  cosas  y  bienes  con  el  ayuda  de  Su  Alteza. 
Y  al  cabo  estaba  la  Fama  que  parecía  que  se  quería  levantar 
para  volar  con  deseo  de  rodear  al  mundo  para  llevar  por  él  el 
nombre  del  Príncipe  D.  Felipe. 

Y  entre  un  arco  y  el  otro  había  muy  gran  trecho,  donde 
estaban  pintadas  algunas  hazañas  de  las  señaladas  del  Empe- 
rador D.  Carlos.  Y  de  la  otra  parte  del  arco  que  miraba  hacia 
Septentrión  estaban  figuradas  Alemania  y  Hungría  levantadas 
en  pie,  haciendo  semblante  de  estar  muy  gozosas  y  alegres,  la 
una  por  haber  sido  pocos  años  atrás  alterada  de  Sultán  Solimán, 
Gran  Turco ;  la  otra  por  verse  librada  de  las  manos  de  los  do- 
mésticos  tiranos  de  aquella  provincia,  siendo  reducida  á  las 
ordenanzas  y  gobernación  del  Sacro  Imperio.  Y  en  el  medio  se 
veía  el  río  Al  bis,  el  cual  iba  á  entrar  en  la  mar  con  su  antigua 
ferocidad,  y  encima  venían  gentes  bárbaras  que  traían  riquísi- 
mos dones,  y  debajo  estaban  escritas  estas  palabras  : 

Eas  gentes  que  venían  á  la  parte  del  Norte  os  traían  gran- 
des dones. 

Y  de  la  otra  parte  hacia  Mediodía  estaba  figurada  África, 
la  cual  por  verse  juzgada  y  tributaria  la  más  noble  parte  de  sí, 
que  es  adonde  había  sido  Cartago,  se  estaba  echada  con  mucho 
sosiego.  Y  hacia  el  Occidente  estaba  de  la  misma  manera  des- 
nuda India,  adonde  por  el  favor  del  Emperador  y  con  el  se- 
gundo favor  del  cielo  habían  pasado  las  gentes  é  insignias  de 
Cristo.  Y  entre  medias  de  ellas  estaba  el  río  Nilo,  que  parecía 
que  con  semblante  de  mucha   alegría  abría   su  regazo,  y  que 


—  237  — 

con  todas  sus  vestiduras  convidada  y  llamaba  al  Príncipe  don 
Felipe,  diciendo  que  fuese  para  él  con  estas  palabras  en  latín  : 

L,a  tierra  os  es  debida  por  los  hados. 

Encima  y  debajo  de  estas  provincias  estaban  trofeos  y  des- 
pojos con  las  armas  de  cada  una  de  ellas.  Y  sobre  todas  estaba 
la  Majestad  del  Emperador  sentada  en  una  silla  tribunal,  glo- 
riándose en  su  pensamiento  con  el  fruto  de  sus  inmortales  tra- 
bajos. Y  su  asiento  estaba  puesto  encima  de  la  puerta  de  un 
gran  templo,  dando  á  entender  que  Su  Majestad  en  todos  sus 
hechos  siempre  había  tenido  por  principal  intento  y  cuidado  la 
defensión  del  Reino  de  Dios  y  de  la  santa  fe  católica.  Y  junto 
á  la  silla  estaban  estas  palabras  en  latín,  que  decían : 

De  mi  virtud  y  verdadero  trabajo  aprende. 

Y  al  principio  y  entrada  de  las  dos  calles  que  estaban  á  los 
cambios  estaban  puestos  en  alto  algunos  aparatos  muy  excelen- 
tes con  ciertos  gigantes  que  sostenían  en  sus  hombros  dos  muy 
lindos  cuadros.  Y  en  el  primero  estaban  escritas  en  latín  estas 
palabras : 

Todos  los  pueblos  de  Amberes  (sic)  de  alegría  y  placer  en 
verte. 

Y  en  el  otro  : 

Con  la  buena  dicha  de  vuestro  padre  y  con  la  vuestra  las 
tierras  del  río  Ganges  y  las  de  Asia  se  os  rendirán. 

Y  en  la  plaza  de  San  Jorge  estaba  hecho  un  arco  triunfal 
en  que  estaba  figurada  la  historia  de  este  santo  con  dos  versos 
en  cada  lado,  en  los  cuales  se  contenía  que  la  ciudad  de  Ge- 
nova rogaba  á  aquel  bienaventurado  santo  acompañase  al  Prín- 
cipe D.  Felipe  y  le  hiciese  con  su  favor  alcanzar  mucha  gloria 
en  los  siglos  venideros. 

Y  más  adelante,  en  una  plaza  que  dicen  de  los  Justinianos, 
estaba  levantado  otro  arco  triunfal  en  el  cual  estaba  pintada 
la  guerra  de  Túnez,  y  en  un  lado  estaban  escritos  unos  versos 
que   decían  : 

Huélgate  excelente  Casa  de  Austria,  no  menor  que  la  de 
Cibeles.  Gózate  dichosa  con  tal  padre  y  con  tal  hijo. 

Y  del  otro  lado  del  arco  estaba  pintada  la  prisión  del  Duque 
de  Sajonia,  con  un  letrero  en  latín  que  decía  : 


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Don  Felipe,  gran  señor,  imitad  sólo  á  vuestro  padre. 

Y  la  Iglesia  Mayor,  que  se  decía  San  Lorenzo,  adonde  Su 
Alteza  había  de  ir  derecho  el  día  de  la  entrada,  estaba  adornada 
de  riquísimos  ornamentos  cuanto  era  posible.  Y  en  el  medio 
de  ella  estaban  puestas  las  armas  de  Su  Alteza,  con  un  letrero 
en  latín  que  decía  estas  palabras: 

Venid,  buen  Príncipe,  y  sea  vuestra  venida  dichosa  y  buena 
para  vos  y  para  nosotros  y  para  la  Italia. 

Y  junto  al  coro  estaban  puestas  las  armas  imperiales  con 
estas  palabras  siguientes  en  latín  : 

Su  Majestad  pasará  más  adelante  de  los  ríos  de  Ganges  y 
Eufrates  y  á  vía  que  no  pasó  Alejandro,  y  que  pasado  el  mar 
Océano,  que  no  lo  pasó  Hércules,  y  ha  sojuzgado  más  adelante. 

Y  pues  habernos  contado  todo  el  aparato  artificial  que  se 
hizo  en  la  ciudad  de  Genova  para  la  entrada  y  triunfo  del  Prín- 
cipe D.  Felipe  desde  el  palacio  del  Príncipe  Doria,  donde  Su 
Alteza  estaba  aposentado  hasta  la  Iglesia  Mayor  de  la  dicha 
ciudad,  contaremos  ahora  en  suma  las  cosas  notables  que  pasa- 
ron en  la  entrada  de  Su  Alteza. 

Su  Alteza  entró  en  la  ciudad  de  Genova  á  los  S  de  Diciem- 
bre de  este  año,  y  todas  las  calles  desde  el  palacio  hasta  la 
Iglesia  Mayor  estaban  emparamentadas  del  un  lado  y  del  otro 
de  muy  rica  tapicería  y  alfombradas  de  seda.  Y  todas  las  ven- 
tanas que  eran  muy  muchas  por  ser  las  casas  muy  altas  estaban 
muy  llenas  de  muy  hermosas  mujeres,  todas  muy  ataviadas  de 
oro,  seda,  perlas  y  otras  preciosas  piedras,  y  se  sentía  salir  de 
todas  aquellas  casas  suavísimo  olor  de  excelentes  perfumes. 

Delante  de  Su  Alteza  iba  gran  número  de  señores  y  caba- 
lleros así  de  España  como  de  Italia  y  de  otras  partidas,  todos 
de  dos  en  dos  y  también  aderezados  de  atavíos  cuanto  era  po- 
sible, así  de  sus  personas  como  de  sus  muy  hermosos  caballos. 

Después  había  delante  de  Su  Alteza  400  alabarderos  á  pie, 
los  200  eran  españoles  é  iban  á  la  mano  derecha  y  los  otros  200' 
eran  alemanes  é  iban  á  la  izquierda,  y  todos  vestidos  de  ama- 
rillo con  las  guarniciones  blancas  bordadas  por  encima  con  seda 
encarnada  y  oro  fino,  que  cierto  era  muy  gentil  vista. 

Y  adelante  de  Su  Alteza  v  en  medio  de  aquellos  alabarderos 


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iba  una  gran  ringlera  de  pajes  muy  bien  concertados  y  vestidos 
de  la  misma  librea,  y  todos  con  las  gorras  en  las  manos.  Des- 
pués venía  Su  Alteza  con  un  semblante  y  denuedo  muy  singu- 
lar, mostrando  en  todo  la  realeza  de  su  presencia  semejar  al 
altísimo  valor  paterno.  Luego  cabe  él  venían  los  cuatro  Carde- 
nales ya  dichos,  los  dos  del  un  lado  y  los  dos  del  otro,  y  des- 
pués venía  atrás  grandísimo  número  de  gente  noble  y  caba- 
lleros. Y  todos  los  que  iban  adelante  y  atrás  parecía  que  no 
cabían  de  placer  y  alegría  en  sí,  y  no  menos  los  ciudadanos. 

Y  andando  Su  Alteza  muy  despacio  mirando  á  un  cabo  y  á 
otro  todas'  las  particularidades  ya  dichas,  llegó  á  la  Iglesia  de 
la  plaza,  de  la  cual  estaba  muy  guardada  de  ciertos  Capitanes 
que  estaban  repartidos  á  las  bocas  de  las  calles  para  que  en  la 
dicha  plaza  no  pudiese  entrar  ninguna  gente  plebeya  á  dar 
fastidio  ó  embarazo  á  los  que  habían  de  entrar  en  la  iglesia 
y  en  ella. 

Y  así  llegado  Su  Alteza  á  las  gradas  se  apeó,  y  luego  fué 
recibido  del  Príncipe  Doria  y  de  otros  muchos  señores  y  de  los 
sacerdotes  de  aquel  templo  con  muy  graciosas  ceremonias.  Y 
entrando  hasta  cerca  el  Altar  Mayor,  le  cantó  misa  un  Obispo 
principal,  la  cual  Su  Alteza  oyó  con  mucha  reverencia  y  aten- 
ción. Y  acabada  la  misa  se  entró  en  un  sagrario  con  muchos 
señores  principales,  adonde  Su  Alteza  con  todos  los  demás  se 
hincó  de  rodillas  y  les  fué  mostrado  el  Santo  Brial,  en  el  cual 
Su  Alteza  miró  con  gran  devoción  y  acatamiento,  dando  mu- 
chas gracias  á  Nuestro  Señor  de  ver  cosa  tan  excelente  y  tan 
divina. 

Este  Santo  Brial  es' un  plato  á  manera  de  un  barreñón,  en 
ei  cual  Nuestro  Señor  Jesucristo  cenó  el  jueves  de  la  cena.  Y 
luego  se  tornó  divina  y  misteriosamente  de  un  color  que  no 
hay  en  el  mundo  esmeralda  por  perfectísima  que  sea  que  se  le 
pueda  comparar. 

Y  Su  Alteza  muy  contento  de  haber  visto  tan  alta  reliquia 
(siendo  ya  las  dos  horas  de  la  tarde  ó  .más)  se  volvió  por  las 
calles  por  donde  había  ido  hasta  llegar  á  palacio.  Y  ni  á  la  ida 
ni  á  la  vuelta  nunca  quitó  la  gorra  á  ninguna  de  las  mujeres 
que  le  estaban  á  ver  pasar,  por  causa  que  un  Cardenal  le  había 


—  240  — 

dicho  que  no  se  usaba  en  aquella  ciudad  quitar  la  gorra  á  las 
mujeres. 

Y  á  10  de  Diciembre  Su  Alteza  anduvo  cabalgando  por  la 
ciudad  y  fué  á  ver  toda  la  cerca  de  ella,  la  cual  le  pareció  muy 
bien.  Y  después  paseándose  por  la  ciudad,  habiendo  sido  infor- 
mado que  las  mujeres  estaban  quejosas  pareciéndoles  que  Su 
.  Alteza  hacía  poco  caso  de  ellas,  las  -miraba  con  muy  graciosos 
meneos  y  dulces  semblantes  con  señal,  de  mucho  amor,  qui- 
tando la  gorra  á  todas  las  que  le  parecía  que  lo  merecían.  Por 

manera  que  toda  la  ciudad  pareció  tan  llena  de  contentamiento 

« 

y  de  gozo  que  era  cosa  de  maravilla  verlo. 

En  todo  el  discurso  de  tiempo  que  estuvo  Su  Alteza  en  Ge- 
nova, que  fueron  diez  y  seis  días,  hubo  en  la  ciudad  muchos 
banquetes  muy  grandes  y  solemnes  que  hicieron  ciudadanos 
particulares,  así  á  los  grandes  de  España  como  á  otros  señores  y 
personas  nobles  que  había  en  la  Corte,  entre  los  cuales  banque- 
tes hubo  uno  que  hizo  un  ciudadano  á  todos  los  señores  y  ca- 
balleros, que  fueron  52  á  la  mesa  y  31  damas  muy  hermosas, 
que  eran  mujeres  de  personas  principales  de  la  ciudad,  el  cual 
banquete  costaría  obra  de  mil  ducados,  y  no  hubo  en  él  ningún 
género  de  carne  doméstica,  sino  todo  montesino  y  caza  de  aves 
bravas  de  todas  las  maneras  que  se  pudo  imaginar.  Hubo  mu- 
chas maneras  de  músicas  muy  excelentes,  y  á  la  postre  un 
juego  de  primera  que  no  se  podía  sacar  menos  de  300  escudos 
de  resto,  y  no  se  podía  envidar  ni  tener  menos  de  40  escudos, 
y  hubo  persona  de  los  que  jugaron  que  ganó  15.000  escudos. 
De  los  otros  banquetes  no  tocaremos  cosa  alguna  por  excusar 
prolijidad  ;  baste  que  fueron  muchos  y  grandes. 

Estando  }^a  Su  Alteza  con  toda  su  Corte  para  Milán  de 
partida,  todos  los  señores  así  de  España  como  de  otras  partes 
hicieron  muy  grandes  dádivas  á  sus  huéspedes  y  huéspedas. 
Y  el  Almirante  de  Castilla  empresentó  un  caballo  jinete  á  su 
huésped  que  era  el  más  hermoso  que  había  en  la  Corte,  en- 
jaezado y  ataviado  de  bordaduras  de  oro  y  plata  y  piedras 
muy  ricas  que  valía  más  de  1.500  ducados,  que  fué  buen  pre- 
sente. 

A  los  11  de  Diciembre,  habiendo  Su  Alteza  recibido  aquel 


—  241  — 

triunfo,  se  partió  camino  de  Milán  con  su  Corte,  despidiéndose 
así  del  Príncipe  Andrea  Doria,  como  de  otras  personas  que  allí 
quedaron.  Y  al  Príncipe  Andrea  Doria  dio  Su  Alteza  un  joyel 
de  gran  valor  y  otra  joya  á  la  Princesa  Doria  muy  rica  y  otra 
á  la  mujer  de  Juanetín  Doria.  Y  se  fué  á  Gabi  y  desde  allí  á 
la  ciudad  de  Alejandría  y  á  Tortona  y  á  Hunguera,  y  de  allí 
á  la  ciudad  de  Pavía  y  á  Pinarascol ;  por  todas  las  cuales  ciu- 
dades y  lugares  hicieron  á  Su  Alteza  recibimientos  (aunque  no 
muy  ricos  por  causas  de  su  pobreza  con  las  guerras  pasadas) . 


CAPITULO  XXVIII 

Cómo  fué  hecho  al  Príncipe  D.  Felipe  un  solemnísimo  recibi- 
miento en  la  ciudad  de  Milán,  de  muchos  arcos  triunfales 
con  muchas  y  muy  sutiles  letras  é  invenciones.  Y  los  seño- 
res y  caballeros  que  acompañaron  á  Su  Alteza.  Y  los  muy 
ricos  vestidos  y  libreas  que  sacaron.  Y  otras  cosas  que  allí 
acontecieron. 

A  los  19  días  del  mes  de  Diciembre  llegó  Su  Alteza  con 
toda  su  Corte  á  la  ciudad  de  Milán,  la  cual  tenía  aparejado  muy 
gran  recibimiento,  así  de  muchos  arcos  triunfales  como  de  otros 
edificios  y  diferentes  invenciones  de  las  cuales  diremos  junta- 
mente con  la  entrada  de  Su  Alteza  en  la  dicha  ciudad. 

Primeramente  á  la  puerta  por  donde  Su  Alteza  había  de 
entrar,  que  se  llamaba  la  Puerta  Tesinera,  estaba  hecha  una 
puente  de  madera  muy  grande  con  muy  sutil  artificio,  la  cual 
era  de  largo  150  brazas  (que  cada  braza  de  aquella  tierra  es 
tres  cuartas  de  ésta) ,  encima  de  la  cual  estaban  puestas  ocho 
imágenes  de  bulto  en  forma  de  mujeres  vestidas  y  aderezadas 
de  blanco.  Y  era  cada  una  de  ellas  de  estatura  de  seis  varas 
en  alto;  y  las  cuatro  estaban  sobre  el  antepecho  del  un  lado 
de  la  puente  y  las  otras  cuatro  encima  del  otro.  S:gnificaban 
las  ocho  ciudades  principales  que  tenía  el  Estado  de  Milán. 

La  primera  era  la  misma  ciudad,  que  tenía  en  la  mano  una 

corona  y  un  cetro  y  dos  llaves,  y  después  todas  las  otras  siete 

ífi 


—  242  — 

tenían  su   señal  en  la  mano,  como  eran  Cremona,   Lodi,   No- 
vara,  Pavía,  Corno,  Alejandría  y  Torona. 

Y  en  mitad  de  la  dicha  puente  estaba  hecho  un  arco  triun- 
fal de  alto  de  ii  varas  y  más  de  20  de  ancho.  Y  la  puerta  era 
20  varas  en  alto,  sobre  la  cual  estaba  un  letrero  en  latín  que 
decía  estas  palabras : 

Felipe,  Príncipe  muy  alto,  en  el  cual  resplandece  la  virtud 
de  tu  padre  Carlos  Quinto,  Emperador  Augusto.  La  ciudad 
de  Milán,  muy  alegre,  te  promete  fe  duradera  para  siempre 
y  te  anuncia  esperanza  de  buena  dicha. 

Y  á  un  lado  de  este  letrero  estaba  un  cuadro  grande  en  que 
estaba  figurado  el  nacimiento  de  Su  Alteza.  Y  del  otro  estaba 
figurado  cuando  fué  jurado  por  Príncipe  de  España.  Y  encirra 
de  todo  estaban  las  armas  de  Su  Alteza  imperiales,  y  debajo  las 
de  la  ciudad  y  las  de  D.  Hernando  de  Gonzaga.  Y  del  otro 
lado  del .  arco  que  miraba  hacia  la  iglesia  de  Santo  Eustor- 
gio  estaba  un  letrero  en  latín  que  decía  estas  palabras : 

A  vosotros  os  es  concedido   (aunque  la  fortuna  no  quiera) 
vencer  todas  las  cosas  dificultosas,  y  de  esto  no  nos  habernos 
de  maravillar,  porque  el  ánimo  piadoso  y  bueno  atrae  á  sí  la 
gracia  divina. 

Y  á  los  lados  de  este  letrero  estaban  puestos  dos  cuadros 
grandes  en  que  estaba  figurado  en  el  uno  cómo  el  Emperador 
estaba  coronando  al  Príncipe,  y  en  el  otro  cuando  Su  Alteza 
se  embarcó  para  venir  en  Italia. 

Y  llegado  Su  Alteza  á  esta  puente  á  las  cuatro  horas  de  la 
tarde  adonde  le  había  salido  á  recibir  el  Senado  de  Milán  con 
muy  gran  compañía,  todos  muy  bien  ataviados.  Y  César  Gon- 
zaga, hijo  mayor  de  D.  Hernando  Gonzaga,  acompañado  de 
12  caballeros,  que  eran  todos  Condes,  vestidos  de  terciopelo 
carmesí  bordado  de  oro,  con  mucha  pedrería  y  grandes  cade- 
nas y  otros  atavíos  mu}^  ricos,  los  cuales  tocios  después  acom- 
pañaron á  Su  Alteza  sirviéndole  de  mozos  de  espuelas. 

Y  también  había  salido  al  recibimiento  Mucio  Eí-forza  con 
150  mancebos  milaneses  de  los  principales  de  la  ciudad,  ves- 
tidos todos  de  terciopelo  blanco  y  raso  blanco  con  forros  de 
tela  de  plata,  y  todo  bordado  de  hilo  de  oro.   Y  cada  uno  de 


—  243  — 

ellos  traía  en  la  mano  un  hacha  de  hierro  dorada  y  sin  celada, 
con  la  mitad  del  astil  cubierto  de  terciopelo  blanco.  Y  tra> 
éstos  vinieron  en  dos  colegios  todos  los  letrados  de  la  ciudad 
y  otro  gran  número  de  la  gente  noble. 

Y  así  fué  recibido  Su  Alteza  pasando  por  la  puente,  y 
delante  de  sí  iba  su  guarda  que  eran  300  arcabuceros  de  á 
caballo,  todos  vestidos  con  sayos  de  terciopelo  amarillo  con 
guarniciones  blancas  bordadas  de  oro  y  encarnado.  Y  luego 
tras  esta  guardia  venían  tres  Capitanes  de  caballos  ligeros  de 
á  50  cada  una.  La  primera  del  Capitán  Federico  Garín,  el  cual 
iba  vestido  de  muy  rico  brocado  y  su  gente  de  terciopelo  con 
la  una  manga  de  librea  de  negro  y  amarillo.  La  segunda  era 
del  Conde  Cay  aro ;  la  librea  era  una  manga  negra  y  blanca. 
La  tercera  del  Sr.  Fluminio,  con  una  manga  naranjada  y  ne- 
gra. Tras  éstos  venían  20  pajes  vestidos  de  libreas  de  Su  Al- 
teza, caballeros  encima  de  20  caballos,  jinetes  muy  hermosos. 

Y  después  venían  más  de  150  caballeros  de  la  casa  de  Su  Al- 
teza. Y  tras  ellos  los  Senadores,  Magistrados  y  otras  preeminen- 
cias de  la  ciudad.  Y  luego  tras  ellos  el  Príncipe  de  Arco] i, 
Marqués  de  Pescara,  Marqués  de  Sarona  y  el  Sr.  Hernando 
Castalio,  todos  vestidos  de  terciopelo  carmesí  bordado  de  oro. 

Tras  éstos  iba  la  guardia  de  Su  Alteza  y  los  alabarderos, 
todos  vestidos  de  la  librea.  Y  después  iban  muchos  señores 
así  de  España  como  de  Italia  y  otras  partes,  como  eran  el 
Almirante  de  Castilla,  Duque  de  Alba,  Duque  de  Sesa,  Mar- 
qués de  Astorga,  Conde  de  Luna,  Marqués  de  las  Navas,  Conde 
de  Olivares,  D.  Hernando  de  Gonzaga,  Marqués  de  Mello  y 
otros  muchos  señores  principales.  Y  luego  Su  Alteza  encima 
de  un  hermoso  caballo  morcillo  con  las  guarniciones  doradas, 
con  un  sayo  de  terciopelo  pardo  bordado  extremadamente  de 
oro  y  un  chapeo  del  mismo  terciopelo  con  una  pluma  blanca. 

Y  á  su  mano  derecha  iba  el  Cardenal  de  Trento  y  á  la  iz- 
quierda el  Duque  de  Saboya.  Y  á  pie  iba  de  un  lado  D.  César 
Gonzaga  con  los  12  Condes  (ya  dichos)  y  del  otro  lado  iba 
D.  Andrea  de  Gonzaga,  hijo  segundo  de  D.  Hernando  de  Gon- 
zaga, con  14  caballeros  los  más  principales  de  la  ciudad,  ves- 
tidos todos  con  jubones  y  calzas  de  terciopelo  carmesí  y  bordado 


—  244  — 

todo  de  hilo  de  oro,  y  encima  unas  ropas  del  mismo  terciopelo 
hasta  las  rodillas,  forradas  todas  de  tela  de  oro. 

Todos  estos  que  dicho  tengo  habían  venido  en  muy  hermo- 
sos caballos  guarnecidos  de  terciopelo  carmesí  y  oro.  Y  llega- 
dos donde  Su  Alteza  estaba,  se  apearon  é  hincaron  de  rodillas 
y  luego  se  pusieron  á  sus  lados.  Detrás  de  Su  Alteza  iban  di- 
versos Embajadores  y  entre  ellos  el  de  Venecia  y  Florencia. 
Luego  después  venían  cinco  capitanías  de  hombres  de  armas 
todos  vestidos  de  terciopelo,  oro  y  brocado.  Traía  cada  capi- 
tanía muy  rico  estandarte.  Los  Capitanes  eran  Alejandro  de 
Gonzaga,  D.  Francisco  de  Diamonte,  el  Conde  de  Somara,  don 
Raimundo  de  Cardona  y  el  Conde  Felipe  Tornelio ;  todos  ade- 
rezados de  brocado,   oro,   seda  y  perlas  y  otras  pedrerías. 

Y  con  esta  orden  que  hemos  dicho  comenzó  Su  Alteza  á 
caminar  hacia  la  ciudad,  y  llegado  á  la  puerta  de  ella  tocaron 
grandísimo  número  de  trompetas,  atabales,  chirimías,  sacabu- 
ches, dulzainas,  atambores  y  otras  muchas  diferencias  de  sona- 
jes.  Y  el  castillo  comenzó  á  descargar  tantos  tiros  de  artillería 
que  no  parecía  sino  que  todo  el  mundo  se  quería  hundir,  y  el 
aire  estaba  lleno  de  humo  de  fuego  que  salía  del  castillo.  De 
manera  que  el  estruendo  fué  tan  grande  y  el  regocijo  tan  cre- 
cido que  no  se  oían  los  hombres  hablar  unos  á  otros.  Y  la  alegía 
que  tenía  la  gente  común  era  tal  que  no  parecía  sino  que  cada 
uno  había  de  salvar  su  ánima  con  la  venida  del  Príncipe. 

Y  en  llegando  á  la  puerta  de  la  ciudad  que  sería  de  alto 
de  30  varas  y  otras  30  de  ancho  y  una  puerta  de  hasta  ocho 
varas,  y  encima  de  ella  estaban  las  armas  de  Su  Alteza  con 
un  letrero  en  latín  que  decía  : 

Tu  diestra  muy  poderosa  y  ánimo  invencible  y  saber  con 
el  ejemplo  de  tu  muy  alto  padre,  te  abrirá  la  puerta  y  entrada 
á  todo  lo  que  conviniere  para  la  honra  y  gloria  de  tu  nombre. 

Y  yendo  Su  Alteza  un  poco  más  adelante  estaban  hechos 
otros  dos  arcos  triunfales  con  sus  armas  y  muy  lindas  pinturas. 
Y  pasando  debajo  de  ellos  y  yendo  poco  más  adelante  estaban 
otros  dos  arcos  triunfales,  y  encima  del  uno  estaba  una  águila 
muy  grande  y  á  los  lados  tenía  dos  bolas  muy  grandes  que 
echaban  fuego,  y  estaban  al  pie  de  ellas  dos  figuras  de  bulto 


—  245  — 

tendidas  y  tenían  en  las  manos  dos  cuernos  llenos  de  frutas, 
flores  y  espigas  de  trigo,  que  llaman  cuerno  de  copia  ó  abun- 
dancia. Y  desde  este  arco  al  otro  estaba  todo  el  cielo  cubierto 
de  tela  azul  llena  de  estrellas  de  oro.  Y  encima  de  los  arcos 
estaban  las  armas  imperiales  con  las  dos  columnas  y  con  el 
mote  de  Plus  ultra. 

Y  desde  este  arco  hasta  la  plaza  estaba  toda  la  calle  cu- 
bierta de  sargas  blancas  de  Anacoste,  y  toda  la  calle  estaba 
ataviada  de  una  parte  y  otra  de  muchas  riquezas,  las  ventanas 
con  muy  hermosas  mujeres  y  muy  bien  aderezadas  de  oro, 
seda,  perlas  y  de  otras  joyas  y  de  muy  ricos  atavíos.  Y  más 
adelante  donde  estaba  la  pescadería  estaba  hecho  otro  arco 
triunfal  muy  hermoso  con  cuatro  columnas  ceñidas  con  unas 
hojas  como  de  parra.  Eran  casi  de  14  varas  en  alto.  Y  á  los 
lados  del  arco  estaban  unas  muí  eres  que  tañían  unas  trom- 
petas. Y  encima  de  él  estaba  una  cabeza  de  un  león  que  tra- 
baba de  las  armas  de  la  ciudad.  Y  debajo  de  todo  esto  estaba 
un  rótulo  en  latín  que  decía  estas  palabras : 

Entre  todas  las  generaciones  de  los  Césares  la  tuya  es  la 
más  dichosa.  La  religión  cristiana  se  regocija,  porque  tú  has 
de  poner  término  y  fines  en  lo  último  de  la  tierra. 

Y  encima  de  este  arco  había  un  edificio  que  le  tenían  dos 
figuras  á  cuestas  y  á  los  dos  lados  estaban  otras  dos  figuras 
de  la  Fama  que  tenían  en  la  una  mano  una  trompeta  y  en  la 
otra  una  palma.  Y  en  las  alas  del  arco  estaban  cuatro  figuras : 
la  primera  tenía  en  las  manos  un  mundo  y  debajo  de  los  pies 
dos  hombres  vestidos  á  la  turquesa  á  manera  de  sojuzgados, 
y  encima  de  la  cabeza  tenían  dos  niños  que  le  tenían  una  co- 
rona, y  al  lado  segundo  estaba  una  figura  sobre  un  trofeo,  y 
frontero  de  ésta  estaba  otra  que  tenía  una  corona  en  la  cabeza 
y  un  cetro  en  la  mano,  y  estaba  asentada  debajo  de  un  pabe- 
llón, y  frontero  de  ella  estaba  la  otra  que  tenía  vestidas  unas 
corazas  y  debajo  de  los  pies  un  almete.  Y  todas  estas  figuras 
tenían  cada  una  su  rótulo  en  latín.  La  primera  tenía  el  suyo 
que  decía :  Carlos  V  Emperador,  Rey  de  Romanos.  La  segunda, 
Maximiliano,  Emperador  de  Romanos.  Y  la  tercera,  Felipe, 
Rey  de  España.  La  cuarta,  Fernando,  Rey  de  Romanos. 


—  246  — 

Y  de  la  otra  parte  del  arco  estaban  otras  figuras :  la  pri- 
mera tenía  un  cetro  en  la  mano  y  debajo  de  los  pies  diferentes 
gentes  sojuzgadas  de  ellos  pidiendo  misericordia  y  encima 
estaba  escrito:  Felipe,  Príncipe  de  España,  hijo  del  Empera- 
dor Don  Carlos  Quinto.  Y  debajo  de  la  otra  figura  estaba  es- 
crito :  Federico,  Tercero  Emperador  Romano.  Y  debajo  de  la 
otra :  Maximiliano,  hijo  primogénito  de  D.  Hernando,  Rey  de 
Romanos,  Archiduque  de  Austria.  Y  debajo  de  la  otra  estaba 
escrito :  Alberto  Quinto,  Emperador  de  los  Romanos.  Y  en  este 
arco  había  otras  muchas  figuras  y  letreros  que  se  dejan  por 
evitar  prolijidad. 

Pasó  Su  Alteza  debajo  de  este  arco  y  fué  á  la  Iglesia  Ma- 
yor que  llaman  el  Domo  acompañado  de  toda  la  caballería  que 
hemos  dicho.  Y  en  la  delantera  de  la  iglesia  estaba  hecha  una 
muy  linda  arquitectura,  y  á  la  puerta  estaban  dos  grandes 
columnas  enc'ma  de  dos  leones  de  bulto,  y  á  la  mano  derecha 
estaba  Judit  con  la  cabeza  de  Holofernes  en  la  mano  izquierda 
y  en  la  derecha  la  espada.  Y  en  la  mano  izquierda  estaba  Da- 
vid con  la  cabeza  de  Goliat  debajo  de  los  pies,  y  encima  de  él 
estaba  figurada  la  figura  de  Josué  cuando  hizo  parar  el  sol,  y 
la  historia  de  Nabucodonosor  cuando  comía  con  las  best:as. 
Y  del  otro  lado,  encima  de  Judit,  estaba  figurado  cuando  por 
mandado  de  Dios  el  ángel  mató  en  una  noche  tanto  número 
de  gente  del  ejército  de  Senaquerif. 

Y  en  medio  de  la  delantera  de  la  iglesia  estaba  un  letrero 
en  latín  que  decía  : 

La  Iglesia  muy  alegre,  después  que  por  el  muy  Alto  Em- 
perador fué  reparada  la  libertad  cristiana  y  destruidos  todos 
los  errores,  recibe  muy  alegre  á  Felipe  su  hijo  como  piadoso ; 
con  el  cual  gran  Capitán  siendo  él  el  que  la  defiende  tiene 
esperanza  que  cualquiera  dote  ó  don  le  será  prometido  muy 
dichoso  y  grande. 

Y  sobre  este  letrero  estaba  la  figura  del  mundo  y  sobre  él 
las  armas  imperiales. 

Y  porque  era  ya  noche  cuando  Su  Alteza  se  apeó  á  la 
puerta  de  la  Iglesia  Mayor  y  ya  había  en  la  plaza  de  ella  más 
de  i  .000  hachas  encendidas ;  y  apeado  Su  Alteza  salió  la  clere- 


__  247  — 

cia  á  recibirlo  hasta  la  puerta  de  la  Iglesia.  Y  entrando  dentro 
hubo  grandísima  música  de  ministriles  y  muy  gran  cantidad  de 
buenos  cantores.  Estaba  la  iglesia  más  clara  que  si  fuera  medio 
día  por  las  muchas  hachas  que  en  ella  había.  Y  Su  Alteza 
se  fué  al  altar  mayor  donde  le  dijeron  las  oraciones  y  ceremo- 
nias que  á  los  tales  principales  se  suelen  hacer.  Y  después  que 
.  hubo  rezado  se  fué  hacia  palacio  con  mucha  mayor  compañía 
de  la  que  hemos  contado. 

Y  á  la  puerta  de  palacio  estaba  hecho  un  arco  triunfal  muy 
suntuoso,  tenía  de  alto  obra  de  35  brazas  y  de  ancho  más  de  20. 
Y  encima  había  un  letrero  en  latín  que  decía  : 

Tú  que  eres  el  dador  y  causa  de  este  regocijo  público  y 
común,  alégrate  y  regocíjate  con  gozo  común  las  honras  y  en- 
salzamientos divinos  y  nunca  perecederos.  Permite  y  ten  por 
bien  que  te  sean  guardados  para  cuando  des  la  vuelta,  y  des- 
pués de  vencidos  los  enemigos  tomes  el  triunfo  de  haber  puesto 
en  paz  toda  la  tierra. 

Y  encima  estaban  las  armas  imperiales  y  á  un  lado  la  Jus- 
ticia y  al  otro  la  Templanza  y  Fortaleza  y  Prudencia.  Y  en 
medio  de  ellas  estaba  figurado  Su  Alteza  con  la  corona  puesta 
en  la  cabeza  y  un  cetro  en  la  una  mano  y  en  la  otra  una  es- 
pada. Y  en  cada  esquina  del  dicho  arco  estaban  dos  muy  gran- 
des columnas,  y  entre  ellas  y  la  puerta  del  arco  estaba  del  un 
lado  el  Dios  Marte  de  bulto  y  del  otro  lado  una  estatua  de 
Mercurio.  Y  otras  muchas  invenciones  que  dejo  de  decir  por 
no  ser  prolijo. 

Y  Su  Alteza  entró  en  el  palacio  á  una  hora  de  la  noche  y 
¡se  entró  en  su  aposento  á  descansar,  y  cada  uno  de  los  demás 
«e  fueron  á  sus  posadas  y  casas.  Y  Su  Alteza  quedó  muy  con- 
tento y  satisfecho  del  gran  triunfo  que  se  le  había  hecho,  con 
que  toda  la  Corte  se  regocijó  y  tuvieron  por  cierto  que  nunca 
tal  recibimiento  se  había  hecho. 

Y  á  los  27  de  Diciembre  fué  el  Príncipe  á  comer  en  el 
castillo  de  Milán.  Y  después  de  haber  comido  se  paseó  por 
el  dicho  castillo  y  quiso  verlo  con  todos  los  secretos  de  él  y 
toda  la  artillería,  munición  y  bastimentos  que  en  él  había,  y 
se  holgó  mucho  de  ver  tan  inexpugnable  fuerza. 


—  248  — 

Y  saliendo  del  castillo,  que  serían  á  las  dos  horas  de  la 
tarde,  le  estaba  aparejado  un  torneo  de  á  caballo  de  dos  libreas, 
el  cual  aunque  fué  breve  fué  cosa  muy  brava  el  encuentro.  Por 
manera  que  murieron  dos  caballos. 

Y  á  los  30  de  Diciembre  se  recitó  en  el  palacio  una  come- 
dia delante  de  Su  Alteza  y  de  todos  los  grandes  y  caballeros 
de  la  Corte,  la  cual  fué  juzgada  por  la  mejor  que  nunca  se 
había  hecho  así  en  el  aparato  como  en  los  pasos  é  invenciones 
y  otras  cosas  que  en  ella  hubo.  Por  manera  que  Su  Alteza  y 
toda  la  Corte  quedó  con  mucho  gozo  y  contentamiento  de  cosa 
tan  buena. 

Y  otro  día  siguiente  se  hizo  en  palacio  un  torneo  de  á  pie 
bravísimo,,  porque  todos  los  que  en  él  entraron  eran  soldados 
fuertes  y  esforzados  que  fué  cosa  extremada  de  ver,  y  Su 
Alteza  quedó  de  él  muy  satisfecho. 

Y  esto  que  dicho  habernos  fué  lo  que  aconteció  á  Su  Al- 
teza en  el  -año  de  1548.  Y  en  el  año  siguiente  de  1549  diremos 
lo  demás. 

Fué  cierto  este  recibimiento  vistoso  y  costoso  por  las  di- 
versidades muchas  que  en  él  hubo  así  de  arcos  como  letras, 
muy  loado  de   todos  los  señores  y  caballeros  de  la  Corte   de 
Su  Alteza. 


CAPITULO  XXIX 

Cómo  el  Príncipe  Maximiliano  y  la  Princesa  Doña  María  su 
mujer  quedaron  por  Gobernadores  de  estos  Reinos  por  el 
poder  que  Su  Majestad  envió  á  Sus  Altezas,  juntamente  con 
cierta  instrucción  y  orden  que  habían  de  tener  acerca  de  la 
expedición  de  los  oficios  y  otras  cosas,  y  la  orden  que  ha- 
bían de  tener  acerca  de  la  gobernación  de  la  justicia. 

Dicho  habenws  cómo  después  de  partido  el  Príncipe  don 
Felipe  de  la  villa  de  Valladolid,  quedaron  en  ella  y  en  su 
misma  posada  (que  era  las  casas  del  Conde  de  Benavente)  el 
Príncipe  Maximiliano  y  la  Princesa  Doña  María  su  mujer ;  á 


—  249  — 

los  cuales  Su  Majestad  había  enviado  poder  general  desde  la 
ciudad  de  Augusta  en  Alemania  para  que  juntamente  tuviesen 
la  gobernación  y  administración  de  aquestos  Reinos  y  Señoríos 
de  Castilla,  y  pudiesen  proveer  en  ellos  durante  su  ausencia 
todo  aquello  que  él  podría  hacer  y  proveer  estando  presente, 
sin  exceptuar  ni  reservar  cosa  alguna  para  sí.  Pero  no  obs- 
tante esto  envió  á  Sus  Altezas  una  instrucción,  encargándoles 
que  guardasen  cierta  orden  acerca  de  la  provisión  de  los  oficios 
y  otras  cosas,  entre  las  cuales  fué  que  la  expedición  de  las  cosas 
ordinarias  que  se  habían  de  despachar  por  Cámara  se  guardase 
lo  que  se  acostumbraba  á  hacer  y  Su  Majestad  hacía.  Y  espe- 
cialmente encomendaba  á  Sus  Altezas  que  no  despachasen  le- 
gitimaciones de  hijos  de  clérigos  ni  habilitaciones  para  usar 
oficios  ni  facultades  para  hacer  mayorazgos. 

Y  que  no  hiciesen  merced  ni  gracia  ni  donación  ni  enaje- 
nación á  ningunos  de  sus  vasallos  ó  jurisdicciones,  rentas,  pe- 
chos ni  derechos  ni  otra  cosa  perteneciente  á  su  corona  Real, 
y  que  proveyesen  todos  los  oficios  de  Consejos  y  de  Justicia 
que  vacasen  en  su  Corte  y  en  las  Cancillerías  y  Galicia  y  los 
grados  de  Sevilla  y  Canarias  con  parecer  del  muy  reverendo 
Arzobispo  de  Sevilla.  Y  que  no  habiendo  inconveniente  en  la 
dilación,  tendría  Su  Majestad  por  bien  se  le  consultasen  á  ló- 
menos los  oficios  de  Consejo  y  las  Cancillerías  enviando  su 
parecer  sobre  ello,  y  que  tuviesen  por  bien  de  no  dar  expec- 
tativas ni  proveer  oficio  de  hacienda  ni  asiento  en  la  Casa  Real 
en  cualquiera  manera  que  fuese  por  vacación  ni  renunciación, 
sin  consultaido  con  Su  Majestad. 

Y  que  proveyesen  todos  los  oficiis  por  vacación  y  renun- 
ciación y  elección  del  Reino  y  de  las  Cancillerías.  Fero  porque 
muchos  caballeros  de  estos  Reinos  le  estaban  sirviendo  en  aque- 
llas partes  donde  él  estaba  y  era  justo  que  hubiese  algo  en  que 
gratificarles  y  hacerles  mercedes,  recibiría  mucho  placer  pro- 
veyesen las  Escribanías  del  Reino  de  50.000  maravedíes  abajo, 
y  las  desde  arriba  se  las  remitiesen  para  que  Su  Majestad  las 
proveyese. 

Y  asimismo  los  otros  oficios  que  vacasen  en  las  ciudades  de 
Sevilla,  Granada,   Córdoba,   Toledo,   Burgos,  Valladolid,  Segó- 


—  250  — 

via,   Salamanca,   Jaén,    para  que   Su   Majestad   hiciese  merced 
de  ellos  á  quien  le  pareciese. 

Y  en  las  cosas  que  vacasen  de  la  Iglesia,  quitados  Arzobis- 
pados y  Obispados  que  Su  Majestad  había  de  proveer,  recibi- 
TÍa  placer  que  le  remitiesen  algunas  piezas  principales  para  que 
él  pudiese  hacer  merced  de  ellas  á  los  que  le  estaban  sirviendo. 

Y  que  tenía  por  bien  que  no  se  proveyese  ningún  oficio 
acrecentado  en  el  Reino,  ni  hidalguías,  caballerizas,  naturale- 
zas (como  Su  Majestad  lo  hacía) ,  por  ser  gran  perjuicio  del 
Reino. 

Y  que  proveyesen  los  oficios  que  vacasen  en  las  Indias,  así 
de  Justicia  como  de  otros,  mirando  que  los  de  la  hacienda  los 
diesen  á  personas  ele  confianza  y  habilidad,  no  interviniendo 
dineros,  y.  que  solamente  dejasen  para  que  proveyese  Su  Ma- 
jestad los  oficios  de  fundidor,  marcador  y  Escribano  de  juz- 
gado y  algunas  de  las  gobernaciones  que  les  pareciese. 

Y  asimismo  envió  á  Sus  Altezas  cierta  orden  que  mandasen 
guardar  en  lo  de  la  gobernación  de  los  Reinos  de  Castilla,  en- 
cargándoles mucho  tuviesen  especial  cuidado  de  la  administra- 
ción de  justicia,  y  en  las  cosas  que  en  ella  tocasen  no  tuviesen 
respeto  á  persona  ni  á  suplicación  de  nadie.  Y  que  tuviesen 
las  consultas  ordinarias  del  Consejo  los  viernes  de  cada  semana 
y  estuviesen  Sus  Altezas  en  ellos  solos  sin  dar  lugar  que  estu- 
viesen otras  personas  sino  las  del  Consejo. 

Y  porque  en  su  ausencia  de  estos  Reinos  sucederían  cosas 
de  las  que  Su  Majestad  solía  tratar  con  los  del  Consejo  que 
decían  del  Estado,  señalaba  para  ello  al  muy  reverendo  Arzo- 
bispo de  Sevilla  y  al  Marqués  de  Mondéjar  y  á  Juan  Vázquez 
de  Molina  su  Secretario.  Y  que  cuando  tales  cosas  se  ofreciesen 
tuviesen  cuidado  de  hacerlos  llamar  para  comunicarlas  y  tratar 
con  ellos  y  proveyesen  con  su  parecer  lo  que  conviniese,  y 
mandasen  se  tuviese  especial  cuidado  de  las  provisiones  de  las 
fronteras  para  que  estuviesen  con  el  recaudo  que  convin  ese, 
y  la  gente  de  las  guardas  estuviese  en  la  mejor  orden  y  mejor 
á  caballo  y  armados  que  ser  pudiese. 

Y  mirasen  mucho  Sus  Altezas  que  las  personas  que  se  hu- 
biesen de  proveer  para  algunos  cargos,  fuera  de  los  de  Justicia, 


—  251  — 

fuesen  las  que  conviniesen,   tomando  parecer  de  los  Consejos 
y  personas  que  viesen  que  era  mejor. 

Y  para  la  expedición  de  la  Cámara  señalaba  Su  Majestad 
al  Licenciado  Galarza  y  al  Licenciado  Hernando  de  Montalvo, 
de  su  Consejo,  los  cuales  comunicarían  con  el  reverendo  Ar- 
zobispo de  Sevilla  lo  que  había  de  calidad.  Y  para  el  despacho 
de  los  dichos  negocios  de  la  Cámara  y  de  los  otros  que  con  Su 
Majestad  se  solían  entender  y  despachar,  mandaba  que  los 
despachase  Juan  Vázquezz  de  Molina  su  Secretario  y  los-  hiciese 
y  refrendase. 

Y  asimismo  envió  á  encargar  á  Sus  Altezas  mandasen  que 
los  Contadores  mayores  y  los  del  Consejo  de  Indias,  Ordenes 
c  Inquisición  y  Contadores  de  cuentas  hiciesen  sus  Consejos  y 
audiencias  y  despachasen  lo  que  se  ofreciese  como  lo  acos- 
tumbraban, y  cuando  conviniese  les  consultasen  lo  que  fuese 
menester. 

Y  que  los  oficicios  de  corregimientos  y  otros  de  Justicia  del 
Reino  los  proveyesen  consultándolos  con  el  Presidente  y  se- 
ñalándolos él;  consultándolos  con  Su  Majestad  si  les  pareciese 
los  oficios  principales,  y  mandasen  que  las  cartas  y  provisiones 
y  cédulas  que  hubiesen  de  firmar  de  cualquier  calidad  que 
fuesen  se  señalasen  de  los  del  Consejo  y  personas  que  para 
ello  estaban  diputadas. 

Y  asimismo  mandasen  que  las  cartas,  provisiones  y  cédulas 
que  señalasen  los  Contadores  mayores  de  cuentas  que  los  tra- 
jesen á  firmar  al  dicho  Secretario  Juan  Vázquez  y  él  las  des- 
pachase y  refrendase  y  no  otro  alguno,  por  que  acerca  de  ello 
hiciese  lo  que  le  estaba  mandado.  Y  todo  lo  que  despachasen 
en  el  Consejo  de  Indias  que  se  hubiese  de  firmar  por  ellos  lo 
hubiese  de  despachar  y  refrendar  el  Secretario  Juan  de  Samano. 

Y  'con  esta  orden  comenzaron  el  Príncipe  Maximiliano  y 
la  Princesa  Doña  María  su  mujer  á  gobernar  y  por  virtud  del 
dicho  poder  de  Su  Majestad  y  firmaban  en  todas  las  cartas  y 
provisiones  juntos;  el  Príncipe  firmaba  sólo:  ((Maximiliano»; 
y  la  Princesa  :  ((La  Princesa»,  aunque  después  de  algunos  días 
que  el  Rey  de  Romanos  hizo  al  Príncipe  Maximiliano  su  hijo 
Rey  de  Bohemia,  nunca  más  la  Princesa  firmó  «La  Princesa», 


—  252  — 

sino  «La  Reina»,  y  el  Príncipe  nunca  dejó  de  firmar  ((Maximi- 
liano)), como  solía,  porque  pareció  que  no  siendo  Rey  de  Cas- 
tilla ni  Príncipe  de  ella  no  se  había  de  llamar  en  la  firma  Rey 
ni  Príncipe.  Y  los  Secretarios  al  pie  de  las  provisiones  cuando 
refrendaban  decían :  Por  mandado  de  Su  Majestad,  Sus  Al- 
tezas en  su  nombre.  Los  cuales  como  supiesen  de  cierto  que 
el  Príncipe  D.  Felipe  había  llegado  en  Italia  mandaron  hacer 
en  la  villa  de  Valladolid  una  procesión  general  de  alegrías 
sobre  ello,  la  cual  fué  desde  la  Iglesia  Mayor  al  Monasterio  de 
San  Pablo.  Fueron  en  ella  el  Príncipe  Maximiliano  y  la  Prin- 
cesa Doña  María  su  mujer  y  la  Infanta  Doña  Juana  con  sus 
damas  y  los  grandes  que  en  la  Corte  se  hallaron  y  los  Conse- 
jos y  oficiales  de  la  Casa  Real  y  todos  los  demás. 

Y  á  la  entrada  de  la  iglesia  hubo  alguna  diferencia  sobre 
quién  diría  la  misa,  porque  los  frailes  pretendían  que  pues 
venía  la  procesión  á  su  casa  la  habían  de  decir  ellos,  y  el  Ca- 
bildo de  la  Iglesia  Mayor  decía  otro  tanto,  pues  venía  la  pro- 
cesión de  su  iglesia  (que  era  la  principal  de  aquella  villa) ,  y 
los  de  ía  capilla  del  Re}^  pretendían  que  pues  venían  allí  los 
Príncipes  no  la  habían  de  decir  otros  sino  ellos  (como  era  de 
costumbre) .  Lo  cual  como  fuese  consultado  á  Sus  Altezas 
mandaron  que  la  dijesen  los  de  su  capilla.  Y  predicó  este  día 
Fray  Tomás  de  Juara,  fraile  dominico,  el  cual  trató  sobre  la 
liegada  del  Príncipe  D.  Felipe  en  Italia  (por  qué  se  hacían 
las  alegrías)  y  sobre  la  victoria  del  Emperador  contra  Gon- 
zalo Pizarro  en  las  Indias,  porque  había  cuatro  ó  cinco  días 
que  había  venido  la  nueva,  y  sobre  la  salud  del  Príncipe  Maxi- 
miliano, que  había  ocho  ó  diez  días  que  le  habían  quitado 
las  cuartanas. 

Y  después  de  ido  el  Príncipe  D.  Felipe  fué  el  Príncipe 
Maximiliano  á  ver  á  su  abuela  la  Reina  Doña  Juana  á  Tor- 
desillas'dos  veces,  y  la  otra  con  la  Princesa  su  mujer  y  con  la 
Infanta  Doña  Juana  su  cuñada.  Y  la  Reina  se  holgó  en  extrema 
manera  con  el  nieto  más  que  con  ninguno  de  los  otros  nietos 
ni  hijos. 


253 


CAPITULO  XXX 

De  las  cosas  que  acontecieron  en  el  año  de  1549.  Primeramente 
las  fiestas  que  D.  Hernando  de  Gonzaga,  Capitán  general 
del  Emperador  en  Italia,  hizo  en  Milán  al  Príncipe  D.  Fe- 
lipe, y  en  el  desposorio  de  su  hija  con  el  hijo  de  Ascanio 
Colona.  Y  cómo  Su  Alteza  partió  de  Milán  para  la  ciudad 
de  Mantua,  donde  el  Duque  y  Cardenal  su-  tío  y*el  Duque  de 
Ferrara  le  hicieron  muchas  fiestas  y  regocijos. 

En  fin  del  año  pasado  dejamos  dicho  el  gran  recibimiento 
que  se  le  hizo  al  Príncipe  en  la  ciudad  de  Milán  y  cómo  Su 
Alteza  había  ido  á  ver  el  castillo,  y  de  unos  torneos  y  farsa 
que  se  le  habían  hecho. 

Y  en  este  año  como  fué  el  primero  día  de  Año  Nuevo  fué 
Su  Alteza  á  un  banquete  que  le  hizo  D.  Hernando  de  Gonzaga 
en  su  casa  y  juntamente  se  hizo  el  desposorio  de  su  hija  con 
Fabricio  Colona,  hijo  del  Sr.  Ascanio  Colona,  Duque  de  Talla- 
cor,  y  Su  Alteza  fué  padrino  de  la  desposada. 

Y  para  este  banquete  y  desposorio  estaba  hecha  una  sala 
artificial  de  tablas  y  madera  que  sería  de  largo  de  300  pies, 
toda  cubierta  de  infinitos  árboles  por  encima,  y  después  entol- 
dada de  riquísima  tapicería  y  otros  muy  ricos  atavíos.  Y  estaba 
puesta  una  mesa  en  ella  que  tomaba  del  un  cabo  al  otro. 

Y  llegó  Su  Alteza  á  la  dicha  sala  una  hora  después  de  ano- 
checido é  hizo  grandes  mesuras  á  las  damas  que  allí  estaban, 
así  de  gorra  como  de  otras  señales  de  amor  y  regocijo.  Y  luego 
comenzó  la  muchedumbre  de  tañedores  á  tañer  muy  lindas 
danzas.  Su  Alteza  danzó  tres  danzas  diferentes  todas  con  la 
desposada  y  las  danzó  tan  sutilmente  y  con  tanto  primor  cuanto 
en  el  mundo  fué  posible.  Y  el  Duque  de  Alba  danzó  con  la 
Princesa,  mujer  de  D.  Hernando  de  Gonzaga,  y  el  Duque  de 
Mantua  danzó  con  la  desposada,  y  los  otros  grandes  danzaron 
también  algunas  danzas  con  otras  damas  principales  que  allí 
estaban,  muy  hermosas. 


—  254  — 

Y  acabado  de  danzar  se  hizo  delante  de  Su  Alteza  el  des- 
posorio, y  el  Obispo  Simoneta  dijo  las  palabras  convenientes 
hasta  que  el  Sr.  Fabricio  Colona  desposado  metió  la  sortija  en 
fd  dedo  á  su  esposa.  Y  acabado  este  auto  -matrimonial  se  tornó 
á  danzar  un  rato,  hasta  que  fué  hora  de  cenar. 

Y  así  dejado  de  danzar,  comenzaron  de  sentarse  una  dama 
y  un  caballero,  primero  los  de  España,  y  así  se  hinchió  (sic) 
casi  toda  la  mesa  del  un  lado  y  del  otro  de  aquella  manera. 

Para  Su  Alteza  tenían  puesta  una  mesa  pequeña  á  la  cabe- 
cera de  la  grande,  encima  de  un  estrado  algo  alto,  por  que  pu- 
diese gozar  de  la  vista  de  cabo  á  cabo  de  la  mesa  grande,  y  para 
hacer  lo  que  á  su  servicio  se  debía  en  darle  el  sublime  lugar. 
Y  luego  Su  Alteza  mandó  quitar  aquella  mesa  pequeña  y  aquel 
estrado,  y  tomó  á  la  desposada  de  la  mano  y  la  hizo  sentar  á  la 
cabecera  de  la  mesa  grande  en  el  lugar  que  para  él  estaba  dedi- 
cado. Y  mandó  sentar  al  Sr.  Fabricio  Colona  á  un  lado  á  par 
de  su  esposa  y  él  se  sentó  al  otro  lado,  y  á  par  de  sí  hizo  sentar 
á  la  Princesa,  mujer  de  D.  Hernando  de  Gonzaga.  Y  así  iban 
siguiendo  un  caballero  y  una  dama  hasta  el  cabo  de  la  mesa 
del  un  lado  y  del  otro. 

La  grandeza  del  banquete  no  es  posible  de  contarla,  pero 
por  que  cada  uno  pueda  considerarla  sin  que  aquí  se  escriba 
otra  particularidad,  solamente  quiero  decir  ó  alegar  la  menor 
vianda,  que  fué  la  ensalada,  la  cual  sola  costó  600  escudos.  Es- 
taba figurado  encima  de  la  mesa  el  triunfo  que  se  había  hecho 
á  Su  Alteza,  así  los  arcos  triunfales  como  la  guarda  de  los  ar- 
cabuceros, alabarderos,  caballos  ligeros,  hombres  de  armas,  se- 
ñores y  Prelados  y  la  librea  de  cada  uno  distintamente.  De 
manera  que  visto  por  Su  Alteza  cosa  tan  excelente  dejó  de  sen- 
tarse á  la  mesa  y  anduvo  muy  despacio  á  la  redonda  de  ella, 
mirándola  y  considerando  cosa  tan  vistosa  como  lo  era  aquel 
segundo  triunfo.  Y  así  acabado  de  verlo  todo  se  fué  á  sentar 
en  el  lugar  que  ya  hemos  dicho. 

Y  así  fué  prosiguiendo  aquella  cena,  la  cual  pareció  á  todos 
cosa  que  jamás  fué  vista.  Y  acabado  el  banquete  tornaron  á 
danzar  todos  aquellos  caballeros  y  señores  con  las  damas.  Du- 
raron estas  danzas  hasta  que  amanecía.   Y  como  vieron  venir 


—  255  — 

el  día  Su  Alteza  se  fué  á  reposar,  y  así  lo  hicieron  los  demás 
que  allí  estaban. 

Y  queriendo  Su  Alteza  favorecer  más  aquella  boda  po* 
amor  de  D.  Hernando  de  Gonzaga,  su  Capitán,  mandó  que  se 
hiciese  un  torneo  de  á  pie  en  el  palacio  de  D.  Hernando  y 
que  fuesen  dos  cuadrillas,  queriendo  su  Alteza  ser  cabeza  de  la 
una  y  que  de  la  otra  lo  fuese  el  Duque  de  Sesa.  Y  así  se 'hizo,  y 
Su  Alteza  sacó  en  su  cuadrilla  24  señores  de  España,  todos 
vestidos  de  tela  de  plata  bordada  de  oro,  y  el  Duque  de  Sesa 
sacó  otros  tantos  vestidos  de  tela  de  oro  encarnado  bordado 
de  plata.  De  lo  cual  todos  los  que  lo  vieron  quedaron  muy  ma- 
ravillados, así  de  ver  tanta  virtud  en  un  Príncipe  como  de  ver 
tanta  riqueza  y  gala.  Y  acabado  este  gentil  torneo  hubo  una 
cena  muy  espléndida,  la  cual  acabada  se  comenzó  á  danzar. 
Duraron  las  danzas  y  el  sarao  hasta  que  ya  quería  amanecer, 
y  así  Su  Alteza  se  fué  á  descansar  y  lo  mismo  hicieron  los  otros. 

Y  el  día  de  los  Reyes  se  hizo  un  juego  de  cañas  muy  so- 
berbio y  muy  costoso  de  diversas  libreas  lindísimas.  Y  en  el 
juego  hubo  muchos  señores,  entre  los  cuales  fueron  el  Duque 
de  Sesa,  Marqués  de  las  Navas,  Príncipe  de  Ascoli,  Conde  de 
Luna,  Conde  de  Cifuentes,  D.  Antonio  de  Toledo,  D.  Juan  de 
Granada  y  otros  muchos  caballeros  de  España  y  de  otras  par- 
tes. El  juego  anduvo  muy  concertado,  sin  haber  en  él  yerro 
ni  descuido  alguno  ni  escándalo,  y  los  jugadores  estaban  tan 
bien  aderezados  y  enjaezados  y  tenían  tan  buenos  y  hermosos 
caballos  que  fué  cosa  deleitosa  verle,  así  para  los  que  lo  habían 
visto  como  para  los  que  nunca  lo  habían  visto. 

Después  á  la  noche  recitó  una  comedia  excelente  que  no  fué 
•menos  buena  y  sentida  que  lo  había  sido  la  primera,  así  de 
aparatos  como  de  todo  lo  demás.  Duró  hasta  las  dos  horas  des- 
pués de  media  noche,  y  Su  Alteza  recibió  de  verla  muy  grande 
deleite  y  placer,  diciendo  que  no  esperaba  de  ver  jamás  cosa 
tan  buena  y  tan  prima,  y  lo  mismo  dijeron  todos  los  señores  y 
caballeros  de  la  Corte. 

Y  acabada  la  comedia  vinieron  delante  de  Su  Alteza  los 
seis  hijos  de  D.  Hernando  de  Gonzaga,  todos  armados  de  punta 
en  blanco,   y  cada  uno  de   ellos  llevaba  delante  de  sí  un  ne- 


—  256  — 

grito  que  llevaba  el  almete  encima  de  un  tronco  de  lanza  á 
manera  de  pajes,  y  puestos  delante  del  Príncipe  de  rodillas  co- 
menzó D.  César,  que  era  el  mayor,  á  hacer  un  razonamiento 
á  Su  Alteza,  diciendo  estas  palabras  : 

Muy  alto  y  muy  poderoso  Príncipe :  ya  sabe  Vuestra  Alteza 
c¡ue  todos  los  tributarios  llevan  á  su  señor  el  tributo  y  parias 
que  le  deben,  y  así  hicieron  los  Reyes  Magos  cuando  en  tal 
noche  como  esta  fueron  á  ofrecer  á  Nuestro  Señor  incienso, 
mirra  y  oro.  Y  porque  mi  padre,  vuestro  vasallo,  no  tiene  otra 
cosa  más  cara  ni  más  amada  que  poder  ofrecer  á  Vuestra  Al- 
teza que  sus  propios  hijos,  se  los  envía  y  le  hace  servicio  y  pre- 
sente de  ellos  y  le  suplica  reciba  el  servicio  con  aquella  sana 
y  verdadera  voluntad  con  que  él  se  lo  ofrece. 

Y  el  Príncipe  con  muy  graciosas  palabras  y  grandísimo  agrá  • 
decimiento  recibió  este  servicio,  y  con  muy  buenas  razones  y 
poniendo  la  mano  sobre  los  hombros  á  los  unos  y  á  los  otros 
con  señal  de  mucho  amor,  y  despidiéndose  de  todos  se  fué  á 
reposar.  Y  así  lo  hicieron  todos  los  otros  que  allí  estaban, 
porque  otro  día  habían  de  caminar  camino  de  Mantua,  el 
cual  hizo  Su  Alteza  otro  día  siguiente,  y  fué  aquella  noche 
á  dormir  á  Marinan,  y  el  Marqués  de  aquella  villa  le  salió  á 
recibir  acompañado  de  los  mejores  de  ella  y  de  algunos  caba- 
lleros, y  al  tiempo  de  la  entrada  le  fué  hecha  gran  salva  con 
la  artillería. 

A  los  8  de  Enero  se  partió  Su  Alteza  y  fué  aquel  día  á  dor- 
mir á  Lodi,  y  á  la  entrada  tiró  la  ciudad  mucha  artillería,  y 
le  tenían  hecho  tres  arcos  triunfales  y  enramadas  todas  las  ca- 
lles. Y  después,  á  la  noche,  le  hicieron  muchas  luminarias. 

Estando  Su  Alteza  aposentado  en  esta  ciudad  de  Lodi  le  vino 
á  besar  las  manos  el  Conde  Juan  Anguijola,  que  era  el  que  ha- 
bía muerto  á  Pero  Luis  Farnesio,  hijo  del  Papa,  el  cual  traía 
buena  guarda  en  su  persona.  Y  él  con  20  gentileshombres  de  la 
ciudad  de  Plasencia  besaron  las  manos  á  Su  Alteza,  y  de  parte 
de  aquella  ciudad  le  trajeron  un  plato  grande  de  plata  en  que 
estaba  figurada  la  ciudad  de  Plasencia  de  bulto,  que  pesaba 
más  de  12.000  escudos.  Y  Su  Alteza  lo  recibió  muy  gra- 
ciosamente,  y   con   grande  agradecimiento  y   con   amor   despi- 


_._  257  — 

dio  al  Conde  y  á  los  demás  gentileshombres  que  con  él  iban. 
Otro  día  se  partió  Su  Alteza  por  la  mañana  y  fué  aquella 
noche  á  dormir  á  un  lugar  que  llamaban  Recequito,  y  á  la  en- 
trada la  fortaleza  hizo  gran  salva  de  artillería,  en  la  cual  Su 
Alteza  fué  á  dormir.  Y  toda  la  noche  hubo  muchas  hogueras 
por  el  lugar,  y  todas  las  ventanas  llenas  de  luminarias. 

Y  de  allí  se  partió  el  Príncipe  á  Cremona,  y  á  la  entrada 
la  fortaleza  tiró  mucha  artillería  y  muy  buena.  Y  salieron  á 
recibir  á  Su  Alteza  200  gentileshombres  de  la  ciudad,  todos 
hechos  soldados  y  vestidos  con  jubones,  calzas,  gorras  y  zapa- 
tos de  carmesí  con  sus  coseletes  muy  buenos.  Traía  cada  uno 
una  pica,  y  el  Alférez  de  toda  esta  gente  venía  con  una  ban- 
dera rica,  y  su  Capitán  tras  de  él  con  tres  criados  vestidos  de 
la  misma  librea,  con  su  pífaro  y  atambor.  Cada  soldado  traía 
mucho  oro  al  cuello  y  venían  en  escuadrón.  Y  Su  Alteza  se 
apartó  en  el  campo  para  verlos  andar. 

A  este  escuadrón  seguían  12  gentileshombres  que  traían 
vestido  jubones,  calzas,  gorras,  talabartes,  espadas  y  medias 
botas  de  raso  carmesí,  sayos  y  capas  cerradas  de  terciopelo  ne- 
gro forradas  en  raso  carmesí  y  un  botón  de  oro  al  cuello  y  vuel- 
tas las  faldas  y  echadas  sobre  los  hombros,  y  sendos  bastones 
colorados  en  las  manos.  Y  estos  doce  gentileshombres  llevaron 
en  medio  á  Su  Alteza  y  le  acompañaron  á  Su  Alteza  hasta  pa- 
lacio y  le  apearon  del  caballo,  y  el  Príncipe  se  lo  agradeció 
mucho. 

Y  otro  día  siguiente  fué  Su  Alteza  á  Cénete,  que  es  el  pri- 
mer lugar  del  Duque  de  Mantua.  Y  en  llegando  á  la  fortaleza 
de  aquel  lugar  hizo  gran  salva  de  artillería.  Y  estando  aposen- 
tado Su  Alteza  llegó  el  Cardenal  de  Mantua,  tío  del  Duque  de 
Mantua,  á  besarle  las  manos,  y  así  lo  hizo,  y  fué  muy  bien  re- 
cibido. Y  luego  sé  volvió  por  causa  de  dejar  el  lugar  desem- 
barazado, y  dejó  mandado  que  á  todos  los  cortesanos  se  diese 
pan,  vino,  pescados  de  todas  maneras,  huevos  y  frutas,  velas 
y  hachas  de  cera,  paja,  cebada,  y'  así  se  hizo  muy  cumplida- 
mente. 

Otro  día  fué  Su  Alteza  á  otro  lugar  también  del  Duque  de 
Mantua,  que  se  llamaba  Castiluchi,  el  cual  lugar  hizo  su  salva 

17 


—  258  — 

con  la  artillería,  y  á  todos  los  cortesanos  fué  dada  la  misma 
provisión  que  se  les  dio  en  el  otro  lugar,  todo  por  mandado  del 
Duque  de  Mantua. 

Y  á  13  de  Enero  se  partió  Su  Alteza  de  Castiluchi  y  llegó 
aquel  día  á  la  ciudad  de  Mantua,  y  como  en  ella  fuese  sabido 
que  la  pasada  del  Príncipe  había  de  ser  por  allí,  procuraron  de 
hacer  algunos  arcos  triunfales  á  imitación  de  los  que  se  habían 
hecho  en  Milán,  y  según  el  poco  tiempo  que  para  ello  tuvieron, 
en  la  manera  siguiente  : 

A  la  puerta  de  la  Perdella,  por  la  cual  había  Su  Alteza  de 
hacer  la  entrada,  estaba  un  arco  triunfal  de  15  brazas  con  dos 
columnas  de  cada  lado.  Y  á  la  entrada,  á  la  -mano  derecha,  es- 
taba la  estatua  de  Ocno,  fundador  de  la  ciudad,  con  una  letra 
en  el  basis  que  decía  :  Ocno,  fundador  de  la  ciudad.  Debajo 
del  cual  estaba  la  Providencia  con  muchas  espigas  en  la  mano 
derecha,  y  en  la  siniestra  tenía  un  cuerno  de  riquezas  y  abun- 
dancia de  cosas  que  demostraban  la  providencia  del  fundador, 
que  había  poblado  la  ciudad  en  lugar  fértil  y  abundante.  Y  en 
la  frente  del  arco  estaban  dos  Victorias  y  debajo  de  ellas  estas 
palabras  en  latín  : 

Este  arco  es  dedicado  á  Felipe,  Príncipe  de  España,  en  el 
cual  traemos  la  imagen  del,  padre,  y  nos  espantamos  de  su 
grandeza  de  ánimo  v  esperamos  felicidad. 

Y  en  el  frontispicio  del  arco  estaban  tres  escudos  de  armas, 
las  de  Su  Majestad  en  medio  y  las  de  Austria  á  la  mano  derecha 
v  las  del  Príncipe  á  la  siniestra.  Y  al  entrar  del  arco  á  la 
parte  de  la  ciudad,  á  la  mano  derecha,  estaba  pintado  Argos 
con  su  cayado  de  pastor,  con  los  ojos  con  que  mira  fuera  de  la 
ciudad  abiertos  y  parte  cerrados,  denotando  que  el  señor  de  la 
ciudad  está  siempre  velando  del  mal  que  le  pueda  venir  sobre 
sus  subditos  de  fuera  de  ella,  y  dentro  sólo  lo  que  conviene. 
Y  en  otro  apartamiento  estaba  el  Príncipe  hecho  de  bronce,  y 
tenía  por  sombrero  á  la  Fortuna  con  la  faz  descubierta,  ligada 
con  una  cadena  á  un  mármol.  Y  en  el  tercero  apartamiento 
estaba  la  Seguridad  arrimada  á  una  columna,  con  el  brazo  de- 
recho tenía  la  mano  en  la  mejilla  denotando  el  reposo  de  la 
ciudad 


—  259  — 

Y  en  el  otro  lado  siniestro  del  arco  estaba  un  Jano  armado 
con  las  llaves,  con  la  cara  de  Júpiter,  que  significaba  el  valor 
del  Príncipe  en  defensa  de  su  pueblo,  y  el  maduro  consejo  y 
prudencia  con  que  regía  la  ciudad.  Y  en  el  segundo  aparta- 
miento estaba  Mercurio  de  bronce,  que  denotaba  el  tiempo  de 
Jano  puesto  por  la  paz  de  la  tierra.  En  el  tercero  estaba  una 
Equidad  con  sus, balanzas  en  significación  de  la  justicia  admi- 
nistrada igualmente  á  todas  las  personas  por  el  señor  de  la 
ciudad. 

Y  sobre  el  frontispicio  estaban  otros  escudes  de  armas  como 
los  que  arriba  dijimos.  Y  estaba  sobre  un  pilar  de  mármol  una 
leona,  y  sobre  ella  estaba  pintada  una  Cibeles  con  dos  leones 
á  pie.  Y  junto  á  ella  estaban  dos  cuadros  donde  estaban  estas 
palabras  en  latín  : 

Carlos  Quinto  César  Augusto  Africano,  buen  padre  y  buen 
Emperador,  y  el  Rey  Felipe  su  hijo  Rey  ele  España  gran 
Príncipe  esperanza  del  siglo. 

Y  la  diosa  Cibeles  denotaba  la  antigüedad  de  la  Tierra  y 
tenía  en  el  medio  un  águila  que  volaba  con  dos  hijos  que  la 
seguían,  con  tal  letra :  Así  como  el  águila  provoca  á  volar  á  sus 
hijos  pequeños. 

Y  á  la  puerta  de  la  guardia  estaba  un  arco  antiguo  de  50 
brazas,  y  en  la  faz  de  él,  hacia  la  faz  de  la  plaza  de  San  Andrés, 
■estaba  un  Mercurio  colocado  de  10  brazas  con  este  verso  de- 
bajo del  pie  : 

Prometo  todas  las  cosas  dignas  á  tus  grandes  comienzos. 

Y  sobre  la  cabeza  en  lo  más  alto  del  arco  estaba  en  latín 
esta  letra  que  decía  :  A  la  buena  llegada. 

Y  á  la  faz  del  arco  hacia  la  plaza  del  Domo  estaba  el  Genio, 
de  ocho  brazas,  con  una  copa  que  sacrificaba  sobre  un  altar, 
-en  el  cual  estaban  puestas  dos  caras,  una  de  Júpiter  y  otra 
vieja  que  se  escondía,  las  cuales  estaban  puestas  por  el  Genio 
tmeno  y  malo.  Y  estaba  encima  escrito:  El  genio  del  Príncipe. 
"Y  encima  de  esto  estaba  de  relieve  la  Alegría,  de  grandeza  de 
10  brazas,  con  una  palma  en  la  mano  derecha  y  en  la  siniestra 
un  cuerno  lleno  de  diversas  frutas,  j^erbas  y  riquezas,  y  junto 
á  ella   escrito :    Pública  alegría.    Y   junto   estaban   tres   danzas 


—  260  — 

hechas  de  infantes  una  y  otra  de  ninfas  y  la  tercera  de  sátiros 
que  bebían  y  comían. 

Y  más  adelante  del  Domo  en  cierta  puerta  que  estaba  en 
una  muralla  estaban  dos  columnas  de  n  brazas.  Y  en  un 
triángulo  que  estaba  encima  de  ellos  estaban  dos  Paces  y  en 
el  frontispicio  dos  Felicidades  con  el  caduceo  en  la  mano.  Y 
estaba  en  el  medio  una  columna,  y  junto  á  ella  estaban  escrita^ 
estas  palabras:  A  la  felicidad  de  los  tiempos.  * 

A  la  puerta  del  castillo  estaban  dos  columnas  de  relieve, 
y  en  el  triángulo  y  frontispicio  de  la  puerta  estaban  dos  Victo- 
lias  que  tenían  una  corona  y  en  derecho  de  las  columnas  esta- 
ban dos  furias  encadenadas  con  tal  letra  :  A  la  augusta  segu- 
ridad. Y  sobre  el  frontispicio  estaban  dos  armas,  unas  de  Su 
Majestad  J  otras  de  Su  Alteza. 

Y  en  la  otra  puerta  que  era  de  alto  36  brazas  y  de  ancho 
20,  estaban  repartidos  seis  pilares  cada  uno  de  17  brazas,  que- 
dando cinco  espacios  vacuos.  En  el  primero  estaba  una  Tebas 
presa  de  los  epigones  y  Tiresia  con  la  hija  Manto.  En  el  se- 
gundo vacío  estaba  puesto  Marte.  En  el  tercero  el  sacrificio  de 
Tireseo  (sic)  para  saber  hacia  qué  región  había  ido  la  hija. 
En  el  cuarto  estaba  la  Paz  con  una  oliva  en  la  mano  derecha, 
y  un  cuerno  lleno  de  cosas  y  abundancia  de  cosas,  que  denotaba 
la  paz  de  la  ciudad.  Y  en  el  quinto  el  sepulcro  de  Tireseo 
muerto,  y  Manto  que  subía  en  una  nao  para  venir  en  Italia. 

Y  del  otro  lado  del  arco  en  los  apartamientos  de  él  estaban 
Manto  como  se  casaba  y  había  á  Ocno  por  hijo  ;  3^  en  el  si- 
guiente estaba  la  Concordia  con  una  copa  en  la  mano  derecha 
y  en  la  siniestra  un  cuerno  de  abundancia  de  cosas;  y  en  el 
tercero  estaba  Manto  haciendo  el  agüero  para  que  Ocno  su 
hijo  edificase  á  Mantua,  y  haciéndolo  se  habían  descubierto- 
cuatro  águilas  que  eran  agüero  de  cuatro  príncipes  que  habían 
de  suceder ;  y  en  el  cuarto  estaba  una  Belona ;  y  en  el  último 
la  edificación  de  Mantua.  Y  sobre  la  puerta  estaban  las  armas 
de  Gonzaga  con  el  águila  imperial  que  las  cubría  con  las  alas,. 
y  estaban  allí  escritas  estas  palabras : 

Después  de  tomada  Tebas,  Manto,  previniendo  las  cosas  por 
venir,  mandó  á  su  hijo  Ocno  que  edificase  á  Mantua,  la  cual 


—  261  — 

había  de   ser   favorecida   perpetuamente   debajo   del   amparo  y 
socorro  de  los  Prínc'pes  de  Austria. 

Y  en  el  medio  de  la  Corte  de  Castilla  estaba  un  edificio  y 
Hércules  puesto  en  él  de  relieve  que  sostenía  dos  columnas  con 

i  este  letrero  en  las  bases : 

Hércules  las  puso  en  parte  adonde  pensó  que  se  acababa  el 
mundo  y  el  Emperador  ha  hallado  muchas  más  tierras ;  y  ahora 
viene  su  hijo  que  por  su  gran  virtud  y  merecimiento  sujetará 
y  ganará  lo  restante  de  lo  poblado. 

Y  á  la  entrada  del  castillo  estaba  un  arco  sustentado  de  seis 
columnas  de  mármol  y  en  la  frontera  de  él  estaba  la  siguiente 
descripción  : 

Gonzaga  J  la  familia  Paleóloga  quisieron  poner  á  este  sem- 
piterno monumento  á  la  liberalidad  de  Carlos  Quinto  Empe- 
íador  César  Augusto  por  las  grandes  honras  que  de  él  habían 
recibido  y  á  la  venida  de  su  hijo  Felipe. 

Y  á  la  entrada  del  arco  estaba  hecho  un  cuadro  de  bronce 
en  el  cual  estaba  la  manera  cómo  Su  Majestad  daba  la  corona 
del  Ducado  á  la  casa  de  Gonzaga.  Y  á  la  mano  derecha  del  otro 
cuadro  estaba  un  escudo  de  las  armas  de  la  ciudad  de  Mantua 
por  señal  del  Estado  de  que  le  concedían  la  investidura.  Y 
frontero  del  arco  y  en  lo  alto  de  él  estaban  dos  estatuas,  la 
una  del  primer  Marqués  de  Mantua  y  la  otra  del  primer  Cuque. 

Y  adornadas  así  las  calles  por  donde  Su  Alteza  había  de 
pasar,  habiendo  venido  el  Duque  de  Ferrara  aquel  día  á  Man- 
tua, el  cual  salió  á  recibir  á  Su  Alteza  una  milla  antes  que  lle- 
gase á  la  ciudad  .trayendo  toda  su  casa  y  el  mayor  aparato  que 
pudo.  Traía  más  de  ioo  gentileshombres,  todos  muy  bien  ade- 
rezados con  martas,  cebelinas  y  graneles  cadenas  de  oro.  Y  Su 
Alteza  lo  recibió  muy  amorosamente.  Y  luego  más  cerca  de  la 
dicha  ciudad  le  salió  á  recibir  el  Duque  ele  Mantua  y  el  Car- 
denal su  tío,  á  los  cuales  el  Príncipe  asimismo  recibió  muy 
bien  holgándose  mucho  con  ellos. 

Y  con  esta  compañía  entró  Su  Alteza  en  la  ciudad  de  Man- 
tua, entrando  primero  las  dos  compañías  de  arcabuceros  de  su 
guarda,  á  los  cuales  seguían  6o  caballos  ligeros  del  Conde  de 
Gayarzo  y  otros  tantos  del  señor  Flenineo  (sic)  con  sus  lanzas 


—  262  — 

en  las  manos  y  celadas  en  la  cabeza  bien  aderezados.  Luego 
tras  éstos  todos  los  de  la  Corte  del  Duque  de  Ferrara  y  del 
Duque  de  Mantua. 

Y  á  la  puerta  de  la  ciudad  estaban  los  Regidores  de  ellar 
vestidos  de  terciopelo  blanco  con  su  palo  de  tela.de  plata  de 
labores,  donde  hicieron  las  ceremonias  acostumbradas.  Traje- 
ron á  Su  Alteza  hasta  Palacio,  y  detrás  venía  el  Cardenal  de 
Mantua  y  á  su  lado  derecho  el  Duque  de  Ferrara  y  á  la  iz- 
quierda el  de  Mantua  y  más  atrás  el  Duque  de  Alba  y  Capitán 
de  la  guarda  y  el  Camarero  mayor;  y  delante  de  Su  Alteza 
venía  su  Caballerizo  mayor  con  el  estoque  alzado,  y  más  ade- 
lante el  Duque  de  Sesa  y  el  Almirante  de  Castilla  y  el  Marqués 
de  Astorga  y  D.  Fernando  de  Gonzaga  y  el  Marqués  de  Pes-» 
cara  y  el  Conde  de  Cifuentes  y  el  de  Luna  y  otros  señores  y 
caballeros  de  España  y  de  la  tierra. 

Venía  delante  de  Su  Alteza  una  compañía  de  gentileshom- 
bres  de  la  ciudad  en  cuerpo,  vestidos  todos  de  terciopelo  blanco, 
sayos  y  jubones  y  calzas  de  lo  mismo,  con  unos  bastones  pla- 
teados en  las  manos.  Serían  estos  gentileshombres  más  de  70- 
muy  bien  aderezados. 

Y  de  esta  manera  vino  Su  Alteza  hasta  Palacio  por  una  muy 
larga  y  ancha  calle  que  en  hermosura  y  pulidas  casas  hacía 
gran  ventaja  5  las  de  Milán.  Fué  Su  Alteza  á  posar  en  la  casa 
del  Duque,  la  cual  era  muy  buena  y  de  muy  buenas  piezas,  la 
cual  estaba  aderezada  de  riquísimas  tapicerías  todas  brosladas 
de  oro  y  seda  y  de  otros  excelentes  atavíos  é  invenciones.  Y 
aquella  noche  se  le  hizo  un  banquete  muy  abundante  de  todas, 
las  cosas  necesarias.  Y  envió  aquel  día  Su  x\lteza  á  visitar  á  1í>¿ 
Duquesa  madre  del  Duque  de  Mantua  y  otro  día  la  fué  á 
visitar. 

Y  en  seis  días  que  el  Príncipe  estuvo  en  Mantua  se  le  hi- 
cieron muchas  justas  y  torneos  y  cazas  maravillosas,  de  que 
Su  Alteza  recibió  muy  gran  placer  y  quedó  muy  contento  y 
satisfecho.  Y  el  Duque  de  Ferrara  hizo  un  banquete  á  Su  Al- 
teza y  á  todos  los  grandes  y  caballeros  que  con-  él  iban,  que 
fué  cosa  nunca  vista,  porque  la  tapicería  y  oro  y  plata  que 
sirvió  al  banquete   (que  decían  ser  de  este  Duque)   valía  más  de 


—  263  — 

.soo.ooo  ducados,  de  lo  cual  quedó  el  Príncipe  muy  maravillado 
y  toda  su  Corte  mucho  más. 

Y  asimismo  en  aquellos  días  se  hicieron  á  Su  Alteza  muchas 
comedias  y  otras  lindas  fiestas  que  aquí  no  contamos  por  evitar 
prolijidad. 

CAPITULO  XXXI 

Cómo  el  Príncipe  D.  Felipe  fué  á  la  ciudad  de  Trento,  pasando 
por  machos  lugares  de  la  Señoría  de  Venecia.  Y  el  recibi- 
miento que  le  fué  hecho  en  la  dicha  ciudad  y  las  fiestas  y 
banquetes  que  allí  se  le  hicieron  por  parte  del  Cardenal  de 
Trento. 

Y  despedido  Su  Alteza  de  los  Duques  de  Ferrara  y  Man- 
tua y  del  Cardenal,  tomó  el  camino  de  la  ciudad  de  Trento 
con  toda  su  Corte.  Y  el  día  antes  que  Su  Alteza  se  partiese 
vino  la  Duquesa  á  Palacio  á  despedirse  de  él,  trayendo  consigo 
á  sus  hijos,  y  estuvieron  un  gran  rato  sentados  en  dos  sillas  y 
los  niños  en  pie  cabe  Su  Alteza,  la  cual  les  hizo  muchas  ca- 
ricias y  honra.  Y  fué  á  comer  á  una  casa  de  placer  del  Duque, 
cuatro  millas  de  la  ciudad,  el  más  hermoso  camino  que-  se  había 
visto,  porque  todo  era  de  una  muy  hermosa  y  ancha  calle,  y 
por  los  lados  llenos  de  chopos  y  álamos  muy  altos  puestos  por 
su  orden,  y  dos  acequias  de  agua,  donde  antes  de  la  comida 
fué  á  caza  á  un  bosque  que  cerca  estaba  y  mató  dos  puercos 
jabalíes.  La  casa  estaba  muy  ricamente  aderezada  y  en  ella 
muchas  camas  de  seda  con  recamos  de  oro  y  sus  cobertores  de 
lo  mismo,  colgados  muchos  paños  de  seda  con  franjas  de  oro. 

Y  de  allí  fué  el  Príncipe  á  dormir  á  una  villa  de  venecianos 
i2  leguas  de  Mantua,  donde  le  dieron  un  gran  presente  de 
cosas  de  comer,  y  la  casa  donde  Su  Alteza  comió  estaba  bien 
aderezada  y  su  arco  triunfal  (sic),  llena  de  arrayanes  y  de 
otras  yerbas. 

Y  este  día  luego  vino  á  besar  las  manos  á  Su  Alteza  el 
Duque  Octavio,  nieto  del  Papa.  Y  otro  día  á  18  de  Enero 
partió  Su  Alteza  de  Villafranca  y  fué  á  dormir  á  Brisolengo, 


—  264  — " 

una  villeta  de  venecianos,  donde  también  le  dieron  presente  y 
casa  bien  aderezada. 

Y  otro  día  vino  á  Dulde,  también  de  venecianos,  los  cuales 
tenían  muchas  cosas  de  comer  aparejadas  en  la  plaza,  lo  cual 
todo  presentaron  á  Su  Alteza. 

Y  de  allí  fué  á  dormr  á  Ala,  diez  millas  del  lugar  ya  dicho, 
donde  salió  el  Cardenal  de  Trento  á  recibir  á  Su  Alteza  con 
mucha  gente  de  á  pie  armada  (porque  toda  la  compañía  de 
gente  de  armas  y  caballos  ligeros  que  Su  Alteza  traía  del  Es- 
tado de  Milán  vinieron  con  él  hasta  tierra  de  venecianos  y  se 
habían  vuelto  desde  Dulce) .  Y  de  Ala  vino  Su  Alteza  á  dor- 
mir á  Robre,  ciudad  del  Rey  de  Romanos. 

Y  otro  día  partió  de  allí  para  la  ciudad  de  Trento,  que  son 
12  millas,  donde  había  arcos  triunfales,  y  en  la  plaza  de  Pala- 
cio un  castillo  de  madera  lleno  de  cohetes  y  en  mitad  de  la 
calle  una  muy  grande  estatua  de  un  gigante,  cuarenta  palmos 
de- alto.  Hubo  muy  gran  salva  de  artillería.  Y  en  el  camino 
una  milla  de  la  ciudad  salió  el  Duque  Mauricio  y  el  Cardenal 
de  Augusta,  que  vinieron  á  besar  las  manos  á  Su  Alteza.  Y  asi- 
mismo salieron  el  Cardenal  Pacheco  y  otros  muchos  Obispos 
que  estaban  en  el  Concilio.  Y  el  Duque  Mauricio  y  el  Carde- 
nal de  Augusta  llegaron  á  caballo  sin  apearse  (porque  Su  Al- 
teza se  lo  mandó)  y  descubiertas  las  cabezas-  y  muy  bajados 
tocaron  la  mano  de  Su  Alteza  á  la  costumbre  de  aquella  tierra. 
Y  después  tomando  al  Duque  á  la  mano  izquierda  y  al  Carde- 
nal á  la  derecha  caminaron  hacia  Trento. 

Venían  detrás  de  Su  Alteza  el  Cardenal  ele  Trento  en  medio 
del  Duque  de  Alba  y  del  Cardenal  de  Jaén,  y  después  todos  los 
Prelados  españoles  é  italianos,  yendo  delante  todos  los  señores 
y  la  guarda  y  arcabuceros  de  la  manera  que  habían  ido  en  las 
otras  ciudades.  Y  así  fué  Su  Alteza  por  la  dicha  ciudad  hasta 
la  casa  del  Cardenal  donde  fué  aposentado.  Y  aquella  noche 
se  le  dio  muy  cumplida  cena  y  muchos  servicios.  Vinieron  á 
ella  muchas  señoras,  así  alemanas  como  italianas,  muy  gen- 
tiles mujeres  muy  ricamente  ataviadas. 

Y  Su  Alteza  se  sentó  poniendo  á  su  mano  derecha  al  Car- 
denal de  Augusta  y  á  la  izquierda  al  Duque  Mauricio.  Y  así 


—  265  — 

se  sentaron  el  Almirante  de  Castilla,  el  Marqués  de  Astorga, 
Príncipe  de  Ascolí  y  el  Conde  de  Olivares  y  el  Marqués  de  las 
Navas.  Y  más  abajo  en  medio  de  la  mesa  se  sentó  el  Duque  de 
Alba  entre  dos  italianas  muy  hermosas,  y  más  abajo  se  senta- 
ron el  Comendador  Mayor  de  x\lcántara  y  el  Marqués  de  Pes- 
cara y  D.  x\ntonio  de  Toledo,  Caballerizo  mayor  y  otros  ca- 
balleros cortesanos  y  de  la  tierra. 

Fué  la  cena  muy  regocijada  y  bien  á  la  alemana,  porque  se 
bebieron '  unos  á  otros  largamente.  Y  Su  Alteza  muy  regoci- 
jado hizo  la  razón  á  las  damas  y  aquellos  señores  que  estaban 
á  la  mesa. 

Acabada  la  cena  se  comenzó  la  fiesta,  y  el  primero  que 
salió  fué  Su  Alteza  que  sacó  á  danzar  una  italiana  la  más 
hermosa  que  allí  estaba.  Y  después  de  Su  Alteza  danzaron 
muchos ;  y  luego  se  comenzó  otra  danza  á  la  alemana  en  que 
andaban  muchos  juntos  y  á  ratos  se  abrazaban  la  dama  y 
galán,  y  otras  veces  se  daban  otras  vueltas,  á  donde  el  Príncipe 
no  anduvo  tan  desenvuelto  como  el  Cardenal  de  Augusta  y  el 
de  Trento  que  danzaron  y  bailaron  con  sendas  damas.  Y  des- 
pués ele  la  fiesta  hubo  gran  colación. 

Y  en  los  dos  días  siguientes  que  fueron  viernes  y  sábado 
caminó  Su  Alteza  á  Retirado.  Y  el  Cardenal  de  Trento  hko 
muchos  banquetes  al  Duque  Mauricio  y  los  otros  señores.  Y 
otro  día  siguiente  en  la  noche  se  hicieron  grandes  luminarias 
en  la  montaña  y  gran  salva  de  artillería  y  muchos  regocijos 
delante.  Y  luego  otra  noche  siguiente  hubo  una  fiesta  regoci- 
jada y  graciosa  en  que  salieron  muchos  hombres  á  pie  y  otros 
hechos  caballos  con  unas  lanzas  gruesas  llenas  de  pólvora  y 
tornearon  gran  rato  esgrimiendo  con  las  lanzas,  de  donde  sa- 
lían de  rato  en  rato  cohetes  con  grandes  estruendos  y  gran 
suma  de  centellas  que  parecía  todo  un  fuego. 

Y  otro  día  domingo  convidó  el  Cardenal  á  Su  Alteza  á 
comer  en  la  misma  sala  donde  la  primera  y  por  la  misma  orden 
sentándose  Su  Alteza  entre  el  Duque'  Mauricio  y  el  Cardenal 
de  Augusta.  Duró  el  banquete  mucho  tiempo  con  gran  regocijo 
y  placer.  Y  cuando  Su  Alteza  se  sentó  á  comer  el  Duque  Mau- 
ricio y  el  de  Alba  le  dieron  la  toalla.  Y  después  de  la  cena 


—  266  — 

hubo  gran  fiesta  de  danzas  con  las  damas,  como  en  la  cena 
pasada.  Y  aquella  noche,  27  del  dicho  mes,  se  hizo  una  fiesta 
muy  graciosa  en  que  hubo  muchos  faroles  y  luminarias  y  hom- 
bres armados  que  hicieron  un  torneo  de  á  pie  combatiendo  de 
pica  y  espada.  Y  después  vino  una  sierpe  muy  grande  con  muy 
grandes  alas  llenas  de  pólvora  3^  cohetes,  echando  fuego  por 
todas  partes.  Y  luego  vinieron  hombres  armados  y  hechos  ca- 
ballos (como  en  la  fiesta  pasada  se  había  hecho)  con  lanzas 
gruesas  llenas  de  pólvora  y  cohetes  con  que  escaramuzaron,  y 
después  de  muchos  combates  le  pegaron  fuego  y  se  ardió  todo. 

Y  á  la  otra  parte  de  la  plaza  estaba  una  boca  del  infierno 
y  á  la  puerta  Hércules  con  el  can  Cervero  asido  con  una  ca- 
dena, donde  salieron  diablos  con  una  muía  cubierta  de  cohe- 
tes de  pólvora  con  que  hicieron  travesuras  mucho  de  reir,  y 
al  cabo  se  quemó  todo  el  infierno  y  Hércules. y  el  can  Cervero 
echando  muy  gran  llama  de  fuego  por  la  boca  y  cohetes. 

Y  después  de  acabada  la  fiesta  y  regocijos  Su  Alte:  a  se 
hizo  máscara  y  con  él  otros  d;ez  que  fueron  el  Cardenal  de 
Trento  y  el  de  Augusta,  el  Marqués  de  Astorga  y  el  Almirante 
y  el  Duque  de  Alba  y  otros  muchos  caballeros.  Y  fueron  en 
casa  del  hermano  del  Cardenal  de  Trento  donde  se  había  hecho 
el  banquete,  donde  Su  Alteza  danzó  la  gallarda  muy  bien.  Y 
asimismo  danzaron  con  las  damas  los  dos  Cardenales  y  los  de- 
más caballeros  que  con  él  iban. 

Y  acabadas  todas  las  fiestas  el  Duque  Mauricio  suplicó  á 
Su  Alteza  quisiese  favorecer  con  Su  Majestad  las  cosas  de 
Landgrave.  Y  el  Príncipe  le  respondió  muy  graciosamente  y 
le  dio  muy  buena  esperanza  que  haría  lo  que  él  deseaba  y  le 
suplicaba.  Y  otro  día  se  despidió  el  Duque  Mauricio  y  el  Car- 
denal de  Augusta  y  se  partieron  camino  de  Augusta;  y  Su 
Alteza  se  partió  el  29  con  toda  su  Corte  camino  de  Alema- 
nia (sic). 


—  267  — 

CAPITULO  XXXTI 

De  ciertas  fiestas  que  la  Reina  María  hizo  al  Emperador  y  al 
Príncipe  D.  Felipe  su  hijo  en  la  villa  de  Bince  por  el  mes 
de  Agosto. 

Habiendo  Su  Majestad  y  el  Príncipe  nuestro  señor  visitado 
la  mayor  parte  de  las  fronteras  de  aquellas  tierras  bajas,  la 
Reina  María,  por  darle  alguna  recreación,  tuvo  en  la  villa  de 
Bince,  lugar  suyo,  aparejados  grandes  fiestas  y  banquetes  y  la 
primera  de  ellas  fué  un  torneo  en  Palacio. 

Los  mantenedores  del  torneo  fueron  seis  :  el  Marqués  de  Var- 
gas, monsieur  de  Torlon  y  monsieur  de  Ferbin.  Los  tres  hijos 
de  monsieur  de  Trafi  salieron  vestidos  de  raso  encarnado  y 
blanco  ellos  y  los  padrinos,  lacayos,  pifaros  y  atambores.  Los 
Jueces  fueron  el  Duque  de  Alba  y  monsieur  de  Ostrat  y  mon- 
sieur de  Bredesdres.  Las  armas  con  que  combatieron  fueron 
pica  y  espada.  De  la  pica  tres  golpes,  de  la  espada  siete,  espada 
de  dos  manos  y  de  ella  siete  golpes,  lanza  con  rogadiza,  hacha 
ó  salvajina,  y  de  ésta  siete  golpes,  lanza  de  armas  y  de  ella 
un  golpe,  del  tercio  postrero  de  esta  lanza,  que  es  lo  más  grueso, 
siete  golpes.  > 

Junto  al  lugar  en  que  estaban  los  Jueces  había  cuatro  pa- 
drones y  de  ellos  colgaban  cuatro  escudos  en  que  estaban  pinta- 
das estas  formas  de  estas  armas  que  he  dicho.  Los  aventureros 
tocaban  en  ellas  las  armas  con  que  querían  combatir.  Hubo 
muchos  aventureros  que  las  tocaron  todas  y  combatieron  de 
ellas;  otros  que  se  contentaron  con  tocar  solo  la  pica  y  la 
espada. 

Salió  la  primera  cuadrilla  de  diez  caballeros  vestidos  de  ter- 
ciopelo*  negro  y  plumas  negras  y  armas  negras.  Fueron  el  Prín- 
cipe de  Piamonte,  el  Conde  de  Masent,  el  Conde  de  Mega,  mon- 
sieur de  Hobremonte,  monsieur  de  Norcarisnen,  el  Barón  de 
Coblagri,  monsieur  de  Pelu,  Juan  Quijada,  D.  Juan  de  Acuña, 
Gaspar  de  Robles.  Salió  tras  éstos  otra  cuadrilla  de  tres  caba 
lleros  flamencos  enmascarados  con  atavíos  de  romeros,  vestidos 


—  2G8  — 

de  color  de  raso  blanco  y  azul  y  rojo.  Y  luego  salió  otra  cua- 
drilla de  cuatro  caballeros  flamencos  enmascarados  con  atavíos 
de  romeros  vestidos  de  terciopelo  pardo.  La  cuadrilla  del  Conde 
de  Jelves' salió  tras  éstas,  vestidos  de  blanco,  azul  y  amarillo, 
el  Marqués  del  Valle,  D.  Martín  Cortés,  D.  García  de  Ayala, 
D.  Carlos  de  Saavedra,  D.  Pedro  de  las  Roelas,  D.  Juan  de  Saa- 
vedra . 

Salieron  luego  de  encarnado  y  oro  el  Comendador  Mayor 
de  Alcántara,  D.  Luis  de  Avila,  el  Conde  Castañeda,  el  Conde 
de  Cifuentes,  D.  Gómez  de  Figueroa,  D.  Luis  Zapata,  Ruy 
Gómez  de  Silva. 

Tras  éstos  entraron  dos  caballeros  flamencos  como  cazado- 
res, con  sus  venablos  y  muchos  perros  y  caza,  vestidos  de  teli- 
lla verde.  Entró  luego  un  dragón  echando  fuego  por  la  boca,  y 
dentro  de  él  dos  caballeros  con  hábito  de  salvajes. 

Tras  éstos  salió  el  Duque  Adolfo  de  Ostain,  hermano  del 
Rey  de  Dinamarca;  el  Conde  de  Mansfelt,  el  Conde  de  Vastain, 
vestidos  á  la  tudesca,  de  tela  de  oro  y  plata  y  terciopelo  negro. 

Luego  entraron  de  color  blanco  y  negro  y  de  oro  y  plata 
con  muchas  franjas  el  Príncipe  de  Ascoli,  el  Conde  de  Aga- 
monte,  D.  Alonso  Pimentel,  D.  Francisco  de  Mendoza,  hijo 
del  Marqués  de  Mondéjar,  D.  Diego  de  Leiva,  D.  Alvaro  de 
Mendoza,  hijo  del  Marqués  D.  Pero  González  de  Mendoza. 

La  última  cuadrilla  fué  del  Príncipe  nuestro  señor,  y  vino 
de  colorado  y  amarillo  con  muchas  recamaduras.  Y  fueron  el 
Príncipe  nuestro  señor,  el  Príncipe  de  Piamonte,  D.  Juan  Man- 
rique de  Lara,  D.  Juan  de  Bena vides,  D.  Rodrigo  Manuel  y  el 
Conde  de  Nieva.  Su  Alteza  sacó  por  padrinos  al  Marqués  de 
Pescara  y  á  D.  Antonio  de  Toledo,  su  Caballerizo  mayor.  El  de 
Piamonte,  el  Conde  de  Nieva,  á  su  caballerizo;  D.  Juan  Man- 
rique de  Lara,  á  D.  Antonio  de  Zmrga  y  á  D.  Juan  Pimentel; 
D.  Juan  de  Bena  vides,  á  D.  Juan  de  Acuña  y  Padilla,  á  D.  Pe- 
dro de  Avila;  D.  Rodrigo  Manuel  sacó  á  D.  Pedro  Manuel,  su 
hermano,  y  á  D.  Juan  de  Lanuza.  Combatió  Su  Alteza  muy  bien 
y  con  lindo  aire  de  pica  y  espada,  y  lo  mismo  todos  los  de  su 
cuadrilla.  Hubo  folla,  y  señalóse  en  ella  ,Su  Alteza.  Duró  el 
torneo  desde  las  dos  de  medio  día  hasta  las  siete  de  la  tarde. 


—  2(39  — 

Acabado  el  torneo  la  Reina  María  tenía  aparejado  un  so- 
lemne banquete  á  Su  Majestad  y  á  la  Reina  de  Francia  y  á  Su 
Alteza  y  á  muchos  señores  y  damas  de  aquellas  tierras.  Cele- 
bróse en  una  sala  grande  que  estaba  entapizada  de  muy  rica 
tapicería  é  historiada  de  oro  y  plata  y  seda.  Su  Majestad  se 
sentó  debajo  de  un  rico  dosel  de  oro  y  plata  é  historias,  y  la 
Reina  de  Francia  á  su  lado  derecho,  y  al  izquierdo  la  Reina  Ma- 
ría, y  tras  ella  el  Príncipe  nuestro  señor.  A  cuatro  ó  cinco  pa- 
sos de  la  mesa  de  Su  Majestad  estaba  otra  muy  larga  á  la  mano 
izquierda.  Sentóse  á  la  cabecera  de  ella  el  Marqués  de  Astorga, 
y  á  un  lado 'de  la  mesa  la  Condesa  de  Mansfelt,  y  junto  á  ella 
el  Príncipe  de  Piamonte,  y  luego  la  Marquesa  de  Vargas  y  el 
Príncipe  de  Ascoli  y  el  Conde  de  Agamonte  y  otros  muchos 
señores  y  caballeros  y  damas.  Al  otro  lado- estaba  sentado  t_l 
Duque  de  Olstingui  y  cabe  él  la  Condesa  de  Reux  y  otras  da- 
mas y  señores.  De  suerte  que  fueron  de  esta  manera  cuarenta 
y  seis  personas.  Fueron  ambas  estas  mesas  servidas  superba- 
mente  de  todo  cuanto  convenía.  Hubo  música  de  voces  y  de 
ministriles  mientras  cenaban.  Después  de  cenar  hubo  grandes 
danzas.  Su  Alteza  danzó  con  la  Condesa  de  Mansfelt  y  con  1* 
Condesa  de  Pinoi. 

Más  adentro  de  esta  sala  del  banquete  había  otra  pieza  más 
ricamente  aderezada  de  tapicería  de  historias  de  oro  y  plata  y 
ur  dosel  muy  rico  con  el  escudo  de  la  Reina  María.  Más  adentro 
había  una  cámara  con  una  cama  de  plata.  Los  paños  eran  reca- 
mados de  oro  y  plata,  la  cosa  más  vistosa  y  rica  que  se  había 
visto.  Este  aposento'  era  de  Su' Majestad;  el  de  la  Reina  de 
Francia  y  el  de  Su  Alteza  y  de  la  Reina  María  eran  de  la  misma 
manera  muy  ricos. 

Los  precios  del  torneo  se  dieron  de  esta  manera  :  A  Marcos, 
criado  de  la  Reina  María,  se  dio  el  precio  de  la  espada  de  á 
dos  manos;  á  Gaspar  de  Robles,  el  de  la  jabalina  ó  hacha  de 
armas;  á  Juan  Quijada,  el  de  la  espada;  á  monsieur  Guirinay, 
que  fué  uno  de  los  salvajes,  el  de  la  pica  ;  á  un  hijo  de  Mingo 
Bal,  el  de  la  lanza ;  al  Marqués  de  Vargas,  uno  de  los  mante- 
nedores, un  erancelín;  al  Príncipe  nuestro  señor,  el  de  la  folla, 
que  era  un  diamante,  el  cual  dio  luego  á  la  Princesa  de  Pinoi. 


—  270  — 

Otro  día  después  del  torneo  de  á  pie,  á  los  25  días  de  Agosto, 
comenzaron  algunos  caballeros  aventureros  á  probarse  en  la 
ventura  de  la  espada  encantada,  y  probáronlo  muchos,  así  de 
Ja  Corte  del  Emperador  como  de  otras  partes.  Mas  como  ella 
se  guardaba  para  el  Príncipe  de  España,  cuyo  valor  y  esfuerzo 
mereció  dar  cima  á  esta  ventura,  en  balde  la  tentaron  los  otros, 
aunque  algunos  de  ellos  mostraron  bien  la  valentía  de  sus  per- 
sonas y  fuerza  grande  de  sus  brazos,  y  si  no  merecieron  aca- 
barlo á  lo  menos  merecieron  ser  tenidos  por  caballeros  de  los 
más  esforzados  y  valerosos  de  su  tiempo. 

Debajo  de  las  casas  de  la  Reina  María,  hacia  la  parte  del 
Oriente,  estaba  un  valle  grande  y  espacioso  que  la  cercaba  por 
aquellos  dos  lados  ;  las  ventanas  caían  sobre  él  y  descubrían 
dos  laderas  de  un  bosque  que  descendía  al  vahe  bien  poblado 
de  árboles.  Y  al  un  lado  de  este  bosque,  entre  el  Septentrióu 
y  el  Oriente,  mandó  edificar  la  Reina  Doña  María  una  rica  casa, 
a  la  cual  puso  por  nombre  Castillo  Tenebroso,  porque  con  ciert  1 
industria  y  artificio  era  imposible,  porque  parecía  á  los  ojos  que 
estaba  cubierta  de  una  oscura  y  espesa  niebla. 

Junto  al  castillo  estaba  una  pequeña  isla  casi  redonda,  cer- 
cada por  todas  partes  de  agua.  El  campo  de  esta  isla  parecía 
ser  cercado  á  mano  poique  tenía  por  tan  buena  orden  plantados 
muchos  céspedes  de  tierra  con  su  yerba,  que  parecían  ladrillos 
mazaríes  cuadrados.  Era  llana  toda  la  isla  y  sin  árbol  ni  mata 
ninguna  ;  solamente  tenía  hacia  la  parte  del  Castillo  una  gran 
peña,  sobre  la  cual  estaba  un  padrón  rojo  en  que  estaba  metida 
una  riquísima  espada  y  no  se  veía  de  ella  sino  sólo  la  empuña- 
dura por  la  una  parte  y  por  la  otra  la  punta.  Hacia  la  otra 
parte  de  la  isla  había  dos  altas  columnas  junto  al  agua,  donde 
parecían  señales  de  ser  aquella  parte  más  segura  para  puerto 
que  ninguna  otra  de  la  isla.  x\llí  atinaba  un  Capitán  á  dos 
remeros  que  regían  una  barca  cuando  pasaba  algún  caballero 
cuya  virtud  merecía  entrar  en  la  Isla  Venturosa,  que  así  se 
llamaba  la  isla. 

Para  probar  la  ventura  de  la  espada  encantada  sólo  este 
pasaje  había  ;  por  otra  parte  la  entrada  era  imposible.  Para  ser 
recibido  el  caballero  aventurero  en  la  barca  había  de  pasar  pri- 


—  271  — 

nero  por  pasos  harto  arduos  y  difíciles  que  guardaban  tres  bra- 
vos caballeros,  y  combatían  con  cada  uno  de  ellos  con  las  armas 
V  condiciones  que  les  fueron  puestas.  No  podía  pasar  el  segundo 
paso  sin  que  primero  hubiese  llevado  lo  mejor  en  la  batalla  con 
el  que  guardaba  el  primero. 

Y  sus  pasos  estaban  dispuestos  de  esta  manera.  A\  otro  lado 
del  valle  que  inclinaba  hacia  el  Poniente  estaban  dos  padrones 
que  avisaban  al  aventurero  que  venía  que  pasase  adelante,  adon- 
de hallaría  quien  le  dijese  lo  que  había  de  hacer.  Más  adelante 
estaba  una  barrera  cerrada,  y  junto  á  ella  un  padrón  con  un 
escudo  del  Caballero  del  Grifo,  que  era  el  que  defendía  aquel 
paso.  En  el  padrón  estaban  escritas  unas  letras  en  lengua  fran- 
cesa (por  ser  la  más  común  de  la  tierra),  las  cuales  mandaban 
al  caballero  que  allí  llegase  ó  á  su  escudero  que  tocasen  una 
bocina  de  marfil  que  colgaba  de  un  padrón,  y  que  luego  le  se- 
ría respondido ;  y  avisábanle  que  había  de  correr  tres  lanzas 
con  el  Caballero  del  Grifo  antes  que  le  fuese  abierta  la  puerta 
del  paso.  Y  al  son  de  la  bocina  venía  un  enano,  el  cual  le  decía 
que  luego  sería  recibido,  y  avisaba  de  su  venida  al  caballero 
mantenedor. 

En  este  medio  el  Caballero  del  Grifo,  habiendo  oído  el  son 
de  la  bocina,  subía  á  caballo  y  se  ponía  en  el  lugar  del  com- 
bate, y  después  mandaba  al  portero  que  abriese  la  puerta  y 
barrera.  Y  allí  era  recibido  el  aventurero  á  tres  golpes  de  lanza, 
y  si  el  caballero  aventurero  hacía  mejor  su  deber  que  el  del 
Grifo,  era  á  saber  si  rompía  mejor  su  lanza,  si  daba  mejor  su 
encuentro  ó  si  lo  hacía  mejor  en  las  tres  carreras  que  el  man- 
tenedor, podía  pasar  adelante  muy  fácilmente  de  este  primer 
paso.  Y  si  el  del  Grifo  lo  hacía  mejor  su  deber  que  el  aventu- 
rero, el  aventurero  era  obligado  á  dar  su  fe  de  darse  por  su 
prisionero  á  Norabros  en  el  Castillo  Tenebroso.  Y  por  cuanto 
e1  castillo  era  tenebroso  é  invisible,  el  caballero  prisionero  era 
guiado  por  gentil eshombres,  que  para  este  efecto  eran  ordena- 
dos, los  cuales  lo  llevaban  por  el  camino  bien  poblado  de  ár- 
boles una  parte  y  otra. 

Y  en  caso  que  el  caballero  aventurero  desarmase  ó  hiriese 
al  mantenedor  de  manera  que  no  pudiese  más  correr,   no  era 


—  272  — 

obligado  á  correr  las  tres  carreras,  antes  le  era  permitido  de 
pasar  adelante.  Y  si  al  contrario  aconteciese,  quedaba  el  aven- 
turero por  prisionero  como  dicho  es.  Y  el  que  hacía  encuentro 
feo  perdía  sus  carreras  y  cumpliría  la  condición  ya  dicha. 

El  caballero  que  ganaba  este  primer  paso  era  recibido  luego 
al  segundo.  Había  de  la  puerta  de  la  torre  que  ganaba  el  primer 
paso  á  la  puerta  de  la  otra  torre  que  estaba  en  el  segundo  una 
buena  carrera  de  caballo.  Tiene  de  ancho  veinte  pasos,  y  sus  ba- 
rreras rojas  y  amarillas  á  los  lados.  Al  principio  de  esta  carrera, 
á  la  mano  derecha  estaba  un  padrón,  del  cual  colgaba  un  escudo 
con  una  águila  negra.  Porque  así  se  llamaba  el  que  defendía 
aquel  segundo  paso,  el  Caballero  del  Águila  Negra.  Estaba 
asimismo  una  bocina  de  marfil  colgada,  á  cuyo  son,  siendo  to- 
cada por  el  aventurero  que  entraba  en  este  paso,  salían  primero 
dos  escuderos  á  caballo  del  Caballero  del  Águila  Negra,  ei 
uno  traía  dos  espadas  y  el  otro  dos  lanzas,  y  presentadas  al 
aventurero  escogía  de  ellas  lo  que  mejor  le  parecía  y  volvía  las 
otras.  A  este  punto  estaba  un  caballero  de  la  otra  parte  de  la 
carrera,  el  caballero  mantenedor,  y  corrían  sendas  lanzas  y  com- 
batían de  las  espadas  á  siete  golpes.  Y  si  el  aventurero  hacía 
mejor  su  deber,  así  de  lanza  como  de  espada,  érale  permitido 
pasar  adelante,  donde  no,  dábase  por  prisionero  y  era  llevado 
al  Castillo  Tenebroso. 

Habiendo  el  caballero  aventurero  ganado  el  primer  paso  y 
el  segundo  se  le  abría  la  puerta  de  la  Torre  Tenebrosa,  y  allí 
se  apeaba  para  pasar  adelante  al  tercer  paso,  y  entraba  en  una 
plaza  ancha,  donde  era  recibido  del' Caballero  del  León  de  Oro 
á  tantos  golpes  de  espada  y  á  tan  luengo  combate  hasta  qué 
una  ó  dos  de  las  espadas  del  aventurero  ó  mantenedor  se  le  rom- 
piese ó  la  perdiese,  ó  que  el  uno  de  los  dos  combatientes  fuese 
desarmado,  herido  ó  desalentado.  Y  si  el  mantenedor  hacía 
mejor  su  deber  que  el  aventurero,  el  dicho  aventurero  era  obli- 
gado á  hacer  lo  que  arriba  está  dicho.  Mas  si  el  aventurero 
llevaba  lo  mejor  del  combate  á  este  paso,  se  debía  de  decir  y 
declarar  allí  su  verdadero  nombre  sin  disimulación  ninguna, 
para  que  se  escribiese  y  registrase  en  la  memoria  y  número  de 
los  caballeros  estimados  y  valerosos.    La   cual   memoria   tenía 


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cargo  de  hacer  el  Capitán  de  la  barca  que  los  pasaba  á  la  Isla 
Venturosa,  para  esto  establecida  de  la  Reina  hadada  (sic), 
adonde  se  guardaban  otros  muchos  secretos. 

Y  siendo  el  caballero  aventurero  tan  dichoso  que  sacase 
fuera  la  espada  encantada,  debía  seguir  punto  por  punto  la  ins- 
trucción que  el  dicho  Capitán  le  diese,  la  cual  se  había  de  sacar 
de  la  profecía  escrita  en  dos  columnas  que  estaban  en  la  dicha 
Isla  para  que  seguramente  pudiese  pasar  al  Castillo  Tenebroso 
antes  que  desapareciese  la  nube,  porque  otra  manera  venía  mu- 
cho mal  ó  inconveniente  de  ello. 

Estos  tres  pasos  que  hemos  contado  debía  pasar  el  caballero 
que  venía  á  la  prueba  de  esta  aventura,  y  había  de  entrar  en 
ellos  salvo  con  uno  ó  dos  escuderos,  y  no  le  era  permitido  com- 
batir con  otras  armas  sino  con  las  que  en  cada  uno  de  los  dichos 
tres  pasos  le  eran  dadas  y  entregadas  por  los  mantenedores. 
Y  ahora  habéis  de  saber  que  estos  tres  caballeros  del  Grifo,  el 
del  Águila  Negra  y  del  León  de  Oro,  son  de  la  Corte  del 
Emperador  y  de  la  Orden  .antigua  del  Toisón. 

Y  por  el  servicio  de  la  Reina  de  Hungría  se  encargaron  de 
guardar  y  defender  los  tres  dichos  pasos  :  el  primero  es  mon- 
sieur  de  Barbanzón,  el  Conde  de  Arambcrga  ;  el  segundo  el 
Conde  de  Ostrat ;  el  tercero,  el  Conde  de  Agamat.  En  cada  uno 
de  los  tres  pasos  había  puestos  Jueces.  En  el  primero  D.  Juan 
Manrique  de  Lara,  el  Barón  Monfalconete,  Gutierre  López  de 
Padilla,  y  del  segundo  y  tercero,  porque  de  su  mismo  lugar 
se  vio  también  lo  uno  como  lo  otro,  eran  Jueces  el  Duque  de 
Alba  y  el  Marqués  de  Astorga,  monsieur  de  Brevederades. 

Este  día,  pues,  á  las  tres  horas  y  media  de  la  tarde,  estando 
el  Emperador  y  la  Reina  de  Francia  y  la  Reina  de  Hungría  á 
las  ventanas  con  otras  muchas  damas  de  su  Corte  para  ver  el 
suceso  de  la  ventura,  llegó  un  caballero  negro,  con  unas  armas 
negras  y  doradas  y  un  escudero  con  él,  que  le  traía  una  lanza, 
vestido  de  negro  y  con  vina  caperuza  de  luto  española,  y  la 
lanza  teñida  de  negro.  Y  llegado  á  la  barrera  tocó  la  bocina 
del  padrón,  y  luego  salió  el  Caballero  del  Grifo  sobre  un  her- 
moso caballo,  y  las  cubiertas  y  lo  que  traían  vestido  era  de  color 
encarnado  y  blanco.   Y  puestos  el  uno  contra  el  otro  arreme- 

1H 


—  274  — 

tieron  sus  lanzas  bajas  con  toda  la  furia  de  sus  caballos,  y  á 
la  primera  carrera  ambos  perdieron  sus  encuentros,  y  á  la  se- 
gunda el  mantenedor  encontró  su  lanza  en  el  caballero  tan  re- 
ciamente que  le  hizo  volar  en  muchas  piezas;  en  la  tercera 
carrera  el  uno  y  el  otro  encontraron  y  rompieron  muy  bien  sus 
lanzas.  El  caballero  negro  fué  preso  y  llevado  al  Castillo  Te- 
nebroso. 

Tras  éste  llegó  una  doncella  á  caballo  quejándose  de  un 
caballero,  vestida  de  telilla  de  oro  encarnada  y  azul,  y  tras 
ella  un  caballero  bien  armado  de  colores  blanco  y  rojo,  que  se 
dijo  el  Caballero  de  la  V.,  que  la  traía  por  divisa  en  el  escudo. 
Y  este  era  D.  Juan  de  Acuña,  criado  del  Emperador. 

Y  abierta  la  barrera  y  tomada  la  lanza  se  vino  á  encontrar 
tan  reciamente  con  el  mantenedor  que  le  rompió  la  mano  de  la 
lanza,  de  suerte  que  no  fué  menester  correr  segunda  carrera, 
porque  no  quedó  para  ello  el  mantenedor.  Fuéle  abierta  luego 
la  puerta  de  la  torre,  y  habiéndole  dado  la  lanza  y  espada  salió 
el  Caballero  del  Águila  Negra,  de  color  blanco  y  negro,  sobre 
un  gran  caballo  frisón,  y  corrieron  sus  lanzas  y  comenzáronse 
á  dar  grandes  golpes  de  las  espadas,  y  porque  de  este  combate 
llevó  lo  peor  el  aventurero  fué  preso  y  llevado  al  castillo. 

Vino  luego  un  caballero  que  se  dijo  de  la  Pluma  Blanca, 
vestido  colores  blanco,  rojo  y  morado.  Este  era  el  Conde  de 
Mansfelt.  Ganó  el  primer  paso  á  monsieur  de  Obremont,  gentil- 
hombre de  la  cámara  del  Emperador,  que  sucedió  en  lugar  de 
monsieur  de  Barbanzón  para  defender  aquel  paso,  y  ganó  tam- 
bién el  segundo  al  Conde  de  Ostrat,  y  fué  admitido  al  tercero 
y  de  allí  le  enviaron  á  la  prisión  porque  le  desarmó  el  Conde 
de  Agamont,  habiendo  combatido  harto  valerosamente  el  Conde 
de  Mansfelt.  Y  porque  sobrevino  la  noche  no  hubo  caballero 
que  quisiese  probar  la  ventura,  á  causa  que  el  Emperador  se 
retiró. 

Y  otro  día  siguiente,  'siendo  Jueces  en  el  primer  paso  don 
Juan  Manrique  de  Lara,  monsieur  de  Falconete,  Mayordomos 
de  Su  Majestad  ;  monsieur  de  Corbera,  Juan  Bautista  Gastaldo, 
v  en  segundo  y  tercero  el  Duque  de  Alba,  monsieur  de  Trus, 
monsieur  de  Bederrobadá,  monsieur  de  Lanín  y  el  Caballerizo 


—  275  — 

mayor  del  Emperador,  llegó  un  caballero  de  cuerpo  bien  ar- 
mado sobre  un  gentil  caballo.  Traía  sayo  y  caparazón  de  telilla 
de  oro  roja  y  verde  y  las  plumas  de  los  mismos  colores.  Ganó 
la  primera  puerta  y  también  la  segunda,  en  el  tercero  combate 
fué  preso  y  llevado  al  castillo.  Este  caballero  era  monsieur  de 
Lain,  natural  de  Francia,  gentilhombre  de  la  boca  del  Empe- 
rador, que  se  pasó  á  su  servicio  con  monsieur  de  Barbón. 

Llegó  luego  un  caballero  flamenco;  traía  sayo  y  caparazón 
de  telilla  de  oro  y  plata  negra,  y  del  primer  paso  fué  llevado 
á  prisión. 

Luego  vino  un  caballero  español,  sayo  y  caparazón  de  raso 
blanco;  ganó  la  primera  y  segunda  puerta  y  en  la  tercera  fué 
preso.  Este  era  D.  Rodrigo  Bazán. 

Y  estando  combatiendo  el  pasado,  llegó  un  caballero  borgo- 
ñon,  que  traía  casaca  y  caparazón  de  telilla  azul,  y  fué  preso 
por  el  primer  mantenedor. 

Tras  éste  vino  un  caballero  que  se  dijo  el  Caballero  Indio, 
■con  unas  armas  doradas.  Traía  sobre  ellas  sayo  de  terciopelo 
negro  con  una  faja  recamada  de  oro.  Ganó  el  primer  paso,  fué 
preso  en  el  segundo  porque  perdió  la  espada.  Este  era  D.  Diego 
■de  Leiva. 

A  esta  sazón  bajaban  por  la  ladera  abajo  del  bosque  dos 
caballeros  bien  armados  y  de  gentil  parecer ;  traían  sayos  v 
caparazones  de  raso  carmesí  y  unas  bandas  amarillas  y  plumas 
y  gorras  amarillas ;  parecían  húngaros,  porque  venían  con  el 
hábito  y  traje  húngaro.  El  uno  de  éstos  ganó  el  primer  paso, 
fué  preso  en  el  segundo,  combatiendo  de  la  espada  fué  herido 
en  el  dedo  pulgar  de  la  mano  derecha,  y  porfiando  á  combatir 
liubo  de  perder  la  espada  y  fué  llevado  á  prisión  á  caballo.  El 
compañero  fué  preso  en  el  primer  paso.  De  suerte  que  llegaron 
á  una  al  castillo  como  vinieron.  Estos  eran  el  Príncipe  de  As- 
colí  y  el  compañero  el  Comendador  mayor  de  Alcántara. 

Luego  llegaron  dos,  caballeros  que  traían  sobre  las  armas 
■sayos  y  caparazones  de  telilla  azul;  el  uno  se  dijo  D.  Guilán 
el  Andador,  y  el  otro  D.  Florestán.  Este  fué  preso  en  el  primero 
paso;  el  D.  Guilán  combatió  esforzadamente  en  todos  tres  pa- 
sos, ganólos  y  mereció  pasar  la  barca  y  entrar  en  la  Isla  Ven- 


—  276  — 

turosa,  y  aunque  no  ganó  la  espada,  hízosele  presente  un  eran- 
celín  de  oro  que  tenía  un  rubí,  y  tornóse  á  salir  por  donde 
había  entrado  con  su  honra.  Este  fué  Juan  Quijada,  gentilhom- 
bre de  la  boca  del  Emperador.  Fué  el  primero  que  entró  por  su 
esfuerzo  en  la  Isla  Venturosa.  Su  compañero  era  D.  Diego  de 
Acuña. 

Tras  éstos  llegaron  monsieur  de  Jebres  y  otro  caballero  bor- 
goñón ;  traían  sayos  y  caparazones  de  telilla  de  oro  negra.  Y 
monsieur  de  Jebres  ganó  el  primero  y  segundo  y  tercero  paso, 
entró  en  la  Isla  á  probar  su  ventura  en  sacar  la  espada,  y  por- 
que no  pudo  tornó  á  salir  á  caballo  y  con  un  crancelín  que  le 
dieron.  El  compañero  fué  preso  por  el  primer  mantenedor. 

Luego  vino  otro  caballero  español  con  unas  armas  doradas, 
sacó  capazón  y  sayo  de  terciopelo  blanco  y  colorado  y  plumas 
de  la  misma  color.  Ganó  el  primero  y  segundo  y  tercero  paso, 
pasó  la  barca,  probó  la  ventura  y  fuéle  dado  un  crancelín.  Quedó 
su  nombre  escrito  en  el  número  de  los  caballeros  valerosos.  Este 
era  D.  Hernando  de  la  Cerda,  gentilhombre  de  la  cámara  del 
Emperador. 

Tras  éste  llegó  un  caballero  sevillano ;  sacó  sayo  y  capara- 
zón de  terciopelo  negro ;  fué  preso  en  el  primer  paso.  Este  era 
D.  Juan  de  Saavedra. 

Luego  vino  un  caballero  flamenco  con  unas  armas  negras  y 
doradas;  traía  casaca  y  caparazón  naranjado;  lleváronlo  á  la 
prisión  en  el  primer  paso. 

Tras  éste  vino  un  caballero  flamenco,  que  Barlus  había  por 
nombre;  trajo  sayo  y  caparazón  azul  con  unas  franjas  ele  plata. 
Fué  preso  en  la  segunda  aventura,  porque  cayó  del  caballo  al 
correr  de  la  lanza  (aunque  cayó  harto  despacio). 

Luego  vino  un  caballero  que  se  dijo  Gavarte  de  Valteme- 
roso ;  sacó  sayo  y  caparazón  de  terciopelo  amarillo  y  plumas 
de  la  misma  color,  ganando  el  primero,  segundo,  tercero  paso ; 
fuéle  dado  otro  crancelín  ;  su  nombre  quedó  escrito.  Este  era 
D.  Luis  Zapata. 

Tras  él  llegó  un  caballero  borgoñón  ;  sacó  sayo  y  capara- 
zón amarillo  y  plumas  de  la  misma  color  ;  fué  preso  cu  el  pri- 
mer paso. 


—  211  — 

Luego  llegó  una  dueña  á  caballo  vestida  de  telilla  de  oro 
-encarnada ;  fué  enviada  por  Urganda  la  Desconocida  para  saber 
cuál  de  los  tres  caballeros  que  detrás  de  ella  venían  probaba 
mejor  las  aventuras,  porque  todos  tres  estaban  enamorados  de 
Urganda,  y  ella  quería  tomar  por  su  caballero  al  que  mejor  pro- 
base. 

Luego  vinieron  los  tres  caballeros  que  á  Urganda  la  Desco- 
nocida servían ;  traían  sayos  y  caparazones  de  raso  blanco  y 
las  plumas  de  la  misma  color.  Y  el  primero  que  combatió  era 
el  Conde  de  Nieva ;  ganó  el  primero  y  segundo  y  tercero  paso 
porque  combatió  reciamente,  pasó  la  barca,  probó  la  espada, 
■diéronle  un  crancelín,  salió  por  donde  había  entrado.  Tras  el 
de  Nieva  probó  monsieur  de  Champarin ;  ganó  el  primero  y  el 
segundo  y  en  el  tercero  fué  preso.  El  tercero  de  los  tres  fué 
Gaspar  de  Robles,  paje  que  fué  del  Emperador;  ganó  el  pri- 
mero, segundo  y  tercero  paso,  fuéle  dado  un  crancelín  como 
.á  los  otros. 

Y  porque  el  Conde  de  Nieva  desarmó  é  hirió  al  Conde  de 
Agamont,  que  era  el  postrer  mantenedor,  no  pudo  más  man- 
tener ;  y  así  se  puso  en  su  lugar  monsieur  de  Trullera,  con 
quien  Robles  y  los  demás  que  aquel  pasó  le  ganaron  combatie- 
ron. Lo  mismo  aconteció  al  Conde  de  Ostrat,  que  fué  herido 
por  otro  aventurero  y  puso  otro  en  su  lugar  que  defendiese  el 
segundo  paso  que  él  guardaba. 

Luego  vino  D.  García  de  Ayala,  gentilhombre  de  la  boca 
del  Emperador  ;  sacó  sayo  y  caparazón  de  telilla,  y  en  el  ca- 
parazón muchas  calaveras  y  huesos  pintados;  trajo  doce  can- 
tores de  la  Reina  María  á  caballo  delante  de  sí  cantando  las 
exequias  de  los  muertos.  Fué  preso  en  el  primero  y  llevado  con 
toda  su  música  al  Castillo  Teuebroso,  cantándole  un  responso. 

Tras  él  llegó  Mingo  Val  con  sayo  y  caparazón  de  raso  blanco 
y  amarillo  y  azul,  y  muchas  plumas  de  lo  mismo  sembradas  en 
el  caparazón.  Fué  preso  por  el  primer  mantenedor. 

Vino  luego  un  caballero  borgoñón,  y  fué  preso  en  el  pri- 
mero paso ;  sacó  sayo  y  caparazón  de  chamelote  blanco  sin 
aguas. 

Tras  él  vino  monsieur  de  Malla,  del  mismo  color ;  ganó  pri- 


—  278  — 

mera,  segunda  y*  tercera  aventura ;    fuéle  dado  otro  crancelín. 

Tras  él  llegó  Sucar  ;  sacó  sayo  y  caparazón  de  tela  de  ora 
morada ;  ganó  primera  y  segunda  aventura ;  fué  preso  en  la 
tercera. 

Tras  éste  vino  una  cuadrilla  de  cinco  caballeros ;  traían, 
sayos  y  las  cubiertas  de  los  caballos  de  tela  de  plata,  y  casi 
todas  ellas  cubiertas  de  brosladuras  de  terciopelo  colorado  y 
muchas  borlas  de  las  mismas  colores  en  las  cubiertas,  y  plumas 
blancas  y  rojas.  El  primero  de  aquesta  cuadrilla  fué  el  Marqués 
de  Pescara,  el  cual  ganó  primera,  segunda  y  tercera  aventura, 
y  le  fué  dado  un  crancelín.  Tras  él  entró  monsieur  de  Norca- 
me;  fué  preso  en  el  primer  paso.  El  Marqués  de  Vargas,  que 
entró  tras  él  fué  preso  en  el  primero  paso.  Tras  éste  combatió 
él  Príncipe  de  Piamonte  ;  ganó  primera,  segunda  y  tercera  aven- 
tura •   fuéle  dado  otro  crancelín. 

El  último  caballero  de  esta  cuadrilla  fué  el  Príncipe  de  Es- 
paña ;  en  las  tres  carreras  del  primer  paso,  segundo  y  tercero 
rompió  muy  bien  su  lanza,  con  la  segunda  tocó  en  la  cabeza, 
corrió  gentilmente,  ganó  este  primero  paso  y  el  segundo  y  el 
tercero.  lluego  pasó  á  la  Isla  Venturosa,  subió  sobre  la  peña, 
probó  la  espada  y  sacóla.  Tenía  la  espada  en  el  puño  dos  pie- 
dras de  gran  valor,  la  una  era  un  diamante  y  la  otra  un  rubí. 
Y  estas  piedras  en  la  guarnición  y  la  contera  valían  gran  suma 
de  dineros.  a 

Ganada  la  espada,  el  Príncipe  se  la  ciñó  estando  sobre  la 
peña,  y  en  bajándose  de  ella  echó  mano  á  la  espada  y  fué  a 
donde  parecía  la  niebla  que  estaba  sobre  el  castillo  de  ella.  Y 
como  llegó  á  una  puente  levadiza,  se  levantó  la  nube  y  descu- 
brióse el  castillo.  Al  pasar  de  la  puente  levadiza  combatió  con 
tres  caballeros  que  guardaban  el  castillo,  y  andando  comba- 
tiendo con  ellos  rompió  con  la  espada  una  redoma  grande  que 
en  la  puerta  del  castillo  estaba  colgada,  y  luego  fué  desencan- 
tando el  Castillo  Tenebroso,  y  caídas  las  puertas  y  las  guardas 
de  él  el  Príncipe  entró  en  el  castillo  }r  halló  en  una  sala  un 
hombre  muy  anciano  y  cano,  que  era  el  carcelero,  vestido  hasta 
el  suelo  de  tela  de  oro,  al  cual  pidió  Su  Alteza  las  llaves  de 
los  prisioneros.    El  carcelero  se   echó  á   sus  pies  suplicándole 


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le  hiciese  merced  de  otorgarle  la  vida,  y  así  le  fué  otorgada,  y 
luego  le  entregó  las  llaves.  El  Príncipe  abrió  los  prisioneros  y 
dióles  libertad  á  todos  los  que  en  ellas  estaban,  y  salió  del 
castillo  con  todos  ellos  y  con  el  carcelero.  Y  de  este  manera 
se  acabó  esta  aventura. 

Y  aquella  noche  á  las  siete  en  el  Palacio  hubo  gran  banquete. 
El  Emperador  y  las  Reinas  y  el  Príncipe  se  sentaron  en  la  ta- 
bla y  por  el  orden  que  el  sábado  pasado.  Había  también  otra 
mesa  en  el  mismo  lugar  que  la  que  aquel  día.  Al  un  cabo  estaba 
asentado  el  Príncipe  de  Piamonte  y  luego  la  Marquesa  de  Vargas 
y  tras  ellos  otras  muchas  damas  y  señores.  Al  otro  cabo  de  esta 
mesa  estaba  el  Marqués  de  Astorga  y  luego  la  Princesa  de  Pi- 
noy  y  el  Duque  de  Olstannigo  y  la  Condesa  y  el  Obispo  de 
Lieja  y  otros  muchos  señores  y  damas  de  aquellas  tierras  bajas. 
Fueron  de  mesa  44. 

Ya  que  comenzaban  á  cenar  en  la  una  mesa  y  en  la  otra  ser- 
vido el  primer  servicio,  la  Reina  María  se  levantó  de  la  mesa 
v  también  su  Alteza  y  se  pasaron  á  la  otra  y  se  sentaron  en  ella 
la  Reina  María  á  un  lado  y  Su  Alteza  al  otro.  Y  Su  Majestad 
y  la  Reina  de  Francia  viendo  que  se  habían  sentado  la  Reina 
María  y  el  Príncipe  en  la  otra  mesa  mandaron  llevar  á  ella  la 
vianda  que  en  la  suya  tenían  y  fuéronse  á  cenar  con  ellos.  Duró 
1'.  cena  más  de  hora  y  media  y  fué  bien  festejada  y  regocijada. 
Hubo  músicas  de  cantores  y  de  otros  instrumentos.  Acabada 
la  cena  hubo  grandes  y  muchas  danzas.  Su  Alteza  danzó  con  la 
Princesa  de  Pinoy  y  con  alguna  de  las  damas  de  la  Reina  María. 
Y  miércoles  á  28  de  Agosto  en  la  noche,  estando  Su  Majes- 
tad y  las  dos  Reinas  presentes  en  la  sala  de  Palacio  y  andando 
muchos  caballeros  y  damas  danzando  entre  las  nueve  y  las  diez 
horas  de  la  tarde,  entraron  en  ella  por  el  aposento  de  la  Reina 
de  Francia  cuatro  caballeros  con  cuatro  damas  armados  y  he- 
chos máscaras.  Ellos  sacaron  unas  ropas  de  tela  de  oro  morada 
hasta  el  suelo  con  capillas  grandes  á  la  antigua  forrada  de  felpa 
blanca  y  negra  á  manera  de  armiños.  Traían  plumas  blancas, 
negras  y  moradas.  Ellas  sacaron  sayas  de  tela  de  oro  del  mismo 
color ;  las  vueltas  de  los  caballeros  eran  de  felpa  negra  y  blanca 
armiñada.  Venían  todas  á  la  antigua  y  andando  ellos  danzando 


—  280  — 

con  ellas  entraron  por  el  aposento  del  Emperador  otros  cuatro 
caballeros  armados  y  enmascarados ;  sacaron  mucetas  á  la  tu- 
desca de  tela  de  oro;  las  calzas,  jubones  y  zapatos  eran  de  lo 
mismo ;  las  plumas  blancas  y  rojas  y  azules.  Estos  llegaron  á 
querer  tomar  las  cuatro  á  ios  que  las  traían ;  visto  el  descome- 
dimiento, queriendo  defenderlas,  echaron  las  ropas  y  máscaras 
por  el  suelo  y  caladas  las  vistas  comenzaron  á  combatir  y  duró 
un  rato  el  combate.  Los  otros  cuatro  caladas  las  vistas  hicieron 
lo  mismo. 

Y- estando  en  esto  entraron  por  la  puerta  de  la  sala  seis  ca- 
balleros armados  y  enmascarados;  sus  vestidos  eran  de  tela 
de  oro  verde  á  manera  de  salvajes.  Y  viendo  el  combate  tra- 
bado entre  los  caballeros  que  traían  las  damas  y  los  otros  fué- 
ronse  denodadamente  hacia  donde  ellos  estaban  peleando  con 
todos  ellos,  y  tomadas  las  damas  se  salieron  con  grande  pres- 
teza de  la  sala,  y  puestas  en  un  carro  que  allí  traían  se  fueron 
á  un  castillo  que  estaba  una  legua  de  Bince  hacia  Bruselas, 
que  la  Reina  había  mandado  edificar  solamente  para  este  efecto 
y  para  lo  que  adelante  se  dirá. 

Y  los  cuatro  caballeros  de  las  máscaras,  viéndose  afrentados 
sin  las  damas  que  habían  traído,  fueron  á  suplicar  á  Su  Ma- 
jestad les  diese  licencia  para  poder  ir  á  combatir  aquel  castillo 
y  dar  libertad  á  sus  damas  que  estaban  presas.  El  Emperador 
les  dio  licencia  para  que  libremente  lo  pudiesen  hacer. 

Y  luego  al  día  siguiente,  jueves  29  de  Agosto,  habiendo 
estos  caballeros  a  juntado  sus  deudos  y  amigos  que  serían  más 
de  400  combatientes  sin  los  hombres  de  armas  que  serían  o'.ros 
tantos,  fueron  á  sitiar  el  castillo  y  llevaron  las  piezas  de  arti- 
llería que  fueron  menester. 

El  Emperador  se  fué  este  día  con  las  Reinas  á  una  casa 
de  placer  que  la  Reina  María  tenía  -cerca  del  castillo,  la  cual 
era  bien  hermosa  y  linda.  Estaba  en  un  alto  puesta  junto  á  un 
bosque  que  llamaban  Maridmon.  Y  por  amor  de  la  Reina  María 
(cuya  era)  era  cuadrada  y  toda  de  ladrillo  y  piedra ;  había  en 
ella  muchos  y  muy  buenos  aposentos  y  en  algunos  de  ellos 
fuentes ;  á  las  puertas  y  ventanas  de  todos  los  cuatro  lados  eran 
verdes,  las  vidrieras  blancas  y  muy  claras.   Cercábala  un  foso 


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de  quince  pasos  de  ancho  y  de  hondos  una  pica  ae  agua  bien 
clara.  Entraban  á  la  casa  por  dos  puentes  levadizas  que  de 
una  parte  y  otra  estaban.  Entre  el  foso  y  la  casa  había  una 
fontana  de  cuatro  caños;  junto  al  foso  estaba  un  jardín  que 
poco  había  se  comenzara  á  labrar ;  era  muy  lindo  y  las  calles 
de  él  eran  de  ladrillo ;  tenían  por  los  lados  unos  canales  de 
piedra.  En  medio  del  jardín  estaba  una  fuente  de  las  mejores 
que  se  podrían  hallar  y  sobre  ella  estaba  una  estatua  de  mármol 
que  representaba  la  abundancia,  toda  de  una  pieza ;  había  en 
él  de  todos  los  géneros  de  árboles,  yerbas  y  flores. 

En  saliendo  por  la  puente  levadiza  de  la  casa  á  mano  iz- 
quierda estaba  una  galería  para  que  el  Emperador  y  las  Reinas 
y  Su  Alteza  viesen  el  combate  del  castillo.  Ella  estaba  muy 
bien  pintada  y  en  algunas  partes  dorados,  mayormente  al  cielo 
de  ella  y  las  columnas.  Y  á  la  mano  derecha,  más  abajo  de  la 
casa,  casi  en  medio  del  castillo  y  de  ella,  plantaron  la  artillería 
que  era  16  piezas  gruesas  y  su  trinchera  y  cestones. 

El  castillo  estaba  470  pasos  de  la  casa  en  un  valle  cercano 
á  unas  lagunas  pequeñas;  tenía  un  foso  sin  agua  y  dos  bas- 
tiones de  ladrillo  y  el  lienzo  de  linde  el  un  bastión  al  otro  era 
también  de  ladrillo  y  eran  de  dentro  bien  tierra  filanada.  Lo 
demás  del  castillo  era  tabla  y  lienzo. 

Había  muchas  tiendas  en  el  campo  asentadas  junto  al  bos- 
que. Y  estando  ya  el  campo  en  orden  (como  si  de  veras  hubiera 
de  pasar  el  negocio) ,  porque  á  la  verdad  fué  aquello  una  ima- 
gen y  representación  viva  de  un  castillo  cercado  que  procuraba 
defenderse  de  contrarios  que  trabajaban  por  batirlo  y  entrarle ; 
siendo  el  Príncipe  de  Piamonte  Capitán  general  de  este  campo 
y  monsieur  de  Laín,  señor  del  castillo  y  de  200  infantes  que 
en  él  estaban. 

Ya  que  el  Emperador  y  las  dos  Reinas  y  el  Príncipe  llegaban 
cerca  de  la  casa  y  del  castillo,  así  los  de  él  como  los  del  campo 
comenzaron  á  escaramuzar.  Y  el  Emperador  se  apeó  á  la  puerta 
de  la  casa  y  sin  entrar  en  ella  se  fué  á  la  galería  (de  que  arriba 
se  hace  mención)  y  en  ella  se  sentó  juntamente  con  las  dos 
Reinas,  y  Su  Alteza  á  la  tabla,  y  estando  comiendo  veían  las 
escaramuzas  y  combate,  que  cierto  era  cosa  digna  de  ver. 


—  282  — 

Esta  mesa  fué  servida  de  24  ninfas  ó  ceas  muy  ricamente 
adornadas.  El  primer  servicio  sirvieron  ocho  de  ellas,  traían 
los  platos  en  unas  canastillas  llanas  de  mimbres  doradas  y  pla- 
teadas. En  cada  canastilla  traían  las  dos  de  ellas  cuatro  platos. 
Delante  de  éstas  iban  dos  mayordomos,  era  el  uno  monsieur 
de  Falconete  y  el  otro  el  mayordomo  de  la  Reina  María.  Saca- 
ron unas  ropas  largas  á  la  antigua  ceñidas  de  tela  de  plata, 
rajeadas  de  seda  morada ;  y  sobre  ellas  traían  otras  mayores  y 
más  largas  trabadas  por  el  collar  de  telilla  de  plata  rajada ;  de 
la  misma  telilla  traían  los  tocados  á  la  turquesa  y  unos  eran 
celines  de  laurel  á  la  imperial.  Delante  de  estos  dos  mayordo- 
mos iban  cuatro  violones  tocando,  vestidos  de  las  mismas  co- 
lores. Das  ninfas  llevaban  unas  ropillas  cortas  de  telilla  de  oro, 
y  debajo  de  ellas  traían  sayas  de  tela  de  plata  rajeadas  de  mo- 
rado y  zapatos  de  terciopelo  morado ;  en  las  cabezas  sobre  los 
cabellos  traían  redes  de  sus  mismos  cabellos  y  en  -  cada  nudo 
de  estas  redes  muchas  piedras.  Dos  mayordomos  servían  á  la 
mesa  como  mayordomos  y  las  ninfas  como  gentileshombres  de 
la  boca. 

El  segundo  servicio  trajeron  otras  ocho  deas  vestidas  á  la 
rústica  ;  traían  los  platos  en  unas  cesticas  doradas  y  delante  de 
ellas  venían  dos  mayordomos  de  la  Reina  María,  vestidos  de 
unas  ropillas  cortas  de  telilla  azul,  oro  y  amarillo  y  verde  con 
medias  mangas  y  rapacejos  de  oro  en  los  extremos  de  ellas.  De- 
bajo de  estas  ropas  traían  sayas  de  tela  de  oro  amarilla  y  verde 
y  zurrones  y  sombreros  de  la  misma  telilla  con  unos  pasamanos 
de  oro  y  de  seda  verde.  Delante  de  estos  dos  mayordomos  iban 
cuatro  gaitas  vestidos  de  las  mismas  colores.  Dos  de  las  rústicas 
sacaron  unas  ropillas  cortas  con  inedias  mangas  de  telilla  de  oro 
amarilla  y  verde  con  muchos  rapacejos  y  sayos  de  tela  de  plata 
y  sombreros  y  zurrones  de  telilla  de  oro  con  muchos  pasamanos 
de  oro  y  seda  verde.  Traían  cadenas  de  oro  atravesadas  por 
el  cuerpo  debajo  del  brazo  izquierdo. 

Da  tercera  vianda  ó  servicio  trajeron  otras  ocho  deas,  cada 
una  de  las  cuales  representaba  á  la  d'osa  Diana;  traían  los  pla- 
tos en  canastillas  doradas  y  plateadas.  Delante  de  ellas  venían 
dos  mayordomos  del  Emperador,  el  uno  era  D.  Juan  Manrique 


—  283  — 

de  Lara,  el  otro  Luis  Quijada.  Sacaron  unas  ropillas  cortas  de 
telilla  de  plata  con  muchos  rapacejos  de  oro  y  sayos  y  sombre- 
ros de  tela  de  oro  verde  y  unas  cornetas  de  cazadores.  Delante 
de  estos  mayordomos  iban  cuatro  cazadores  tocando  sus  cor- 
netas vestidos  de  las  mismas  colores.  Las  deas  Dianas  sacaron 
unas  diademas  ó  tocados  á  la  antigua  y  en  ellas  grandísima  pe- 
drería ;  en  estos  mismos  tocados  había  unas  medias  lencetas. 
Traían  unas  medias  ropillas  de  telilla  de  oro  con  muchos  rapa- 
cejos  y  debajo  de  ellos  sayas  de  tela  de  oro  azul ;  en  las  espaldas 
traían  aljabas  con  saetas  y  en  las  manos  unos  arcos.  Esta  tabla 
fué  servida  de  muchos  y  diversos  manjares.  Duró  la  comida 
una  buena  hora. 

Entretanto  andaban  las  escaramuzas  entre  los  del  castillo 
y  los  del  campo,  usando  de  todos  los  ardides,  mañas  y  cautelas 
é  industrias  que  se  suelen  guardar  en  una  guerra  muy  de  veras. 
La  artillería  tiró  ruciadas  con  las  cuales  se  hizo  razonable  ba- 
tería y  así  acordó  el  Capitán  general  de  dar  el  asalto  al  castillo, 
habiendo  primero  puesto  la  gente  de  su  campo  en  cuatro'  escua- 
drones, dos  de  infantería  y  dos  de  caballería.  Y  de  esta  manera 
se  dio  el  salto  al  castillo;  pero  no  lo  pudieron  ganar,  porque 
se  defendieron  bien  los  que  en  él  estaban,  y  así  se  retiraron  y 
volvieron  al  campo.  Luego  tornó  la  artillería  á  tirar  otra  ru- 
ciada y  hecha  tiraron  y  volvieron  al  campo  y  dieron  el  segundo 
asalto.  Aunque  los  del  castillo  trabajaron  de  defenderse  toda- 
vía lo  tomaron,  porque  la  artillería  les  derribó  los  baluartes  y 
la  mayor  parte  del  lienzo  que  era  su  defensa. 

Todo  esto  se  representó  al  natural,  é  hicieron  asimismo  to- 
dos los  ingenios,  industrias  que  gente  cercada  solía  hacer  para 
su  defensa  y  provisión.  Por  la  otra  parte  hicieron  todas  las  di- 
ligencias necesarias  para  estorbarles  el  castillo.  Hicieron  los  ar- 
cabuceros todos  los  ademanes  y  acometimientos  que  suelen  ha- 
cer para  llegar  á  dar  el  asalto.  De  suerte  que  no  parecía  que  era 
fingido  nada¿  sino  que  todo  se  hacía  de  veras  y  al  propio ;  sola- 
mente faltó  el  miedo  que  en  los  verdaderos  trances  suele  reinar 
en  los  ánimos;  todo  lo  demás  se  representó  perfectamente. 

Tomado  el  castillo  dióse  libertad  á  las  cuatro  damas  que  en 
él  estaban  presas,  las  cuales  vinieron  luego  en  su  carro  triunfal 


—  284  — 

á  besar  las  manos  al  Emperador  por  la  merced  que  las  ñahía 
hecho  en  librarlas  de  manos  del  señor  de  aquel  castillo.  El 
Emperador  con  las  Reinas  y  Su  Alteza  salieron  fuera  de  la 
galería  á  recibirlas ;  habiendo  estado  un  rato  con  ellas,  que  eran 
de  las  principales  señoras  de  aquellas  tierras,  en  gran  placer  y 
regocijo  se  volvieron  á  entrar  en  la  casa,  y  las  cuatro  damas 
se  volvieron  en  su  carro  á  Bince,  y  también  el  Emperador  tras 
ellas.  Duró  esto  desde  las  once  horas  hasta  las  cuatro  de  la 
tarde. 

Y  luego  el  día  siguiente  que  se  contaron  30,  hubo  en  la 
plaza  de  la  villa  de  Bince  un  torneo  de  á  caballo  entre  70  caba- 
lleros, estando  el  Emperador  y  las  dos  Reinas  presentes  acom- 
pañados de  muchos  señores  y  damas.  La  plaza  estaba  (por  causa 
de  las  barreras  que  en  ella  se  pusieron)  larga  y  angosta ;  tenía 
en  lo  ancho  50  pasos,  poco  más  ó  menos;  en  largo  tenía  una 
carrera  de  caballo ;  quedaron  cuatro  puertas  para  entrar  y  salir 
por  ellas,  las  dos  en  un  cabo  y  las  otras  dos  en  otro. 

En  frente  de  las  otras  por  una  puerta  entraron  30  caballeros 
repartidos  en  sus  cuadrillas;  cada  cuadrilla  constaba  de  cinco, 
traían  sus  libreas  diferentes  de  las  otras.  Por  la  otra  puerta  en- 
traron los  otros  30  por  la  misma  orden  repartidos ;  y  los  unos 
y  los  otros  tornaron  á  salir  por  las  puertas  contrarias  por  donde 
entraron.  Entre  las  dos  puertas,  así  las  de  un  cabo  como  las 
del  otro,  había  cuatro  padrones ;  las  barreras  de  los  lados  de  la 
plaza  servían  de  otros  dos  padrones. 

Los  caballeros  corrían  primero  lanzas  por  este  orden.  En- 
traban cinco  que  eran  de  una  cuadrilla  y  poníase  cada  uno  en 
sus  padrones  de  una  parte,  y  de  la  otra  hacían  lo  mismo  otra 
cuadrilla,  y  todos  juntos  se  venían  á  encontrar  cada  uno  con 
él  caballero  que  se  le  veía  poner  delante.  Corridas  las  lanzas, 
cada  cuadrilla  volvía  á  salir  por  otra  puerta.  De  manera  que  la 
cuadrilla  que.  acababa  de  romper  no  estorbaba  la  entrada  á  la 
que  quería  entrar ;  ni  en  esto  hubo  desorden  ni  confusión.  Rom- 
pió cada  cuadrilla  seis  lanzas,  porque  tantas  veces  entraron. 

Acabado  esto  se  pusieron  los  30  caballeros  á  un  lado  de  la 
plaza  y  los  otros  30  al  otro  lado  y  comenzaron  los  unos  contra 
los  otros  de  combatir  las  espadas.  Duraría  la  junta  y  combate 


—  285  — 

de  las  espadas  más  de  dos  horas.  Hubo  galanas  libreas;  la  del 
Príncipe  salió  de  brocado  con  muchas  recamaduras  de  oro  y 
plata.  Su  Alteza  rompió  en  este  torneo  dos  lanzas  y  combatió 
muy  bien  de  la  espada ;  metió  por  padrinos  al  Duque  de  Alba 
y  á  Gutierre  López  de  Padilla,  uno  de  sus  mayordomos. 

Acontecieron  en  aqueste  torneo  cuatro  desgracias :  la  pri- 
mera fué  que  llovió,  cosa  extraña ;  la  segunda,  que  de  un  en- 
cuentro dieron  con  el  caballo  de  D.  Juan  Manrique  de  Lara  en 
el  suelo  muerto;  la  tercera,  que  á  monsieur  de  Arbes,  gentil- 
hombre de  la  cámara  de  Su  Majestad  y  Justicia  mayor  de  la 
villa  de  Envers,  le  rompieron  un  brazo ;  la  cuarta,  que  á  un 
caballero  borgoñón  le  dieron  un  encuentro  en  el  muslo  que  se 
le  metió  una  astilla  de  la  lanza  por  él,  de  que  murió. 

Esta  noche  hubo  gran  banquete  y  sarao  en  el  Palacio  del 
Emperador ;  cenó  con  las  dos  Reinas  y  Su  Alteza  en  el  lugar 
que  otras  veces ;  también  los  otros  señores  y  damas  por  la  misma 
orden  que  se  ha  dicho.  Alzadas  las  mesas  hubo  grandes  danzas 
y  muchas;  el  Príncipe  danzó  con  una  dama  dicha  Molambe. 

Después  del  sarao  tuvo  la  Reina  María  aparejada  una  cola- 
ción en  otra  pieza,  la  cosa  más  superba  y  de  mejor  invención 
que  se  había  visto.  Luego  que  el  Emperador  y  las  Reinas  co- 
menzaron á  entrar  por  esta  sala  comenzó  á  bajarse  una  mesa 
desde  un  cielo  que  en  lo  alto  de  ella  estaba  sin  que  nadie  viese 
con  qué  ingenio  ni  artificio,  sino  que  venía  del  cielo.  El  cielo 
estaba  extrañamente  pintado  con  signos  y  planetas,  sol  y  luna, 
y  todo  el  otro  ejército  de  estrellas ;  imitaba  (en  cuanto  era  po- 
sible) al  verdadero  porque  á  aquella  hora  resplandecía  hermosa- 
mente. Tenía  cada  estrella  y  cada  figura  de  aquellas  celestes' 
verdadera  lumbre  detrás. 

Y  luego  que  la  dicha  mesa  se  puso  en  su  lugar  pareció  estar 
llena  de  muchas  y  hermosas  flores  y  frutas.  Y  acabada  la  co- 
mida dé  aquellas  frutas  (lo  que  á  cada  uno  de  Sus  Altezas  más 
agradaba)  se  hundió,  y  luego  descendía  otra  del  cielo,  llena 
asimismo  de  variedad  de  frutas,  y  después  que  comieron  de 
ellas  hizo  la  mesa  lo  que  la  pasada  y  hallóse  Su  Majestad  y  las 
Reinas  sin  mesa  ninguna,  sentados  en  sus  sillas. 

Y  estando  platicando  entre  sí  en  buena  conversación  des- 


—  286  — 

cuidados  comenzó  el  cielo  á  tronar  y  relampaguear  mucho;  y 
en  cesando  los  relámpagos  comenzó  á  granizar  confites  y  llover 
agua  de  azahar  y  nevar  azúcar.  Y  porque  la  colación  no  fuese 
seca  había  en  la  dicha  sala  una  riquísima  fuente  que  tenía  cua- 
tro caños  y  por  los  dos  de  ellos  corría  vino  blanco  y  tinto  y  por 
los  otros  dos  agua  de  olores  maravillosos.   Duró  esta  colación 

0 

más  de  una  hora  y  con  ella  hubieron  fin  las  fiestas  que  la  Reina 
María  hizo  hacer  en  su  villa  de  Bince  por  recreación  del  Em- 
perador y  Príncipe  D.  Felipe  su  hijo. 


CAPITULO  XXXIII 

De  la  traslación  que  se  hizo  del  cuerpo  de  la  Princesa  Doña 
María,  mujer  del  Príncipe,  á  la  capilla  de  los  Reyes  en  la 
ciudad  de  Granada,  porque  después  que  Su  Alteza  murió 
había  estado  depositado  en  el  monasterio  de  San  Pablo,  de. 
ValladoMd,  yendo  con  el  dicho  cuerpo  D.  Pedro  Manuel, 
Arzobispo  de  Santiago. 

En  este  año  por  mandado  del  Emperador  fué  trasladado  el 
cuerpo  de  la  Princesa  Doña  María,  de  gloriosa  memoria,  mujer 
que  había  sido  del  Príncipe  D.  Felipe,  á  la  capilla  de  los  Reyes 
de  la  ciudad  de  Granada,  porque  hasta  entonces  había  estado 
depositado  en  San  Pablo  de  Valladolid.  Y  el  día  que  se  hubo  de 
sacar,  vino  el  Príncipe  Maximiliano  y  la  Princesa  Doña  María, 
sii  mujer,  al  dicho  monasterio,  y  la  Princesa  y  sus  damas  sa- 
lieron con  el  cuerpo  hasta  fuera  de  la  iglesia,  y  el  Príncipe 
Maximiliano  y  todos  los  Grandes  y  caballeros  de  la  Corte  fue- 
ron á  pie  acompañándolo  hasta  dejarlo  fuera  de  la  villa.  Sa- 
lieron con  el  cuerpo  todas  las  órdenes,  cofradías  y  toda  la  cie- 
ncia. 

Salió  con  el  Príncipe  Maximiliano  el  Duque  de  Escalona  y 
todos  Tos  Consejos  y  oficios  ordinarios  de  la  Corte. 

Llevó  el  cuerpo  á  Granada  el  Arzobispo  de  Santiago,  y  con 
él  fueron  el  Conde  de  Valencia,  hijo  del  Duque  de  Xájera,  y 
el  hijo  del  Conde  de  Castro  y  D.  Juan  ele  Acuña  y  otros  caba- 


—  287  — 

lleros  parientes  del  mismo  Arzobispo  que  le  quisieron  honrar 
en  aquesta  jornada,  y  otros  muchos  capellanes  y  cantores. 

Y  por  todas  las  ciudades  y  lugares  que  pasaron  hicieron  al 
cuerpo  muy  gran  recibimiento  con  grandes  lutos  y  cera,  dicién 
dolé  los  oficios  divinos  y  exequias  acostumbradas  decir  á  seme- 
jantes  personas. 

Y  á  26  días  del  dicho  mes  llegó  el  cuerpo  de  la  Princesa  al 
lugar  de  Alborolt,  dos  ó  tres  leguas  de  la  ciudad  de  Granada, 
de  donde  salió  aquel  día  por  la  mañana  el  Capellán  mayor  de  la 
capilla  Real  con  los  capellanes  y  cantores  y  ballesteros  de  maza  ; 
yendo  cabalgando  en  procesión  llegaron  al  dicho  lugar  de  Al- 
borolt, á  la  sazón  que  apeaban  el  cuerpo  de  la  Princesa,  y 
todos,  dejando  sus  cabalgaduras,  lo  metieron  en  la  iglesia  y 
lo  pusieron  sobre  un  túmulo  cubierto  de  negro  que  allí  estaba 
hecho,  y  se  le  dijo  un  responso  con  gran  solemnidad,  diciendo 
el  Capellán  mayor  la  oración,  el  cual  asimismo  dijo  la  misa  con 
sus  capellanes  muy  solemne  y  devota. 

Y  hecho  esto  se  fueron  á  comer  donde  el  Capellán  mayor 
convidó  á  todos  los  que  con  él  habían  venido,  y  les  dio  abasta- 
damente  lo  que  les  fué  necesario.  Y  á  las  cuatro  horas  de  la 
tarde  volvieron  á  la  iglesia,  donde  se  dijo  una  vigilia  de  tres 
lecciones  con  mucha  música,  que  puso  gran  devoción. 

Y  estando  diciendo  el  oficio  vino  allí  el  Arzobispo  de  Gra- 
nada con  mucha  clerecía  de  su  iglesia  y  el  Conde  de  Tendilla 
con  muchos  caballeros  de  la  ciudad,  delante  de  los  cuales  lo¿ 
de  la  capilla  Real  dijeron  un  responso  muy  solemne,  reiterán- 
dolo dos  veces.  Y  acabado  se  fueron  todos  á  la  posada  del  Ar- 
zobispo de  Santiago,  donde  concertaron  la  hora  que  otro  día  se 
haría  el  recibimiento  en  Granada.  Y  con  esta  conclusión  que 
allí  se  tomó  se  volvió  el  Arzobispo  de  Granada  y  el  Conde  y  los 
que  con  él  vinieron. 

Y  otro  día  siguiente,  después  de  haber  dicho  la  misa  el  Ca- 
pellán mayor  con  todos  los  cantores  se  volvió  á  Granada,  y  á 
la  una  de  la  tarde  comenzaron  á  salir  de  la  dicha  ciudad  todas 
las  cofradías  y  oficios  con  sus  pendones  negros  y  cirios  y  hachas 
ei:  procesión  por  su  orden  y  antigüedad.  Salió  también  el  es- 
tandarte Real  con  todos  los  caballeros  de  cabildo,   el  Corregí- 


—  288  — 

cor  de  justicia,  yendo  el  Alférez  vestido  de  luto  con  doce 
mozos  de  espuelas  vestidos  de  lo  mismo  y  con  bastones  negros, 
y  tras  él  todos  los  oficiales  y  Escribanos  públicos  y  Procurado 
res,  y  tras  ellos  los  Jurados  y  Regidores,  Corregidor  y  Justicia, 
todos  con  hachas  de  cera  en  las  manos,  y  luego  toda  la  clericia 
de  la  ciudad  con  cruces  de  todas  las  parroquias  con  mangas  ne- 
gras, y  entre  ellos  los  frailes  de  todas  las  Ordenes,  hasta  los  de 
!a  Cartuja,  que  serían  500  frailes  y  los  clérigos  hasta  600.  Iba 
á  la  postre  de  todos  el  Arzobispo  de  Granada  y  el  Obispo  de 
Guadix. 

Y  por  esta  orden  dicha  fueron  hasta  un  cadalso  que  estaba 
hecho  fuera  de  la  puerta  Delvira,  muy  alto,  cubierto  de  luto, 
donde  esperaron  que  llegase  el  cuerpo.  Y  salió  asimismo  ei 
Conde  de  Tendida  con  toda  la  gente  de  guerra  á  caballo,  todos 
con  hachas,  y  llegaron  hasta  San  L,ázaro,  donde  ya  venía  el 
cuerpo  de  la  Princesa.  Y  así  á  caballo  se  volvieron  con  él  hasta 
el  dicho  cadalso  con  todas  las  cofradías  y  oficios  que  allí  esta- 
ban, y  pusieron  sobre  él  el  dicho  cuerpo  y  se  le  dijo  un  res- 
ponso de  cantores,  y  el  Arzobispo  de  Granada  le  dijo  la  oración. 
Y  de  allí  tomaron  los  Regidores  de  la  ciudad  el  cuerpo  en  sus 
hombros  y  lo  metieron  en  la  dicha  ciudad,  yendo  delante  los 
oficios  y  cofradías,  frailes  y  clérigos  que  dicho  hemos,  y  tras 
ellos  la  gente  de  guerra,  y  á  la  postre  iban  los  Arzobispos  de 
Granada  y  Santiago  y  el  Obispo  de  Guadix,  y  luego  toda  la  Au- 
diencia Real,  Presidente,  Oidores,  Alcaldes,  letrados  y  oficia- 
les,  todos  con  velas  blancas  encendidas. 

Y  como  llegaron  junto  á  la  iglesia  de  Santiago,  donde  estaba 
hecho  otro  cadalso,  pusieron  el  cuerpo  sobre  él  mientras  se  le 
decía  un  responso  como  antes  se  había  hecho  á  la  puerta  de 
Delvira,  y  de  allí  fueron  hasta  la  Puerta  Nueva  de  la  iglesia, 
por  donde  entraron  y  llegaron  hasta  donde  estaba  hecho  un  tú- 
mulo en  medio  del  crucero  de  la  dicha  obra,  cubierto  todo  de 
paños  de  negro,  donde  estaba  un  altar  muy  rico  á  manera  de 
monumento  con  sus  columnas  cubierto  de  oro  y  azul,  dentro 
del  cual  pusieron  el  dicho  cuerpo  y  le  dijeron  el  mismo  res- 
ponso que  en  los  pasados,  siendo  una  hora  de  la  noche,  y  de 
allí  metieron  el  cuerpo  en  la  capilla  Real,  donde  en  medio  de 


—  289  — 

ella  estaba  hecho  un  gran  cadalso  cubierto  de  terciopelo  negro 
y  un  paño  de  brocado,  y  de  las  cuatro  esquinas  cuatro  colum- 
nas con  sus  basas  y  chapiteles  plateadas  y  doradas  y  puestas 
sus  molduras  de  las  unas  á  las  otras  de  talla  dorada,  y  en  medio 
dos  ángeles  de  bulto  en  el  aire  con  un  escudo  en  las  manos  con 
las  armas  de  Castilla  y  Portugal,  todo  lo  cual  subía  muy  alto, 
v  sobre  ello  otro  andamio  con  sus  gradas  y  en  medio  de  él  un 
mundo  plateado  que  salía  de  un  pilar  con  muchos  ramos  de 
cruces  de  madera  negros,  y  á  cada  esquina  otro  ramo  de  cruces 
de  la  misma  manera,  y  en  cada  ramo  de  estos  cinco  ramos  de 
cruces  estaban  puestas  172  velas  de  cera  blanca,  y  las  dos  pri- 
meras gradas  después  del  mundo  plateadas,  y  las  de  allí  abajo 
de  negro  todas,  asimismo  llenas  de  candelas  de  cera  blanca  con 
cuatro  banderas  de  tafetán  á  las  cuatro  esquinas  con  las  dichas 
armas. 

Estaba  toda  la  capilla  entapizada  de  paños  negros  con  las 
armas  de  Portugal,  y  de  la  reja  adentro  estaba  colgada  la  tapi- 
cería de  la  capilla  Real,  y  metido  el  cuerpo  causaban  gran  res- 
plandor las  hachas  y  velas  que  dentro  estaban,  que  era  cosa  de 
ver.  Y  por  el  mucho  humo  fueron  quitadas  las  vidrieras,  y  se 
dijo  allí  un  responso  por  ser  ya  tarde  y  no  haber  lugar  de  más. 

Y  así  se  fué  cada  uno  á  sus  posadas,  y  en  todo  este  día  nunca 
cesaron  los  clamores  de  las  campanas  de  todas  las  iglesias  de  la 
ciudad . 

Y  otro  día  siguiente  por  la  mañana  fueron  á  la  capilla  Real 
toda  la  clericía  de  la  dicha  ciudad  y  los  frailes  y  los  de  la  Au- 
diencia Real ;  Justicias  y  Regimientos  y  el  Conde  de  Tendilla 
con  los  caballeros  y  gente  de  guerra,  y  los.  Arzobispos  de  San- 
tiago y  Granada  y  el  Obispo  de  Guadix,  y  predicando  el  Arzo- 
bispo de  Santiago,  estando  encendida  toda  la  cera  de  la  capilla. 

Y  acabado  se  fueron  á  sus  posadas.  Y  á  las  cinco  de  la  tarde 
volvieron  á  la  iglesia  los  mismos  que  habían  estado  a  la  ma- 
ñona,  y  se  dijeron  tres  lecciones  con  mucha  solemnidad,  y  dijo 
el  oficio  el  Arzobispo  de  Granada. 

Y  otro  día  se  tornó  á  decir  otra  misa  por  el  mismo  Arzobispo , 
v  predicó  un  fraile  agustino  dicho  Munatonas,  que  había  ve- 
nido con  el  cuerpo  de  la  Princesa.  Y  acabado  el  oficio  y  el  res- 

19 


._  290  — 

ponso  se  fueron  á  sus  posadas.  Y  otro  día  sábado  vinieron  todos 
á  la  capilla  Real  por  la  misma  orden  que  se  había  hecho  antes, 
y  se  hizo  el  oficio  por  el  Arzobispo  y  predicó  un  fraile  Jerónimo 
de  la  Orden  de  San  Francisco.  Y  este  día  en  la  tarde  á  las  seis 
horas  se  comenzó  el  oficio,  el  cual  hizo  el  Arzobispo  de  San- 
tiago y  otros  dos  Canónigos  de  la  Iglesia  Mayor  de  Granada, 
y  tomaron  el  cuerpo  de  la  cama  donde  estaba  del  un  cabo  el 
Arzobispo  de  Granada  y  del  otro  el  Obispo  de  Guadix,  y  en 
medio  el  Licenciado  Deza,  Presidente  que  en  aquel  tiempo  era 
de  la  Cancillería,  y  el  Conde  de  Tendilla  de  la  otra  parte,  y  lo 
llevaron  hasta  la  'bóveda,  y  metido,  entraron  el  Arzobispo  de 
Granada  y  el  Obispo  de  Guadix  y  el  Capellán  mayor  y  otros 
muchos  caballeros,  y  dejándolo  dentro  se  tornaron  á  salir,  y  así 
se  'acabó  el  oficio  todo,  y  pusieron  luego  una  tumba  grande- 
como  la  de  la  Emperatriz  y  á  su  mismo  lado  con  el  paño  de 
brocado  que  traía. 

CAPITULO  XXXIV 

Cómo   después  de  partido   el   Príncipe  D.  Felipe  de  España  se 
le    quitaron    sus   cuartanas   ai  Príncipe   Maximiliano,   y   las 
fiestas   que   hubo  en    Vaüadolid,   é  ida  de  la   Infanta  Doña 
Juana  á  la  villa  de  Aranda,  y  otras  cosas  que  acontecieron' 
en  este  tiempo  en  la  Corte. 

Después  de  partido  el  Príncipe  D.  Felipe  para  Italia,  como 
el  Príncipe  Maximiliano  se  hallase  de  mejor  disposición,  deter- 
minó de  hacer  vida  más  maridable  con  la  Princesa  Doña  María 
si ¡  mujer,  porque  desde  la  noche  que  fueron  desposados  nunca 
más  había  llegado  á  ella  á  causa  de  su  mal,  y  así  de  allí  ade- 
lante comenzaron  á  dormir  juntos,  y  á  hacerse  muchas  fiestas 
y  regocijos  en  la  Corte.  Y  las  primeras  justas  que  se  hicieron 
fueron  unas  justas  delante  Palacio  de  seis  por  seis ;  la  una 
bandera  era  de  cortesanos  y  la  otra  de  criados  de  Maximiliano. 
La  de  los  cortesanos  tuvo  por  cabeza  de  bando  al  Adelantado 
de  Canaria,  que  hizo  la  fiesta,  el  cual  con  los  de  su  cuadiilla 
salió  de  terciopelo  blanco  recamado  de  tela  de  plata,  y  de  la 


—  291  — 

otra  banda  fué  cabeza  D.  Pedro  Sarmiento,  gentilhombre  de  la 
cámara  de  Su  Alteza,  y  D.  Luis  Laso,  hermano  de  D.  Pedro 
Laso,  Mayordomo  mayor  del  Príncipe.  Salió  esta  cuadrilla  de 
amarillo.  Duro  la  justa  hasta _  la  noche,  que  fué  cosa  de  ver, 
porque  así  los  justadores  como  los  demás  salieron  muy  bien 
aderezados. 

Hubo  asimismo  de  allí  á  veinte  días  otra  fiesta  de  justas,  la 
cual  se  hizo  en  la  plaza,  y  fué  mantenedor  D.  Enrique  Enríquez, 
hijo  del  Conde  de  Alba  de  Liste,  y  puso  un  aparador  de  plata, 
y  justaba  con  cada  aventurero  cualquiera  de  las  piezas  que  el 
aventurero  quería,  y  las  que  así  se  ganaban  por  los  unos  y  pol- 
los otros  se  enviaban  luego  á  las  damas,  cada  uno  á  la  que  más 
le  agradaba.  Y  en  esta  fiesta  justó  el  Príncipe  Maximiliano,  y 
sin  Su  Alteza  iustaron  D.  Pedro  Sarmiento  y  D.  Luis  sus  cria- 
dos, y  el  Adelantado  de  Canaria,  y  el  Marqués  de  Cogolludo,  y 
el  Conde  de  Valencia  D.  Antonio  de  Luna,  y  otros  caballeros, 
así  españoles  como  hi'vngaros,  que  serían  hasta  doce. 

Y  el  Marqués  de  Villena  hizo  este  dia  una  fiesta  á  las  Prin- 
cesas y  á  sus  damas  muy  solemne,  porque  les  dio  una  colación 
ó  merienda  que  fueron  tres  servicios,  cada  servicio  de  cuarenta 
y  siete  platos  grandes.  Y  luego  á  la  noche  hubo  sarao  que  fué 
muy  bueno,  donde  se  dio  la  joya  de  más  galán  que  había  salido 
en  la  justa  al  Príncipe  Maximiliano,  y  con  mucha  razón,  porque 
había  salido  con  dos  compañeros  vestidos  de  blanco  y  verde  y 
negro,  matizadas  las  colores  tan  en  proporción  y  tan  fuera  de 
uso  común  que  pareció  muy  bien  á  todos.  Llevaba  asimismo 
unas  armas  doradas  y  seis  mozos  de  espuelas  de  las  mismas  co- 
lores. Y  cuando  le  dieron  la  joya,  luego  allí  en  el  sarao  la  dio 
á  Doña  Isabel  de  Osorio,  diciendo  que  pues  que  á  él  se  la  ha- 
bían dado  por  gentil  hombre,  que  él  la  quería  dar  á  una  gentil 
dama. 

Y  de  ahí  á  tres  días  determinó  que  la  Infanta  Doña  Juana  se 
fuese  á  la  villa  de  Aranda  con  sus  damas  y  casa,  porque  hast  i 
allí  tenía  compañía  á  la  Princesa  Doña  María  por  la  indisposi- 
ción del  Príncipe  y  dormían  juntas.  Fué  con  la  Infanta  Doña 
Juana   para  tenerla    en   cargo,    y   como   mayordomo   suyo,    un 

-caballero  de  Burgos  llamado  D.  Luis  Sarmiento,  que  había  sido 


—  292  — 

muchos  años  Embajador  en  Portugal  y  había  venido  á  Castilla 
con  la  Princesa  Doña  María,  de  gloriosa  memoria,  por  caballe- 
rizo mayor. 

Y  después  de  esto  delante  de  Palacio  hubo  tres  ó  cuatro  ve- 
ces justas,  en  las  dos  de  las  cuales  justó  el  Príncipe  Maximi- 
liano, el  cual  por  el  mes  de  Marzo  fué  en  romería  á  Santiago 
de  Galicia  por  la  posta,  y  fué  el  Conde  de  Bena vente  con  él.  y 
lo  llevó  por  su  tierra  á  la  ida  y  á  la  venida,  haciéndole  mucha 
fiesta.  Tardó  en  el  camino  Su  Alteza  trece  días,  durante  los 
cuales  le  vino  un  caballero  de  la  casa  del  Rey  de  Romanos  su 
padre  á  traerle  el  título  de  elección  de  Rex^  de  Bohemia.  Y  de 
allí  adelante  él  y  su  mujer  se  comenzaron  á  llamar  Reyes  de 
Bohemia,  aunque  en  las  firmas  que  hacían  sola  la  Reina  se  fir- 
maba Peina,  y  el  Príncipe  Maximiliano  como  solía. 

Y  en  este  año  acontecieron  en  Palacio  dos  cosas  notables : 
la  una  que  el  Condesito  de  Ribadavia,  que  sería  de  edad  de 
trece  ó  catorce  años,  estándose  burlando  con  una  dama  de 
Palacio  de  su  edad,  hija  de  D.  Benito  de  Cisnero  y  de  Doña 
Petronila  de  Mendoza,  vecino  de  Madrid,  le  dijo  el  muchacho 
que  por  qué  no  se  casaba  con  él  y  ella  le  respondió  que  porque 
era  muchacho,  y  él  le  dijo  cómo  tenía  edad  cumplida  para  ellor 
y  ella  le  respondió  que  llamase  un  clérigo,  y  él  salió  á  buscarlo, 
y  como  todos  pensasen  que  era  cosa  de  niñería  ó  de  burla  no 
quiso  ninguno  ir  con  él,  y  viendo  esto  el  mozo  le  dijo  que  para- 
casarse  los  hombres  no  había  necesidad  de  clérigo  (cuando  no  lo 
había)  y  que  le  tomase  por  marido  delante  de  los  que  allí  esta- 
ban, pues  eran  muchos  y  bastaban  para  aquello,  y  ella  dijo: 
Yo  os  tomo  por  mi  marido,  y  él  :  Os  tomo  por  mi  mujer.  Y 
acabado  de  hacer  esto  se  fué  ella  á  la  Reina  de  Bohemia,  su 
señora,  diciéndole  que  estaba  desposada  con  el  Conde  de  Riba- 
davia.  Y  sabido  esto  por  la  Condesa  madre  del  Conde,  tomó  el 
caso  impacientísimamente  y  fué  á  los  Marqueses  de  Villena  y 
Mondéjar  y  á  los  otros  Grandes  que  había  en  la  Corte  á  que- 
jarse de  lo  que  había  pasado,  y  habló  sobre  ello  á  la  Reina, 
pretendiendo  que  el  muchacho  era  de  poco  seso  y  menor  de 
edad,  y  que  no  había  sido  válido  el  desposorio  por  haber  todo 
pasado  en  burlas.  Y  decían  haber  enviado  su  hijo  á  Portugal 


-293- 

con  su  hermana  la  Duquesa  de  Verganza.  Y  la  Reina  de  Bohe- 
mia mandó  que  estuviese  la  dama  á  manera  de  presa  en  el  apo- 
sento bajo  de  Palacio  en  compañía  de  la  mujer  de  D.  Pedro 
Laso  de  Castilla,  que  era  húngara,  y  el  Mayordomo  mayor  de 
Su  Alteza.  Y  las  partes  escribieron  al  Emperador  lo  que  sobre 
esto  mandaba  hacer, 

Y  la  otra  cosa  notable  fué  que  el  Rey  de  Bohemia  tenía  un 
mozo  de  cámara  gentil  hombre  que  se  llamaba  (está  en  claro)  , 
y  se  quiso  decir  que  traía  amores  con  Doña  Leonor  de  Zúñiga. 
guarda  de  las  damas,  los  cuales  se  levantaban  de  los  aposentos 
de  sus  amos  abriendo  ciertas  puertas  para  ello,  para  lo  cual 
tenía  la  moza  gran  aparejo,  hurtando  de  noche  las  llaves  á  su 
ama  de  la  cabecera  de  su  cama,  lo  cual  se  alcanzó  á  saber  por- 
que una  mujer  se  levantó  de  noche  y  vio  ciertas  puertas  abier- 
tas y  fué  corriendo  á  despertar  á  Doña  Leonor  y  se  lo  dijo,  la 
cual  mirando  por  sus  llaves  y  hallándolas  menos  se  levantó  y 
vio  las  puertas' abiertas  y  al  cabo  de  ellas  á  su  criada,  con  la 
cual  no  halló  hombre  ninguno.  Pero  por  algunas  sospechas  que 
de  ellos  tenían  por  haberlos  visto  juntos  hablar  muchas  veces, 
los  prendieron  á  entrambos,  los  cuales  siempre  negaron,  diciendo 
ella  que  había  abierto  aquella  noche  las  puertas  por  estar  en 
Palacio  contra  su  voluntad,  por  haber  muchos  años  que  había 
prometido  ser  monja,  y  que  se  quería  ir  á  meter  en  un  monas 
terio,  porque  su  ama  no  se  lo  había  querido  dejar  hacer.  Lo 
cual  se  consultó  con  el  Emperador  y  Su  Majestad  mandó  que  se 
casase  con  ella  y  fuese  desterrado  por  diez  años  á  Oran,  y  des- 
terrado perpetuamente  del  Reino  si  contra  él  se  hallase  algo. 

Y  después  de  esto,  por  el  día  de  San  Juan,  se  hicieron  dos 
■solemnes  fiestas  de  toros  y  juegos  de  cañas,  y  en  la  primera  hubo 
ocho  cuadrillas  de  á  diez  caballeros  cada  cuadrilla  ;  cada  cua- 
drillero era  señor  de  título,  y  fué  el  uno  de  ellos  el  Rey  de  Bo- 
hemia y  el  otro  el  Marqués  de  Villena  y  otros  señores  de  este 
arte.  Y  en  la  segunda  fiesta  habría  obra  de  50  caballeros,  los 
más  de  ellos  principales.  Corriéronse  en  cada  fiesta  12  toros  y 
otra  vez  se  lidiaron  delante  Palacio  y  siempre  hubo  caballeros 
que  esperaron  toros  (que  era  cosa  que  Su  Majestad  holgaba 
mucho  de  hacer). 


—  291 


CAPÍTULO  XXXV 

Cómo  el  Emperador  envió  á  Rama  á  Martín  Alonso  de  los  Ríos, 
gentilhombre  de  su  casa,  para  tomar  concordia  con  el  Papa 
sobre  lo  que  pedía  de  la  ciudad  de  Pías  encía.  Y  cómo  Su 
Santidad  envió  por  dos  veces  á  llamar  á  los  Cardenales,  Ar~ 
zobispos  y  Obispos  que  estaban  en  la  oiudad  de  Trento  para 
que  fuesen  á  *Romat  porque  tenía  necesidad  de  consultar 
con  ellos  ciertas  cosas  cumplideras  á  la  fe.  Y  la  muerte  de 
Su  Santidad. 

Arriba  dejamos  dicho  cómo  después  de  la  muerte  del  Duque 
de  Piasen cia   Pero  Luis  Frenesí  o*    D.   Hernando  de   Gonzaga, 
Capitán  geneial  en  Italia  por  el  Emperador,  se  había  metido  en 
la  ciudad  en  nombre  de  Su  Majestad,  la  cual  fué  muchas  veces 
requerido  por  Su  Santidad  para  que  le  mandase  volver  la  dicha 
ciudad,  que  era  de  su  nieto  el  Duque  Octavio',  y  como  el  Em- 
perador  lo  trajese   con   esto   en   palabras,    Su   Santidad   á  esta 
causa  nunca  le  había  querido  conceder  que  los  Cardenales  y  los 
otros  Prelados  que  estaban  en  el  Concilio  en  la  ciudad  de  Bo- 
lonia se  viniesen  á  la  de  Trento  (donde  antes  había  sido  con- 
vocado). Lo  cual  visto  por  el  Emperador,  determinó  de  enviar 
á  Roma  á  Martín  Alonso  de  los  Ríos,  gentilhombre  de  su  casa, 
con  cartas  para  Su  Santidad,  prometiéndole  4.000  ducados  de 
renta  en  el  Reino  de  Ñapóles  para  el  Duque  Octavio  su  nieto, 
por  que  desistiese  de  la  demanda  de  Plasencia  y  le  entregase 
también  la  de  Parma  (pues  eran  antes  del  Ducado  de  Milán)  y 
lo  cual  decían  no  haber  recibido  muy  bien  Su  Santidad,  y  que 
todavía  quería  se  le  restituyese  la  ciudad  de  Plasencia.  Y  para 
hacer  mayor  extorsión  al  Emperador  determinó  luego  de  en- 
viar un  breve  al  Cardenal  Pacheco  en  que  le  mandaba  en  virtud 
de  santa  obediencia  dentro  de  cuarenta  días  fuese  á  Roma,  y 
lo  mismo  al  Arzobispo  de  Palermo,  como  consta  por  el  breve 
que  Su  Santidad  le  envió,  que  traducido  de  latín  en  romance 
contenía  lo  siguiente  : 


—  295  — 

PAULO  PAPA  TEBCEBO 

Salud  y  apostólica  bendición  al  venerable  hermano  Pedro, 
Arzobispo  de  Palermo. 

En  tal  estado  son  venidas  las  cosas  de  la  república  cristiana 
que  del  todo  tengan  necesidad  de  madura  provisión.  Por  lo  cual 
pensando  lo  que  sobre  caso  tan  arduo  debamos  hacer,  determi- 
namos no  sólo  tomar  el  consejo  de  nuestros  hermanos  los  Car- 
denales de  la  Santa  Romana  Iglesia,  mas  de  muchos  otros  Pre- 
lados, entre  los  cuales  como  no  hubiese  ocurrido  tu  fraternidad 
nos  convino  enviarla  á  llamar.  Por  lo  cual  te  amonestamos  en 
el  Señor,  y  en  virtud  de  santa  obediencia  te  mandamos  que 
parezcas  ante  Nos  personalmente  dentro  de  cuarenta  días  des- 
pués que  esta  te  fuere  notificada,  donde  oiremos  de  buena  gana 
los  pareceres  que  nos  darás  para  en  provecho  público  y  uni- 
versal. 

Dada  en  Roma  acerca  de  San  Pedro,  á  diecisiete  días  de 
Julio. 

Y  asimismo  envió  otros  dos  breves  para  el  Obispo  de  Bada- 
joz y  de  Calahorra  y  para  los  demás  Obispos,  diciéndoles  que 
como  personas  de  conciencia  y  ciencia  tales  convenían  á  nego- 
cio importante  á  la  cristiandad,  quería  tomar  con  ellos  consejo 
y  parecer. 

Y  el  Cardenal  y  Arzobispos  y  Obispos  lo  enviaron  á  con- 
sultar con  el  Emperador,  y  Su  Majestad  fué  de  parecer  que  se 
excusasen  lo  mejor  que  pudiesen.  Y  así  lo  hicieron,  diciendo 
al  Papa  que  hasta  que  las  cosas  que  á  la  Iglesia  Universal  con- 
venían, por  las  cuales  ellos  habían  sido  llamados,  se  compusie- 
sen y  sosegasen,  los  hubiese  Su  Santidad  por  excusados. 

Lo  cual  el  Papa  no  recibió  con  mucho  sabor,  y  así  respon- 
dió al  Embajador  que  él  tenía  por  tan  cristiano  á  Su  Majestad 
que  no  impediría  obra  tan  santa  y  justa.  Y  D.  Diego  de  Men- 
doza le  respondió  que  antes  el  Emperador  lo  deseaba  y  procu- 
raba, mas  no  de  la  forma  que  Su  Santidad  lo  quería,  y  esto 
era  lo  que  él  impedía. 

Y  así  pasaron  muchas  pláticas  cerca  de  esta  materia,  supli- 


—  296  —        • 

candóle  fuese  servido  de  no  dar  molestia  á  aquellos  Prelados 
de  Trento.  Y  D.  Diego  después  de  esto  se  partió  de  Roma  para 
la  ciudad  de  Sena  á  componer  ciertas  discordias  que  habían  su- 
cedido entre  los  vecinos  de  aquella  ciudad. 

Y  en  este  tiempo  Su  Santidad  mandó  despachar  ciertos  bre- 
ves para  los  Obispos  de  Trento,  el  trasunto  del  uno  de  los  cua- 
les, vuelto  del  latín  en  nuestro  común  hablar,  es  el  siguiente  : 

PAULO  PAPA  TEBCEBO 

Salud  y  bendición  apostólica  al  venerable  hermano  Pedro, 
Arzobispo  de  Palermo. 

A  lo  que  respondes  á  nuestras  letras  que  te  escribimos  para 
la  comunicación  y  consulta  de  las  cosas  que  pertenecían  á  la 
universal  república  cristiana,  lo  cual  habíamos  de  consultar  con- 
tigo y  con  los  otros  Prelados,  que  te  tuviésemos  por  excusado 
hasta  tanto  que  el  Señor  Omnipotente  compusiese  las  altera- 
ciones y  tumultos  que  había  en  su  Iglesia.  Si  en  este  tiempo 
no  vinieses  á  Nos  recibiríamos  tus  excusaciones  (si  fueran  legí- 
timas y  tales  que  las  pudiéramos  aprobar). 

Pero  considerando  así  como  escribes  tú  no  de  tu  voluntad, 
pero  por  nuestro  mandado  haber  ido  ahí,  no  fácilmente  nos 
persuadimos  que  lo  mismo  podrás  hacer  ahora  al  presente  vi- 
niendo á  Nos  como  para  lo  mismo  seas  ahora  llamado,  por  lo 
cual  según  dices  fuistes  ahí  traído,  conviene  á  saber,  para  que 
con  común  parecer  se  tratasen  las  cosas  que  pertenecían  al  pro- 
vecho público  y  gloria  de  Dios  é  instauración  de  la  Iglesia,  por 
lo  cual  no  vemos  que  te  puedas  excusar  legítimamente  con  las 
causas  que  alegas  y.  que  no  querrás  faltar  á  tu  oficio  y  de  la 
Iglesia  y  dejar  obedecer  á  tu  cabeza,  siendo  constreñido  á  ello 
mucho  tiempo  ha,  así  por  palabra  como  por  juramento. 

Pero  como  quiera  que  la. cosa  fuere,  no  desistiremos  de  nues- 
tro propósito,  así  como  persona  en  quien  Dios  puso  el  cuidado 
de  su  manada,  y  no  apartándonos  de  nuestro  mandamiento  te 
tornamos  á  llamar  otra  vez  para  la  misma  consulta. 

Dada  en  Roma,  cerca  de  'San  Pedro,  á  7  de  Septiembre. 

Y  asimismo  envió  otro  breve  al  Cardenal  Pacheco,  la  subs- 


—  297  — 

lancia  del  cual  no  difería  nada  más  de  intitularle  Cardenal  y 
decirle  ser  obligado  á  asistir  con  él  para  el  regimiento  de  la 
Univeisal  Iglesia,  á  lo  cual  había  faltado. 

Ivlevó  también  el  que  había  traído  los  breves,  que  era  un 
camarero  del  Cardenal  de  Monte  y  Embajador  en  Bolonia,  una 
carta  juntamente  con  el  breve  para  el  Cardenal  de  Trento,  y  la 
substancia  de  ella  era  la  obligación  que  él  y  todos  los  Prelados 
tenían  para  obedecer  á  su  cabeza  y  vicario  de  Cristo,  y  dicién- 
dole  otras  muchas  cosas,  y  que  si  no  iban  por  temor  no  ser 
retenidos  ó  detenidos  ó  por  no  perjudicar  á  la  pretensión  de  los 
de  Trento,  que  para  esto  podría  Su  Santidad  dar  palabra  á  Su 
Majestad  para  que  cada  y  cuando  .hubiesen  dicho  sus  pareceres 
se  pudiesen  volver.  Y  que  tuviese  memoria  que  por  ellos  no  se 
dijese  que  un  Cardenal  y  Prelados  tan  honrados  no  quisiesen 
obedecer  á  su  cabeza,  lo  cual  no  quisiese  Dios  que  aconteciese 
por  ellos  ni  en  tiempo  de  Su  Santidad,  y  que  considerasen  la  be- 
nignidad y  amor  grande  con  que  los  volvía  á  llamar  y  no  por 
precito  ni  expreso  mandamiento  y  sin  censuras,  sino  exhortán- 
dolos. Y  pues  esto  era  así  no  dejasen  de  ir  á  la  presente  ocasión, 
lo  cual  todo  pusiesen  delante  á  Su  Majestad  para  que  así  en 
esto  como  en  todo  lo  demás  tocante  al  estado  de  la  Iglesia  to- 
mase asiento  y  concordia,  pues  había  dos  años  y  más  que  an- 
daban en  aquello  y  tan  claramente  se  veía  haber  mucho  peligro 
en  la  tardanza. 

Y  como  los  Prelados  vieron  sus  breves  se  juntaron  á  hablar 
sobre  ello  y  determinaron  de  estar  muy  conformes  y  recios  á 
lo  que  Su  Majestad  se  determinase,  mientras  Su  Santidad  no 
procediese  más  reciamente.  Y  escribieron  al  Emperador  supli- 
cándole lo  considerase  muy  bien  para  que  se  tomase  alguna  or- 
den, no  perjudicando  á  la  pretensión  que  Su  Majestad  tenía 
del  Concilio  de  Trento.  Y  di  jóse  que  Su  Santidad  convocaba 
muchos  Prelados  para  que  después  de  hecha  la  reformación 
poder  declarar  ser  justa  y  válida  la  traslación  del  Concilio  he- 
cha á  Bolonia,  y  volverlo  á  trasladar  á  Roma  y  concluirlo  allí, 
haciéndose  señor  de  él. 

Y  después  de  esto  sucedió  que  el  Obispo  de  Badajoz  y  el 
de  Calahorra  Viendo  el  mandado  de  Su  Santidad,  pareciéndoles 


—  298  — 

que  no  cumplían  con  sus  conciencias  con  eximirse  con  las  cau- 
sas que  daban  para  no  ir  á  su  llamado,  acordaron  de  irse  á 
Roma.  Lo  cual  como  supiese  Su  Majestad  les  envió  á  decir  que 
¿cómo  habían  salido  de  Trento,  pues  sabían  que  había  sido  in- 
justamente hecha  la  traslación  del  Concilio  á  Bolonia?  y  que 
con  su  ida  daban  á  entender  lo  contrario,  y  que  eran  causa  que 
el  Papa  hiciese  lo  que  tenían  en  pensamiento  y  que  no  se  efec- 
tuase  el  Concilio  general  para  que  habían  sido  llamados.  L,os 
cuales  respondieron  que  ellos  eran  Obispos  y  sujetos  al  Papa, 
el  cual  era  su  cabeza  y  que  determinaban  de  hacer  lo  que  les 
mandaba,  y  que  Su  Majestad  vería  que  no  lo  hacían  con  condi- 
ción de  haber  capelos,  pues  no  lo  podían  ser  Cardenales  (y  esto 
dijeron  porque  ambos  eran  bastardos). 

Pero  quiso  Nuestro  Señor  que  antes  que  llegasen  á  Roma 
muriese  el  Papa.  Y  la  ocasión  de  su  muerte  se  dijo  haber  sido 
el  Duque  Octavio,  su  nieto,  el  cual  como  fuese  á  la  ciudad  de 
Parma  en  posta,  queriendo  entrar  en  el  castillo  el  alcaide  no 
se  lo  consintiese,  pareciéndole  que  pues  iba  así  que  debía  ser 
muerto  el  Papa.  Y  le  dijo  que  él  tenía  aquella  tenencia  por  su 
abuelo,  y  sin  su  licencia  no  determinaba  de  dejarle  entrar.  Y  el 
Duque  acordó  de  escribir  á  Su  Santidad  sobre  ello,  diciéndole 
las  muchas  alteraciones  que  había  en  la  ciudad  de  Parma,  y 
que  él  determinaba  que  antes  que  del  todo  se  diese  al  Empera- 
dor se  concertase  con  Su  Majestad  sobre  aquel  Estado  para 
que  le  diese  la  recompensa  en  Ñapóles  ó  donde  fuese  servido. 
Y  como  el  Papa  recibiese  esta  carta  se  dijo  haber  tomado  tanto 
enojo  que  se  le  acrecentó  cierta  mala  disposición  que  tenía  de 
un  catarro  y  le  saltó  luego  en  hidropesía,  de  que  murió  de  allí 
en  cinco  ó  seis  días.  Y  fué  á  10  de  Noviembre. 

Y  después  de  su  muerte  Ascanio  Colona  con  la  gente  que  en 
aquel  tiempo  pudo  haber  se  fué  sobre  los  lugares  que  el  Papa 
le  tenía  tomados  de  su  Estado  junto  á  Roma  y  los  recobró  todos 
muy  fácilmente,  excepto  Roca  del  Papa  y  otra  fortaleza  que 
Su  Santidad  había  mandado  derrocar  (como  dijimos)  en  el  año 
de  cuarenta. 


-  299  — 


CAPITULO  XXXVI 

De  algunas  cosas   que  en  este  tiempo  acontecieron  en   la  villa 
de   Valladolid  y  cómo  la  Reina  de  Bohemia  parió  una  hija. 

Y  cómo  el  Emperador  mandó  acrecentar  dos  Oidores  más 
de  los  que  estaban  en  el  Consejo  de  las  Indias,  y  de  una 
carta  que  Su  Majestad  dio  contra  los  que  mercasen  pan 
para   revenderlo. 

Estando  el  Rey  de  Bohemia  el  día  de  Corpus  Cristi  en  la 
Iglesia  Mayor  de  la  villa  de  Valladolid  para  salir  en  la  proce- 
sión, hubo  cierta  diferencia  entre  los  Canónigos  y  Cabildo  de 
aquella  iglesia  con  los  Capellanes  y  cantores  de  la  capilla  del 
Rey  y  de  la  Reina  su  mujer  sobre  la  manera  en  que  habían  de 
ir  en  la  procesión  los  unos  y  los  otros.  Y  aunque  Su  Alteza 
dio  allí  el  medio  y  orden  que  le  pareció  convenible,  rogándoles 
que  se  sosegasen  y  que  aquello  hiciesen  por  amor  de  él,  aque- 
lla vez  no  aprovechó  nada,  porque  ellos  pretendieron  de  no  ir 
en  la  procesión  si  no  fuese  llevando  el  lugar  que  ellos  querían. 
Y  así  salió  la  procesión  y  el  Rey  en  ella,  quedándose  los  Canó- 
nigos y  Cabildo  en  la  iglesia.  Y  otro  día  visto  su  mal  mira- 
miento mandaron  Sus  Altezas  y  los  del  Consejo  que  los  dichos 
Canónigos  fuesen  desterrados  del  Reino  y  que  saliesen  luego 
otro  día  después  de  dada  la  sentencia  de  la  Corte,  la  cual  se 
templó  después.  Mandó  esto  contra  los  principales  que  habían 
tenido  la  culpa  en  la  inobedi  ciencia,  y  así  cumplieron,  muchos 
este  destierro. 

Y  en  este  tiempo  viendo  el  Emperador  que  se  había  acre- 
centado mucha  población  en  las  Indias  Occidentales  y  que  se 
venían  ya  á  dividir  en  tantos  Reinos  y  provincias,  y  que  siendo 
tantos  no  se  podían  gobernar  por  pocos,  acordó  de  ensanchar 
su  Consejo  de  Indias  para  que  en  él  hubiese  más  letrados  que 
entendiesen  en  las  cosas  de  aquellas  partes,  y  así  acrecentó  otros 
dos  Oidores  en  el  dicho  Consejo,  que  fueron  el  Licenciado  Riva- 


—  300  -- 

deneira,  Oidor  que  era  de  la  Cancillería  de  Valladolid,  y  el  otro 
el  Licenciado  Briviesca,  Alcalde  de  Corte  .de  la  Cancillería. 

Estaban  antes  en  el  dicho  Consejo  Gutierre  Velázquez,  que 
era  el  más  antiguo,  y  el  Licenciado  Gregorio  López  y  el  Doctor 
Hernán  Pérez  de  la  Fuente,  que  en  este  tiempo  estaba  en  la 
ciudad  de  Sevilla  tomando  residencia  á  los  oficiales  de  la  Casa 
de  la  Contratación  de  las  Indias  y  entendiendo  en  otras  cosas 
necesarias  que  Su  Majestad  le  envió  á  mandar  que  entendiese, 
principalmente  una  para  que  tomase  todos  los  libros  de  los  mer- 
caderes de  sus  cuentas  y  viese  por  ellos  si  habían  enviado  di- 
nero fuera  del  Reino,  y  el  otro  era  el  Licenciado  Tello  de  San- 
doval,  á  quien  Su  Majestad  había  enviado  el  año  de  cuarenta  y 
cuatro  á  la  provincia  de  la  Nueva  España  para  que  tomase  resi- 
dencia al  Visorrey  D.  Antonio  de  Mendoza  y  á  los  de  la  Can- 
cillería y  á  los  oficiales  del  Rey,  y  vino  el  año  de  cuarenta  y 
seis,  habiendo  hecho  muy  bien  su  oficio.  Y  por  Presidente  de 
este  Consejo  ya  dijimos  arriba  que  el  Emperador  había  puesto 
á  D.  Luis  Hurtado  de  Mendoza,  Visorrey  que  era  en  el  Reino 
de  Navarra. 

Y  como  la  Reina  de  Bohemia  estuviese  preñada,  vino  á  pa- 
rir una  hija  el  primero  día  de  Noviembre,  día  de  Todos  los 
Santos,  y  por  haber  muerto  allí  en  Valladolid  la  Princesa  Doña 
María,  su  cuñada,  de  parto,  no  quiso  parir  en  la  dicha  villa  y 
fué  á  Cigales,  lugar  dos  leguas  de  allí. 

Y  en  este  año  como  el  Licenciado  Muñoz,  siendo  Obispo  de 
Tuy,  antes  de  ser  elegido  por  Presidente  de  Valladolid,  hubiese 
visitado  la  Cancillería  de  Granada,  la  cual  como  fuese  vista 
por  los  del  Consejo  y  consultada  por  el  Emperador,  y  por  vir- 
tud de  ella  quitaron  los  oficios  de  Oidores  al  Doctor  Peñaranda 
y  al  Licenciado  Melchor  de  León,  quitaron  asimismo  de  otros 
oficios  menores,  como  eran  Receptores,  Prelatores  y  Escribanos 
á  muchos. 

Y  en  este  año  fué  preso  por  mandado  de  D.  Hernando  de 
Gonzaga,  Capitán  general  de  Su  Majestad  en  Italia  y  Gober- 
nador del  Estado  de  Milán,  un  fraile  llamado'  Fray  Clemente 
de  Chavar,  de  la  Orden  de  San  Francisco,  natural  de  Chavar, 
pueblo  de  la  Ribera  de  Genova,  por  sospecha  que  de  él  se  te- 


—  301  — 

nía  que  andaba  en  conciertos  de  entre  el  Rey  de  Francia  y  de 
algunos  principales  de  Genova.  Diósele  tormento  y  confesó  todo 
todo  (sic)  el  negocio  y  trato  que  tenía  con  un  Juan  Bautista 
Forniel,  principal  ciudadano  de  la  ciudad  de  Genova,  para  que 
entregase  aquella  ciudad  al  Rey  de  Francia,  haciendo  para  ello 
primero  ciertos  alborotos  y  bandos  en  la  ciudad  que  diesen 
causa  que  el  Rey  de  Francia  pudiese  salir  con  su  intención.  Y 
mandó  D.  Hernando  de  Gonzaga  traer  el  fraile  á  Genova  para 
ponerlo  con  Juan  Bautista,  que  lo  negaba  todo. 

Y  en  este  año  el  Patriarca  Presidente  del  Consejo  Real  y 
los  Oidores  del  dicho  Consejo  de  Su  Majestad  mandaron  im- 
primir la  pragmática  que  estaba  hecha  contra  los  que  compra- 
sen pan  para  revender,  para  que  mejor  supiesen  los  arrendado- 
res de  pan  lo  que  habían  de  hacer  y  guardar. 

La  substancia  de  la  cual  era  mandar  al  Presidente  y  á  los 
de  su  Consejo  Real,  y  á  los  Presidentes  y  Oidores  de  sus  Can- 
cillerías, y  Alcaldes  y  alguaciles  de  su  Corte  y  Cancillerías,  y 
!x  todos  los  Corregidores,  asistentes,  Gobernadores  y  á  otros  Jue- 
ces y  Justicias  de  todos  los  lugares,  villas  y  ciudades  de  sus 
Reinos  y  Señoríos,  por  cuanto  él  era  informado  que  muchas  per- 
sonas habían  tomado  principalmente  oficio  y  manera  de  vivir  de 
comprar  trigo,   cebada   y   centeno  para  revenderlo,   por  donde 
el  valor  del  pan  se  había  subido  en  excesivos  precios,  y  como 
cerca  de  ello  hubiese  dado  algunas  cartas  y  provisiones  no  ha- 
bía sido  bastante  remedio,  lo  cual  redundaba  en  daño  universal 
de  la  república  de  sus  Reinos  y  Señoríos,  mayormente  de  los 
pueblos  y  personas  miserables  que  poco  podían.  L,o  cual  como 
vSu  Majestad  esto  viese  y  lo  hubiese  visto  y  platicado  por  los 
de  su  Consejo  acordó  de  mandar  dar  su  carta  en  la  dicha  razón, 
por   la   cual  mandó  y  expresamente   defendió   que  de  aquí  -en 
adelante  persona  alguna  de  cualquier  condición  y  calidad  que 
fuese  no  fuese  osado  de  comprar  trigo,  cebada,  centeno  ni  avena 
en   poca  ni  en  mucha  cantidad  para  tornarlo   á   revender,    so 
pena  que  el  que  lo  comprase  hubiese  perdido  todo  el  dicho  pan 
que  así  comprase,  y  repartiese  en  cuatro  partes,  la  una  para  la 
persona  que  lo  acusase  y  denunciase,  la  otra  para  el  Juez  que 
lo  sentenciase  y  las  otras  dos  partes  para  los  pobres  del  lugar 


—  302  — 

adonde  acaeciese.  Y  demás  de  esto  por  la  primera  vez  fuese 
desterrado  del  lugar  en  que  viviese  por  seis  meses  y  por  la  se- 
gunda vez  por  un  año  y  por  la  tercera  vez  por  tres  años. 

Y  que  en  cuanto  á  lo  pasado,  si  algunas  personas  hubiesen 
comprado  algún  pan  para  tornarlo  á  vender  hasta  el  día  de  la 
publicación  de  esta  su  carta,  mandó  Su  Majestad  que  las  per- 
sonas que  hubiesen  vendido  el  dicho  pan  tornasen  los  dineros 
que  hubiesen  recibido,  sin  embargo  de  cualesquiera  ventas  y 
contratos  que  hubiesen  hecho  y  otorgado,  los  cuales  mandó 
que  no  se  guardasen  ni  ejecutasen. 

Y  asimismo  mandó  Su  Majestad  porque  su  intención  no  era 
de  estorbar  el  comercio  y  trato  de  sus  Reinos  en  los  lugares 
que  habían  de  ser  proveídos  de  acarreo,  declaró  y  mandó  que 
no  se  entendiese  lo  en  esta  pragmática  contenido  con  los  re- 
cueros y  trajineros  ni  otras  personas  que  tenían  por  trato  y  cos- 
tumbre de  llevar  mercaderías  de  unas  partes. á  otras  y  en  el 
retorno  de  ellas  compraban  pan  para  tornarlo  á  vender,  y  á  los 
que  compraban  pan  para  llevar  á  vender  de  unos  lugares  á  otros 
para  la  provisión  y  bastimento  de  ellos,  con  tanto  que  estos  ta- 
les después  que  hubiesen  mercado  fuesen  obligados  á  venderlo 
y  vendiesen  en  pueblos  donde  lo  llevasen  luego  que  lo  hubie- 
sen mercado,  por  manera  que  no  lo  ensilasen  ni  guardasen 
para  revenderlo  ni  encarecerlo.  Y  mandó  á  sus  Justicias  que 
cumpliesen  y  ejecutasen  todo  lo  en  esta  pragmática  contenido, 
y  que  no  consintiesen  que  persona  alguna  fuese  ni  pasase  contra 
el  tenor  y  forma  de  lo  susodicho,  lo  cual  para  que  fuese  público 
y  notorio  lo  mandó  pregonar  en  su  Corte. 


CAPITULO  XXXVII 

Cómo  el  Jerife,  Rey  de  Marruecos J  vino  sobre  la  ciudad  de  Fez 
y  la  tomó,  prendiendo  al  Rey  de  Fez,  qu.e  en  ella  estaba.  Y 
otras  cosas  que  acontecieron  en  este  año. 

En  el  año  de  cuarenta  y  tres  dejamos  dicho  cómo  el  Rey  del 
Sus  se  había  apoderado  de  la  ciudad  de  Marruecos,  habiendo 


—  303  — 

habido  primero  cierto  recuentro  con  el  Rey  de  la  dicha  dudad, 
que  era  su  hermano.  Y  el  Rey  de  Fez,  vista  la  discordia  que 
había  entre  los  dos  hermanos,  habiendo  venido  con  Ejército  so- 
bre Marruecos,  y  el  Rey  de  Marruecos  había  salido  á  él  y  des- 
baratándolo y  cautivado,  llevándole  preso  á  la  ciudad  de  Ma- 
rruecos, donde  lo  había  tenido  cinco  ó  seis  meses  preso,  al  cabo 
de  los  cuales  lo  había  soltado  haciendo  con  él  paces,  con  que 
el  Rey  de  Fez  le  dio  la  provincia  de  Mequinez,  y  desde  este 
tiempo  siempre  había  habido  muchos  recuentros  entre  el  Rey 
de  Fez  y  el  de  Marruecos,  hasta  el  año  de  cuarenta  y  ocho  en 
la  primavera  que  el  Rey  de  Marruecos  vino  sobre  Fez. 

Y  á  vista  de  Mequinez  salieron  los  Alcaldes  principales  de 
Fez  á  hablar  con  él,  por  estar  mal  con  el  Rey  de  Fez,  por  ser 
hombre  tan  para  poco  y  tomarse  del  vino,  y  le  dijeron  que  ellos 
eran  contentos  de  darle  toda  la  tierra  con  tal  que  les  había  de 
dejar  sus  haciendas  y  rentas  que  tenían,  y  al  Alcaide  de  Te- 
tuán  le  habían  de  dejar  en  su  tenencia.  Y  el  Rey  de  Marruecos 
les  respondió  que  él  era  contento  de  no  tomarles  sus  haciendas, 
pero  que  el  que  era  Alcaide  de  Tetuán  y  en  I^arache  los  había 
de  enviar  al  Reino  del  Sus  y  á  Marruecos,  y  que  si  con  aquella 
condición  lo  querían  por  Rey  de  Fez,  si  no  que  se  fuesen  en 
buena,  hora  que  por  fuerza  lo  procuraría  de  tomar.  Y  ellos  res- 
pondieron que  mirarían  en  ello. 

Y  con  esto  se  volvieron  á  la  ciudad  de  Fez  y  se  juramenta- 
ron entre  ellos  de  morir  antes  que  darle  dicha  ciudad.  Y  el  Rey 
de  Marruecos  juró  de  no  volver  á  Marruecos  hasta  haber  to- 
mado á  Fez. 

Y  en  este  tiempo  tuvo  muchas  escaramuzas  y  recuentros, 
así  con  los  de  Fez  como  con  su  sobrino  Muley  Cidan,  hijo  de 
su  hermano,  Rey  que  era  de  Marruecos,  que  con  mucha  gente 
había  venido  en  favor  del  Rey  de  Fez  y  hecho  paces  con  él, 
casándose  con  una  hija  suya.  Y  este  Muley  Cidan  y  el  Rey  de 
Fez  pusieron  al  de  Marruecos  en  mucho  trabajo  y  estrechó. 

Y  así  anduvo  el  Rey  de  Marruecos  con  su  gente  más  de 
diez  ó  doce  meses  junto  á  la  ciudad  de  Fez,  estrechando  á  los 
que  dentro  estaban  los  mantenimientos,  no  dejándolos  sembrar. 
Y  en  este  tiempo  tuvo  tratos  con  los  de  Fez,  los  cuales  como 


._  S04  — 

se  viesen  en  tanta  necesidad  y  tuviesen  á  su  Rey  en  poco,  de- 
terminaron en  dársele.  Y  así  entró  el  Rey  de  Marruecos  en  fin 
de  Enero  de  este  año  en  Fez  el  Viejo,  el  cual  luego  se  le  dio, 
y  lo  mismo  hizo  Fez  el  Nuevo.  Y  allí  tomó  el  Rey  de  Marrue- 
cos preso  al  de  Fez  y  se  casó  con  una  de  sus  hijas,  y  sus  dos 
hijos  decían  haberlos  casado  lo  mismo  con  otras  dos. 

Y  al  Rey  de  Fez  envió  preso  á  la  ciudad  de  Marruecos, 
yendo  su  madre  con  él  y  sus  mujeres  y  caballeros  algunos  cria- 
dos. El  hijo  mayor  del  Rey  envió  al  Rey  del  Sus  (i)  .  Y  el  Rey 
de  Vélez,  que  estaba  dentro  de  la  ciudad  de  Fez  cuando  entró 
el  Rey  de  Marruecos  en  ella,  se  fué  huyendo  y  se  acogió  en  la 
ciudad  de  Vélez  de  la  Gomera :  porque  no  le  quisieron  recibir 
en  el  Peñol  se  embarcó  y  fué  huyendo  á  Melilla. 

Y  el  Rey  de  Marruecos  viejo  requirió  luego  á  su  hermano 
que  cumpliese  con  él  lo  que  le  había  prometido,  que  era  darle 
á  Marruecos  habiendo  ganado  á  Fez.  Y  el  Rey  de  Marruecos, 
que  era  de  Fez,  le  respondió  que  no  quería. 

(Ahora  viene  una  apostilla  autógrafa  de  Alonso  de  vSanta 
Cruz,  pero  debido  al  encuadernador  hay  cortadas  algunas  pa- 
labras y  varias  no  se  pueden  leer). 

Envió  á  llamar  que  viniese  á  Fez  con  sus  mujeres  y  casa,  y 
éste  le  respondió  que  él  no  quería  parecer  ante  él.  Visto  esto 
por  el  Rey  de  Fez  Jerife,  le  quitó  el  mando  de  Tafilete  que  le 
daba.  Y  desposeído  de  este  Señorío  se  metió  en  una  ermita  con 
dos  ó  tres  mujeres,  haciéndose  ermitaño.  Y  su  hijo  de  éste, 
llamado  Muley  Ciclan,  fué  á  Tibusarante,  más  hacia  quinta  de 
Tafilete,  y  allí  le  fué  cogido  mucha  gente  de  á  caballo,  y  sonle 
sujetos   los   de (deben  faltar  palabras). 

Y  luegohizo  Rey  de  Marruecos  á  Muley  Abdel  Cader,  su 
segundo  hijo,  porque  lo  quería  más  y  era  más  hombre  que  el 
hijo  mayor,  que  se  decía  Muley  Mahamet,  al  cual  hizo  Rey 
de  Tarudante  y  de  Sus  hasta  la  provincia  de  Guinea.  Y  el  Rey 
de  Marruecos,  que  ahora  era  de  Fez,  después  que  entró  en  la 
dicha  ciudad  siempre  procuró  de  allanar  y  pacificar  la  gente, 
matando  los  principales  por  dar  pacificación  en  el  Reino,  como 


(1)      Apostilla  autógrafa  en  la  cual  debe  faltar  alguna   palabra. 


—  305  — 

había  hecho  Marruecos,  por  donde  los  moros  estaban  mal  con 
él  y  le  tenían  por  Rey  tirano  y  hombre  que  no  cumplía  su  pa- 
labra. Y  sus  hijos  habían  venido  con  gente  algunas  veces  á 
correr  las  fronteras  de  las  ciudades  de  Ceuta  y  Alcázar  y 
Tánger. 

Y  el  Rey  de  Vélez  que  se  había  venido  á  recoger  á  Melilla 
por  causa  del  Rey  de  Fez  y  por  huir  de  su  furor  fueron  por  él 
las  galeras  del  Emperador  y  lo  trajeron  en  España,  á  la  ciudad 
de  Málaga.  'El  cual  después  de  haberse  estado  allí  algunos  días 
se  fué  á  la  villa  de  Valladolid,  donde  entonces  estaba  la  Corte. 

Y  en  este  tiempo  fué  proveído  por  Su  Majestad  por  Visorrey 
del  Reino  de  Navarra  el  Duque  de  Maqueda  D.  (está  en  claro) 
de  Cárdenas,  y  D.  Luis  Velasco,  que  estaba  en  el  dicho  cargo 
en  el  entretanto  que  el  Emperador  proveyese,  fué  proveído  por 
Visorrey  de  la  Nueva  España,  en  las  Indias  Occidentales.  Y  á 
D.  Antonio  de  Mendoza,  que  estaba  en  el  dicho  cargo,  mandó 
Su  Majestad  ir  por  Visorrey  á  la  provincia  del  Perú,  en  las 
mismas  Indias,  y  asimismo  proveyó  Su  Majestad  por  Visorrey 
del  Reino  de  Galicia  á  D.  Pedro  de  Navarra,  Mariscal  de  Na- 
varra, asistente  que  era  de  la  ciudad  de  Sevilla.  Y  proveyó  asi- 
mismo el  Obispado  de  Tortosa  al  Doctor  Juan  Gil,  Canónigo  de 
la  Iglesia  Mayor  de  Sevilla,  muy  excelente  letrado  en  santa 
Teología.  Y  el  Obispado  de  Cuba  en  las  Indias  Occidentales  al 
Maestro  Uranga,  Catedrático  de  Teología  en  Salamanca.  Y  dio 
el  Obispado  de  Avila,  que  había  vacado  por  muerte  de  D.  Diego 
de  Mercado,  al  Licenciado  Álava,  Obispo  que  era  de  Astorga, 
haciéndole  juntamente  Presidente  de  la  Cancillería  de  Granada, 
la  cual  presidencia  daba  primero  Su  Majestad  al  Obispo  de  Ba- 
dajoz D.  (está  en  claro)  de  Navarra,  hermano  del  Mariscal  y 
Visorrey  que  hemos  dicho  que  era  de  Galicia,  el  cual  estaba 
en  Trento,  que  había  ido  allí  al  Concilio,  y  no  lo  quiso  excu- 
sándose con  decir  que  oficios  así  seglares  no  los  podía  tener 
ningún  Prelado  con  buena  conciencia  sin  residir  en  su  Obis- 
pado ó  en  el  bien  público  de  la  cristiandad  como  él  estaba,  que 
no  se  tuvo  en  poco  la  tal  repudiación,  según  los  tiempos  co- 
rrían. Y  el  Obispado  de  Astorga  dio  á  D.  Pedro  de  Acuña, 
Oidor  que  era  del  Consejo  de  la  Inquisición. 

20 


—  306  — 

Murió  en  este  año  el  Licenciado  Soto,  Obispo  que  era  de 
Mondoñedo,  y  también  el  Licenciado  Ramírez  de  Villaescusa, 
Obispo  que  era  de  Segovia,  y  el  Dr.  Aceves,  Obispo  de  Ciu- 
dad Rodrigo. 

(Delante  del  último  folio  de  la  Crónica  hay  uno  de  letra 
autógrafa  de  Alonso  de  Santa  Cruz,  el  cual  pongo  aquí  por  pa- 
recer una  continuación  de   este   capítulo  ó  principio  de   otro). 

(Este  folio  es  sumamente  difícil  de  leer,  tanto  que  ha  habido 
muchísimas  palabras  que  no  he  podido  descifrar ;  pero  gracias 
á  la  amabilidad  del  dueño  del  manuscrito,  D.  Gaspar  Diez  de 
Rivera,  se  han  podido  aclarar  bastantes  ;  pero  todavía  ha  habido 
algunas  palabras  que  se  nos  han  resistido). 

Liase  de  advertir  que  el  Rey  de  Marruecos  envió  á  llamar 
al  Jerife  mayor  para  que  viniese  á  favorecerle  contra  el  Rey 
de  Fez,  y  él  fué  con  la  gente  de  á  caballo  que  tenía  y  hubo  al- 
gunos recuentros  con  gente  del  Rey  de  Fez,  y  puso  muchos 
de  los  lugares  del  Rey  de  Marruecos  debajo  del  dominio  del 
Rey.  Y  el  Rey  de  Marruecos  después  de  verlo  muy  querido  de 
la  gente  de  su  Reino  y  poderoso,  queriendo  el  Jerife  venir  á 
Marruecos  no  le  dejó  entrar,  por  lo  que  el  Jerife  puso  gente 
contra  él  y  entró  por  fuerza  en  la  ciudad  y  á  voluntad  de  los  más 
principales  de  ella  y  prendió  al  Rey  de  Marruecos,  lo  envió  á 
Meca  y  de  allí  se  huyó  pensando  de  ir  al  Cabo  de  Gata  (sic) 
y  los  alarbes  lo  tomaron  y  lo  llevaron  al  Jerife,  el  que  lo  mandó 
cortar  la  cabeza,  y  así  quedó  pacífico  el  Rey  de  Marruecos. 

Y  como  á  esta  causa  el  Jerife  Rey  de  Marruecos,  hermano 
mayor,  viese  cómo  su  hermano  había  tomado  la  villa  de  Taru- 
dante,  le  envió  á  decir  que  aquel  lugar  era  de  frontera  y  con- 
quista, no  embargante  que  estaba  en  el  Reino  de  Sus,  porque 
así  fué  estipulado  entre  ellos  que  la  conquista  de  (ilegible) 
fuese  del  Rey  de  Marruecos.  Y  el  hermano  Rey  del  Sus  alegó 
que  aunque  era  de  su  conquista,  que  la  gente  de  cristianos  que 
allí  estaba  le  hacían  de  allí  muchos  años  su  treta,  y  que  por 
esta-  razón  la  conquistó,  y  que  se  sentase  por  el  Capitán  que 
(ilegible)  y  otras  personas  principales  de  lo  que  sentó  (sic)  el 
Rey  de  Marruecos,  y  así  se  acabó  entre  ellos  la  guerra. 


—  307  — 

Año  cincuenta. 

Después  de  tomada  Fez  salió  Muley  Mahomet  el  Harran, 
hijo  mayor  del  Rey  de  Fez  Jerife,  y  con  mucha  gente  de  á 
caballo  y  de  á  pie  fueron  la  vuelta  de  Tremecén,  y  la  ciudad  se 
le  dio  en  llegando,  porque  los  moros  no  estaban  bien  con  el  Rey, 
y  así  entró  dentro  y  la  poseyó  pacíficamente,  y  al  cabo  de  al- 
gunos días  se  salió  de  allí,  dejando  á  su  hermano  Muley  Ab- 
dala  para  que  la  conservase  y  gobernase  y  se  volvió  á  Fez, 
donde  murió;  díjose  que  lo  atosigaron.  En  su  enterramiento 
se  hizo  gran  fausto,  porque  fueron  en  él  más  de  veinticinco  ó 
treinta  mil  hombres  de  á  pie  y  de  á  caballo,  y  su  padre  lo  acom- 
pañó, y  él  fué  el  que  lo  tomó  para  enterrarlo,  y  lo  enterraron 
en  el  enterramiento  de  los  Reyes  de  Fez. 

Y  en  este  año  se  juntaron  los  turcos  de  Argel  á  los  alarbes 
de  las  fustas  y  volvieron  á  tomar  Tremecén.  Muley  Abdala 
salió  con  sus  gentes  á  ellos  y  los  turcos  se  desbarataron,  y  él 
se  refugió  en  Tremecén.  Y  los  turcos  pusieron  su  real  sobre 
Tremecén.  Y  el  Jerife  Rey  de  Fez,  como  tuvo  noticia  que  los 
turcos  venían  sobre  Tremecén,  envió  á  su  hijo  segundo,  llamado 
Muley  Abdel  Cader,  con  diez  ó  doce  mil  hombres  en  socorro  del 
hermano,  el  cual  entró  en  Tremecén  en  medio  del  día  con  sus 
fustas.  Y  luego  aquella  noche  determinaron  de  irse  los  turcos 
la  vuelta  de  Mostagán,  que  es  tierra  del  Rey  de  Argel,  y  de- 
jaron la  artillería  que  no  pudieron  llevar  y  algunas  cosas  del 
bagaje  junto  á  la  ciudad  de  Tremecén. 

Y  luego  por  la  mañana,  visto  por  los  moros  de  la  ciudad 
que  los  turcos  eran  idos,  determinaron  de  salir  contra  ellos  y 
los  alcanzaron  luego,  y  los  ajarbes  y  turcos  escaramuzaron  fuer- 
temente contra  los  moros  de  Tremecén  y  les  mataron  mucha 
gente  con  la  artillería.  Pacificóles  con  volverse,  retrayéndose 
á  Tremecén  y  dejar  los  turcos  volverse  á  Argel. 

Cincuenta  y  uno. 

Este  año  se  tornaron  á  juntar  con  los  turcos  de  Argel  mu- 
chas gentes  de  los  comarcanos  y  tornaron  á  volver  sobre  Tre- 


—  308  — 

mecen,  donde  estaban  los  dos  hermanos  hijos  del  Jerife,  los 
cuales  salieron  de  la  ciudad  contra  los  turcos  y  alarbes  y  junto 
á  un  río  se  dieron  la  batalla,  donde  fueron  desbaratados  los 
hermanos  después  de  haberse  tirado  con  la  artillería  y  escope- 
tería, y  mataron  al  hermano  mayor  Muley  Abdel  Cader,  y  el 
otro  hermano  herido  la  vuelta  de  Fez,  y  los  turcos  se  entraron 
victoriosos  en  Tremecén  y  la  poseyeron  pacíficamente.  Y  esto 
aconteció  por  el  mes  de  Enero  de  este  año. 


FIN  DE  LA  CRÓNICA 


ÍNDICE 


DE  L.A 


OCHTAVA      F»  A  R  'T  E 


DE  LA 


Crónica  del  muy  Alto  y  muy  Poderoso  Católico  y  Justo 

Príncipe  D.  Carlos,  Emperador  de  Romanos  y  Hey  de  Alemania, 

y  de  España  primero  de  este  nombre. 


Páginas» 

-      CAPITULO    PRIMERO 

De  las  cosas  que  acontecieron  el  año  de  mil  quinientos  cua- 
renta y  siete.  Primeramente  cómo  estando  el  Emperador  en  la 
villa  de  Hala,  en  la  provincia  de  Suevia,  se  le  vino  á  ren- 
dir la  ciudad  de  Ulma  y  el  Duque  de  Vitemberg.  Y  cómo 
Su  Majestad  se  vino  á  Ulma,  donde  se  le  vinieron  á  dar 
obediencia  las  ciudades  de  Augusta  y  Argentina  y  todas 
las  más  de  Alemania  que  estaban  en  la  Liga.  Y  las  condi- 
ciones con  que  Su  Majestad  las  recibió  en  su  gracia 7 

CAPITULO   II 

Cómo  el  Emperador,  sabiendo  que  el  Duque  de  Jasa  había 
tornado  á  recobrar  las  tierras  que  el  Rey  de  Romanos  y  el 
Duque  Mauricio  le  habían  tomado  y  que  tenían  sus  inteli- 
gencias con  los  del  Reino  de  'Bohemia,  determinó  de  ir  con- 
tra él  con  su  Ejército,  juntándose  en  el  camino  con  el  Rey 
de  Romanos  y  Duque  Mauricio,  y  con  la  gente  que  traían 
fué  sobre  el  campo  del  dicho  Duque  y  lo  venció  y  desbarató, 
tomando  su  persona  en  prisión  y  la  del  Duque  de  Brancuie.       12 


—  310  — 

Páginu. 

CAPITULO   III 

Cómo  el  Duque  de  Jasa  fué  preso  en  la  batalla  y  Su  Majestad 
le  perdonó  la  vida  con  ciertas  condiciones  que  le  puso,  y  de 
la  partida  del  Rey  de  Romanos  para  Bohemia  con  Ejército 
de  gente  para  sojuzgar.  Y  cómo  Landgrave  se  vino  á  rendir 
al  Emperador,  el  cual  lo  recibió  haciendo  con  él  ciertas 
capitulaciones  que  había  de  guardar.  Y  cómo  finalmente  to- 
das las  ciudades  marítimas  y  las  demás  de  Alemania  vinie- 
ron á  dar  la  obediencia  al  Emperador , 32 

CAPITULO  IV 

De  las  cosas  que  Felipe  de  Landgrave  de  Hesia  prometió  cum- 
plir en  satisfacción  de  sus  muchas  malas  obras  hechas  con- 
tra el  Emperador  Carlos  Quinto : 4? 

CAPITULO    V 

Cómo  el  Rey  de  Romanos,  estando  en  la  ciudad  de  Praga,  en 
el  Reino  de  Bohemia,  tuvo  algunos  recuentros  con  los  de  la 
ciudad,  donde  como  fuesen  vencidos  determinaron  de  venir 
á  la  obediencia  del  Rey,  y  Su  Alteza  los  perdonó,  dándoles 
ciertos  capítulos  que  cumpliesen,   lo  cual  ellos  hicieron 46 

CAPITULO   VI 

De  las  sesiones  y  cosas  que  en  este  año  se  hicieron  y  fueron 
determinadas  en  el  Concilio  que  se  celebró  en  la  ciudad  de 
Trento 50 

CAPITULO  VII 

De  ciertos  cánones  que  en  la  sexta  sesión  fueron  aprobados 
por  el  Santo  Concilio,  los  cuales  habían  sido  determinados 
por  los  Santos  Padres  en  los  Concilios  que  habían  tenido....       54 


—  311  — 

Páginas. 

CAPITULO  VIII 

De  las  Cortes  que  el  Emperador  mandó  hacer  en  la  ciudad  de 
Augusta,  donde  vinieron  todos  los  Electores  y  muchos  otros 
Príncipes  y  Prelados  y  Procuradores  de  las  ciudades  del 
Imperio.  Y  las  cosas  que  por  Su  Majestad  fueron  propues- 
tas en  las  dichas  Cortes 70 

CAPITULO  IX 

De  lo  que  en  suma  respondieron  los  Príncipes,  Prelados,  Con- 
des y  Barones  del  Imperio  á  la  proposición  que  Su  Majes- 
tad  les  había   hecho 76 

CAPITULO   X 

De  la  respuesta  dada  por  los  Príncipes  electores  á  la  proposi- 
ción que  Su  Majestad  les  había  mandado  pi  oponer  estas 
dichas  Cortes    ¡ 80 

CAPITULO  XI 

Cómo  el  Príncipe  Don  Felipe  fué  á  Nuestra  Señora  de  Guada- 
lupe á  estar  la  Semana  Santa.  Y  de  allí  fué  á  tener  Cortes 
á  la  villa  de  Monzón,  en  el  Reino  de  Aragón,  las  cuales 
después  de  acabadas  se  volvió  á  la  villa  de  Alcalá  de  He- 
nares. Y  de  algunas  muertes  de  Reyes  y  otros  señores  que 
en  este  año  hubo  y  mercedes  que  Su  Majestad  hizo  de  Obis- 
pados y  Encomiendas  y  otros  oficios.  Y  de  cosas  que  aconte- 
cieron en   Italia    86 

CAPITULO  XII 

De  cómo  fueron  hechos  en  las  Indias  occidentales  tres  Arzobis- 
pados, y  los  del  Consejo  Real,  por  mandado  del  Emperador, 
remitieron  á  las  Cancillerías  todos  los  pleitos  eclesiásticos  y 
otros  que  ante  ellos  pasaban  para  que  ellos  conociesen  siem- 
pre de  ellos.  Y  otras  muchas  cosas  que  en  este  año  pasaron.       92 


—  312  — 

Páginas. 

CAPITULO  XIII 

Cómo  el  Conde  de  Flisco  se  quiso  alzar  en  la  ciudad  de  Genova 
en  nombre  del  Rey  de  Francia,  y  no  habiendo  efecto  su 
intención  fué  ahogado  en  la  mar,  retrayéndose  á  sus  gale- 
ras, saltando  de  una  á  otra  para  irse  con  ellas  á  ponerse 
en  salvo,  y  la  justicia  que  la  Señoría  hizo  de  los  que  habían 
sido  participantes  en  la  traición  con  el  dicho  Conde 94 

CAPÍTULO  XIV 

Cómo  fué  muerto  á  puñaladas  él  Duque  de  Plasencia  Pero  Luis 
Frenesio  por  ciertos  caballeros  de  la  dicha  ciudad,  la  cual 
fué  entregada  á  D.  Hernando  de  Gonzaga,  Capitán  general 
y  Gobernador  del  Estado  de  Milán,  debajo  de  cierta  capitu- 
lación que  con  él  hicieron  en  nombre  de  Su  Majestad 97 

CAPITULO   XV 

De  las  cosas  que  acontecieron  el  año  1548.  Primeramente  de 
cierta  protestación  que  hizo  D.  Diego  de  Mendoza  al  Sumo 
Pontífice  Paulo  Tercero  en  nombre  del  Emperador  D.  Car- 
los, estando  Su  Santidad  en  el  Sacro  Senado,  á  23  días  de 
Enero     103 

CAPITULO  XVI 

Cómo  el  Emperador,  con  parecer  de  grandes  letrados  y  hom- 
bres de  buena  vida,  determinó  de  dar  cierta  orden  y  manera 
de  vivir  así  en  la  fe  como  en  costumbres  á  la  gente  del  Im- 
perio, sometiéndola  á  lo  que  en  el  general  Concilio  se  de- 
terminase      114 

CAPITULO  XVII 

Cómo  el  Emperador  en  estas  Cortes  mandó  hacer  cierta  paz 
pública  entre  los  Electores  y  Príncipes  del  Imperio.  Y  dio 


—  313  — 

Páginas. 

cierta  instrucción  que  habían  de  guardar  acerca  de  la  po- 
licía de  las  ciudades  de  Alemania  y  de  la  reformación  del 
juicio  de  la  Cámara  Imperial 162 

CAPITULO  XVIII 

Cómo  el  Emperador  D.  Carlos  dio  la  investidura  de  Elector  y 
de  otros  Estados  á  Mauricio,  Duque  y  Conde  Palatino  de 
Sajonia.  Y  las  solemnidades  que  en  el  tal  acto  se  hicieron.     167 

CAPITULO  XIX 

De  las  fiestas  que  se  hicieron  en  Alcalá  de  Henares,  estando 
allí  el  Príncipe  D.  Felipe.  Y  cómo  Su  Alteza  hizo  llama- 
miento de  Cortes  para  Valladolid,  donde  mandó  mudar  la 
Corte.  Y  la  venida  del  .Duque  de  Alba  en  postas  desde  Ale- 
mania á  la   dicha   villa 177 

CAPITULO    XX 

De  las  peticiones  que  los  Procuradores  de  Cortes  dieron  á  Su 
Majestad  de  cosas  cumplideras  al  servicio  de  Dios  y  de 
estos  Reinos.  Y  lo  que  Su  Majestad  respondió  á  las  dichas 
peticiones  ó  capítulos ISO 

CAPITULO  XXI 

Cómo  el  Príncipe  D.  Felipe  fué  por  las  Infantas  sus  hermanas, 
que  estaban  en  Alcalá  de  Henares,  y  las  trajo  á  Valladolid. 
Y  de  otras  cosas  que  acontecieron  á  señores  de  estos  Reinos 
y  provisiones  que  Su  Majestad  hizo  de  Obispados 210 

CAPITULO   XXII 

De  lo  que  el  Emperador  hizo  en  la  ciudad  de  Augusta  después 
que  fueron  acabadas  las  Cortes  y  reformadas  las  cosas  de 
la  fe  y  de  la  policía  de  las  ciudades  del  Imperio, 214 


—  314  — 

Páginas- 

CAPITULO  XXIII 

Cómo  el  Príncipe  ordenó  su  casa  por  mandado  del  Emperador 
su  padre  al  uso  de  Borgoña,  nombrando  chamarlanes  y  ma- 
yordomos y  gentileshombres  y  todos  los  otros  oficios  de  su 
casa 216 

CAPITULO  XXIV 

De  las  ordenazas  que  el  Príncipe  D.  Felipe  mandó  hacer  para 
que  fuesen  guardadas  de  los  oficiales  de  su  Casa  Real,  so  las 
penas  en  ellas  contenidas 220 

CAPITULO   XXV 

De  la  venida  del  Príncipe  Maximiliano  á  España,  y  cómo  lo 
salió  á  recibir  el  Condestable  de  Castilla  dos  jornadas  de  la 
villa  de  Valladolid,  y  el  casamiento  que  se  hizo  entre  el 
dicho  Príncipe  y  la  Infanta  Doña  María,  hija  del  Empera- 
dor Don  Carlos.  Y  de  la  partida  del  Príncipe  D.  Felipe  á 
Barcelona.  Y  de  otras  cosas  que  pasaron  en  la  dicha  villa...     223 

CAPITULO  XXVI 

Cómo  el  Príncipe  D.  Felipe  partió  de  la  ciudad  de  Barcelona 
y  de  allí  fué  á  Castellón  y  á  Rosas  y  á  Colibre,  puertos  de 
España,  y  á  la  villa  de  Perpiñán,  y  de  allí  pasando  el  golfo 
de  Narbona  fué  á  Aguas  Muertas,  lugar  de  Francia,  donde 
estuvo  algunos  días  por  no  hacerle  tiempo  para  su  viaje, 
al  cabo  de  los  cuales  se  partió  y  llegó  á  la  ciudad  de  Ge- 
nova, pasando  por  cerca  de  Marsella  y  por  Saona 228 

CAPITULO  XXVII 

Del  muy  solemne  recibimiento  que  fué  hecho  al  Príncipe  en  la 
ciudad   de   Genova  y  los  muchos   arcos  triunfales  é  inven- 


—  315  — 

Paginas. 

ciernes  que  allí  hubo,  y  los  banquetes  y  fiestas  que  á  Su  Alteza 
fueron  hechos  en  la  dicha  ciudad 234 

CAPITULO  XXVIII 

Cómo  fué  hecho  al  Príncipe  D.  Felipe  un  solemnísimo  recibi- 
miento en  la  ciudad  de  Milán,  de  muchos  arcos  triunfales 
con  muchas  y  muy  sutiles  letras  é  invenciones.  Y  los  seño- 
res y  caballeros  que  acompañaron  á  Su  Alteza.  Y  los  muy 
ricos  vestidos  y  libreas  que  sacaron.  Y  otras  cosas  que  allí 
acontecieron    '. 241 

CAPITULO  XXIX 

Cómo  el  Príncipe  Maximiliano  y  la  Princesa  Doña  María  su 
mujer  quedaron  por  Gobernadores  de  estos  Reinos  por  el 
poder  que  Su  Majestad  envió  á  Sus  Altezas,  juntamente  con 
cierta  instrucción  y  orden  que  habían  de  tener  acerca  de  la 
expedición  de  los  oficios  y  otras  cosas,  y  la  orden  que  habían 
de  tener  acerca  de  la  gobernación  de  la  justicia 248 

CAPITULO    XXX 

De  las  cosas  que  acontecieron  en  el  año  1549.  Primeramente 
las  fiestas  que  D.  Hernando  de  Gonzaga,  Capitán  general 
del  Emperador  en  Italia,  hizo  en  Milán  al  Príncipe  D.  Fe- 
lipe, y  en  el  desposorio  de  su  hija  con  el  hijo  de  Ascanio 
Colona.  Y  cómo  Su  Alteza  partió  de  Milán  para  la  ciudad 
de  Mantua,  donde  el  Duque  y  Cardenal  su  tío  y  el  Duque  de 
Ferrara  le  hicieron  muchas  fiestas  y  regocijos 263 

CAPITULO  XXXI 

Cómo  el  Príncipe  D.  Felipe  fué  á  la  ciudad  de  Trento,  jjasando 
por  muchos  lugares  de  la  Señoría  de  Venecia.  Y  el  recibi- 
miento que  le  fué  hecho  en  la  dicha  ciudad  y  las  fiestas  y 
banquetes  que  allí  se  le  hicieron  por  parte  del  Cardenal  de 
Trento 263 


—  316  — 

Páginas. 

CAPITULO   XXXII 

De  ciertas  fiestas  que  la  Reina  María  hizo  al  Emperador  y  al 
Príncipe  D.  Felipe  su  hijo  en  la  villa  de  Bince  por  el  mes 
de  Agosto 267 

CAPITULO  XXXIII 

De  la  traslación  que  se  hizo  del  cuerpo  de  la  Princesa  Doña 
María,  mujer  del  Príncipe,  á  la  capilla  de  los  Reyes  en  la 
ciudad  de  Granada,  porque  después  que  Su  Alteza  murió 
había  estado  depositado  en  el  monasterio  de  San  Pablo,  de 
Valladolid,  yendo  con  el  dicho  cuerpo  D.  Pedro  Manuel, 
Arzobispo  de  Santiago 286 

CAPITULO    XXXIV 

Cómo  después  de  partido  el  Príncipe  D.  Felipe  de  España  se 
le  quitaron  sus  cuartanas  al  Príncipe  Maximiliano,  y  las 
fiestas  que  hubo  en  Valladolid,  é  ida  de  la  Infanta  Doña 
Juana  á  la  villa  de  Aranda,  y  otras  cosas  que  acontecieron 
en  este  tiempo  en  la  Corte 2S0 

CAPITULO  XXXV 

Cómo  el  Emperador  envió  á  Roma  á  Martín  Alonso  de  los  Ríos, 
gentilhombre  de  su  casa,  para  tomar  concordia  con  el  Papa 
sobre  lo  que  pedía  de  la  ciudad  de  Plasencia.  Y  cómo  Su 
¡Santidad  envió  por  dos  veces  á  llamar  á  los  Cardenales, 
Arzobispos  y  Obispos  que  estaban  en  la  ciudad  de  Trente 
para  que  fuesen  á  Roma,  porque  tenía  necesidad  de  consul- 
tar con  ellos  ciertas  cosas  cumplideras  á  la  fe.  Y  la  muerte 
de  Su  Santidad  '. 294 

CAPITULO  XXXVI 

De  algunas  cosas  que  en  este  tiempo  acontecieron  en  la  villa 
de  Valladolid  y  cómo  la  Reina  de  Bohemia  parió  una  hija. 


rif  i-7 
Olí    — 

Páginas. 

Y  cómo  el  Emperador  mandó  acrecentar  dos  Oidores  más 
de  los  que  estaban  en  el  Consejo  de  las  Indias,  y  de  una 
carta  que  Su  Majestad  dio  contra  los  que  mercasen  pan 
para   revenderlo    299 

CAPITULO  XXXVII 

Cómo  el  Jerife,  Rey  de  Marruecos,  vino  sobre  la  ciudad  de  Fez 
y  la  tomó,  prendiendo  al  Rey  de  Fez,  que  en  ella  estaba.  Y 
otras  cosas  que  acontecieron  en  este  año 302 


TABLAS  ALFABÉTICAS 


ADVERTENCIAS 


i.*  Las  cifras  en  letra  numeral  (romanas),  ó  sea  I,  II,  III, 
IV,  V,  indican  el  tomo  de  la  obra  ;  las  que  siguen,  entre  co- 
mas, con  guarismo  moderno  ó  arábigo,  la  página  del  respectivo 
tomo.  Cuando  en  varias  páginas  seguidas  se  menciona  el  mis- 
mo nombre  de  persona  ó  lugar  no  se  consignan  todas,  sino  la 
primera  y  la  última,  unidas  por  guión. 

2.a  En  el  texto  de  la  obra  y  en  estas  tablas  los  nombres  de 
personas  y  lugares  se  han  impreso  tal  como  se  leían  en  la  copia 
del  manuscrito  original,  y  á  ciencia  cierta  en  muchos  casos  de 
que  el  autor  ó  el  copiante  los  habían  escrito  mal,  así  como  so- 
naban, y  á  veces  de  modo  distinto  en  unos  y  otros  capítulos 
de  la  Crónica,  prescindiendo  de  la  ortografía  del  correspondiente 
idioma  (francés,  inglés,  alemán,  etc.),  ó  dándoles  forma  es- 
pañola, como  era  muy  común  en  aquellos  tiempos  entre  nues- 
tros escritores. 


TABLA   ALFABÉTICA 


de  los  nombres  de  personas  citadas  en  esta  Crónica. 


Abdalá. — Véase  Muley. 
Abdel   Cader.— V.    Muley. 
Abderehen   (el  moro). 

ni;  291. 
Abmanetín    (el  capitán  turco). 

IV;  67. 
Abraham  Beque. 

m;  549,  551. 
Abrai,     Abrahim,     Abrahim,      Abran 
Eassá..  Bajá. 

III;  217,  218,  415,  418,  533,  534. 
Abrayuvasa    (el  general  turco). 

III;  24. 
Absun    (monsieur  de). 

IV;  297,  300,  301,  372,  387,  388, 
Acevedo   (Diego  de). 

IV;  268.    . 

V;  217,  224,  228,  229. 
Aceves  (el  doctor). 

V;  93,  306. 
Acoss    (Enrique) . 

V;   115. 
Acosta    (Alvaro) . 

I:  184. 
Acosta    (el  capitán), 

•IV;  569. 
Acre    (Rencio   de). 

III;   16. 
Acuña    (Antonio  de). 

I;  61,  333,  358-360,  366-369,  377, 
420-423;  452-457,  461-463,  465, 
471-477,  480,  506. 


'     II;  231,  232. 
Acuña   (Diego  de). 

IV;  339,  341. 

V;  179,  217,  276. 
Acuña    (el  licenciado) . 

I;  346,  399. 
Acuña    (Fadrique   de). 

I;    117. 
Acuña  (Juan  de). 

I;    235. 

IV;   167-169,    268. 

V;  217,  267,  268,  274,  286. 
Acuña    (Ñuño  de). 

III;  495,  496. 
Acuña    (Pedro  de). 

III ;    143. 

V;   305.  - 
Acuña   (Rodrigo  de). 

ni;   471. 
Acuña    (Vasco  de). 

IV;  347,  395,  397. 
Adantrio    (el   canciller). 

IV;  531. 
Adorno    (Antonio). 

II;   242. 
Adorno    (conde   Jerónimo) . 

I;   508,   511.. 
Adriano  de   Utrech,    Adriano   VI. 

I;   23,    86-99.    101,    108,  113,    116. 
117,  123,  154,  504,  505. 

II;    66,    75,.  252,    255. 
Adulfo   (el  duque). 

IV;    107. 
Adurahamel    (el  rey). 

21 


—  322 


I;  41. 
Aeste    (Francisco  de). 

IV;    245,    247,    254. 
Afán  de  Rivera    (Pedro). 

IV;    542. 
Añito. 

I;  122. 
Agá    (el  maestre  de  genízaros) . 

II;  27. 
Agamet,    Agamont,    Agamonte    (con- 
de de). 

IV;  434-436 

V;  268,  269,  273,  277. 
Agorbas    (el  platero) . 

I ;  379. 
Agramonte    (barón  de). 

II;  414. 
Agramonte    (mosioar   de) . 

III;  391. 
Aguena    (Juan   Pedro). 

III;  399. 
Agüera   (Diego  de). 

I;  379. 
Agüera  (el  doctor). 

I;  378. 
Águila   (Diego  del). 

I;    122. 
Águila   (el  doctor  del). 

V;  218. 
Águila    (Ñuño  del). 

IV;  344. 
Águila   (Sancho  de). 

I;  155. 
Águila    (Suero   del). 

I;   155,   261,   246,  377. 
Aguilar    (el  armero). 

I;   381. 
Aguilar   (el  bachiller). 

I;  380. 
Aguilar    (conde  de). 

I;  358,  458,   466. 

III;   89,  259. 

IV;   9. 

V;  213. 
Aguilar    (Jerónimo  de). 

I;   211. 
Aguilar   (Marcos  de). 

II:  316. 


Aguilar    (marqués  de). 

T;  68,   155,  229. 

III;  258,  331,  430,  435,  467,  4.HH 
499. 

IV;   95,   243,   333. 
Aguilar    (marquesa  de). 

III;   12. 
Aguiíara    (conde  de). 

IV;   289,  290. 
Aguilara    (conde   de). 

IV ;  393. 
Aguilera    (el  capitán). 

V;   234. 
Aguilera   (el  comendador). 

II;    298. 
Aguilera    (Hernando  de). 

IV;  379. 
Aguirre    (Alonso  de). 

T;   225. 
Aguirre  (el  capitán). 

I;   452. 
Aguirre  (el  consejero). 

I;  134. 
Aguirre    (el  licenciado). 

I;  399,   455. 
Agustín    (micer) . 

II;  77. 
Aillón   (el  licenciado). 

III;  480. 

IV;   444. 
•Aimeries   (Mr.  de). 

I;   430,  431. 
Ajal    (el  caballero  de). 

IV;  300,   301. 
Alaba   (el  licenciado). 

IV;  332. 
Aladuli   (el  señor). 

III;   411,  414. 
Alaejos    (el  señor  de). 

III;  10. 
Alarcón    (el  capitán). 

IV ;  570. 
Alarcón    (el  gobernador  de  la  Pulla). 

II;  101. 
Alarcón    (el  señor  de). 

I;   138. 

II;  160,   175,  299,  400,  402. 
Alarcón   (Fernando  de). 


323 


III;  14,  16,  178,  261,  220. 
Alarcón    (Francisco  de) . 

III;    143. 
Alarcón   (Hernando  de). 
II:  68,  70. 
III;  323. 
IV;  96,   97. 
Alarcón    (el  marqués). 

III ;  271,  272,  279. 
Alarcón   (Sancho  de). 

III;   522,   523. 
Álava    (el  licenciado). 

V;  305. 
Alba    (condesa  de). 

V;   212. 
Alba    (duque   de). 

I;    11,  23,    24,  25,   30,   41,    57-08, 
.       92,  113,  115,  140-142,  184,  198, 

217,   229. 
II;   248-. 

III:   141,    170,    255,    271-273,    277, 
323,   331,   356,   365,   397,  398, 
400,   403,  404,    406,  410,   507, 
510. 
IV ;  9,  50,  55,  57,  59,  118,  119,  152, 
167,   168,  243,   268,   270,   272, 
336,   341,   342,   346,  458,   492, 
503,     504,     509-522,     525-527, 
532-534,  537. 
V;  8,  9,  18-40,  177-179,  212,  216, 
225-229,     243,     253,     262-267, 
273,  274,  285. 
Alba   (el  licenciado). 

IV;  454. 
Alba    (Pedro  de). 

II;   246. 
Alba  de  Liste  (conde  de). 

I;   184,    248,    333,   334,    350,    357, 

457,  469. 
V;   212,   291. 
Albanés   (Alvaro). 

III;   270. 
Albania    (duque  de). 
II;   157,   158.. 
III;  336. 
Albania  (Mr.  de). 

II ;  186. 
Albert    (Bernal). 


IV;  173. 
Albertini     (el   capitán). 

I;   380. 
Alberto    (él   marqués). 

IV;  509,   510,   519,   523,   527. 
V;   16,   17,  26,   34,   35. 
Albice  Farnese   (Pirro). 

III;   324. 
Albornoz    (Rodrigo  de). 

II;   170,   175 
Albret    (Enrique   de). 

II;   213. 
Albris    (Juan   de). 

V;  97. 
Alburquerque    (duque  de). 
I;  357. 
II;   319. 
III;   509. 
IV;  9,  10,  23,  200,  202,  248,  336. 

366,  441,  454. 
V;  224. 
Alcalá    (el  bachiller  de). 

I;  380. 
Alcaraz    (el   capitán). 

III;  486. 
Alcaraz    (el  maestro). 

II;   89. 
Alcaudete    (conde  de). 
III;  316,   317. 
IV;  78,  119,  302,  305,  306. 
Alcazaba    (Simón  de). 

III ;  26. 
Alcítriense    (el   cardenal). 

II;    40. 
Alcocer    (Luis  de). 

III;   269. 
Aldama    (Lorenzo  de) 

IV;   567. 
Aldana    (el  capitán). 

V;    22. 
Aldatario    (el   obispo). 

II;   300. 
Aldemburga    (gravio   de). 

V;   167. 
Aldere/te    (Alonso    de). 

I;   381. 
Alebán    (el  capitán). 
III;  266. 


324   - 


Alejandro  VI. 

II;   34,  297. 
Alemán   (Juan). 

I;  231,  415,  498,  516. 

II;   148,  152,   167,   175,    178,   180, 
220,  333,   427,   428,   462,  463. 
Alencon    (madama  de) . 

II;    174. 
Alencon    (Mr.  de). 

I;  497. 

II;   98. 

Aliamate   (el  capitán). 

III;  185. 
Ali  Hamet. 

IV;   78,   79,  85-87. 
Aliprando    (el   coronel). 

IV;   373,   374. 
Alixandro   (el  duque). 

III;  82,  90. 
Almagro    (Diego  de). 

III;  121-123,   189,   194,    225,    490- 
495. 

IV;  327-332. 
Admaraz    (Diego   de). 

I;   377. 
Almarazati    (Abraham). 

III;  291. 
Almazán    (el   licenciado) . 

V;    218. 
Almeida   (Esteban  de). 

IV;  49,  144,  541. 
Almildez    (Pero  ó  Pedro). 

II;    171. 

IV;  213. 
Almirante   (Juan). 

II;  70. 
Almísattnco   (el  capitán  turco). 

IV;  67. 
Alonso   (Diego). 

I;  382. 
Alonso  de  Guzmán  (Juan). 

IV;  262,  267. 
Alonso  de  los  Ríos   (Martín). 

III;   115,  281. 

V;   294. 
Alsacia   (duque  de). 

IV;  258. 
AUamira    (conde   de). 


I;  41. 

III;  90,  141. 

IV;    9,    339. 
Alvarado    (Alonso  de). 

III;   493,   494. 

IV;    330,   331. 
Alvarado    (García  de). 

IV;  330. 
Alvarado    (Gonzalo  de). 

III;    486. 
Alvarado   (Hernando  de). 

IV;    99,    100 
Alvarado    (Juan   de). 

IV;  131,  212,  213. 
Alvarado    (Pedro  de). 

II;   167,   169. 

III;  490,  491. 

IV;  129,   131,   133,  213,  219,  481. 
Alvarez    (el  licenciado). 

IV ;  319,  563,  565,  570. 
Alvarez     (Francisco) . 

IV;  99. 
Alvarez    (Vicente). 

V;   219. 
Alvarez  Cueto   (Diego). 

IV;   562-565. 
Alvarez  Holguín  (Pero). 

IV;   330,   331. 
Alvarez    Pacheco    (Iñigo). 

V;    218. 
Alvaro   (el  licenciado). 

IV;   476. 
Alviano  (Bartolomé  de). 

I;  38,  39,  72,  73,  77,  82. 
Amato  (el  bajá). 

IV;   273. 
Ambara    (conde  de). 

III;    77. 
Amicen    (Enrique). 

IV;    103. 
Amurato  (el  turco). 

I;   79. 
Ana    (la  archiduquesa). 

II;  308,  314,  315. 
Ana   (la  reina) . 

IV;    490. 
Anaburque  (duque  de). 

III;   96. 


—  325 


Anatolia    (el  bajá  de  la). 

IV;  273,  274. 
Anaya    (Francisco  de). 

I;  378. 
Anbad   (el  capitán). 

II;  99. 
Ancona    (el   cardenal  de). 

III;    68,   81,  85. 
Andamburge    (conde   de). 

IV;  516. 
Andrada    (Fernando   ó  Hernando   de). 

I;  8,  112,  226,   229,  504. 

II;    432. 

III;    10. 
Andrea    (Juan) . 

III;  462. 
Andrea    (micer) . 

I;  23,  25. 
Andújar    (Luis   de). 

II;   24. 
Angeles    (Bartolomé    de    los). 

III;    292. 
Angeles    (Francisco   de  los). 

II;  271,  302,  459. 

IV;   95. 
Angisola  ó  Anguijola  (el  conde  Juan). 

V;  98,  99,  256. 
Anguien    (conde  y  monsieur  de). 

IV;  289,  294,  368,  371,  373,  376, 
380,  381,  387,  391. 
Anguilara    (conde  de). 

II;   272. 

III ;  402,  538. 

IV;  244. 
Angulema    (duquesa  de). 

III;    59. 
Angulema   (Francisco,  señor  de) . 

I;  20;   62,   80. 

II;  259,  293. 
Angulema    (Margarita   de). 

II.    173. 
Ángulo    (Juan   de). 

I;    382. 
Anibau    (monsieur  de) . 

IV;    174. 

Annebaut   (Mr.  de). 

II;  99. 
Antrenoue   (conde  de). 


II;   106. 
Añasco    (Juan   de) . 

IV;  443. 
Aponte    (el   comendador). 

III;    202. 
Araceü   (el  cardenal  de). 

I;   196. 
Aragón    (Alonso  de). 

I;  94,  95,  223,  375. 
Aragón   (Ana  de). 

I;  85,  371,  430. 
Aragón    (Antonio  de). 

III;  178,  261,  399,  406,  432,  43-1. 

IV;  212. 
Aragón    (Blasco   de). 

III;    260. 
Aragón    (Fernando  de),  duque  de  Ca- 
labria. 

I;   9. 

II;   226,   245,  432. 
Aragón    (Francisco  de). 

III;  90. 
Aragón    (Hernando  de). 

V;  217. 
Aragón    (Juan  de). 

I;    223,  375. 

II;  432. 

III;  329. 
Aragón    (Martín   de). 

II;  444. 
Aragón    (Miguel  de). 

II;  246. 
Aramberga    (conde   de). 

V;  273. 
Aranda    (conde  de). 

II;    418,  432. 
Arangetili   (barón  de). 

I;  138. 
Arbes    (monsieur  de) . 

V;  285. 
Arce   (Diego  de). 

I;   382. 
Arce  ó   Arze    (el  maestre  de  camp')- 

III;  409,  432,  456,  535,  537. 

IV;  504,  511. 

V;   24,   216. 
Arce    (García  de). 

I;  382. 


-   326 


Arce   (Hernando  de). 

II;    23. 
Arcos    (duque  de). 

I;  371,  429. 

II;  227,  229,  230. 
Arcos    (Félix   de). 

IV;  380,   387. 
Arcoth    (duque  de). 

I:  404. 
Archidona    (María  de). 

I;   34. 
Archot    (marqués   de). 

I;  276. 
Areje    (Simón  de). 

III;  203. 
Arellano   (Carlos  de). 

T;  336,   349,  453. 
Areliano    (Tristán    de). 

IV;   98. 
Arenburg   (señor  de). 

IV;    258. 
Arexo    (Sinán   de). 

III;    266. 
Arezcot  (el  duque). 

V;   216. 
Argut  Arráez. 

IV;   556,   557. 
Ariar.o    (duque   de). 

III;  270. 
Arias    (Cristóbal) 

III;    431. 
Arias    (Pedro). 

III;  78. 
Arias   de  Avila    (Pedro). 

II;    170. 

III;    121,    542. 
IV ;  218,  219,   442. 
Arias  Maldonado. 

IV7;    562. 
Arias   Pardo. 
IV;    200. 
Ariscot    (duque   de). 

IV;   254,   255,   436. 
Ariscot    ó   Ariscóte    (marqués   de). 

III;   69,   90 
Alistan    (señor  de). 

IV;   505. 
Armagnac    (conde  y   Mr.    de). 


I;    8. 
II;    99. 
Armans    (Mr.  de). 

II;   224. 
Armestos  !el  caballero). 

I;    123. 
Arscot,   Arscochot    (marqués   de). 
II;   112,   215. 
III;    71. 
Artal    (Jerónimo) . 

IV;  220. 
Arves    (monsieur  do).  • 

IV;    435. 
Arze  (el  maestre  de  campo). — V.  Arce. 
Arre    (Alonso  de). 

I;  381. 
Ascanio    (el  señor) . 
TI;. 408. 
IV;   116,  435. 
Ascoli    (príncipe  de). 
III;   323. 

IV;  268,  270,   342.  343. 
V;   243,  255,    265,    268,   269.   275. 
Ascot    (marqués  de). 

III;   59. 
Asculeta    (harón   de   la). 

III;  261,  270. 
Aste    (Alonso  de). 

III;  224. 
Aste    (Francisco  de). 
III;   365,  435. 
IV;   397,   431. 
Astorga   (Juan  de). 

V;   219. 
Astorga    (marqués  de). 

I;    198,   229,   357,   369. 
III;  79,  82,  89,  259. 
IV;   270,   272. 

V;  224,  228,   229,    243,    262,    265. 
266,  269',  273,  279. 
Atabafiba. 

III;    166-173,    189,    190,     192-195. 
Ataid    (Alonso). 

IV:   141. 
Atín    (Juan). 

II;  408. 
Aubigny    (Mr.    de). 
I;    4,    5,    8,    10. 


-  327  — 


II;  99. 
Aubijou    (Mr.    de). 

II;  99. 
Augusta    (el  cardenal  de). 

II;   40. 

IV;  487,  488,  492,  505,  525,  536. 

V;  172,   215,  264-266. 
Augusto    (el  duque). 

V;    173-175. 
Austria    (Alberto  de). 

II;   107. 
Austria    (archiduque,    duque    de). 

I;  403. 

II;    40,    261. 
Austria    (archiduquesa  de). 

I;  125. 
Austria    (Jorge   de). 

II;    261. 

IV;  130,  449. 
Austria    (Leopoldo  de). 

IV;   95. 
Ausun    (monsieur  de). 

IV;  219.     . 
Autrey    (señor  de). 

II;  112. 
Avalos    (Cesáreo   de). 

IV;  555. 
Avalos   (el  licenciado). 

I;  380. 
Avalos    (Gaspar  de). 

II;  119,  120,  246. 

IV;    21,    238. 
Avalos   (Hernando  de). 

T;  217-219,  224-227,  271,  377,  464, 
465. 

II;  68,   69,  82,  237-239,  319. 

III ;  11. 
Avalos   (Iñigo  de). 

IV;  555. 
Avalos    (Rodrigo    de). 

III;  464. 

IV;  393,  406. 
Avellaneda  (Juan  de). 

V;  217. 
Avila    (Diego  de). 

I;  83. 

III;   272. 
Avila    (Francisco  de). 


III;  99. 
Avila    (Gómez  de). 

I;  377. 
Avila    (Iñigo  de). 

V;  218. 
Avila    (Juan  de). 

I;  258,  381. 

V;  217. 
Avila    (Luis  de). 

ni;    90,    260. 

IV;    50. 

V;   268. 
Avila    (Pedrarias  de). 

I;   78. 

III;    121. 
Avila    (Pedro   de). 

I;   377,  455. 

III;  90. 

V;   217,    268. 
Avila  Alvarado    (Alonso  de). 

I;  211. 
Avila   y   de   Zúñiga    (Luis). 

IV;    487. 
Ayala    (Bernardino  de). 

V;  218. 
Ayala    (García   de). 

V;   268,    277. 
Ayala    (Iñigo   de). 

I;    476,    478. 
Ayala    (Juan    de) . 

I;    248. 
Ayala   (Martín  de). 

V;  213. 
Ayas  Bassá. 

ILT;    450,    452. 
Ayola   (Juan  de) . 

III;   487-489. 
Ayponte   (el  maestre  de  campo), 

IIT;    199. 
Azal    (el    caballero). 

III;  457,  458. 
Azpeitia    (Martín  de). 

I;    134. 


Badur   (el  rey). 
III;  548. 


328  — 


Baeza    (Alonso  de). 

Til;  505. 

TV;   47. 
Baf rea    (Cristóbal') . 

III;   459. 
Bai    Boda,    Baiboda    de    Transilvania 
(Jorge,  Juan,  etc). 

II;    278,    279,    401. 

IV;   III,  191. 
Bailen    (conde  de). 

IV;   263,   265,    267. 
Ba!anzon    (señor  de). 

II;    454. 

III;  127,  361,  376. 
BeSbas    (Hernando). 

I;  379. 
Balboa   (Juan   de). 

IV;    78,    86. 
Balboa    (Martín  de). 

IV;   332. 
Balburge    (Guillermo  de). 

V;   70. 
Baldo   (Guido). 

III;    539. 
Baldo  (Julio). 

III;   539. 
Balencian. 

I;   442. 
Baliot  de  la  Concordia    (conde). 

III;   345. 
Balsa   (Juan). 

IV;  332. 
Baltanás    (Andrés  de). 

I;  382. 
Bandoma   (los  de). 

IV;  431. 
Bango    (Federico  de). 

II;  216. 
Banrós  ó   Rosenio    (Martín). 

IV;    206. 
Bañón   (Juan  de) . 

IV ;  38. 
Baños    (marqués   de). 

IV;  38. 
Baoa,   Balboa?    (Juan  de). 

IV;   86. 
Barahona    (Alonso   dé). 

I;   455,   456 


Barba  de  Campos    (Isabel). 

IV;  271. 
Barbanson    (monsieur  de) . 

IV;   159,  528. 

V;   273,    274. 
Barbarroja. 

I;  132,  185,  186. 

II;  161,  162,  320,  416. 

III;  26,  27,  67,  134,  185,  188,  201- 
203,  237,  244,  263,  265,  267, 
276-280,  282,  303,  342,  374, 
377,  411,  412,  414,  417,  450- 
453,  466,  523-527,  531. 

IV ;  28,  30-33,  35,  68,  288-291,  293, 
295,  389,  393,  396. 
Barbason    (señor  de).— V.   Barbanson, 
Barbesieux   (Mr.  de). 

II;  99. 
Barbiano  (Alberico). 

II;  307. 
Barbiano    (Antonio) . 

II;  394. 
Barbiano   (Ludovico) , . 

II;  394,  395 

III;  74. 
Barben    (monsieur  de). 

V;   275. 
Barbosa    (Duarte) . 

II;  20. 
Barco   (Pedro  de). 

IV;   565. 
Baresi    (Francisco) . 

I;   122,   123. 
Bargas  (Juan  de). 

III;  27. 
Baro   (Bernardino) . 

I;  423. 
Bars   (Guillermo  des). 

III;  29. 
Bartolomé    (el   embajador). 

II;   75. 
Barrientes    (Cristóbal  de). 

IV;  331. 
Barrientos   (Pedro  de). 

I;  379. 
Basa    (Juan  del. 

IV;  328. 
Bastida  (Fioramonte  de  la). 


—  329  — 


IV;   37. 
Bastida  y  Potenciaría  (marqueses  de). 

TV;  38. 
Bastidas   (Rodrigo  de). 

ni;   542. 
Baviera    (duque  de). 

I;  199. 

m ;  84,  85,  94,  95,  356,  365,  390, 
398. 

IV;  102,  205,  458,   487,  488,   490- 
492,  508,  517. 

V;  70,  172. 
Bay    (Edémonte  de). 

IV;  38. 
Bayard    (Jilberto) . 

IV;  408. 
Bayardo    (Mr.  de). 

II;   70. 
Barayote    (Lobo) . 

II;  322. 
Bay   boda   (Juan). — V.    Bai   Boda. 
Bayuelos   (el  regidor). 

IV;  454. 
Bazán   (Alvaro  de). 

I;  442. 

II ;  320. 

III;  104,  264,  282,  389,  399.  403. 
410,  506,  540. 

IV ;  79,  81,  309,  312. 

V;  224. 
Bazán    (Pedro  de). 

I;  357. 
Bazán    (Rodrigo  de). 

.    V;  218,  275. 
Bearne    (príncipe  de). 

I ;  491. 
Beauge   (Federico  de). 

II;  98. 
Becerra    (el  capitán). 

IV;   169,   172. 
Bederrobada  (monsieur  de). 

V.;  274. 
Bójar    (duque  de). 

II;  92,  226,  248,   283. 

III;   136,   141. 

IV;   8,   23. 
Belayo    (Juan). 

IV;  461. 


Belchite    (conde  de) 

II;  432. 
Belinson    (señor  de). 

III;  384. 
Beljoyoso    (oonde  Luis). 

II;  467. 
Belmonite     (Juan   Manuel,    señor    de) 

III;  10. 
Beltrán   (el  doctor). 

I;    346,   399. 

II;    93. 

IV;  317. 
Belzares   (los). 

III;   545. 
Bellica    (Hernando  de). 

I;  381. 
Bello  (el  doctor). 

I;   346. 
Bemelberg    (Conrado  de). 

V;   174. 
Benaicázar   (conde  de). 

I;  168. 
Benaicázar  (el  capitán). 

III;   490. 

IV;   568,   570 
Benaicázar    (Sebastián  de). 

III :   545,  547. 
Benavente    (conde  de). 

I;  30,  198,  229,  256,  357,  422,  450. 

II;  432. 

III;     258,     324,     331,     356,    365, 
398,  400,  435,  507,  510. 

IV;  9,  10,  23,  238,  268,  270,  335. 

V;    179,    210,    292. 
Benavente    (Juan  de). 

I;    378. 
Benavides   (Francisco). 

V;    219. 
Benavides    (Juan  de). 

V;   218,   268. 
Benavides   (Luis  de). 

IV;   338. 
Benavides    (Manuel  de). 

I;  5. 
Benavides  (Mendo  de). 

IV;   307,   308,   392. 
Benavides   (Rodrigo  de). 

V;    218. 


—  330  — 


Benedicta    (la    Sra.    Doña). 

V;   231. 
Benítez    (Alonso). 

IV;    84. 
Benito    (Juan). 

I;   378. 
Benivello   (conde). 

IV;  209. 
Bentivoglio    (Alejandro). 

II;  96,  304. 
Berberán    (Enrique) . 

II;   418. 
Berenguel    (el  capitán). 

III;   264,   403. 
Berenguel    (el   general   Don). 

IV;  70. 
Berghes  (Mr.  de). 

I;    92. 
Berjes    (madama   de). 

IV;  433. 
Ber langa    (marqués   de) « 

IV;   9. 
Berlebeo. 

III;  23,  24. 
Bermejo   (Rodrigo) . 

III;  471. 
Bernal    (el  doctor). 

IV;  317,  319. 
Bernardíno    (el  licenciado). 

I;    379. 
Bernardino    (Francisco) . 

IV;  370,   387,  388. 
Bertoldo    (el   conde). 

II;    315. 
Berry    (duque   de). 

I;   81. 
Beure,   Beur    (Mr.   de). 

I;   23,  25,  160,   182. 

II;    454. 
Bezana    (el  basa  de). 

IV;    30,   31. 
Biamonte    (Juan   de). 

I;   59. 
Bienmarcado    (Bernardino). 

IV;  381. 
Bierry   (Mr.  de). 

II;   99. 
Bievres    (señor  de). 


II;  215. 
Bilbao    (Juan  de). 

I;  379. 

II;  11,  13. 
Besignano    (príncipe  de). 

I;  229. 
Blanca  de  Navarra. 

I;   84. 
Blancacio    (Aníbal). 

IV;   300. 
Blosir    (monsieur  de). 

V;   230. 
Bobadilla  (la). 

I;  263,   347. 
Bobadilla    (el  tundidor). 

I;   259,   260. 
Bobadilla    (Diego  de). 

I ;  460. 
Bobadilla    (Isabel  de). 

IV;   442. 
Bobadilla   y  de   Mendoza   (Francisco). 

IV;  454. 
Boca  Negra   (el  capitán). 

III;   529. 
Bocona    (el  bajá  de). 

III;    138. 
Bohemia   (el  rey  de). 

I;   125,  295.  434. 
Boissy  ó  Amboise  (Mr.  de). 

II;   100. 
Bolena    (Ana) . 

III;   418,   420,    421. 
Bolfgango    (conde    Palatino) . 

Y;    172. 
Bolívar    (el  capitán). 

IV;   174. 
Bolonia    (el  cardenal  de). 

IV;  116. 
Bolonia   (micer). 

II;  298. 
Boloña    (Ana). 

III;  318. 
Bom    (monsieur  de). 

IV;  397. 
Bonarance    (el    abad). 

V;   115. 
Bonclans    (Mr.  de). 

II;  152,  153. 


-  331 


Bonifacio  VIII. 

II;   107. 
Bonneval   (Mr.  de). 

II;    99. 
Bonnivet   (Mr.  de). 

I;  194.  » 

Bononia    (Francisco  y  Nicolás). 

I;   122. 
Bononia    (Gerardo    de). 

I;    121,    122. 
Bcracio. 

II;    297. 
Borbón    (el   cardenal   de). 

IV;  57. 
Borbón    (el  condestable  de). 

I;   63,   497. 
Borbón    (duque  de). 

II;   67-70,   82-84,  96,   97,   101-104. 
106,  111,  112,  158,  159,  165-167, 
176,   177,   202-206,  261,  285-29?, 
398. 
III;   56,  375. 
IV;  430. 
Borbón  (Francisco  de). 

IV;  371. 
Borbón    (Hércules   de). 

II ;  287. 
Borbón    (Luis  de). 

IV;    464. 
Borbón  (Pedro  de). 

III;  16. 
Borbón    (señor  de). 

III;   58. 
Borgcn.    Borbón?     (Francisco    de). 

IV;    387. 
Borgoña    (Alfonso  de). 

II;   215. 
Borgoña     (Carlos,    duque    de). 
IT;   184. 

IV;  107,  109,  110. 
Borgoña   (duqueB  de). 
I;    167. 
IV;    109. 
Borgoña    (Juan   de). 

II;  110. 
Borgoña   (Margarita  de). 

II;   107. 
Borgoña  (María  de). 


II;   184. 
Borgoña    (el  rey  de  armas), 

II;  442-451. 
Borja    (Francisco   de). 

IV;  333. 
Borja    (Juan  de). 
I;  380. 
IV;  333. 
Borja   (Luis). 

I ;  382. 
Borosio    (Jerónimo). 

II;    297. 
Borsid   (el  doctor). 

IV;  253. 
Borromeo    (el  conde  TJtilian). 

III;  319. 
Bcrromeo    (Federico) . 

II ;  397. 
Bosu    (mosior   ó   monsieur  de), 
III;  260,  324,  331. 
V;  91. 
Botier    (monsieur  de) 

IV;    283-286. 
Bousel    (Pedro   de). 

II;  444,  445. 
Boutiéres   (Mr.  de). 

II;   99. 
Bozula    (Federico). 

I;   509. 
Brabo   (el  licenciado). 

I;   379. 
Brabo    (Juan) . 
I;    377,    457. 
II;    10. 
Braganza   (duque  de). 
I;  76,  184. 
II;   93. 
Brancuic   (duque  de) . 

IV;  102,  367,  459,  488. 
Brancuig,   Branscuig    (duque  de). 
IV;  523. 

V;    12,    35,    36,    40,    42,    45,    172- 
176,  224,  228. 
Brancuig   (Ernesto  de). 

V;    31,   32. 
Brancuíge    (conde  y   duque   de). 

IV;  157,  251,  252,  504. 
Brancuige,    Branscuig   (Enrique  de). 


—  332  - 


IV;  504. 

V;  172. 
Brandamburg  (Alberto  de). 

IV;  504,  517 

V;  13,  37. 
Brandamburg  (Juan  de). 

IV;  509,  510,  522,  531. 
Brandamburg    (marqueses  de). 

IV;  397,  407. 
Brandanburg,     Brandenburg      (m  a  r- 
qués  de) . 

I;    194,    209,    229,    276,  281,    401, 
402. 

II;   164.       ' 

III;  94,  95,  331,  398. 

IV;  205,  206,  247,  488. 

V;   33,   34,    42,   43,    70,  170,    171, 
176. 
Brandenburg    (Juan  Jorge  de). 

V;   19,  26. 
Brandenburgo. — V.    Brandanburg. 
Branderbuque.— V.    Brandanburg.  - 
Bransvic    (duque  de). 

III;   365,  398. 
Branzuic    (duque  de). 

II;  465,   466. 
Bras? n    (monsieur  de). 

IV;   434. 
Bravancia    (duque  de). 

IV;  107,  258-260. 
Bravo    (Antonio). 

V;  218. 
Bravo    (Juan). — V.    Brabo    (Juan). 

I;  549,  460. 
Bravo   (Sancho). 

III;   432. 

IV;  505. 
Bredesdres,     Brevederades     (monsieur 
de). 

V;  267,  273. 
Brenot   (Nicolás). 

II;    211. 
Brestain   (conde  de). 

V;   70. 
Bretaña   (duquesa  de). 

I;  6,  77. 
Brian    (marqués  de). 

IV;   38. 


Brion  (barón  y  Mr.  de). 

II;    99,    lio,    151-153,    181,    184. 
Brisca    (marqués   de) . 

IV;    38. 
Briseu    (Mr.    de). 

II;   99. 
Briviesca    (el  licenciado). 

V;    300. 
Broguiete    (marqués  de). 

IV;    37. 
Bropero    (el   doctor). 

IV;  103. 
Brunsvique  (duque  de).—  V.  Bransvio. 
Bucero    (Martín). 

IV;   103. 
Buena    (conde   dé). 

IV;    398. 
Buendía    (conde   de). 

I;    117.    248,   337,    420. 

IV;  9. 
Buendía  (condesa  de). 

I;   248,  337. 
Buesi    (Mr.  de). 

I;   202. 
Buítrago    (Antonio  de). 

I;  261,  378. 
Bui trago    (Pedro   de). 

I;    378. 
Buosio   (señor  de). 

ni;   219. 
Bura,    (conde    de). 

IV;    505,    516-518,    522,    523,   528- 

536. 

V:    9,    12,    170. 
Bura   (monsieur  de). 

IV;  510,  532,  538. 
Burbonio    (Francisco) . 

II;   466. 
Burel    (conde  de). 

II;  404. 
Burenses    (barón   de). 

II;   99. 
Burgo    (Andrea  de). 

III  ;    81. 
Buria    (mosior   de). 

ni ;  409,  410. 
Busiquio    (Vitor; 

III;   533. 


—  333  — 


Bustamante    (Hernando  de). 

III;   476,   477. 
Bustillo    (el  maestro). 

I;  379. 
Bustillo    (Hernando  de). 

I;    448. 
Bustillo    (Lope  y    Pedro   de). 

I;    382. 
Busu    (señor   de) . 

II;   112. 
Buticelo    (Pedro). 

II;   467. 
Butier    (monsieur  de). 

IV;  371,  376. 
Buzcan   (el  capitán). 

III;   496. 
Buzelli    (Francisco  de). 

II;   84. 


Gabán  i  Has    (Luis  de). 

I;  215. 
Cabanillas   (mosén). 

II;    461. 
Cabana    (el  capitán). 

IV;  287. 
Cabeza    (Juan  de). 

V;  218. 
Cabeza  de  Vaca. 

III;   480,   483-486. 

IV;  96. 
Cabeza  de  Vaca   (el  doctor). 

I;  377. 

II;  10. 
Cabeza  de  Vaca   (Juan). 

II;   10 
Cabeza  de  Vaca   (Luis). 

IV;  315. 
Cabezón    (Antonio) . 

V;  218. 
Ca'nilmonte    (Juan  de). 

II;    235. 
Cabot,  Caboto  (Sebastián). 

II;  89. 

III;    486. 
Cabra   (conde  de). 


I:   5,  27,   99,  226. 

II;  16,  172. 

IV;    9,    23,   454. 
Cabrera    (Alonso   de). 

ni;  486,  489. 
Cabrera    (Ana   de). 

I;    198. 
Cabrera   (duque  de). 

II;    23. 
Cabrera   (Hernando  de). 

II;  23. 
Cabrera  (Juan  de). 

I;  448,  449. 
Cabrero   ((Pedro  de). 

IV;    568. 

Cabrero  (el  doctor). 

I;   346,   399. 
Cabreros    (García). 

I;  381. 
Cáceres    (Diego  de). 

I;   261. 
Cáceres   (Hernando  de) . 

1;  381. 
Cáceres   (Juan  de). 

I;    379. 
Cacin    (Cidi). 

II ;  160. 
Cachadiabio  ó  Cachidiablo  (el  corsario). 

II;  162,  320. 

III;    203,    266. 
Cachi  prieto. 

I;  37Q. 
Cachorro   ( .Lian) . 

I;   380. 
Cachorro  Peligero    (Juan) 

I;  348. 
Cafarra   (Juan). 

V;   89. 
Cafaralla   (monsieur). 

IV;  435. 
Cairadin  Basa. 

III;  283. 
—    V.    Barbarroja. 
Calabazanos    (Diego   de). 

I;  383. 
Calabria    (duque  de). 

I;  4,  9,  64,   414. 

II:  35.  417. 


—  334  — 


IV;    203,   204.     ■ 

V;    179. 
Calderón    (el  capitán). 

IV;   378. 
Calderón    (Juan) . 

IV;  378. 
Calenje   (rnosior  de). 

III;    398. 
Cámara   (Manuel  de). 

IV ;  140. 
Camarasa    (marqués  de). 

V;    94. 
Camarata    (conde  de). 

I;  120,    138-140. 
Camarino   (duque  de). 

IV;   112,   113,   199,  246,  360,  382, 
383,  434,  436,  459,  474,  475 
Cambialancia   (Desiderio). 

V;  97. 

Cambray    (duque  de). 

I;   125. 
Campegio   (el  cardenal). 

III;  96. 
Campo   (Gonzalo  de). 

III;  471. 
Campo    (Jorge  de). 

III;    18. 
Campo   (Pedro  de). 

I;   381. 
Camponavarro  (María,  maestra  cié) . 

I;   118. 
Campo  Redondo   (Peranzules  de). 

IV;   331. 
Canaga  Sardo    (el  capitán  turco). 

III;  266. 
Canaleto    (el  capitán   ó  el  general) . 

III;  188,   189,   528. 
Canapus   (monsieur  de). 

IV;  54. 
Canibaldo   (mosior). 

III ;  319. 
Canin  de  Gonzaga  (el). 

III;  390,   404. 
Cano. — V.  Sebastián  del  Cano. 
Cañete    (marqués   de). 

III;  11. 

IV;  50,   95,  238 
Cañete   ( señor  de) . 


I;    485. 
Caonte    (Morelo  de). 

IV;  37. 
Cápela   (mker  Vicencio) . 

III;  522. 
Caraballo  (un  tal). 

III;  481. 
Caraballo   (Juan). 

II;    20. 
Caradino. 

III;    185,   411. 
—    V.   Barbarroja. 
Caramanín    (el  capitán   turco). 

i     IV;  78,  79,  85,  86. 
Caraola    (el   cardenal). 

III;    404. 
Caravajal    (el   licenciado). 

IV;  317,   318,   563,   569,   570 
Caravajal   (Francisco  dé). 

IV;   565,  566. 
Carbajal   ó  Carvajal    (Bernardino  de), 

I;   47,    70,    113. 
Caréaseme    (Juan  de). 

1;  379. 
Cárcavo   (Vicente). 

V;   97. 
Cárdenas   (Gutierre  de). 

III;   260,   323. 
Cárdenas   (Luis  de). 

II;  317. 

Cárdenas V.    Elche    (marqués    dé). 

Cardona    (Alonso  de). 

I ;  198,  216,  443. 
Cardona  (Antonio  de). 

I;   198. 
Cardona    (duque  de). 

I;  198. 

II;  432. 

III;  255. 

V;   88. 
Cardona    (Juan  de). 

I;  510,  511. 
Cardona  (Luis  de). 

IV;    173.      • 
Cardona    (Pedro  de). 

I;   198. 

II;   407. 
Cardona    (Raimundo  de). 


—  335  — 


V;  244. 
Cardona  (Ramón  de). 

I;   18,   51-55,   72,   73,   77,   78,   82, 
.     437,  513. 

III;  536. 

IV;   374,   377,   378,   393. 
Carlos    (el  duque). 

II;    110. 
Carlos    (el  infante  Don). 

IV:  540. 
Carlos,    príncipe   de   Viana. 

I;   84. 
Carlos,  príncipe  y  duque  de  Angulema. 

II;    187. 
Carmenta   (Alonso  de). 

IV;   87. 
Carnicer    (el  doctor  En). 

II;   119. 
Carniza    (luán). 

III;   90. 
Caro    (Juan). 

I;   235. 
Carpara  (conde  de). 

III;   450. 
Carpí    (señor   de). 

I;  491. 
Carpió    (conde  de). 

II;   242,   254,   288. 

III;  340,  371. 
Cartagena    (el  cardenal  de). 

I;   275. 
Carvajal   (Alonso  de). 

I;  477. 
Carvajal    (Bernardino  de). 

I;  501. 

II;   78. 
Carvajal   (Diego  de). 

I;  371,  472,  474,  477. 
Carvajal    (el  doctor) . 

I ;  93,  97,  113,  134,  160,  229. 

II:  124. 
Carvajal    (el   licenciado). 

IV;  95,  541. 
Carvajal   (García  de). 

IV;  543. 
Carvajal   (Gutierre  de). 

II ;  98. 
Carvajal    (Luis  de). 


V;  217. 
Carvajal    (Rodrigo  de). 

IV;  141. 
Carranza    (Bartolomé  de) . 

IV;  476. 
Carrara    (marqués  de). 

IV;   38. 
Carreño    (el  capitán). 

IV;    168,    172. 
Carreto    (Marco  Antonio). 

III;  178,  181. 
Carreto   (Verino  y  Cipión  del). 

V;   97. 
Car  rezo    (Hipólito  de). 

IV;  390. 
Carrillo    (Alonso). 

III ;  184,  198. 
Carrillo    (Hernando). 

V;  217. 
Carrillo    (Luis). 

I ;  462. 

IV;   344. 
Carro  y  Pelus   (Alonso). 

III;  269. 
Cas    (José  de). 

I;   420. 
Casa  de  Pesaro  (Jerónimo  de  la) 

HI ;  453. 
Casar  Bassá. 

III;  219. 
Casas   (Bartolomé  de  las). 

IV;   216,   222,   320. 
Casas    (Francisco   de   las). 

II;   170-172. 
Casimiro    (el  marqués). 

II;  310,  311,  315. 
Cassin  Bassá. 

III;  532-534. 
Castañeda   (el  conde). 

III;  141. 

V;  268. 
Castañeda  (el  secretario). 

I ;   346. 
Castel    (marqués  de). 

IV;  37. 
Castelvi    (micer) . 

II ;    12,    13. 
Casttelvilla   (duque  de). 


-  336  - 


III ;  264. 
Castellano    (León) . 

II;   310,   312-314. 
Castellano  de   Mus    (el). 

III;  116,  117. 
Castellano  de  Villalba  (Juan). 

II ;  23. 
Castellar   (conde  de). 

IV;  263. 
Castilla    (Alonso  de) . 

II:  23. 
Castilla    (Diego  de). 

III ;  522. 

IV;    338. 
Castilla   (el  almirante  de). 

IV;  27-33,  36,  155,  209,  210,  271, 
287. 

V;    88,    228,    229,    240,    243,   262, 
265,  266. 
Castilla   (el  condestable  de). 

IV;  336. 

V;  223,  224. 
Castilla   (el  príncipe  D.  Juan  de). 

•I;  23. 
Castilla   (Juan  de). 

V  ;  218. 
Castilla   (Luis  de). 

IV ;  I31r  212. 
Castilla    (Pedno  dé). 

V;  217. 
Castillo  (Alonso  del). 

ni ;    486. 

IV;  96. 
Castillo   (Andrés  de). 

III;   484,  485. 
Castillo   (el  bachiller). 

I;  348,  379. 
Castillo   (Francisco  del). 

IV;  92. 
Castrioto    (Fernando). 

II ;  98. 
Castro  (Alonso  de). 

IV;  476. 
Castro  (Antonio  de). 

IV;    338. 
Castro   (conde  de). 

I;  458. 

ni;   427. 


IV;  454,  541. 

V;  93,  286. 
Castro    (duque   de). 

IV;  115,  474, 

V;  103. 
Castro    (el  capitán). 

IV;  329. 
Castro   (José  de). 

IV ;  485. 
Castro   (Leonor  de). 

III;   466. 

IV;  333. 
Castro   (Ñuño  dé). 

IV;  331. 
Castro  (Pedro  de). 

V;    218. 
Castro  (Rodrigo  de). 

IV;  143. 
Castroverde   (Hernando  de) 

IV;   366. 
Castro  Villa    (duque  de). 

V;  28. 
Castro  Villares  (duque  de). 

III;   315. 
Catalina  de  Navarra. 

I;  84,  134,  169. 
Catalina  (la  infanta  y  princesa  Doña) . 

I;   5,   9,   224,   256,  262,   272.  457. 

II;  92. 
Catalina,  reina   de   Inglaterra. 

I;  75,  515,  516. 
Catalina,  reina  de  Portugal. 

I;  92,  225. 
Cataneo   (Federico). 

II;   100. 
Catelón    (Jerónimo  de). 

III;  18. 
Catinario   (Mercurino) . 

III;  73. 
Cavanillas   (mosén). 

I;   97. 
Cavaro    (el  cjnde). 

V;   243. 
Cayetano    (el  cardenal). 

I;  196,  411. 
Cazorla    (el  adelantado  de). 

I ;  37. 
Ccbellon    (Juan). 


—  337 


IV;   174. 
Geinos    (el   licenciado) . 

II ;  469. 
Celeli    (el  bajá). 

III;   412. 
Celeli    (Mahomet) . 

III ;  412. 
Ctnaga  Sardo   (el  renegado). 

IV;  77,  309. 
Cendal    (el  electo  de). 

IV;    209.  * 
Ceneite    (marqués   de) . 

I;    234,    414,    418,    419,    442-445 

II ;  14,  320. 

III;    81,    83,    85,    86,    88. 
Cénete    (marquesa  de). 

IV;    203. 
Centeno   (Diego) . 

IV;  568. 
Cepeda   (el  licenciado). 

IV;   319,   563,  567,   569. 
Cepeda   (el  oidor). 

IV;  563-565. 
Cerda   (Hernando  de  la). 

IV;  441. 

V;   276. 
Cerda   (Luis  de  la). 

II;    432. 

III;  90,  260,  397,  468. 

IV;  10. 

V;    218. 
Certo    (Bartolomé  de). 

III;  458. 
Cervellón    (Felipe). 

II;  408. 

III;  18. 
Cervellón    (Juan). 

II;  393. 

IV;   169. 
Cervera    (el  inquisidor). 

I;  121. 
Cerrato    (el  licenciado). 

IV ;  319,  320. 
Gesariano    (Rodolfo) . 

II;   298. 
Cesarino   (Julián). 

in ;  399. 

IV:  156,  210. 


Cesisnaga    (Sancho  de). 

IV;  86. 
Cibo    (el  cardenal). 

III;  356,   429. 

IV;  382. 

V;  233. 
Cibo  (Julio). 

V;  213. 
Cibo    (Lorenzo). 

IV;  38. 
Cicisneque   (barón   de). 
.      IV;   374,   375. 
Ctcisneque    (Cristóbal  dé). 

IV;  377. 

Cidan V.  Muley. 

Cid  Mu  rana. 

II ;  162. 
Cierre   (Juan  Pablo  de). 

III;  403,  455,  463. 
Cieza   (Rodrigo  de) . 

I;  245. 
C ¡fuentes  (conde  de). 

I;   16,    218. 

III;   141,  258,  376,  435,  504 

IV;  9,  10,  25,  262. 

V;  88,   255,  262,  268. 
Cimay    (príncipe  de). 

I;  92. 
Cisneros    (Benito  de). 

I;    112. 

V ;  292. 
Civitá    Sartit    Angelo    (marqués  de). 

II;  98. 
Claiete  (Mr.  de  la). 

II;   99. 
Clarenceao  (el  rey  de  armas). 

II;  322,  327,  344. 
Claros  de  Guzmán   (Juan). 

IV ;  263. 
Claudia  de  Francia. 

I;   6,    16,   20. 

TI;  259. 
Clemente  Vil. 

II;  81,  158,  163,  222,  239,  240, 
250,  252,  255,  256,  253,  264- 
266,  269-272,  278,  281,  284. 
291,  293,  299,  303,  400,  459. 

III;  80,  188,  223,   230. 

22 


338  — 


Clemente    (el  protonotario) . 

I;   97. 
Glermont   (Mr.   de). 

II;    99. 
Cleves    (duque  de). 

I;    125. 

IV;  106,  108,  167,  194,  247,  250- 
252,  259,  291,  396,  427,  458, 
486,  491. 

V;  20,  33. 
Cleves    (Mr.  de). 

I;   92. 
Clugion    (Agustín). 

III;  533. 
Coachcpoca,  Coalchopoca   (el  cacique). 

I;    374. 
Coalla.— V.  Coello. 
Gobarrubias   (el  factor). 

III;  471. 
Coblagri     (barón    de). 

V;    207. 
Cobos    (Diego  de  los) . 

IV;  47,  48,  242. 

V;    94. 
Cobos    (Francisco  de    los) . 

I;    2U6. 

II ;  247,  432. 

III;  204,  257,  260,  291,  435,  512, 
519. 

IV;    23,    129,    134,    145,   270,    541. 
•      V;  91. 

Coca   (señor   de). — V.   Fonseca    (Anto- 
nio de) . 
Cocles   (monsieur  de) . 

IV;   375,   377. 
Coello,   Coalla    (el   licenciado). 

I;   134,   399. 
Cogolludo    (marqués    de). 

III;   141,    259.  # 

V;   224,   291. 
Cojezófar    (el  capitán). 

III;  496,  497,  549-551. 
Colancio  (Blas). 

I;  138. 
Cclapio     (Fray). 

I;   414. 
Colenberg   (Ebeyardo) . 

TV;    KI3. 


Gclón    (Bartolomé) . 

I;   186. 
Colón    (Cristóbal). 

I;    40. 

II;   89. 
Colón   (Diego). 

I;. 40,   184,   209. 
Colón   (Hernando). 

II;  88. 
Colona    (Ascanio) . 

II;  270. 

IV;    114-116. 

V;  253,  298. 
Colona    (Camilo). 

II;   408. 
Coiona    (el   cardenal). 

II;   269,   303. 

III;    78,    117 
Colona    (Esteban) . 

III;  539. 
Colona    (Fabricio) . 

I;  10,  52,  53 

IV;   435. 

V;   253,   254. 
Coiona    (Marco,  Marco  Antonio). 

I;  508,  509. 

II;  69. 

III;    141. 
Colona    (Pirro). 

III;  430,  433 

IV;  279,    285,    286,    292,    294-297, 
300,    301,   369,   380-389,    440, 
508. 
Coiona    (Pompeo). 

III;   14. 
Colona    (Próspero). 

I:  81,  438,  439,  504J  508-512. 

II;  67-69,  254,  270. 
Colona    (Sergio). 

II ;  298. 
Colona    (Vespasiano). 

II;  400. 
Collados    (Juan   de). 

I;  379. 
Collazo    (el  capitán,   maestre  de  cam- 
po). 

I;  186. 
Demacro    (el  secretario). 


—  339  - 


II;   235. 
Comares    (marqués   de) . 

I;   68,   117,   188. 
Ccncerataina    (conde  de). 

I;  419. 
Concordia    (conde  Galeote  de  la). 

III;  383: 
Conchillos  (Lope  de). 

I;   14,   15. 
Conde    (mosior  de) . 

III;  260. 
Condoyano  (conde  de). 

III;    296. 
Conrado    (el   conde) . 

IV;  397. 
Constantino  (el  maestro). 

V;  218. 
Constanzia    (el  cardenal  de). 

II;  40. 
Gnntareno    (Alejandro). 

III;  534. 
Conté    (Jacomete). 

V;  97.    v 
Gontharchio   (Antonio). 

III;    499 
Ccntreras    (el  clérigo). 

IV;  542. 
Copis    (el   obispo). 

II;  297. 
Copúlate   (Julio). 

V;   99. 
Córate    (conde   ó   marqués   de) . 

II;  415.    . 
Corbera    (monsieur  del. 

V ;  274. 
Córdoba    (Alonso   de). 

IV;  78,  84. 

V;    217. 
Córdoba    (Alvaro  de). 

III;    90. 

IV;  23,  271,  342. 

V;   91. 
Córdoba   (Antonio  de). 

I;    53,    226. 
Córdoba    (Diego  de). 

V;  223. 
Córdoba    (Elvira  de). 

II;    172. 


Córdoba    (Fernando  de). 

I;   99. 

IV;  307. 
Córdoba   (Francisco  de). 

IV;    23. 
Córdoba    (Gerardo   de). 

III;   427. 
Córdoba   (Hernando  de). 

II;  453. 

IV;  454. 
Córdoba    (Iñigo   de). 

V  ;  217. 
Córdoba    (Juan   de). 

I;   419. 

IV;  23. 
Córdoba    (Luis  de). 

II;   78,  172. 
Córdoba    (María  de). 

V;  223. 
Córdoba    (Martín  de). 

IV;  78,  302,  308. 
Córdoba    (Pedro  de). 

II;  315. 

IV;  23. 
Córdova    (Alonso  de). 

III;  260. 
Córdova    (Diego  de). 

V;  217. 
Córdova   (García  de). 

III;   260. 
Córdova    (Luis  de). 

V;  217. 
Corella    (de  Valencia). 

I;  233. 
Coria     (el    cardenal  de). 

V;  232,  233. 
Cornejo    (el   alcalde). 

I ;  346. 

II;   10. 
Cornejo    (el  doctor  y  alcalde). 

I ;  108,  127,  134,  460. 
Corona   (Camilo). 

IV;   245. 
Corsino  (Valerio). 

III;  522. 
Cortés   (Hernando  ó  Hernán). 

I;  211-214,  371-374,  499-501. 

II;    22,    168,    170,    171,    316,    319, 


—  340  — 


468,  469. 

DI;  471,  475,  479,  486. 

IV;  219. 

V;  213. 
Cortés    (Luis). 

IV;   343,   344. 
Cortés    (Martín). 

IV;  344. 

V;   213,   268. 
Corti    (Pedro) . 

II;  99. 
Coruña    (conde  de). 

I;   162. 

V;  94. 
Correa    (Antonio) . 

IV;  143. 
Correa    (el  embajador). 

II;   92. 
Correa    (Pedro). 

I;    116. 
Correchilitarco,   capitán  turco. 

IV;  67. 
Correzo    (Hipólito  de). 

III;  398. 
Cota  (Luis). 

IV;  250. 
Cotanero    (Gaspar). 

IV;  181. 
Couzelles    (el  comisario). 

II;  99. 
Crecentín   (conde  de). 

III;  535. 
Crespín    (mosén). 

I;  442. 
Cretingo   (el  anabaptista). 

III;  222. 
Cristerna  de   Dacia    (la  infanta). 

III;  219,   220. 
Cristerno  ó  Cristeno  de  Dinamarca. 

III;  174,  219. 

IV;  368. 
Cristian  II  de  Dinamarca. 

II;  71-73,  75. 
Croix    (Adrián  de). 

II;  216. 
Croix    (el  cardenal  de). 

I;  232,  277,  404,  501. 
Croix    (Guillermo   de). 


II;   112,   214,  215. 

—  V.  Croy. 
Croix    (Mr.    de). 

II;    150,   152. 
Croy   (Adrián  de) 

II;    104. 
Croy   (Felipe  de). 

I;    219. 

—  V.  Ascot. 
Croy    (Guillermo  de). 

I;  23,  168,  330,  331. 
V.   Chievres    y    Croix    (Guiller- 
mo de). 
Gruña,   Coruña?    (conde  de). 

IV;   9. 
Cruz   (Juan  de  la). 

IV  ;  449,  476. 
Cruz    (Isabel   de   la). 

III;  21. 
Cubano    (marqués  de). 

IV;  38. 
Cucia    (mosior  de). 

III;   322. 
CuéSIar   (Alonso  de). 

I;  379,  380. 
CuéElar  (Antonio  de). 

I ;  378. 
Cuéilar   (el  canónigo). 

I;   382. 
Cuéüar    (marqués   de). 

III;   259. 

IV;  336. 

V;  88. 
Cueto    (el   capitán). 

IV;  174. 
Cueva    (Alonso  de  la). 

III;  260. 

V;   217. 
Cueva    (Beatriz  de  la). 

IV;   129,   132-134. 
Cueva   (Beltrán  de  la). 

I:    147,    442. 
Cueva    (Cristóbal   de   la). 

IV;  454. 
Cueva    (Diego  de  la). 

ni;  190,   260. 

IV;   334,   343. 

V;  224. 


-  341 


Cueva   (duque,  D.   Luis  de  la). 

IV;   22. 
Cueva    (Gabriel   de   la). 

V;  217. 
Cueva   (Juan  de  la). 

I;  152,  442. 
Cueva    (Luis  de  la). 

I;  371. 

III;  90,.   139,    140,   259. 

IV;    144, 
Cueva   (Pedro  de  la). 

III;   105,  260,  397. 

IV;   432,  542. 
Cufán   (Marco  Antonio  de). 

III;  405. 
Cufí    (Ismael) . 

I;   79. 
Gursino    (el  capitán). 

II;  397. 
Cusín  Basa. 

III;   418 

OH 

Chabar.nes    (Jacobo). 

II;  100. 
Chaire   Chelipe. 

III;   180,   183,    184. 
Chalcrcs    (Filiberto  ríe). 

II;  214. 
Champarin    (monsieur  de). 

V;  277. 
Chapis    (Clemente) . 

II;   174. 
Charcus    (conde  de). 

IV;  157. 
Chaulx    (Mr.   de   la). 

I;    86,    123,    135,    136,    160, 
504. 

II;   216,   225,  291,   319,   322, 
Chaumont   d'Amboise   (Mr.   de). 

II;   100. 
Chavar   (Clemente). 

V;  300. 
Chaves    (Francisco  de). 

IV;  329. 
Chebres  (Mr.  de). 

II ;  455. 


503, 


432. 


—    V.  Chievres. 
Chelva    (vizconde   de). 

I;   419. 
Chendemo   (el  turco). 

I;   79. 
Chenetes    (señor  de). 

III;  383. 
Cheneyo    (un  tal). 

IV;  461,  464. 
Cheri    (Lorenzo) . 

II;    158. 
Cherí    (Rienzo  de). 

II;  83-85. 
Cherim   Farras. 

I;  214. 
Cherrin    (Abdalla). 

II;   161. 
Cherry  (Cidi). 

II ;  116. 
Chierre    (Juan  Pablo  de). 

ni;   100,  101. 
Chievres  (Mr.  de). 

I;  83,  123,  125,  143,  159,  161,  164- 
166,  168,  182-185,  195,  197- 
199,  202,  203.  207,  208,  215- 
219,  222-227,  229,  231,  236, 
273,  321,  330,  362,  401,  403, 
404,  414. 
Chilicusima   (el  cacique). 

III;   191,  192. 
Chinay    (princesa  de) . 

II;  215. 
Chinchilla   (Diego  de). 

I;   382. 
Chinchón    (conde  de). 

I;  357,   480. 

III;   258,   331. 

IV;  9,   272. 

D 

Dacia    (Cristerno  de). 

III;   111,  220. 
Dalgut  ó  Dargut  Arráez. 

IV;  66,   67,  70. 
Dareacan    (el  captan). 

III;  496. 
Darías  de  Sayavedra  (Hernán). 


342  - 


IV;  263,  265. 
Deán   de   Lovaina    (El). 

V.   Adriano. 
Debe! i  (señor). 

III;  378,  393,  394. 
Debrion    (señor) . 

III;    373- 
Deca  ó   Deza    (Diego  de). 
T;   13,  27,  29. 
II;   78. 
Decocles    (el  coronel). 

IV ;  373. 
Degabaote   (el  capitán). 

III;  393. 
Deistán    (mosior) . 

III;   397. 
Delange   (monsieur  de) . 

IV;  157. 
Delegrabe  (madama) . 

IV;  433. 
Delesquina  (Antonio). 

I;  381. 
Delgadillo    (el  licenciado). 

II;  468. 
Delimentes   (el  capitán). 

III;  411. 
Denia    (marqués  y  marquesa  de) . 

I;  97,  113,  224,  255,  262,  27-2,  290, 

386,  388. 
IV;  9,  336,  452. 
Derribeto  (Pompeo). 

IV;  38. 
Descaiange   (mosior). 

III;  390. 
Deschenetes  (señor). 

III;   362. 
Desmay    (el   príncipe). 

I;  23. 
Desmuries   (el  bastardo). 

I;  497. 
Besparrot   (señor). 
III;   369,   370. 
Despíndoia   (Agustín). 

III;  302,  398. 
Destutano    (el  príncipe). 

•    III;  315. 
Destor    (el  alférez). 
II;  99. 


Deza. — V.   Deca  (Diego  de). 
Deza    (el  licenciado). 

V;   290. 
Diamonte  (Francisco  de) . 

V;  244. 
Díaz    (Juan). 

V-  219. 
Díaz    (Melchor). 

III;   486. 
Diaz  de   luco   (Berna!) . 
IV;  449,  454,   476. 
Díaz  de  Rojas  (Ruy). 

I;   61,  451. 
Diez    (Melchor). 
IV;  97,  99. 
Dinamarca    (el  rey  de). 
I;  125,  486,  487,  490. 
II;  401,  403,  408,  409. 
V ;  42,  45. 
Diure    (monsieur  de) , 

IV;  28. 
Dolmos   (Berenguer) . 

III ;  275. 
Domingo    (el    capitán) . 

IV;  87. 
Domisa    (el  coronel). 

III;  398. 
Donceles    (el  Alcaide  de  los) 

I;   17,   33,   51,   06,  68. 
Dorantes  (Andrés  de). 

IV;   96. 
Doran to    (Andrés). 

III;    479. 
Doria    (Andrea) . 

TI;   269,  305,    401,   403, 

411,  454,  460. 
III;    26,    142,    143,    178- 
239,  255,  256,  263, 
276,  279,  280,  294, 
398-400,  403,   404, 
L51,  453,  506,  507,' 
524,  526,  528,  531, 
IV;   29,  68,   69,  71,  76, 
243,  291,  293,  295. 
V;  90,  228,  241 
Doria    (Antonio) . 

III;  144,  182,   183,  202, 
281,  404,   522. 


405,  408- 


180, 

184, 

264, 

273- 

301, 

389, 

408 : 

450, 

519, 

522, 

532 

114, 

242, 

264,  280, 


—  343  — 


Doria    (Cristofín) 

III ;  179-182. 
Doria    (el    cardenal). 

V;    233. 
Doria    (el    príncipe) . 

V;  95,  96,  232,   239. 
Doria    (Erasmo) 

II;   410,   413 

III;    143. 
Doria  (Estéfano). 

V  ;  217. 
Doria   (Felipe). 

II;  413. 
Doria    (Fclipín,  Filipínj. 

II ;  405,  406,  408,  412,  415. 

III ;  180. 
Doria   (Francisco) . 

III ;  143,  147,  181,  522,  523. 

IV;  71. 
Doria    (Franco) . 

III;  263,  282,  283,  294. 
Doria    (Juanetín) 

IV;  66,   67,   69-71,  168,   203,   288, 
293,  295,  297. 

V;   95,   96,   241. 
Doria     (la    princesa). 

V;    241. 
Doseld  (Jorge  Segismundo). 

V;   115. 
Drons  ó  Dros   (Carlos). 

IV;  284,  296,  297,  369,  370,  373, 
375,   377. 
Duarte   (Francisco). 

IV  ;  71,  505. 
Duarte,  Príncipe  de  Gales. 

I;  5,  9. 
Dubreo,    Dudellego    (el  almirante). 

IV;   462,   463.  - 
Ducrest    (Mr.). 

II;  99. 
Dudar   Moscayre   (Barbarroja) . 

II;   161. 
Duras    (Tomás). 

II;    89. 


E 


Egidio    (el   cardenal). 


I;  196. 
Elche    (marqués   de) . 

I;  440,  476. 

III;  259. 
Elpidío    (conde    de   Helsestan). 

I;    117. 
Emberes    (señor   de). 

III;   60,  61. 
Emondense  (Arnaldo). 

IV;  107. 
Eméndense    (Carlos) . 

IV;   108 
Emondense   (conde). 

IV;  106. 
Eneas    (el   capitán). 

II ;  274. 
Enobarbo   (Barbarroja). 

I;  132. 
Enrique   (Alonso). 

I;  378. 
Enrique,  Conde  de  Nasao. 

II;  215,  248. 
Enrique  de   Inglaterra    (el  príncipe). 

I;   9. 
Enrique   (el  duque). 

I;   36. 
Enrique   (el  infante  Don). 

I;  216. 
Enrique    (el   infante   Fortuna  Don) . 

II;   23. 
Enrique  V5II   de   Inglaterra. 

I;  73. 

II;    82. 

IV;   464. 
Enrique,  rey  de  Francia. 

V;   93. 
Enrique,   rey    de    Navarra. — V,    Enri- 
que, señor  de  Labrit 
Enrique,  señor  de  Labrit. 

I;  136,  202,  431-433,  487. 

II;   77,   196. 

IV;  426. 
Enríquez    (Alonso) . 

I;   378. 

II;   77. 

III;  480. 
Enríquez    (Diego) . 

I;  474. 


—  344  - 


Enríquez   (Enrique). 
IV;  87. 
V;   291. 
Enríquez    (Fadrique) . 

I;  13,  198,  274,  337-349,  357,  358, 

369,  371,  428,  456-459. 
JII;  540. 
IV;  337,  542. 
V;  217. 
Enríquez    (Fernando) . 
III;  540. 
IV;  95. 
Enríquez    (Francisco). 

V;  218. 
Enríquez    (Hernando) . 
I;  501,   502. 
IV;  238,   542. 
Enríquez    (Juan) . 

IV;  337. 
Enríquez   (Luis). 

IV;  337. 
Enríquez   (Martín). 

IV;  338. 
Enríquez  de  Ribera   (Fadrique). 

IV;   95. 
Enríquez  de  Ribera  (Pedro). 

IV;   95. 
Enríquez   Manus   (Jacobo). 

V;    115. 
Eque   (Leonardo). 

V;    115. 
Equio    (Juan). 

IV  r  103. 
Ereton   (el  gentilhombre) . 

III;  419. 
Escala   (barón  de  la). 

IVT;    374. 
Escalemberg  (Giroslao). 

II;  310. 
Escálete    (barón). 

III;  264. 
Escalona    (duque  de). 
I;  113. 
III ;  82. 

IV;  8,  23,  336. 
V;  212,  225,  286. 
Escodes    (monsieur  de) . 
IV:   301. 


Escopero  (Cornelio). 

III;  518. 
Escudero   (el  doctor). 

V;   180. 
Escudo   (el  señor  del). 
I;  437. 

II;  98. 
Esforcia    (Alejandro). 

III;    219. 
Esforcia   (duque  de). 

I;   103. 
Esforcia   (Francisco). 

I;  507,  508,  510. 

II;  66,  69,  240,  242,  254,  260,  261, 
286,  293,  307,  393-395,  398. 

III ;  73,  74,  175,  379,  389. 
Esforcia   (Galeacio  María). 

II;  258. 
Esforcia    (Juan). 

III;   219. 
Esforcia    (Juan  Galeazo). 

II ;  258.       • 
Esforcia    (Luis) . 

II;   258-260. 
Esforcia    (Máximo) . 

II;  260. 
Esforcia  (Mucio). 

V ;  242. 
Esforza. — V.   Esforcia. 
España    (Francisco  de) . 

V;  218. 
España    (el  cardenal  de). 

I ;  92,  135,  154,  237,  241-245,  248, 
253,    260,    274,    286,    345-348, 
357,    371,    428,    457. 
Espina   (el  licenciado) . 

I ;  382. 
Espíndola    (Agustín  de). 

III ;  518,  533. 
Espíndola    (el    coronel) . 

III;  404. 
Espíndola   (un). 

IV;  449. 
Espinosa  (Gómez  de). 

II;  20. 
Espinoy    (conde  de). 

II;  112,  216. 
Espira    (Jorge) . 


-  345  — 


III;  545. 
Espreche  (Jorge). 

V:  21. 
Esquina    (Diego  de). 

I;  379. 
Esquive!   (Diego  de). 

I;  377. 
Esquive!   (un  tal). 

III;   485. 
Este   (Alonso  de) . 

II;   287. 
Esleían  ico  (el  negro) . 

III;  485,  486. 

IV;    96. 
Estella    (Cristóbal   de). 

V;    218. 
Esteno,  rey  de  Suecia. 

II;  71-74. 
Estés    (monsieur  de). 

IV;  381. 
Estrada    (Alonso  de). 

II;   170,   171. 
Estroci   (Pedro,  Pero). 

TV;  380,  382,  383,  389,   391,   392. 

V;   98. 
Estrosi    (Felipe). 

III;  429,  433,  434,  455,  539. 
Estrosi   (Vieencio). 

III;  455,  459. 


Fadrique    (el    almirante   D.) 

I;   98,    198,    359. 

II;  9. 
V.    Enríquez. 

Fadrique,   rey  de   Ñapóles. — V.    Fede- 
rico. 
Fajardo    (Alonso). 

I;   420. 

V;  88. 
Fajardo  (Juan). 

I;   377,   378. 
Fajardo    (Luis) . 

III;   259. 

IV;  542. 
Fajardo  (Pedro). 

I;  217,  336,  440,  441. 


II;  283,  461. 

IV;   542. 

V;    94. 
Falces    (el  abad  de) . 

II;  456. 
Falces    (marqués   de). 

I;   457. 

V;  217,  228. 
Falcan    (el  capitán). 

IV;  131,  132. 
Falconete   (inosior) . 

III;   260. 

V;    274. 
Falconi    (el   licenciado  y   Francisco). 

I:  382. 
Falero    (Rodrigo). 

I;  210. 
Falset    (Perichín). 

V;  219. 
Farnese  (Pino  A  Íbice). 

III;   324. 
Farnesío    (el   cardenal). 

IV;  116,  360,  383. 
Farnesio    (Pero   Luis). 

IV;  389. 

Farras V.    Cherim    Farras. 

Favorino    (el  criado  Don). 

II;  293. 
Febus,  Rey  de  Navarra. 

I;   84, 
Federico,  Conde  Palatino. 

I;   277. 

III:  138. 
Federico,   marqués  de   Mantua. 

II;  396. 
Federico,  rey  de  Ñapóles. 

I;  4,  9. 
Federman. 

III;   547. 
Felich   (Mauricio  de) . 

V;   174.  ( 

Felipe  I. 

I;    3,   5,    7,    12-15,    17-23,    29.    32. 
165,   218. 

II;  15,  107,  193. 
Felipe  II    (el  príncipe  Don). 

II;   .82,  283,  357. 

IV;  28,    152,   153,    160,   199,  203, 


—  346  — 


241,  261.  268,  346,  347,  450, 
452,    453,   457,  487,    540. 
V;  80,  177,  209-216,  220-238,  241, 
248,  252,  263,  267,  286,  290. 
Félix    (el  conde). 
IV;    385-388. 
Feitrio    (Francisco   María). 

III;  453. 
Ferbin    (monsieur  de) . 

V;    267. 
Feria  (conde  de). 

IV;    119,    169,   243,    249,    434-438, 

441,   459. 
V;  87. 
Fernández  (Simen). 

II;  89. 
Fernández  de  Ángulo    (Martín). 

I;   135. 
Fernández    de    Córdoba    (Diego). 

I;    17. 
Fernández  de  Córdoba   (Gonzalo). 

I;    3-5,    7-10,   30,    31,    34,    54,   83, 

86,    87. 
II;    247. 
Fernández  del    Espinar    (Alonso). 

I;   264. 
Fernández  de  Velasco  (Pero  ó  Pedro) . 
III;    92. 
IV;   238. 
V;    223. 
Fernández  Martínez  de  Aguilar  (luán) 

III;    512. 
Fernando    (el    archiduque) . 

II;    193,    240,    275,    277,    312-314. 
Fernando  el  Católico. 

I;  2,  11,  13,  19,  20,  22,  23,  25- 
28,  30-39,  43-48,  50-52,  56-59, 
78,  80,  83-86,  88-97,  110.  115, 
120,  165,  171,  184,  287,  299, 
316,  319,  362,  426. 
II;  88. 
Fernando    (el  infante  Don). 

T:  9,  84,  89,  90,   93,  96,   98,   101, 
104,  125,  139,  154,  155,  163, 
164,  175,  182,  185,  232,  434. 
II;  41,  43,  93,  117,  156. 
Ferramolín     (el    ingeniero). 
'    III;   269,   281. 


Ferramosca    (Ascanio  César). 

II;    405,    407. 
Ferramosca   (César). 

II;   167,  271,   272. 
Ferrara    (duque  de). 

I;  45,  49,  51,  54,  55,   438. 

II;   287,   293,   398,    401. 

III;   66,    91,    118,    224,    315,    365. 

IV;   116,  390,  391,   505,  509. 

V;  253,  261-263. 
Ferrer    (mosén   Luis) . 

I;  2S,  32. 
Ferrero    (Miguel  de). 

I;    15. 
Ferrucho   (el  capitán). 

ni;    100,   101. 
Fienes   (Mr.  de). 

I;   276. 
Figueroa    (el  capitán). 

I;  477. 

III;   536. 

IV;  370. 
Figueroa    (el  embajador). 

V;  230. 
Figueroa    (el    licenciado) . 

IV;    217,   221,    222. 
Figueroa    (el  regente). 

IV;  439. 
Figueroa     (Gómez    de). 

IV;  436,  441. 

V;  268. 
Figueroa    (Juan   de). 

I;  429,  430,  458. 

IV;    439. 
Figueroa   (Luis  de). 

I;   128. 
Filatera    (marqués  de) . 

IV;    37.   38. 
Filiberto    (el    embajador). 

I;  5. 
Final    (marqués  de). 

III;    261. 

V;    231. 
Fionte  Asperge   6    Fontesperge    (Gas- 
par de) . 

III;   397. 
Flajé     (monsieur    de). 

IV;    435. 


347  — 


Fleníneo. — V.   Fluminio. 
FUSCO    (conde  de). 
V;    94,    96-98. 
Fioranges  de  la   Marca, 

II;    99. 
Florencia    (duque  de). 
III;    315,   365. 
IV  ;  36,  373,  382,  394,  459.. 

y  ■  90. 

Florenz    (Juan) . 

JI;  294. 
Flores    (Francisco) . 

V;    217. 
Fluc    (Gaspar) . 

V;   19* 
Fluco   (Julio) . 

IV;    103. 
Fluminio,    Flenineo    (el  señor). 

V;   243,    261. 
Foix    (conde  de). 

I;    84. 
Foix    (el  mariscal  de). 

II;   98. 
Foix    (Gastón  de). 

I;   84. 
Foix    (Germana  de). 

II;   213. 
Foix   (Mr.   de). 

I;  53,   54. 
Foix   (Tomás). 

II;    100. 
Fojano    (Camilo  de). 

V;    99. 
Fons    (señor    de    la). 

IV;   408.  * 

Fonseca    (Alonso   de). 

I;    5,   229. 

II ;  92,  93,  226,  248,  282. 

ITT;  10,  197. 

V;    217. 
Fonseca    (Antonio   de) . 

I;  63,  65,  97,  100,  161,  228,  245- 
248,  254-263,  272,  285-288, 
323,   325,   332,    455. 

II;   319. 

III:  10,   90. 
Fonseca    (Juan   de). 

I;  97,  160,  200,  225,  229,  245-247, 


272. 
II;   169. 
III;   260. 
Fonseca    (Vicente  de). 

III;    478. 
Fontesperge  ó  Fiontesperge  (Jorge  de) 

III;   390. 
Forniel    (Juan  Bautista). 
V  ;  301. 

For  tabaleo. 

II;   298 
Fortuna   (el  infante). 

II;   23. 
Fosdenaboy    (marqués  de). 

IV;   38. 
Fragoso    (César) . 

II;   305,   306. 

111;   455,   459,   463,  508. 

IV;  129,  130,   158,  162,   192. 
Fragoso   (Julio) . 

V;   97. 
Francés    (Jerónimo) . 

I;    381. 
Francisco,  duque  dé  Milán. 

II; -200. 
—     V.  Milán   (duque  de). 
Francisco    (e,l   licenciado) . 

I;    399. 
Francisco,  rey  de  Francia. 

I;  80-83,  124,  134,  147,  201-203, 
233,  264,  265,  430-437,  487, 
489-498,  504,  507,  508,  511- 
517. 

II;  66,  85,  96,  175,  224,  241-243, 
252,  254,  293,  408-410. 

III;  225,  314,  352,  358,  393,  464, 
465,    499,    508,    509,    511. 

IV;  157,  407. 

V;    91. 
Francisco  Marín,  duque  de  Urbino. 

I;  147-149. 
Fregoso   (Octaviano). 

I;  512. 
Freiré   Gallego    (Gómez). 

IV  ;  334. 
Frenesio    (Alexandro). 

III;    223. 
Frenesio    (el   cardenal) . 


-  348  - 

III;  68,  53S 

Fustemberga    (duque   de) . 

IV;  57,   475,  505,   528. 

IV;  397. 

Frenesí 0    (Horacio). 

Fustemberge    (duque  de). 

V;   93. 

IV;   505. 

Frenesio    (Octaviano) . 

Fusíembergue    (Cristóbal    de) . 

III;    537-539. 

IV;   459. 

Frenesio    (Octavio) . 

Fustembergue    (Federico  de) . 

IV;   509. 

III:  457. 

V;    102. 

Fustemburque    (Conde    Guillermo  de) 

Frenesio  (Pero  Luis). 

III;   346. 

III;  303,  315,  323,  331,  390,  452, 

537. 

Q 

V;   86,   97,  103,   294. 

Gaabray    (Pedro) 

Frenet    (Nicolau) . 

I;   379. 

IV;    407. 

Gabia    (conde   de).— V.    Gavia. 

Fresco    (Juan  Bautista) . 

Gacüopo   (Domingo). 

V;  97. 

V;  97. 

FrescobOtO    (Gaspar) . 

Gaetano    (Fernando). 

V;    97. 

II;    414. 

Frías    (duque  de) . 

Gagio    (Mr.). 

I;  386. 

I;    121. 

IV;  8,   10,   152. 

Gaitán    (Pedro). 

Frondes    Pergue,    Frontesperte    (Gas- 

III;   275. 

par  y  Jorge) . 

Gajavedo    (Jerónimo). 

II;  285. 

V;  97. 

III;  319. 

Galarán    (Juan) . 

Fuensaiida   (conde  de). 

I;  382. 

I;  218. 

Galarza  (el  licenciado). 

IV;   9,   270. 

V;   251. 

V;    88. 

Galaza    (Juan   Tomás  de). 

Fuentes   (conde   de). 

III;    390,    399. 

II;    432. 

Ga!eato   (el  hijo  de  Ludovico   Pío). 

Til;  331. 

III;  197 

Fuentes    (el  capitán). 

Gales    (el   príncipe   de). 

I;  482. 

i¡V 

Fuentes    (Pedro  de). 

Galípoli    (el  capitán). 

I ;  382. 

III;    137. 

II;  317. 

Galisano    (el  conde). 

Fu  Ico    (Julio). 

I;    120. 

V;  115. 

Galuzo    (Antonio) . 

Fusio    (Tomás) . 

III;   532. 

I;  511,  512. 

Galves  (el   síndico). 

Fustemberg    (Conde  de). 

I;   380. 

IV;    459. 

Gambayo    (el  cardenal). 

V;   70. 

IV;  382. 

Fustemberg   (Guillermo  de) . 

Gambes   ó    Cambéis    (conde  de). 

IV;  401,  404. 

III;   59. 

V;  17. 

Gandía    (duque   de). 

-  349 


II;   216,  419,  420,  442. 
IV;   333. 
V;  88. 
Qaray    (Francisco  de). 
I;  209,  210,  372. 
II;   169. 
G  arces    (micer) . 

I;    216. 
García    (Antonia) . 

IV;    16. 
García  de  León  (el  bachiller). 

I;  379. 
García  de   Loaisa    (Fr.). 

IV;  19,  318 
García  Manrique. 
IV;  323,  463- 
García  Méndez  (el  alférez). 

IV;  32,   34. 
Garcilaso    (el    capitán) . 

IV;   565. 
Garcilaso   de   la    Vega.— V.    Vega. 
Gargud  Arráez. 

IV;   30. 
Garín    (Federico) . 

V;   243. 
Garrafa     (Francisco). 

III;  399. 
Gastaldo    (Juan   Bautista). 
III;   141,  319,  393,  406. 
IV;   397,   505. 
V;  274. 
Castalio    (Hernando) . 

V;    243. 
Gatelar    (monsieur   de) . 
IV;  290,   292,  294. 
Gatinara    (Mercurino) . 
I;  187. 

II ;  124,  148,  248,  426,  453. 
Gatinara,   Gattinara    (conde   de). 

I;    487,    492. 
Gaures    (conde    de). 

II;   216. 
Gauri    (conde  de). 

II;   112. 
Gavia   (conde  de) . 
IV;  155,  370. 
Gayarzo    (conde    de). 
V;    261. 


Gayaso  (el  conde), 

II;  464. 
Gejara    (Aníbal   de). 

III;    365. 
Gelves    (conde   de). 

IV;  454. 
Genaro    (Aníbal   de). 

III ;  399. 
Genova  conde  de). 

II;  97 
Georgio    (el  capitán). 

II;  40,  279,  311,  315. 
Gerbes    (el  xeque  de  los). 

I;   270. 
Germana   (la  reina). 

I;    19,   31,    37,    76,    96,    124,    126, 

183,  209,  229. 
II;    112,   122,   123,   164,   215,   245. 
Germana    (madama) . 

I;   16. 
Gil    (Juan) . 
V:    305. 
Gilberto,   conde  del   Carpió. 

II;  289. 
Ginebra    (conde  de). 

II;  101. 
Ginisber?. 

III;   452. 
Girgenti    (Jacobo) . 

I;  122. 
Girón    (el   licenciado). 

IV;    146,  242. 
Girón    (Pedro). 

I;  34,  35,   105-109,  151,  223.   225, 
334,   335,   337,   346,   358-360. 
367,  361',  370,  420,  421,  467. 
II;  461. 
Godínez    (el  alcalde). 

I;   483. 
Godínez     (el   regidor). 

I;   378. 
Godoy    (Francisco   de). 

IV;   213. 
Gogera   (el  capitán) . 

II;  408. 
Golísano    (el  conde). 

III;  323. 
Gomáriz   (Pedro). 


—  350  - 


I;    381. 
Gómez    (Alvaro). 

III;   271. 
Gómez    (Esteban). 

II;   93,    319,    320. 
Gómez    (Juan) . 

I;    382. 
Gómez    (Rui). 

IV;  457. 
Gómez  de  Hoyos. 

I;   377,   455,   456. 
Gómez   de    Orozco,   el    Zagal    (Alvar) 

III;   291,  292. 
Gómez  de  Sayas. 

I;    379. 
Gómez  de  Silva   (Rui  ó  Ruiz). 

IV;   268,  342,   343 
.     V}  177,  216,  224,  268. 
Gómez  de  Solís  (el  capitán). 

I;  5. 
Gómez  de  Tordona. 

IV;    329. 
Gómez   Fraile. 

IV;    334. 
Gómez   Zagal    (Alvar). 

ni*  281. 

IV;   60,  68,  69. 
—    V.  Gómez  de  Orozco. 
Goreñer    (Guillermo) . 

II;   67. 
Gonzaga    (Alejandro   de). 

V;  244. 
Gonzaga    (Andrea  de). 

V;    243. 
Gonzaga    (Carlos  de). 

IV;  376,  378. 
Gonzaga   (César  de). 

V;  242,  243,  256. 
Gonzaga   (el  Canín  de). — V.  Canín. 
Gonzaga    (Fadriqúe  de). 

IV;  90. 
Gonzaga    (Federico  de) 

I;  436. 

II;  400. 
Gonzaga     (Fernando    de). 

III;  15,  101-103,  270,  293,  294. 

IV;  67,  245,   407. 

V:    262 


Gonzaga    (Francisco  de). 

IV;  90. 
Gonzaga    (Hernando    de). 

III;  101,   114,  115,  136,  138,  323, 
397,  398,   401,  403,  406,  522. 

IV;    114,    254-256,    366,    394-399, 
402,    434-441,    552,    556. 

V;    97,    100,    102,    213,   232,"    242, 
243,   253-255,   294,    300,   301. 
González   (Juan). 

I;   417. 
González    (Luis). 

I;   382. 
González  de  Ataid    (Martín).. 

IV;   141. 
González   de  Avila    (Gil). 

I;    170-172. 
González  de  Benavides   (Gil). 

IV;    231. 
González  de  Mendoza  (Pero  ó  Pedro). 

II;    13. 

III;    201,    270. 

IV;   30. 

V;    268. 
González  de   Valderas    (Pero). 

I;  377. 
Goranbet    (Lorenzo    de). 

III;   58. 
Gorgoth     (Lorenzo  de). 

II;    462. 
Gostera    (barón  de  la). 

IV;    133. 
Gozian    (el   general). 

III;  140. 
Grado    (Alvaro   de). 

III;  143,  269,  301,  455,  459,  462, 
463,   536. 
Grajales    (señor  de). 

IV;    243. 
Gramón    (mosior   de). 

III;    260. 
Granada   (Juan  de). 

V;    255. 
Gran  Capitán   (El).— V.  Fernández  de 

Córdoba    (Gonzalo). 
Granóla    (Marqués  de). 

IV;   38. 
Granvela    (mosior,   monsieur,  cardenal 


—  351  - 


ó    señor   de) . 

II;    420,    421,    425-429. 

III;    71,   260,  291,  352,    391,   467, 
509,  519. 

IV;   43,    103,    199,   202,   221,   251, 
255,  402,  405,  407,  439,  492. 
Grijalva    (Juan   de). 

I;   191,    192,    211,    212. 
Grimao    (mosén) . 

IV;   133. 
Grite    (Luis). 

III;   93,   245. 
Griti     (Andrea) . 

III;  540. 
G ropo I i     (marqués    de). 

IV;  38. 
Guache    (marqués    de). 

III;  262. 
Guadalajara   (el  bachiller). 

I;    377; 
Guadarrama    (Alvaro   de). 

I;  245. 
Guasto      (marqués     del).— V.      Vasto 

(marqués  del) . 
Guatimccín. 

I;  500,  501. 
Güeldres  (duque  de). 

I;   14,   15,   32,   125. 

II;  196,   197,  244,  418. 

III;  62,  376. 

IV ;  207,  250. 
Guemont    (conde   de). 

IV;   459. 
Guerra    (García). 

I;   282. 
Guerrero   (Agustín). 

IV;  214. 
Guevara    (Antonio    de) . 

I;   360,   366-368. 

II;   119,  122,   246,  319,   432. 

IV;  454. 
Guevara    (Baltasar  de). 

IV;   342. 
Guevara    (Diego  de). 

I;  86,  99,  135,  399. 
Guevara   (el  doctor). 

I;   86. 

II;   247. 


III;  12,  150,  205,  303. 
Guevara   (Fernando  de) , 

I;  122. 
Guevara   (Iñigo  de). 

IV;   342. 
Guevara    (Hernando   de). 

III ;  291. 
Guevara    (Juan    de) . 

III;    518. 

IV;  279-282,  379. 
Guevara    (Pedro  de). 

III;   101,    115. 
Guevara   (Santiago  de). 

111;   469,    471. 
Guido  (el  conde). 

III;   431. 
Guiena    (el  rey  de  armas) . 

II;   322,   323,   333,   419,    420,  422, 
428,   429,   443,   445. 
Guillermo    (el   capitán). 

I;  75. 
Gcíma    (conde    de) . 

V;  34. 
Guirinay    (monsieur   de). 

V;    269. 
Guisa    (duque  de). 

IV;   401,  431,   432. 
Guisa   (monsieur  de) . 

IV;   54,   55,   57. 
Guiítimín. 

I;  382. 
Guivara    (el   capitán). 

IV;  331. 
Guivara  (el  doctor). 

III;   435,   504,   505. 

IV;  47,  48,  145,  146,  217,  242,  348. 
Guivara  (Juan  de). 

IV;  393. 

V;  40,  46. 
Guivara    (Vasco  de). 

IV;  565. 
Guizana    (Francisco  de). 

IV;   173. 
Gula-  (marqués   de). 

IV;   38. 
Gursa    (el  cardenal  de). 

I;  193. 
-       III;    95. 


-  352 


Gusina    (Gabriel  de). 

I;  443.      . 
Gutiérrez    (Juan) . 

III;    480.  v 

Gutiérrez   (Felipe). 

IV;  562. 
Gutiérrez  de  Tunjón. 

III ;   472. 
Gutiérrez  López. 

IV;  90. 
Gutiérrez   Velázquez    (el  licenciado). 

IV ;  319. 
Guzmán   (Alonso  de) . 

I;   85. 
Guzmán    (Diego   de). 

I;  377. 
Guzmán    (Enrique  de). 

I ;  26. 

III;  260. 

IV;  333,  335. 
Guzmán    (Francisco  de). 

I;   454. 
Guzmán   (Gabriel  de). 

I;  472. 
Guzmán    (Gonzalo  de). 

I ;  93,  94,  377. 
Guzmán   (Juan  de). 

I;  26. 
Guzmán    (Luis    de). 

II;  407. 

IV;   82. 
Guzmán    (Ñuño  de). 

II;    316,   468,   469. 

III;  486. 

IV;   130,  219. 
Guzmán   (Pedro  de). 

III;   90,   258. 

IV;  241,  254,  263. 

V;   217 

H 

Hali mecen    (el  capitán  turco). 

I;    200. 
Halipando   Madrucho. 

IV;  504. 
Hamet. — V.   Muley. 
Hamete. — V.  Muley. 
Hamete   Gamarazan. 


III;   291. 
Haneto    (Philipo). 

I;  487. 
Haro    (condesa  de). 

I;    358,    467. 

IIT;    12. 
Haro    (Cristóbal  de). 

II;   93. 
Haro   (Diego  de). 

V;  217. 
Haro    (duquesa  de). 

II;   320. 
Haro   (Luis  de). 

IV;  30,  35. 
Haro  y  Varáez    (Luis  de). 

III:  281. 
Hasa    (duque   de). 

III;   94,   96. 
Héctor   (el  conde). 

IV;  370. 
Helche    (marqués    de). 

IV ;  238. 
—    V.    Eiche. 
Heisestan   (conde  de). 

II;   117. 
Henao    (conde  de). 

I;   494. 
Henao    (el  senescal    de) . 

IV;   459. 
Heredia   (Diego  de). 

I;  377. 
Heredia    (Juan  de). 

I;   380. 
Heredia    (Manuel   de). 

I;  380. 
Hedía   (Pedro  de). 

III;   542. 

IV;  220. 
Hermosilta    (el    capitán). 

III;  182,   184,  *198,  202. 
Hernández    (Alonso) . 

I;  382. 
Hernández    (Francisco). 

I;   211. 
Hernández    (Gonzalo). 

I;  192. 
Hernández    (Ñuño). 

IV;   137. 


-  353  — 


Hernández   (Pero). 

IV;  335. 
Hernández  de  Ángulo    (Pero). 

I;  382. 
Hernández  de  Córdoba    (Diego). 

I;   188. 

II;    172. 
Hernández  de  Córdoba   (Francisco). 

I;   186,    192. 
Hernández  de   Córdoba    (Luis). 

I;  188. 
Hernández   de   la    Cueva    (Francisco) . 

II;  319. 
Hernández  de  Linares. 

I;   382. 
Hernández  de  Ocampo   (Garci-). 

I:  377. 
Hernández  de  Velasco    (Iñigo). 

I;    92,    118,    147,    160,    198,    350, 
358,  386. 
Hernando   (el  infante  Don). 

IV;  432,  435. 
Herrada    (Juan  de). 

IV ;  328,  330. 
Herrera    (el  alcalde  y  licenciado), 

I;  33,  134,  346,  348. 
Herrera    (el  comendador). 

II;  251. 
Herrera   (el  escribano). 

I;  381. 
Herrera    (el    licenciado   y    obispo) . 

II;  93,   172. 
Herrera  (Juan  de). 

III;  275. 
Herrera  (Miguel  de). 

I;  457,  469. 
Herrera   (Luis  de). 

I;   381. 
Hesia    (el  landgrave  de). 

IV;    492,    495,    498-502. 

V;  43,  45. 
Hesen,   Hesin   (el  landgrave  de). 

III;  374. 

V;  38,  39. 
Hijar    (Antonio  de). 

III;   320. 
Himón    (el  conde). 

IV;  38. 


H  inguen    (Francisco) . 

I;  486-488,  491. 
Hinojosa    (Alonso   de). 

IV.  568. 
Hipólito    (el  coronel). 

IV;   389. 
Hobremonte    (monsieur  de). 

V;  267. 
Hoces    (Diego  de). 

IV;   332. 
Hoces    (Fancisco  de). 

ni;  469. 
Hoces    (Juan  de). 

II;   164. 
Hochistraten    (conde   de). 

IV;  459. 
Hombre!    (el  delfín). 

II;   108. 
Home    (Lope). 

II;  89. 
Hoyert    (Juan) . 

V;  174. 
Hoyos    (Gómez    de). — V.    Gómez    do 

Hoyos. 
Hoz   (Antonio  de  la) . 

I.  380. 
Hugo    (Don)...   de    Moneada. 

II;    173,   177,   416. 
Hungría   (el  príncipe  de). 

IV;   431,   432,   435,   504. 
Hungría   (el  rey  de). 

I ;  125,  434,  435,  493. 

II;   244,   263,  266,   276,   285.   401, 
453. 
Hungría   (Fernando  de). 

II;   432. 

III;  93. 
Hungría   (Luis  de). 

III;  22,  242. 
Hurtado    (Juan). 

IV;  542. 
Hurtado    (Pedro). 

IV;  542. 
Hurtado  de   la    Vega    (el  corregidor). 

I;  379. 
Hurtado  de    Mendoza    (Diego). 

I;  233,   234,  485. 

IV;  95,   238. 

23 


—  354  — 


V;  217. 
Hurtado  de  Mendoza   (Lope). 

III;  10. 
Hurtado  de  Mendoza   (Luis). 

I;  370. 

II;   116. 

III;   256,   541. 

IV;  26,  82,  449. 

V;  300. 


Ibáñez   (Pero). 

I;   380. 
1  barra   (Juan  de). 

I;  380. 

II;  408. 
I  barra   (Pedro  de). 

III;  536 
Icart   (Luis). 

IV;   172. 
I  cerón    (el   capitán). 

IV;  35. 
Icife    (el  moro). 

III;  548,  551. 
Idiáguez   (el  secretario). 

V;   41. 
I  jar    (Antonio   de). 

III ;  419,  461,  462,  464. 
Imperatore    (Francisco). 

I;  138,  140. 
Imperatore    (Fredusio  de). 

I;  138. 
Imperatore    (Pompilión   de). 

I;  122. 
Imperial   (Bautista). 

V;  97. 
Inestrosa    (el    comendador). 

I;   252. 
Infantado  ó    Infantazgo    (duque   del). 

I;    198. 

II;   160. 

IV;  8,   22,   459. 
Infante   (Juan). 

IV;  231. 
Inglaterra    (el  cardenal  de). 

I;     203,     230-233,     266,     487-493, 
513-516. 

II;  148,   149. 


Inglaterra    (el  rey  de). 

I;  5,  51,  74,  75,  78,  89,  125,  201, 
230-233,     264-266,     432,     487- 
493,  513-517. 
II;  67,  82,  104,  111,  124,  148-150, 
157,     199-201,     240-244.     324, 
327,  396,   401,   411,   455. 
V;  90,   91. 
Iñiguez   de  Garpizano    (Martín). 

III;  471-73. 
Inocencio    (el  cardenal) 

II;  395. 
Isabel  la  Católica. 

I;  2,  11-13,  21,  25,  184,  263,  287. 
296,  316,  426. 
V.   Reyes  Católicos. 
Isabel    (la  emperatriz). 

II;  124,   225-230,    245,   249. 
9sabe!,   reina  de  Dinamarca. 

II;   245. 

Isabel,   reina   de   Portugal. 

I;   1. 
Isla    (Francisco  de). 

IV;   281-283. 
Ismael  Cufí. 

I;   79. 
Istuin    (mosior  de). 

III;   260,   398. 


Jacobo    (el   embajador) . 

II;   239. 
Jacobo  Juan    (el  embajador). 

II;  75. 
Jácome    (el   artillero). 

I;   379. 
Jaén    (el    capitán). 

III;   274,  409,  432,  460. 
Jaén    (el  cardenal  de). 

V;  264. 
Jaén    ( Pascual  de). 

I;  383. 
Jaime  de  Escocía. 

I;  74,  75,  125. 
Jamburg    6    Jamburge    (el  coronel). 

IV;   524. 

V;  8,  12. 
Jamis   (Mr.   de). 


355  — 


I;  435. 
Janzbalther. 

V;   18. 
Jaramilio   (Juan). 

IV;  231. 
Jartel    (Sebastián) . 

IV;  505-507,   514,   525. 

V;    10,   11. 
Jasa    (duque  de). 

IV;    486,    491',   507-410,   517,    525, 
529,   531,  535,  536,  538. 

V;    9,    12,    16-18,    20,    22,    25-30, 
32,  36,  40. 
Jasa  Juan  de). 

IV;  529. 
Jebres    ( monsieur  de) . 

V;   276. 
Jelves    (conde   de  los). 

IV;    9. 

V;    217,   228,  268. 
Jerife  (El). 

V;  302-307. 
Jesta    (Juanín) . 

I;  380. 
Jeulez   (Mr.  de). 

I;   276. 
Jiménez    (el  cardenal    Fr.    Francisco;. 

—     V.    Ximénez. 
Jiménez  de   Quesada    (Gonzalo). 

III;  543,  545,  547. 
Jirón    (el   licenciado). 

III;    404. 

IV;  47. 
Jofre     (el   aposentador). 

I;    252,    253. 
Jomeri    (Albertrín). 

II;  285. 
Jorge    (el  capitán  general). 

II;  118. 

Juan V.  Jacobo. 

Juan    (el  deán). 

I;  379. 
Juan    (el  falso  príncipe  Don). 

II;   13,   14. 
Juan    (el  marqués). 

IV;    504. 
Juan    (el  príncipe  Don). 


I;   2,   23,    77,   T84. 
Juan,  rey  de  Navarra  y  Aragón. 

I;  2,  56-67,  83,  84,  141. 

II;    153. 
Juan    Federico  de   Sajonia. 

IV;   501,  502. 

V;  13. 
Juan    Luis    (el  alférez). 

V;   98,  99. 
Juan  III  de  Portugal. 

II ;  88,  93,  195,  225.  244,  263,  329. 

IV;   142. 
Juana    (la  infanta  Doña). 

V;  225,  252,  290,  291. 
Juana    (la   princesa   Doña). 

I;  3,  5-7,  9,  11,  12. 
Juana    (la  reina  Doña). 

I;  13-23,  26,  28,  31,  32,  36,  50, 
89,  92,  104,  108,  109,  112-116, 
168,  169,  204,  207,  219,  224. 
256,  262,  272,  345,  360,  383, 
386,    395,   457. 

II;  9,  15,  92,  193. 

IIJ;  521. 

IV;  50. 

V;   198.  252. 
Juana,   reina  de  Navarra). 

II;    107. 
Juanas   (Fray). 

II;  83. 
Juanes    (el  licenciado) . 

I;  325. 
Juanicorto    (el   capitán). 

I;  470. 
Juara    (Tomás  de). 

V;  252. 
Juárez   (Juan). 

II;   297. 

IV;   542. 
Juárez   (Luis). 

IV;  81. 
Juárez  de   Garavajal    (Illán). 

IV;   563. 
Juárez,  Suárez,  de  Figueroa  (Gómez). 

V;    217. 
Judío  (El). 

II;  162. 
Juliel    (duques   de). 


356  — 


IV;  110. 
Juliel    (duquesa   de). 

IV;   IOS. 
Juliel    (Gerardo,    duque    de). 

IV;  107. 
Juliel    (Guillermo,   duque   de). 

IV;  108. 
Juliel    (Renaldo,   duque   de). 

IV;  106. 
Julier    (duque   de). 

V;  169. 
Juliers    (duque    de). 

I;   276. 
Julio  II. 

I;  44,   47,   48,   52,   69,   80. 
Justárs   de   León    (el  licenciado). 

I ;  381. 

L 

Labal    (monsieur   de) . 

IV;  432,  434,   437. 
Labio    (Juan). 

V;  97. 
Labrit    (Carlos  de). 

II;    414. 
Labrit    (el   bastardo  de). 

II;  153. 
Labriit    (Enrique  de). 

Ií;    113,    153,    232,    233. 
Labrit   (Juan  de). 

I;  56,  84,   117,  118,  124,  134. 
Labrit    (señor    de). 

II;   98. 

IV;    426,   427. 
Labud    (Enrique    de) . 

IV;  57. 
La-Chaulx    (Mr.  de). 

II;  225,  432. 
Lada    (Francisco  de). 

I;  381. 
Ladrón     (Juan    Bautista   de) . 

III ;  535. 
—    V.    Lodron. 
Lain,    Lanin    (monsieur). 

V;  274,  275,  281. 
Laín   (Nicolás). 

V;  115. 
Lallon   (el  Sr.  de). 


II;  99. 
Lamas  (Juan  de). 

IV;    174. 
Landa     (conde    Caludio    de). 

III;  319,  398. 
Landgrave    (el). 

IV;  361,  456,  459,  486-491,  501, 
502,  504,  507,  5U8,  510,  511, 
514,  516-519,  522,  525,  531, 
536,    538. 

V;  9,  36-46. 
Landgrave    (Felipe) . 

IV;  487,  492,  495. 
Landgravia    (duque   de). 

IV;  205. 
Lando    (conde   Agustín). 

V;  98-100. 
Lando   (Pedro). 

IV;  40. 
Lange    (monsieur    de) . 

II;  290. 

IV;  174,  209,  211,  212. 
Lanovelara     (colide   de). 

IV;  154. 
Lanoy    (Carlos   de). 

I;   100,  169,  513. 

II;    34,    69,    101,    158,    178,    180, 
235-237,    286,    299,    321. 
Lanoy   (Fernando  de). 

IV;  435. 
Lanuza    (Juan  de). 

I;  86,  91,  228. 

II;  432. 

V;  217,   268 
Lara   (Manrique  de). 

III;  259. 
Lárez    (el  escribano). 

I;  382. 
La-Roche     Aymond     y    La-Roche    du 
Meyne. 

II;  99. 
Laso   (Luis). 

V;  291. 
Laso    (Pedro). 

II;  319. 
Laso  de  Castilla  (Pedro). 

V;  293. 
Laso  de  la  Vega   (Pero). 


357 


I;    123,    219,   225,   226,   261,    271, 
358,  360,  377,   428,  429. 
Lasco    (Jerónimo) . 

III;   246. 
Latorre  (Juan  de). 

I;  378.       , 
Lautrech,    Lautrec    (Mr.  de). 

I;  53,  63,  507,  510,  511. 

II;    304-307,     321,     393-402,     405. 
408,    409,  413,   414,   456,   460. 

III;  372. 
Lauxach   (Mr.  de). 

I;  222. 
Lavedan    (vizconde  de) . 

II;   99,   100. 
Laxao   (Mr.  de). 

II;  107,  113. 

III;   260. 
Lázaro    (el  capitán) . 

III;  431,  455. 
Leandro   (el  asesor). 

II;  418. 
Ledesma    (Francisco) . 

V;  94. 
Leguizamo   (el  alcalde). 

I;  119,  336. 

II;  10. 
Leguizano    (Tristán  de;. 

V;  218. 
Leiningen    (Conde  de). 

V;  176. 
Leipa    (señor   de) . 

V;   176. 
Leiva    (Antonio  de). 

I;  459,  508,  509. 

II;  67,  68,  96,  238,  283,  303-307, 
394-398,    410,    454,    464-467. 

III;  17-19,   66-69,   72,   75,   84,  97, 
115,   117,   136,   138,   175,  178, 
220,    293,   318-323,    356,    365, 
390-392,   397,   404. 
Leiva   (Diego  de). 

V;  218,  268,  275.     . 
Leiva   (Jerónimo  de) . 

III;   78. 
Leiva    (Sancho  de). 

II;  428. 

III;  320,  403. 


Lemafaz    (marqués  de). 

IV ;  38. 
Lem  breque    (señores  de). 

IV;  43. 
Lemos    (Antonio  de). 

IV;  345. 
Lemos    (conde  de). 

I ;  30. 
Lemos    (condesa). 

IV;  454. 
Leni    (señor   de). 

IV;  295. 
Lentre    (monsieur   de). 

IV;   55. 
León  X. 

I;    69-71,    80,    83,    147,    175,    199, 
405,    430-434,    437-439,   502. 

II;  250-255,  405. 
León    (Francisco  de). 

I;   381. 
León  (García  de) — V.  García  de  León. 
León    (Melchor  de). 

V;  300. 
Leonor  de  Navarra. 

I;   84. 
Leonor    (la    infanta    Doña). 

I;  159,  162-164,  169,  183. 
Leonor,  reina  de   Francia. 

II;  111,  192-194,  220,  265. 

III;  508,  509,  517. 

IV;  49,  57. 
Leonor,  reina  de  Portugal. 

I;  184,  223,  502- 

II;    66,    67,    109,    176,    177.    179 
195,  283,  287. 
Lerma    (duque  de). 

IV;   261. 
Lerma    (el  capitán). 

IV;  570. 
Lerma   (García  de). 

III;  317,  543. 

IV;  220. 
Lescun  (Mr.) 

II ;  215. 
Lesparre  (Mr.  de). 

I;  467-469,  479. 
Lesquína    (el  capitán). 

I;   379. 


—  358  — 


Leyden  (Juan  de). 

III;  221. 
Lezana   (Urban  de). 

I;  383. 
Lezcano    (el  capitán). 

II;  7. 

III;  184,  201,  207,  462. 
Lezcano   (Ignacio  de). 

I;  454. 
Libernia    (duqiie  de). 

IIT;  56. 
Lieja    (el   cardenal  de). 

I;  193. 
Lima    (Jorge  de). 

V;    219. 
Limbudg    (barón   de). 

V;  70. 
Limburgo    (conde  de). 

I;  281. 
Línaburge   (barón  de). 

V;   170. 
Linares    (Andrés    de). 

I;  382. 
Liní    (señor   de). 

IV;  459. 
Liquerque    (señor  de). 

III;  127,  133,  392. 
Listulnio    (Jaeobo). 

IV;  103. 
Lizana   (Jacobo  de). 

IV;  37. 
Loaisa   (el  clérigo) . 

IV;  562,  563. 
Loaisa    (el  comendador). 

II  ;  316-318. 

III;   12,  468,  471. 
Loaisa,    Loaysa    (el   doctor). 

I;  376,  428. 
Loaisa,   Loaysa   (García  de). 

II;  93,  240,  248,  283,  295,  452. 
IV;  49,  318,  541. 
Lobon     (el    licenciado) . 

I;  393. 
Lobo — V.    Bayaroto. 
Lodión,   Lodrón    (conde  de). 
IIT;  149,   320,  398. 
IV;  156,   168. 
Lodrón    (Ludovico) . 


II;  304,  305. 
Lodroño   (Bautista). 

II;  307. 
Loges    (Mr.    de). 

I;  498.    • 
Logroño    (el  doctor). 

IV;  542. 
Lombay    (marqués   de). 

III;  258,   466. 

IV;   25,  49,   333. 
Lombay    (marquesa    de). 
■       III;    12. 

IV;  25. 
Lombenque    (el  vizconde). 

III;  313. 
Longavilla    (duque   de). 

II;  100. 
López    (Alonso). 

I;   383. 
López   (Diego). 

I;   381. 

V;  219. 
López    (el  doctor  Tero). 

V;    180. 
López    (Gregorio). 

V;  300. 
López   (Iñigo). 

I;  478. 
López    (Juan). 

V;  219.  • 
López   (Pedro). 

II;  246. 
López  Benajara    (Diego). 

II;   216. 
López   Coronel    (Iñigo). 

I;  378. 
López  de  Galatayud   (Pero). 

I;  378. 
López  de  Cárdenas    (Garci). 

IV;   99-101. 
López  de  Medrano    (Diego). 

V;   217. 
López  de  Padilla  (Gutierre), 

I;  98,  220. 

III;  398. 

V;  217,  228,  273,  285. 
López  de  Padilla   (Pero). 

I;  98,  220,  272. 


~  359   - 


López  de  Porras   (García). 

I;  379. 
López  de  Villacanes   (Diego). 

I;  382. 
López  de  Villalobos  (lluy). 

IV;  481,  485,  486 
López  de  Vivero   (Juan). 

IV;  344. 
López  de  Zúñiga   (Iñigo). 

V;  218. 
López   Mejía    (Diego). 

V;   217. 
López  Pacheco    (Diego). 

I;  229. 
Lorata    (marqués    de) . 

III;   261. 
Lorena    (duque  de). 

I;  125. 

II;  244. 

III;   508. 

IV;  55,  57,  257,  401,  409,  428. 
Lorena    (duquesa  de) . 

I;  125. 

IV;    440. 
Lorena    (el   cardenal    de). 

III;  320,  355,  467,  512. 

IV;  54,  57,  432,  433,  435,  436.  439. 
Lorena    (marqués   de) . 

III;    188. 
Lorenzo   (el  pelaire). 

I;   215. 
Lorero   (Luis  de). 

IV;   143. 
Lorges   (Mr.  de). 

II;  99. 
Loroña   (García  de). 

III;   551. 
Losada    (Pedro  de). 

I;  378. 
Lovaina    (el   deán  de).— V.   Adriano, 
Luca    (Juan  de). 

I;  122. 
Luca    (señores  de). 

I;  125. 

II;  217. 
Lucemburg   (duque  de). 

III;   551. 
Lucena    (el  capitán). 


I;  477,  478. 
LUCO?    (Rey  de). 

IV;    126. 
Lu  doy  ico   (Juan). 

II;   96. 
Lufrea   (Cristóforo  de). 

ni;  457. 
Lugo  (Alonso  de). 

ni;  543. 
Lugo   (Pedro  de). 

III;  317,  543,  547. 
Luí    (monsieur  de). 

IV;  436. 
Luis,   duque  de   Orleans. 

II;  258. 
Luís    (el  gentil-hombre) . 

II;   100. 
Luís    (el  infante  Don). 

I;   185. 

II;   93. 
Luis    (el   maestre   y    médipo). 

I;  135. 
Luis,  rey  de   Francia. 

I;  3,  4,  6,  10,  11,   14,  16,   20,  30, 
31,  38,  44,  45-49,  56,  57,  69, 
71,   77,   80-83,   214,  259. 
Luis,   rey  de   Hungría. 

II;  278,  279.  281. 
Luisa   de   Francia    (la  princesa). 

I;  125. 
Luisa    (madama) . 

n;  233. 
Luisa,  regente  de   Francia. 

II;    150. 
Luísí    (el  bajá). 

ni;    450. 
Luna    (Alvaro  de). 

IV;  555. 
Luna    (Alvaro   ó    Antonio   de). 

IV,  134,  371. 
Luna   (Antonio  de). 

I;   335. 

V;  212,  218,  291. 
Luna    (Carlos  de). 

V;  218. 
Luna  (conde  de). 

I;  247. 

III;  259. 


360 


IV;  333,  335. 

V;  243,  255,  262. 
Luna    (duque  de). 

I;  68. 
Luna    (Juan   de). 

I;  458. 

III;  434,  539. 

IV;  394,  557,  558. 

V;  100. 
Luna    (María  de). 

I;  370. 
Luna   (Miguel  de). 

V;  217. 
Lurcán,    Lurcaón    (el   capitán). 

III;  550. 
Lusman    (el  capitán). 

IV;  67. 
Lutenburg    (el  landgravio). 

IV;  488. 
L útero    (Martín) . 

I;   401,   404-415. 

IV;  103,  246,  397,  476. 
Lutrec    (monsieur  de). 

IV;  460. 
—    Lautrech. 
Lutreque     (mosior   de). 

III;  361. 
Luxa   (el  bastardo  de). 

II;  99. 

NI 

Macarenas   (Ñuño). 

IV;  137. 
Macedonia    (príncipe  de). 

IV;  475. 
Macias    (el   piloto). 

III;  479. 
Machacao  ó   Machicao    (el  maestre  de 
campo) . 

III;     136,     139,     177,     184,     185, 
197-199. 
Machín  de  Monguia. 

III;  273,   526,   528. 

IV;  &,  35. 
Machuca    (el   capitán). 

IV;   169,   172. 
Mademburga    (gravio  de). 

V  ;   167. 


Madremaluco  (el  Capitán). 

III;  496. 
Madrid    (Diego  de). 

I;  378. 
Madrid  (Pedro  de). 

I;  380. 
Madrid    (Rodrigo  de). 

I;   380. 
Madrigal    (Alvaro  de). 

IV;   173. 
Madrucho    (el   coronel); 

IV;  504-507,  513,  523,  527. 
Madrucho    (Luitprando) . 

V;  8,    18. 
Magallanes    (Fernando,  Hernando  de). 

I;  210. 

II;   17-20,  93,   317. 
Magdalena    (el    comendador   de   Ja). 

IV  ;  341. 
Magno  (Juan). 

II;  74. 
Magreche    (Sandinico) . 

V;  115. 
Maguer    (el  doctor). 

IV;   361. 
Maguncia    (el   cardenal   de). 

I;    275-281,    405. 

II;  42,  87. 

III;  94,  106,   224. 

IV;  102. 
Mahomet. 

II;   26,   28,  30. 
—    V.   Muley. 
Mahomet  Bajá. 

IV;  273. 
Mahomet  Celebí. 

III;    412. 
Mahomet   el    Harran. — V.   Muley. 
Mahomet  Tantes. 

III;   291. 
Mahomete. — V.    Muley. 
Mahometo. — V.  Muley. 
Mailli    (el    capitán). 

II;  100. 
Malatesta  Bailón. 

III;   14. 
Maldonado    (Arias). 

IV ;  562. 


—  361  — 


Maldonado    (Diego). 

IV;  562. 

V;   219. 
Maldonado    (el   capitán). 

I;  469. 
Maidonado    (el   doctor) . 

II;   93. 
Maldonado    (el    licenciado) . 

II;   468,   469 

IV;   226. 
Maldonado    (el  oidor). 

II;  93. 

IV;  215. 
Maldonado    (Francisco  de). 

I;  377,   457,   459. 

IV;  214,   215,  231,  444,  566,  567. 
Maldonado   (Gonzalo  de). 

II;   172. 
Maldonado   (Pedro  de). 

III;  26. 
Maldonado   (Pero  de). 

I;  377. 
Malenton   (Felipe). 

IV;   103. 
Malfa    (duque    de) . 

III;    101-103,   113,   115,   354. 

IV ;  284,  285. 
Malfa     (príncipe    de) . 

III;   142. 
Malfet    (Tomás). 

I;    16. 
Malgra    (marqués    do). 

IV;  38. 
Malseta    (príncipe   dé) . 

III;  261. 
Maluenda    (el   doctor). 

IV;   104. 

V;   115. 
Maluonda    (el  licenciado). 

I;   380. 
Malla    (monsieur  de). 

V;   277. 
Mamederaman     Meriza    ó     Mamedea- 
meneriza   (el  capitán  y  rey). 

III;  495,  497. 
Mamudecan    (el  rey). 

III;  496,  549. 
Mandrucio   (Cristóbal). 


V;  104,  106. 
Manhort   (Hugo  de). 

V;   115. 
Manrique    (Alonso). 

I;  86,  112,  135,  184,  229. 

II;    16,    78,    118,    229,    246,    283, 
417,  433,  452,  459. 

III;  90,   260,  540. 

IV;  49,  334,  343. 
Manrique    (Antonio) . 

I;  112,  376,  466,  470. 
Manrique    (Bernaldo) . 

III;  427. 
Manrique     (Bernardino) . 

IV;  269,  270,  339. 
Manrique   (Francisco). 

IV;   144,  193. 
Manrique   (García) . 

III ;  323. 
Manrique  (Gómez). 

V;  217. 
Manrique    (Gutierre) . 

I;   483. 
Manrique   (Inés). 

III;   12. 
Manrique  (Jorge). 

II;   317. 

III;  469. 
Manrique   (Juan). 

III;  70,  89,  90. 
Manrique   (María) . 

IV;  238. 
Manrique  (Pedro). 

I;  476,  478,  484. 

III;   90. 

IV;  543. 
Manrique   (Pero). 

I;  375. 

IV;  454. 
Manrique  de  Guzmán    (Diego). 

I;  350. 
Manrique   de    Lara    (Bernardino) 

V;  217. 
Manrique  de  Lara  (Juan) . 

III;  259. 

V;  170,  268,  273,  274,  285. 
Mansfeld    (conde  de). 

IV;  459. 


362  — 


V;  21,  34-36,  174,  175,  268, 
269,  274. 
Manso  (el  doctor). 

TI;  93. 
Mantua  (duque  de). 

III;  93.  101.  389,  409. 

IV,  90,  209,  409,  459. 

V;  253,  257,  258,  261,  263. 
Mantua    (duquesa   de). 

IV:   409. 
Mantua    (el   cardenal  de). 

TU;    220. 

IV;    113. 

V;  257,   262. 
MaMua     (marqués    de). 

1  ;  10.  55,  438,  439,  509. 

II;  68,  69,  244,  398,  401,  456. 

III;    72,   93. 

IV;   88,    113. 
Manuel   (Juan). 

I;     14,     20,    31,     199,     207,     436, 
502-504. 

II;  432. 
Manuel    (Lorenzo). 

III;  78,  260.  397. 

IV;  432,  436. 
Manuel   (Pedro). 

III;  197. 

IV;  562. 

V;  217,  268,  286. 
Manuel,  rey  de   Portugal. 

I;  1,  3,  164,  184,  185,  210,  502. 

II;  16,  192. 
Manuel    (Rodrigo). 

V;  217,  268. 
Manus    (Jacobo  Enrique). 

V;  115, 
Manzanedo   (Bernardino  de). 

T;  128. 
Manzanedo    (el  licenciado). 

I;  381. 
Mapocho   (el  indio). 

III ;  492. 
Maqueda    (duque  de). 

IV;  9,  200,  238. 

V;  305. 
Marca    (Erardo  de  la). 

I;  232. 


Marca   (Roberto  de  la). 

I;  232,  431-435,  486-488,  491,  493. 

II;  42,  99,  254,  460. 
Marcha    (Roberto   de  la). 

III;  336,  339.  367,  370. 
Marche  Sitique   (el  capitán). 

II;  285. 
Mardeces    (Diego,   conde  de). 

IV;  103. 
Margarita  de   Austria. 

I;    125,   431,    435,   486,    514. 

II;  150,  211-213,  233,  400. 

III :  537-539. 
Margarita    (la  princesa  madama). 

I;  1,  23,  32,  85,  92,  232. 

III;   310. 

IV;   382. 
Margarita   (la  señora). 

II :  274. 
María    (la   infanta  Doña). 

I;  17,  434. 

IV;  28. 

V;  177,  179,  210,  215,  223. 
María    (la  princesa  Doña). 

I ;  18,  20. 

II;  148,   150,  224. 

IV;  261,  262,   268,  450,  452,  453. 
457,   540. 

V;   225,   248,   251,   252,  286,  290- 
292. 
María    (la    reina   Doña). 

IV;    41,    59,    251,    396,    431,    433, 
436,   456,    487. 

V;  267,  269,  270,  279,  285. 
María,  reina  de  Ñapóles. 

I;  188. 
María,  reina  de   Portugal. 

I;  3. 

II;   109,  152,  153,   179,   195. 
Maríalva    (conde  de). 

1 ;  185. 
Marín    (Juan). 

III;  399. 
Marino    (Alonso). 

II ;  248. 
Marino   (Hernando). 

II;  238. 
Marinan    (duque  de). 


—  363  — 


V;  47. 
Marinan     (marqués   de). 

III:   117,  398,  405. 

IV;  440. 
Marinarlo  (marqués  de). 

IV;   504,   506. 

V;   13,  37,   47. 
Mario  (Juan). 

IV;  477. 
Marmolejo    (el   alférez). 

IV;  124. 
Maro    (mosior). 

III;  419. 
Marqués    (Francisco). 

I  ;  348,  379. 
Marquina    (el   secretario). 

IV;   459. 
Marquino   (el   zapatero) . 

I ;  381.    ' 
Marsi    (madama  de) . 

IV  ;  43S. 
Martín    (Francisco). 

IV;  329. 
Martín    Mengo,    Martín    Mingo    (Ga- 
briel) . 

II ;  25,  29,  32. 

III;  138,  164. 
Martinengo   (lorge). 

IV;  383. 
Martínez    (el  doctor). 

I;  377. 
Martínez  de  Irala   (Domingo). 

III;  488. 
Martínez  de  Lesua    (Sancho). 

II;  443. 

III ;  18. 
Martínez  Silíceo    (Juan). 

IV;  95,  128,  262,  267,  540. 

V;    87. 
Martiningo  (Fray). — V.  Martín  Mengo 

ó  Mingo   (Gabriel). 
Martino    (micer  Juan) . 

III;    114. 
Martinos    (Los). 

II;  157. 
Mártir,  Martyr   (Pedro). 

II ;  93,  249. 
Marramaldo  (Fabricio). 


III;  14,  16,  99-101,  141,  261,  270, 
366,   390,   399. 
Mascarenas   (Beatriz). 

III ;  535. 
Masent    (conde  de). 

V;   267. 
Masía    (conde   d<> ) . 

III;   261. 
Masquefa    (el  capitán). 

IV;  35. 
Matan    (el  rey  de). 

II;    19. 
Maitañudo    (rey  de  Zebú). 

II;   19,   20. 
Mateo    (Juan). 

IV;  300. 
Matienzo    (el   licenciado) . 

II;  468. 
Maugeron    (Mr.   de). 

II;   99. 
Mauricio    (el  duque  y  elector). 

IV;  488,  491,  529,  531. 

V;    12-21,    24,    26,    28-32,    36-38, 
43,   215,   264,   265. 
Maximíano   (el  coronel). 

III ;  404. 
Mauro    (el   capitán). 

IV;  378. 
Maximililano    (el  conde). 

III;   219,   293,   294,   319,   322. 
Maximiliano    (el  duque). 

I:    82. 
Maximiliano    (el   emperador). 

I;  2,  6,  8,  14,  15,  20,  23,  28,  39. 
45.   51,    55,    72-74,    80-90  193. 

II;  40,  75,   193,  260. 
Maximiliano      (el     príncipe     ó     archi- 
duque) . 

TV;  396,  456,  460,  490,   504,  522. 

V;    169,    177,    179,    210,   213,   215. 
223-227,  251,  252,  286,  390-292. 
Maximiliano  de  Hungría. 

IV;    431. 
Máximo    (Dominico  de) . 

II;  297. 
May    (micer) . 

III;  71. 
Maza    (Juan  Bautista  de). 


364  — 


IV;  275. 
Mechelburg    (el  duque). 

IV;   488. 
Médicis   (Alejandro  de). 

III;  315,  356. 
Médicis    (Oosmo  de). 

IV;  40. 
Médicis    (el   cardenal  de) . 

I;  70,  139,   436-438,  502-504,  507. 

II;  81. 
Médicis    (Joaquín   Jacobo   de). 

III;   116. 
Médicis    (Juan    de). — V.    Salviatis. 
Médicis    (Juan  Jacobo   de). 

II;  303,  304,  393,  397,  398. 

III;  319,  398,  405,  408. 
Médicis    (Juanín  de). 

IV;  460. 
Médicis    (Lorenzo  de). 

I;   147,   148. 

III ;  428,  429,  540. 
Medina    (el    comunero) . 

I;   383. 
Medina    (Hernando  de). 

V;  219. 
Medina  de  Ríoseco  (duque  de). 

III;  510. 
Medina  Sidonia    (duque  de). 

I;    26,    27,    33,    76,    85,    86.    105, 
151,  334,  335,   371,   429. 

IV;   8,  10,  23,  261,  266,  271. 
Medina  Sidonia    (duquesa  de). 

I;  371. 
Medinaceii    (duque   de). 

III;  468. 
Medinirrao    (el    capitán). 

III;  495,  496. 
Merlino   (el  doctor). 

I;  377. 
Mega   (conde  de). 

V;   267. 
Mejía    (el  comendador). 

I;   370. 
Mejía    (Rodrigo). 

I;   370. 
Melía    (duque  de) . 

IV;  212,  475. 
Melgar   (Joanes  de). 


I;  381. 
Melgarejo    (el    fraile). 

II;  298. 
Melón    (el   porquerón). 

I;  236. 
Melsa   (el  príncipe  de) . 

II;  401,  402. 
Meium    (Francisco  de). 

II;    216. 
Mello    (marqués  de). 

■    V;  243. 
Memoranci,    Memoransí    (Hanne,    ma- 
riscal de). 

II;  155,  175. 

III;  512. 
Menara   (el  alcaide  de). 

IV;  303. 
Méndez    (Diego) . 

IV;  332. 
Méndez  de  Sotomayor    (Luis). 

III ;  184,  198,  269. 
Mendiuchaga    (el  capitán). 

IV;   87. 
Mendoza   (AlVarez  de). 

V;   94. 
Mendoza    (Alvaro  de). 

III;   90. 

V;  217,  268. 
Mendoza    (Antonio  de). 

T;  370. 

III;  486. 

IV;    96,    97,    99,    212,    213,    319, 
481-485. 

V;  300,  305. 
Mendoza    (Bernardino  de). 

III;  281,  292  301,  536,  540.     . 

IV:  83,  85-88,  168,  293. 

V;  217. 
Mendoza    (Diego   de). 

I;  228,  416,  418,  444,  443. 

II;   459. 

TU;   71,  487. 

IV ;  245,  479,  556. 

V;    86,    103,    104,    106,    112,    114, 
295. 
Mendoza    (el    cardenal) . 

IV;  432. 
Mendoza    (Francisco  de). 


—  365 


I;  472. 

II;  172. 

III-   12,  197,  269,  540. 

IV;  80,  338,  345,  36(5,  449. 

V-W,  268. 

'       ,tt         i .  a*\  — V    Hurtado 
Mendoza    (Hurtado  de),     v. 

de  Mendoza. 
Mendoza   (Iñigo  de). 

I ;   400. 

V;  217. 
Mendoza   (Jerónimo  de) 

III;  143,  146,  178,  184,  322,  409. 
IV ;'  256. 
Mendoza    (Juan  de). 
I;  377,  458. 
IV ;   88,   261,  262,  439. 
V;  217. 
Mendoza   (Lorenzo  de). 

IV ;  279. 
Mendoza    (Luis  de). 

II;  461. 
Mendoza    (María  de). 

IV  ;  32,  152,  261,  541. 
V;'94. 
Mendoza    (Pedro  do). 

III;  486-489. 
Mendoza    (Petronila  de). 

V;  292. 
Mendoza    (Rodrigo  de). 
II;  14,  79,  92. 
__     V.    Cénete    (marques    aej. 
Mendoza  de  Haro    (Luis) 

V;  218. 
Meneses   (Jorge  de). 

III;  474. 
Mercader    (Francisco) . 

I;  370. 
Mercader   (Juan). 

I;  154. 
Mercado    (Diego  de). 

V;   305. 
Mercado    (el   alcalde). 

I;  36. 
Mercado    (Francisco). 

I;  378. 
Mercado    (Juan  de). 

III;  75,  78. 
Merino    (Gabriel). 


I;  505. 
III;  26. 
Merino   (Juan). 

II;   460. 
Merino    (Pero) . 

I ;  378.  • 
Mesa    (Antonio  de). 

I;   380. 
Mesa  (Bernardo  de). 

I;   375,   487. 
Mexía    (Alonso). 

I;  380. 
Mexía    (Gonzalo). 

I;  261. 
Mexía    (Rodrigo). 
I;  256. 
__    V.   Mejía. 
Mezquita   (Diego  de). 

III;  496. 
Mezquita    (el  capitán). 

II;  20. 
Mícoiinger    (el    caballero). 

•      III;  138. 

Mieres    (monsieur  de). 

III;  433,  455/456,  458,   459. 
Miguel    (el  príncipe  Don). 

I;  1,2- 
Milán    (duque   de). 

I;   72,   73,    80-83,    504,   505,    50/, 

510. 
II;    66,    237,    238,    240,   242,    251, 

'   304,  401,  465. 
111-75,77,97,115,174,  175,219, 

'220,  318,  342,  360,  381. 
IV;  196,   440. 
Milán    (Duquesa  de). 

III;   389. 
Minerva    (el  cardenal  de  la). 
I;   196,    407. 
II;  296. 
Minfre    (Ricardo). 

II;    149. 
Mingo   (Pero). 

Mingo    Bal,   Mingo    Bel,    Mingo    Val, 
Mingoval. 

I;   495. 
IV;  65. 


—  366  — 


V;  269,  271. 
Miranda    (conde  de). 

I-  358,  458,  470,  506,  507. 

III;  10,  435. 
Miranda    (condesa  de). 

IV;  272. 
Mtrandula   (conde  de  la). 

III;   261,   390. 
Míranmamaxa   (el  general  y  rey). 

III;   496. 
Mirueña   (Juan  de). 

I;  378. 
Misna    (bulgravio   de)'. 

V;  70. 
Misniaburg     (marqués    de). 

V;    167. 
Módica    (cunde  de). 

I;    198. 

III;  507. 

IV;  238. 
Mohedano    (el  doctor). 

V;  90. 
Mojica    (el   licenciado). 

I;   134. 
Mola    (monsieur  de). 

IV;   375,   377. 
Moiertibais    (señor  de). 

IV;  459. 
Molfito    (príncipe   de) . 

III;  270. 
Momen    (el   alcaide). 

IV;   310. 
Mompensier    (señor  de). 

III ;  392. 
Monaco    (señor  de). 

II;  112,  217. 
Moneada    (Guillen  de). 

III;  409. 
Moneada    (Hugo  de). 

I;    120,    121,    149,    208,    267-270, 
349. 

II;  82-85,  101,  112,  154,  155,  173, 
177,    178,    180.    220,    269-272; 
287,    299,    321,    402-407,    412, 
416,    449,    513. 
Moneada   (Juan  de). 

II;  461,  464. 

III;    260. 


Moncalve   (el  capitán). 

IV;   249. 
Mondéjar    (marqués  de). 

I;   370. 

II; "116,  461. 

III;  239,  255,  256,  270,  277.  282, 
540. 

IV;   26,   82,   83,  333,  449,   541. 

V;  88,  250,  268,  292. 
Mondena    (Tomás  de). 

III;  455. 
Monfalconet    (barón  de). 

V;  170,  273 
Moníerrán    (marqués  de). 

III;   82,   85 .   91,   120. 
Monf errar    (marqués  de). 

IV;  381. 
Monferrara    (marqués  de). 

I;   125. 

IV;  409. 
Monferrer    (marquesa   de). 

III;  409. 
Monfort  (Mr.  de). 

II:  453. 

111 ;   70. 
Mon.guía  (Machín  de). — V.  Machín  de 
Monguía. 

Moni    (monsieur) . 

IV;   393. 
Monico    (señor  de). 

IV;  42S. 
Moniiia    (Jerónimo). 

II;  30. 
Menieón    (el  conde). 

II;  404. 
Morcpcsier    (mosior   de). 

III;  322. 
Menpessat   (Mr.  de). 

II;  99. 
Monroy    (Gutierre  de). 

IV;  140,   141. 
Montalvo    (Hernando   de). 

V;   211,  251. 
Monte    (cardenal   de) . 

I;  184,  229. 

IV;  478,  480. 

V  ;  69,  104,  108,  109,  297. 
Monte    (Gonzalo) . 


-  367 


I;  379. 
Morcteagudo    (conde   de). 
IV ;  9,  32. 
V;  94. 
Monteaito    (duque   de). 

III-  315. 
Moníejan    (Mr.  de). 

IÍI;  402,  465. 
Monte  jo    (el  capitán). 
I;    213. 
II;  170. 
IV;  219. 
Monteleón    (conde   de). 

I;    121,   122. 
Montelio   (conde  de). 

II;  460. 
Mcntemayor    (Alonso   de). 

IV;   570. 
Montemayor    (marqués  de). 

V;   210,   211. 
Montemayor   (Pedro  de). 

III;   478.. 
Monterreso    (marqués  de). 

IV;  38. 
Monterrey  (conde  de). 
III;  141. 

IV;  9,  269,  270,  272. 
Montes  daros    (marqués  de). 
III;    258. 
IV;   9. 
Monteta    (marqués   de). 

IV;  38. 
Monte  y   Lizana    (marqueses  de). 

IV;  38. 
Montezuma. — V.   Motezuma. 
Montigen    (el  mayordomo  Mr.   de) . 

II;  99. 
Montigent   (Mr.  de). 

II ;  99. 
Montmorency    (el  capitán). 

II;  99. 
Montmorency   (el  mariscal  y  señor  de). 
II;  99,  159,  224,  420,  446,  447. 
III;   393. 
—    V.  Memorancí. 
Montoya     (el   licenciado). 

II;    10. 
Morales    (Cristóbal   de). 


IV;   66,  155,   211,   212,   279,   281, 
371. 
Morales    (Gaspar  de). 

I;   78. 
Morcase©  (marqués  de). 

IV;   38. 
Moreno    (Antón). 

I;  380. 
Moreno    (Antonio) . 

IV;  169. 
Moreno    (el   d'octor). 

V;  218. 
Moreno    (Jerónimo). 

II;  262. 
Morette  (Mr.  de). 

II;   100. 
Mormillo  (César). 

V;    89. 
Moro   (Tomás). 

III;   318. 
Morón     (Jerónimo) . 

II;  238,  398. 
Moscoso    (el  doctor). 

IV;   104. 
Moscoso    (Luis   de). 

IV;    447. 
Moscoso    (Rodrigo  de) . 

V;   217. 
Mosontínco    (el    capitán). 

IV;   67. 
Mota    (el  capitán) . 

I;   378,   382. 
Mota    (el  maestro). 
II;    147. 
—    V.   Ruiz  de  la   Mota. 
Motezuma. 

I;    212-214,  372-374,    499,    500. 
Moya    (marqués   de) . 

I;    387,    442-444,    446-449,    480. 
III;  79,  89. 
Moya    (marquesa   de) . 

I;  263. 
Mu  Haforahen    (el  rey). 

II;   115. 
Mujica    (Martín  de). 

I;   135. 
Mulazon    (marqués  de). 
IV;   38. 


—  368  — 


Mulcihlazen    (el   jeque) 

II;    161. 
Mulcroseí    (el  rey  ó  príncipe). 

III;   120. 
Muley  Abdalá. 

V;  307. 
Muley  Abdel  Cader. 

V;  304,  307.       ■ 
Muley  Arraxid. 

III;  203. 
Muley   Asen. 

III;  203,  353. 
Muley  Badiala. 

III;  316. 
Muleycidán,  Muley  Cidán. 

IV;  310,  311. 

V;  303,  304. 
Muley  Chanti. 

III;   202. 
Muley  Hameíe. 

IV;  135. 
Muley  Hamida. 

III;  302,   303. 
Muley   Hasén. 

III;  238,  239,  271,  280,  283,  302. 
Muley  Mahamet. 

V;  304. 
Muley  Mahomet  el  Harran. 

V;   307. 
Muley   Mahomeíe. 

IV;   135. 
Muley  Mahomete. 

IV;   305. 
Muley  Mauset. 

III;   120. 

Multasen. 

III;  120. 
Mulinazar. 

IV;   310. 
Mumburg   (duque  de). 

V;   35. 
Munatonas   (el  fraile). 

V;  289. 
Muñoz    (Alonso). 

V;  218. 
Muñoz    (el   licenciado). 

V;  93,  300. 
Muñoz  de  Herrera  (Pedro). 


I;  476. 
Muraría. — V.  Gidi  Muraría. 
Muros    (Diego  de). 

II;   172. 
Mus    (el  castellano  de). 

III;  116,  117. 
Mustaíá  Bassá  ó  Bajá. 

II;   26-28. 

III;   450. 

IM 

Nadal    (Jaime) . 

I;  380. 
Nájera    (duque  de). 

I;   31,    66,   68,  112,   466-470. 

III;    435,    507,   510. 

IV;   9,  144,   152,  243,   459. 

V;    179. 
Nancey   (Mr.  de). 

II;  99. 
Ñapóles   (César,  Cesáreo  ó  Cesaro  de). 

III;  117,  319,  433,  462,  463. 

IV;  210,    278-281,    283,   292,   296- 
299,  379. 
Narváez    (el   maestro). 

V;  218. 
Narváez  (Panfilo  de). 

I;  499. 

III;   479,  480. 

IV;  96,  442-444,  447. 
Nasao,    Nasau    (conde  de). 

II;  92,   113,   165,  429,   432. 

III;  71,  138,  365,  408. 

IV;  28,  41,  399. 

V;  70. 
Nasao  (Juan  de). 

V;  12. 
Nassau   (Mr.  de). 

I;  92,  143,  434,  486-488,  491,  494. 
497,  498. 
—    V.  Nasao. 
Nastoncenoris    (mosior   de). 

III;  419. 
Navarra    (el  mariscal   de). 

I;  59,  118,  506. 

II;  80,  81. 

V;   305. 
Navarra   (Pedro  de). — V.   Navarra  (el 


-  369 


mariscal   de) . 
Navarras   (señor  de). 

I;  241. 
Navarro   (Juan). 

IV;    39,   286. 
Navarro    (Pedro) . 

I;    9,    31,    36-43,   50,    52,    82,   83, 
132,  512. 

II;  115,  396,  401,  414,  415. 
Navas    (marqués  de  las). 

IV;  9,  10,  487. 

V;  217,  228,  229,  243,  255,  265. 
Naveros   (el  doctor). 

IV;  250,  441. 
Naves    (el  doctor). 

IV;  252. 
Nebéres   (condes  Guy  y  Luis  de). 

IV;  60. 
Neberes  (señor  de). 

III;  59. 
Nederes   (conde  de). 

III;  47. 
Negrete   (Juan) . 

I;  378. 
Nemours  (Mr.  de). 

I;   5,    8. 
Neoforque    (duque  ele). 

V;  91. 
Neuenao   (Adán). 

II;   309. 
Nevers   (Mr.  de). 

II;  98. 
Nicelo    (el  conde). 

II;  315. 
Nicuesa    (Diego  de). 

I;  77. 
Niebla    (conde  de). 

IV;  263,  265,  267. 
Nieto    (Alonso). 

I;  259. 
Nieva   (conde  de). 

III;  259. 

IV;  9. 

V;  268,  277. 
Nieva    (Pedro   de   la). 

III;  406. 
Niño   (el  licenciado). 

IV;   565. 


Niño    (Fernando). 

IV;   238. 
Niño    (Hernando). 

IV;   49,  542. 
Niño    (Juan). 

V;  217,   226,   227. 
Niño    (Rodrigo) . 

III;  78. 
Niño  de  Rojas  (Juan). 

V;  218. 
Niperdolingo     (Bernaldo). 

III;  221. 
Niza    (Marcos  de). 

IV;  96. 
Nogueroa    (Mendo  de). 

II;  231. 
Ñor  bar.   de    Villalpando    (el   alcalde). 

I;   382. 
Norcame    (monsieur  de). 

V;  278. 
Norcarísnen    (monsieur  de). 

V;  267. 
Novalesa    (señor   de  la). 

IV;  279. 
Novelara    (Aníbal  de). 

III;   431,  455. 
Noy    (Carlos  de  la). 

I;  276. 
—    V.   Lanoy. 
Nucibay    (el  capitán). 

IV;  213. 
Nulli    (el  cardenal  de). 

IV;  408. 
Núñez    (Blasco). 

IV;  204,  559,  561-566. 
Núñez    (Francisco). 

I;  378. 
Núñez    (Ramiro). 

I;  155,  377. 
Núñez   (Vela). 

IV;   317,  319,  561,  563,  564,  570 
Núñez  Cabeza  de  Vaca   (Alvar). 

III;  479,  480. 
Núñez  de  Balboa  (Blasco). 

III;  121. 
Núñez  de   Guzmán    (Gonzalo). 

I;  335. 
Núñez  de  Guzmán  (Pero). 

24 


—  370    - 


I;  99,  155,  335. 
Núñez  de  Guzmán    (Ramiro). 

I;   98. 
Núñez  de  Herrera  (Pero). 

I;  475,  480,  485. 

O 

Ob'm   (Mr.  de). 

II;   180. 
Obremcnt    (monsieur  de). 

V;  274. 
Ocaña    (Jerónimo) . 

I;  451. 
Ocno. 

V;  258. 
Octavio    (el  duque). 
IV;  505,  524. 
V;  263,  294,  298. 
Octobono. 

V;  97. 
Ochoa  de  Salazar. 

V;   217. 
Ojeda    (Alonso  de). 

I;   77. 
Oler  ¡o    (Francisco). 

III;  264. 
O I  id    (Cristóbal    de). 
I;  211. 
II;  169-172. 
Oliva    (conde  de). 

I;  419. 
Olivares    (conde   de). 
III;  331. 

IV;  9,  263,  265,  267. 
V;  217,   228,  229,  243,   265. 
Olivares    (el  condestable). 

V;   225. 
Olívela    (marqués   de). 

IV;  38. 
Olmedo  (Francisco  de). 

V;  218. 
Olmos    (Gonzalo  de). 

III;  494. 
Olstannigo    (duque    de). 

V;  279. 
Olstingui    (duque  de). 
V;  269. 


Oña    (Pedro  de). 

I;  352. 
Oñate    (conde  de). 

I;  450,   451..  456. 

III;   259. 

IV;  9. 
Oñate    (Cristóbal  de). 

IV;  131,  212,  213. 
Oracío    (el   capitán). 

IV;  371. 
Oracio  (Micer). 

IV;  385. 
Orange    (príncipe  de). 

I;  229. 

II;  78,  101,  105,  112,  154,  206, 
214,  285,  293,  295,  399,  303, 
400,  402,  403,  405,  409,  412, 
415,    454,    460. 

III;  14,  58,  72,  100,  375. 

IV;  28,    207,    249,   253,    367,   397, 


399. 


Orantes   (Andrés  de). 

III;  484-486. 
Ordas  vi  Ordax   (Diego  de). 

I;  211. 
„   IV;  231. 
Qrduña   (el  zapatero). 

I;   381. 
Orgaz    (conde  de). 

III;   258. 

IV;  9,  10. 
Oria   (Antonio  de). 

IV;  245,  556,  557. 
Orleans   (duque  de). 

II;  152,  224. 

III;  347,  363,  384,  386,  387,  508. 

IV;    50,    51,    57,    194,    360,    421, 
424,  425.   431-439,  456,  457. 
Orleans   (Luis  de). 

II;  258. 
Orliens   (Ingebald  de). 

III;  47. 
Oropesa    (conde  de). 

III;   259. 
Orozco    (el  comendador). 

I;  476. 
Ortega    (Cristóbal  de). 

V;  218. 


-  371 


Ortega  (Juan  de). 

I;   164. 
Ortega    (Pero) . 

I:  377. 
Ortegadlio    (el  capitán). 

III;   455. 
Orteganirt    (el  coronel). 

III;  459. 
Ortemburg   (conde  de). 

V;  176. 
Orviña    (F.   de). 

I;  377. 
Osorio    (Alonso  de).      * 

V;   217. 
Oscrio   (Alvaro  de). 

I;   94,   369. 

III;  540. 
Osorio    (conde  de). 

I;   358,  458. 

III;  504. 
Osorio   (Diego  de). 

I;  333. 
Osorio    (Francisco  de). 

I;   358,   446-449. 
Osorio   (hijos  de  Pedro). 

I;  472.  . 
Osorio    (Isabel  de). 

V;  291. 
Osorio   (Juan  de). 

I;  358,  377,   446-449,   453. 
Osorio    (Rodrigo) . 

IV ;  344. 
Osorno    (conde  de). 

II;  453. 

III;   403. 

IV;    9,    46,    221,    242,    272,    454, 
541,  543. 
Osorno    (condesa  de). 

III ;  12. 
Qsíain    (duque  de). 

IV;  368. 

V;   268. 
Osteriines   (los). 

IV;  368. 
Ostrat     (conde    de). 

V;  273,  274,  277. 
Ostrat    (monsíeur   de). 

V;  267. 


Ostrejo  Bajá. 

IV;  273. 
Otabrich   (el  duque). 

V;  214. 
Otinga    (conde   de). 

III;  25. 
Oto    (el   duque). 

IV;    508.      • 
Oto    Enrique    (el   conde). 

IV;  519. 
O  tuguen    (conde   de). 

V;  70. 


Pacheco    (Diego) . 

I;  113. 
Pacheco     (el    capitán) . 

I;   452. 
Pacheco    (el   cardenal). 

V;  264,  294,  296. 
Pacheco    (el  obispo). 

IV;   476. 
Pacheco   (Juan). 

III,  90,  260. 

IV;  307. 
Pacheco   (María  de). 

I;    463,    464,    477,    480,    483-485, 
505,    506. 
Pacheco    (Pedro) . 

IV;  449,  454. 
Pacheco    (Pero) , 

IV;  95. 
Pachecho    ¿  Pacheco  ?    (Francisco) . 

III;  497. 
Padilla    (Antonio  de). 

I;  376. 
Padilla  (Diego  de). 

I;  254. 
Padilla    (García  de). 

I;    !61,   168,  225,  229. 

II;   124,  247,  434. 
Padilla   (Gutierre  de). 

I;  93,  98. 
Padilla    (Jerónimo  de). 

I;  451. 
Padilla    (Juan  de). 

I;    220,    225,    227,    247,    260-263, 


—  372  - 


272,  346,  357,  377,  421-424, 
428,  429,  446,  447,  451,  452, 
456-461,  463. 

II;    10. 

V;   217. 
Padillo    (Juancho  de). 

IV;  169. 
Pagan    (el  capitán). 

IV;  169. 
Palacio    (el  escribano). 

I;  382. 
Palacios   (Pedro  de). 

I;  382. 
Palanco    (el  licenciado). 

III;  435. 
Palasén   (el  capitán). 

IV;   391. 
Palata    (Juan   Tomás  de). 

III;  366. 
Palatino    (el  conde). 

I;  193,  194,  204,  276,  277,  281. 

II;  20,  42. 

III;  94,  95,  138,  257,  398. 

IV;   102,   103,  246,  487,  489,  508, 
519,  534,  539. 

V;  7,  11,  43,  170,  204. 
Palavesino    (Alejandro).     . 

V;   98,  99. 
Palavesino   (Camilo). 

V;  98. 
Palavesino   (Cepión) . 

V;  98. 
Palavesino    (conde  dé). 

V;  97,  98. 
Palazón    (marqués  de) . 

IV;   38. 
Palenzuela    (Hernando  de). 

I;  382. 
Palisse,   Paiize    (Mr.  de  la). 

I;  5,  10,  38,  53,  62,  63,  67,  488, 
489,  492. 

II;    100. 
Paliza    (mosior  de). 

III;  322,  391,  392. 
Palma    (conde  de). 

I;  226. 

III;   141. 

IV;  453,  455. 


V;   218. 
Palma    (el  capitán). 

IV;  249. 
Palma    (señor  de). 

I;   8. 
Palomares    (el  capitán). 

I;  234,  419,  420,  440,  441. 
Palomino    (el  gobernador). 

III;    542. 
Pallares  (Lope  de). 

I;   381,  386. 
Pallares    (marqués  de). 

II;    432. 
Panda    (Juan   María  de). 

III;  399. 
Panigalo    (marqués   de). 

IV;   38. 
Paniz    (el  capitán). 

V;  229. 
Papenhaima    (Espandolfo,    Pandolfo) 

V;   171,   175,   177. 
Parada    (el   licenciado). 

II;   468. 
Pardo   (Arias). 

IV;   200. 
Pardo    (Francisco). 

I;  378. 
Paredes    (el  bacbiller). 

I ;  380. 
Paredes   (Juan  de). 

I;  383. 
Paredes    (Miguel  de). 

V;   218. 
Parismon    (el    cardenal    de). 

V;  104. 
Parra   (el  doctor  de  la). 

I;  375,  501. 
Pasamente   (Miguel  de). 

I;  128. 
Paserer  (Jorge). 

V;  115. 
Paternionen    (Juan  Tomás). 

1 :  122. 
Paulino    (mosieur   de). — V.    Pulin. 
Paulo  tercio  ó  Paulo  III. 

IIT ;  223,  230,  366,  423,  498,  506, 
117. 

IV;  174,  175,  187,  454,  476. 


—  373  — 


V;  92,  100,  103,  295,  296. 
Pavía    (el  . cardenal  de). 

I;  46,  147. 
Paz    (Pedro   de). 

II;  171. 
Paz    (Rodrigo  de). 

II;   172. 

Pedrarias  de   Avila V.      Avila    (Pe- 

drarias  de) . 
Pedrera   (Alonso  de  la). 

I;   451. 
PelUj    Pelus    (monsieur  de). 

II;   101. 

III;  260. 

V;  267. 
Penge    (el  capitán). 

V;  231. 
Peñalosa    (el  comendador). 

II;   101,   102,   149,   150,   224. 
Peñaranda    (el  doctor). 

V;  300. 
Peraltada   (conde  y  vizconde  de) . 

IV;  172,  173. 
Peralada    (Vizcondesa  de). 

I;  198. 
Peralmides  Chirinos. 

II;  170. 
Peralta    (Diego  de). 

I;  379,  381. 
Peralta    (Francisco  de). 

I;  381. 
Peralta    (Iñigo  de). 

IV;  505. 
Perdal    (el  enano). 

IV;  334. 
Pereda  (Sancho  de). 

I;  382. 
Pérez    (Alvar) . 

I;  379. 
Pérez  (Juan). 

I;  380. 
Pérez   (Vicén). 

I;  235,  419,  420,  440,  442-445. 
Pérez  de  Andrada   (Hernán). 

IV;   140. 
Pérez  de  Bargas  (Luis). 

IV;  69. 
—    V,  Pérez  de  Vargas. 


Pérez  de  Cabrera  (Juan). 

V;   195,  209. 
Pérez  de  la  Puente  (Hernán). 

V;  300. 
Pérez  de  Quesada   (Hernán). 

III;  547. 
Pérez  de  Vargas   (Luis). 

LH;  281. 

IV;   114,   118,   126,   210,  212,   245. 
249,  257,  285,  397. 
Peri    (Johan),    Peri    Johan    (Fray). 

n ;  25,  32. 
Perineter    (el  capitán). 

IV;  206. 
Pernoth    (Nicolau) . 

II;  419. 
—    V.  Granvela. 
Persia    (conde  de). 

I;  404. 
Perrenot    (Nicolao) . 

III;  291,  512. 
Pesaro   (Jerónimo  de) . 

ni;  450,  454. 
Pescara    (marqués   de) . 

I ;  439,  504,  508,  511,  512. 

II;  70,  82-85,  96,  97,  165,  232, 
233,  237,  251,  254,  257,  258, 
293,    398,    409. 

IV;  555. 

V;   229,   243,    262,   265,  268,    278. 
Pescara    (marquesa   de) . 

III;  329. 
Petrucio. 

I;   122. 
Petrucio    (Antonio  María). 

III;  355. 
Perucho. 

n;  157,  272. 
PflugO    (Julio) . 

V;   169. 
Piamonte    (el  prior). 

V;  231. 
Piamonte,  Biamonte,  Viamonte   (Juan 
de). 

I;    59. 
Piamonte    (príncipe  de). 

IV;  504,  510,  522. 

V;   169,   267-269,    278-281.       - 


—  374  — 


Picaño  ó  Picaño    (Luis). 

III;  143,  145,  147,  184,  198,  536. 
Picenaro   (Bautista) . 

III;  399. 
Piedra   (Juan  de  la). 

II;  85. 
Piedra    (Marcuardbs) . 

V;   175. 
Pimentel    (Alonso) . 

II;  357. 

V;  268. 
Pimentel    (Antonio). 

IV;  238. 
Pimentel   (Bernardino) . 

I;  164,  357. 

IV;  336. 
Pimentel   (Juan). 

II;   284. 

V;   268. 
Pimentel    (Pedro) . 

I ;  335. 

II;  10. 

IV;   336,   346. 
Pina    (el  regidor). 

IV;  80. 
Pinatelo    (Héctor) . 

III;  179,  239. 
Pinatello    (Patricio) . 

II;  34. 
Pincij    Pincy    (princesa   de). 

V;  269,  279. 
Piñón    (Bernal  de). 

IV;   173. 
Pirro  bajá. 

II ;  24,  25,  28,  30. 
Pisa    (A  cardenal   de). 

I;  45. 

II;  303. 
Pistcrio    (Juan). 

IV;    103. 
Pitigiano,    Pitiliano    (el  conde). 

I;  38,  39. 

II;  272. 

IV;    382. 
Pizaño    (Gonzalo) . 

IV;  39. 
Pizaño    (Luis). 

III;  406,  430,  433,  457, 


IV;  39,  168,  243,  504. 
—    V.    Picaño. 
Pizaño  y  Císneros   (Luis). 

III;  269. 
Pizarro    (el   marqués) . 

IV;  564. 
Pizarro    (Francisco) . 

III;  121,  122,   164,  189,  193,  225, 
490,   491,   493-495. 

IV;  318,  327,  442,  555,  563. 
Pizarro   (Gonzalo). 

II  [;  121,   493,   494. 

IV;   559-563,   565-570. 

V;  252. 
Pizarro   (Hernando). 

III;  166,  168,  169,  190,   191.  196, 
225,   490,   493,   494. 

IV;  327,  559-563. 
Pizarro  (Juan). 

III;  491. 
Plasencia    (duque    de) . 

V;  97,  98,  294. 
Pleisa    (barón  de). 

V;   167. 

Pliego V.  Priego. 

Polanco    (el   licenciado). 

I;  134,  428. 

III;  150,  205. 
Polonia    (el  rey  de). 

II;   244. 
Pollo    (Reginaldo). 

IV;  477. 
Pomereux   (Mr.  de). 

II;  99. 
Pomo    (conde  de). 

III;  96. 
Ponce  de  León  (Luis). 

n;  316. 
Ponce  de  León  (Pedio). 

II;   461. 
Pont  de  Gherry   (Sr.  de). 

II;  112. 
Pomtíbre    (conde  de). 

III ;  57. 
Pontremol    (conde  de). 

III;  459. 
Ponzanelo    (marqués  de). 

IV;  38. 


-  375 


Ponzano  (Antonio  de). 

IV;  38,  39. 
Ponzano    (marqués  de) . 

IV;  38,  39. 
Porcian,   Porcien   (conde  de). 

I:  229. 

II;  112. 
Portalejo    (el  porquerón) . 

I;   236. 
Portillo   (el  alguacil). 

I;  378. 
Portillo    (Pedro  de). 

I ;  256. 
Portocarrero. 

I;   213. 
Portocarrero    (Inés) . 

IV;  95,  542. 
Portocarrero   (Luis) . 

I;  8. 

IV;  455. 
Portocarrero   (Pedro). 

I;  100,  217. 

IV;  95. 
Portugal    (Alvaro  de). 

III;  468.    , 

IV;  454. 
Portugal    (Donis  de). 

IV;  454. 
Portugal  Fadrique  de). 

I;  97.     * 

II;  92. 

ni;  259. 
Portugal    (Fernando  ó   Hernando  de) . 

I;   453,  454. 
Portugal    (Jorge  de). 

I;  429,  430. 

III;  90. 

IV ;  334,  454 
Portugal    (Juana  de). 

IV;  271. 
Portugal  (Luis  de). 

III;  259. 
Portugal    (María  de). 

II;  152. 

IV;   261. 
Portugal    (el  rey  D.   Juan  de). 
-    V.  Juan  III  de  Portugal. 
Portugal    (Teodosio  de). 


IV;   263,  267. 
Portugalete   (Francisco  de). 

V;  218. 
Portundo    (Rodrigo  de). 

III;  67,  104. 
Portuondo   (Pedro  de). 

II;  82,   461. 
Porras    (Hernando   de). 

I;  377. 
Porras    (Juan  de). 

I ;  378. 
Posíren    (duque    de). 

V;  43. 
Potencia   (conde  de). 

I;  138. 
Potenciaría    (marqueses  de). 

IV;  38. 
Poton   (Mr.   de). 

II;  99. 
Poza    (marqués   de). 

IV;  338. 

V;  94. 
Prada    (mosior  de) . 

ni;  259. 
Pradián   (el  capitán). 

IV;  376. 
Prado    (el  mercader) . 

I;   382. 
Prado    (Francisco  de). 

IV;   36,    154,   155,   210-212. 
Prata    (Mr.    de). 

II;  142,  221,   224,   233,   234,   415, 
432. 

III;  260. 
Pratas    (Monsieur   de). 

IV;   28. 
Prates    (mosior  de) . 

III;  71. 
Pretenda   (el  capitán). 

III;  532. 
Prenilly    (Sr.   de  la).     • 

II;   112. 
Prevenda   (Luis  de). 

III;  265. 
Prexamo    (el  catedrático). 

I;  381. 
Priego  (Alonso  de). 

I ;  377. 


—  376  — 


Priego    (marqués   de). 

I;    27,   33,   164. 
Proana    (Carlos  de). 

IV;  280. 
Prodebans   (conde  de). 

III;  58. 
Próspero  (e!). — V.  Colona  (Próspero). 
Prunsuich    (duque  de).— V.   Branzuic. 

(duque  de) . 
Puebles   (Pedro  de). 

IV;   561,   570. 
Puentiebre   (Sr.  de). 

II;   206. 
Puerto  Carrero,  Portocarrero  (Pedro) 

I ;  100. 

II;   319. 
Pulin  ó  Paulino   (monsieur  de). 

IV;  289,  290,  393. 
Pupet    (Charles  de). 

III;   29. 

Q 

Quesada. — V.    Jiménez  de   Quesada. 
Quijada   (García). 

I;  501. 
Quijada    (Gutierre) . 

I;  146,  150,  152,  254,  258,  325. 

IV;  374,  376,  378. 
Quijada   (Juan). 

V;  267,  269,  276. 
Quijada  (Luis). 

III;  301. 

V;  216. 
Quilich    (Eduardo). 

V;  115. 
Quintana    (el  doctor). 

II;  246. 
Quintana    (Pedro  de). 

V;   217. 
Quintanilla    (AJonso  de). 

I;  254",  261,  358,   360. 
Quiñones    (Antonio   de). 

1;  377. 
Quiñones    (Luprescio  de). 

V;  218. 
Quireft    (el   alarbe). 

IV;  307. 


Quiroga   (el  licenciado). 

II;  467. 
Quistro   (Juan  Jerónimo  de). 

III;  18. 

R 

Ragevitz,   Ragueviitz. 

V;   172,    176. 
Ramírez    (el  licenciado). 

IV;   49. 
Ramírez    (Sebastián). 

II;  469. 

III;  427. 

IV;  144,  318. 

V;  93. 
Ramírez  de  Villanueva  (el  licenciado). 

IV;  49. 
Ramírez  de  Viliascusa  (el  licenciado) 

IV;  332. 

V;   306. 
Ramos  (Juan). 

I;  383. 
Ranchaspieque   (Jorge  de). 

III;   397. 
Rangon    (conde   Guido). 

III;   138,   404. 
Rat    (el  capitán). 

III ;  393. 
Raitisbona   (Jorge  de).      s 

IV;  117. 
Ratisbona  José  de). 

III;  125. 
Ravena   (Benedicto  de). 

II;  25. 

III;   199,   269. 

IV;  83,  142,  172. 
Ravena    (el  cardenal  de). 

IV;  382. 
Ravensteín   (Mr.) 

I;  92,  276. 
Rebolledo    (Francisco). 

I ;  449. 
Regastain    (conde  de). 

V;  70,  176. 
Reina    (Juan  de). 

IV;  95. 
Remonete    (el  capitán). 


-  377  — 


IV;  281,  282. 
Ren    (marqués  de). 

ni;  261. 
Renata,  princesa  de   Francia. 

I;  125,  266. 
Renes    (monsieur  de). 

V;   93. 
Renesfurge   (Jorge  de). 

IV;  504-506,  523,  528. 
Rengon    (Claudio). 

III;  17,  18. 
Requesens    (Juan  de). 

IV;  238. 
Requesens    (Luis  de). 

IV;  541. 
Reux    (barón,   Sr.,   Mr.   de). 

II;   98,    104-106,   112,   114,   153. 
Reux    (condesa   de). 

V;  269. 
Reyes  Católicos. 

I;  1-4,  7-9,  11,  12,  26,  145. 
—    V.   Fernando  el  Católico  é  Isa- 
bel la  Católica. 
Ri    (Señor  de). 

V;  170. 
Ribadavia    (conde   de). 

II;  23. 

HI;  259. 

V;    292. 
Ribadavia    (condesa  de). 

IV;  342. 
Ribagorza    (conde  de). 

I;  30,  68. 

II;  418,  432. 
Ribera   (el  doctor). 

II;  89. 
Ribera    (el  maestre  de  campo). 

I;  378. 

1U;  16. 
Ribera   (Juan  de). 

1;   218,    225,    227,    462,   473,   474, 
478,    480. 
Ribera,   Rivera    (Perafán  de). 

IV;   95. 

V;   217. 
Ricafort    (milort  de). 

III ;  419. 
Ricardo    (Francisco). 


IV;  103. 
Ríe    (señor  de). 

IV;  459. 
Rincón    (Antón  ó  Antonio). 
III;  433. 

IV  ;  29,  130,  158,  162,  192. 
Rincón    (el   licenciado). 

I;   379. 
Rincón    (marqués   de). 

IV;  38. 
RÍO    (Rodrigo  del). 

I;  380. 
Ríos    (Alonso   de  los). 

III;  474,  475. 
Ríos  (Antonio  de  los). 

in;  473. 
Riva   (Gabriel  de  la). 

III;  454. 
Rivadavía. — V.    Ribadavia. 
Rivadeneíra    (el  licenciado). 

V;  299. 
Rivagorza.— V.    Ribagorza. 
R  i  vero    (Pedro  de). 

IV ;  340. 
Roa    (el  maestre). 

IV;  231. 
Roa    (Francisco) . 

I;  380. 
Robladillo    (Juan  de). 

I;  382. 
Robledo    (el  capitán). 

IV;  174. 
Robles   (Gaspar  de). 

V;  267,  269,  277. 
Robles    (Gutierre  de). 

I;  422. 
Roca    (príncipe  de  la). 
TJJ;  319. 
IV;  404. 
Rocamartín. 
I;   198. 
Rocandolfo    (el    capitán   general). 
II;  8. 
IH;  138. 
IV;  111. 
Rochaput    (Mr.   de). 

II;  174. 
Rodríguez   (Antonio). 


378  — 


I;  378. 
Rodríguez  (Gaspar). 

IV;   562. 
Rodríguez   (Gil). 

I;    379. 
Rodríguez   (Martín). 

I;  380. 
Rodríguez  de  Pisa    (Juan). 

II;  43. 
Rodríguez  de  Villafuerte  (Juan). 

II;  168. 
Roelas   (Pedro  de  las). 

V;  218,  268. 
Roos    (señor  de). 

II;  216. 
Rofense    (el  obispo). 

III;  317,  318. 
Rojas    (Antonio  de). 

I;   120,  160,  238,  241,  345,  421. 

II;  23,  92,  93,  319. 

III;  90. 

IV;  261,  338. 

V;  216,  229. 
Rojas   (Bernardo  de). 

I;  97. 
Rojas   (Diego  de). 

II;    355. 
Rojas    (el   capitán). 

I;  379. 
Rojas    (Enrique  de). 

III;  90. 
Rojas    (Fernando  de). 

I;  113,  371. 
Rojas   (Gabriel  de). 

IV;  562,  565. 
Rojas    (Gómez   de). 

IV;  562. 
Rojas   (Hernando  de). 

I;   454,   476,  484. 

IV;  338. 
Rojas   (Juan  de). 

I;  472,  478. 
Romanía    (el  Berler  Bey  de  la).      * 

IV;  31. 
Romano    (Simón). 

III;  15,  16. 
Romanos    (el  rey   de). 

IV;  458,  460,  488,  491,  529. 


Romero    (el  bachilleí). 

I;  382. 
Rondón    (conde   Guido). 

III;    418. 
Ronquillo    (el  alcalde). 

I;    134,    242-244,  .  246,    247,    251, 
258,  282,  285,  325,  326,  332. 

II;  231. 

IV;   22,  23. 
Ronquillo   (el  licenciado). 

IV;  455. 
Ropero   (el  doctor). 

IV:   251. 
Ros    (el  agermanado) . 

I;  418. 
Rosa    (Jacobo  de  la). 

I;  122,  123. 
Rosa    (monsieur  de  la) 

IV;  377. 
Rosan  Bajá. 

IV;  273. 
Rosel    (el   gentil-hombre) . 

II;   149. 
Rosenio   (Martín). 

IV;  205,  206,  208. 
Rosis    (conde   de). 

ni;  377. 
Rotellín    (marqués    de) . 

II;    100. 
Roterdano    (Erasmo) . 

II;  283. 
Rotolino    (marqués  de). 

III ;  319. 
Rúa   (Francisco  de  la). 

I;   383. 
Rúan    (Jorge,   cardenal   de). 

I;  44. 
Rueda    (Pedro  de). 

I;  382. 
Rufey    (Mr.   de). 

II;   99. 
Rui  Gómez. — V.  Gómez. 
Ruiz    (Francisco). 

III;   269. 
Ruiz    (Fray   Francisco). 

I;    154,   220. 
Ruiz    (Miguel). 

I;  382. 


-  379   - 


Ruiz    (Pero). 

I;   382. 
Ruiz    de   Alarcón.    (Pedro). 

I;  476. 
Ruiz  de  la   Motta    (García). 

T ;  253. 
Ruiz  de  la  Mota  (Pero). 

I;    161,   162,    167,    168,    202,    225, 
229,  37o,  414. 
Ruiz  de  Villegas  (Pero). 

II;  89. 
Rus    (conde   de). 

III;   240. 
Rus    (monsieur   de). 

IV;  65. 


Saavedra    (Alvaro   de). 

III;   471,   475. 
Saavedra   (Carlos  de). 

V;  218,  268. 
Saavedra    (Juan  de). 

V;   267,  268,  276. 
Saavedra    Gerón    (Alvaro) . 

II;  316-318. 
Saavedra   Figueroa. 

III;  143. 
Sabello    (Juan  Bautista). 

IV;  505,  525. 
Saberburgfo    (el  cardenal). 

I;  400. 
Saboch    (Filipo) . 

II;  181. 
Saboya    (duque  de). 
I;  23,  125. 
II;  248,  293. 

III;  83,  85,  90,  318,  319,  344-347, 
■355,  381-384,  390,  392,  394,  397, 
406,  409,  463,  515. 
IV;   113,  114,  191,  196,   290,  292- 
294,    300,    301,    409,    426,    428, 
429. 
V;  70,  231,  243. 
Saboya    (duquesa  de) . 

III;  389,  392,  400,  409. 
Saboya    (el   bastardo   de). 

II;   98. 
Saboya   (Luisa  de). 


II;  178. 

III;  119. 
Sadoquimud   (capitán  turco). 

IV;   67. 
Saco  de  Zabona   (Rafael). 

V;   97. 
Sagano    (duque  de). 

V;   167. 
Sagrario    (Pedro) . 

I;  383. 
Sainte  Meine  (Mr.  de). 

II;  99. 
Saint  Jean    (Mr.  de). 

II;   99. 
Saint  Marsault   (Mr.  de). 

II;   99. 
Saint  Paul,  San  Paul   (Mr.  de). 

II;  98,  99. 
Saint  Vallier,  San  Yalier   (Mr.  ó  se- 
ñor de). 

II;  112,  206. 
Sajonia    (conde   Palatino    de). 

V;    167. 
—    V.    Palatino    (conde). 
Sajonia    (duque  de). 

I;  194,  277,  405-407,  411. 

ni;   106,    224. 

IV;  103,  205,  361,  367,  397,  401, 
456,  489-492,  499-502,  514, 
516,    519. 

V;  16,  20,   21,  70,  91,  170-175. 
Sajonia    (Georgio  de). 

III;    224. 
Sajonia    (Juan  de) . 

IV;  492. 

V;  13,   33. 
Sajonia    (Juan  Federico  de). 

IV;  492,  495,  498. 

V ;  173,  175. 
Sajonia     (Mauricio     de). — V.     Sajonia 

(duque    de) . 
Sala    (conde    de) . 

III;    398. 
Salado    (el  capitán). 

I;    381. 
Salamanca    (el    coronel). 

in;  464. 
Salamanca   (Juan) . 


_  380  — 


n;  ii9. 

Salarráez    (el  capitán  turco). 

ni;   266. 
Salas    (Miguel  de). 

III;  275. 
Salazar   (el  capitán). 
-      III;  471. 

IV;  256. 
Salazar    (Gonzalo  de). 

II;  170,  171. 
Salcedo   (Juan  de). 

I;   383. 
Saldaña    (Antonio  de). 

III;  255. 
Saldaña    (conde  de). 

III;  79,  89. 
Salerno.    príncipe  de) . 

III ;  264,  315,  398,  399. 

IV;  374,  377,  379,  386,  434. 
Salinas    (conde  de). 

I;  458,  463. 

IV;  540. 

V;  224. 
Salinas    (Marqués  de). 

II;  272,  432. 
Salinas    (vizconde   de). 

III ;  58. 
Salmerón    (el   licenciado). 

II;  469. 

IV;   318. 
Salmía    (conde  de). 

V;    176. 
Salmona    (príncipe  de). 

III;  261,  315. 

IV;  374,  376,  379,  383,  386,  459, 
505,    511,    523,    526-528,    555. 

V;   21,  26,   28. 
Salo    (barón   de). 

I;  139. 
Saluce  ó   Saluces    (marqués  de). 

I;  125. 

II;  97,  216. 

III;    391,    393. 
Salucio    (Francisco) . 

II;    98. 
—    V.  Saluce. 
Saluz,    Saluzo,    Saluzio    (marqués  de). 

II;  186,  236,  414. 


III;  319-321.    409,   431,   432. 
—    V.   Saluce. 
Salvatierra    (conde   de). 

I;   456. 
Salvatierra    (el  inquisidor). 

I;   379. 
Salviatis    (el    cardenal    de). 

II;   163,   229,   300. 
Samano  (Juan  de). 

IV;  318. 

V;   251. 
Sampedro   Mudarra    (el  doctor). 

I;  381. 
Sampó    (conde  de). 

III;  16-18,  65. 
Sampol    (monsieur  de) . 

III;  507. 
Sampol,   Sampolo    (conde   de). 

II;  186,   410. 
Sampolo,  Sampolio    (el  cardenal  de). 

V;   104. 
Sanabria    (Juan  de). 

V;  9. 
San   Ángel    (Michael  de). 

I;  444. 
San   Bonet    (Mr.   de). 

II;  443-445. 
San    Brancazo    (barón  de). 

IV;  289. 
San   Cales   (monsieur  de). 

IV;  391. 
San   Cebrián  (Juan  de). 

I ;  382. 
Sancti   Quatro    (el  cardenal  de). 

III;  85. 

IV;  116. 
Sánchez    (Alonso). 

III;  78. 
Sánchez    (Diego) . 

I;  383. 
Sánchez    (Francisco) . 

I;  382,  383. 
Sánchez  de  Bazán   (Gil). 

V;   218. 
Sánchez  de  Palenzuela    (Diego). 

I;  .382. 
Sánchez  de-Valenzuela    (Lope). 

I;  61. 


—  381 


Sande   (Alvaro  de). 

IV;   75,   117,   121,   124,   168,   245, 
249,  254,  257,   395,  397,  441, 
504,   511. 
Sandoval   (Gonzalo  de). 

II;  168. 
Sandoval    (Tello  de). 

IV;   317,   319. 

V;  300. 
San    Francisco    (Antonio  de). 

I;    381. 
Sangrio    (Jerónimo  de). 

IV;  209. 
Sangue    (Jerónimo   de). 

IV;  292,  294. 
San    Julián     (monsienr    de). 

IV;  369,  386,  388. 
San  Miguel  ó  Sanmigue!    (el  capitán). 

III;  536. 

IV;  154,  286,  287,  301,  390,  391 
San   Miguel    (el   maestre  de  campo). 

IV;  372,  380,  387,  389,  392,  393. 
San  Millán   (el  maestro). 

V;  93. 
San   Pablo    (conde  de). 

II;  460. 
San  Paul,  Saint  Paul   (Mr.  de) 

—  V.  Saint  Paul. 
San  Pol    (conde  de). 

IV  ;  55,  57. 

—  V.    Sampol    (conde   de). 
San   Polo,  Santo  Polo    (conde  de). 

II;   466. 

—  V.    Sampol    (conde  de). 
San   Román    (Bernardino  de). 

I;  382. 
Sansa    (mosior  de) . 

III;  321. 
San  Segundo    (conde  de). 

III;   141,   398. 
San   Sereno   (conde   de). 

IV;   398-400. 
San   Servas   (Perico  de). 

IV;  341. 
San   Severino    (Federico    de). 

I;  70. 
San   Severino    (Galeazo  de). 

II;  98,  100. 


Sanseverino    (monseñor) . 

III;   322. 

SANTA    CRUZ    (Alonso  de) Autor 

de   esta   Crónica. 

III;  435,  465. 

IV;  24,  41,  82,  459,  476. 

V;   214,   304,   306. 
Santa   Cruz    (el  cardenal). 

I;  47. 

V;   104. 
Santa   Eufemia    (señor  de). 

I;  370. 
Santa    Flor    (el  cardenal). 

IV;  474,  475. 
Santa   Flor    (conde  de). 

III;   538. 

IV;   391,    475. 
Samtesteban    (conde  de). 

III;  141. 

—  V.   Santisteban    (conde  de). 
Santiago    (Bartolomé    de) . 

II;  10. 
Santiago    (el  bachiller). 

I;   382. 
Santiago    (el  licenciado). 

I ;  134,  335,  377. 
Santicuatrio    (el   cardenal  de). — Véase 

Sancti  Quatro. 
Santisteban    (conde  de). 

I;  59,   119,  228,  449. 
Santisteban    (el  regidor). 

I;  256. 
Santo    Domingo    (Alonso) . 

I;   128.    - 
Santo  Polo   (conde  de). 

II;    467. 

—  V.   Sampol. 
Santos    (Pedro  de   los). 

III;  455. 

San    Valier V.   Saint  Vallier. 

Saravia   (Alonso  de). 

I;  358,   360,  378. 

II;   10. 
Sarcono    (Ambrosio) . 

II;  279. 
Sardo   (Cenaga).— V.   Cenaga  Sardo. 
Sarmiento  (Antonio). 

IV;  31,   271. 


382  — 


Sarmiento    (Bernardino) . 

II;  23. 
Sarmiento  (Diego). 

II;  464. 

III;  99,  427. 
Sarmiento    (Francisca). 

II;  23. 
Sarmiento    (Francisco). 

III;    182-184,    197,  269,    301,   433, 
518,  521,  522,  530. 

IV;   29,  31,   34,  35 
Sarmiento   (García). 

V;  218. 
Sarmiento    (Juan). 

IV;  155,  156. 
Sarmiento  (Luis). 

IV;   29,  261,  271. 

V;  291. 
Sarmiento  (Luisa). 

IV;  271. 
Sarmiento   (María). 

IV;  23,  134. 
Sarmiento   (Pedro). 

I;   501. 

II;  283. 

III;   197. 

IV;  238,  339. 

V;  291. 
Sarno    (conde  de). 

III;   143,  261,  269,  272. 
Sarona    (marqués   de). 

V ;  243. 
Sarria    (marqués    de) . 

IV;  268,  270. 
Sauvage   (Juan  de). 

I;  86,  143. 
Sayavedra    (el  capitán). 

IV;  210,  378,  570. 
Scepero    (Cornelio) . 

III;  245. 
Scorchalupe   (Juan  Lucas). 

I;    122. 
Sebastián   del    Gano    (Juan). 

II;  164. 

III;  469--471. 
Sebastiano    (conde). 

III;  405. 
Segorbe  (duque  do). 


I ;  68,  418. 

II;  122,  123. 

IV;  204. 

V;   88. 
Selva    (Martin  Juan  de).' 

II;   181. 
Senabique. 

II;  298. 
Séptimo  (Baltasar). 

I;   122. 
Sequín   (Francisoo) . 

II;   41-43. 
Serrano   (el  capitán). 

I;  378. 
Sesa    (duque   de) . 

I;  30,  87,  138. 

II;  158,  409. 

III;  323. 

IV;  9,  21,  23,   24,  119,   129,   134 

V;   225,  228,   229,   243,    255,    262. 
Seses   (Angelo  de). 

II ;  298. 
Sevillón    (Pedro) . 

I;  380. 
Síorcia,   Sforza    (Francisco). 

I;    436,   505,  510. 

II;  453,  455,  456,  467. 

III;   62. 
Sforcia.,   Sforza    (Luis). 

I;  3. 
Sforcia,   Sforza    (Paulo). 

II;  465. 
—    V.   Esforcia. 
Síchfeben    (Eustaquio  de). 

V;   115. 
Sifra    (mosón). 

II;  418. 
Sila    (Rodrigo  de) 

I;  382. 
Siles    (Juan  de). 

I;   380. 
Silogues    (monsieur  de). 

IV;  290. 
Silva    (Alonso  de). 

IV;   334. 

V;  217. 
Silva    (Hernando  de). 

I;  476,  478,  480. 


—  383  — 


V;  217. 
Silva    (Juan   de). 

I;  16. 

IV;   262. 

V;   217. 
Silva    (Pedro  de). 

III;   180. 
Silvera    (Antonio  de). 

III;  496,  497,  551,  552. 
Silvera   (Juan  de). 

IV;   49. 
Simoneta    (el   obispo). 

V;  254. 
Sinan  de  Arexo. — V.  Arexo. 
Sión    (el  cardenal  de) . 

I;  277,  438,  439,  507. 
Sipola    (marqués  de). 

IV;   38. 
Sipontino    (el  obispo). 

II;  300. 
Sirnay    (princesa  de). 

II;  112. 
Siruela   (conde  de). 

I;  458. 

IV;   9,  542. 
Sistein   (Mr.  de). 

I;  514. 
Sobajo    (Juan). 

I;  159,  161,  163,  164,  187. 
—    V.  Sauvage. 
Sofi  (El). 

I;  132,  133. 

III;    410,    411,    413-418,    450. 

IV;  442. 
Soldán  (El). 

I;  133,  196. 
Solier  (Juan). 

I;  377. 
Solimán  Bassá  ó  Bajá. 

III;   548-550. 

IV;  273. 
Solimán     (Soldán,     Sultán,     el     Gran 
turco) . 

II ;  23,  24. 

III;  22,  126,  178,  201,  218. 

IV;  273. 
Soüno   (Sultán,  el  Gran  turco). 

I;  132-134,  195,  376,  498. 


II;  10,  160. 
Solís    (Alonso   de). 

III;  480. 
Solís    (el  comendador). 

I;   55. 

IV;   543. 
Solís    (Juan  de). 

II;  18. 
Solmes    (conde  de). 

V;   70. 
Solórzano    (Pedro  de). 

IV;  505. 
Soma    (duque  de). 

II;  414. 

IV;  391. 
Somara    (conde  de). 

V;  244. 
Sonete    (Juan).    ■ 

I;   380. 
Sora    (duque   de). 

I;    404. 

V;  93. 
Sorella    (el  tejedor).— V.  Sorolla. 
Soria    (Lope  de). 

III;    104. 
Soria   (Pedro  de) . 

ni;  78. 
Soriñan    (marqués  de). 

III;  319. 
Sorolla    (el  agermanado). 

I ;  215,  417,  418,  443. 
Sosa   (Diego  de). 

IV;  140. 
Sosa   (Francisco  de). 

I;   375. 
Soto   (Diego  de). 

IV;   318. 
Soto   (Domingo  de). 

IV;  476. 
Soto   (el  capitán). 

III;  490. 
Soto   (el  licenciado). 

IV;  454. 

V;  306. 
Soto    (Francisco  de). 

IV;   442,   448. 
Sotomayor   (Diego  de). 

I;  424. 


384  — 


Sotomayor   (Garci  Méndez  de). 

IV;  34,  35. 
Sotomayor    (Pedro  de). 

I;   378. 

II;   10. 

IV;  30. 
Specion   (Juan  Bautista). 

III;  537. 
Speranza   (Charles  de). 

III;   143. 
Stages  (vizconde  de). 

II;  99. 
Steinberg    (Luis) . 

I;  194. 
Stillano    (príncipe  de). 

III;  90. 
Sturm     (Jacobo) . 

V;  115. 
Suárez    (Alonso) . 

I;  225,  375. 
Suárez    (Cristóbal) . 

III;  12. 
Suárez    (el  licenciado). 

II;  93. 
Suárez    (Francisco). 

I;  448. 
Suazo    (el  licenciado). 

II ;  171,  172. 
Suazola    (Pedro). 

III;   260. 
Suecia    (el  rey  de). 

II;   71-74. 
Surratura   (monsieur  de). 

III;  463. 
Sutensen    (conde  de). 

III;   62. 
Svendi    (Lázaro) . 

V;  35. 


Taide    (Tristán  de). 

III;  478. 
Talayera  (el  doctor). 

I;  335. 
Tallacor    (duque  de). 

V;   253. 
Tallemont    (príncipe  de). 


II ;     98. 
Tamayo    (el  capitán). 

I;   380. 
lampas  ó  Tampes    (madama  de). 

III;  520. 

IV;  433,  438. 
Tanbenhain    (Cristóbal  de). 

V;   174. 
Tapia   (Cristóbal  de). 

II;   169. 
Tapia   (el  capitán). 

I;   119. 
Tapia    (Francisco  de). 

I;   379. 
Tarcota    (capitán  turoo). 

IV;   67. 
Tarifa    (marqués  de). 

IV ;  9,  10,  95,  542. 
Tarnobu    (Juan,  conde). 

III;  111. 
Tartaria  (el  rey  de). 

IV;  273. 
Tavera   (Juan  de). 

II;  23,  27,  92,  93,  357. 

III;  10,  150,  197,  204,  435. 

IV;   8,   24,    41,   43,  49,  145,   270, 
347,   450,  452,  453,  541. 

V;  217. 
Tejada   (el  contador). 

III;  471. 
Tejada   (el  doctor). 

IV;  319. 
Tejeda   (el  doctor). 

IV;  563  566,  567. 
Télles,  Téllez   (Alonso). 

I;    228. 

III;   90. 
Tóllez  Girón   (Alonso). 

I;  237,  239,  241. 
Tello   (el  doctor). 

I;   422. 
Tello   (Juan). 

IV;  332. 
Temino    (el  licenciado). 

IV;   541. 
Tenamaxtle   (jefe  indio). 

IV;  215,  216. 
Tenda    (monsieur  de). 


335  — 


III;   509. 
Tendí  I  la    (conde   de). 

IV;  333. 

V;  287,  288,  290. 
Tendola    (marqués   de) . 

IV;  38. 
Tentugal    (conde  de). 

I;  184. 
Terme  (duque  de). 

II;  414. 
Terranova   (duque  de). 

I;   87. 
Terranova    (marqués   de) . 

III;    261,    264,    270. 

IV;   435. 
Terrena te    (el  rey   de). 

II;  21. 
Teva  (conde  de). 

IV;  9,  82 
Tezano    (marqués  de). 

IV;   38. 
Tienda   (conde  de) . 

V;    230. 
Tidore   (el  rey  de). 

II;  21. 
Tiro    (conde  de). 

III;   139. 
Tobar   (el  regidor). 

I;   423. 
Toledo   (Antonio  de). 

IV;  268,   336,  346,  505. 

V;   20,   28,    217,   255,   265,   268. 
Toledo    (Diego  de). 

I;  167,  284. 
Toledo    (Enrique   de). 

III;  90,  260. 
Toledo    (Fadrique   de) . 

I;   97,   113,   229. 

II;  248. 

III;  261,  452. 

IV;  336,  346. 
Toledo    (Francisco  de) , 

III;   427. 

IV;   76,   431,    556. 

V;    104. 
Toledo   (García  de). 

I;  40-43,    270,   497. 

III;  261,  264. 


IV;  40,  70,  74,  76,  244,  542. 

V;   227. 
Toledo    (Gómez  de). 

I;  501. 
Toledo  (Hernando  de). 

II;  27,  80. 
Toledo   (Juan  de). 

II;   78. 

IV;  95. 

V;   217. 
Toledo    (Leonor  de). 

IV;   40. 
Toledo   (Luis  de). 

V;   217. 
Toledo   (Pedro  de). 

IV;   36,   40,  114. 

V;   89. 
Tolosa    (Ramón  de). 

I;    114. 
Tomisa    (el  coronel). 

III;    390. 
Tomoreo   (Paulo). 

II;  278,   279. 
Tonnerre   (conde  de). 

II;    100. 
Tordesillas    (el   bachiller). 

I;  382. 
Tordesillas    (el  cuadrillero). 

I;  383. 
Tordesillas    (el  regidor). 

I;  236,   237. 
Torlon    (monsieur  de). 

V;  267. 
Tornelio,    Tornielo    (Felipe,    Filipo) 

II;  397. 

IV;   274,   276. 

V;  244. 
Tornice  (Felipe). 

III;  406. 
Torniel   (oonde  Felipe). 

III;  141,  319,  399. 
—    V.  Tornelio. 
Tornos   (Francisco  de) . 

.    II;   181. 
Toro    (Alonso   de). 

III;  275. 
Toro    (el  doctor). 

I;    380. 


25 


—  386 


Toro   (Luis  de). 

IV;  83. 
Torquemada   (el  alguacil). 

I;  382. 
Torquemada    (el  escribano). 

I;  383. 
Tortosa    (el  cardenal  de). 

I;   228,   235,   285,   385,   388, 
467. 
Torre   (Beinal  ó  Bernaldo  de  la). 

IV;    483-485. 
Torre    (el  licenciado). 

I;   382  385. 
Torre   (Hernando  de  la). 

II;  318,  319. 

III;  474,  476,  477,  479. 
Torres    (el  capitán). 

III;  399. 
Torres    (Fernando  de). 

I;   215. 
Torres  Rodrigo  de). 

I;  382. 
Tournon  (Mr.  de). 

II;    99. 
Tournoth    (Mr.   de). 

I;   469. 
Tovar   (Alonso  de). 

V;  217. 
Tovar    (Diego  de). 

III;  184,  197,  198. 
Tovar    (Francsco  de). 

III;  90,  540 

IV;  70. 
Tovar   (Hernando  de). 

IV;  338. 
Tovar   (Juan  de). 

II;  320. 
Tovar    (María  de). 

II;   320. 
Tova  (Pedro  de) . 

I;  380. 

IV;  99. 
Tovar    (Sancho  de). 

IV;  338,  339,  345. 
Trafi    (monsieur  de). 

V;   267. 
Tramulla    (monsieur  de). 

IV;  55. 


395, 


Trane    (monseñor) . 

til;  323. 
Tranjeto    (duque  de). 

II;   414. 
Treme  I  ion    (Ludovico). 

II;   100. 
Tremes   (monsieur  de). 

IV;   377. 
Tremouille    (Mr.    de  la). 

I;   72. 

II;  100. 
Trertto    (el  cardenal  de). 

III;  95. 

IV;  488,  492,  503,  504. 

V;  68,  95,  103,  172,  224-228,  233, 
243,    263-266,   297. 
Trento    (príncipe  de). 

V;   106. 
Tréveris    (Ricardo,   arzobispo  de). 

I;   194,   274,  278,   279,  414,  415. 

n;  41,   42. 
Tribulcio,    Tribuleis    (el   cardenal)- 

II;   303. 

ni;    392. 
Tribulcio    (Teodoro) 

II;  409,  410,  412. 
Trinidad    (señor  de  la). 

IV;  372. 
Tros    (monsieur  de). 

V ;  274. 
Trullera   (monsieur  de  la). 

IV;  435. 

V;  277. 
Tuchimani    (el  corsario). 

III;  203. 
Tumer  Hiermé  ó  lllermé. 

V;  17,  20,  21,  23,  32,  36. 
Turingia    (el  landgrave  de). 

V;  70,  167. 
Turrón  (Miohael). 

I;  445. 

U 

Ual  (Val)  de  Bretaña   (Mr.  de  la). 

II;  186. 
Uldemburg  (conde  de). 

V;  70. 
Ulloa    (Femando,   Hernando  de). 


387  - 


I;   335,  358,   360,   377. 
Ulloa  (Francisco  de). 

IV;   97. 
Ulloa   (Juan  de). 

I;  335. 
Ulloa    (Pedro  de). 

I;  378. 
Ulloa  Sarmiento    (Diego  de). 

I;  377. 
Ungocimano    (Fray). 

IV;   401. 
Uranga   (el  maestro). 

V;  305. 
Urbal   (Mr.). 

I;  56. 
Urbina   (Juan  de). 

II;  290,  296,  414. 

III;  15. 
Urbino  (duque  de). 

I;  52,  53,   55,  147-150. 

II;  68,   301,  465. 

III;  18,  19,  77,  83,  85,  453,  538. 

IV;  113. 

V;    93. 
Urdaneta   (Andrés  de). 

III;    479. 
Ureña    (conde  de). 

I;  27,  34,  105-107,  109,   146,  147, 
150,  152-154. 
Ursino    (Camilo). 

III;  454. 
Ursino    (el  cardenal  de). 

I;  194. 

II;   303. 
Ursino   (Julio). 

III;  455,  459,  460. 
Ursino    (Valerio). 

ni;    320. 
Uruvio  (Miguel). 

I;  380. 
Use  de    Marmeloyo    (Jerónimo) 

V;   97. 
Usel,    Vsel    (el  comisario). 

II;  99. 
Utiel   (el  doctor). 

II;  246. 
Utrech    (el  preboste  de). 

II;  423. 


Uzeda   (el  licenciado), 
I;  379. 


Vaca  (Diego  de). 

I;  447. 
Vaca   (Luis  de). 

II;  23,  93. 

III;  427. 
Vaca  de   Castro    (el  licenciado). 

IV;  327-331,   564-567. 
Vachacao  ó  Vachicao   (el  capitán). 

IV;  566,  568. 
Vadillo    (Pedro  de). 

ni;  542,  543. 
Vaivoda   (Juan). 

III;  137. 
—    V.  Bai  Boda. 
Val  de  Bretaña   (Mr.  de  la). 

II;   186. 
Valdés    (Alonso). 

II;  247. 
Valdés    (el  capitán). 

I ;  63,  64,  382,  378. 
Valdés  (el  escribano) . 

I;  382. 
Valdés    (el  licenciado). 

IV;  49,  541. 
Valdescorial   (señor  de). 

"  I ;  375. 
Valdespina   (marqueses  de). 

IV;  36-38. 
Valdivia    (el  capitán). 

I;  211. 
Valdivieso   (el  comendador). 

I;  378. 
Valdivieso   (el  doctor). 

I;  379. 
Valencia  (conde  de). 

III;  258. 

V;  286,  291. 
Valencia  (Felipe  de). 

V;  218. 
Valencia    (Martín  de). 

IJJ;  469,  470. 
Valentín   (Diego). 

in ;  292. 


-  388  — 


Valentina  de  Milán. 

II;  258,  259. 
Yalori    (Bartolomé). 

III;  433. 
Valori    (Felipe) . 

III;  433. 
Val  Siciliana    (marqués  de). 

III;  178,  261. 
Valtierra   (el  doctor). 

II;  93. 
Valladolid    (Jerónimo   de). 

I;  382. 
Valladolid    (Pedro  de). 

I;  382. 
Valle  (el  maestro). 

V;  94. 
Valle   (marqués  del). 

II;  469. 

III;  486. 

IV;  97,  119. 

V ;  213,  226,  268. 
Vallón    (Rodulfo). 

IV;  376,  379. 
Vandoma  ó  Vandomo    (monsieur  de). 

III;  186,  187. 

IV;   55,   58. 
Vandomo   (madama  de). 

III;  520. 
Vanrousen   (Martín). 

IV;  194,  197. 
Vargas  (el  capitán). 

V;  234. 
Vargas  (el  licenciado). 

I;  93,  97,  160. 

IV;  476. 

V;  103. 
Vargas    (Fadrique    de). 

IV;  340. 
Vargas  (Francisco  de). 

I ;  168,  228,  252,  345,  348. 
Vargas    (Hernando  de). 

II;  116. 
Vargas   (Juan   de). 

III;   99,   114,   407,   464,  518,   521. 
Vargas  (Marqués  de). 

V;  267,  269,  278. 
Vargas    (marquesa  de). 

V;   269,    279. 


Vargas  Silva   (Hernando  de). 

III;  143. 
Varze   (Tomás). 

V;  97. 
Vastain    (conde  de). 

V;  268. 
Vaste    (Bernardino  de) . 

V;  218. 
Vasto   (marqués  del) . 
I;  439. 
II ;  82,  96,  97,  293,  298,  305,  393, 

400,    402,    405-409. 
III ;  15,  97,  99,  115,  117,  136,  138, 
139,    176,    178,    239,    261-263, 
266,   267,   273,   274,   293,  294, 
315,   323,   331,  365,  391,  397, 
406-409,  430-433,  455-458,  461- 
463,  518,  534,  535. 
IV;    36,    39,    40,    112,    114,    126, 
128,    130,   154,  156,   157,  167, 
168,   192,   209,   211,   212,   278, 
279,    284,    285,    2S8,    291-295, 
298,    299,   301,  372,   373,  376, 
379-383,     385,     386,     388-393, 
406,  457,  552,  556. 
Vázquez    (Antonio) . 

I ;  292. 
Vázquez    (Juan). 
I;  379. 

III;  504,  506. 
V;   179,   180. 
Vázquez   (Martín). 

IV;  231. 
Vázquez  Coronado   (Francisco). 

IV;   96-102,   131,.  231. 
Vázquez  de  Molina  (Juan). 
III;    151. 
V;  94,  250,  251. 
Vázquez    de   Tapia    (Bernardino). 

IV;  231. 
Vega    (Garcilaso  de  la). 
I ;  219. 
III;  389. 

IV;  331,  439,  562,  565. 
Vega»  (Hernando   de) 
I;  18,  160,  228,  252. 
II;   319. 
Vega   (Juan  de). 


-   389 


III;    259. 

IV;    10,    95,   243,    333,    382     386, 
387,  552,  556. 

V;  98,    106,    211. 
Veintemilla   (Cipión). 

III;   239. 
Vela    (Gonzalo). 

I;   261. 
Velasoo    (Antonio  de). 

V;  217. 
Velasco   (Arnaldo  de). 

I ;  346. 
Velasco    (el  capitán). 

I;   382. 
Velasco    (el  licenciado). 

IV;  476. 
Velasco   (Franoisco  de). 

V;   217. 
Velasco    (Iñigo  de). 

I;  35,  229,  274,  457. 

II ;  78,  79,  235,  283. 
Velasco    (Juan  de). 

II;  77,  82 
Velasco    (Luis   de). 

IV;  338. 

V;   93,  305. 
Velasco    (María  de). 

I;  126,  127.      , 
Velasco   (Miguel  de). 

III;  90,  260,  323. 

V;   218. 
Velasco    (Pedro) . 

V;  217. 
Velasco   (Sancho  de). 

III;  90,  260. 
Velázquez  (Diego). 

I;  186,   210,  211,  213,   499. 

II;  168. 

III;  479. 
Velázquez    (Gutierre) . 

I;  126. 

V;  300. 
Velázquez   (Juan). 

I;   97,    164,   211. 
Velázquez   (Pedro  de). 

V;  218. 
Velázquez  de   Guéllar    (Juan). 

I;    126,  127. 


Vólez    (Diego). 

I;   506. 
Vólez    (marqués  de  los). 

I;  217,  336,  440-444. 

II;  283. 

IV;  9,  10,  23,  128,  542. 

V;   94. 
Vólez   (el  rey  de) 

IV;  311. 
Vólez  de  Guevara   (Pedro  ó  Pero). 

I;  424,  466,  467. 

III;    97,   98,   260. 
Velín    (mosior  de). 

III;  518. 
Veilut   (Andrea). 

I;    380. 
Vendino    (micer  Mario) . 

III;  114. 
Vendóme    (Mr.   de) . 

I;   498. 

II;  184. 
—    V.    Vandoma. 
Venecia   (duque  de). 

III;   540. 
Venegas    (Fernando). 

II;   246. 
Venerto   (Christóforo  de). 

I;  122. 
Venturí   (Juan). 

III;   450,   453,   454. 
Venvoisiere  (Mr.  de  la). 

II;  101. 
Venza   (marqués  de  la). 

IV;  38. 
Vera    (Alonso  de). 

I;  346. 
Vera  (Diego  de). 

I ;  65,  185,  208,  267-270,  349,  400, 
470-472,   479. 

II;    164. 

III;  471. 
Vera    (el  capitán). 

I ;  424. 
Vera   (Pedro  de). 

III;   469-471. 
Verdugo    (Francisco) . 

IV;    78. 
Verdugo    (Melchor) . 


—  390 


III;  491. 
Vergancía  ó  Verganza  (duque  de). 

IV;  263,  265-268. 
Verganza    (duquesa  de). 

V;  293. 
Vergara    (el   capitán). 

IV;  331. 
Vergi   (Guillermo  de). 

II;   216. 
Verglies    (Mr.    de). 

I;  487. 
Verjí    (señor  de). 

IV;   459. 
Vertenbergue   (duque  de). 

III;  362,   374. 
Vesiñano    (príncipe   de). 

III;  459,  461,  463. 
Vía    (Maeto  de).     . 

II;  31. 
Viamonte    (Francisco  de). 

I;   469. 

IV;   144. 
Viamonte  (Hernando  de). 

III;  90. 
Viamonte    (Juan  de). 

III ;  518. 
Viana,  Viena   (conde  de). 

III ;  319. 

V;   167. 
Vibola    (Leonardo  de). 

IV;  37. 
Vicencio    (Nicolao) . 

I;  138,  139,  143. 
Vidame  de  Chaitres   (Mr.  de). 

II;    99. 
Vigo    (Gonzalo  de). 

III;  472. 
Vilar  (conde  de). 

III;  319. 
Vilerio  de  Lisadan  (Filipo). 

II;  163. 
Villadiego    (Andrés  y  Francisco). 

I;  382. 
Villaescusa    (Diego  de). 

I;  147. 
Villaescusa   (el  doctor). 

I;  2,  359. 
Villaf ranea    (Francisco  de). 


I;  381. 
Villaf  ranea    (marqués   de). 

I ;  68,  184,  229. 

III;   179,   316. 

IV;  37,  40,  244,   542. 
Villafuerte    (el  tendente). 

III;  542. 
Vülagómez    (un  tal). 

IV;    381. 
Villahermosa   (duque  de). 

I;   68. 
Villalar  (Diego  de). 

I;  501. 

II;   247. 
Villalba    (el   coronel). 

I;  61,  62,  118. 
Villalobos  (Rui  López  de).— V.  López 

de    Villalobos   (Ruy). 
Villalpando    (Hernando  de). 

I;   382. 
Villamarino    (Bernaldo  de). 

II;  408. 
Villamurie!    (el  doctor). 

I;  376. 
Villandrando  y  sus  hijos. 

I;    454. 
Villanova  (Ángel  de). 

II;  460. 
Villanueva    (conde   de). 

I;   184. 
Villanueva   (Tomás  de). 

IV;  449. 
Villaquirán    (Valeriano  de). 

I;  49. 
Villarro   (Alonso  de). 

IV;    307. 
Villasante    (Alonso) . 

II;    357. 
Villasaña  (el  alcalde). 

I;    100. 
Villasaña  (el  consejero). 

I;  134. 
Villastes   (conde  de). 

V;  229. 
Villegas   (el  licenciado). 

I;  455. 
Villena    (el  licenciado). 

I;  379. 


—  391 


Villena    (marqués   de). 

.1;   115,    154,    167,    168,  198,    229, 
449,  464,   465,   469. 

IV;  270,  272. 

V;  87,  291-293. 
Villiers   de    l'lsle    (el   gran  maestre). 

II;  24. 
Vincort    (señor   de). 

IV;   459. 
Violo    (marqués  de). 

IV;  38. 
Viot   (Mr.  de). 

II;   99. 
Vique  (Jerónimo). 

I;  199. 
Virago    (Pedro  de). 

II;   467. 

III;  16. 
Virueña  (Miguel  de). 

IV;  214. 
Virués    (Alonso  de). 

III;    427. 
Viseo    (el   cardenal   de). 

IV;   186. 
Visiniano    (príncipe   de). 

III;  261,  264,  331,  356. 
Vistarino    (Ludovico). 

HI;  398. 
Vistirto    (Jerónimo). 

III;  399. 
Vitelo    (Alejandro). 

III;  429,   430,   433,  434. 

IV;  115,  505. 
Vitemberg    (Udalrico  de). 

V;   15. 
Vitenberg  ó  Vitemberg  (duque  de). 

ni;  224. 

IV;  ¿46,   534 
.V;  7,  9,  11,  14,   15,   43,  70,  215, 
216. 
Viterbo    (el  cardenal  Egidio  de). 

I;   149,   150. 
Vivas    (Alonso). 

IV;  117,  515. 

V;  32,  214. 
Vives   (Alonso  de). 

IV;  449. 
Vizocaino    (Juan) . 


II;  408. 
Volfgange  der  ¿Baibrug?  (duque  de). 

V;   46. 
Volterra    (el  cardenal   de). 

I;  139. 
Vozmediano    (el    capitán) . 

I;   369. 

W 

Walturg    (barón  de). 

V;    170. 
Wurtemberg   (Ulrioo,  duque  de). 

II;    197. 

X 

XabinL(Mr.  de).. 

II ;   29.  . 
Xalon    (Fíliberto  de). 

ni;   58. 
Xaurani    (Sr.   de). 

n;  99. 
Xebres   (señor  de) . 

III;  60. 

—  V.  Chievres. 
Xemi    (mosior  de) . 

III;   321. 
Ximénez   (Fray  Francisco). 

I;  9,  13,  36,  37,  95,  97,  99-102, 
104-106,  108,  113,  115-120, 
123,  125,  127-129,  132-137, 
140-142,  155,  160-163,  165, 
168,    185,    218,   348,    506 

n;  162. 

—  V.   Jiménez  de  Cisneros, 
Xirache    (marqués  de). 

III;   239. 
Xuárez   (Antonio) . 
I;   381. 


Yáñez    (Juan) . 
IV;  332,  449. 


Zai   (El). 

III;   137. 
Zallagallo    (marqués  de). 

IV;  38. 


—  392 


Zambrano    (el    bachiller) . 

I;   381. 
Zamora    (Francisco  de). 

I;  382. 
Zamora    (Gonzalo    de). 

I;   381. 
Zapata    (Bernardino) . 

I;    381. 
Zapata   (el  licenciado). 

I;  97,  134,  160,  162,  252,  345,  399. 
Zapata    (Francisco  y  Pero). 

I;    348. 
Zapata  (Gabriel). 

V;  218. 
Zapata    (Juan) . 

I;  346,  348,  377. 
Zapata   (Luis). 

V;  268,  276. 
Zapata    (Lope) . 

V;  218. 
Zapata  de  Cárdenas  (Pero). 

III;  78,  118. 
Zarate   (Agustín). 

IV;  365. 
Zarate   (el  alcalde). 

I;    119. 
Zelín    (el  gran  turco). 

I;  78. 
Zenete. — V.   Cénete. 
Zimbron    (Sancho) . 

I;  378. 
Zofi    (El). 

III;  202,  217,  218. 
Zolnera   (conde  de). 

V;  171. 
Zuazo  (Alonso  de). 


I ;  129. 
Zucrero   (Juan). 

I;  417. 
Zufi   (El). 

III;   246. 
Zugro    (Reinaldo  de). 

IV;   37. 
Zuinglio. 

III;  112. 
Zúñiga     (Alonso). 

II;  10,  226,  283. 
Zúñiga     (Alvaro  de). 

I;    142,    452,    454,    473,    474,  477. 
Zúñiga    (Antonio  de). 

I;     117,     140-142,     147,     447-454, 
460-465,    471-486,    505,   506. 

II;  23. 

V;   268. 
Zúñiga  (el  capitán). 

I;  38,  424. 
Zúñiga   (el  doctor). 

I;    377. 
Zúñiga   (Juan  de). 

III;   465. 

IV;  172,  203,  238,  268,  540. 

V;  217. 
Zúñiga   (Leonor  de). 

V;  293. 
Zúñiga   (Pedro  de). 

I;  452,  462,  473,  483. 

II ;  248. 

III;   10,   258. 
Zúñiga  y  Sotomayor    (Francisco). 

III;  136. 
Zurbano    (Jerónimo). 

IV;   563-565. 


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TABLA   ALFABÉTICA 

de  los  nombres  geográficos  citados  en  esta  Crónica. 


Abgusburge,    Absburgue. 

III;   245,  248. 
Abre  el  Ojo    (isla). 

IV;    483. 
Abrojo   (El). 

I;  163. 
Abruzo. 

I;   510. 

II;   399,   401. 
Acapichiqui    (Tierra  de). 

IV;   144. 
Acatique. 

IV;    130,    214. 
Ada  ó  Adda. 

I;    439. 

II;   69,  465. 

IV;  388. 
Adava   (provincia) . 

IV;    139. 
Aden. 

III;    549,   551. 
Adra. 

IV;   85. 
Aeste. 

I;    10. 

II;    207. 
Aezooa. 

I;  61. 
África    (ciudad) . 

III;   285. 
Aguanil. 

I;   187. 


Agua    Pendente. 

III;    352. 
Aguas   Muertas. 

III;  518-520. 

IV;    190. 

V;    171,  228,   229. 
Aguer    (cabo  de) . 

IV;    135,    136,    138,    140-142,    309. 
Águila    (El). 

I;  462,  473,  474,  479. 
Águilar  de  Campóo. 

I;   160,    161. 
Águilas   (Las). 

IV;    83. 
Aguilera. 

I;  155,  160,  161,  182. 
Aicamburc. 

IV;  360. 
Ailla. 

IV;   174. 
Ajofrín. 

I;    465,    476. 
Ala. 

III;    136. 

V;   264. 
Alaejos,  Alahejos. 

I;  228,  260,  261,  263. 
Alandera. 

IV;   265. 
Alanzon    (ducado  de). 

IV;  425. 
Alanzuet. 

IV;  508. 
Álava. 


-  394  — 


I;  66,  455,  456. 
Alba    (abadía). 

IV;   268. 
Alba    (ciudad  de  Italia). 

III ;  433,  455,  459,  460,  462. 

IV;   209,  392. 
Albacete. 

II;   226. 
Alba  de  Tormes. 

II;  92. 

V;   178. 
Alba  Real. 

IV;    273-278. 
Albi    (castillo) . 

IV;   297-300. 
AlbíS    (río). 

V;    22,   27,   32,    47. 
Alborán. — V.   Arbolan. 
Alborolt. 

V;   287. 
Albufera   (La). 

IV;   204. 
Alcalá  de  Henares. 

I;  9,   162,   168,  451-453. 

IV;    204,    242,    453,    540,    541. 

V;  86,  89,  177,  210,  215. 
Alcaraz. 

I;  449. 

II;  226. 
Alcázar    (Marruecos) . 

V;  305. 
Alcira. 

I;  416,  420,  443. 
Alconetar. 

II;  92. 
Aldea  Tejada. 

IV;    268. 
Alejandría    (Egipto). 

I;   134. 

II;    161. 
Alejandría    (Italia). 

I;  507,  508. 

II;   68,   95,    305-307,   393. 

IV;  40,  389. 

V;   241,   242. 
Alejandría  de  la  Palla  ó  de  la  Pallia. 

I;  55,  72. 

III;  389. 


IV;  36. 
Alencon. 

II;    194. 
Alestj  Aieste. 

III;   42. 
Alfaques  ó  Al-Faques. 

IV;  70,  71,  73,  74,  76,  77. 
Algarbes. 

I;   205. 
Algeciras. 

I;    205. 
Alguer. 

IV;   118. 
Alicante. 

II;  12. 
Aljarafe    (El). 

I;  35. 
Almazar. 

IV;   68. 
Almeirin. 

I;  185. 
Almería    (España) . 

II;   16,  248,   461. 
Almería    (Indias) . 

I;   372,   374. 
Almonacid. 

I;  476,  477,  480. 

II;  121-123. 
Almoradis. 

IV;    137. 
Almunia    (La). 

II;  102. 
Alpes. 

I;  81,  508. 

II;   67,   287,   288,   304,   393,   395; 
399,   464,  466. 
Alpsia. 

V;  45. 
Alpujarras. 

II;  17. 
Alquer. 

IV;    139. 
Alta   Burga. 

III;   23. 
Aluere. 

I;    73. 
Amberes. 

I;  85,  89,  487. 


■v^ 


595 


—    V.  Anvers. 

Ambois. 

IV;  51. 
Amersfort. 

IV;   258. 
Amienes. 

III;   46. 
Amulas. 

IV;   174. 
Amprouena. 

II;   184. 
Ampudia. 

I;   450,  456,   457. 
Amusco. 

I;   422. 
Anapola. 

III;  401. 
Ancona. 

I;  148,  149. 
Andena. 

IV;   287. 
Ar.desana. 

IV;  284-287,  370,  372. 
Ando. 

III;  45. 
Andrevas    (señorío  de). 

IV;  417. 
Andrusa. 

III;  198. 
Andújar. 

I;   405. 
Anela. 

IV;    296. 
Angeles    (Los). 

II;  470. 

V;   92. 
Angulema. 

IV;   51. 
Anicoyan. 

IV;  447. 
Anna. 

IV;.  406. 
Anniaeste. 

IV;  415. 
Antequera. 

I;  483. 
Antibes. 

II;   82,  83. 


Antibre. 

III;   407. 
Antivo. 

III;  399. 
Anvers. 

IV;   62,  65. 
Apalachen    (Tierra   ó  provincia). 

ni;   481,   482. 

IV;   443. 
A  pariera. 

III;  49. 
Apulla. 

II;  399,   400. 

IV;   32. 
—    V.    Pulla. 
Aquila. 

I;    10. 

II;   158,   399.      . 
Aquipana    (provincia) . 

IV;   447. 
Aquisgrán. 

I;    233,    266,    275-279,    401. 

II;   40. 

III;   106,   107. 

IV;  360,  458. 

V;    70. 
A race. 

IV;    100. 
Araje,    Araja. 

IV;  293. 

V;   230. 
Aranda  de  Duero. 

I;   83,   154,  155,   160,   182,   183. 

II;    226. 

V;  87,  224,  290,  291. 
Arbenga. 

IV;    293. 
Arbolan,   Alborán    (isla). 

IV;   84,   85. 
Arceo,  Arzeu. 

IV;   84. 
Arcila. 

I;  36,  40. 
Arcos. 

I;   32,   33. 
Archidona. 

II;   234. 
Ardenas  (Selva  de). 


—  396  — 


V;    171. 
Arélate    (reino  y  ciudad). 

V;    171. 
Arenas. 

III;   389. 
Arenburg    (castillo   de). 

IV;   258. 
Arequipa. 

IV;   562,  566. 
Arévalo. 

I;    126,    127,    176,    247,    254,    256, 
272,  287,   288,  422,   424,   451. 
Argel. 

I;   41,    132,    185. 

II;   162,  416. 

III;   26,   27,   281,  412,  414. 

IV;  66,  78,  79,  85,  111,   116-122, 
145,    153,   165,  193. 

V;  305. 
Argeles. 

IV;    168. 
Argentaría   (valle  de). 
.      I;   81. 
Argentina. 

IV;  103,   458. 

V;  7,  17. 
Arguienais?    (1). — V.    Eliaguiya. 
Argos. 

III;  532,  534. 
Arjés  de  Asan. 

IV;    412. 
Arloy. 

IV;  207. 
Armagnac. 

I;  57. 
Armenia  la   Mayor. 

I;    79. 

A roña. 

II;   397. 
Arscot. 

II;  214. 
Arta  de  la  Prevesa. 

III;    523. 
Artoes. 


III;  34. 
Artois. 

I;  492. 

II;  156,  189,  190,   208. 

III;  36,  39-43,  45,  46,  48,  55. 

IV;    414-418,    421. 
Arras. 

I;  74,  233. 

II;  110,   189.    ■ 

III;  36,  37,  39,  45 

IV;    65,    417. 
Arratia. 

I;    456. 
Arrecifes    (isla  de  los). 

IV;    482. 
Asaes. 

III;   402,   404,   405. 
Asconia    (provincia) . 

IV;    207. 
Asia,   Hasa,  Hesse. 

III;  222,   224. 
Asia    Mayor. 

IV;   556. 
Assisi. 

I;  149. 
Aste,    Asti. 

I;  72. 

II;   189,    242,   304,   393. 

III;  50,   390,   391,   408,   430,   431, 
433,   459,  464. 

IV;  285,  292,  298,  379,  382,  389, 
393. 
Aste    (condado  de) . 

III;   91. 

IV;  423. 
Asterez. 

IV;   525. 
Astorga. 

I;    19. 

V;    305. 
Astudillo. 

I;  422. 
Atenas. 

I;   205,  353. 


(l)  Esta  y  otras  referencias  de  voces  dudosas  corresponden  á  nombres  que  transcribe  Sando- 
val  en  su  «Historia  de  la  vida  y  hechos  del  Emperador  Carlos  V>,  si  bien  conviene  advertir  que  la- 
ortografia  geográfica  de  este  autor  es  poco  más  ó  menos  tan  imperfecta  como  la  de  Santa  Cruz. 


397 


Atienza. 

I;  20,  119. 
Atrar   (El). 

III;   202. 
Aube. 

II;   215. 
Aucona   (vizcondado  de). 

IV;  417,   423. 
Auconies. 

IV;    421. 
Audenarde. 

I;   496,   498. 
Augusta. 

III;  94,  106. 

IV;  458,  505-507,  524,  525,  535, 
537. 

V;   7,  8,   10-13,   70,   94,  167,   214, 
215,    249,    265. 
Auvernia. 

II;  202. 
Auxerre. 

II;    193,    194. 
Auxon,    Auxonne. 

II;    173,    213. 
Avarino. 

III;   199. 
Avene,    Avenes. 

IV;  401,  415. 
Aversa. 

II;   299,  414. 
Avesnes. — V.    Zaners. 
Ávida. 

III;  401. 
Avila. 

I;  185,  208,  243,  248,  249,  251, 
252,  261,  272,  273,  286,  289, 
384,   424,  426. 

V;  305. 
Aviñón. 

IV;   195. 

V;   171. 
Aye. 

III;  433. 
Azamor. 

IV;  138,   141-143,  309,   311. 
Azemur. 

I;  76. 


B 


Babilonia. 

I;   407. 

III;  418. 
Bacalaos    (Tierra  de  los). 

II;  93. 
Badajoz. 

II;   88,  89,  93. 

III;    468. 

IV;  263,  268. 
Baeza. 

I;   371,  429. 

II;   280. 

IV;    25,    149. 
Bagdat. 

III;   418. 
Baglione. 

II;  402. 
Bahama    (canal  de). 

IV;   567. 
Bahía  Honda. 

IV;    443. 
Bairenburga. 

V;  70. 
Banderas    (Valle  de). 

IV;  216. 
Barcelona. 

I;  11,  193,  196,  198,  199,  202, 
205,  209,  210,  214,  215,  221, 
222,  224,   267,  400. 

II;  17,  159,  160,  162,  165,  411. 
461. 

III;  176,  177,  239,  255,  261,  434, 
501,   506,  507. 

IV;  78,  168,  169,  199,  201,  203, 
221,  241-243,   261,  262. 

V;  223,  227,  228. 
Barleta. 

I;    4,  8. 

III;  50. 
Barsu. 

II;  215. 
Bar-sur-Sena,  Bar-sur-Seine. 

II;   190,    193,    194. 

III;    31. 
Barrenees. 

IV;  421.     . 


-  388  - 


Barrí. 

IV  3   401. 
Basilicata. 
I;    4. 
Bastía. 

III;  453. 
Basusena. 

ni;   52. 
Baviera    (ducado   de). 

IV;  246,  506. 
Bayona. 

I;  61,  62,  479. 
II;  76,   79,   233,  443-445. 
IV;   50,   51. 
Baza. 

I;  370. 
II;   16. 

III;   118,    119. 
Bearne. 

I;  60,   61. 
Beauprés. 

II;   203. 
Becerril. 

I;    422,   458. 
II;    294,    321. 
Behovia. 

II;  8. 
Bejeben. 

III;    536. 
Belgrado. 
I;  493. 
II;   327. 
III;   137. 
Beljoyoso. 

II;   464. 
Belcrado. 

I;  351,  352. 
Benalcázar    (gobernación   de) . 

IV;   568,  569. 
Benavente. 

I;  19,  20. 
Bendiguen. 

IV;    520,  521. 
Beovia    (río  de). 
IV;  50. 
—    V.  Behovia. 
Berbería. 
•     I;  41. 


IV;   73,   77,  78,   120. 
Berchenijo. 

IV;   208. 
Bergamo. 

I;  39,  73,  78,  80. 

II ;   465. 
Bermejo    (mar) . 

ni;   548. 
Bermendois. 

ni;    46. 
Bernia    (sierra  de). 

II;    120. 
Bersel. 

III;   535. 
.      IV;  40. 
Besancon. 

I;   5,  6. 
Biagrasa,   Bíagrassa. 

n;   69,  396. 

III;   464. 
B  ¡cocea. 

I;  510. 
Bievres. 

II;   215. 
Bígon. 

ITI;  455,  458,  459,  461,  463. 
Bilbao. 

II;    148. 
Bínce. 

V;  267,  280,  284,  286. 
Biserta. 

III;  285,  301-303. 
Blanco    (cabo). 

III;   451,   523. 
Blos. 

IV;    51. 
Boada    (río) . 

IV;  138. 
Boamitios    (Los) 

V;   171. 
Boano  (castillo). 

III;  408. 
Boecillo. 

I;   423. 
Bogotá. 

III;   544,   545. 

IV;    568. 
Bohemia. 


—  399  — 


II;  308. 
IV;  459  491. 
Bojara. 

III;    389. 
Boldus. 

IV;   65. 
Bolones   (El). 

IV;  415,   417. 
—    V.    Volanoes,   Zaners. 
Bolonia. 

I;  49,  41,  55,  83. 

II;   190,   309. 

III;  67,  68,  76,  93,  174,  175, 

362. 
IV;  117,  205,  397,  405,  428, 

431,   436,  440,  461-463. 
V;   68,  69,    85,   86,    91,    103, 
108,   113,  294,   297,  298. 
Bolonias    (condado  de). 

III;   44. 
Bolonnés    (condado  de) . 

IV;   41. 
Boloña. 

I;  45,  47. 
III;   429. 
Bollentives. 

IV;   459. 
Bomberga. 
V;  42. 
Bona    (África) . 
II;    162. 

ni;    278-280,    285. 
IV;   68,   69,  114. 
Bona    (Alemania) . 

IV;  247. 
Bonda    (Tierra  de). 

III;  548. 
Bonñngen. 
V;  7. 
Bonifacio. 

IV;  118. 
Bono    (cabo) . 
III;  301. 
IV;  70. 
Borbonés. 

II;  102. 

Borbon  la   Ney. 

II;  203. 


338, 
429, 
106- 


Borgoña. 

I;  24,  193,  205,  434. 
II;    67,   110,   114,    152,    155,    173, 
175,   184,   187,   194,   208,  235, 
293. 
III;   32,  48,   52. 

IV;   257,   417,    418,    421-423,   425. 
V;   166,   171,   216. 
Borístencs. 
V;  85. 
Borneo. — V.  Burneo. 
Boscho. 

II;   305. 
Botillera,   Botillería. 
III;   431. 
IV;   155,  210. 
Brabante. 

I ;  89,  205,  232,  275. 
III;   34,   48,   174. 
IV;  418,   421. 
Bragint. 

V;  42. 
Brama. 

IV;  458. 
Brancuig. 

V;  43. 
Braniente. 
V;   44. 
Branivig. 

IV;   458. 
Braquena. 

III;  46. 
Brasil. 

II;   18. 

III;   487,  489. 
Braus    (castillo  de). 

IV;  51. 
Bravancia   (ducado  de). 
IV;   207,  456,  458. 
Bravante    (ducado  de). 

IV;   205,   257. 
Bredevende,     Bredeborde,    Bredeverde 
(señorío  de). 
III;  45. 
IV;   417.     . 
Brema. 

IV;   433. 
V;  43. 


400 


Brentz    (río). 

IV;   525,  526,    534. 
Bresa. 

I;  55,  160. 
Brescia. 

I;  39,  78. 
Bretaña  (ducado  de). 

I;  20,  417 

II;  7,   214. 
Briangon. 

II;    69. 
Brindes,   Brindis,  Brindisi. 

I;  39. 

III;   15,   16,   452,   531. 
B  riñóla. 

III;   401. 
Briquirasco    (castillo   de). 

III;    461. 
Brisolengo. 

V;  263. 
Briuz. 

V;    9. 
Briviesca. 

I;    357. 
—    Vibriesca. 
Brochio. 

I;   148. 
Brueque. 

III;  403. 
Brujas. 

I ;  85,  143,  266,  490,  514. 

IV;  458. 
Bruselas. 

I;  23,  85,  101,  103,  104,  110, 
232,  233,  435,  485,   494, 

IV;  41,  59,  65,  102,  207, 
255,  257,  359,  366,  432, 
438,   441,    456-458. 

V;  214-216,  280. 
Buda. 

II;  277,  278,  280. 

IV;   105,   111,   192,   206,   274. 
Buena  Esperanza    (cabo  de). 

II;  21,  295. 

III;  475. 
Buena  Ventura   (puerto  de  la) 

IV;  328. 
Buenos  Aires. 


113, 
512. 
253, 
433, 


III;   487,  489. 
Buggenhout. 

I;   232. 
Bugía,   Bujía. 

I;  40-42,  132. 

II;    115. 

IV;   120,    127. 
Buibon    (castillo  y   sierra   de). 

IV;  136,  310. 
Buitrago. 

I;   452. 

II;  174. 
Buje. 

IV;  214. 

Bujía V.    Bugia. 

Bulaque. 

I;   133. 
Burbio    (río). 

IV;    36. 
Burdeos. 

I;   62. 
IV;   51. 
Burgo   (El). 
I;   439. 
Burgos. 

I;    20,   21,    29,    31-33,    43,  45,  48, 

50,   51,    69,    83,   84,    94,    137, 

178,     222-225,     247,     252-254, 

262,   273,  286,   350,   353,   356- 

358,  370,   371,  393,   398,  399, 

428,   455,   457,   470,   471,  479. 

II;    76,  92,  210,  355,  415,  419,  420. 

III;  337. 

IV;    50,    88,    89,    145,    151,    152. 

348,  351. 
V;   93,   249. 
Burguete. 

II;  77. 
Burguillos. 
I;  481. 
Burique  (castillo  de). 

IV;    287. 
Burjasot. 

II;    14. 
Burneo,  Borneo. 

II;  20. 
Busca. 

III;    456. 


—  401  — 


Cabezón. 

I;   371,    423. 
Cabolimón. 

III;    432. 
Cabo  Verde  (islas  de). 

II;   89,   90. 
Cabrera   (isla  de). 

IV;  120. 
Cáceres. 

IV;    149. 
Cadalso. 

V;    87. 
Gadaqués. 

II;    159. 

IV;   243. 

V;  229. 
Cádiz. 

I;  44. 

II;    355. 
Cafranque    (cabo) . 

III;    301. 
Cairo   (El). 

I;  133,  134. 
Gaisal. 

IV;    156. 
Cajalgraso. 

III;   432. 
Cajamalca. 

III;   166-169,    173,    189,  190,    193. 
Cajas. 

III;   167. 
Cajatabo. 

III;   192. 
Calabazas. 

I;   478. 
Calabria. 

I;  4,    5,   8. 

II;  68,  146,  147,  159,  402,  404. 

III;  452. 

IV;  289. 
Calais. 

I;    203,    222,    231,    264-266,    487 . 
488,   491,    493,   496,    498. 

IV;   397. 
Cala/tayud. 

I;  84,  85, 


Calatrava    (Campo  de), 

IV;  25. 
Calés. 

ni;    370. 
Calicutj  Calicud. 

I;  210. 

II;    21. 
Gaübia. 

IV;   60,  61,   77. 
Calis. 

IV;  354. 
Calzada  de  Béjar. 

II;   92. 
Callar,   Caller. 

III;    262. 

IV;   118. 
Cámaro. 

III;  476. 
Camao. 

II;   319. 
Camarino. 

III;  539. 

IV;   112. 

V;  97. 
Camarón. 

III;    549. 
Cambaya. 

III;  495,  496,-548,  549. 
Cambia. 

III;  432. 

IV;  209,  211. 
Cambray,   Cambrai. 

III;   27,    30,    337,    338,    346,    353 
361,  373,  382. 

IV;   59,   257,   427,  428,   431. 
Cambresi,    Cambresic. 

IV;   255,   257,  428,   431,    432. 
Cami. 

I;   487. 
Camilo. 

II ;  402. 
Campanela. 

II;  406. 
Campania. 

I;   4. 
Campo    (El) . 

IV;   268. 
Canales. 

26 


—  402  — 


Ij  476,  477,  480. 
Canaria,  Canarias  (islas  de). 

I;   205,   492,  493. 

II;   17. 

III;    487. 

V;  249. 
Candía. 

II;  34. 
Candigar    (isla) . 

IV;    482. 
Canterbury. 

I;   230,  514,  515. 
Capadocia. 

I;    79. 
Cap-Breton. 

II;  76. 
Capecho. 

I;    187. 
Capitanata. 

I;   4. 
Capri. 

III;   406. 
Capua. 

I;   4. 
Carada. 

III;   430,   431. 
Cararnania. 

III;    411,   412,  414,  417. 
Caramís. 

III;   411. 
Caraques    (Los) . 

III;   490. 
Carboneras. 

I;   447,   449. 
Carintia. 

II;   277. 

IV;    506. 
Carinan. 

III;  455,    458,   463,   464. 

IV;   211,   222,    287,    296,    300-302, 
368-370,  372-374,  381-386,  388, 
389. 
Carmania. 

I;   79. 
Carmenóla,     Garmenolla,     Carmenóla, 
Carminóla. 
III;   431,   432. 
IV;    212,    296,    300-301,    368-370, 


372-376,   378,    380,    381. 
Carminarola. 

III;  464. 
Carniola. 

II;  277. 
Cartagena. 

I ;  37,  38,  275,  348,  349,  442,  449. 

II;    11,   269. 

IV;  79,  83,   119,   128,  302. 
Cartagena    (Indias) . 

IV;  220,   568. 

V;   92. 
Cartago. 

III;'  263,   265,    266. 

IV;  68. 
Carrezo. 

IV;  391. 
Car  r  ion. 

I;  369,  422. 

II;  226. 
Carruán. 

IV;   73,   75. 
Casal. 

III;   409. 
Casa  ¡mayor. 

II;    96. 
Casano. 

I;    38. 
Casar  de  Monferrar. 

IV;   388. 
Casargraso. 

IV;  376. 
Caselion. 

II;  393. 
Cases. 

II;   83. 
Casfel. 

V;    44. 
Caspio. 

IV;    432. 
Castelomare. 

II;    405. 
Castellón. 

III;  202. 

IV;   210. 

V;   228. 
Castenalto. 

III;  397. 


—  403  — 


Castilformajer. 

IV;  285. 
Castilgiielfo. 

V;  102. 
Castilnovo. 

I;    9,    139. 

II;   159,   355. 

III;    400,   528-531. 

IV;     27-33,     36,     155,     209,    210, 
271,   287. 

V;    89,    90. 
Castiluchí. 

V;  257,  258. 
Castillo  de  la  Plana. 

I;   418. 
Castillo  del  Lobo,  del'Ovo. 

I;    9. 
Castolerao    (ducado  de). 

IV;  425. 
Castro. 

III;    452. 
Castrojeriz. 

I;   347. 
Castromocho. 

I;   422. 
Cataluña. 

I;  7,   197,  207,  337,  347. 

II;   210,  211. 

IV;   77,   333. 
Catania. 

I;  138,  139. 

III;   422. 
Cataro. 

III;    450,   453,   528. 

IV;    29. 
Caya    (río) . 

IV;    265. 
Gayas. 

IV;    567. 
Cayas    (Tierra  de). 

IV;   457. 
Cazorla. 

I;   370. 
Ceba. 

IV;   284,   285,   292. 
Ceba    (marquesados    de) . 

IV;  36,    40. 
Celanda,   Zelanda. 


I;  85. 

IV;  63,   65. 
Celfín    (ducado    de). 

IV;   421. 
Cempoal,    Zempoal. 

I;    372. 
Cendal. 

III;   431. 
Cénete. 

V;  257. 
Cerdaña. 

I;    126. 

II;   210,    211. 
Cerdeña. 

I;    43. 

II;    460. 

III;  262. 

IV;   66,  117,   118,   556. 
Cerete. 

IV;    174. 
Cerezola. 

IV;   374,   375. 
Confióla   (La). 

I;  7-9. 
Certosa   (La) . 

I;    509. 
Cervatos. 

I;   422. 
Cervera. 

IV;   201. 
—    V.   Corvera. 
Cervia. 

I;   39. 
Ceteni. 

IV;    246. 
Ceuta. 

V;   305. 
Ceva. 

III;    537. 
Cüelut?,   Clelen. 

III;   42. 
Cilicia. 

I;    79. 
Cimarra. 

III;  451. 
Cinco  Iglesias. 

IV;   274. 
Ciqueñaque    (río) . 


—  404  — 


IV;  307. 
Citardia. 

IV;   208,   259. 
Ciudad  de  ios  Reyes. 

V ;  "92. 
Ciudad    Real. 

I;  482. 
Ciudad  Rodrigo. 

V;   93,   306. 
Civítavieja.   Civita    Vieja. 

II;  302. 

III;   261. 

IV;   394. 
Givola. 

IV;   96-100. 
Claramonte. 

II;   202. 
Cielen.-  V.    Cilelut. 
Cleves    (condado  de). 

III;  45. 
Cleves    (ducado    de). 

IV;  250. 
Coaque    (puerto). 

III;    124. 
Coca. 

I;  228,   246,   260,  451. 
Cocen taina. 

I;  234. 
Coibricia. 

V;    16. 
Coina. 

IV;  214. 
Colibre. 

III;  168,  169,  174. 

IV;    506. 

V;   209,   227-229. 
Colígua. 

IV;   447. 
Colina. 

IV;   131. 
Colmenar  de  Arenas. 

II;   294. 
Colonia. 

I;   376,    379. 

III;    106. 

IV ;   247,  360,  457,  4f  8. 

V;   70. 
Collao    (El). 


ni;    491,    492. 
Comar    (castillo   de). 

IV;   275,  276. 
Comersi. 

IV;   394,   396-398. 
Comistra. 

ni;    199. 
Como. 

I;   507,  508. 

II;   303. 

III;    115. 
Compostela. 

III;   486. 

IV;   130,  131. 
Condía. 

III;   320. 
Conflans. 

II;   110,    190. 
Confluencia. 

IV;  247. 
Coni. 

III;    321. 

Conqua. 

I;   406. 
Constancia, 

V;  214. 
Constantina. 

III;   238. 
Gonstantinopla. 

I;   79,  196. 

II;  161,  277,  278,  280. 

III;   411,   450,  548. 

IV;    32,    68,   273,    274,    278,   298, 
389,  394,  557. 
Consuegra. 

I;   142,    167,    446,  448,    452. 
Copiaco,    Copiapó?    (valles  de). 

III;   492. 
Corales    (islas  de  los). 

IV;   482. 
Corazones  (valle  de  los). 

IV;  98,   99. 
—    V.  «El  de  los  Corazones». 
Córcega. 

I;    205. 

III;    114,   115. 

IV;   66,   118,   556. 
Córdoba. 


—  405  - 

I;   33,  34,   205,  429 

I;  39,  439,   507,  508,  511,  512. 

II;   245. 

II;   66,  68,   96,   239,   262,   303". 

V;  249. 

IV;   244,   245,  390-392,   426. 

Corfú. 

V;   101,   242,  257. 

III;   450,   452,    453, 

532. 

Crepacot. 

Coria. 

IV;   257. 

IV;  268. 

Crisleven. 

Corno?,   Como? 

I;    406. 

V;   242. 

Cromania. 

Cortamilla. 

V;   176. 

IV;  36. 

Cuba    (Isla  de). 

Cortes. 

I;  130,    186,    187,    210,    213,    499 

II;  121. 

II;  168,  172. 

Cortona. 

IV;   217,  218,   235,   442,  447. 

III;   15. 

V;  92,  305. 

Coruña. 

Cuéllar. 

I ;  18,  19,  200,  208, 

219,  222, 

224; 

I;   452. 

227-230,   233,    235,    238, 

239, 

Cuenca. 

271,   285. 

I;    462. 

II;  88,  91,  164. 

V;   93,   195,   209. 

III;  259,  468,  469 

Cuina. 

IV;   312. 

IV;    130. 

Corvera,  Corbera. 

Cuique. 

I;  235,  416,   445. 

IV;    100. 

Corral  de  Almaguer. 

Culiacán,    Culoacán. 

I;   449,   454. 

IV;   97,    98,    1Q2. 

Gorrón. 

Cullera. 

III;   144,  147,  178, 

179,  181, 

183, 

I;   214. 

184,    197-200. 

Cunaque. 

Cosenza. 

II;   236. 

I;  5. 

Cuña. 

III;   303. 

ni;    114. 

Cositachique. 

Cusago. 

IV;  444. 

III;    219. 

Coirón. 

Cutfania    (condado  de). 

III;   522,   523. 

IV;   258-260,   416,  419. 

Coza    (provincia   de) . 

Cuyuacán. 

IV;  445. 

II;   168. 

Cozumel. 

Cuzco   (El). 

I;  191,  211. 

III;   167,   173,    191,  225,    490-494. 

Crecentín. 

IV;  329-332,  562,  563,  566. 

III;    535,   537. 

V;  92. 

IV;    155,  368,    370. 

Crema. 

OH 

I;  39. 

Chafalonía. 

Cremes. 

III;    451,    522. 

III;  136,  139. 

Champanel. 

Cremona, 

ni;  496. 

—  406  - 


Chanson. 

II;  212. 
Charcas    (Los). 

III;  492. 

IV;  5G6,  568. 

V;    92. 
Üharlcis   (condado  de). 

IV;   422. 
Charoláis. 

II ;  184,  212. 
Chateau  Thierry  ó  Tierri. 

IV;  401,  405. 
Cha  telón,   Chatelon  so  Marne. 

IV;   401,   405. 
Chatelsino. 

II;   212. 
Chavar. 

V;    300. 
Chávete.— V.   Dechavete. 
Chebay. 

III;   139. 
Chiapa. 

II;   316. 

V;  92. 
Chiavarino. 

IV;   274. 
Chicaza. — V.   Dechicaza. 
Chile. 

III;    491-493. 
Chiümasa. 

III;  172. 
Chillas. 

III;   433. 
China    (isla  de  la). 

III;  472. 
Chincha. 

III;    192. 
Chinchilla. 

I;   472. 
Chinchón. 

I;    347,    447,    448. 
Chipre. 

II;  161. 

IV;  559. 
Chirasco. 

III;   459. 
Chubel. 

III;  265,  267,  273. 


Chupas. 

IV;   331. 
Chuquisaca. 

III;  492. 
Chusa    (La). 
III;   492. 


D 


Dahamun. 

III;    267. 
Damasco. 

I;    133,    134. 

IV;    558. 
Danahim. 

III;  267. 
Danubio. 

II;  278. 

ni;   136. 

IV;  111,  246,  274,  506,  507,  511, 
518,  521-526,    537. 
Danvílla. 

IV;   207. 
Dará. 

IV;   135,   310,   311. 
Darién. 

I;  211. 
Dauxerrois  (condado  de). 

III;  31. 
Davenes. 

IV;   255. 
Dechavete   (provincia)  ó  de  Chávete. 

IV;  448. 
Dechicaza    (provincia)    ó    de    Chicaza. 

IV;  446. 
Deguvos. 

III;   112. 
Delftnado,   Delfinazgo  (El). 
I;   492. 

II;    69,    114,   202,    214. 

V;  171. 
Delfos. 

II;   161. 
Demisiones  (provincia)  ó  de  Misiones. 

IV;   448. 
Denia. 

I;    234,    416-419,   423,    445. 

II;   404. 

IV;  83. 


407  — 


Detres. 

III;  406. 
Díet. 

IV;  253. 
Dijon. 

II;    110. 
Dinamarca. 

I;    490. 

II;   71,   74,   75. 

IV;   368,   428. 
Dísdan. 

I;   435. 
Diu. 

III;   495-497,   549,  552. 
Dolce. 

IV;    112,    113. 

Dombu. 

II;  203. 
Donchery. 

I;   491. 
Dos  Barrios. 

I;  462,  471,  472,  479. 
Dos  Sícilias. 

I;    193. 
Douay,  Duay. 

II;   189. 

III;  37,   38. 

IV;   65,  412. 
Duvres. 

I;  230,   232,  514. 
Draguignan. 

II;   83. 
Dueñas. 

I;   248,    337,    357. 

II;  294,  321. 
Dulce    (río). 

IV;  220. 
Dulce,  Dulde. 

V;  264. 
Dulcínde    (reino    de). 

III;  496. 
Dura. 

IV;  208,   241,  247,  249,  250,  253. 


E 


Ebro. 

I;   466,   467. 


Écija. 

II;   245. 

IV;    149. 
Edimburgo. 

IV;    430. 
Egenoa. 

IV;   66. 
Egipto. 

I;   134. 
Egli. 

IV;   558. 
Egra. 

V;    18-20,   22. 
Elche. 

I;  234,  417,  440. 

II;   12. 
«El  de  los  Corazones»   (pueblo). 

III;  485. 
Elere  (río). 

IV;   296. 
Eleresus?,  el  Sóror? 

III;   42. 
Eli. 

IV;  415. 
Eliaguiya,   por   Nelli,   Argnienais? 

III;  42. 
Elma. 

V;    229. 
Elocale. 

IV;   443. 
Elves. 

IV;   265,   268. 
Embers,   Envers. 

IV;    41,    65,    158,    197,    207,   456 
458. 

V;    285. 
Embrouoysin?   (condado  de). 

II;   202. 
Enaoj    Henao. 

III;   48. 
Enbulonois. 

III-;   42. 
—    V.  Zaners. 
Entutepeque. 

II;    168. 
Envers,    Envres.  —  V.    Amberes,    An- 

versj   Embers. 
Entrefolcos    (Tresforcas)    (cabo   de). 


—  408 


IV;   84. 
Epernay. 

IV;   404,  405. 
Eras   (islas  de). 

IV;   393. 
Erelen. 

IV;   19. 
Escala     (Paso   de    la). 

I;  77. 
Escalda. 

I;   497. 
Escalona. 

I;    465. 

III;    399. 

V;    87. 
Escardona. 

III;   454. 
Escaroz. 

I;  468. 
Escaule. 

II;    405. 
Esclavonia. 

III;    454. 
Escocia. 

I;   74. 

II;   71. 

IV;   430. 
Escombrera. 

IV;    79. 
Escriva    (río) . 

IV;  383. 
Escura. 

IV;    310. 
Eschirazo. 

III;  459. 
Esdan. 

I;    488. 
Eslesia. 

IV;    208. 
Esmalkalde. 

V;    44. 

Espadan. 

II;  122,  123. 
Espanta-viento  (cabo  de) 

IV;  289. 
España    (mar  de). 

I;  18. 
Española   (isla). 


I;   69,   76,  77,    189,   211. 

II;   169,   469. 

IV;  217,  218,   220,  224,   235. 

V;   92. 
Especerías  (islas  de). 

III;    468,  472. 
Especia    (puerto  de  la). 

III;    518,    521,    522. 

IV;   114,    117,   118,  126. 
Espelque. 

III;    15. 
Esperg. 

V;   9,    216. 
Espernay. 

IV;    401. 
Espinar    (El). 

I;   243,   247. 
Espique. 

IV;    112. 
Espira. 

IV;   194,  205,  246,  247,  359,  360, 
395,   396,  487,   489. 

V;   70,  84,  216. 
Espíritu    Santo    (río   del). 

IV;    444,   446. 
Espruc. 

IV;  506,  508. 
Esquinfordia. 

III;    126. 
Estolón. 

IV;   368,  373,   374,  381. 
Estalona. 

IV;   296,  301. 
Estanay    (señorío  de). 

IV;  409. 
Estecino. 

III;    454. 
Estella. 

I;   63,   466. 
Estenay. 

IV;   197. 
Estías?  Estrés? 

III;   42. 
Estrales. 

IV;    415. 

Estrallesmorlis?,  por  Estrayelles,  Mar- 
tes? 

ni;  42. 


-  409 


Estrella  de  Meca. 

ni;   549. 
Estremoz. 

II;   93. 
Estrés. — V.    Estías. 
Estreven     (condado   de). 

IV ;   418. 
Estrigonia. 

II;    279. 

IV;   273-276. 
Etampes. 

II;  445. 
Eterje   (Tierra  de). 

IV;    422. 
Eufrates. 

III;   218. 
Europa    (punta  de) . 

IV;    79. 
Evora. 

IV;   264,   265. 


Fabiana    (isla) . 

III;  200,  201,  262,  294,  301. 

IV;  68,   69. 
Faenza. 

I;  89. 
Faíamua,    Falmouth. 

I;    18. 
Famagosta. 

IV;   559. 
Fazer. 

IV;   558. 
Ferrara. 

I;    49. 

IV;   205. 
Fez. 

I;  400. 

IV;  79,  138,  139,  311. 

V;    302-308. 
Filatera. 

IV;  38,   39. 
Filete. 

IV;    288. 
Filipina  (isla). 

IV;  483,  484. 


Finalcy. 

II;   86. 
Finisterre   (cabo  y  villa). 

IV;  312. 
Fisíela    (provincia) . 

IV;    139. 
Fiumara    (La). 

III;  452. 
Fiume. 

IV;   506. 
Flaminea. 

II;  396. 
Flandes. 

I;  3-7,  11-13,  15,  17,  23,  24,  31, 
32,  85,  95,  105,  123-126,  138, 
140,  143,  155,  159,  160,  168, 
205,  222,  231,  232,  267,  431, 
436,  447,  487,  492,  493,  498, 
516,  517. 
II;  7,  22,  76,  147,   156,  190,  194. 

208,   355,  460,    463. 

III;  34,  36,  37,  45,  16,  48,  55,  174. 

IV;  21,  43,  60,  63,  162,  165,  166, 

181,   190,   191,  253,  257,  347, 

359,   360,   396,   404,  406,   412, 

413,   418,  421,   429,  441,   456, 

45S,   486,   534,  538,  556,  557. 

Flechudo   (pico). 

IV;   220. 
Floranges. 

I;   435. 
Florencia. 

I;   45,  49,   55,  70. 
TI;   285-289,   299. 
111 ;  62,  97-99,  102,  103,  356,  428: 
433,   515. 
Florenziola,   Florenzola. 
III;   366. 
V;    102. 
Florida    (La). 

II;  93,   319,   320. 
TU;    480,    481. 
IV;   96,   220.  442,   445,   449. 
Focar. 

III;  406. 
Fontainebleau,  Sontenebleau. 

IV;   52,  56,   463. 
Foran. 


—  410 


IV;   292,  298. 

Q 

Forfanea. 

IV;  40. 

Gabi. 

Foro  Novo. 

V;    241. 

III;   365. 

Gaeta. 

Fosan. 

I;  10. 

III;  321,  322,  391,  392. 

II;    269. 

IV;  300,  372. 

III;   178. 

Fox    (Condado  de). 

V;   90. 

I;    492. 

Gaete. 

Fraibers. 

V;    16. 

V;  18. 

Galicia. 

Francanfort,   Francfort. 

I;   18/205,  219,    226. 

I;  194. 

IV;   309,  311. 

IV;  458,  516,  517,  538. 

V;   305. 

V;  8,  11,  12,  41. 

Galicia    (Nuevo  Reino  de). 

Franconia. 

II;   469. 

IV;  537. 

—    V.   Nuevo  Reino  de  Galicia. 

F.ranfordia. 

Galípol. 

V;    70. 

III;   531. 

Freberg. 

Gallo    (isla  del). 

V;   16. 

III;   123. 

Frejus. 

Gandía. 

III;  400,  401,  407. 

I;   214,  419,  420,  440-442,  445. 

Fresen. 

Gante. 

IV;  506. 

I;  2,  85,  232,  502. 

Friburgo. 

III;    108. 

II;  117. 

IV ;  41,  42,  58,  59,  61-63,  65,  190, 

Frío!. 

441,  458. 

V;    215. 

Garaente. 

Frisa. 

III;  401. 

IV;  419,  422. 

Garafana. 

Fromentera    (isla) . 

II;   160. 

IV;  119. 

Garellano. 

Fuenterrabía. 

I;  10. 

I;  6,   51,  57,   461,  470,  471,  478- 

Gares. 

482,   485,  493,  503. 

IV;   296. 

II;    8,    76-81,   91,    186,    223,    224, 

Garganzola. 

427,   436,   443-445. 

n;  70. 

IV;  50. 

Garlasco. 

Fuentes. 

II;   70. 

I;   422,  423,  450. 

Garrovillas. 

Fuentidueña. 

II;   93. 

V  ;  212. 

Gascuña. 

Fundí. 

I;   61,   63,   74,   470. 

III;  202. 

II;    235. 

Furaan. 

Gaso. 

I;   133. 

IV;   210. 

411  — 


Gata    (cabo  de). 

V;   306. 
Gelanda. 

IV;  421. 
Gelves  ó  Gerbes   (Los). 

I;  40,   42,   43,   208,   267-270,  348 
400,  449. 
Genova. 

I;   10,    22,  51,   72,   504,  511,  512, 

514. 
II;  66,  69,  82,  85,  154,  159,  165, 
207,    242,    269,    305-307.    393, 
395,   398,   408-413,   460,   464. 
III ;  176,  374,  404,  408,  410,  514, 

517. 
IV;    66,    74,    114,    126,    156,    179, 
202,    203,  244,  289,   292,   293, 
295,  383,   392. 
V;  94,  97,  213,  223,  228,  230,  232. 
234,  238,  240,  301. 
Genova    (Ribera   de). 

V;   300. 
Gerbes    (Los).— V.   Gelves. 
Gerona. 

III;   506. 
IV;   169. 
Gíbraltar. 

I;  26,  35,  205,  226. 
IV;  78-79,  82-85,   354. 
Gilolo. 

II;    318,    319. 
III;  473-478. 
Ginestreto. 
I;   148. 
Giosa    (señoríos  de). 

IV;  409. 
Gira. 

I;   41. 
Girona.— V.    Gerona. 
Glinza   (mar  de). 

IV;   558. 
Goa. 

III;    496. 
Gocía.  Gotia. 

II;   71. 
Goleta   (La). 

III;    203,    263,    266-277,    280-282, 
288,  301,  541. 


IV;  66,  70. 
Golfo    (puerto   del). 
III;  527,  528. 
Gol  laca   (La). 
IV;  132. 
Gomera   (isla  de  la). 

III;   469. 
Gomera    (La). — V.    Vélez    de    la    Go- 

mera. 
Gonejen    (Tierra  de). 

IV;    422. 
Gota,  Gotha. 

V;   16,  33-35,  41,   42. 
Grafa. 

III;    407. 
Grajales. 

IV;   333. 
Granada. 

I;  2,  5,  21,  29,  96,  151,  217,  370, 

429. 
II ;  16,  36,  162,  234,  245,  248,  249, 

264,    267,   271,  280,   461. 
III:  121. 

IV;   25,  82,  228,  333,  340. 
V;  92,  212,  249,  286,  287. 
Granada    (Nuevo  Reino   de). 
III;  544. 
V;   92. 
Grande   (río). 

III;   546,  547. 
Grassa. 

II;   85. 
Gravelinga. 

I;  265,  266. 
Grecia. 
I;   78. 
II;   161. 
Grosa    (isla). 
IV;  83. 
Guacamba. 

ni;   167. 
Guacazalco. 
II;   168. 
Guacocingo   ó  San  Miguel. 

I;   373. 
Guacho. 

IV;  447. 
Guadalajara. 


—  4L2  — 


Ij  160. 

IV;  130-132,   204,  541. 
Guadalajara    (Indias). 

IV;   213,   214,   481. 

V;  92. 
Guadaledit. 

IV;    311. 
Guadalupe. 

I;    92-94,    98,    104. 

II;   124,   176,  221. 

V;   86,    87. 
Guadix. 

II;  248. 

V;  213. 
Guailas. 

IV;   330. 
Guajaca. 

II;   168,   468,  470. 

V;  92. 
Guamachuco. 

III;   167,  190. 
Guamanga. 

IV;  330. 
Guanajes   (islas  de  los). 

IV;  217. 
Guanuco. 

IV;    561. 

Guardia   (La). 

I;   453,  462,   471. 
Guasuli. 

IV;   445. 
Guatimala,  Guatemala. 

II;  169,  170. 

III;   490. 

IV;  129,  132,  219,  224,  226,  320, 
481. 

V;    92. 
Guaura    (puerto   de). 

IV ;  564,  565. 
Gudeñngen. 

IV;  525. 
Gueldres. 

II;    196. 

IV;  255-260. 
Gueldres   (ducado  de). 

IV;   106-110,   397,   416,   419,  421, 
486. 
Guiante    (ducado  de). 


IV;  463. 
Guiena    (condado  de). 

I;  51,  60,  74. 

IV;  417. 
Guijo    (El). 

IV;  268. 
Guinea. 

II;    18. 

V;  304. 
Guiñes. 

I;  233. 
Guinguen. 

V;   15, 

Guinzo. 

III;   137,   138. 
Guipúzcoa. 

I;  66. 

II;   8. 

IV;  50. 
Guisa    (villa  y   castillo). 

III;  408. 

IV;  254,  431. 
Gula. 

IV;   38,  39. 
Gulielma. 

I;   10. 
Gulpián. 

III;  433. 

IV;   278,  280,   281,   288,  292. 
Gunfaron. 

III;  407. 
Gunguen. 

IV;  535. 
Guniguen. 

IV;   526. 
Guynes   (condado  de). 

III;   44. 

H 

Habana    (La). 

III;    481,    486. 
Haidenen,  H  ai  deven. 

IV;  434,  435. 
Hala. 

V;  7,  40,  41,  44. 
Hala  de  Jasa. 

V;  36,   38. 


—  413  — 


Hambre    (puerto  del). 

III;   122. 
Hamburg. 

V;  42. 
Hampton. 

Í]  517. 
Hay. 

IV;   401. 
Haya   (La). 

IV;   65. 
Hayo    (provincia). 

IV;   448. 
Hecto. 

V;  44. 
Hedin    (castillo) . 

III;  36. 
Heliez. 

ni;   399. 
Henao. 

1;  494. 

II;   208. 

III;  34. 

IV;   418,  421. 
Hendaya. 

II;  427,  442,   445. 
Heras    (islas   de). 

V;  230. 
Hércules. — V.   Puerto   Hércules. 
Hesdin. 

I;   498. 

II;   111,  156,  189. 
Hetna. 

IV;   168,  172,  174. 
Hinsbergo. 

IV;   208. 
Holanda. 

I;   85. 

III;   48,  174. 

IV;    63,    65,    257,  397,   419, 
458. 
Honduras. 

II;   169-171,  468. 

IV;   219. 

V;   92. 
Hornillos. 

I;    31. 
Huelva. 

I;  35. 


421, 


Huesear. 

I;   217,   370. 
Huete. 

I;  462. 
Hungría. 

I;   493. 

II;  266,  275-277,  327. 
IV;  111,  168,  175,   182,  273,  278, 
361,  362,  410. 
Hunguera. 
V;    241. 


I  biza. 

IV;   119. 
I  brea. 

IV;  155,  279,  371. 
Icazquí     (Tierra). 

IV;  446. 
¡fes. 

IV;   415. 
Iglawa. 

II;   308. 
Ililicen. 

V;  43. 
I  deseas. 

I;  162,  473,  480,  481. 

II;  221,  222,  268. 
Inarta    (provincia). 

IV;   219. 
Ingresta,   Ingreatad. 

IV;   487,  503,   508-511,   518. 
Insbruch,    Innsbruck. 

I;  39. 

IV;  246. 
Irún. 

I;    63. 
Iscla,  Isola   (isla  de). 

I;   512. 

IV;   393. 
Ischia. 

II;   403. 
Istria. 

IV;   506. 
Ivosio. 

IV;  207,   208. 


-  414 


Jacomestal. 

V;    13. 
Jael. 

III;   551. 
Jaén. 

I;  20,   370,    375,  429. 

II;    2-15,    280. 

IV;  25. 

V;  250. 
Jafa. 

IV;   558. 
Jafet. 

IV;   558. 
Jalisco. 

IV;   220. 
Jalón. 

IV;   402,  403. 
Jamaica. 

I;    130. 

IV;  217. 
Jambuc, 

IV;    509. 
Janalete    (puerto  de). 

IV;   66. 
Janeiro. 

II;  1S. 
Jardines    (isla  de  los). 

IV;  482. 
Jarija. 

IV;    330. 
Jarlos    (condado   de). 

IV;   410. 
Jasa. 

V;    13,  14. 
Jatelemin. 

II;    184. 
Játiva. 

T ;  64,  234,  235,  416,  419,  441-446. 

II;  12,  14,  15,  35. 

V;    88. 

Jauja. 

III;  190,  192,  193. 

IV;  330. 
Jelves   (Los). 

IV;   70,   76. 
—    V.   Gelbes. 


Jemazaro. 

IV;   116. 
Jerez  de  la  Frontera. 

I;  152,  153,  218. 

IV;   82,    149,  262. 
Jerusaién. 

I;  205. 

IV;  558. 
Jimena. 

IV;  82. 
Jirolo   (isla). 

IV;   484. 
Jobí    (castillo   de). 

III;    115. 
Jocatín    (provincia). 

IV;  448. 
Jódar. 

I;  472. 
Jordán  irío). 

IV;  558. 
Joremdorft. 

V;    9. 
Jorest. 

II;   202. 
Judá. 

III;   548,   549. 
Julier. 

IV;    250. 
Julier    (ducado  de). 

IV;  205,  208,  241,  247,  259. 
Jumaguen,    Jumajen. 

III;   495.  496. 


K 


Kuttenberg. 

II;  309. 


Labadía. 

III;   462. 
Laca. 

II ;    157. 
Lacame    (provincia). 

IV;  448. 
Ladana. 

IV;    285. 


—  415  — 


Ladice    (río) . 

IV;   246. 
Ladrones    (isla  de  los). 

II;  19,  317,  318. 

III;  472. 
Laja. 

IV;  312. 
Lambesco. 

III;    403. 
Lambíguen. 

IV;  517,   520,  525,   528,   529. 
Lambriasco. 

IV;  368. 
Lamburg   (ducado  de). 

IV;   421. 
Lampairosa    (valle  de). 

III;  461,  463. 
Lancuerg. 

IV;  509. 
Landesana. 

IV;  285. 
Landresic. 

IV;  250,   254,  360,  394. 
Landriarto. 

II;    467. 

III;  16,   17. 
Languedoc. 

I;   492. 

V;  229. 
Lanzcuec,   Lanzuec. 

IV;    508,    509. 
Larache. 

V;  303. 
Laredo. 

I;   11,  516. 

II;  7. 

IV;  312. 
Lario. 

II;    397. 
Lasecustique. 

IV;  415. 
Latora. 

III;  544. 
Lázaro. 

I;  187. 
Leco   (puerto  de). 

IV;  62. 
Legnago. 


I;  73. 
Lenbriut. 

III;   48. 
Leni,    Lenin. 

IV;  279,  280. 
León    (de  España). 

I;  19,  89,  119,  247,  251,  262,  273, 
335,   337. 

II;  280. 

IV;   351. 
León    (de   Francia). 

IV;   159. 
León    (de  Nicaragua). 

HI;  121. 
León   (cabo). 

II;   102. 
León   (golfo  de). 

HI;  262. 
Lepanto. 

HI;  148,  149,  533,  534. 
Leque. 

HI;   117. 
Lérida. 

I;  193. 

IV;  201. 
Leuco. 

H;  397,   398. 
Lieja. 

I;  274,  432. 

IV;   253,  428. 
Ligni.— V.    Lime. 
Lila;   Lile. 

II;  187. 

HI;  37,  38. 
Lulo. 

I;  462,   471,  479. 
Lime  (por  Ligni). 

UI;   42. 
Liní. 

IV;  394,  397,  398,  415. 
Linsberg. 

IV;    259. 
Liorna. 

IV;   66,   74,  126. 
Lipar   (isla). 

ni;   531. 

IV;  393. 
Lipitanoa. 


-  416  - 

IV;  429. 

IV;   396. 

Lípsia. 

Lotajo. 

V;   13,   16,  20. 

II;  464. 

Lisboa,    Lisbona. 

Loteringia. 

III;  486. 

V;   171. 

IV;  264. 

Lovaina. 

Livo. 

I;  267,  273,  503. 

ni;   401. 

—    V.   Lobaina. 

Lobaina. 

Lozes. 

IV;  65,  102,  207,  253, 

465. 

IV;   51. 

Lobo. — V.  Castillo  del. 

Lubec,  Lubes,  Lubecg. 

Loca. 

III;    196. 

III;  17. 

IV;   458- 

Lodi. 

V;  42. 

I ;  511. 

Lubri    (el  Louvre?). 

II;   68,  87,  94,  95,  303 

465, 

466. 

IV;   58. 

V;  242,  256. 

Luca. 

Logroño. 

II;   217. 

I;  68,  467,  470,  506. 

III;  358,   364,  365. 

II;  77,  231. 

IV;  39,    114,   116, 

164,   192 

196, 

IV;    151,   152. 

393. 

V;   217. 

Lucayos    (Los). 

Lombardía. 

IV;  217. 

I;   38,  46,   54,   55,    440, 

502, 

508- 

Lucemburg,  Lucenburg 

(ducado 

de). 

511. 

IV;    207,    208,    394-396,   402 

409, 

II;   35,   66,   67,   84,   86, 

149, 

159, 

418,  421,  487. 

232,   237,   269,  271, 

286, 

303, 

Lucenberg,    Lusenberg 

(ducado 

de). 

304,    393,    396-401, 

455, 

460, 

IV;   194,   196,   205. 

464,   466. 

Lucuburgue. 

IV;   37,   126,   208. 

III;  48. 

Lomelina    (La). 

Luchiano. 

IV;  371. 

III;   103. 

Lomello. 

Lumberga. 

II;   70. 

IV;   362. 

Londres. 

Lumbier. 

I;   18,  75,   515-517. 

I;  59-61. 

IV;   441. 

Luria. 

Lone. 

IV;   556. 

I;  435. 

Lusacia. 

Longue    Meaule. 

II;  310. 

II;  445. 

Lusiñán. 

Lopuche. 

IV;    51. 

III;  402. 

Lutrech. 

Lora. 

IV ;  65. 

I;   176. 

Luxemburgo. 

Lorca. 

I;  431,  435. 

V;  94. 

IV;  102. 

Lorena    (ducado  de). 

Luzara. 

-  417  — 

IV;    390,    391. 

I;    422. 

Lyon. 

Magdalena   (río) . 

II;    102,    150,   151. 

III;  544. 
Magdemburg     (burggraviado). 

LL 

V;   176. 
Maguncia. 

Llerena. 

I;   194,    435. 

I;  100. 

IV  ;   246. 
V;   70. 

M 

Mahometa   (La). 

IV;   70,   73. 

Mace. 

Manon. 

III;    460,   463. 

III;    262,    282. 

Macedonia. 

IV;   118. 

I;   79. 

Maisen. 

Macones,  Maconnes,   Maconoes. 

V;  22,  23. 

II;    190,    193,   194. 

Mala. 

III;    31. 

III;  494. 

Madafana   (río  de). 

Malac. 

III;  550. 

IV;    486. 

Madrid. 

Malaca. 

I;  7,  10,  105,  109,  110, 

116, 

117, 

I;  210. 

123,    128,   135,   137, 

140, 

154, 

II;  21. 

163,   243,   273,   286, 

287, 

348, 

Málaga. 

349,   357,   446,   447, 

451, 

472- 

I;   41,  42,  455. 

474. 

II;   460,    461. 

II;    92,    106,   115,    119, 

160, 

174- 

IV;   21,  78,   82,   83,   87. 

176,  220,   221,   233, 

355, 

357, 

V;   305. 

415,   417,   420,   436, 

438, 

454- 

Malagón. 

459. 

IV;    25. 

III;   346,  353,  386. 

Malaqueta. 

IV;   43,    90,    134,    241, 

242, 

261, 

IV;   140. 

315,   317,   453,   454, 

540, 

541. 

Malina. 

Madrigal. 

IV;   115,   116. 

I;   127. 

Malinas,   Malines. 

II;   92. 

I;    199,    487,  498. 

Madrigalejo. 

III;  48. 

I;  92,  96,  97. 

IV;    14,    65,    419,    456,    458,   556, 

Maestrich. 

557. 

I;    274,    275. 

Malón. 

Mafredonia. 

II;  175. 

IV;    155. 

Malta   (isla). 

Magador. 

II;  163. 

III;  549. 

III;   200. 

Magallanes   (estrecho  de). 

Maluco,   Malucos    (islas  del  ó  de  los). 

II;   316. 

I;   210. 

III;  469. 

II;  21,  22,  88,  90,  93,  316-320. 

Magaz. 

III;  12,   13,  26,  471,  473-478. 

27 


418  - 


IV;  481,  484,  485. 
Mallorca. 

II;   416. 

IV;  78,   117,  118,  120. 
Mámora    (La). 

IV;    139. 

Mandamburg. 

V;   38. 
Manfredonia. 

II;    402. 
Manila. 

IV;  445. 
M  anises. 

I;   443. 
Mano   (puerto) . 

V;  230. 
Mantua. 

III;   142,   424.   425. 

IV;  90,  112,  113,  176,  205,  441. 

V ;    104,   256,   258,  260-263. 
Maran. 

IV;  165. 
Marañón    (río) . 

IV;   220. 
Marbella. 

IV;    82. 
Marca   (La). 

II;  202. 
Marchia. 

II;   21. 
Mariano   (vía  del). 

I;  509,   510. 
Marica. 

II;  203. 
Marino. 

III;  322. 
Marinan. 

V;  256. 
Marino. 

IV;    116. 

Marles. — V.   Estrallesmorlis. 
Mar  Mayor. 
Marna    (río) . 

IV;  402,  403. 

IV;   442. 
Marsala. 

III;  293. 
Marsan  Jursan. 


II;   213. 
Marsella. 

II;   35,   82-84,  86,   166,  255. 

ni;   186,  187,  402,  404,  518. 

IV;  244,  289. 

V;   171,  228,   230. 
Martos   (la  peña  de). 

I;    220. 
Marruecos. 

IV;   135,    137-140,    142,    309,   311. 

V;  302-306. 
Masa    (La). 

IV;  38, 
Mascaraque. 

I;  477. 
Masconoes?,  Mascony,  Masconio  (con- 
dado de). 

IV;  421. 
Mascoris    (condado  de). 

III;   52. 
Masiers. 

IV;   402. 
Masin   (castillo). 

IV;  371. 
Matan. 

II;    19. 
Mauli    (río). 

III;   492. 
Maya. 

I;   59,  61,   506,   507. 
Mayan. 

I;   187. 
Mayor    (mar). — V.  Mar  Mayor. 
Mazagán. 

IV;  141-144. 
Mazagra. 

IV;   307. 
Mazalquivir. 

I;   17,   37. 

IV;  84. 
Meca. 

V;    306. 
Mechoacán,   Mechuacán. 

II;  168,  470. 

IV;   131,  132,  214. 

V;  92. 
Media, 

I;    79. 


—  419  - 


Medina  del  Campo. 

I;  2,  11,  12,  83,  241-247,  254-262, 
272,   287-289,   395,   424,  455. 

II;  9,  10,  92,  355. 

IV;  268,  271,  317. 

V;    204. 
Medina  de  Pomar. 

I;    455. 
Medina  de  Rioseco. 

I;    346,    347,    358-360,   367-369. 

V;  179. 
Medina  Sidonia. 

I;  223. 
Mediterráneo. 

II;    163. 

IV;  362,  462. 
Medollí. 

IV;    113. 
Méjico. 

III;  486. 

IV;  96,    102,   213,   216,    219,   226, 
323,  449. 

V;  92,   213. 
—    V.    México. 
Mejorada   (La). 

I;  13. 

V;   178. 
Meliano. 

II;  303. 
Melílla. 

IV;  84,  85. 

V;  304,   305.. 
M el  tona. 

IV;   307. 
Meminguen. 

V;    10. 
Mendalao   (islas). 

ni;  472. 

IV;   482-485. 
Meninga. 

IV;   246. 
Menorca. 

IV;  78,  118, 
Mentón. 

II;   85. 
Mequinez. 
V;  303. 
—    V.  Miquinez. 


Merlo. 

IV;  415. 
Mesa. 

IV;    137. 
Mesacoth. 

I;  435. 
Mes  de  Lorena. 

IV;   396-398,    458. 
Mesina. 

I;  121,   122,  139. 
II;   34. 

III;   294,   301,   303,   451. 
IV ;  66,  68,  70,  71. 
Mestrech. 

IV;   486,   487. 
Meta    (provincia). 

III;  543. 
Metafus    (cabo  de). 

IV;  125,   127. 
Metelin. 

II;    161. 
Meuse. 

I;   481. 
México. 

I;   374. 

II;    168-172,    468-470. 
—    V.  Méjico. 
Meziéres. 

I;   491,  493  494. 
Milán. 

I;  38,  45,  49,  51,  71,  72,  82,  83, 

436-439,   502,   507-514. 
II;  66-69,   86,  100,  156,  176,   189, 
207,    236-242,    251,    253,    257- 
262,   267,   270,  271,  284,   293, 
303-307,    393,    397,    401,   464- 
466. 
III;  50,  176.  219,  433. 
IV;  36,  37,  39,  111-114,  244,  301, 

360,  371,  382,  388,  393. 
V;  97-101,  213,  240-242,  247,  253, 
294. 
Milán    (ducado  de). 

I;  3,  6,  39,  51,  55,  72,  80. 
IV;   112,  154,   162,  191,  193,  423. 
425,  426,  429,  459. 
Milán    (marquesado  de). 
IV:   38. 


-  420  — 


Mílao. 

I;    140. 
Milburg. 

V-  22,   23,   27. 
Mindanao. 

II;   317,  318. 
Miquinez. 

IV;   311. 
Miradores. 

I;    21. 
Miranda. 

I;   456. 
Mirandula    (La). 

III;    197,   383. 

IV;   390,    391,   396. 
Misiones. — V.   Demisiones. 
Mistón,    Mixton    (peñol   ó    peñón). 

IV;    130,   215,   216. 
Mocejón. 

I;    481. 

II;  463. 
Módena. 

II;  287. 

III;    118. 

IV;   390. 
Modón. 

III;  183,   184. 
Mogador. 

IV;    137. 
Mogoncia. 

II;   303. 
Mohacs. 

II;  278. 
Mois. 

III;  401,  407.. 
Mojados. 

I;   161,   163. 

III;  204. 
Mola. 

III;   178. 
Moldavia. 

II;  311. 

III;   111. 
Molñto. 

III;  262. 
Molina. 

I;   205. 

II;   226. 


Molin,  Molins  del  Rey. 

I;  199. 

IV;   243,    397. 
Momelion?,    Mommelio. 

IV;   426. 
Mompensier. 

II;  202. 
Monaco. 

II;   217,  404. 
Monago. 

III;    408. 

IV;    294. 
Moncaler,  Moncaller,  Moncoler. 

III;  431,  455,  458,  460,  463,  464. 

IV;    209,    283,    285,    301,    378. 
Moncataro. 

III;  454. 
Moncribel. 

III;   432. 
Mondibí. 

IV;  284,   296-298. 
Mondier. 

IV;    417. 
Mondidier. 

II;   190. 

III;  44. 
Mondiver. 

III;    320. 
Mondolfo. 

I;   148. 
Mondoñedo. 

V;   306. 
Monesterio. 

III;   188,  221. 

IV;  71-77,  461. 
Monferrar    (marquesado  de). 

IV;   393. 
Monferrer. 

III;   536. 
Monfort. 

II;  445. 
Mongibel. 

III;   422. 
Monleón. 

II;  78. 
Monpellier. 

I;    201-203. 
Monreal. 


—  421 


1 3  61. 
III;    293. 

Mons. 

I;  494. 
Monserrate    (Nuestra  Sra.   de) 

V;   227. 
Montaría. 

IV;    212. 
Montbrison. 

II;  214. 
Monte  Alcino. 

II;   272. 
Montemayor. 

IV;  265. 
Monte  Roso. 

III;   352. 
Montesa. 

I;  414. 
Montes  Claros    (sierras  de). 

IV;   137. 
Monteterol. 

III;  432. 
Montiel    (Campo  de). 

I;  482. 
Montilla. 

I;  33,  34. 
Montreau. 
II;    110. 
Monveliar. 

III;  373. 

Monviedro V.    Murviedro. 

Monza. 

I;   510,   511. 

II;  69. 

III;   115. 
Monzón. 

I;  84. 

II;  415-418,  427,  442,   452. 

III;   177,   466. 

IV;  151,  153,   160,   167,   171,  186, 
199,   221,  237. 

V;   86-89,   93,  177,   179. 
Mora. 

I;    462,   474,   475. 
Moravia. 

II;  308. 

IV;   277. 
Morena   (Sierra), 


IV;  350. 
Morías. 

I;  18. 
Mornier. 

III;    116. 
Mortalla?;    Mortanga. 

IV;   413. 
Mortaria,  Mortario. 

II;   397. 

III;  39. 
Mortine. 

III;  37. 
Mosa   (río). 

IV;   250,  486. 
Moscovia. 

V;   35. 
Mos  de  Henao. 

IV;   432. 
Mosela    (río) . 

IV;   397. 
Mostagán. 

IV;   302,    306,   307,   309. 

V;    307. 
Mostraes  Bolones. 

ni;   46. 
Motil. 

II;  21. 
Motril. 

II;  46] 

IV;  85 
Motruy. 

IV;   429 . 
Mousson. 

I;  488,  491. 
Moya. 

I;   448,   451,   462. 
Mucientes. 

I;   20,   163. 
Munque. 

ni;    94. 
Muladar,   Murada!? 

IV;    25. 
Murcia. 

I;    173,    205,   273,   336,   337,   370, 
440-442. 

V;   88,  94. 
Muría. 

II;  120. 


~  422 


Murviedro. 

I;   418,  419,   442. 
II;  122. 

N 

Naduxete,   Neudoche? 

III;  42. 
Nájera. 

I:   506. 
IV;   152. 
Namur. 

IV;   419,   421. 
Nandacao    (provincia). 

IV;  448. 
Ñapóles. 

I;  4,  8,  9,  14,  16,  28,  39,  52,  54, 
55,  86,  96,  124,  126,  138,  139, 
149,   202,  207,   492,  512. 
II;    10,   34,    35,    82,    87,    95,    147, 
156-159,    189,    236,    237,    243, 
254,   257,  266,   269,  272,   292, 
396,    399-410,    414,    415,    436, 
460,  466. 
III;  318,  521,  533,  534. 
IV;  114,   117,  118,  151,  156,   196, 

289,   294. 
V;   89,  298. 
Ñapóles    (reino   de). 

I;  3,  4,  10,   11,  22,  29,  30,  72. 
IV;   68,  411.      * 
Napoule. 

II;   83,   85. 
Narbona. 
II;   69. 
V;  228,   229. 
Narbona   (golfo  de). 

III;  507. 
Narví. 

II;  300. 
Nata. 

III;    121. 
Navarra. 

I;    56-64,    84,    117-119,    124,    126, 
171,   202,   205,   217,   431,  432, 
456,   461,    464-470,    479,    485, 
487,    491,    492,    506,    513. 
II;  9,  36,  76;   196,  225,  427. 


IV ;  162,  170,  333,  426. 
Navidad    (puerto  de  la). 

IV;    481. 
Negra    (Selva-). 

IV;   508,    509. 
Negro   Ponte   (isla). 

IV;  289. 
Nelli?. — V.    Eliaguiya. 
Nemours   (ducado  de). 

I;    57. 
Neoburg,  Neoburge. 

IV;   507,  516-520. 
Nepor   (río) . 

V;   35.      • 
Neubille. — V.   Niclícela. 
Neudoche. — V.   Naduxete. 
Nicaragua. 

III;  121. 

IV;    219,   224,    226,    320,   442. 
Niclícela?,   Neubille,   Neuville. 

III;   42. 
Niebla. 

I;  35. 
Nilo. 

I,  133. 
Nípol. 

III;   98,    99 
Niza. 

II;  82-85. 

III;  399,  400,  407,  464,  500,  507, 
511,  512. 

IV;   114,  163,   164,   179,  180,  289- 
295,  301,  408. 

V;  230. 
Ñola. 

III;    202. 
Nombre  de  Dios. 

III;    121,   542. 

IV;  328,  559. 
Norduchez. 

IV;   415. 
Norlíne. 

IV;    458. 
Ncrling,  Norlinga. 

IV;   521-523,   530,   531,   534,   536. 
537. 

V;   7,  15,   17. 
Normandía. 


—  423 


1;  74,  517. 

IV ;   159. 
Noruega. 

II;  71. 
Novara. 

I;  72,  73,  509-512. 

II;  66,  70,  86,  238,  286,  397,  467. 

III;   464. 

IV;  371. 

V;  242. 
Novavilla. 

IV;   415. 
Noyers. 

II;   184,   212. 
Noyon. 

I;    125,    201,    202,    222,    223,    432. 
Nuchastlán,    Nuchistlán    (peñón). 

IV;   130,  215. 
Nuestra  Señora  de   Finisterre. — Véase 

Finisterre. 
Nueva  España. 

I;  212,  213,  371. 

II;  22,  168,  169,  172,  316-318, 
468-470. 

III;  479,  480. 

IV;  96,  97,  130,  212,  213,  219, 
224,  231,  232,  317-319,  321- 
323,    443,   448,    481-485. 

V;  92,  213,  300,   305. 
Nueva  Galicia. 

III;    486. 

IV;  96,  130,  212,  213,  220,  323, 
481. 

V;   92. 
Nueva  Jerusalén. 

III;    221. 
Nueva   Toledo. 

ni;  490,  491,  495. 

IV;   327,  331. 
Nuevo    Reino   de  Galicia.— V.   Galicia 

(Nuevo  Reino  de). 
Nuevo    Reino   de  Granada V.   Gra- 
nada   (Nuevo   Reino   de). 
Nuevo   Reino  de  Toledo.  —  V.   Nueva 

Toledo. 
Nules. 

I;    442. 
Numberg,   Numberga. 


IV;    208,    458. 

V;   19,    70. 
Nuremberga,   Nuremberg. 

I;  2,   280. 

II;  43. 

III;   126. 

V;  18,  42,  70. 
Nururnberg. 

IV;  517. 

O 

Ocaña. 

I;  1,  357,  358,  446,  451,  452,  462, 
471-473,   476,   479. 

IV;  28. 
Odoicar   (Tierra  de). 

IV;  422. 
Odón. 

I;  347,  447. 
Olen. 

IV;   368. 
Olgineto. 

II;  397. 
Olías. 

I;  478,   480.   ■ 
Olite. 

I;   61,   63. 
Oliva. 

I;  419,  420. 

II;  120,  416. 
Olivares. 

II;   294. 

V;  224. 
Olme. 

II;   72-75. 
Olmedo. 

I;   127,  176. 

V;  178. 
Ollería. 

I;  445. 
Once  mil   Vírgenes    (cabo  de  las). 

III;    470. 
Onteniente. 

I;  445. 
Opón    (sierras   de) . 

III;  544. 
Oracio. 


—  424  — 


II;  402. 
Oran. 

I;    36-40,    132,    18S. 

II;    11,   12. 

III;   316,  317. 

IV;    78,    84,   293,   302,    303, 
309. 

V;  393. 
Orange. 

II;  214. 
Orduña. 

I;  456. 
Orense. 

I;   19. 
Orfanela    (castillo  de). 

IV;  212. 
Orgaz. 

I;   478. 

IV;  25. 
Orihuela. 

I;   173,    175,    234,    419,   420, 
441. 
Oriola. 

I;  441. 
Orleans. 

IV;  51. 
Oro    (isla   del). 

II;  318. 
Orquilla   (río). 

IV;  220. 
Orsies. 

III;    38. 
Orso. 

II;  406. 
Osonia    (Tierra). 

IV;  276. 
Ossera. 

II;   175. 
Ostia. 

II;  298,  302. 
Ostroviza. 

III,   454. 
Otinsue. 

IV;   536. 
Otranto. 

I;   39. 

III;  451,  452,  531. 
Otraver. 


306- 


440, 


III;    48. 
Ovo.— V.   Castillo  del   Lobo. 
Oyarzun. 

I;  63. 


Pachacama. 

III;    190,    191. 
Pacha!. 

II;    21. 
Padua. 

I;  39,  73. 
Pairosa. 

III;  462. 
Palamido    (monte). 

III;    534. 
Palamós. 

II;  159. 

III;    410,    r¿3. 

V;   227. 
Palazon. 

IV;   38,   39. 
Patencia. 

I;   422,  423. 

II;  9,  10,  15,  92,  294,  321. 
Palermo. 

I;    121,    138.    139. 

III;  293,  294,   301,   303. 
Palestina. 

I;   134. 
Paliano. 

IV;   116. 
Palma. 

IV;   455. 
Palma    (río). 

IV;   392. 
Palos. 

II;   468. 
Pamplona. 

I;   56-68,  84,  466-470. 

II ;  77,  79. 

IV;  151,    153. 
Panamá. 

III;    121,    542. 

IV;   226,    328,    560,   565-570 

V;   92. 
Panches    (provincia  de  los). 


—  425  — 


III;   545. 
Panuco. 

I;   372. 

II;   169,   170,   468. 

III;   484. 

IV;   216,  219,  323. 
Panuco    (río   de). 

IV;    449. 
Papú    (islas    de  los). 

III;    476. 
Paraguay    (río). 

III;   488. 
Paraná  (río). 

III;    488. 
Pardo    (El). 

I;    348. 
Paredes. 

I;  422. 
París. 

I;  6,  486. 

II;   114,    420,    444-446. 

IV;    53-55,   57,    58,    399-401,    403, 
404,   412,  441. 
Parma. 

I;    72,    80,    436,    438. 

II;   158,   255. 

IV;   196,   383.  389,   390,  392. 

V;   97,    102,    294,    298. 
Pasau. 

III;  136. 
Pasto. 

IV;    569. 
Pateloroo. 

II;   202. 
Paterna. 

I;   443. 
Patos   (puerto  de  los) . 

ni;    489. 
Pairas. 

III;    147. 
Pavía. 

I;   49,  210. 

II;  68-70,  86,  87,  95-102,  149,  157, 
.158,   180,   233,  250,  304.   393- 
396,  465-467. 

III;   72,   73,  97,   175,  464. 

IV;   244,   392. 

V;  241,  242. 


Penisculí. 

III;  540. 
Peñafiel. 

I;    369. 
Peñañor. 

I;  450,   458. 
Peñol,    Peñón. 
V;   304. 

Peñón  de  Vélez V.   Yélez. 

Perdón    (sierra  del). — V.   Reniega. 
Perla    (isla  de  las). 

III;   121,   122. 
Perona,  Peronne. 
II;    110,    190. 
III;   44,   46,   408. 
IV;  417,   432. 
Perpiñán. 

I;  11,  123,  125. 

II;   427. 

III;   506. 

IV-;   144,    162,  165,   167-174,    200, 

238. 
V;  228,.  229. 
Persia. 
I;  79. 
III;   449. 
Pertux    (paso  del). 

IV;    172. 
Perú. 

III;  189,  224,  389,  489,  490,  494. 
IV;  219,  220,   224,  232,  317,  319, 
323,  327,   328,  442,  559,  560, 
565. 
V;  92,   94,   305. 
Pcrugia. 

I;  148,  149. 
Pernera    (La). 

II;  212. 
Pesaro. 

I;   148. 
III;  539. 
Pescara. 

I;   39. 
Peschiera. 
I;    73. 
Pesquera. 

III;    136. 
IV;   112. 


-  426  - 

Peste  (Pest). 

II;  97. 

IV;   206. 

Plana   (La). 

Peurín. 

I;  442. 

III;  408,   431,  432. 

II;   122,   416. 

Piamonte. 

Plasencia    (España). 

I;   510. 

I;  20,   85. 

II;  82,  307. 

Plasencia    (Italia). 

IV;  154,   156,   157,   162,  165, 

174, 

I;  55,  72,  80,  436. 

196,   209,  294,  296,   301, 

368, 

II;   158,   255,   284,  287,   396,   399. 

371,  373,   380,   382,   383, 

389- 

IV;    37,    40,    196,    244,   245,    383, 

392. 

389,  390,  392. 

Pibrin. 

X  \  86,  97,  98,  100-103,  256,  294. 

IV;    156. 

Plata    (Río    de  la).— V.    Río   de    la 

Picardía. 

Plata. 

I;   73,   74,  498. 

Plau. 

II;   153. 

V;   20. 

IV;  441. 

Pleisa    (baronía  de). 

Picigeton. 

V;  176. 

III;   464. 

Po. 

Picones   (Los). 

I;   438,   511. 

III;  492. 

II;  464. 

Pillar»!. 

III;   455,   459,  464. 

III;  458,  459. 

IV;  129,  211,  279,  284,  287,  301, 

Pinarascol. 

369,   370,   380,  386,  388,  389. 

V;  241. 

V;  100. 

Pin  de  Mel    (torre  de). 

Pocucia. 

III;   180. 

III;  111. 

Pina. 

Poitiers. 

I;    422. 

IV;   51. 

Piñarol,  Piñerol. 

Poítou. 

ni;   460-463. 

II;  194. 

IV;  286,   426 

Polonia. 

Piñazón. 

III;    111. 

III;   455. 

IV;   208,   428. 

Piñoral. 

Pomas  (Las). 

IV;    209. 

II;    83. 

Pioles. 

—    V.  Pomedas  de  Marsella  (Las) 

IV;  302,  368-370,  381. 

Pomblin    (canal   de) . 

Piovara. 

IV;  396. 

IV;    154. 

Pombo. 

Pirineos. 

III;   192,  193. 

I;   61,   84. 

Pomedas  de   Marsella    (Las). 

Pisa. 

V;    230. 

I;  46,  51,  55,  71. 

Ponferrada. 

IV;   40. 

I;    19,   30. 

Piura. 

Pontecorvo. 

III;   166. 

I;  10. 

Pizzighetto. 

Pontestura. 

—  427  — 


IV;  370. 
Ponthiévre. 

II;  214. 
Pontio,  Pontiu,  Pont. 

II;   190. 

IV;  417. 
Pon  tremo!. 

IV;   38. 
Pontrout    (condado  de). 

III;   44. 
Popayán. 

IV;  328,  330,  568. 

V ;  92,  93. 
Poriancoh. 

II;  117. 
Porseu. 

II;   215. 
Portillo. 

I;  425,   451. 
Porto  Fin,  Porto  fino. 

I;  22,  27,  28. 

III;   51. 
Portolongo. 

III;  182. 
Porto  Modigo    (Tierra  de). 

IV;  293,  295. 
Portovenere. 

V;    227. 
Portugal. 

I;  35,  123,  184,  223,  260,  506. 

II;  92,  89,  225,  295. 

IV;  350,  428. 
Portugalete. 

I;   183,  455. 
Posilipo. 

II;   405. 
Potamo. 

III;  452. 
Poza. 

II;  355,  427. 
Praga. 

II;  308-310. 

IV;   460,   491. 

V;  13,  46,  50. 
Prato. 

I;  55. 
Presolana. 

II;    269. 


Prevesa    (La). 

III;   523,   527,   531. 

IV;  35. 
Profin. 

II;  159. 
Prospeo. 

II;   275. 
Provenza. 

II;   82,   111,   114,   159. 
Puebla   (La) . 

I;   5. 
Puebla  de  Sanabria. 

I;   19 
Puente  de   Duero. 

I;   424. 
Puente  del   Arzobispo. 

V;  87. 
Puente  la  Reina. 

I;  66,  466,   468. 
Puerto  Fariña. 

III;   263,  301,   303. 

Puerto    Fin V.    Porto    Fin. 

Puerto  Hércules. 

II;   269. 
Puerto  Santo. 

IV;    481. 
Puerto  Tebano. 

IV  ;  394. 

Puerto   Términos V.    Términos. 

Puerto  Viejo. 

III;    494. 

IV;  566,   570. 
Pulla   (La). 

I;   4. 

IV;  30,  176. 
Puna   (isla  de  la). 

III;  124. 
Purificación    (La). 

IV;    131. 

Puzol. 

III;  541. 

Q 
Quenton. 

V;    10. 

Quer. 

III;   431,  432,   455-458,  464. 


-r  428  - 


IV;  154,  155,  210,  211,  279,  285, 
287,  380,  387,  393. 
Querquenes   (Los). 

IV;    74. 

Querquez. 

IV;    71. 

Quiguate. 

IV;   447. 
Quinquer. 

V;   9. 
Quírasco. 

III;   462. 

IV;  209,  292,   297. 
Quito. 

III;  194,  490,  545. 

IV;  569,   570. 
Quito    (provincia  del). 

IV;   566,   568. 
Quito    (San   Francisco    del). 

IV;  567. 
Quivira. 

IV;    101. 

R 

RaconiSj   Reconis. 

III;  432. 

IV;  296,  300,  301,  368. 
Raftal. 

IV;  459. 
Ragosa. 

IV;    30. 
Raje. 

IV;   293. 
Ramada   (Tierra  de  la). 

III;   543. 
Ramaza. 

IV;  558. 
Rambla   (La). 

1;   429. 
Rambuleto. 

V;  91. 
Ramua. 

I;   15,   17,  513.  , 

Rangaradia. 

IV;    208. 
Ranve. 

III;   48. 


Rasi. 

IV;  403. 
Ratisbona. 

III;    125. 

IV;  66,  102,  106,  111,  112,  181, 
192,  198,  361,  367,  456,  458, 
486,    487,    490,    499,    506-510. 

V;    70-72,  75,    104. 
Ravena. 

I;  39,   46,  52,  54. 
Ravensteín. 

IV;   258. 
Recequito. 

V;   257.  ' 
Reoonis. — V.   Raconis. 
Refort  de  San  Lorenzo. 

II;   184. 
Regio. 

I;  437. 

II;    254,   287. 
Reguesburque. 

III;    245. 
Reiten. 

IV;    246. 
Releveque. 

III;  45. 
Remun. 

III;   37. 

IV;   250. 
Rendrazo. 

III;    531. 
Renedo. 

I;  20,  36. 
Reniega. 

I;   467,    468,    479. 
Renva   (puerto  de). 

IV;   65. 
Requena. 

II;    122,   160. 
Retirado. 

V;   265. 
Reyes    (Ciudad    de   los). 

IV;  226,  327,  328,  330,  560,  562, 
563. 

V;  92. 
Reyes   (islas  de  los). 

IV;  482. 
Rezo. 


-  429  — 


II;  465. 

IV;   390. 
Rhin. 

IV;   246,  509,  517,  518,  539. 
Riain. 

IV;  507. 
Ribol. 

III;   463. 
Ribolta. 

I;   38. 

Rijones. 

IV;  289. 
Rimach. 

III;   218. 
Rimaron. 

IV;  431. 
Rímini. 

I ;  4,  39,  149. 
Río  de  la  Plata. 

II;    18. 

III;   486-489. 

IV;  220. 
Río-de-Pisuerga. 

II;    22. 
Rionegro. 

I;  19. 
Ríoseco. 

I;  357. 
Roa. 

I;   161. 
Roberete. 

IV;  245. 
Robre. 

V;  264. 
Rocadepapa,   Roca  del  Papa. 

IV;    115,    116. 

V;    298. 
Roca  Tallada. 

III;    399. 
Rocgnes. — V.    Rueques. 
Rocimonda. 

IV;    250,    251. 
Rochelez,    Roquelez. 

V;   16. 
Rodas. 

I;    167. 

II;   10,   24,  25,   35,  164,   317. 

IV;   67,  175. 


Rodé. 

IV;  415. 
Roiam. — V.   Roye. 
Roma. 

I ;  46,  48,  50,  51,  69,  80,  154,  207, 
407,  408,  411,  421,  423,  433, 
436,  504,   505,  507,  513. 

II ;  24,  34,  78,  158,  161,  269,  285- 
291,  295,  296,  298,  300-303, 
400,  404. 

III;  352. 

IV;  115,  117,  185,  202,  243,  244, 
373,    382,    470. 

V;   294-298. 
Romagna. 

II;  70. 
Romanía. 

I;  54. 

IV;    385. 
Romeral. 

I ;   454,  462,  471,  472,  479. 
Roncal. 

I;  61,  63. 
Roncesvalles. 

I;  61,  62,  64. 

II;   77,   78. 
Ronco. 

I;  53. 
Roques. 

IV;    415. 

Roquetas. 

I;   267. 
Rosas. 

IV;   243,   244,  293. 

V;    228. 
Rosellón. 

I;  11,  126,  492. 

II;   210. 
Rotemburg,    Rotenburg. 

IV;  458,  517,  534-539. 

V;  7. 
Rouen. 

I;  433. 
Roulans. 

II;   203. 
Rovigo. 

I;  78. 
Roye?,    Roiam. 


—  430 


II;  190. 

ni;    44. 

IV;  417. 
Rubiano. 

IV;   116. 
Rueques?,   Rocgnes. 

III;  42. 
Ruisellon    (condado  de). 

IV;  167,    171. 
—    V.    Rose  I  Ion. 
Rusia. 

II;   292. 
Ruvo. 

I;  5. 


Saboya    (ducado   de). 

II;   82. 

IV;   156,   157. 

V;   171. 
Safi. 

IV;  137,  139,    141-143,    309. 
Sagona    (ducado   de). 

V;   176. 
Saint  Dizier. 

II;  216. 
Saite. 

I;   133. 
Sajonia. 

I;   406,    415. 

V;   12,   176. 
Sal   (La). 

II;  89,  90. 
Salamanca. 

I;    243,    248,   251,   273,    286,    335, 
337,  354,   357,   457. 

IV;  263,  268,  271. 

V;  93,  94,  212,  217,  250. 
Salazar. 

I;  61.  " 
Salerno. 

II;  402. 
Salinas  del    Charoláis. 

II;    212. 
Salins. 

III;  32. 
Salmonte. 


II;    158. 
Salobreña. 

II;   216,   461. 
Salsas. 

I;    11. 

III;    467,   506. 

IV;    174. 
Salscno. 

III;   452. 
Saltica. 

III;   321. 
Salvatierra. 

I;  61,  62,  470. 

II;    78,   79. 
Sampallon    (provincia). 

III;    546. 
Sampó    (castillo) 

IV;  287. 
Sampollo   (condado  de). 

IV;  158,  162.  164 
San  Antón. 

II;   89,   90. 
San   Babón    (monasterio). 

IV;   65. 
San   Balen,   San   Valen. 

IV;   279,   281. 
San   Bartolomé   (isla) 

III;   472. 
San  Gebrián. 

I;    422. 
San  Clemente. 

II;   226. 
Sanchodino. 

V;    102. 
San   Damián. 

IV;    381. 

San  de  Siar,  San  de  Sier. 

IV;   394,   4Q1.   402. 
San   Dionis. 

III;  388. 
Sandomí. 

III;   365. 
Sandwich. 

I;   232. 
San  Espruge. 

IV;   506. 
San   Germán. 

II;   158. 


-  43Í 


IV;  370,  378. 
Sangüesa. 

I;   61. 
San  Jorge  Cavaves. 

IV;  292. 
San  Juan    (cala  de). 

IV;   79. 
San  Juan    (isla). 

I;  69,  130. 

IV;    217,  220,    235. 

V;    92. 
San  Juan   (río). 

III;  122,  123. 
San  Juan   de   Luz. 

II;  224. 
San  Juan  de  Pie  de  Puerto. 

I;  59,  61-65,  118,  470. 

II;   79. 
San  Juan  de  Portalatina. 

I;   211. 
San  Julián. 

II;   18. 
San   Lorenoio    (vizcondadb  de). 

IV;   417,   421,   423. 
San  Lorenzo. 

III;   400,  401,  407. 
San  Lúcar,  Sanlúcar. 

I;   35. 

II;   22. 
San  Luis. 

III;  48. 
San  Marcelo. 

III;    101. 
San  Martín. 

IV;  373. 
San   Mateo. 

III;  123,  124. 
San   Mateo   (isla  de). 

ni;  469. 
San  Maximino. 

II;   83,    84. 

III;  402,  403,  406. 
San   Miguel. 
II;  17. 

ni;  166,  173,  189,  193,  194. 
IV;  560,  566,  567. 
—    V    Guacocingo. 
San   Miguel    (castillo). 


IV;  287. 
San  Miguel  de  Artois. 

III;   42. 
San   Omer. 

IV;    65. 
San   Pablo. 

III;   323. 
San  Pedro, 

II;   17. 
San  Pedro  de  Arenas. 

III;   410. 
San  Pelayo. 

II;  78. 
San  Pol. 

in;  sis. 

San  Pol  de  Lion. 

II;  7. 
San  Quintín. 

I;   494. 

III;  408. 

IV;  58,  254,  406,  431. 
San  Ragán   (isla). 

IV;  482. 
San  Remo. 

II;  86. 
San  Sebastián. 

I;  51,  63,  471. 

II;  8,   75,  76. 

IV;   170. 
San  Sier. 

IV;  400. 
Sansosprí   (cabo) 

IV;   295. 
Santa  Ana. 

IV;  388. 
Santa  Cruz. 

IV;  135,  136,  141,  309. 
Santa  Cruz  (isla). 

I;   191. 
Santa  Cruz  (río). 

II;  18. 

ni;  469,  471. 
Santa  Fe. 

II;   234. 

III;    545. 
Santa  Lucía. 

III;  469. 
Sant  Amant,  Santamant,  Santaman. 


432  - 


III;   39. 

IV ;  402. 
Santa  Margarita   (isla). 

II;  159. 

iV;  393. 

V;  230. 
Santa   María    (cabo). 

II;    18. 
Santa   María  del  Campo. 

I;  31,  32. 
Santa   María  de  los   Remedios. 

I;  187. 
Santa  María  de  Nieva. 

I;  242-247,  260,  271,  285,  287. 
Santa  Marta. 

III;   317,    542,   543,   546,    547. 

IV;   220. 

V;  92. 
Santander. 

I;   517. 

II;  7,   8. 
San  tango!. 

II;   467. 
Santangelo    (castillo   de). 

I;  70,  139. 
Santa   Panaya. 

III;   183. 
Santiago. 

I;  19,  88,  225,  227,  235,  239,  249. 

III;    123,    124. 

V;  292. 
Santiago    (de  Cuba). 

III;  480. 
Santiago    (isla). 

I;  210. 

III;    168. 
Sant   Martin. 

III;    39. 
Santo  Amaro. 

IV;   413. 
Santo  Dalamario. 

III;    399. 
Santo  Domingo. 

I;   77. 

IV;   226,  318. 

V;  92. 
Santo  Domingo    (isla). 

IV;   217. 


Santonochito. 

III;    202. 
Santran. 

III;    535,    530. 

San   Valen V.   San   Balen. 

San  Vicente   (cabo). 

II;   294. 
San  Vicente   (puerto). 

III;  487. 
San   Vicente  de  la  Barquera. 

I;    160. 
Saona. 

I;   30,  31,  492. 

II;  82,  305,  408,  409,  412. 

III;   430,   507. 

IV;   244. 

V:  228,   230. 
Sapiencia    (puerto   de  la). 

III;    144,    147. 
Sarcel. 

II;    162. 
Sardinas    (puerto  de  las). 

III;  469. 
Sartosa    (La). 

III;   101. 
Sarrabal. 

IV;    244. 
Sarrasán    (isla) . 

IV;  284. 
Saviñán. 

III;  391,  392,  398. 
Sebiñán. 

IV;    209. 
Secuanos    (Los) . 

V;  171. 
Segorbe. 

II;    122. 
Segovia. 

I;  20,  226,  235-251,  257,  261-264, 
271,  272,  287,  347,  354,  424, 
447,  457,  466,  480. 

II;   174. 

III;  150. 

V;    178,    195,    197-199,    201,    249, 
306. 
Selatera. 

IV;    38. 
Selva   Negra V.    Negra. 


—  433 


Seminara. 

I;    8. 
Sempí. — V.    Sinpe. 
Sena. 

II  j   157. 

III;  103,  113-115,  354. 
IV;  556,  557. 
Sena  (condado  de). 

III;   117. 
Sena    (república   de). 

IV;    196,   393,   394,    428. 
Senjuí. 

IV;  415. 
Sepúiveda. 
I;    349. 
II;  226. 
Sevilla. 

I;  2,   7,  26,  34-36,  43-47,  85,  97, 

205,    210,   371,    437,    453. 
II;   17,   78,    88,   92,   226-228,   234, 

245,  468. 
III;  196. 
IV;  241,  262,  263,   271,  318,  328, 

442,   559. 
V;  213,    249,    300. 
Sibibi. 

III;  551. 
Sicilia. 

I;    i,    8,    43,    86,    120,    126,    138, 
139,   149,   188,   196,   205,  207, 
492. 
II;  10,  23.  35,  82,  163,  254,  404, 

416,  460. 
III;   522. 

IV;  66,  69,  114,  167,  196. 
Siciliano. 

IV;  116. 
Siena. 

II;    272,    288,    299. 
Silesia. 

II;  310. 
Sillán. 

IV;  372. 
Simancas. 

I;   421,    450,   451,    456,   506. 
II;  10,  80,  231,  232,  355. 
V;  217. 
Sinpe?,  Sempi. 


ni;   42. 
Siponto. 

I;   4. 
Sisla    (monasterio  de  La). 
I;    478 

IV;  25,  27,  28. 
Soisons. 

V;    171. 
Solarona. 

II;   151. 
Solten. 

IV;  528. 
Soma. 

IV;  376,  405. 
Soma   (río). 

IV;    431. 
Somarriba. 

IV ;  376. 
Somarriba  del   Bosque. 

IV;    375. 
Somosierra. 

I;  452. 
Soncea. 

II;    156. 
Soní. 

IV;    433. 
Sora    (ducado  de). 

III;  539. 
Soria. 

I;  262,   273,   335-337. 

II;  226. 
Soris    (condado  de). 

III;   52. 
Sóror    (el). — V.    Eleresus. 
Stiria. 

II;  277. 
Suchipilla. 

IV;  215. 
Suecia. 

II;  71,   74,  75. 

IV;   368. 
Sueson. 

IV;  401. 
Suevía. 

IV;  524,  539. 

V;   7,    10. 
Suez. 

III;   548,    549. 


—  434  — 


Suiza. 

Ij   80,  438,  507. 
Suizos   (Los). 

V;    171. 
Sulmona. 

I;  10. 
Sur    (mar   del). 

I;    78. 

II;  170. 
Suria. 

I;   134. 
Sus   (El). 

IV;    135,    136,    140, 

V;   302-306. 
Susa. 

III;  463. 

IV;  70-72. 
Susiques. 

III;   319. 
Sustreria. 

IV;    208. 


Tabarca. 

IV;   69. 
Tacamez. 

III;    123. 
Taconera    (La) . 

I;  58. 
Tafalla. 

I;  61,  63. 
Tafilete. 

IV;  311. 

V;  304. 
Tairona. 

III;   543. 
Tajo. 

I;   481. 

IV;   350. 
Talavera. 

V;  87. 
Taleo   (isla). 

III;   472. 
Talón. 

IV;    373. 
Tamar   (río) . 

III;   391. 


141,  309-311. 


Támara. 

I;   422. 
Támesis. 

I;  515. 
Tanavert,  Tonavert. 

IV;  517-521,   524. 
Tanda. 

III;  399. 
Tánger. 

V;  305. 
Taranto,   Tarento. 

I;  4. 

III;   522,    531. 
Tariego. 

I;  422. 
Tartaria. 

V;  35. 
Tarudán,  Tarudante. 

IV;  138,  310. 

V;  304,  306. 
Tarragona. 

IV;  201. 
Táscala. 

I;   372,   373,  500. 
Tatiluco. 

II;  469. 
Tato. 

IV;  273,  276. 
Tauris. 

III;    217-219,    410,    411,    414. 
Tauro    (monte). 

III;  411. 
Taxixe    (Tarixa,  Tarija?). 

III;   492. 
Tedeliz. 

I;    41. 
Telinguen. 

IV;   520,   525. 
Telinguen    (condado  de).     ' 

IV;  536. 
Tembleque. 

I;   452-454. 
Tenda    (isla) . 

IV;  483. 
Tenerife. 

II;    17. 

III;  543. 
Tenuxtítlan. 


-  435  - 


I;  372-374,  499-501. 

II;  168. 

V;   213. 
Teñorez. 

V;  18. 
Tercera   (isla). 

III;  486. 
Terme. 

I;    138. 
Términos    (Puerto  de). 

II;   170. 
Teruaba. 

IV;    41. 
Terranova. 

I;   8. 
Terrenate    (isla). 

II;   21,  22,   318. 

III;   472,   478. 
Terreves. 

III;    401. 
Tescheslavia. 

II;  309. 
Tesin,  Tesino,  Thesin   (río). 

II;   67-70,   86,   87,   97,  250 

IV;  388,   460. 
Teta  de  San  Miguel   (La). 

IV;   415. 
Tetuán. 

V;   303. 
Teutónica    Proda. 

II;   309. 
Tezcuco. 

I;   500. 
Therouanne. 

I;  74.. 
Thesin.— V.  Tesin. 
Tiber. 

III;    104. 
Tibida. 

IV;    303. 
Tibusaranite. 

V;   304. 
Tidori   (isla). 

II;   21,   22,  317-319. 

ni;   473,  477. 

IV;    484. 
Tiebas. 

I;   467. 


Tiebrone. — V.  Tirviona. 
Tierras  Bajas. 

IV;  423,  424,   427. 
Tíguez    (río) . 
IV;  101. 
Timbúes   (los). 

III;   488,  489. 
Tirol. 

I;  205,   508. 
Tirviona?,  Tiebrone. 

III;  42. 
Toledo. 

I;  1,  7,  37,  38,  162,  167,  168,  205, 
217-228,     239-251,     261,     271, 
286,  287,  346,   354,    357,   421, 
422,    431,    440,    446-452,    462- 
466,    472     474,    476-485,    505, 
506. 
II;    93,    123,    124,    146,    150-154, 
160,   163,   165,   173,   174,   179, 
221-223,    226,    280,    295,    459. 
III;   19,  520. 
IV;  7,  41,  43,  128,  208,  350,  358: 

453. 
V;  198,  211,  217,  249. 
Tolón. 

II;   159. 

IV;  289,  295,  393. 
Tolosa. 

I;    492. 
II;  79,  114. 
Tomars. 

III;  35. 
Tonala    (barranca  de). 

IV;    214. 
Tonavert. — V.  Tanavert. 
Torbia   (La). 

LT;   85. 
Tor  de  Laguna. 
I;    137,    162. 
Tordesillas. 

I;  36,  37,  162,  169,  224,  256,  261- 
263,  272,   273,   281,   289,  292. 
294,   334-336,    346,    351,    357 
358,     360,     366-371,     384-386, 
395,   396,   425,   450,   456-458. 
II;  9,   15,  92. 
III;  204,  521. 


—  436  — 


IV;   50. 

V;   252. 
Torgas. 

V;  26,  28,  32,  33. 
Toringia. — V.  Turingia 
Tornava. 

IV-   415. 
Tornavert. 

IV;  487,  507. 
Tornay. 

III;  36.  37,  39,  45,  48. 

IV;   413,   417,   419. 
Torneses,   Tornesis,   Tornises. 

III;    39,   45.    48. 

IV;   413,  417,    419. 
Toro    (por    Tiro?). 

III;  549. 
Toro. 

I;  251,  335,  337,  459. 

IV;    10,    11. 
Torona,  Tortona. 

V;  241,  242. 
Torquemada. 

I;  30. 
Tortoles. 

I;  31. 
Tortosa. 

I;  504. 

II;  461. 

V;  305. 
Torre  de  Lobatón. 

I ;  424,  428,  429,  456-459. 
Torrejón   de  Yelasco. 

II;   223. 
Torresan. 

III;    433. 
Toscana. 

I;    148. 
Tournay. 

I ;  74,  201,  203,  494-498,  514, 

II;  156,  189. 
Traba  (río). 

IV;   273. 
Trani. 

I;   39. 
Trápana. 

ni;   293,   303. 

IV;  68,  70,  71. 


517. 


Trascaluce    (Tierra). 

IV;    445. 
Treoere. 

IV;  372. 
Tremecén. 

I;  51,  132,  185,  186. 
II;  162. 
III;   316,    317. 

IV;    293,    302,   303,    305-307,    309. 
V;    307,   308. 
Trento. 
I;   39. 
III;  136. 

IV;  112,   174,  182,  183,  187,  199. 
202,   245,  382,  453,   454,   476, 
543. 
V;  50,  68,  69,  73,  77,  81,  85,  93, 
103,    106-109,    111,    215,    263, 
264,  294,  297,   298,  305. 
Trento    (río) . 
ni;  399. 
Tresen.  Tressen. 

V;   13,  16,  18,  20 
Trever. 

V;    171. 

Tréveris. 

II;   41. 
Trezo. 

II;   158. 
Tribeda. 

III;  317. 
Tridente 

V;   104,   106. 
Trigueros. 

I;  422. 
Trin. 

IV;  371,  372. 
Trinidad    (villa  de   la). 

ni;  480. 
Trípoli. 

I;  40,  42,  43,  132. 

II;  115,  164. 

IV;    558. 
Trontonez  (El). 

IV;   383. 
Tros. 

IV;    51. 
Troya. 


437  — 


II;   400. 

I;   421,   422. 

Trujillo    (España) 
I;  86,  92. 

Ulma. 

IV;    246,    458,    505-507,    524-526, 

II;  231. 

529,    536,    537. 

Trujillo    (ludias) 

V;  7,  8,  10-14,  18,  42,  70,  215. 

IV;   560,   563,    566,    567 
Tudaia. 

Unillo. 

I:   435. 

1;  61. 

V;   224,    225, 

Upsala. 

III;   71,   72. 

Tudela  de  Duero. 

Urbino. 

I;  20,  450. 

I;    147-149. 

Túmbez. 

III;   539. 

III;  165,   166,  168. 

Ursin. 

IV;    560,    565,    566. 
Túnez. 

II;   402. 
Utica. 

I;    270. 

III;   263. 

III;  203,  237,  238,  263, 
275,   276,   279,   280, 

269, 
412, 

271, 
413. 

Utrec,   Utreque,  Utrech. 

I;   432. 

IV;   66-71,  75,   114,  303 

. 

IV;    456,   458. 

Tunja    (provincia) . 
III;   545. 

V 

Turba   (La). 
IV;    80. 

Valaquia. 

III;    111. 

Turena. 

Valdecarlos. 

II;  194. 

I;    61. 

Turien. 

Valdecrín. 

III;    44,    45. 

II;    461. 

Turín. 

Valdetare. 

III;  321,  322,  390,  397, 
460,    463,    464. 

433, 

455, 

IV;  37. 
Val  de  Uxó. 

IV;   174,   209,    278-281, 

283, 

285, 

II;    122. 

298,   301,  370,   371, 
Turingia. 

378, 

393. 

Valencia. 

I;    7,    31,   32,    205,    214-217,    233- 

V;  33,   42,   176. 

235,    269;   274,    416-420,    440- 

Turnies. 

445,   513. 

III;  37. 

II;    11,   14,    15,   118-123,    160-165, 

Turquía. 

I;    78. 

403,   4Q4.  411,   415,   416,   418, 
426,  461. 

Tuy. 

V;  93. 

IV;  203,  204,  350. 
Valencianas,    Valenciennes. 

U 

I;   494-497,  502. 

IV;  59,  65,  253,  257,  359,  432. 

Ubeda. 

I;  371,  429. 

Valjunqueras. 

IV;    201. 

IV;  149. 

Valona. 

Ucianque   (Tierra). 

IV;  447. 
Uolés. 

I;  195. 
Valpo. 

IV;    274. 

-  438    - 


Valtmonnton. 

II;  298. 
Valiadolíd. 

I;    19-21,    27,    36,    37,    119,    120, 
135,    137,    146,    147,    161-170, 
199,    209,    223-226,    237,    248, 
252,    256,   257,    260,  262,  271- 
273,    284-287,    345,    346,    354, 
369,  371,   375,  385,  386,  395, 
396,    421-428,    451,   456,   457, 
460. 
II;  15,  35,  36,  42,  43,  75,  76,  88, 
92,   249,   266,    277,    280,    281, 
291,    293. 
Til;  434,  435,  465,  466,  521. 
IV;   50,    91,    128,    144,    151,    204, 
221,  228,   237,  263,   268,   271, 
272,   316,  318,  320,  326,  333, 
347,  350,  429,   450,  452. 
V;  92,  93,  177-179,  184,  205,  210. 
212,    215,    216,    223-229,    248, 
249,  252,   286,   290,   299,  300, 
305. 
Vapari    (provincia) . 

IV;   220. 
Var. 

II;   85. 
Varadino. 

II;  279. 
Varón. 

IV;   112. 
Varto    (río). 
IV;  294. 
Vayusa    (La) . 
III;    452. 
Vedigulfo. 

ni;  17. 
Vejer. 

I;   35. 
Yélez    (Peñón   de). 

I;    36,   40,   375,  376. 
II;   116,  117. 
III;  545. 
V;    304,    305. 
Vélez   de  la   Gomera. 
IV;  79,   81,   84,  85. 
V;  304,  305. 
Vélez-Málaga. 


II;  461. 
Veli. 

IV;    253. 
Velilla. 

I;    481. 
Velona. 

III;    450-453. 

IV;    70. 
Velot,  Venlot. 

IV;  250,   251,  253,  291. 
Vendigen. 

IV;   517. 
Venecia. 

I;  71-73,  77,  125,   196. 

II;  72. 

III;    76,  429,  450,   453,  528. 

IV;   40,    128,   155,   156,   428. 

V;  263. 
Venere,   Veneri. 

II;    159. 

IV;   297,  298. 
Venezuela. 

III;  545. 

V;   72. 
Venlot.— V.  Velot. 
Venza  (río). 

IV;  392. 
Vera. 

I;    219. 

II;  17. 
Vera-Cruz. 

I;  372,  499. 

II;  169,  468. 
Verceli. 

III;   320,  321. 
Verceto. 

IV;   371. 
Verde  (cabo). 

II;   21. 
Veré. 

IV;    404. 
Verona. 

I;  39,  55,   73,   77,   147. 
Versaj  Verse,  Versen. 

IV;    154,   370-372. 
Versel. 

IV;  389,  390. 
Versen. — V.   Versa. 


-  439 


Versey. 

III;  365. 
Vertenbergue,   Víertembergue. 

III;    353,    363. 
Veusporg. 

II;   117. 
Víagrassa.  Biagrassa. 

II;  465. 
Viana. 

III;    174. 
Yiapar:    (río). 

IV;   220. 
Vibriesca   (Briviesca) . 

IV;   91. 
Vicencia,  Vicenza. 

I;   39,   77. 

IV;  177-180,  182,  476. 

V;  104. 
Viena. 

II;  308. 

III ;    22,   24,    137,    141 

IV;  441,  507,  508. 
Víertembergue. — V.   Vertenbergue. 
Vigevano. 

II;  68,  70. 
Vilcas. 

IV;    331. 

Villabrágima. 

I;  358-360,  367,  368. 
Villacastín. 

I;   243,   247. 
Villaescusa. 

V;    93. 

Víllafrades. 

I;    146,    147. 
Villafranca. 

I;  81. 

II;  17. 

III;    399,    405. 

IV;  38,   198,   301. 

V;  263. 
Villafranca  de  Niza. 

II;  159. 

ni;   507,   509,   517. 

IV;   244,    288-290,   294,   295. 
Villagrassa. — V.   Grassa. 
Villaíar. 

I;  459,  461,  463,  475. 


H;  10. 
Villalba. 

I;  450. 
Villalón. 

V;    204. 
Viilalonga. 

I;  419. 
Víllalpando. 

I;  351,   352,    355,   368,   369. 
Villamuriel. 

I;  248. 
Villana. 

III;   463,  464. 
Villanova. 

III;  401,  509,  517. 
Villanova    de    Aste,     Villanueva    de 
Aste. 

IV;  209,  210. 
Villanueva. 

III;   509,   517. 
Villanueva     de     Aste,     Villanova    de 

Aste. 
Villanueva  de  la  Jara. 

II;  226. 
Villanuble. 

IV;  272. 
Villaseca. 

I;  481. 
Villavicíosa. 

I;  159,  160. 
V ¡llena    (marquesado  de). 

I;   440. 

V;  185. 
Víncennes. 

II;  419. 
Vindilisora,    Vindisora,    (Windsor). 

II;   148,  149,  199. 
Vino. 

IV;    302,    368-372,    381. 
Víota. 

III;  401. 
Virton. 

I;   431. 
Visco    (isla). 

IV;   462. 
Viso    (El). 

IV;    25. 
Vitemberg,   Vitemberge. 


—  440 


IV;  507,   529,    535,   538. 

V;  10,   22,  26,   28,  31-36,  41. 
Viterbo. 

ni;  352,  354. 
Vitoria. 

I;  57,  455,   471,   478,  503-505. 

IT;  79,   222. 

IV;   50,   169. 
Vitrí. 

IV;    402. 
Vizcaya. 

I;  66,  205,  358. 
Vlissingen. 

I;   232. 
Vofingen. 

IV;   534,   536,    537. 
VolanoeSj  Bolones. 

III;    42. 
Volduque. 

IV;    458. 
Vormancia,  Wormancia. 

IV;   66,   192. 

V;    71,    75. 
Vormesj  Vorms. 

I;  376,    399,   400,    402,    412,    415, 
416,  432,  434,  435,  486. 

II;  40. 

IV;  247,  360,  367,  441,  456,  457. 

V;   70,   72. 
Vullon. 


I ;  488. 


W 


Winchester. 

I;  517. 
Windsor. 

I;   18,  515,  516. 
—    V.  Vindilisora. 
Wermancia. — V.   Vormancia. 
Wormes,  Worms. — V.  Vormes,  Vorms. 


X 


Xalisco. 

II;   469. 
Xante    (isla). 

III;  144,  451. 


Xarlois. 

III;   49. 
Xataimot. 

III;    49. 


Yambilla. 

IV;   401. 
Yanaimalca. 

ni;    192. 
Yébenes. 

IV;  25. 
Yepes. 

I;   451,   462,  463,  472,  473,   476. 
Yezna  (río). 

IV;  304. 
Yolelbi. 

III;  49. 
Yucatán. 

I ;  186,  187,  191,  211,  212. 

IV;  220. 


Zacatilla. 

II;  317. 

IV;    131. 
Zamora. 

II;   176,   226,   247,  251,   333,   334, 
452. 

V;    212. 
Zaners,  Enbulonois?  (por  Avesnes  en 
Bolones). 

III ;  42. 
Zapardiel. 

I;   254. 
Zapotecas. 

II;  316. 
Zara. 

III;  454. 
Zaragoza. 

I;   1,  3,  7,  63,  84,  183,  187,  188, 
193,   197,   216,  218,  223,   504. 

III;  466. 

IV;  153,  199,  200,  237. 
Zaraicejo. 

I;   98. 


-   441  - 


Zatima. 

IV;    139. 

Zebú. 

II;   19,   20. 
Zelanda. 
I;  434. 
III;    48,    174. 
IV.   419; 
—    V.   Gelanda. 


Zempoal. — V.    Cempoal. 
Zigeon. 

V;  44. 
Zuibica,  Zurbica. 

V;    13,   20. 
Zuitsen. 

II;    197. 
Zutfanta. 

IV;    106-110. 


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